LA CAJITA BLANCA.--LUMBRES DE HOGAR.--REMOS Y FLORES.

LA lluvia amaneciente moja el paisaje con una triste dulzura, como de

llanto infantil. Sube la niebla entocando los montes, y sus flecos

deshilachados permiten ver á Regina un rebaño que ondula lento por la

alta vereda. Los sordos gruñidos del mar extienden en la costa abrupta

su amenaza resonante y quejosa.

Recordando las galernas terribles de aquel fiero Cantábrico, tan voluble

como soberanamente hermoso, Regina escucha y mira en honda expectación.

Una campana vocinglera lanza al viento su toque de rebato, que rueda por

el valle marinero con agudo estridor, mezcla de sollozo y de

_aleluya_... ¿Es que llora?... ¿es que canta?

--¡Canta y llora!--piensa Regina, inclinando el busto sobre el trémulo

barandaje de su balcón. De pronto mira al camino rústico que por encima

de la playa cruza el arrabal hacia la sierra: extraño grupo bulle y se

retuerce en el sendero, bajo la fina gasa de la lluvia; madrugadora

procesión en cuyo centro blanco los ojos miopes de la muchacha

descubren, al cabo de no pocas dudas, el féretro de un niño... Sí; eso

es: una cajita que conducen cuatro chicuelas vestidas de albos ropajes,

lacios y humildes; trepando van con rumbo al cementerio, que se asoma á

los cantiles desde la silvestre llanura.

Sube la pobre comitiva en afanosa demanda de la tierra clemente; suben

las nieblas á las cumbres montaraces, y el rebaño á las floridas brañas;

suben las olas á la playa rubia, y las voces de la campana á los

nublados cielos... También sube, azaroso, un suspiro temblón y

zozobrante de Regina de Alcántara, aunque los labios que le dieron

licencia tratan de sonreir, comentando:

--¿Un niño infeliz que logra descansar?... ¿Un ángel que ha volado á la

gloria? _¡Aleluya... Aleluya...!_

Por hay una ansiedad tan triste en aquel paisaje lluvioso; en aquellas

neblinas desgarradas; en aquellos retumbos del mar y del bronce; en

aquel entierro blanco y humilde que se agarra á las ondulaciones del

camino, sube que te sube, arañando la tierra en el esfuerzo de la

pendiente, que Regina abandona su observatorio, y dentro de la estancia

se sienta en un sillón á forjar otros planes, perspectivas más luminosas

que las que le ofrece aquella hora matinal de un Mayo norteño.

Pero allí anda Eugenia, limpiando viejos muebles y acomodando ropas de

la señorita, que ha elegido aquel aposento y quiere aderezarle con las

mejores prendas del modesto ajuar. Es la pieza un saloncito cuadrado,

con las paredes tendidas de florido papel y el techo de cal, decorado

por un friso y un rosetón de tosca factura. En un extremo se colocará la

cama, con el recato de un gran biombo, y queda espacio libre para el

diván y los sillones de sedosa tapicería, un poco pálida; el tocador y

el armario; un bufetillo; una Venus de escayola, sobre su artística

columna; una mesa de centro; cuadros antiguos, fotografías, flores; y el

balcón abierto á la sierra y al mar, sin cortinajes ni estorbos...

--Tendré un cuarto confortable y alegre, á estilo de aldea--dícese

Regina--. Luego modificaré un poco todo el mobiliario, y cuando me case

haré un _chalet_ moderno con mucho lujo y muchas cosas buenas.

Estos discursos silenciosos la inmovilizan toda la mañana, y reacciona

de aquella postración y aquel mutismo con una repentina actividad

nerviosa y apremiante, que la empuja por las habitaciones en voz de

mando, disponiendo mil novedades y trajines, estorbando las faenas de la

servidumbre, y fatigándose inútilmente, sin haber hecho nada. De la

impaciencia que la mueve por todas partes, con estéril inquietud tienen

mucha culpa sus deseos contenidos de verle al pueblo la cara, de

reconocerle y pasearle, y aprender la historia de sus años de ausencia.

Aquel rincón del mundo tan absolutamente olvidado por la «viajera rubia»

durante largo tiempo, despierta de improviso en ella sumo interés, como

si sus límites le cerrasen todos los caminos de la tierra y allí

estuviese esperándola su porvenir entero. Nada quiso saber de Torremar

ni de sus habitantes, desde que, niña y ambiciosa, partió de la ciudad

norteña; y ahora se le figura que tiene allí escondidas muchas

esperanzas y emociones, muchos cariños y proyectos.

--No salgas--le ha dicho Eugenia viéndola pronta á lanzarse á la

calle--; vendrán visitas...; estás de luto riguroso.

Y la muchacha se detiene, á su pesar, ante la evidencia de estos graves

motivos de reclusión; pero á cada momento se asoma á los balcones, baja

al portal, hace preguntas referentes á cosas y familias de su pueblo, y

se ríe sola, sin saber por qué, con los ojos rasos de lágrimas, sean

tristes ó alegres las respuestas que recibe, y que apenas escucha, con

la prisa de hacer otras.

* * * * *

La víspera, al llegar, á instancia generosa y urgente de Regina, quedó

convenido que Dolores, Marta y Pablo, se instalasen en la casa de

Alcántara con la doble calidad de familiares y servidores, para que

Eugenia estuviese descansada, gustando la compañía y ayuda de los suyos.

Fué Dolores casada de muy moza con un honrado marinero, y á los pocos

años quedó viuda en una horrible galerna, de que aún se guardaba

temeroso recuerdo en Torremar. Todo el espanto que la pobre mujer cobró

al oficio rudo del esposo no pudo evitar que Pablo fuera grumete en

cuanto el chico halló manera de cruzar sobre su elástica de punto un

tirante ufano para sostén de los calzones. En continuas zozobras vió la

madre espigar al marinero, y siempre encontró amargo como el agua salina

el pan difícil que se gozaba el hijo en ofrecerla. Marta, más joven que

su hermano, se hizo moza ayudando á su madre á coser toscas prendas de

la gente de mar, á zurcir redes y aparejos, ó á la ordinaria confección

de sacos para la vecina fábrica de yute, una de las más importantes

industrias de la ciudad. Más tarde la muchacha, poco satisfecha de tan

vulgares labores y de su escaso rendimiento, aprendió el oficio de

planchadora, y merced á su aplicación logró aumentar los ingresos de la

familia y ofrecer á su madre algún descanso.

En la actualidad Marta sabía presentarse con finura y vestirse con

pulcritud, dentro de la modestia de su clase; era inteligente y

graciosa, y Regina pensó, desde luego, convertirla en gentil camarera y

adueñarse de su voluntad con cariños y mercedes. No necesitó muchos

esfuerzos para conquistarla; pronto la moza se rindió, murmurando:

--Disponga lo que guste... ¡Tiene «un ángel» la señorita!...

Por su parte Dolores dijo que sí con efusión á cuanto Regina le propuso:

vivir en una casa de señores, trabajar poco y gozar de buen trato y de

buenas ganancias, le parecieron cosas admirables. El marinero estuvo más

reacio á capitular en tierra firme. Se daba una fuerte rasquina de

cabeza, no imaginando cómo á la señorita le parecía tan fácil que él

dejara su puesto en la tripulación de _Mariposa_ para cuidar un

jardín:--¡Ave María Purísima! ¿Cómo va á ser eso?--se interrogaba á sí

mismo.

Pero Regina mostrábase obstinada:--Os quedáis los tres--decía--. ¡Vamos,

hombre, no pongas esa cara de susto! Te das de baja en el gremio de

pescadores, pero no en el Cabildo de marineros. Compraré un balandro; tú

me darás lecciones de náutica y yo á ti de jardinería... «Lo cortés no

quita á lo valiente»: habrá en esta casa remos y flores. ¿Qué dices?

Las tres mujeres, que escuchaban con embeleso tan dulces ofertas,

instaron á porfía para que Pablo aceptase. Y él, por fin, pronunció

confuso:

--Digo... que bueno... si lo del balandro es de veras.

Afirmando que sí, Regina, muy alegre, tendió con llaneza las manos al

pescador, el cual, no sabiendo qué hacer entre las suyas con aquel

regalo tan fino, se puso muy colorado, y aflojó los dedos temblones y

cobardes.

Agua de Nieve (Novela) · 第 29 / 54 题