PROEMIO

Las costumbres y usos de nuestros tiempos han convertido la novela, que

antaño fue mero pasatiempo y solaz, en una necesidad: todo el mundo lee,

o quiere leer algo que llene los vacíos de los ocios domésticos, o las

treguas del trabajo. Pero no todas las novelas son aceptables. La

novela, como todo lo humano, es bipolar, y consiguientemente de bien y

mal susceptible.

Si una novela buena es un beneficio, una mala o perniciosa es más que un

daño.

Nuestra librería nacional carece en general de libros bien escritos e

interesantes que puedan ir a manos de todo el mundo; las casas

editoriales españolas no se ocupan en traducir más que las novelas de

escándalo, vulgo: sensación. ¡Que hasta ese grado de incapacidad moral

hemos llegado!

Y si a alguien se le ocurre publicar alguna obra inofensiva, suele ser

elegida con tan mal tino, que es las más de las veces insulsa y anodina,

y su falta de interés coopera al falso descrédito de las obras buenas.

Pero si el naturalismo y mercantilismo modernos han hallado modo de

fabricar, con el fango del vicio, muñecos que, vidriados con un barniz

de pseudociencia y dorados a fuego de pasión, llegan a encantar a un

grupo de lectores, no desesperen por eso los que aun sueñan con la vida

del arte humano, del verdadero arte, que sin desdeñar nuestras miserias

de carne, asciende hasta las regiones del alma para implantar su trono.

Ese arte existe todavía. Aunque la sed comercial lo desdeñe, no por eso

dejan sus cultores el trabajo, y las estatuas, complejas que forman y

funden en sus cerebros esos artífices, surgen diariamente a la

publicidad reflejando en un todo, lo reflejable de nuestra vida, es

decir, lo que tiene luz.

Ese arte existe. ¡Y cómo! tal vez más brillante y vigoroso que nunca.

Francia, España, Inglaterra y Rusia lo atestiguan; por más que una

conspiración de silencio pretende ahogar ciertos nombres, su fuerza

vital es mayor que la de los que pretenden sepultarlos. Llevan lo bello

en las entrañas.

La presente novela de Juan de la Brète, coronada con el premio Montyon

por la Academia Francesa, el mayor de los que dicha corporación dispone

para obras literarias, es una obra interesante, rica en vida y frescura,

y atravesada por esa ráfaga de poesía que orea los sudores de la vida,

cuando la vida es vida.

Baste decir en su elogio que en el breve lapso de dos años el público

parisiense ha exigido treinta y nueve ediciones de esta obra, lo que es

mucho decir, respecto de un libro donde no hay olores acres, ni cuadros

condenables, ni más barro que el de la tierra, los días en que llueve.

Mi tio y mi cura · 第 5 / 25 题