NUBLADA estuvo aquella última noche de viaje.
Hostigaba Regina las tinieblas, ansiosa de comprobar sus recuerdos desde
que penetró en la tierra de Cantabria, pero sólo pudo advertir manchas
de sombras, tendidas en un llano, enhiestas hacia el cielo, ó asomadas
con fugacidad en el camino.--Son pueblos; son mieses; son montes--iba
pensando, cuando oyó en una estación el anhelado aviso: «Torremar, cinco
minutos de parada», y toda su impaciencia se cuajó en un asombro
inmóvil, que Eugenia tuvo que sacudir activamente, lo mismo que en la
llegada á San Simón.
--¡Que estamos en Torremar, Regina!
--¡Ah! ¿sí? ¿es cierto?
Conturbada, absorta, como si no esperase nunca haber llegado, saltó al
andén, donde aguardaban unos parientes de Eugenia, encargados de cuidar
la casita de Alcántara, en el largo abandono de sus dueños.
Tres personas componen la breve comitiva de recepción: Dolores Barquín,
y sus hijos Marta y Pablo. Inicia el mozo unos cumplidos difíciles,
llamando con mucha finura «doña Eugenia» á su tía, mientras las dos
mujeres se comen á besos á las recién llegadas, lloriqueando, pesarosas,
á guisa de saludo y de pésame:
--¡Pobre don Jaime, que en gloria esté! ¡Pobre Danielín!
No adivinaban ellas cuándo ni cómo Daniel se hubiese malogrado, porque
en la ciudad se supo la desgracia del padre, únicamente. Eugenia les
decía en su carta de aviso: «Llegamos solas; hay que divertir mucho á la
niña, y no mentarle _los muertos._»
Pero á las buenas provincianas les parece cosa inevitable «acompañar en
el sentimiento» á la señorita, siquiera en el primer abrazo. La
encuentran muy alta, muy hermosa.
--¡Válgame Dios, qué aire se da al difunto señorito! Se asemejan como
dos gotas de agua, mismamente... Y tú, Genia--continúa Dolores--,
vendrás hecha una madama franchuta; una extranjis del todo... ¡Tantos
años por esos mundos!...
Sonríe Eugenia, desmintiendo con su expresión sencilla las
probabilidades de aquel supuesto cambio.
Aunque le sientan bien las ropas señoriles, que modas y circunstancias
le han obligado á usar, su semblante es siempre franco y modesto. Bajo
los hábitos elegantes, que ya en la estación de su pueblo le dan el
título de «doña», hace su entrada en Torremar con poca gallardía. Lleva
el sombrero torcido y tiene una actitud de cansancio y pesadumbre, que
le hace parecer casi una anciana. Emprende allí mismo con su prima una
relación de penas, en voz sigilosa, mientras el mozo se hace cargo de
los equipajes, y Regina reconoce en el agraciado rostro de Marta á la
niña que compartió con ella, por vericuetos y riscos, las correrías
salvajes, sirviéndola á modo de escudero en arriesgadas aventuras que ya
en la niñez inició con vocación resuelta.
El camino hasta la casa es base de averiguaciones entre las dos
muchachas, que van delante, á lento paso. Pero Regina sabe preguntar más
de lo que responde, y se entera de muchas cosas sin haberle contado á
Marta casi ninguna.
La sobrinuca de Eugenia, convertida en recia mujer, bien portada al uso
de la clase popular del puerto cántabro, siente crecido y ferviente su
respeto por la señorita que ya en la infancia le había inspirado
admiración y docilidad. Va respondiendo á todas las consultas de la
viajera, que se detiene á cada momento en un recodo, en un cruce,
delante de un edificio, bajo la luz escasa y débil del alumbrado
público:
--Este es el Ayuntamiento... ¿Le han levantado un piso?
--Sí, señora. Le han puesto encima unas cuantas sociedades: la de
_Socorros mutuos_, la de _Propietarios_ y no sé cuáles otras...
--Aquí está la iglesia parroquial. Pero la torre... ¿No tenía torre?
--La partió un rayo y hubo que tirarla. ¡Ya hace mucho tiempo!...
Tenemos una parroquia nueva, muy preciosa, con dos torres altísimas, y
ya de ésta no hace caso nadie.
--Es más largo el muelle, ¿verdad?
--Mucho más largo. Y el mar queda más lejos; rellenaron un trozo
grandísimo y han hecho jardines donde entraban antes las olas...
--Por aquel lado se sale á la Plaza Mayor.
--Sí, señorita. Esa está lo mismo que cuando se marchó usted, sólo que
en medio han puesto la estatua de uno... ¡No me acuerdo el oficio que
tiene!...
--¿Poeta?
--Otra cosa.
--¿Novelista?
--Tampoco.
--¿Marino?... ¿Soldado?
--¡Menos!... Es uno de los que mandan en Madrid.
--¿Ministro?
--¡Justamente! Un ministro republicano... Por la noche da miedo pasar
cerca de él; como es todo blanco parece un fantasma.
--Y dime, ¿todavía pasea la gente en los portalones?
--Todavía. Y hay música los jueves y los domingos, como «antes».
--Habrá muchas casas nuevas...
En el barrio de San Martín hay algunas; pero en el nuestro nada más que
el hotel de los señores de Velasco.
--¿Viven en Torremar?
--Casi siempre. Desde que se murió el padre no aselan en Madrid, porque
á la señora le pinta mucho esto.
--¿Qué fué de los hijos?
--El mayor estudia para sabio y parece que nunca acaba la carrera; lo
mismo que el chiflado de don Juan Ramírez. Están siempre juntos entre
libros, papelotes y animalejos... El otro es un cortejante de primera
¡y está muy guapo!
--¿Y esos de Ramírez? ¡Eramos tan amigos!
--¿Pero no sabe usted lo que les sucedió?
--Nada, hija.
--Una cosa tremenda...
--¿Triste?
--Muy triste.
--Entonces, no me lo cuentes. Oye: el Casino, ¿está donde estaba?
--¡Quia!... Tiene un edificio para él solo; dan bailes y conciertos.
Además, «tenemos» _Filarmónica_ y «estamos» haciendo un teatro...
--¡Cuántas novedades!... Pero, cualquiera diría que toda la población
está durmiendo. Apenas hemos encontrado gente. Unas cuantas siluetas
misteriosas, y pare usted de contar.
--Es que ya son las once, lo menos--dijo Marta bajando la voz, como si
recordase de pronto que á tales horas era menester hablar bajito.
También siente Regina el imperioso mandato del «escucho». Y muy quedo,
continúa la charla curiosa:
--¿Saben en el pueblo que yo llegaba?
--¡Vaya si lo saben! Todo el señorío está revuelto. Yo conté la noticia
en la botica «de abajo», y como hay tertulia «se corrió» á escape. No
hacen otra cosa que hablar de usted... Que si venía usted casada... que
si viuda...
--¿Viuda?
--Que si se había usted quedado pobre...
--Pues date prisa á decir que vengo rica y soltera.
--Ya lo creo que lo diré... ¡Mire, mire! ¿Ve usted cómo tiembla aquella
cortina?
--No veo nada.
--Sí; en ese antepecho del primer piso... Es el gabinete de labor de las
señoritas de Bernaldo.
--¿Pero no se han muerto?
--¿Morirse?... ¡Si la más pequeña todavía piensa en casarse!... Ya
suponía yo que estarían de atalaya para vernos pasar... ¡Ah! ¿Sabe quién
se acuerda de usted muchísimo? _Timonel;_ aquel pescador que la enseñó á
nadar y la llevaba siempre en su bote.
--¡Pobre _Timonel_!... Ya estará viejo.
--Algo viejuco está, pero sigue «haciendo todas las mareas».
Un balcón se abre con sigilo encima de las muchachas, y unas cabezas se
perfilan, estiradas y fisgonas, hacia la calle.
--¿Oye?--susurra Marta, oprimiendo el brazo que Regina apoya en el
suyo.--Son las de Estrada, que la quieren ver.
--Buenas noches--dice pronta la voz de la señorita, lanzada al silencio
con musicales trinos. Vibra el saludo en la obscuridad, mientras Marta
acelera el paso y advierte á su compañera:
--No las diga nada... ¡Si es que la quieren ver á escondidas, sin que
usted lo note!
Las cabezas acechantes se esfuman en la sombra, detrás del ruido sordo
de una puerta.
--¡Ah, vamos!--dice Regina únicamente. Y se le figura que su pueblo
dormido está soñando con ella; que los temblores del cortinaje y los
mudos perfiles de las cabezas, son movimientos de pesadilla en aquel
profundo sopor. En vano por sorprender los horizontes familiares del
puerto, medio borrados en la memoria, quiso cruzar las calles á pie,
desde la estación hasta el viejo arrabal donde se yergue la casa nativa
al socaire del monte, dominando la playa. Todo lo encuentra confuso y
extraño al través de la ciudad obscura y silente. Apenas si en la sombra
se dibujan los contornos del caserío, en manchas densas, con bruscos
tajos de vías angostas sobre un hostil pavimento y bajo la llama lívida
de los escasos faroles. Por las embocaduras del muelle llega el aura del
mar, salobre y tónica, entre los murmullos del puerto y de la bahía. Se
oyen de tarde en tarde algunos pasos y se esquician en la penumbra
formas inciertas y movibles...
Antes de doblar la última esquina del barrio de San Martín, llamada
también «el de abajo», el más urbano y populoso, las dos muchachas
aguardan á Dolores y á Eugenia, que con Pablo vienen detrás. Enciende el
mozo su farol de aceite, necesario á los trasnochadores en el arrabal
marinero, cuando falta la luna, y el grupo caminante encuentra á pocos
pasos, otro grupo quieto y silencioso, recatándose de la luz que Pablo
lleva.
Vuelve Marta á estrechar el brazo de Regina y le dice, muy bajo:
--Son señoritos que están en acecho de la llegada de usted...
Ya el resuello del mar, libre en la playa, sube al camino empujado por
una brisa acre y sutil, que en los huertos cercanos ha recogido esencias
de flores primaverales.
Aquel aliento puro del mar y de la costa besa con ímpetu la cara
sonriente de la viajera, cuyo flotante velo de crespón va dejando una
estela de curiosidad y de atisbos, al través del pueblo que la mira con
los ojos entornados...