construidas de yeso, y el domingo, de artesanos alegres y expansivos.
En 1823 no había en Montfermeil, ni tantas casas blancas, ni tantos
artesanos satisfechos: no era más que una aldea en el bosque.
Veíanse aquí y allá algunas casas de recreo del último siglo, que se
distinguían por su gran aspecto, sus balcones de hierro retorcido y
sus altas ventanas, cuyos vidrios pequeños formaban sobre lo blanco de
los postigos cerrados, toda clase de matices de verdes distintos. Pero
Montfermeil no pasaba por ello de ser una aldea. Los tenderos retirados
y los aficionados á veranear no le habían aún descubierto. Era un sitio
agradable y delicioso, que no era de paso para ninguna parte, y en el
cual se pasaba económicamente esa vida del campo tan abundante y fácil.
Solamente se sentía escasez de agua, á causa de la elevación de la
meseta.
Era preciso irla á buscar bastante lejos. El extremo de la población
que está junto á Gagny, se surtía de agua en los magníficos estanques
que hay en el bosque; el otro extremo, que rodea la iglesia situada en
la parte de Chelles, no encontraba agua potable más que en un pequeño
manantial situado á mitad de la cuesta, junto al camino de Chelles, á
un cuarto de hora de Montfermeil.
Era, pues, tarea harto ruda para cada vecino, la de tener que proveerse
de agua. Las casas grandes, la aristocracia, entre las que figuraba el
bodegón Thénardier, pagaban medio céntimo por cubo de agua á un pobre
hombre que lo había tomado por oficio, y en cuya empresa del agua de
Montfermeil ganaba escasamente dos reales diarios, pero este buen
hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta las
cinco en invierno, y una vez entrada la noche, una vez cerradas las
ventanas bajas, el que no tenía agua que beber, iba á buscarla ó se
pasaba sin ella.
Esto era lo que aterraba á la pobre criatura, de la cual no puede
haberse olvidado el lector, á la pequeña Cosette.
Téngase presente que Cosette era útil á los Thénardier de dos maneras,
pues se hacían pagar por la madre, haciéndose servir de la hija. Así
es, que cuando la madre dejó de pagarles del todo, ya hemos leído
el por qué en los capítulos precedentes, los Thénardier siguieron
conservando á Cosette, en su poder. Les hacía las veces de criada.
Y en esta cualidad, ella era quien iba á buscar el agua cuando hacía
falta. Por eso la criatura, asustada con la idea de tener que ir de
noche á la fuente, tenía buen cuidado de que no faltase nunca agua en
la casa.
La Navidad del año 1823 fué brillantísima, particularmente en
Montfermeil. El principio del invierno había sido benigno, no había
helado ni nevado aún. Titiriteros, llegados de París, habían obtenido
del señor alcalde permiso para colocar sus barracas en la calle
principal de la aldea, y una banda de mercaderes ambulantes, con igual
permiso, había construido sus barracones en la plaza de la Iglesia, y
hasta en la misma callejuela de Boulanger, donde estaba situado, como
sabemos, el bodegón de los Thénardier. Toda aquella gente llenaba las
hosterías y tabernas, dando á aquella población tan tranquila, cierta
vida bulliciosa y alegre. Debemos decir igualmente, para ser fieles
historiadores, que entre las curiosidades expuestas en la plaza, había
una barraca de diversos animales, en la cual unos feísimos payasos,
vestidos de harapos y venidos de Dios sabe dónde, enseñaban en 1823
á los aldeanos de Montfermeil, uno de aquellos horribles buitres del
Brasil, que nuestro Museo Real no poseyó antes de 1845, y que tienen
por ojo una escarapela tricolor. Los naturalistas llaman, según creo, á
ese pájaro, Caracara Poliborus; pertenece al orden de los apicidas y á
la familia de los falcónidos. Algunos antiguos soldados bonapartistas
retirados en la aldea, iban á ver aquella ave con cierta devoción. Los
charlatanes presentaban aquella escarapela tricolor como un fenómeno
único, y hecho expresamente por el buen Dios para su colección de
animales raros.
En la noche misma de Navidad muchos hombres, carreteros y trajineros,
estaban sentados bebiendo alrededor de las mesas, alumbradas por
cuatro ó cinco velas de sebo, en la sala baja del bodegón Thénardier.
Esta sala se parecía á todas las salas de taberna: mesas, jarras de
estaño, botellas, bebedores, fumadores; poca luz y mucho ruido. La
fecha del año 1823 estaba, por lo tanto, indicada por los dos objetos
en moda á la sazón entre la clase media, los cuales estaban sobre una
mesa, á saber; un caleidoscopo y una lámpara labrada de hoja de lata.
La Thénardier vigilaba la cena, que se estaba asando á buen fuego,
mientras el marido bebía con los huéspedes y hablaba de política.
Además de las disertaciones políticas, cuyo objeto principal era la
guerra de España y el señor duque de Anguleme, oíanse, en medio del
bullicio, paréntesis puramente locales, como éste:
--Por la parte de Nanterre y de Suresnes ha dado mucho el vino. Donde
se calculaban diez medidas se han conseguido doce. Se ha sacado de
los lagares más jugo de lo que se esperaba.--¿Pero la uva no estaría
madura?--En este país no conviene vendimiar maduro; porque el vino se
tuerce en cuanto llega la primavera.--¿Entonces se saca solamente
vinillo?--Son vinillos más ligeros que los de por acá. Hay que
vendimiar en agraz.
Etc...
Ó bien, era un molinero el que exclamaba:
--¿Acaso somos responsables nosotros de lo que va en los sacos? Se
encuentran en ellos una porción de granos que no podemos entretenernos
en limpiar y que es preciso dejar pasar por las piedras: como la
cizaña, el añublo, el tizón, la algarroba, el cañamón, la cola de
zorra, y otro sinnúmero de drogas, sin contar las arenillas que abundan
mucho en ciertos trigos, sobre todo en los trigos bretones. No es
ciertamente nada gustoso moler trigo bretón, como no lo es para los
serradores de largo aserrar vigas que tengan clavos. Calcúlese el
maldito polvo que de todo esto resulta después. Y luego se quejan sin
razón de la harina. Si la harina es mala, no es nuestra la culpa.
En el espacio entre dos ventanas, un segador, sentado á una mesa con un
propietario que ajustaba precio para segar un prado en primavera, decía:
--No importa que la hierba esté mojada. Así se corta mejor. El rocío es
bueno, señor. De todos modos, vuestra hierba es temprana y muy difícil
de segar. ¡Que por aquí es tierna, que allí se dobla contra la hoz!...
Etc...
Cosette ocupaba su puesto acostumbrado, sentada sobre el travesaño de
la mesa de cocina, junto al hogar; mal vestida de harapos, los pies
desnudos metidos en los zuecos, haciendo, al resplandor del fuego,
calcetines de lana para las niñas de Thénardier. Un gatito joven jugaba
debajo de las sillas.
Oíanse reir y charlar en la pieza inmediata dos voces frescas é
infantiles; eran las de Eponine y Azelma.
En un rincón de la chimenea había un martinete colgado de un clavo.
Á intervalos, penetraban por entre el ruido de la taberna, los
chillidos de una criatura de corta edad, que estaría en otra parte
en la casa. Era un niño que la Thénardier había tenido en uno de los
inviernos anteriores, «sin saber por qué, decía ella: efecto del frío»,
y que contaría unos tres años. La madre se lo había criado ella misma,
pero no le tenía cariño. Cuando el encarnizado clamor del chiquillo
resultaba demasiado importuno, tu hijo chilla, decíale Thénardier á la
madre, ve á ver lo que quiere. ¡Bah!--respondía ella.--Me fastidia.
Y el chiquillo abandonado continuaba desgañitándose en las tinieblas.
II
=Dos retratos completados=
No han aparecido todavía en este libro los Thénardier más que de
perfil; ha llegado el momento de dar la vuelta alrededor de este grupo,
y contemplarlo por todas sus fases.
Thénardier acababa de cumplir los cincuenta años; su mujer rayaba en
los cuarenta, que es la cincuentena femenina; de manera que había
equilibrio de edad entre la mujer y el marido.
Los lectores conservan tal vez algún recuerdo de la primera aparición
de aquella Thénardier, alta, rubia, colorada, gruesa, membruda,
cuadrada, enorme y ágil; tenía, como ya hemos dicho, algo de la raza de
esas salvajes colosales que en las ferias levantan del suelo grandes
piedras con su cabellera.
Ella lo hacía todo dentro de la casa: las camas, los cuartos, la
colada, la cocina, la lluvia, el buen tiempo y el diablo. Tenía por
única sirvienta á Cosette; un ratoncillo al servicio de un elefante.
Todo temblaba al eco de su voz: los vidrios, los muebles y las gentes.
Su ancho rostro, cribado de pecas rojizas, tenía el aspecto de una
espumadera. Tenía también barbas. Era el ideal de un terne de plazuela
vestido de mujer. Juraba que era un primor, y se jactaba de partir
una nuez de un puñetazo. Á no ser por las novelas que había leído, y
que á veces hacían aparecer de extravagante manera la remilgada bajo
el marimacho, jamás se le hubiera ocurrido á nadie decir de ella: Es
una mujer. La tal Thénardier era como el producto del injerto de una
señorita en una verdulera. Cuando se la oía hablar, exclamaba uno: Es
un gendarme; cuando se la veía beber, decíase: Es un carretero; cuando
se la veía manosear á Cosette, decíase uno: Es un verdugo. Al dormir le
salía de la boca un diente.
Thénardier era un hombre pequeño, flaco, pálido, anguloso, huesoso,
endeble, de aspecto enfermizo, gozando de buena salud; en lo cual
estribaba su maulería. Sonreíase habitualmente por precaución, y era
atento casi con todo el mundo, hasta con el mendigo á quien negaba un
ochavo. Tenía la mirada del zorro y el fondo del letrado. Se parecía
mucho á los retratos del presbítero Delille. Su coquetería consistía
en beber con los trajineros. Nadie había podido jamás emborracharle.
Fumaba en una gran pipa. Llevaba blusa, y bajo de la blusa un antiguo
frac negro. Tenía pretensiones de literato y materialista, y sabía
nombres que pronunciaba frecuentemente para apoyar cualquier cosa de
las que decía, como: Voltaire, Raynal, Parny y, cosa rara, san Agustín.
Afirmaba tener «un sistema». Por lo demás, era un grande estafador
filósofo. Este matiz existe.
Se recordará que pretendía haber servido; contaba, con cierto lujo, que
siendo sargento en Waterloo, en un 6.º ó 9.º de ligeros cualquiera,
había él solo, contra todo un escuadrón de húsares de la muerte,
cubierto con su cuerpo y salvado á través de la metralla «á un general
peligrosamente herido». De ahí provenía sobre su puerta la flamante
muestra, y el nombre dado en el país á su figón de «posada del sargento
de Waterloo». Era liberal, clásico y bonapartista. Se había suscripto
para el campo de Asilo. Decíase en la aldea que había estudiado para
cura.
Nosotros creemos que había sencillamente estudiado en Holanda para
posadero. Este tunante del orden compuesto era, según todas las
probabilidades, algún flamenco de Lila en Flandes, francés en París,
belga en Bruselas, montado cómodamente sobre dos fronteras. Su proeza
de Waterloo, ya la conocemos; y como se ve, la exageraba un poco. El
flujo y el reflujo, lo tortuoso, lo aventurero, eran el elemento de su
existencia; conciencia desgarrada supone naturalmente vida descosida;
y verosímilmente en la tormentosa época del 18 de junio de 1815,
Thénardier pertenecía á aquella variedad de cantineros merodeadores
de que hemos hablado, recorriendo los caminos, vendiendo á unos,
robando á otros, y rodando en familia, marido, mujer é hijos, en algún
desvencijado calesín á la cola de las tropas en marcha, con el instinto
de unirse siempre al ejército victorioso.
Terminada la campaña, y teniendo, como él decía, _cum quibus_, había
ido á establecer su bodegón en Montfermeil.
Este _quibus_ compuesto de las bolsas y relojes, de las sortijas de
oro y de las cruces de plata, cosechadas al tiempo de la siega en los
surcos sembrados de cadáveres, no sumaba por cierto un gran total, ni
había hecho adelantar gran cosa á aquel vivandero trocado en bodegonero.
Thénardier tenía en el gesto ese algo rectilíneo inexplicable, que con
un juramento recuerda el cuartel, y con la señal de la cruz recuerda
el seminario. Era muy hablador, y dejaba que le creyeran sabio. Sin
embargo el maestro de escuela había notado que cometía errores.
Extendía las cuentas de los pasajeros con superioridad; pero no
faltaban ojos ejercitados que encontraban á veces faltas de ortografía.
Thénardier era cazurro glotón, gandul y listo. No desdeñaba á las
criadas, lo cual era causa de que su mujer no tuviese ninguna. Aquella
gigante era celosa. Parecíale que aquel hombrecillo flaco y descolorido
debía ser objeto de concupiscencia universal.
Thénardier, hombre de astucia y equilibrio, era ante todo un bribón del
género templado. Esto es, de la peor especie, por la hipocresía que
entra en ella.
No es que Thénardier no fuése en ocasiones capaz de encolerizarse, al
menos tanto como su mujer; pero esto era rarísimo, y en tales momentos,
como aborrecía por completo al género humano, como había dentro de
él un horno profundísimo de odio, como era de esas gentes que se
están vengando perpetuamente, que acusan á todo cuanto pasa delante
de ellos como causa de todo lo que cae encima de ellos, y que están
siempre dispuestos á arrojar sobre el primero que llegue, como legítimo
agravio, el total de las decepciones, bancarrotas y calamidades de su
vida, y como toda esta levadura fermentaba en él y bullía en su boca y
en sus ojos, se ponía espantoso. ¡Desdichado del que pasase entonces
bajo su furor!
Aparte de todas sus otras cualidades, era Thénardier, atento y
penetrante, callado ó hablador según los casos, y siempre con elevada
inteligencia. Tenía algo en su mirada de los marinos acostumbrados á
mirar con anteojos de larga vista. Thénardier era un hombre de Estado.
Todo recién llegado que entraba en el bodegón, al ver á la mujer
Thénardier, exclamaba: ¡He aquí el amo de la casa! Error, no era
siquiera el ama. Amo y ama, lo era el marido. Ella hacía, él creaba.
Ella lo dirigía todo por una especie de acción magnética, invisible
y continua. Una palabra le bastaba á él, muchas veces un signo, el
mastodonte hembra obedecía. Thénardier era para su mujer, sin que ella
se explicase el por qué, una especie de ser particular y soberano.
Tenía ella las virtudes de su modo de ser; nunca, jamás, aunque hubiese
disentido sobre algún detalle con el «señor Thénardier», hipótesis, por
otra parte inadmisible, no le hubiera quitado la razón en público á su
marido, sobre ningún asunto fuése el que fuere. Nunca jamás hubiera
cometido delante de extraños esa falta que cometen con tanta frecuencia
las mujeres y que se llama en lenguaje parlamentario descubrir la
corona. Aún cuando semejante acuerdo no diese otro resultado que el
mal, había algo contemplativo en esa sumisión de la Thénardier á su
marido. Aquella montaña de ruido y carne, movíase debajo el dedo
meñique de aquel frágil déspota. Visto ello por su lado raquítico y
grotesco, patentizábase la gran cosa universal: la adoración de la
materia hacia el espíritu; porque hay ciertas fealdades, cuya razón
de ser está en las profundidades mismas de la belleza eterna. Había
en Thénardier algo de lo desconocido, y de ahí provenía el imperio
absoluto de este hombre sobre su mujer. En ciertos momentos le veía
ella como una vela encendida; en otros, le sentía como una garra.
Aquella mujer era una criatura formidable, que no amaba más que á sus
hijos, y sólo temía á su marido. Era madre, porque era mamífera. Por
lo demás, su maternidad se limitaba á sus hijas, pues como se verá más
adelante, no alcanzaba á los varones. El hombre, sólo tenía una idea:
enriquecerse. Y no lo conseguía. Faltábale un teatro digno de su gran
talento. Thénardier en Montfermeil se arruinaba, si la ruina cabe bajo
cero. En Suiza ó en los Pirineos, este hombre sin un cuarto se habría
hecho millonario. Pero donde la suerte enclava al posadero, allí es
menester que viva.
Ya se comprende que la palabra _posadero_, está aquí empleada en
sentido limitado, y que no se extiende á la clase entera.
Ese mismo año, 1823, Thénardier tenía una deuda de unos mil quinientos
francos, una deuda apremiante, que le preocupaba.
Cualquiera que fuése para con él la injusticia persistente del destino,
Thénardier era uno de esos hombres que comprendían mejor, con más
profundidad y del modo más moderno, esta cosa que es una virtud en
los pueblos bárbaros, y una mercancía en los pueblos civilizados: La
hospitalidad. Por otra parte, era un cazador furtivo y admirable,
citado por su certera puntería. Poseía cierta risita fría y apacible,
que era particularmente peligrosa.
Sus teorías de posadero brotaban de él algunas veces como relámpagos.
Empleaba ciertos aforismos de su profesión que procuraba inculcar
en el espíritu de su mujer. El deber de posadero le decía una vez
violentamente y en voz baja, es vender al primero que llega, comida,
descanso, luz, fuego, sábanas sucias, muchacha, pulgas y sonrisas;
detener al pasajero, vaciar los bolsillos pequeños, aligerar
honradamente los grandes, dar albergue con respeto á las familias en
viaje, desollar al hombre, desplumar á la mujer, limpiar al chiquillo;
poner precio á la ventana abierta, á la ventana cerrada, al rincón
de la chimenea, al sillón, á la silla, al taburete, al escabel, al
lecho de pluma, al colchón y al haz de paja; saber cuándo se sirven
del espejo, con la imagen del que se mira en él tarifárselo; y, con
quinientos mil diablos, hacérselo pagar todo al viajero, incluso las
moscas que se come su perro.
El tal hombre y la tal mujer eran la astucia y la rabia unidas,
maridaje repugnante y terrible.
Mientras el marido calculaba y combinaba, la Thénardier no pensaba
en los acreedores ausentes, ni se preocupaba del ayer ni del mañana,
viviendo exclusivamente al día.
Tales eran estos seres. Cosette estaba entre ellos, sufriendo la doble
presión de uno y otro, como una criatura que fuése á la vez triturada
por una piedra de molino y destrozada por unas tenazas.
El hombre y la mujer tenían, cada cual, su manera distinta de
martirizarla; si Cosette estaba amoratada á golpes era cosa de la
mujer; si iba con los pies desnudos en invierno, era cosa del marido.
Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, fregaba, barría, andaba,
corría, se fatigaba, removía las cosas más pesadas y, débil como era,
hacía todo lo más pesado. No había piedad para ella; una ama feroz,
un amo venenoso. El bodegón de Thénardier era como una red en que
Cosette se hallaba cogida y temblorosa. El ideal de la opresión estaba
realizado en aquella domesticidad siniestra. Era algo como la mosca
sirviendo á las arañas.
La pobre criatura, pasiva, se callaba.
Cuando así se encuentran, desde su aurora, desnudas y desamparadas
entre los hombres, ¿qué pasa en esas almas que acaban de dejar el seno
de Dios?
III
=Los hombres necesitan vino, los caballos agua=
Habían llegado cuatro nuevos viajeros.
Cosette meditaba tristemente; pues aún cuando no tenía más que ocho
años, había ya sufrido tanto, que se ensimismaba en el aire lúgubre de
una vieja.
Tenía un párpado amoratado á consecuencia de un puñetazo que la
Thénardier le había sacudido, lo cual hacía decir á la propia
Thénardier de cuando en cuando:
--¡Está bien fea con su cardenal en el ojo!
Cosette pensaba, pues, que era de noche, muy de noche; que había sido
menester llenar de improviso las jarras y vasijas de los cuartos de los
viajeros recién llegados, y que no había ya más agua en el depósito.
Lo que la tranquilizaba un poco, era que no se bebía mucha agua en casa
Thénardier. Es verdad que no faltaban gentes que tuviesen sed; pero era
de esa sed que mejor se dirige al jarro que al cántaro. Quien hubiese
pedido un vaso de agua, entre aquellos vasos de vino, hubiera parecido
un salvaje á todos aquellos hombres. Hubo un momento, sin embargo,
en que la muchacha tembló; la Thénardier levantó la tapadera de una
cacerola que hervía en el hornillo, después cogió un vaso y se acercó
al depósito. Dió vuelta al grifo. Cosette había levantado la cabeza y
seguía todos sus movimientos. Un delgadísimo hilo de agua, llenó apenas
la mitad del vaso.
--¡Mira,--dijo la mujer,--no hay más agua!
--Siguió un instante de silencio. La criatura no respiraba.
--¡Bah!--repuso la Thénardier, examinando el vaso medio lleno.--Con
ésta habrá bastante.
Cosette se volvió á su trabajo; pero durante un buen cuarto de hora,
sintió saltar el corazón precipitadamente dentro el pecho.
Contaba los minutos que iban pasando, deseando estar ya al día
siguiente.
De cuando en cuando, uno de los bebedores miraba á la calle y exclamaba:
--¡Está obscuro como boca de lobo!
Ó decía otro:
--¡Es preciso ser gato para salir á la calle sin farol!
Cosette se estremecía.
De pronto, uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bodegón
entró, y dijo con acento rudo:
--No habéis dado de beber á mi caballo.
--Sí, por cierto,--dijo la Thénardier.
--Yo os digo que no,--repuso el mercader.
Cosette había salido de debajo de la mesa:
--¡Oh! ¡Sí, señor!--dijo.--El caballo ha bebido, ha bebido en el cubo,
en el cubo lleno, y yo misma soy quien le he dado de beber y le he
hablado.
Esto no era verdad. La niña mentía.
--He aquí otra, que no es mayor que un puño, y miente como una
casa,--exclamó el mercader.--¡Yo te digo que no ha bebido, bribonzuela!
Tiene un modo de resollar, cuando no ha bebido, que se lo conozco
perfectamente.
Cosette insistió, añadiendo con voz enronquecida por la angustia y que
se oía apenas:
--¡Y mucho que ha bebido!
--¡Ea,--repuso el mercader en tono colérico,--no hay que hablar de eso;
que se le dé de beber á mi caballo, y acabemos!
Cosette volvió á meterse debajo de la mesa.
--En efecto: nada hay más justo,--dijo la Thénardier;--si el animal no
ha bebido, es preciso que beba.
Luego mirando en torno suyo exclamó:
--¡Y bien! ¿Dónde está ésa?
Bajóse, y vió á Cosette agazapada al otro extremo de la mesa, metida
casi debajo de los pies de los bebedores.
--¿Quieres salir de ahí?--gritó la Thénardier.
Cosette salió de la especie de agujero donde se había escondido. La
Thénardier repuso:
--Señorita doña Perra sin nombre, vaya á dar de beber al caballo.
--Pero, señora,--dijo Cosette toda temblorosa,--¡es que no hay agua!
La Thénardier abrió de par en par la puerta de la calle.
--¡Pues ir á buscarla!
Cosette bajó la cabeza, y fué á tomar un cubo vacío que estaba en el
rincón de la chimenea.
Este cubo abultaba más que ella, tanto, que la muchacha hubiera podido
sentarse dentro y estar ancha.
La Thénardier se volvió á sus hornillas, y probó con una cuchara de
palo lo que había en una cacerola, gruñendo al mismo tiempo:
--En la fuente la hay; todas las dificultades fuesen como ésta. Creo
que hubiera sido mejor preparar las cebollas.
Púsose luego á buscar en un cajón donde había dinero, ajos y pimienta.
--Toma, señorita Renacuajo,--añadió;--de vuelta tomarás un pan en la
panadería. Aquí tienes una moneda de quince sueldos.
Cosette tenía una faltriquera pequeña en un lado del delantal; tomó la
moneda sin decir una palabra, y la guardó en el bolsillo.
Después se quedó inmóvil con el cubo en la mano, y la puerta abierta
delante de ella. Parecía esperar que alguien fuése en su ayuda.
--¡Aprisa!--gritó la Thénardier.
Cosette salió. La puerta se volvió á cerrar.
IV
=Entrada en escena de una muñeca=
La hilera de puestos de venta al aire libre que partía de la iglesia,
se extendía, como hemos dicho, hasta la posada Thénardier. Dichos
puestos, esperando que pasara luego gente que debía ir á la misa de
media noche, estaban iluminados todos con velas, que ardían dentro
de cucuruchos de papel, lo cual, como decía el maestro de escuela de
Montfermeil, sentado en aquel momento á una de las mesas de la taberna
Thénardier, producía «un efecto mágico».
En cambio no se veía una sola estrella en el cielo.
El último de estos puestos, establecido precisamente enfrente de la
puerta de los Thénardier, estaba lleno de juguetes de todas clases,
y ostentaba mil objetos de oropel, vidrio de colores y otras cosas
magníficas de hoja de lata. En la primera fila, y en lugar preferente,
había colocado el mercader, sobre un fondo de servilletas blancas, una
inmensa muñeca de casi dos pies de altura, vestida con traje de crespón
color de rosa, con espigas de oro en la cabeza, pelo verdadero y ojos
de esmalte. Todo el día había estado expuesta aquella maravilla á la
admiración de los transeuntes de menos de diez años, sin que hubiese
habido en Montfermeil una madre bastante rica ó bastante pródiga para
comprársela á su hija. Eponine y Azelma se habían pasado contemplándola
horas enteras, y Cosette misma furtivamente, por supuesto, había osado
mirarla también.