VII

NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS.--LA CRUZ DE LOS ANDES.--EL LOCO DE

AMOR.--REGRESO Á LA PATRIA.--LA COSTA DE LA MUERTE.

AQUELLAS graves palabras de meditación no serenaron el alma tormentosa

de Regina, antes bien la oprimieron con nuevas pesadumbres y tristezas.

--La carne es heno--repetía y nunca duerme la Segadora...

Como todos sus sentimientos volteaban fugaces en torno á las cosas

aprendidas en los libros y almacenadas, sin orden ni luz, en el desván

de la memoria, recordó luego Regina otras frases henchidas de

incertidumbre y de lágrimas: «todo se desliza; todo resbala; nada se

detiene»...

Su mismo fuyente caminar al través de tierras y mares; la fiebre de

emociones renovada en caminos y en lecturas; el desencanto precoz de la

existencia, exagerado por los estímulos de «la loca de la casa» aquel ir

y venir sin término, por ásperas rutas, bajo cielos extraños, eran

otras tantas voces, sordas y tristes, que respondían como un eco de

ultratumba:

--Sí, es cierto; «nada se detiene; todo se desliza; todo se evapora»...

«Nuestras vidas son los ríos

que van á dar en el mar,

que es el morir...»

Al atravesar las cumbres soberanas de los Andes hallaron los viajeros

una enorme cruz, erguida como símbolo de paz en la brava frontera de dos

repúblicas hermanas. Alzó Regina las tinieblas de sus ojos hacia los

brazos redentores, bañados en la luz alegre de una tarde de sol, y al

punto aterró sus miradas con el desaliento de quien, rendido por sed

abrumadora, viese el codiciado manantial muy lejos, donde nunca llegar

pudiera.

La majestad de aquella cruz que parecía cobijar el mundo y ofrecerle un

inmenso abrazo de misericordia, la dejó confusa y aniquilada.

Sentíase Regina en una de esas situaciones de ánimo en que todas los

grandes ideas aplastan nuestro pequeño entendimiento. Atravesaba una de

esas horas cobardes y estrechas de la vida, en que la consideración de

toda magnificencia nos causa un insoportable esfuerzo del espíritu; hora

mezquina y deprimente en que sobre las luces divinas de las almas caen

turbias y cegadoras las cenizas de la materia terrenal.

Con la cabeza humillada y el cerebro oprimido; con los pies esclavos del

monte; en una actitud de absoluto enervamiento, recordó vagamente una

anhelante querella que se compadecía:--_¿quién me diera alas como á la

paloma, para echar á volar y hallar reposo?..._

Mas sin alas, sin nido y enferma con el mal incurable de la vida, sólo

tuvo energías para huir de la cruz colosal que la causaba el asombro

martirizador de una quimera insondable, de una esperanza imposible.

Torturada por ideas de acabamiento y fugacidad, padeció de repente, con

desatinada violencia, el vértigo de la altura, y todo su ser, apasionado

y voluble, sintió la atracción indefinible y repentina de los cauces

hondos y de los surcos opresores. ¿Cómo había subido, ciega y rauda, la

carga de su hastío y su dolor hasta la cumbre del mundo? Ya no se

acordaba de que era aquel alto sendero de su fuga el paso para el país

adonde maquinalmente se había señalado ella misma el camino. Volvióse á

mirar en derredor. Eugenia y Daniel, mustios de cansancio y desaliento,

la contemplaban casi con tanta indiferencia como los guías y los

mulos...

Mísera como nunca se encontró la joven en la breve caravana de viajeros,

en aquel grupo indeciso y callado, sin relieve y sin vigor debajo de la

cruz gigantesca y del celaje infinito. Era una impotente, una casi

invisible representación de la humanidad peregrina, que se arrastraba

torpe y lamentable, con movimiento tardío y esforzado, sobre las

espaldas soberbias de aquellos montes augustos... ¡Magníficos el paraje

y el horizonte, qué pequeños, qué tristes los caminantes!

A esta consideración que se hizo Regina de una sola ojeada, recrudecióse

acerbamente la impulsiva tendencia que la estaba arrebatando hacia los

hondones y los abismos, y el punzador deseo de borrar de aquella

excelsa cumbre la miserable huella de sus pasos.

La mujer bella y moza, de continuo atormentada por el terror de la

muerte, dejóse poseer de una súbita tentación de exterminio y se lanzó

por la vertiente de la cordillera en rápido descenso sembrado de

escollos, con mortales exaltaciones, cuya arrogancia era una forma

enfermiza de orgullo y de espanto. Como si hubiese subido á la cumbre

andina con la sola idea de espeñarse desde la ufana altura, así trató de

acometer la bajada, en un bárbaro intento de rodar y desaparecer, de

hundirse, de acabarse. Se negaban los guías indios á correr á la par de

ella, teniéndola por demente ó por suicida, y la muchacha, huraña y

tenaz, tomaba la delantera por la arisca ruta, sin volver la cabeza

hacia sus compañeros. El instinto y la mansa condición de la bestia que

la conducía la fueron salvando de una en otra jornada fatigosa hacia los

profundos valles de Chile, mientras la conturbada razón de la viajera

murmuraba implacable: _Querer sin motivo, padecer siempre, luchar

siempre y luego... morir..._

Por primera vez en su vida Daniel de Alcántara tiene una decisión y un

arranque...

--Aquí me quedo--dice.

Y había tan inusitada seguridad en su acento, que las dos mujeres le

miraron perplejas.

--¿Por qué?--pregunta Regina poco acostumbrada á la contradicción.

--Porque no puedo más y no quiero morirme en un camino.

¿Morir? Esta palabra buscada y huída constantemente por la viajera

rubia, tiene el privilegio de contenerla en tímida zozobra. Contempla á

su hermano con un interés que hace muchos días no tienen sus ojos para

aquella lánguida existencia, cuyo límite aparece siempre cercano por

irónica mueca de la juventud. Y ve Regina, con remordimientos y pesares,

que Daniel tiene hundidas las ojeras, demacradas las facciones y estuosa

la piel como en los días más desventurados de su lastimada existencia.

¿Otra muerte? ¿Otra tumba?--piensa con espanto la miedosa que ayer mismo

se dejaba arrastrar por la sugestión de la tierra desde la espléndida

altura vecina de los cielos...

Se detiene Regina en aquel extravagante nomadismo. Se detiene con la

solicitud y terneza que había olvidado prodigar á Daniel durante los

últimos meses de infortunio. Están en Santiago de Chile, y allí se

quedan en largas semanas de inquietud para las dos mujeres y de

creciente debilidad para el triste mozo que se apabila en rápida

consumación.

En vano Regina lucha denodada otra vez contra el destino, y de nuevo,

enérgica y dominante, reta á la muerte á la cabecera del enfermo,

escudándole con sus brazos codiciosos. La muerte avanza con glacial

sonrisa delante de aquellos escrutadores ojos negros donde tiembla en

oculto sigilo la sombra funeral de un ciprés.

Las eminencias médicas acuden al llamado angustioso de la joven y

pronuncian su última palabra: el mal que mina aquel pecho juvenil no

tiene remedio humano y ha llegado al período postrero.

Un doctor especialista en la traidora enfermedad extrae de su caletre

una receta muy compasiva para sí mismo y acierta á librarse de un triste

espectáculo de dolor ajeno y de impotencia propia, diciendo á la

muchacha:

--Tal vez una larga travesía por mar, y después los aires nativos...

--¿Si? Usted cree...--indaga febrilmente Regina.

--Yo espero... confío murmura el doctor entre egoísta y piadoso.

Y la señorita de Alcántara hace sus preparativos de viaje en pocos días

y huye con Daniel, que apenas pregunta:

--¿Dónde vamos á parar, en Asia, en Oceanía?

--No, hijo mío; en Torremar, en nuestro pueblo, para que te cures...

El muchacho sonríe, vuelto á la dulce pasividad de su carácter infantil

y sumiso. Y Eugenia se alegra profundamente, alentada por la ilusión de

lograr en la patria remota el apacible bienestar de sus niños amados y

la propia compensación de un definitivo descanso después de aquellos

tiempos azarosos.

Salen de Santiago buscando la costa en demanda de un buque, llevando las

dos enfermeras á Daniel entre sus brazos como una frágil preciosidad.

Regina, mimándole, olvidada de todo lo que no sea aquella ansiada salud,

repite: «¡Hijo mío, hijo mío!», con ternura que nace de sus entrañas de

mujer, de los latidos maternales de su corazón.

La mísera mocedad del hermanito, triste como su infancia doliente, ha

inspirado á Regina ráfagas de pasión y de misericordia, reveladoras de

ocultas raíces sentimentales. En las perturbaciones de su espíritu se

despiertan de pronto los instintos de amor y lástima hacia el pobre

atormentado, que se extingue al lado suyo con inmensa humildad; y toda

su alma femenina se exalta en aquella dulcísima frase, compendio de

caricias y votos: _¡Hijo mío!_ Al pronunciarla siente en sus labios de

doncella las mieles amargas de un sublime cariño que la enciende en

compasiones y desvelos de madre.

La tensión vibrante de aquellos sentimientos da lugar á un episodio raro

y fuerte que nunca olvida la viajera rubia. Ya cerca del gran puerto de

Valparaíso se detiene en un cruce el tren que lleva á los de Alcántara,

y en el convoy ascendente se alborota un jovencito, custodiado en un

coche especial. Le llevan á un manicomio. Padece la locura de amor, que

es la más triste de todas, según cuentan los sabios en locuras. Va el

infeliz pidiendo á gritos:--¡Un beso, un beso! ¡Uno solo, por

piedad!...--Oye Regina el desgarrador plañido; inquiere la razón de

aquellos lamentos, y le dicen:--No hay razón; es un loco que pide un

beso á una mujer. ¿A qué mujer?--pregunta.--A cualquiera, si es joven y

hermosa--le responden--; está enamorado de un ensueño, y padece un

horrible delirio de belleza y amor.--Impulsada entonces la viajera por

una bienhechora actividad exenta de prejuicios y reflexiones, baja de un

salto á la vía, sube al estribo, sobre el cual asoma su desmedrado busto

el jovenzuelo demente, alarga el cuello flexible y le presenta los

labios. El aplica los suyos con ansia de sediento en los frescos corales

de aquella boca, y los besa largamente, vorazmente, silabeando:--¡Ah,

eres tú!...--Luego pronuncia:--Gracias.--Y ahíto de felicidad, sacio y

trémulo, se hunde en los divanes del coche. La generosa donante baja de

aquel estribo y sube al otro, serena y alegre, sin enrojecer ante las

curiosas miradas de todos los viajeros de ambos trenes, asomados á las

ventanillas.

En el paisaje liso y árido de la costa volcánica, este singular suceso

de piedad y dolor halla un escenario frío y silencioso. Tal vez en

España, en el mismo caso, los viajeros espectadores hubieran aplaudido

con apasionada admiración el rasgo noble de la moza enlutada y bella.

Pero en aquel llano camino de América, abierto para el tráfico

cosmopolita y mercantil, sólo quebró el silencio de tan tierno

espectáculo el chasquido ferviente de ambos besos y el sollozo de

gratitud con que el loco ahogó sus imploraciones satisfechas.

Partieron ambos trenes. Eugenia se enjugó los ojos llenos de lágrimas;

estrechó Daniel las manos de su hermana, musitando:--Dios te lo

pague.--Y sin duda se inicia un vago murmullo de comentarios á lo largo

de los vagones caminantes, mientras Regina repite al oído de su pobre

enfermo: _¡hijo mío!_ con un desbordamiento de piedades y dulzuras que

alcanzaban al demente consolado y se extendían á toda la triste

humanidad, huérfana de consuelos.

* * * * *

--¡Si pudiera dejar aquí todo lo que me entristece!--piensa Regina antes

de embarcar. Está enojada contra sí misma porque le crecen en el pecho

compasiones profundas hacia todas las pálidas cosas que sonríen con

dolor en la vida, y se le oprime el corazón con extraños pesares.--No

quiero sentir--exclama--; no quiero llorar ni quiero saber.--Y se golpea

las sienes estallantes de ideas, y se enjuga unas lágrimas que en lenta

rebeldía mojan su rostro, mientras cerebro y corazón, unidos con raro

acorde en su gentil persona, laten al compás de unos recuerdos

tentadores y amargos.--¡La huérfana de Alcántara, la viuda de

Ibarrola!--piensa y siente en íntima consternación. Mas luego protesta

con enojo, casi con brutalidad, murmurando:--Ni una cosa ni otra; el

poeta, el amigo, el protector á quien lloro con el sentimiento egoísta

de mi soledad, fué mi padre, más por el acaso que por el amor; yo fuí su

camarada y su compañera mucho más que su hija, y ahora debo decirle,

únicamente, con el espíritu sereno y el corazón mudo: «Adiós, Jaime;

búscame en otras vidas si volvemos á nacer; quisiera ser siempre amiga

tuya»; y mientras él duerme en este mundo joven, yo voy á ver si en el

viejo mundo hallo un poco de felicidad... En cuanto á Ibarrola--conviene

la viajera en su escéptico soliloquio--no era nada mío, nada; sólo le he

visto en sueños y en retratos; no he podido quererle, me equivoco; me

confundo á cada paso que doy buscando cosas imposibles; el amor... la

dicha...; si existieran estas dos ansias de mi juventud, no he de

lograrlas juntas, según sospecho. El placer es la ausencia del dolor;

por eso la felicidad es placentera; pero el amor duele; luego la

felicidad y el amor son enemigos... ¡Si un amago, un atisbo del amor me

ha hecho padecer, huir, llorar!... Adiós, Ibarrola, mártir ó loco;

quimera hermosa que me has servido de tortura; quiero olvidarte...

¡Adiós!

Y Regina, exaltada y arrogante en medio del fatalismo obscuro que la

amedrenta, esconde sus vestidos de luto en el fondo de sus cofres, y con

joviales adornos de primavera se despide de la costa americana,

alardeando ante sí misma de que deja allí sus desengaños y sus miedos,

sus pesimistas augurios, todas las raíces de futuros dolores.

Pero cuando huye la orilla, cuando el buque se engolfa en las pálidas

aguas del Pacífico, sólo sabe de cierto la viajera que Daniel está allí,

bajo su amparo con una veleidosa mueca de alegría en el semblante.

--Tal vez la muerte se quedará también en la ribera--piensa en zozobras

calladas la fugitiva. Y hurgan sus ojos negros el paisaje ya lejano y

sutil de la tierra abandona. Ondulan lueñes y rojas las colinas

chilenas, y tórnase tan vago el horizonte á la luz del crepúsculo, que á

la muchacha se le cansan los ojos de mirar y los cierra, humedecidos por

ese sentimiento desgarrador de las despedidas.

--¿Llora usted?--la pregunta solícito un viajero que ha de hacerle esta

misma interrogación el día del desembarco. Y molesta porque han

sorprendido su dolor, desesperada porque ella misma le descubre,

responde:

--Es un llanto material. Mirando con fijeza á un mismo sitio, durante

largo rato, á cualquiera se le saltan las lágrimas...

* * * * *

Desde que Regina vió la muerte á bordo, entre sus brazos, y sintió que

en un instante le arrancaba sin piedad, con sobrehumano poder, lo único

que le quedaba en el mundo, ya nunca más pensó en huir de ella.--Está en

todas partes--dijo.--¡Está en la vida!--Y con una impavidez

martirizadora empezó á verla en el cabrilleo de la luna sobre las aguas,

en los rizos del oleaje, en los cendales del cielo, en los astros, en

las sombras, en los perfiles de la tierra aparecidos en lontananza, y

hasta en su propio cuerpo vigoroso y juvenil. Quería familiarizarse con

ella; empezaba á comprender que en el fondo del espanto y del odio que

la inspiraba podía brotar una semilla de conformidad.--_Morir...

dormir... soñar acaso..._--repetía, tratando de asir alguna esperanza

que la amistase con «la traidora»; y por fin murmuraba con supremo

hastío:--¡Descansar, á lo menos!...

Ya al final de la navegación, cuando los pasajeros se agrupan en la

borda atalayando el horizonte, interroga Regina:--¿España?--Y la

contestan:--Sí, Galicia, _la costa de la muerte..._--¡Ah! ¡Qué

admirable!--dice, clavando en ella sus gemelos, con amor y terror al

mismo tiempo. Y repite:--España... Galicia... _¡la costa de la

muerte!..._ ¡Qué hermosura!...

Un sacudimiento poderoso de aquella pujante juventud devuelve al

espíritu de Regina los bríos y las audacias que antaño la hicieron

explotadora de realidades y de ilusiones al través de dos mundos. Y así

salta en hispana tierra, conmovida por afanes nuevos, subyugada por los

éxtasis de la vida moza, con vehemencias indefinibles que la causan

alegre turbación.

Agua de Nieve (Novela) · 第 22 / 54 题