Y subían hasta lo alto de la montaña; pasaban la divisoria, y recorrían
otro valle, y así todo el camino, sin detenerse nunca. Tanto anduvieron
que la pluma, sintiendo satisfecha su curiosidad, se arremolinó, dió
varias vueltas sobre sí misma, y dijo al genio que la conducía:
«¿Sabes que hemos corrido bastante? ¿No convendría elegir sitio para
descansar un rato? ¡Ay, amigo! Aunque deseaba salir del corral recorrer
el mundo, puedes creer que lo que á mí me gusta es la vida tranquila y
reposada. Por un instante pensé que la felicidad es volar de aquí para
allí, viendo cosas distintas cada minuto, y recibiendo impresiones
diferentes. Ya me voy convenciendo de que es mejor estarse una
quietecita en un paraje que no sea tan feo como el corral, viviendo sin
sobresalto ni peligro. Allí veo, cerca del río, unos grandes árboles,
que me parecen el lugar más hermoso que hemos encontrado en nuestro
viaje.»
Acercáronse y vieron, efectivamente, que á la sombra de aquellos árboles
había el sitio más apetecible y delicioso que podría ambicionar una
pluma para pasar sus días. Césped finísimo cubría el suelo; el río
cercano corría con mansa corriente, ni tan rápida que arrastrara y
revolviera la tierra de las verdes márgenes, ni tan pausada que se
enturbiaran sus aguas: fácil era contar todas las piedrecillas del
fondo; mas no la muchedumbre de peces que divagaban por su transparente
cristal. Las ramas de los árboles, cerniendo la viva luz del sol,
mantenían en templada penumbra el pequeño prado; y de allí habían huído
todos los insectos importunos y sucios, así como todas las aves
impertinentes y casquivanas. Los pocos seres que allí estaban de paso ó
con residencia fija, eran lo más culto y distinguido de la creación:
insectos vestidos de oro y condecorados con admirables pedrerías; aves
sentimentales y discretas que cantaban sus amores en cortesano estilo, y
sólo á ciertas horas de la mañana ó de la tarde. Era el mediodía, y
todas callaban en lo alto de las ramas, entreteniendo el espíritu en
abstractas meditaciones.
«¡Fresco y bonito lugar es éste!--dijo la pluma erizándose de entusiasmo
al verse allí.--Aquí quiero pasar toda mi vida, toda, toda, lo repito
con seguridad completa de no variar de propósito.
Vagaba á la sombra de los árboles, resbalando sobre el fresco césped,
cuando vió que se acercaba una pastora, guiando dos docenas de ovejas
con alguno que otro cordero, y un perro que le servía de custodia y
compañía. La pastora se ocupaba, andando, en tejer una corona de flores
que traía en la falda, y era tanta su hermosura, donaire y elegancia,
que la pluma se quedó absorta.
Sentose la joven, y la pluma remontándose de nuevo por los aires,
empezó a dar vueltas en torno suyo, admirando de cerca y, de lejos, ya
la blancura del cutis, ya la expresión y brillo de los ojos, ya los
cabellos negros, ya sus labios encendidos, todas y cada una de las
perfecciones de tan ejemplar criatura.
«Aquí me he de estar toda la vida--exclamaba la viajera en su enrevesado
idioma.--Esto sí que es vivir. Nunca me cansaré de mirarla, aunque viva
mil años. ¡Qué bien he hecho en establecerme aquí... y qué gran cosa es
el amor! Gracias á Dios que he encontrado la felicidad. ¡Cuan dulcemente
se pasa el tiempo mirándola, ahora y después y siempre! ¿Qué placer
iguala al de pasar rozando sus cabellos, y acariciarle la frente con mis
flequitos? ¿Qué mayor ambición puedo tener que dejarme resbalar por su
cuello hasta escurrirme... qué sé yo dónde, ó esconderme entre su ropa
y su carne para estarme allí haciéndole cosquillas _per saecula
saeculorum_? Esto me vuelve loca... y de veras que estoy loca de amor.
Aquí y sin apartarme de ella un instante, he de pasar toda la vida.»
La pluma volaba y revolaba alrededor de la pastora, hasta que fué á
posarse sutilmente sobre su hombro, y en él hizo mil morisquetas y
remilgos con sus flecos. Vió la muchacha aquel objeto blanco, que al
principio juzgó ser cosa menos delicada caída de las ramas del árbol, y
tomándola, la estrujó entre sus dedos y la arrojó lejos de sí con
indiferencia desdeñosa. Un rato después convocó á su rebaño y se fué.
Mucho tardó nuestra infortunada viajera en volver de su desmayo. Al
abrir los ojos, en vano buscó al objeto de su tierna pasión;
reconociendo el sitio, sacudió sus encajes magullados y rotos, y dió al
viento sus quejas en esta forma:
«Ay, vientecillo, sácame de aquí, por las ánimas benditas; levántame,
que me muero de tristeza. Quiero correr otra vez, pues ahora comprendo
que la felicidad no existe en lo que yo creía. ¡Buena tonta he sido! El
amor, no es más que fatigas y dolores. Basta de amor, que harto conozco
ya lo que trae consigo. Volemos otra vez, y vamos a donde tú quieras,
amiguito. De veras te digo que me cargan estos árboles y este río: estoy
ya hasta la corona de céspedes, prados, arroyos y pajarillos. Démonos
una vueltecita por esos mundos. Levántame: quiero subir hasta las nubes.
Eso es; así me gusta: súbeme todo lo que puedas. Mira, allí a lo lejos
se alcanza a ver una casa que ha de ser muy grande: ¿ves cómo brilla a
los rayos del sol, cual si fuese de plata, y a su lado hay otra y otra,
muchas, muchísimas casas? Sin duda aquello es lo que llaman una ciudad.
Eso, eso es lo que yo deseo ver. Gracias a Dios que encuentro lo que me
gusta. Vámonos derechos allá, y dejémonos de montes y valles, que son
lugares impropios para este genio mío... Ya, ya se ve de cerca la
ciudad. En aquel magnífico palacio que vimos primero nos hemos de meter.
Corre, corre más, que me parece que no llegamos nunca.