NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS.--LA CRUZ DE LOS ANDES.--EL LOCO DE
AMOR.--REGRESO Á LA PATRIA.--LA COSTA DE LA MUERTE.
AQUELLAS graves palabras de meditación no serenaron el alma tormentosa
de Regina, antes bien la oprimieron con nuevas pesadumbres y tristezas.
--La carne es heno--repetía y nunca duerme la Segadora...
Como todos sus sentimientos volteaban fugaces en torno á las cosas
aprendidas en los libros y almacenadas, sin orden ni luz, en el desván
de la memoria, recordó luego Regina otras frases henchidas de
incertidumbre y de lágrimas: «todo se desliza; todo resbala; nada se
detiene»...
Su mismo fuyente caminar al través de tierras y mares; la fiebre de
emociones renovada en caminos y en lecturas; el desencanto precoz de la
existencia, exagerado por los estímulos de «la loca de la casa» aquel ir
y venir sin término, por ásperas rutas, bajo cielos extraños, eran
otras tantas voces, sordas y tristes, que respondían como un eco de
ultratumba:
--Sí, es cierto; «nada se detiene; todo se desliza; todo se evapora»...
«Nuestras vidas son los ríos
que van á dar en el mar,
que es el morir...»
Al atravesar las cumbres soberanas de los Andes hallaron los viajeros
una enorme cruz, erguida como símbolo de paz en la brava frontera de dos
repúblicas hermanas. Alzó Regina las tinieblas de sus ojos hacia los
brazos redentores, bañados en la luz alegre de una tarde de sol, y al
punto aterró sus miradas con el desaliento de quien, rendido por sed
abrumadora, viese el codiciado manantial muy lejos, donde nunca llegar
pudiera.
La majestad de aquella cruz que parecía cobijar el mundo y ofrecerle un
inmenso abrazo de misericordia, la dejó confusa y aniquilada.
Sentíase Regina en una de esas situaciones de ánimo en que todas los
grandes ideas aplastan nuestro pequeño entendimiento. Atravesaba una de
esas horas cobardes y estrechas de la vida, en que la consideración de
toda magnificencia nos causa un insoportable esfuerzo del espíritu; hora
mezquina y deprimente en que sobre las luces divinas de las almas caen
turbias y cegadoras las cenizas de la materia terrenal.
Con la cabeza humillada y el cerebro oprimido; con los pies esclavos del
monte; en una actitud de absoluto enervamiento, recordó vagamente una
anhelante querella que se compadecía:--_¿quién me diera alas como á la
paloma, para echar á volar y hallar reposo?..._
Mas sin alas, sin nido y enferma con el mal incurable de la vida, sólo
tuvo energías para huir de la cruz colosal que la causaba el asombro
martirizador de una quimera insondable, de una esperanza imposible.
Torturada por ideas de acabamiento y fugacidad, padeció de repente, con
desatinada violencia, el vértigo de la altura, y todo su ser, apasionado
y voluble, sintió la atracción indefinible y repentina de los cauces
hondos y de los surcos opresores. ¿Cómo había subido, ciega y rauda, la
carga de su hastío y su dolor hasta la cumbre del mundo? Ya no se
acordaba de que era aquel alto sendero de su fuga el paso para el país
adonde maquinalmente se había señalado ella misma el camino. Volvióse á
mirar en derredor. Eugenia y Daniel, mustios de cansancio y desaliento,
la contemplaban casi con tanta indiferencia como los guías y los
mulos...
Mísera como nunca se encontró la joven en la breve caravana de viajeros,
en aquel grupo indeciso y callado, sin relieve y sin vigor debajo de la
cruz gigantesca y del celaje infinito. Era una impotente, una casi
invisible representación de la humanidad peregrina, que se arrastraba
torpe y lamentable, con movimiento tardío y esforzado, sobre las
espaldas soberbias de aquellos montes augustos... ¡Magníficos el paraje
y el horizonte, qué pequeños, qué tristes los caminantes!
A esta consideración que se hizo Regina de una sola ojeada, recrudecióse
acerbamente la impulsiva tendencia que la estaba arrebatando hacia los
hondones y los abismos, y el punzador deseo de borrar de aquella
excelsa cumbre la miserable huella de sus pasos.
La mujer bella y moza, de continuo atormentada por el terror de la
muerte, dejóse poseer de una súbita tentación de exterminio y se lanzó
por la vertiente de la cordillera en rápido descenso sembrado de
escollos, con mortales exaltaciones, cuya arrogancia era una forma
enfermiza de orgullo y de espanto. Como si hubiese subido á la cumbre
andina con la sola idea de espeñarse desde la ufana altura, así trató de
acometer la bajada, en un bárbaro intento de rodar y desaparecer, de
hundirse, de acabarse. Se negaban los guías indios á correr á la par de
ella, teniéndola por demente ó por suicida, y la muchacha, huraña y
tenaz, tomaba la delantera por la arisca ruta, sin volver la cabeza
hacia sus compañeros. El instinto y la mansa condición de la bestia que
la conducía la fueron salvando de una en otra jornada fatigosa hacia los
profundos valles de Chile, mientras la conturbada razón de la viajera
murmuraba implacable: _Querer sin motivo, padecer siempre, luchar
siempre y luego... morir..._
Por primera vez en su vida Daniel de Alcántara tiene una decisión y un
arranque...
--Aquí me quedo--dice.
Y había tan inusitada seguridad en su acento, que las dos mujeres le
miraron perplejas.
--¿Por qué?--pregunta Regina poco acostumbrada á la contradicción.
--Porque no puedo más y no quiero morirme en un camino.
¿Morir? Esta palabra buscada y huída constantemente por la viajera
rubia, tiene el privilegio de contenerla en tímida zozobra. Contempla á
su hermano con un interés que hace muchos días no tienen sus ojos para
aquella lánguida existencia, cuyo límite aparece siempre cercano por
irónica mueca de la juventud. Y ve Regina, con remordimientos y pesares,
que Daniel tiene hundidas las ojeras, demacradas las facciones y estuosa
la piel como en los días más desventurados de su lastimada existencia.
¿Otra muerte? ¿Otra tumba?--piensa con espanto la miedosa que ayer mismo
se dejaba arrastrar por la sugestión de la tierra desde la espléndida
altura vecina de los cielos...
Se detiene Regina en aquel extravagante nomadismo. Se detiene con la
solicitud y terneza que había olvidado prodigar á Daniel durante los
últimos meses de infortunio. Están en Santiago de Chile, y allí se
quedan en largas semanas de inquietud para las dos mujeres y de
creciente debilidad para el triste mozo que se apabila en rápida
consumación.
En vano Regina lucha denodada otra vez contra el destino, y de nuevo,
enérgica y dominante, reta á la muerte á la cabecera del enfermo,
escudándole con sus brazos codiciosos. La muerte avanza con glacial
sonrisa delante de aquellos escrutadores ojos negros donde tiembla en
oculto sigilo la sombra funeral de un ciprés.
Las eminencias médicas acuden al llamado angustioso de la joven y
pronuncian su última palabra: el mal que mina aquel pecho juvenil no
tiene remedio humano y ha llegado al período postrero.
Un doctor especialista en la traidora enfermedad extrae de su caletre
una receta muy compasiva para sí mismo y acierta á librarse de un triste
espectáculo de dolor ajeno y de impotencia propia, diciendo á la
muchacha:
--Tal vez una larga travesía por mar, y después los aires nativos...
--¿Si? Usted cree...--indaga febrilmente Regina.
--Yo espero... confío murmura el doctor entre egoísta y piadoso.
Y la señorita de Alcántara hace sus preparativos de viaje en pocos días
y huye con Daniel, que apenas pregunta:
--¿Dónde vamos á parar, en Asia, en Oceanía?
--No, hijo mío; en Torremar, en nuestro pueblo, para que te cures...
El muchacho sonríe, vuelto á la dulce pasividad de su carácter infantil
y sumiso. Y Eugenia se alegra profundamente, alentada por la ilusión de
lograr en la patria remota el apacible bienestar de sus niños amados y
la propia compensación de un definitivo descanso después de aquellos
tiempos azarosos.
Salen de Santiago buscando la costa en demanda de un buque, llevando las
dos enfermeras á Daniel entre sus brazos como una frágil preciosidad.
Regina, mimándole, olvidada de todo lo que no sea aquella ansiada salud,
repite: «¡Hijo mío, hijo mío!», con ternura que nace de sus entrañas de
mujer, de los latidos maternales de su corazón.
La mísera mocedad del hermanito, triste como su infancia doliente, ha
inspirado á Regina ráfagas de pasión y de misericordia, reveladoras de
ocultas raíces sentimentales. En las perturbaciones de su espíritu se
despiertan de pronto los instintos de amor y lástima hacia el pobre
atormentado, que se extingue al lado suyo con inmensa humildad; y toda
su alma femenina se exalta en aquella dulcísima frase, compendio de
caricias y votos: _¡Hijo mío!_ Al pronunciarla siente en sus labios de
doncella las mieles amargas de un sublime cariño que la enciende en
compasiones y desvelos de madre.
La tensión vibrante de aquellos sentimientos da lugar á un episodio raro
y fuerte que nunca olvida la viajera rubia. Ya cerca del gran puerto de
Valparaíso se detiene en un cruce el tren que lleva á los de Alcántara,
y en el convoy ascendente se alborota un jovencito, custodiado en un
coche especial. Le llevan á un manicomio. Padece la locura de amor, que
es la más triste de todas, según cuentan los sabios en locuras. Va el
infeliz pidiendo á gritos:--¡Un beso, un beso! ¡Uno solo, por
piedad!...--Oye Regina el desgarrador plañido; inquiere la razón de
aquellos lamentos, y le dicen:--No hay razón; es un loco que pide un
beso á una mujer. ¿A qué mujer?--pregunta.--A cualquiera, si es joven y
hermosa--le responden--; está enamorado de un ensueño, y padece un
horrible delirio de belleza y amor.--Impulsada entonces la viajera por
una bienhechora actividad exenta de prejuicios y reflexiones, baja de un
salto á la vía, sube al estribo, sobre el cual asoma su desmedrado busto
el jovenzuelo demente, alarga el cuello flexible y le presenta los
labios. El aplica los suyos con ansia de sediento en los frescos corales
de aquella boca, y los besa largamente, vorazmente, silabeando:--¡Ah,
eres tú!...--Luego pronuncia:--Gracias.--Y ahíto de felicidad, sacio y
trémulo, se hunde en los divanes del coche. La generosa donante baja de
aquel estribo y sube al otro, serena y alegre, sin enrojecer ante las
curiosas miradas de todos los viajeros de ambos trenes, asomados á las
ventanillas.
En el paisaje liso y árido de la costa volcánica, este singular suceso
de piedad y dolor halla un escenario frío y silencioso. Tal vez en
España, en el mismo caso, los viajeros espectadores hubieran aplaudido
con apasionada admiración el rasgo noble de la moza enlutada y bella.
Pero en aquel llano camino de América, abierto para el tráfico
cosmopolita y mercantil, sólo quebró el silencio de tan tierno
espectáculo el chasquido ferviente de ambos besos y el sollozo de
gratitud con que el loco ahogó sus imploraciones satisfechas.
Partieron ambos trenes. Eugenia se enjugó los ojos llenos de lágrimas;
estrechó Daniel las manos de su hermana, musitando:--Dios te lo
pague.--Y sin duda se inicia un vago murmullo de comentarios á lo largo
de los vagones caminantes, mientras Regina repite al oído de su pobre
enfermo: _¡hijo mío!_ con un desbordamiento de piedades y dulzuras que
alcanzaban al demente consolado y se extendían á toda la triste
humanidad, huérfana de consuelos.
* * * * *
--¡Si pudiera dejar aquí todo lo que me entristece!--piensa Regina antes
de embarcar. Está enojada contra sí misma porque le crecen en el pecho
compasiones profundas hacia todas las pálidas cosas que sonríen con
dolor en la vida, y se le oprime el corazón con extraños pesares.--No
quiero sentir--exclama--; no quiero llorar ni quiero saber.--Y se golpea
las sienes estallantes de ideas, y se enjuga unas lágrimas que en lenta
rebeldía mojan su rostro, mientras cerebro y corazón, unidos con raro
acorde en su gentil persona, laten al compás de unos recuerdos
tentadores y amargos.--¡La huérfana de Alcántara, la viuda de
Ibarrola!--piensa y siente en íntima consternación. Mas luego protesta
con enojo, casi con brutalidad, murmurando:--Ni una cosa ni otra; el
poeta, el amigo, el protector á quien lloro con el sentimiento egoísta
de mi soledad, fué mi padre, más por el acaso que por el amor; yo fuí su
camarada y su compañera mucho más que su hija, y ahora debo decirle,
únicamente, con el espíritu sereno y el corazón mudo: «Adiós, Jaime;
búscame en otras vidas si volvemos á nacer; quisiera ser siempre amiga
tuya»; y mientras él duerme en este mundo joven, yo voy á ver si en el
viejo mundo hallo un poco de felicidad... En cuanto á Ibarrola--conviene
la viajera en su escéptico soliloquio--no era nada mío, nada; sólo le he
visto en sueños y en retratos; no he podido quererle, me equivoco; me
confundo á cada paso que doy buscando cosas imposibles; el amor... la
dicha...; si existieran estas dos ansias de mi juventud, no he de
lograrlas juntas, según sospecho. El placer es la ausencia del dolor;
por eso la felicidad es placentera; pero el amor duele; luego la
felicidad y el amor son enemigos... ¡Si un amago, un atisbo del amor me
ha hecho padecer, huir, llorar!... Adiós, Ibarrola, mártir ó loco;
quimera hermosa que me has servido de tortura; quiero olvidarte...
¡Adiós!
Y Regina, exaltada y arrogante en medio del fatalismo obscuro que la
amedrenta, esconde sus vestidos de luto en el fondo de sus cofres, y con
joviales adornos de primavera se despide de la costa americana,
alardeando ante sí misma de que deja allí sus desengaños y sus miedos,
sus pesimistas augurios, todas las raíces de futuros dolores.
Pero cuando huye la orilla, cuando el buque se engolfa en las pálidas
aguas del Pacífico, sólo sabe de cierto la viajera que Daniel está allí,
bajo su amparo con una veleidosa mueca de alegría en el semblante.
--Tal vez la muerte se quedará también en la ribera--piensa en zozobras
calladas la fugitiva. Y hurgan sus ojos negros el paisaje ya lejano y
sutil de la tierra abandona. Ondulan lueñes y rojas las colinas
chilenas, y tórnase tan vago el horizonte á la luz del crepúsculo, que á
la muchacha se le cansan los ojos de mirar y los cierra, humedecidos por
ese sentimiento desgarrador de las despedidas.
--¿Llora usted?--la pregunta solícito un viajero que ha de hacerle esta
misma interrogación el día del desembarco. Y molesta porque han
sorprendido su dolor, desesperada porque ella misma le descubre,
responde:
--Es un llanto material. Mirando con fijeza á un mismo sitio, durante
largo rato, á cualquiera se le saltan las lágrimas...
* * * * *
Desde que Regina vió la muerte á bordo, entre sus brazos, y sintió que
en un instante le arrancaba sin piedad, con sobrehumano poder, lo único
que le quedaba en el mundo, ya nunca más pensó en huir de ella.--Está en
todas partes--dijo.--¡Está en la vida!--Y con una impavidez
martirizadora empezó á verla en el cabrilleo de la luna sobre las aguas,
en los rizos del oleaje, en los cendales del cielo, en los astros, en
las sombras, en los perfiles de la tierra aparecidos en lontananza, y
hasta en su propio cuerpo vigoroso y juvenil. Quería familiarizarse con
ella; empezaba á comprender que en el fondo del espanto y del odio que
la inspiraba podía brotar una semilla de conformidad.--_Morir...
dormir... soñar acaso..._--repetía, tratando de asir alguna esperanza
que la amistase con «la traidora»; y por fin murmuraba con supremo
hastío:--¡Descansar, á lo menos!...
Ya al final de la navegación, cuando los pasajeros se agrupan en la
borda atalayando el horizonte, interroga Regina:--¿España?--Y la
contestan:--Sí, Galicia, _la costa de la muerte..._--¡Ah! ¡Qué
admirable!--dice, clavando en ella sus gemelos, con amor y terror al
mismo tiempo. Y repite:--España... Galicia... _¡la costa de la
muerte!..._ ¡Qué hermosura!...
Un sacudimiento poderoso de aquella pujante juventud devuelve al
espíritu de Regina los bríos y las audacias que antaño la hicieron
explotadora de realidades y de ilusiones al través de dos mundos. Y así
salta en hispana tierra, conmovida por afanes nuevos, subyugada por los
éxtasis de la vida moza, con vehemencias indefinibles que la causan
alegre turbación.