LA alborada radiante de aquella mañana española vino á encender con
luces nuevas los fantaseos de Regina. Pegada al lecho, con perezosa
delectación, en el aposento desnudo y frío del hotel, mira la ilusa
desfilar por los muros de la estancia los acontecimientos tumultuosos de
su rápida existencia.
Fatigada al cabo de tanto caminar, pretende ahora Regina trazarse con
decisión una línea divisoria entre lo pasado y lo presente, y tomar un
apacible rumbo hacia lo porvenir. Quiere ser otra de aquí en adelante:
una señorita burguesa que descuelle por sus dineros y sus gracias, que
pueda elegir marido y acomodarse lindamente en la sociedad; una mujer
comedida y discreta, que saboree con tino y descanso todos los goces...
La voz previsora de Eugenia interrumpe la blanda meditación:
--¿Estás despierta, Regina?... Pensaba yo que hay que sacar del
equipaje los vestidos negros... Los plancharé para que estén listos á la
tarde cuando salgamos para Vigo...
Siente la muchacha cómo lo pasado tira cruelmente de sus propósitos en
aquella advertencia, y responde con un suspiro:
--Bueno...
Al cabo de una hora, Regina, vestida de blanco, furtiva y sola, con el
aire infantil de un párvulo que «hace novillos», se lanza al campo y al
sol, resguardando la cabecita rubia bajo el dosel de una elegante
sombrilla azul. Y así camina, ondulante y ligera, á grandes pasos, como
guiada por el hilo invisible de una ilusión, embriagándose en la
placidez de aquella mañana de Mayo que la fué á despertar con tan
pacíficos sentimientos.
En los claros del añoso parque, las flores orillan los senderos, frescas
y lozanas, con algo de selvática hermosura, y desde los ribazos
enverdecidos, cara al mar y á la costa, ve Regina cómo tiembla el
paisaje bañado de luz.
Liviana, lo mismo que un céfiro, recorre aquellos vergeles la gentil
madrugadora. Se ha enflorecido los cabellos con unas rosas pálidas y le
relumbran los ojos amorosamente.
Su traje blanco sonríe en la espesura, y su sombrilla semeja un errante
jirón del cielo, que asoma entre los desgarrones de la selva.
Es cierto que Regina parece otra, y por la grata expresión de su
semblante, diríase que está muy contenta de parecerlo. Sí; ella quisiera
ser siempre, como en estos momentos de olvido y de esperanza, en que se
la podría tomar por una niña vestida de primera comunión, creyente y
venturosa...
En el recodo de un sendero encuentra al joven doctor, que llega con la
gorra en la mano y la galante sonrisa en el saludo. La muchacha acoge,
placentera, á su reciente amigo, y con esa sencillez natural de las
costumbres campestres, comienzan á charlar. Él la cuenta un poco de la
vida del Lazareto, mezclado con algo de su propia vida; es andaluz, y
solicitó aquel destino en San Simón, por estarle indicado el clima á su
mujer, enferma desde su último alumbramiento.
--¿Es usted casado?--pregunta Regina con alguna sorpresa.
Viudo... «Ella» murió, cuando aún tenía yo confianza de que se curase
aquí...
Sólo entonces reparó la señorita de Alcántara en que el médico estaba
vestido de luto. Y sonaba algo roto en la voz de Regina, alegre hacía un
momento cuando murmuró:
--¡La muerte está en todas partes!--Pero queriendo, la muchacha
resistirse á la invasora amargara de la conversación, y como para
endulzarla, interrogóle con amable interés:
--Tiene usted hijos, ¿verdad?
Una parejita--contestó el caballero, levantando la cabeza que tenía
inclinada.
El paseo se prolonga, la plática se enciende en confidencias cordiales y
juveniles, y el doctor y la niña son ya íntimos amigos, merced á esa
recíproca simpatía de dos caracteres francos que se encuentran en una
hora sentimental.
Ya sabe Regina de memoria la vida de su nuevo amigo; ya se puede decir
que «le conoce» y le juzga.
--Es un hombre apasionado y sencillo--piensa.
Por su parte, el doctor la examina con amables ojos, sin atreverse á
definir más que una cosa:
--¡Linda y rara mujer!...
Ella le ha contado con llaneza y sinceridad algo de su historia y de sus
sentimientos; pero sólo ha conseguido admirarle y confundirle.
A este punto de intimidad, acaso intensa porque va á ser breve, llegan
los paseantes á una tapia florecida que cierra el terreno en declive
hacia el mar.
Alza Regina sobre el muro su cabeza rubia, mientras dice el doctor:
--Es el cementerio.
Un tímido plantel de cruces levanta al cielo sus brazos entre cipreses y
siemprevivas, y al fondo muestra el mar el abismo de su azul hermosura.
Algunos mástiles de lejanas embarcaciones que se dibujan entre las
cruces quietas, balancean sus finos perfiles sobre los callados
sepulcros. Mirando los inmóviles maderos, que á su vez parecen clavados
en el mar como arboladuras náufragas.--¡Han zozobrado!--piensa Regina,
mientras la brasa ardiente de sus ojos busca en cada sepulcro una forma
de nave.
Aquel breve descanso junto á la tapia en flor, queda atravesado por la
saeta de una melancolía; mas, luego, el caballero y la muchacha tornan
hacia el hotel, sin cesar de contarse muchas cosas. Ella sigue
rebelándose contra el asalto de la «gran tristeza» que por todas partes
la persigue. Y aunque en sus más ocultos senos tiembla y ruge el
insuperable pavor, todas las energías de aquella alma están vigilantes
en acecho de la felicidad.
--Me conformo--dice interiormente,--me resigno á morir; pero mientras
llega mi hora, quiero gozar, lo quiero á todo trance...
Pasea con altivez su belleza rubia, nimbada con el toldo celeste de la
sombrilla, en tanto que el bosque todo calla con solemnidad de templo.
El doctor embroma á la muchacha con el viajero de Alcoy que durante la
travesía la cortejó sin tregua.
--Anoche me habló mucho de usted...
Y era cierto. Con esa locuacidad española, tan expansiva y frecuente, el
pasajero, prendado de Regina le contó al médico los episodios dramáticos
de la navegación, en los cuales tuvo la de Alcántara dolorido papel.
Evita el doctor ahora recordar á su amiga la tragedia. Contempla al lado
suyo á la moza, sonriente y despreocupada, y sólo se le ocurre
entretenerla con frívolas frases, por más que le conmueven los súbitos
silencios de ella y la palpitación de astros con que tiemblan sus
pupilas húmedas cuando enmudece el cristal de su voz.
--¿Por qué ríe, si parece que tiene ganas de llorar?--se pregunta
perplejo.
De esta guisa llegan los dos á las inmediaciones del hotel, donde los
empleados del Lazareto conversan con los únicos viajeros alojados en el
pabellón de primera clase.
Eugenia aguarda á Regina para almorzar, y el señor de Alcoy, que es un
joven adocenado y presentuoso, recibe á la muchacha con exagerados
homenajes, que ocultan mal su celosa sorpresa de hallarla tan amistada
con el médico. Ella responde levemente á sus saludos.
En un senderito de la fronda blanquean dos trajes infantiles, y el
doctor dice señalándolos:
--Mis nenes...
Son dos criaturillas frescas y graciosas, que llegan asidas de las
manos.
El niño, con calzones y melena, curioso y charlatán, parece un angelote.
La niña, que se suelta á andar con timidez, es menos fuerte que su
hermanito, y responde á las caricias con una sonrisa incierta y suave.
Los toma Regina en sus brazos á los dos con alborozo, y pide la gracia
de que se los dejen hasta el momento de partir. Otorgada la merced con
sumo agradecimiento del papá, vase la niñera detrás de la señorita y
murmura el de Alcoy al oído del médico, mientras se aleja el grupo:
--Coqueta, ¿eh?
--Interesantísima--contesta el interrogado con fervor.
* * * * *
Declina la tarde, dorada y silenciosa.
Regina de Alcántara, vestida ya de luto, al lado de su compañera,
aguarda en el muelle el instante de partir. La despide el doctor, que
lleva de la mano á sus hijos.
Había jugado Regina con ellos, sentada en la pradera colmándoles de
caricias, tejiéndoles coronas de flores y durmiendo á la niña en su
regazo al son de dulcísimos cantares.
Mientras la arrullaba de esta suerte, componían ambas un grupo blanco y
delicioso en el cual la propia Regina se estuvo complaciendo. En la
albura de sus vestidos se posaban como fatales mariposas negras los
lazos de luto de la niña; pero agitó la moza sus ágiles dedos matando la
señal triste de un tirón, y echó á volar las negras mariposas entre las
cadencias de un villancico:
_La virgen lava pañales
y los tiende en el romero
y los pajaritos cantan
y el agua se va riendo..._
Pero una gran tristeza de caridad se deslizó en el alma de Regina.
--¡Pobre nena sin madre! murmuró.
Y tomóla en sus brazos con tan vivo transporte de compasión que la niña,
asustada, echóse á llorar...
La viajera está pensando ahora en todos estos menudos detalles de aquel
día de regreso y de patria que tan hermoso y clemente amaneció para su
espíritu. El doctor la contempla con una admiración un poco ansiosa.
Acaba de embarcarse el pasajero de Alcoy, el enamorado de Regina. Va
solo y ceñudo, abrumado por el desdén glacial de una despedida que
condena sin apelación sus amorosas pretensiones.
--¿No le da á usted lástima?--pregunta el médico á la desdeñosa,
señalando la fugitiva estela.
Ella clava la honda fulguración de sus ojos en la nave, que se
empequeñece sobre las olas como otras tantas visiones desvanecidas en
el oleaje de la existencia. Luego replica:
--Me da lástima de estos niños, porque tienen que ser mayores.
Y los besa con ternura, suplicando al doctor que le dé alguna vez
noticias de ellos. Pero el papá esta emocionado, y sin prometer nada, se
atreve á preguntar:
--¿No se ha enamorado usted nunca?
--No he podido--responde ella sencillamente después de una leve
vacilación. Y ataja otras averiguaciones que tal vez adivina, diciendo
seria y triste:
--Quisiera ser amiga de usted mucho tiempo, porque me interesa la suerte
de estos niños que he encontrado en un día memorable para mí... Yo soy
voluble... olvido pronto... Mi vida es un naufragio de recuerdos.
Olvidaría esta misma noche la amistad de usted á no ser por los nenes...
¡Tengo una memoria tan flaca y un carácter tan indeciso! Padezco una
especie de anemia espiritual; los sentimientos más fuertes y cordiales
se agitan un momento en mi corazón y en seguida se aflojan y se
desvanecen como el humo... Por otra parte, me da pereza el sentir
demasiado y rehuyo el querer como un ejercicio violento... Soy perezosa
y egoísta... Ni siquiera puedo ni sé tener amigos... A veces, en un
instante de vehemencia, quisiera amarlos y abrazarlos y hasta morir por
ellos... mas, poco á poco los olvido y los mato y los sepulto en los
abismos de mi corazón... Ya ve usted que me conozco á mí misma... que no
soy buena.
Quédase pensativa al decir esto y añade después:
--Pero tampoco soy mala... Cuando algo me despierta de este sueño del
corazón, me arrepiento de mis culpas... se recrudece el recuerdo de mis
pasados errores y laten con fuerza en mi alma los sentimientos más
dulces y afectuosos... ¡Ah! ¡Si yo tuviera fijeza y constancia! Es
posible que me muriera de amor... como una heroína de novela... Pero
no... no sé cultivar amistades ni amores, ni creo que aún pueda
sentirlos nunca...
Al llegar aquí, Regina se confunde, se arrepiente de sus largas y
contradictorias razones, y concluye diciéndole á su amigo:
--¡Cualquiera diría que me estoy confesando con usted!
Hay una pausa. El médico pugna por decir algo que le tiembla en el
corazón. Pero Regina, cambiando de tono, añade:
--En fin, basta de psicologías y de confidencias. Prometo ser constante
en esta ocasión y ser amiga de usted y de estos niños, si usted promete
darme noticias de ellos á menudo.
Desea hablar el padre de los nenes, balbuce algunas palabras conmovido,
pero enmudece ante la actitud súbita y reservada de la joven, que le
tiende la mano, repitiendo:
--¿Quiere usted?
Y él, con semblante retraído, sin ocurrírsele otra frase, responde:
--Con muchísimo gusto.
--Adiós, doctor.
--Adiós, señorita.
Murmuraba el bosque con soñoliento murmullo, y los caminos se asomaban á
la costa cubiertos de penumbra y soledad. Rodaba en el cielo un
luminoso cuarto creciente; el mar tenía irisaciones de plata y mansa voz
de remotas canciones...
Algo fenecía con acendrada tristeza en el regazo maravilloso de aquella
tarde moribunda. Acaso uno de esos fugaces amores, relámpagos intensos
que las tempestades de la juventud alumbran en los corazones abiertos á
la vida.
La de Alcántara cambió con el médico su breve tarjeta, orlada de luto,
por una cartulina negra, que decía en letras blancas: _Rafael
Marín.--Doctor en Medicina._
De un denso grupo de pasajeros pobres, que aguardaba el momento de
embarcar, acercáronse algunos á las señoras en traza mendicante. Había
mujeres desharrapadas y niños casi desnudos. Varias voces, evocando al
malogrado Daniel, gimieron:
--¡Por el alma del señorito!
Regina, tratando de sonreir, dió algunas limosnas y gratificó con
esplendidez á la camarera, que andaba rondando:
--¿Quedas contenta?--le preguntó.
Y ella, roja de confusión ante la buena dádiva, repuso:
--Quedo.
Ya en el bote, aún Regina avanzó su busto elegante sobre la borda para
besar á los niños del doctor. El, entonces, la ofreció una magnífica
rosa encarnada... Y se alejó el bote suavemente, al blando son de los
remos.
Los colores y las formas se apagan ya en el misterio de la noche, como
si el paisaje cayera en un sueño profundo. La isla de San Simón se
hunde en el mar, y aparece en el cielo la blanca estrella que persigue á
la luna.
Hace Regina un brusco movimiento para tornarse cara á la tierra. La flor
que lleva en la mano se le deshace en lluvia de sangrientas hojas sobre
las aguas azules y huye con la marejada, mientras la moza, escudriñando
el horizonte perdido y confuso, se agarra á la vida con un corazón
desierto que tiembla y clama:
--¡Ah, de la ribera!... ¿Vísteis por acaso la felicidad que persigo?