Capítulo LXXII. De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea

Todo aquel día, esperando la noche, estuvieron en aquel lugar y mesón don

Quijote y Sancho: el uno, para acabar en la campaña rasa la tanda de su

diciplina, y el otro, para ver el fin della, en el cual consistía el de su

deseo. Llegó en esto al mesón un caminante a caballo, con tres o cuatro

criados, uno de los cuales dijo al que el señor dellos parecía:

— Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: la

posada parece limpia y fresca.

Oyendo esto don Quijote, le dijo a Sancho:

— Mira, Sancho: cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mi

historia, me parece que de pasada topé allí este nombre de don Álvaro

Tarfe.

— Bien podrá ser —respondió Sancho—. Dejémosle apear, que después se lo

preguntaremos.

El caballero se apeó, y, frontero del aposento de don Quijote, la huéspeda

le dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas, como las que

tenía la estancia de don Quijote. Púsose el recién venido caballero a lo de

verano, y, saliéndose al portal del mesón, que era espacioso y fresco, por

el cual se paseaba don Quijote, le preguntó:

— ¿Adónde bueno camina vuestra merced, señor gentilhombre?

Y don Quijote le respondió:

— A una aldea que está aquí cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced,

¿dónde camina?

— Yo, señor —respondió el caballero—, voy a Granada, que es mi patria.

— ¡Y buena patria! —replicó don Quijote—. Pero, dígame vuestra merced, por

cortesía, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo más de

lo que buenamente podré decir.

— Mi nombre es don Álvaro Tarfe —respondió el huésped.

A lo que replicó don Quijote:

— Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don Álvaro

Tarfe que anda impreso en la Segunda parte de la historia de don Quijote de

la Mancha, recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno.

— El mismo soy —respondió el caballero—, y el tal don Quijote, sujeto

principal de la tal historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui el que le

sacó de su tierra, o, a lo menos, le moví a que viniese a unas justas que

se hacían en Zaragoza, adonde yo iba; y, en verdad en verdad que le hice

muchas amistades, y que le quité de que no le palmease las espaldas el

verdugo, por ser demasiadamente atrevido.

— Y, dígame vuestra merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese tal

don Quijote que vuestra merced dice?

— No, por cierto —respondió el huésped—: en ninguna manera.

— Y ese don Quijote —dijo el nuestro—, ¿traía consigo a un escudero llamado

Sancho Panza?

— Sí traía —respondió don Álvaro—; y, aunque tenía fama de muy gracioso,

nunca le oí decir gracia que la tuviese.

— Eso creo yo muy bien —dijo a esta sazón Sancho—, porque el decir gracias

no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre,

debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el

verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y si no,

haga vuestra merced la experiencia, y ándese tras de mí, por los menos un

año, y verá que se me caen a cada paso, y tales y tantas que, sin saber yo

las más veces lo que me digo, hago reír a cuantos me escuchan; y el

verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto,

el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos,

el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por

única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está

presente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro

Sancho Panza es burlería y cosa de sueño.

— ¡Por Dios que lo creo! —respondió don Álvaro—, porque más gracias habéis

dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el otro Sancho

Panza en cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas. Más tenía de comilón

que de bien hablado, y más de tonto que de gracioso, y tengo por sin duda

que los encantadores que persiguen a don Quijote el bueno han querido

perseguirme a mí con don Quijote el malo. Pero no sé qué me diga; que osaré

yo jurar que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le

curen, y agora remanece aquí otro don Quijote, aunque bien diferente del

mío.

— Yo —dijo don Quijote— no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el

malo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don

Álvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza;

antes, por haberme dicho que ese don Quijote fantástico se había hallado en

las justas desa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas

del mundo su mentira; y así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de la

cortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de

los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes

amistades, y, en sitio y en belleza, única. Y, aunque los sucesos que en

ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los

llevo sin ella, sólo por haberla visto. Finalmente, señor don Álvaro Tarfe,

yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese

desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis

pensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero,

sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar, de que

vuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, y

de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho

Panza mi escudero es aquél que vuestra merced conoció.

— Eso haré yo de muy buena gana —respondió don Álvaro—, puesto que cause

admiración ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tan

conformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir

y me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que ha

pasado.

— Sin duda —dijo Sancho— que vuestra merced debe de estar encantado, como

mi señora Dulcinea del Toboso, y pluguiera al cielo que estuviera su

desencanto de vuestra merced en darme otros tres mil y tantos azotes como

me doy por ella, que yo me los diera sin interés alguno.

— No entiendo eso de azotes —dijo don Álvaro.

Y Sancho le respondió que era largo de contar, pero que él se lo contaría

si acaso iban un mesmo camino.

Llegóse en esto la hora de comer; comieron juntos don Quijote y don Álvaro.

Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el

cual alcalde pidió don Quijote, por una petición, de que a su derecho

convenía de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente,

declarase ante su merced como no conocía a don Quijote de la Mancha, que

asimismo estaba allí presente, y que no era aquél que andaba impreso en una

historia intitulada: Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesta

por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde

proveyó jurídicamente; la declaración se hizo con todas las fuerzas que en

tales casos debían hacerse, con lo que quedaron don Quijote y Sancho muy

alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara

claro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos sus

obras y sus palabras. Muchas de cortesías y ofrecimientos pasaron entre don

Álvaro y don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción,

de modo que desengañó a don Álvaro Tarfe del error en que estaba; el cual

se dio a entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dos

tan contrarios don Quijotes.

Llegó la tarde, partiéronse de aquel lugar, y a obra de media legua se

apartaban dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de don

Quijote, y el otro el que había de llevar don Álvaro. En este poco espacio

le contó don Quijote la desgracia de su vencimiento y el encanto y el

remedio de Dulcinea, que todo puso en nueva admiración a don Álvaro, el

cual, abrazando a don Quijote y a Sancho, siguió su camino, y don Quijote

el suyo, que aquella noche la pasó entre otros árboles, por dar lugar a

Sancho de cumplir su penitencia, que la cumplió del mismo modo que la

pasada noche, a costa de las cortezas de las hayas, harto más que de sus

espaldas, que las guardó tanto, que no pudieran quitar los azotes una

mosca, aunque la tuviera encima.

No perdió el engañado don Quijote un solo golpe de la cuenta, y halló que

con los de la noche pasada era tres mil y veinte y nueve. Parece que había

madrugado el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su

camino, tratando entre los dos del engaño de don Álvaro y de cuán bien

acordado había sido tomar su declaración ante la justicia, y tan

auténticamente.

Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse,

si no fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don Quijote

contento sobremodo, y esperaba el día, por ver si en el camino topaba ya

desencantada a Dulcinea su señora; y, siguiendo su camino, no topaba mujer

ninguna que no iba a reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por

infalible no poder mentir las promesas de Merlín.

Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cual

descubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hincó de rodillas y

dijo:

— Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu

hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu

hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor

de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que

desearse puede. Dineros llevo, porque si buenos azotes me daban, bien

caballero me iba.

— Déjate desas sandeces —dijo don Quijote—, y vamos con pie derecho a entrar

en nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la traza

que en la pastoral vida pensamos ejercitar.

Con esto, bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo.

Capítulo LXXIII. De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea,

con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia

A la entrada del cual, según dice Cide Hamete, vio don Quijote que en las

eras del lugar estaban riñendo dos mochachos, y el uno dijo al otro:

— No te canses Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu

vida.

Oyólo don Quijote, y dijo a Sancho:

— ¿No adviertes, amigo, lo que aquel mochacho ha dicho: ''no la has de ver

en todos los días de tu vida''?

— Pues bien, ¿qué importa —respondió Sancho— que haya dicho eso el mochacho?

— ¿Qué? —replicó don Quijote—. ¿No vees tú que, aplicando aquella palabra a

mi intención, quiere significar que no tengo de ver más a Dulcinea?

Queríale responder Sancho, cuando se lo estorbó ver que por aquella campaña

venía huyendo una liebre, seguida de muchos galgos y cazadores, la cual,

temerosa, se vino a recoger y a agazapar debajo de los pies del rucio.

Cogióla Sancho a mano salva y presentósela a don Quijote, el cual estaba

diciendo:

— Malum signum! Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: ¡Dulcinea no

parece!

— Estraño es vuesa merced —dijo Sancho—. Presupongamos que esta liebre es

Dulcinea del Toboso y estos galgos que la persiguen son los malandrines

encantadores que la transformaron en labradora: ella huye, yo la cojo y la

pongo en poder de vuesa merced, que la tiene en sus brazos y la regala:

¿qué mala señal es ésta, ni qué mal agüero se puede tomar de aquí?

Los dos mochachos de la pendencia se llegaron a ver la liebre, y al uno

dellos preguntó Sancho que por qué reñían. Y fuele respondido por el que

había dicho ''no la verás más en toda tu vida'', que él había tomado al

otro mochacho una jaula de grillos, la cual no pensaba volvérsela en toda

su vida. Sacó Sancho cuatro cuartos de la faltriquera y dióselos al

mochacho por la jaula, y púsosela en las manos a don Quijote, diciendo:

— He aquí, señor, rompidos y desbaratados estos agüeros, que no tienen que

ver más con nuestros sucesos, según que yo imagino, aunque tonto, que con

las nubes de antaño. Y si no me acuerdo mal, he oído decir al cura de

nuestro pueblo que no es de personas cristianas ni discretas mirar en estas

niñerías; y aun vuesa merced mismo me lo dijo los días pasados, dándome a

entender que eran tontos todos aquellos cristianos que miraban en agüeros.

Y no es menester hacer hincapié en esto, sino pasemos adelante y entremos

en nuestra aldea.

Llegaron los cazadores, pidieron su liebre, y diósela don Quijote; pasaron

adelante, y, a la entrada del pueblo, toparon en un pradecillo rezando al

cura y al bachiller Carrasco. Y es de saber que Sancho Panza había echado

sobre el rucio y sobre el lío de las armas, para que sirviese de repostero,

la túnica de bocací, pintada de llamas de fuego que le vistieron en el

castillo del duque la noche que volvió en sí Altisidora. Acomodóle también

la coroza en la cabeza, que fue la más nueva transformación y adorno con

que se vio jamás jumento en el mundo.

Fueron luego conocidos los dos del cura y del bachiller, que se vinieron a

ellos con los brazos abiertos. Apeóse don Quijote y abrazólos

estrechamente; y los mochachos, que son linces no escusados, divisaron la

coroza del jumento y acudieron a verle, y decían unos a otros:

— Venid, mochachos, y veréis el asno de Sancho Panza más galán que Mingo, y

la bestia de don Quijote más flaca hoy que el primer día.

Finalmente, rodeados de mochachos y acompañados del cura y del bachiller,

entraron en el pueblo, y se fueron a casa de don Quijote, y hallaron a la

puerta della al ama y a su sobrina, a quien ya habían llegado las nuevas de

su venida. Ni más ni menos se las habían dado a Teresa Panza, mujer de

Sancho, la cual, desgreñada y medio desnuda, trayendo de la mano a

Sanchica, su hija, acudió a ver a su marido; y, viéndole no tan bien

adeliñado como ella se pensaba que había de estar un gobernador, le dijo:

— ¿Cómo venís así, marido mío, que me parece que venís a pie y despeado, y

más traéis semejanza de desgobernado que de gobernador?

— Calla, Teresa —respondió Sancho—, que muchas veces donde hay estacas no

hay tocinos, y vámonos a nuestra casa, que allá oirás maravillas. Dineros

traigo, que es lo que importa, ganados por mi industria y sin daño de

nadie.

— Traed vos dinero, mi buen marido —dijo Teresa—, y sean ganados por aquí o

por allí, que, comoquiera que los hayáis ganado, no habréis hecho usanza

nueva en el mundo.

Abrazó Sanchica a su padre, y preguntóle si traía algo, que le estaba

esperando como el agua de mayo; y, asiéndole de un lado del cinto, y su

mujer de la mano, tirando su hija al rucio, se fueron a su casa, dejando a

don Quijote en la suya, en poder de su sobrina y de su ama, y en compañía

del cura y del bachiller.

Don Quijote, sin guardar términos ni horas, en aquel mismo punto se apartó

a solas con el bachiller y el cura, y en breves razones les contó su

vencimiento, y la obligación en que había quedado de no salir de su aldea

en un año, la cual pensaba guardar al pie de la letra, sin traspasarla en

un átomo, bien así como caballero andante, obligado por la puntualidad y

orden de la andante caballería, y que tenía pensado de hacerse aquel año

pastor, y entretenerse en la soledad de los campos, donde a rienda suelta

podía dar vado a sus amorosos pensamientos, ejercitándose en el pastoral y

virtuoso ejercicio; y que les suplicaba, si no tenían mucho que hacer y no

estaban impedidos en negocios más importantes, quisiesen ser sus

compañeros; que él compraría ovejas y ganado suficiente que les diese

nombre de pastores; y que les hacía saber que lo más principal de aquel

negocio estaba hecho, porque les tenía puestos los nombres, que les

vendrían como de molde. Díjole el cura que los dijese. Respondió don

Quijote que él se había de llamar el pastor Quijotiz; y el bachiller, el

pastor Carrascón; y el cura, el pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor

Pancino.

Pasmáronse todos de ver la nueva locura de don Quijote; pero, porque no se

les fuese otra vez del pueblo a sus caballerías, esperando que en aquel año

podría ser curado, concedieron con su nueva intención, y aprobaron por

discreta su locura, ofreciéndosele por compañeros en su ejercicio.

— Y más —dijo Sansón Carrasco—, que, como ya todo el mundo sabe, yo soy

celebérrimo poeta y a cada paso compondré versos pastoriles, o cortesanos,

o como más me viniere a cuento, para que nos entretengamos por esos

andurriales donde habemos de andar; y lo que más es menester, señores míos,

es que cada uno escoja el nombre de la pastora que piensa celebrar en sus

versos, y que no dejemos árbol, por duro que sea, donde no la retule y

grabe su nombre, como es uso y costumbre de los enamorados pastores.

— Eso está de molde —respondió don Quijote—, puesto que yo estoy libre de

buscar nombre de pastora fingida, pues está ahí la sin par Dulcinea del

Toboso, gloria de estas riberas, adorno de estos prados, sustento de la

hermosura, nata de los donaires, y, finalmente, sujeto sobre quien puede

asentar bien toda alabanza, por hipérbole que sea.

— Así es verdad —dijo el cura—, pero nosotros buscaremos por ahí pastoras

mañeruelas, que si no nos cuadraren, nos esquinen.

A lo que añadió Sansón Carrasco:

— Y cuando faltaren, darémosles los nombres de las estampadas e impresas,

de quien está lleno el mundo: Fílidas, Amarilis, Dianas, Fléridas,

Galateas y Belisardas; que, pues las venden en las plazas, bien las podemos

comprar nosotros y tenerlas por nuestras. Si mi dama, o, por mejor decir,

mi pastora, por ventura se llamare Ana, la celebraré debajo del nombre de

Anarda; y si Francisca, la llamaré yo Francenia; y si Lucía, Lucinda, que

todo se sale allá; y Sancho Panza, si es que ha de entrar en esta cofadría,

podrá celebrar a su mujer Teresa Panza con nombre de Teresaina.

Rióse don Quijote de la aplicación del nombre, y el cura le alabó infinito

su honesta y honrada resolución, y se ofreció de nuevo a hacerle compañía

todo el tiempo que le vacase de atender a sus forzosas obligaciones. Con

esto, se despidieron dél, y le rogaron y aconsejaron tuviese cuenta con su

salud, con regalarse lo que fuese bueno.

Quiso la suerte que su sobrina y el ama oyeron la plática de los tres; y,

así como se fueron, se entraron entrambas con don Quijote, y la sobrina le

dijo:

— ¿Qué es esto, señor tío? ¿Ahora que pensábamos nosotras que vuestra merced

volvía a reducirse en su casa, y pasar en ella una vida quieta y honrada,

se quiere meter en nuevos laberintos, haciéndose

Pastorcillo, tú que vienes,

pastorcico, tú que vas?

Pues en verdad que está ya duro el alcacel para zampoñas.

A lo que añadió el ama:

Y ¿podrá vuestra merced pasar en el campo las siestas del verano, los

serenos del invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, que éste es

ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal

ministerio casi desde las fajas y mantillas. Aun, mal por mal, mejor es ser

caballero andante que pastor. Mire, señor, tome mi consejo, que no se le

doy sobre estar harta de pan y vino, sino en ayunas, y sobre cincuenta años

que tengo de edad: estése en su casa, atienda a su hacienda, confiese a

menudo, favorezca a los pobres, y sobre mi ánima si mal le fuere.

— Callad, hijas —les respondió don Quijote—, que yo sé bien lo que me

cumple. Llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened

por cierto que, ahora sea caballero andante o pastor por andar, no dejaré

siempre de acudir a lo que hubiéredes menester, como lo veréis por la obra.

Y las buenas hijas —que lo eran sin duda ama y sobrina— le llevaron a la

cama, donde le dieron de comer y regalaron lo posible.

Capítulo LXXIV. De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y

su muerte

Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus

principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los

hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para

detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo

pensaba; porque, o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse

vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le

arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue

visitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos,

sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero.

Éstos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su

deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía de aquella suerte,

por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el bachiller

que se animase y levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para el

cual tenía ya compuesta una écloga, que mal año para cuantas Sanazaro había

compuesto, y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perros

para guardar el ganado: el uno llamado Barcino, y el otro Butrón, que se

los había vendido un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba don

Quijote sus tristezas.

Llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso, y no le contentó mucho, y

dijo que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del

cuerpo corría peligro. Oyólo don Quijote con ánimo sosegado, pero no lo

oyeron así su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar

tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer del

médico que melancolías y desabrimientos le acababan. Rogó don Quijote que

le dejasen solo, porque quería dormir un poco. Hiciéronlo así y durmió de

un tirón, como dicen, más de seis horas; tanto, que pensaron el ama y la

sobrina que se había de quedar en el sueño. Despertó al cabo del tiempo

dicho, y, dando una gran voz, dijo:

— ¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus

misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de

los hombres.

Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío, y pareciéronle más

concertadas que él solía decirlas, a lo menos, en aquella enfermedad, y

preguntóle:

— ¿Qué es lo que vuestra merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué

misericordias son éstas, o qué pecados de los hombres?

— Las misericordias —respondió don Quijote—, sobrina, son las que en este

instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis

pecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de

la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los

detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus

embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que

no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz

del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal

modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase

renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta

verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos: el cura, al

bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás, el barbero, que quiero

confesarme y hacer mi testamento.

Pero de este trabajo se escusó la sobrina con la entrada de los tres.

Apenas los vio don Quijote, cuando dijo:

— Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la

Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de

Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de

su linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andante

caballería, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas

leído, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las

abomino.

Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nueva

locura le había tomado. Y Sansón le dijo:

— ¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la

señora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿agora que estamos tan a

pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes,

quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí, y

déjese de cuentos.

— Los de hasta aquí —replicó don Quijote—, que han sido verdaderos en mi

daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo,

señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y

traíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi

testamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con

el alma; y así, suplico que, en tanto que el señor cura me confiesa, vayan

por el escribano.

Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque

en duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se

moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a

las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y

con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que

estaba cuerdo.

Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él, y confesóle.

El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y con

Sancho Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del bachiller en qué

estado estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó

a hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión, y salió el

cura, diciendo:

— Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el

Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.

Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina

y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar

las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque,

verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue

Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la

Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto

no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le

conocían.

Entró el escribano con los demás, y, después de haber hecho la cabeza del

testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas

circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:

— Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en

mi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre él y mí

ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos,

ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, después de haberse

pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen

provecho le haga; y, si como estando yo loco fui parte para darle el

gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino,

se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo

merece.

Y, volviéndose a Sancho, le dijo:

— Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo,

haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay

caballeros andantes en el mundo.

— ¡Ay! —respondió Sancho, llorando—: no se muera vuestra merced, señor mío,

sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede

hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que

nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no

sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de

pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a

la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se

muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por

haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestra

merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria

derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor

mañana.

— Así es —dijo Sansón—, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos

casos.

— Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de

antaño no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote

de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda

con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la

estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.

»Ítem, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, mi

sobrina, que está presente, habiendo sacado primero de lo más bien parado

della lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la

primera satisfación que se haga quiero que sea pagar el salario que debo

del tiempo que mi ama me ha servido, y más veinte ducados para un vestido.

Dejo por mis albaceas al señor cura y al señor bachiller Sansón Carrasco,

que están presentes.

»Ítem, es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere casarse,

se case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe

qué cosas sean libros de caballerías; y, en caso que se averiguare que lo

sabe, y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él, y se casare,

pierda todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir en

obras pías a su voluntad.

»Ítem, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les

trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por

ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la

Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la

ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes

disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de

haberle dado motivo para escribirlos.

Cerró con esto el testamento, y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a

largo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres

días que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a

menudo. Andaba la casa alborotada; pero, con todo, comía la sobrina,

brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo

borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje

el muerto.

En fin, llegó el último de don Quijote, después de recebidos todos los

sacramentos, y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de

los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca

había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante

hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don

Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron,

dio su espíritu: quiero decir que se murió.

Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio como

Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha, había

pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio

pedía para quitar la ocasión de algún otro autor que Cide Hamete Benengeli

le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazañas.

Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner

Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la

Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como

contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote,

los nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansón Carrasco le puso éste:

Yace aquí el Hidalgo fuerte

que a tanto estremo llegó

de valiente, que se advierte

que la muerte no triunfó

de su vida con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco;

fue el espantajo y el coco

del mundo, en tal coyuntura,

que acreditó su ventura

morir cuerdo y vivir loco.

Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:

— Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si

bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si

presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte.

Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor

modo que pudieres:

''¡Tate, tate, folloncicos!

De ninguno sea tocada;

porque esta impresa, buen rey,

para mí estaba guardada.

Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir;

solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y

tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de

avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero,

porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; a

quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la

sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera

llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja,

haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de

largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que,

para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan

las dos que él hizo, tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia

llegaron, así en éstos como en los estraños reinos''. Y con esto cumplirás

con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo

quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de

sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que

poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas

historias de los libros de caballerías, que, por las de mi verdadero don

Quijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.

Don Quijote · 第 113 / 114 题