FIN DE LA HISTORIA DE LA "BELLA DURMIENTE".

¡DÍA magnífico, día sublime para las musas trágicas de don Celso Ortiz;

día histórico de perpetua memoria en los anales de Torremar!

Apenas había el boticario augur abierto los ojos á la luz de aquella

mañana, entróse por la botica cierto rumor de catástrofe, que puso al

profeta del almirez en súbita vibración. Un mozo de la finca de Ramírez,

forastero sin duda, preguntaba por el domicilio de don Fermín. La

inquietud del emisario y la urgencia que mostraba, dieron margen al

interrogatorio:

--¿Ocurre alguna cosa?

--¡Vaya si ocurre!

--¿Hay enfermos?

--Lo que hay es un difunto. Y la señorita está muy maluca.

--Pero ¿qué ha sucedido?

--Pues que el amo... Al decir esto hízose el mozo, con el pulgar en la

garganta, una señal significativa.

--...¿Se degolló?

--Así parece.

Y mientras don Celso, pálido y tembloroso, dilatada la nariz y los ojos

brillantes, conmovía á la vecindad con la triste nueva, echó el mozo á

correr, calle abajo, en busca del médico.

* * * * *

Aconteció la víspera en el _Robledo_ que Ana María bajó al sótano para

hacer, como de costumbre, la renovación y limpieza del gran acuario

instalado allí. De algún tiempo á esta parte, sentíase la joven más

animosa para llevar las difíciles riendas de aquel laboratorio sin

labores, con vistas á un hogar arrecido. La inspección cotidiana del

acuario constituía para la moza un curioso divertimiento: gustábale

descubrir aquel fondo de mar en miniatura, que proyectaba, en la

obscuridad del sótano, perspectivas fantásticas y emocionantes; era un

vivo simulacro de la lucha por la existencia, un sutil remedo de la

jerarquía social, revuelto nansa donde también los peces grandes se

comen á los chicos...

Absorta Ana María, contemplaba aquella turbia caricatura del mundo,

cuando sintió pasos en la escalera:

--Será Manuel--pensó, enrojeciendo--. Teme que se me olvide soltar los

grifos y abrir las válvulas...

De pronto, una mano cayó con violencia en el hombro de la niña, y, tras

un grito de espanto, la voz de don Juan Ramírez rugió desatada:

--¡Carlota!... ¿Te escondes, eh?... ¡No te me escaparás, infame!

El sabio, el loco, sacudiendo á su hija con frenesí, levantó sobre ella

el puño. Pero no le llegó á descargar. Con las dos manos presas,

hallóse frente á Manuel Velasco, que le decía en pleno rostro:

--¡Cobarde!

Tras una ráfaga de vacilación y de miedo, Ramírez protestó:

--¿Qué buscas tú aquí? ¿A qué vienes?... Esa mujer es mía.

--Está usted equivocado.

--¡Es mía!

--Le digo á usted que se equivoca.

El discípulo entonces, soltando al profesor, le hizo mirar de cerca el

espavecido semblante de la niña. Próximo ya el crepúsculo, había crecido

la obscuridad por instantes, y en las altas rejas, leve soplo otoñal,

deshojador de rosas, parecía gemir sobre los gajos murientes de la luz.

El sordo murmullo de las aguas semejante á un lamento; las

reverberaciones del acuario, con su muchedumbre temblorosa de inquietas

vidas; todo el conjunto original del recinto, puso marco de imponente

emoción al terrible episodio.

--¡No es ella!--profirió don Juan, escudriñando con avidez la cara

llorosa de la joven. Quedó un punto perplejo, y con súbita audacia gritó

en seguida.

--Pero ésta me pertenece también.

--Me pertenece á mí--refutó Velasco, tranquilo y firme. El padre quiso

avanzar con la mano extendida, mas le detuvo, inmóvil y medroso, la

reciedumbre de otra mano, mientras añadía Manuel con reconcentrada

expresión:

--He adquirido derechos sobre ella á muy alto precio.

--¿Y pretendes tener en mi casa más derechos que yo?

--Sobre los corazones, sí.

--¿Qué me importan á mí los corazones?

--Por eso huyen de usted...

--No me hacen falta.

El mozo, endulzando su acento, murmuró, más compasivo que indignado:

--La vida es amor.

--Aborrezco la vida.

--¿Cómo quiere usted entonces dominarla?

--Con el odio.

--¡Pobre don Juan!--compadeció Velasco, doliéndose de aquella demencia

destructora que le desarmaba con la propia insensatez. Y Ramírez,

jadeante como si rindiese la jornada más penosa, giró en redondo, y

hundióse en la obscuridad, de donde había salido igual que un fantasma.

Iba regruñendo:

--¡Odio... odio!...

--Amor... amor...--aleteaba el corazón de Ana María, refugiándose en los

brazos defensores de Manuel. Al sentir el mozo los apremiantes latidos

de aquel pecho tan suyo, hízose un eco de la blanda querella,

confirmando:

--Sí; amor... amor...

Y después de una pausa en que la caridad y el sentimiento rehogaron en

el alma de Manuel los más nobles propósitos, añadió acariciando la

frente de la niña:

--Es menester sacarte pronto de aquí; lo resolveremos mañana mismo--. Se

la confió luego á Carlos con muchas precauciones, y bajó á su casa

impaciente.

Triste fué la velada del _Robledo_: don Juan se escondió en su alcoba

soliviantado, sin permitir que nadie traspasara el dintel; y junto á una

vidriera, ya cerrada al rocío del otoño, Carlos y Ana María recordaron

con angustia y sigilo todas las pesadumbres apuntadas en la memoria de

su corazón. El paisaje, pálido y confuso bajo la luz de la luna, parecía

penetrado de santidad y el rumor de las olas rodaba en el silencio como

enorme sollozo de la vida...

Al nacer la siguiente mañana, en el dormitorio de don Juan resonaron

quejidos, y piadosa Ana María, acudió con solicitud cerca de su padre:

un espectáculo horrible la clavó al pie del lecho, pávida de terror; el

sabio se debatía con la muerte, entre las sábanas húmedas y rojas, ya

sumidos los ojos en tinieblas. Habíase inferido en el cuello bárbaro

corte, valiéndose de una cuchilla sutil del laboratorio.

Pocos minutos después inclinábase don Amador con infinita piedad sobre

la tremenda agonía. Desde fuera, señores y criados escuchaban

distintamente el acento fervoroso del sacerdote, que, sobreponiéndose á

los ayes del moribundo, decía con solemne ternura:

--El odio mata y condena; el amor redime y perdona... Don Juan Ramírez:

espere usted en la misericordia divina; clame usted, con fe, desde el

fondo de su alma: ¡Jesús... Jesús... Amor... Amor...!

* * * * *

Aún vibraban resonantes y compasivos los comentarios del drama cuando

Velasquín se atreve á decir á su mujer:

--¡Si subieras al _Robledo_!... Allí no te guardan rencor. Pronto

seremos hermanos de Ana María, porque la boda se hará en breve.

Sin recordar por qué los de Ramírez habían de ser rencorosos para ella,

Regina maquinalmente pregunta:

--¿Has subido tú?

--El día del entierro... Carlos estuvo amable conmigo y su hermana me

preguntó por ti.

--Subiré hoy--dice la señora muy tranquila--; tú me irás á recoger

cuando anochezca.

Y por los mismos senderos tan paseados el año anterior con locas

ambiciones, la dama rubia, indiferente y desamorada, insensible y

fallida, fué ganando la cumbre aquella tarde, bajo un cielo plomizo,

entre las rachas del agorero vendaval.

Por consejo de Eugenia vistióse Regina un traje obscuro: ahora le es muy

fácil y cómodo seguir cuantas indicaciones se le hacen, como si no

tuviese voluntad, interés ni deseos para cosa alguna. Le ha dicho Marta

antes de salir:

--Abríguese bien, por Dios; hace mucho frío, «está cociendo nieve»...

Y la señorita se ha envuelto en su estola de piel con mucha docilidad:

cuando vence el atajo, ya en la linde de la selva deshojada, oye en el

camino real las campanillas de un carruaje; pero va ausente de cuanto la

rodea, y no se preocupa del coche que sube hacia el _Robledo_, á poco de

haber tocado un tren en la estación de Torremar.

En el escampo del bosque, Regina se detiene porque una sombra avanza con

aire majestuoso al encuentro de la visitante: es una dama vestida de

luto; sobre su albísima frente el velo de crespón semeja una

desgarradura de la noche caída en el dosel de la mañana.

Acércanse las dos mujeres, se miran á los ojos en silencio, y Regina

balbuce con una voz que no parece suya:

--¡Carlota!...

--¿Adónde vas, Regina?

La de Alcántara no responde, y en el estupor de una sonrisa atónita,

quédase mirando á la viajera, cuyo acento dulcísimo, al derramarse en la

desolación del robledal, juraría la joven que tiene resonancia

prodigiosa; porque, de pronto, los árboles ariscos, el aire helado, el

celaje adusto y su propio impasible corazón, le preguntan á un tiempo:

--«¿Adónde vas, Regina?»

Una sorpresa enorme la sacude, como si despertara de sueños ó de fiebres

y cayera de improviso en certidumbres espantosas. Mudamente se dice:

--¿Estoy muerta?... ¿Seré sonámbula?... No; ¡estoy viva!--asegura,

sintiendo agudo y potentísimo el dolor de vivir. Y bajo la zarpa de las

pasiones y el aguijón de la memoria, enrojece y se turba.

--¡No te guardo rencor!--dice benigna la señora del velo, al ver á la

muchacha vacilar en confusión tremenda. La moza repite:

--¡No me guarda rencor!--Sabe que esas palabras se las ha dicho también

Adolfo, refiriéndose á Carlos y Ana María: ya sus recuerdos no huyen

como antes; ahora punzan y duelen, y hasta los más lejanos retornan en

tropel dentro de un rayo de luz que ha caído en el alma de Regina desde

los ojos profundos de la viajera. Del tumulto de luminosas membranzas

toma con sagacidad la de Velasco unas partículas y compone esta frase,

evasiva y extraña, fuera de lugar:

--Ana María se casa con Manuel...

En el semblante hermoso de la enlutada cayó una sombra; ¿qué pretende

Regina con aquella importuna afirmación? ¿Trata de disculpar sus

traiciones, recordando que no impide el matrimonio de su amiga, ó conoce

el secreto de la madre y quiere atormentarla?...

Las dos señoras se miran otra vez, en sondeo tenaz, hasta que la de

Heredia murmura con voz firme:

--He venido á la boda.

--¿No la esperan á usted?

--Siempre me están esperando--sonríe la peregrina. Y continúa:

--Quise venir sin avisarles, porque sé que no daña la felicidad.

--Ana María estuvo enferma... de la impresión...--alude entonces Regina;

pero ya está valiente.

--Sí: también Carlos se muestra valeroso--asegura Carlota, evadiéndose

de comentar el suicidio y con acento que á la coqueta le parece una

acusanza.

Quedan mudas un instante, sin saber qué decirse, disimulando impulsos y

palabras bajo apariencias indiferentes. Al sentir memoria y corazón

sacudidos por recuerdos y emociones, la dama rubia advierte que nadie

espera su visita en casa de Ramírez; ya se lo ha demostrado la extrañada

pregunta de Carlota. Y el despecho vengativo hacia Velasquín, renace y

dicta á la mente torturada amargo insulto:

--¡Miedoso! No ha tenido valor para subir conmigo, y me envía sola,

ciega y torpe, á demandar clemencia... ¡Me he casado con un nene, con un

cobarde!

Alza los ojos y la voz la querellosa dama, y quiere explicar:

--Pues yo, venía por aquí á dar un paseo...

--¿Sola, en una tarde tan cruel?

No hay ironía en este comentario; la duda de Carlota está llena de

lástima. Y con dulce compasión, añade:

--¿No eres feliz?

Escucha la de Velasco, seducida por la entrañable suavidad de aquel

acento.

Sobre el luctuoso ropaje de la viajera, derrama el bosque, como una

caricia, el oro sutil de algunas leves hojas, y el viento, que no se

cansa nunca de rondar en las selvas otoñales, gime «escuchos»

tristísimos alrededor de las solitarias mujeres.

--¡Feliz!--exclama la joven amargamente.--Y ansiosa pregunta:

--Pero ¿existe la felicidad?... ¿Usted la conoce?

--¿Yo?--balbuce la enlutada;--yo conozco la alegría de mis penas... he

saboreado los frutos divinos del dolor.

La codicia pone un relámpago en los ojos audaces de la dama rubia.

--¿Y qué haré,--murmura subyugada--para poseer esos frutos y esas

alegrías?

--Sufrir y amar.

--Ya sufro...

--¿Y amas?

--No puedo... no sé. He conocido todos los amores y ninguno me

conmueve... ¡Tengo el corazón helado!

--¿Todos, dices que los probaste?--advierte incrédula Carlota.--Sin

remontarte al cielo, aún te falta uno, el más hermoso, el más grande...

--¡Ah, sí! Feto «ese»--aduce Regina--es superior á mis fuerzas... No

podría con el.

--«Ese», derritiendo la nieve de tus entrañas, te haría llorar mucho: te

salvaría.

--De modo, ¿que es preciso llorar para salvarse, llorar para ser feliz;

siempre llorar?

--Sí; es menester que llueva en los corazones para que fructifiquen.

--¿En dolor?

--Y en amor; en caridad, que es fuente de vida eterna... Pero ya me voy;

llevo mucha prisa... Me detuve á consolarte un poco.

--¡Oh, espere usted!... ¡Un minuto!... ¿Quién le dijo que yo era

desgraciada?

--Mi presentimiento.

--¿Porque fuí culpable?--confiesa Regina bajando la frente.

--La culpa--dice Carlota evasiva, para responder con más

piedad--engendra un dolor estéril, sin esperanzas ni compensaciones.

--Así es el mío--confirma la escéptica con amargura.

--Pues truécale por este otro, confiado y sonriente;--y Carlota señala

su corazón.

--Aguarde usted otro momento--suplica la joven al ver que la señora

trata de partir,--y dígame algo de ese corazón que usted me enseña.

--¿Tienes curiosidad?

--¡Tengo envidia!--Y con audacia añade:

--Yo conozco la vida de usted; sé que por esta selva, en este memorable

día de regreso, usted va hacia el más duro de los sacrificios: ¿por qué

va usted predicando la esperanza y el amor?

Carlota, palidísima, con voz de lágrimas, responde:

--Porque voy también al triunfo...

Levanta los ojos al cielo y á Regina se le van los suyos detrás de

aquella mirada. Se han partido las siniestras nubes y un jirón azul

asoma en el espacio como fugaz sonrisa del celaje.

--No me puedo detener--dice Carlota muy conmovida;--el más valiente, el

más puro de los amores humanos, me espera detrás de esos árboles...

Adiós.

--Respóndame usted--clama Regina asiéndola del velo.--Derroché mi

juventud al través del mundo, buscando la felicidad...

--No la busques. Busca el bien solamente y lo demás _te será dado por

añadidura_.

--Pero es que no lo encuentro; voy desorientada y loca; no me abandone

usted, que sabe los caminos...

Hay tal angustia en esta confesión, que la dama viajera se detiene; su

actitud, segura y apacible, contrasta de un modo original con el aspecto

inquietante de Regina. Sorprendiéndolas allí, en tan raro coloquio, se

las tomaría por imágenes de una fantástica historia; pudiera creerse que

la joven peregrina, cobarde y sin rumbo, pregunta á la reina del Bosque:

--Dígame, por favor: ¿hay por aquí posadas y veredas hacia el _Buen

Paradero_?... ¿Habrá lobos y ladrones?

Y parece que responde, solícita, la señora del manto:

--¿Ves aquel caminuco lleno de abrojos? Sigue por él... Andarás,

andarás; si te hieres, no grites; llora en silencio y ofrece á Dios tus

tribulaciones. A la derecha, siempre á la derecha, se ensancha la ruta,

el suelo se ablanda y se toca el final del camino; el descanso, el

triunfo...

En realidad lo que hablan las dos mujeres tiene mucho parecido con eso.

--Amar es recrearse con el bien de otro--dice Carlota--; es sufrir por

el ser amado y olvidarse de sí mismo... Obrar el bien es tener la

caridad por norma de nuestras acciones.

--Me seducen las palabras de usted, aunque no las entiendo--afirma la de

Velasco--; tienen música y miel, tienen aroma... ¿Cuándo volveré á

verla? ¿No querrá usted aparecérseme en este bosque, como una princesa

encantada?

--No, no--sonríe la del velo--; al contrario; huiré de estos lugares

apenas coloque la mano de mi hija en la de su esposo.

--¿Dónde vivirá usted?

--En un rincón sereno, donde la Virgen me ayude á curar á Carlitos.

--¿Cree usted en los milagros de la Virgen?

--Si los podemos hacer las madres buenas, ¿qué no hará la mejor de las

madres?... Adiós; ten muchos ánimos y sigue tu camino. Para huir de

lobos y de ladrones, no lo olvides; siempre subiendo, á la derecha;

siempre sobre espinas y zarzas, hasta el _Buen Paradero_...

La moza, con las manos en cruz, á punto de llorar, pregunta:

--¿Y me perdona usted?...

--Con toda mi alma--interrumpe la viajera, consagrando el perdón en una

caricia. Después se obscurece entre los árboles, y con los perfiles del

manto se borra la luz y el hechizo de la singular aparición, mientras

Regina, casi de hinojos, echa á volar un beso, y murmura:

--Adiós, _Bella durmiente del bosque_... Un abrazo al hada benéfica y al

duendecillo gentil... ¡Adiós, Carlota!...

* * * * *

Clavada en el camino, temblando de emoción, Regina escucha; le parece

que el bosque va á repetir, con fervorosos murmullos, las palabras

admirables de Carlota; mas, como si ésta se hubiese llevado en pos de sí

el silvestre cortejo de rumores, calla el robledal y se entolda, cada

vez más sombrío, según la tarde avanza. Aquellas nubes que sonrieron un

instante, han volado hacia el mar, y sobre el cielo torvo muere la luz

cansada y triste.

Regina se recobra de su éxtasis, alarmada por el silencio que la rodea,

y busca el senderillo del atajo para volver á la ciudad. Bajo aquel

traje señoril que ondula en las yertas campiñas, late con ansia el

veleidoso corazón, bien advertido de que no es la virtud _un nombre

vano_, de que hay en el mundo torrentes de caridad, y de que todos estos

divinos amores tienen la voz muy dulce y la sonrisa muy bella. Podrá la

dama rubia no estar en sus cabales y ver visiones á menudo; pero Carlota

no es una ilusión; es una mujer de carne y hueso, dechado tangible de

aquellas heroicas virtudes del sacrificio, que la visionaria tomó

siempre por utopías. Enfrente del cruel escepticismo, razonador de

sentimientos, impuro manantial de negaciones; por encima de los placeres

infructuosos que rozaron la epidermis de la muchacha en su existencia

frívola, el corazón anuncia que ha llegado la hora de sentir. Pero este

latido cordial, que se inició con arrogancia, fluctúa con timidez,

paralizado por el frío interior del espíritu, donde ya no fulguran los

ojos de Carlota.

Cuanto de esta mujer supo Regina, parecióle un hermoso cuento, igual que

tantos otros imaginados ó leídos: desde las suaves nieblas de la

infancia hasta los presentes días obscuros, de congelado abandono, fué

la imagen de la _Bella durmiente_ para la joven «erudita» una especie de

símbolo, de conseja moral, tan fantástica como las leyendas que la

embelesaron en el Rhin cuando empezó á recorrer el mundo. La sublimidad

de Carlota, liberta de su cruel esclavitud por el amor, y esclava, por

el amor mismo, en un convento, resultábale á Regina tan misteriosa y

vaga como el impulso de «la novia de Rolando», cautiva de sagrada

clausura por creer á su amante víctima de la guerra. El drama del

_Robledo_, más sensible para la curiosa que aquellos otros aprendidos en

papeles y viajes, cayó en las penumbras de la fábula ante el incógnito

de la protagonista, que ama, padece y se inmola «desde lejos», igual que

en las novelas, lo mismo que en los romances y en las historias del

_Flos Sanctorum_...

Mas he aquí que la noble Musa de aquel poema de amores y piedades se

aparece á la incrédula, y despertándola de su sueño interior, la detiene

y la dice:

--«¿Adónde vas, Regina?...»

Y aunque por su hermosura y raras prendas tiene Carlota mucho parecido

con las heroínas de los cuentos, bien claro está que no bajó de las

nubes ni brotó de un arbusto, sino que llegó en un tren á Torremar y al

_Robledo_ en un coche, cruzando á pie una parte de la selva para acortar

camino.

Segura está Regina de que la _Bella durmiente_, con su traza de

aparición y sus frases de parábola, es una pobre mujer que lucha y gime;

pero también es cierto que la vió sonreir con placidez suavísima, y

levantar los ojos al cielo con divino arrebato, al través de la niebla

de sus lágrimas...

--¿De modo--pregúntase la razonadora,--que en el amor hay dolor y en el

dolor hay transportes de alegría?

Se detiene vacilante, desesperada, añadiendo:

--¿Y nunca podré amar?

Desdeña su mala condición; supone que hay una raza escogida de seres

enamorados y piadosos, á la cual no pertenece; pensando que está

condenada al martirio de la incredulidad, recuerda cómo otra vez bajó de

una cumbre, igual que ahora, huyendo del amor y del sacrificio, con

espanto de réproba; fué en los Andes, en la cima del mundo; creyó amar y

sufrir, y amores y dolores se le escaparon en un gemido de impotencia y

cobardía, delante de una cruz...

Pero al descender por la pendiente del _Robledo_, el temor de Regina es

menos trágico que en aquella fuga memorable; tal vez porque la cruz que

hoy vió en la cumbre se muestra más humana y el monte más asequible...

Celestial misericordia protege á la infeliz, que busca y huye, que

asalta con el duro análisis de su inteligencia las sagradas razones del

sentimiento y del corazón; se ha humillado con piedad infinita el

símbolo cuya grandeza majestuosa hizo temblar á la viajera rubia; y

desde la cordillera gigante donde parece que sólo Dios puede alcanzarla,

ha bajado la cruz, en forma sumisa de mujer, á un montecillo dócil y

extendiendo sus brazos de carne temblorosa, ha dicho con una voz muy

dulce, delante de la obsesa:

--«¿Adónde vas, Regina?...»

Quisiera responder la moza y mira al cielo, porque siente, aunque no se

lo explique, cómo baja de allí la solemne pregunta. Ya cae la sombra;

las nubes se han aligerado al roce del crepúsculo, con esa inconstancia

propia de los norteños celajes; y ha encendido la luna su pálido fanal,

que parece verter al mismo tiempo el silencio y la luz sobre la tierra.

Largos y obscuros los perfiles de los árboles, se inclinan reverentes al

paso de la rubia señora, que abre su alma al secreto de la noche,

sintiéndose presa de una fe que no cree en nada, y de una emoción sin

nombre ni rumbo, que ensancha su cauce poco á poco, bajo la nieve del

entendimiento.

En una vuelta del camino, ya cercano el arrabal, Velasquín detiene á su

esposa:

--Pero ¿no me esperabas?--interroga alarmado.

Y ella sorprendida, con el rostro encendido por súbita perplejidad, no

sabe qué decir; siente deseos de mostrarse cariñosa, y recuerda sus

ocultos reproches contra Adolfo... ¿Los merece?... En la duda benigna

que le asalta, decide callarlos, y aduce amable:

--No llegué á casa de Ramírez, porque he visto á Carlota.

--¿A Carlota?--Velasquín sospecha que su mujer no está en sana razón.

Pero Regina asegura:

--Sí; ha llegado esta tarde en el tren correo; cuando yo cruzaba la

selva la encontré; dejó el coche en el camino real para subir por el

atajo.

--Entonces no avisó la llegada.

--No; quería sorprender á sus hijos.

--¿Y hablaste con ella?

--Hablé mucho.

--¿Cómo la conociste?

--Apenas ha cambiado; siempre está hermosa... Ella me conoció

también.--Hay tanta dulzura en la expresión de estas frases, que Adolfo,

maravillado y crédulo, se siente muy feliz. La esposa continúa con

naturalidad:

--No era oportuno que hoy fuésemos de visita.

--¡Claro!... Pero es muy tarde para que vuelvas sola.

--Me entretuve... ¡y anochece tan pronto!

Quiere Regina cambiar de conversación; se apoya en el brazo de

Velasquín, y ambos sienten la dulzura de aquella intimidad. El

Cantábrico, movido y bullicioso, dice á la costa su amenaza bravía, y al

son de las airadas voces, la señora murmura:

--Ya no sales en el _Reina_...

--Porque todos los días se anuncia un temporal.

--¿Tienes miedo?

--¿Miedo?--protesta el joven sonriente.--¿Tú me juzgas miedoso?

Evadiendo la respuesta, dice Regina, irónica á pesar suyo:

--Me entusiasman los hombres temerarios.

Y flotan estas palabras, como señuelo de combate sobre el perfume de

amor y de ilusiones que va dejando en pos de si la elegante pareja.

Agua de Nieve (Novela) · 第 42 / 54 题