— Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención,

que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela

de varios y hermosos lazos tejida, que, después de acabada, tal perfeción y

hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los

escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque

la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse

épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en

sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que

la épica también puede escrebirse en prosa como en verso.

Capítulo XLVIII. Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de

caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio

— Así es como vuestra merced dice, señor canónigo —dijo el cura—, y por esta

causa son más dignos de reprehensión los que hasta aquí han compuesto

semejantes libros sin tener advertencia a ningún buen discurso, ni al arte

y reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son

en verso los dos príncipes de la poesía griega y latina.

— Yo, a lo menos —replicó el canónigo—, he tenido cierta tentación de hacer

un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he

significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien

hojas. Y para hacer la experiencia de si correspondían a mi estimación, las

he comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y

con otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de

todos he hallado una agradable aprobación; pero, con todo esto, no he

proseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión,

como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes; y

que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los

muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo,

a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más me

le quitó de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle, fue un argumento

que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representa,

diciendo: ''Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de

historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan

pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y

las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las

componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque

así las quiere el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza y

siguen la fábula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos

que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su

artificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, que

no opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser un libro, al cabo de

haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré a

ser el sastre del cantillo''. Y, aunque algunas veces he procurado

persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, y

que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que hagan

el arte que no con las disparatadas, y están tan asidos y encorporados en

su parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque. Acuérdome que

un día dije a uno destos pertinaces: ''Decidme, ¿no os acordáis que ha

pocos años que se representaron en España tres tragedias que compuso un

famoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales, que admiraron,

alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, así simples como

prudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron más dineros a los

representantes ellas tres solas que treinta de las mejores que después acá

se han hecho?'' ''Sin duda —respondió el autor que digo—, que debe de decir

vuestra merced por La Isabela, La Filis y La Alejandra''. ''Por ésas digo

— le repliqué yo—; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y si

por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo.

Así que no está la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellos

que no saben representar otra cosa. Sí, que no fue disparate La ingratitud

vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le halló en la del Mercader amante,

ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que de algunos

entendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y para

ganancia de los que las han representado''. Y otras cosas añadí a éstas,

con que, a mi parecer, le dejé algo confuso, pero no satisfecho ni

convencido para sacarle de su errado pensamiento.

— En materia ha tocado vuestra merced, señor canónigo —dijo a esta sazón el

cura—, que ha despertado en mí un antiguo rancor que tengo con las comedias

que agora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de

caballerías; porque, habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio,

espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad,

las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de

necedades e imágenes de lascivia. Porque, ¿qué mayor disparate puede ser en

el sujeto que tratamos que salir un niño en mantillas en la primera cena

del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y ¿qué

mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo

rectórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ¿Qué

diré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden o

podían suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que

la primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera se

acabó en Africa, y ansí fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en

América, y así se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si

es que la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es

posible que satisfaga a ningún mediano entendimiento que, fingiendo una

acción que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, el mismo que en ella

hace la persona principal le atribuyan que fue el emperador Heraclio, que

entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa Santa, como Godofre

de Bullón, habiendo infinitos años de lo uno a lo otro; y fundándose la

comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia, y mezclarle

pedazos de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no con

trazas verisímiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Y

es lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lo

demás es buscar gullurías. Pues, ¿qué si venimos a las comedias divinas?:

¡qué de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas apócrifas y mal

entendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en las

humanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni consideración que

parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos

llaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo

esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en

oprobrio de los ingenios españoles; porque los estranjeros, que con mucha

puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros e

ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no sería

bastante disculpa desto decir que el principal intento que las repúblicas

bien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es para

entretener la comunidad con alguna honesta recreación, y divertirla a veces

de los malos humores que suele engendrar la ociosidad; y que, pues éste se

consigue con cualquier comedia, buena o mala, no hay para qué poner leyes,

ni estrechar a los que las componen y representan a que las hagan como

debían hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con

ellas se pretende. A lo cual respondería yo que este fin se conseguiría

mucho mejor, sin comparación alguna, con las comedias buenas que con las no

tales; porque, de haber oído la comedia artificiosa y bien ordenada,

saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado

de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz

con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que

todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que la

escuchare, por rústico y torpe que sea; y de toda imposibilidad es

imposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comedia

que todas estas partes tuviere mucho más que aquella que careciere dellas,

como por la mayor parte carecen estas que de ordinario agora se

representan. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque

algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben

estremadamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hecho

mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se

las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procura

acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide.

Y que esto sea verdad véase por muchas e infinitas comedias que ha

compuesto un felicísimo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tanto

donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves

sentencias y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que

tiene lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de los

representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de

la perfección que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen,

que después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y

ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por

haber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de

algunos linajes. Y todos estos inconvinientes cesarían, y aun otros muchos

más que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y

discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen (no

sólo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen

representar en España), sin la cual aprobación, sello y firma, ninguna

justicia en su lugar dejase representar comedia alguna; y, desta manera,

los comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias a la Corte, y con

seguridad podrían representallas, y aquellos que las componen mirarían con

más cuidado y estudio lo que hacían, temorosos de haber de pasar sus obras

por el riguroso examen de quien lo entiende; y desta manera se harían

buenas comedias y se conseguiría felicísimamente lo que en ellas se

pretende: así el entretenimiento del pueblo, como la opinión de los

ingenios de España, el interés y seguridad de los recitantes y el ahorro

del cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a este mismo, que

examinase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen, sin duda

podrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho,

enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la

elocuencia, dando ocasión que los libros viejos se escureciesen a la luz de

los nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los

ociosos, sino de los más ocupados; pues no es posible que esté continuo el

arco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sin

alguna lícita recreación.

A este punto de su coloquio llegaban el canónigo y el cura, cuando,

adelantándose el barbero, llegó a ellos, y dijo al cura:

— Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que,

sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.

— Así me lo parece a mí —respondió el cura.

Y, diciéndole al canónigo lo que pensaba hacer, él también quiso quedarse

con ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se les

ofrecía. Y, así por gozar dél como de la conversación del cura, de quien ya

iba aficionado, y por saber más por menudo las hazañas de don Quijote,

mandó a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos de

allí estaba, y trujesen della lo que hubiese de comer, para todos, porque

él determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a lo cual uno de

sus criados respondió que el acémila del repuesto, que ya debía de estar en

la venta, traía recado bastante para no obligar a no tomar de la venta más

que cebada.

— Pues así es —dijo el canónigo—, llévense allá todas las cabalgaduras, y

haced volver la acémila.

En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podía hablar a su amo sin la

continua asistencia del cura y el barbero, que tenía por sospechosos, se

llegó a la jaula donde iba su amo, y le dijo:

— Señor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cerca

de su encantamento; y es que aquestos dos que vienen aquí cubiertos los

rostros son el cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado esta

traza de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen como vuestra

merced se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, esta

verdad, síguese que no va encantado, sino embaído y tonto. Para prueba de

lo cual le quiero preguntar una cosa; y si me responde como creo que me ha

de responder, tocará con la mano este engaño y verá como no va encantado,

sino trastornado el juicio.

— Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho —respondió don Quijote—, que yo te

satisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellos

que allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros

compatriotos y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos;

pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera.

Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices,

debe de ser que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia y

semejanza; porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se les

antoja, y habrán tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasión

de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones,

que no aciertes a salir dél, aunque tuvieses la soga de Teseo. Y también lo

habrán hecho para que yo vacile en mi entendimiento, y no sepa atinar de

dónde me viene este daño; porque si, por una parte, tú me dices que me

acompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y, por otra, yo me veo

enjaulado, y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales,

no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sino

que la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leído en todas

las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados?

Ansí que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los que

dices, porque así son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a querer

preguntarme algo, di, que yo te responderé, aunque me preguntes de aquí a

mañana.

— ¡Válame Nuestra Señora! —respondió Sancho, dando una gran voz—. Y ¿es

posible que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo,

que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su

prisión y desgracia tiene más parte la malicia que el encanto? Pero, pues

así es, yo le quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no,

dígame, así Dios le saque desta tormenta, y así se vea en los brazos de mi

señora Dulcinea cuando menos se piense...

— Acaba de conjurarme —dijo don Quijote—, y pregunta lo que quisieres; que

ya te he dicho que te responderé con toda puntualidad.

— Eso pido —replicó Sancho—; y lo que quiero saber es que me diga, sin

añadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que la

han de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestra

merced las profesa, debajo de título de caballeros andantes...

— Digo que no mentiré en cosa alguna —respondió don Quijote—. Acaba ya de

preguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias y

prevenciones, Sancho.

— Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y así, porque

hace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso

después que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta

jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como

suele decirse.

— No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que te

responda derechamente.

— ¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores o

mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepa

que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.

— ¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. ¡Sácame

deste peligro, que no anda todo limpio!

Capítulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo

con su señor don Quijote

— ¡Ah —dijo Sancho—; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, como

al alma y como a la vida. Venga acá, señor: ¿podría negar lo que comúnmente

suele decirse por ahí cuando una persona está de mala voluntad: "No sé qué

tiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a propósito a lo

que le preguntan, que no parece sino que está encantado"? De donde se viene

a sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras

naturales que yo digo, estos tales están encantados; pero no aquellos que

tienen la gana que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come

cuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.

— Verdad dices, Sancho —respondió don Quijote—, pero ya te he dicho que hay

muchas maneras de encantamentos, y podría ser que con el tiempo se hubiesen

mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo

lo que yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera que contra el uso de

los tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengo

para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi

conciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estaba

encantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudando

el socorro que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi

ayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.

— Pues, con todo eso —replicó Sancho—, digo que, para mayor abundancia y

satisfación, sería bien que vuestra merced probase a salir desta cárcel,

que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, y

probase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que también parece que va

encantado, según va de malencólico y triste; y, hecho esto, probásemos otra

vez la suerte de buscar más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo

nos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y

leal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere

vuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con

lo que digo.

— Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano —replicó don

Quijote—; y cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo te

obedeceré en todo y por todo; pero tú, Sancho, verás como te engañas en el

conocimiento de mi desgracia.

En estas pláticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andante

escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, el

canónigo y el barbero. Desunció luego los bueyes de la carreta el boyero, y

dejólos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuya

frescura convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas como

don Quijote, sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; el

cual rogó al cura que permitiese que su señor saliese por un rato de la

jaula, porque si no le dejaban salir, no iría tan limpia aquella prisión

como requiría la decencia de un tal caballero como su amo. Entendióle el

cura, y dijo que de muy buena gana haría lo que le pedía si no temiera que,

en viéndose su señor en libertad, había de hacer de las suyas, y irse donde

jamás gentes le viesen.

— Yo le fío de la fuga —respondió Sancho.

— Y yo y todo —dijo el canónigo—; y más si él me da la palabra, como

caballero, de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.

— Sí doy —respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando—; cuanto más,

que el que está encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de su

persona lo que quisiere, porque el que le encantó le puede hacer que no se

mueva de un lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le hará volver en

volandas. —Y que, pues esto era así, bien podían soltalle, y más, siendo

tan en provecho de todos; y del no soltalle les protestaba que no podía

dejar de fatigalles el olfato, si de allí no se desviaban.

Tomóle la mano el canónigo, aunque las tenía atadas, y, debajo de su buena

fe y palabra, le desenjaularon, de que él se alegró infinito y en grande

manera de verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todo

el cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante, y, dándole dos palmadas

en las ancas, dijo:

— Aún espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos,

que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; tú, con tu señor a

cuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echó al

mundo.

Y, diciendo esto, don Quijote se apartó con Sancho en remota parte, de

donde vino más aliviado y con más deseos de poner en obra lo que su

escudero ordenase.

Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza de su grande locura,

y de que, en cuanto hablaba y respondía, mostraba tener bonísimo

entendimiento: solamente venía a perder los estribos, como otras veces se

ha dicho, en tratándole de caballería. Y así, movido de compasión, después

de haberse sentado todos en la verde yerba, para esperar el repuesto del

canónigo, le dijo:

— ¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la

amarga y ociosa letura de los libros de caballerías, que le hayan vuelto el

juicio de modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas deste

jaez, tan lejos de ser verdaderas como lo está la mesma mentira de la

verdad? Y ¿cómo es posible que haya entendimiento humano que se dé a

entender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquella

turbamulta de tanto famoso caballero, tanto emperador de Trapisonda, tanto

Felixmarte de Hircania, tanto palafrén, tanta doncella andante, tantas

sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras,

tanto género de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforados

encuentros, tanta bizarría de trajes, tantas princesas enamoradas, tantos

escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto requiebro,

tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan disparatados casos

como los libros de caballerías contienen? De mí sé decir que, cuando los

leo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira y

liviandad, me dan algún contento; pero, cuando caigo en la cuenta de lo que

son, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con él en el fuego si

cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por ser

falsos y embusteros, y fuera del trato que pide la común naturaleza, y como

a inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien da

ocasión que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas

tantas necedades como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que se

atreven a turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos,

como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced han hecho, pues le

han traído a términos que sea forzoso encerrarle en una jaula, y traerle

sobre un carro de bueyes, como quien trae o lleva algún león o algún tigre,

de lugar en lugar, para ganar con él dejando que le vean. ¡Ea, señor don

Quijote, duélase de sí mismo, y redúzgase al gremio de la discreción, y

sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando el

felicísimo talento de su ingenio en otra letura que redunde en

aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todavía,

llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y de

caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallará

verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo

Lusitania; un César, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; un

conde Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fernández,

Andalucía; un Diego García de Paredes, Estremadura; un Garci Pérez de

Vargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo; un don Manuel de León, Sevilla, cuya

leción de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar y

admirar a los más altos ingenios que los leyeren. Ésta sí será letura digna

del buen entendimiento de vuestra merced, señor don Quijote mío, de la cual

saldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en la

bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sin

cobardía, y todo esto, para honra de Dios, provecho suyo y fama de la

Mancha; do, según he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.

Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo; y,

cuando vio que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado un

buen espacio mirando, le dijo:

— Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado

a querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo,

y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e

inútiles para la república; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en

creerlos, y más mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima

profesión de la caballería andante, que ellos enseñan, negándome que no ha

habido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros

caballeros de que las escrituras están llenas.

— Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando —dijo a

está sazón el canónigo.

A lo cual respondió don Quijote:

— Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño

tales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, y

que me sería mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros más

verdaderos y que mejor deleitan y enseñan.

— Así es —dijo el canónigo.

— Pues yo —replicó don Quijote— hallo por mi cuenta que el sin juicio y el

encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias

contra una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, que

el que la negase, como vuestra merced la niega, merecía la mesma pena que

vuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porque

querer dar a entender a nadie que Amadís no fue en el mundo, ni todos los

otros caballeros aventureros de que están colmadas las historias, será

querer persuadir que el sol no alumbra, ni el yelo enfría, ni la tierra

sustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir

a otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoña, y lo

de Fierabrás con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo de

Carlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de día? Y si

es mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni la

guerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Artús de

Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su

reino por momentos. Y también se atreverán a decir que es mentirosa la

historia de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que son

apócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo, como los de Ginebra y

Lanzarote, habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña

Quintañona, que fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña.

Y es esto tan ansí, que me acuerdo yo que me decía una mi agüela de partes

de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas: ''Aquélla,

nieto, se parece a la dueña Quintañona''; de donde arguyo yo que la debió

de conocer ella o, por lo menos, debió de alcanzar a ver algún retrato

suyo. Pues, ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y la

linda Magalona, pues aun hasta hoy día se vee en la armería de los reyes la

clavija con que volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valiente

Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Y

junto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está el

cuerno de Roldán, tamaño como una grande viga: de donde se infiere que hubo

Doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros

semejantes,

déstos que dicen las gentes

que a sus aventuras van.

Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el

valiente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en la

ciudad de Ras con el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, y

después, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendo

de entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama; y las aventuras y

desafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles Pedro

Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo por línea recta de

varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo. Niéguenme, asimesmo,

que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, donde

se combatió con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria;

digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del Paso; las

empresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmán, caballero

castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos,

déstos y de los reinos estranjeros, tan auténticas y verdaderas, que torno

a decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.

Admirado quedó el canónigo de oír la mezcla que don Quijote hacía de

verdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosas

tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería; y así, le

respondió:

— No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de lo que

vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros

andantes españoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares de

Francia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el

arzobispo Turpín dellos escribe; porque la verdad dello es que fueron

caballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares por

ser todos iguales en valor, en calidad y en valentía; a lo menos, si no lo

eran, era razón que lo fuesen y era como una religión de las que ahora se

usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesan

han de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y,

como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alcántara, decían en aquel

tiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce iguales los que

para esta religión militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hay

duda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las hazañas que

dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra

merced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la

armería de los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tan

corto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la

clavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.

— Pues allí está, sin duda alguna —replicó don Quijote—; y, por más señas,

dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.

— Todo puede ser —respondió el canónigo—; pero, por las órdenes que recebí,

que no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que está allí, no

por eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tanta

turbamulta de caballeros como por ahí nos cuentan; ni es razón que un

hombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de

tan buen entendimiento, se dé a entender que son verdaderas tantas y tan

estrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros de

caballerías.

Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo

tuvieron, con otros sucesos

— ¡Bueno está eso! —respondió don Quijote—. Los libros que están impresos

con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se

remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes

y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e

ignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo género de

personas, de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser

mentira?; y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el

padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas,

punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo, o caballeros

hicieron. Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y créame que le

aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto), sino léalos, y verá

el gusto que recibe de su leyenda. Si no, dígame: ¿hay mayor contento que

ver, como si dijésemos: aquí ahora se muestra delante de nosotros un gran

lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por él

muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animales

feroces y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima que

dice: ''Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás

mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se

encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su

negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno de ver

las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos de

las siete fadas que debajo desta negregura yacen?'' ¿Y que, apenas el

caballero no ha acabado de oír la voz temerosa, cuando, sin entrar más en

cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun

sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios

y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y, cuando no se cata

ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien

los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece que el cielo

es más transparente, y que el sol luce con claridad más nueva; ofrécesele a

los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles compuesta,

que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y no

aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por

los intricados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas

frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas

y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acullá vee

una artificiosa fuente de jaspe variado y de liso mármol compuesta; acá vee

otra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con

las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden

desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de

contrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte,

imitando a la naturaleza, parece que allí la vence. Acullá de improviso se

le descubre un fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas son de

macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos; finalmente,

él es de tan admirable compostura que, con ser la materia de que está

formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes, de perlas, de

oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura. Y ¿hay más que ver,

después de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un

buen número de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese

ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sería nunca acabar; y

tomar luego la que parecía principal de todas por la mano al atrevido

caballero que se arrojó en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle

palabra, dentro del rico alcázar o castillo, y hacerle desnudar como su

madre le parió, y bañarle con templadas aguas, y luego untarle todo con

olorosos ungüentos, y vestirle una camisa de cendal delgadísimo, toda

olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantón sobre los

hombros, que, por lo menos menos, dicen que suele valer una ciudad, y aun

más? ¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras todo esto, le llevan a

otra sala, donde halla puestas las mesas, con tanto concierto, que queda

suspenso y admirado?; ¿qué, el verle echar agua a manos, toda de ámbar y de

olorosas flores distilada?; ¿qué, el hacerle sentar sobre una silla de

marfil?; ¿qué, verle servir todas las doncellas, guardando un maravilloso

silencio?; ¿qué, el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente

guisados, que no sabe el apetito a cuál deba de alargar la mano? ¿Cuál será

oír la música que en tanto que come suena, sin saberse quién la canta ni

adónde suena? ¿Y, después de la comida acabada y las mesas alzadas,

quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose los

dientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra

mucho más hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado

del caballero, y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél, y de

cómo ella está encantada en él, con otras cosas que suspenden al caballero

y admiran a los leyentes que van leyendo su historia? No quiero alargarme

más en esto, pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se lea,

de cualquiera historia de caballero andante, ha de causar gusto y maravilla

a cualquiera que la leyere. Y vuestra merced créame, y, como otra vez le he

dicho, lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que

tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala. De mí sé decir

que, después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal,

bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de

trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que me vi

encerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi brazo,

favoreciéndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días

verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y

liberalidad que mi pecho encierra. Que, mía fe, señor, el pobre está

inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque

en sumo grado la posea; y el agradecimiento que sólo consiste en el deseo

es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras. Por esto querría que la

fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por

mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de

Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querría

darle un condado que le tengo muchos días ha prometido, sino que temo que

no ha de tener habilidad para gobernar su estado.

Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo, a quien dijo:

— Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme ese condado, tan

prometido de vuestra merced como de mí esperado, que yo le prometo que no

me falte a mí habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he oído

decir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de

los señores, y les dan un tanto cada año, y ellos se tienen cuidado del

gobierno, y el señor se está a pierna tendida, gozando de la renta que le

dan, sin curarse de otra cosa;

y así haré yo, y no repararé en tanto más cuanto, sino que luego me

desistiré de todo, y me gozaré mi renta como un duque, y allá se lo hayan.

— Eso, hermano Sancho —dijo el canónigo—, entiéndese en cuanto al gozar la

renta; empero, al administrar justicia, ha de atender el señor del estado,

y aquí entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena

intención de acertar; que si ésta falta en los principios, siempre irán

errados los medios y los fines; y así suele Dios ayudar al buen deseo del

simple como desfavorecer al malo del discreto.

— No sé esas filosofías —respondió Sancho Panza—; mas sólo sé que tan presto

tuviese yo el condado como sabría regirle; que tanta alma tengo yo como

otro, y tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado como

cada uno del suyo; y, siéndolo, haría lo que quisiese; y, haciendo lo que

quisiese, haría mi gusto; y, haciendo mi gusto, estaría contento; y, en

estando uno contento, no tiene más que desear; y, no teniendo más que

desear, acabóse; y el estado venga, y a Dios y veámonos, como dijo un ciego

a otro.

— No son malas filosofías ésas, como tú dices, Sancho; pero, con todo eso,

hay mucho que decir sobre esta materia de condados.

A lo cual replicó don Quijote:

— Yo no sé que haya más que decir; sólo me guío por el ejemplo que me da el

grande Amadís de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme; y

así, puedo yo, sin escrúpulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, que

es uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.

Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates que don Quijote

había dicho, del modo con que había pintado la aventura del Caballero del

Lago, de la impresión que en él habían hecho las pensadas mentiras de los

libros que había leído; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho,

que con tanto ahínco deseaba alcanzar el condado que su amo le había

prometido.

Ya en esto, volvían los criados del canónigo, que a la venta habían ido por

la acémila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verde

yerba del prado, a la sombra de unos árboles se sentaron, y comieron allí,

porque el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho.

Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de

esquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que allí junto estaban

sonaba, y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas malezas una

hermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ella

venía un cabrero dándole voces, y diciéndole palabras a su uso, para que se

detuviese, o al rebaño volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida,

se vino a la gente, como a favorecerse della, y allí se detuvo. Llegó el

cabrero, y, asiéndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso y

entendimiento, le dijo:

— ¡Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cómo andáis vos estos días de

pie cojo! ¿Qué lobos os espantan, hija? ¿No me diréis qué es esto, hermosa?

Mas ¡qué puede ser sino que sois hembra, y no podéis estar sosegada; que

mal haya vuestra condición, y la de todas aquellas a quien imitáis! Volved,

volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estaréis más segura en

vuestro aprisco, o con vuestras compañeras; que si vos que las habéis de

guardar y encaminar andáis tan sin guía y tan descaminada, ¿en qué podrán

parar ellas?

Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron,

especialmente al canónigo, que le dijo:

— Por vida vuestra, hermano, que os soseguéis un poco y no os acuciéis en

volver tan presto esa cabra a su rebaño; que, pues ella es hembra, como vos

decís, ha de seguir su natural distinto, por más que vos os pongáis a

estorbarlo. Tomad este bocado y bebed una vez, con que templaréis la

cólera, y en tanto, descansará la cabra.

Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo

fiambre, todo fue uno. Tomólo y agradeciólo el cabrero; bebió y sosegóse, y

luego dijo:

— No querría que por haber yo hablado con esta alimaña tan en seso, me

tuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecen

de misterio las palabras que le dije. Rústico soy, pero no tanto que no

entienda cómo se ha de tratar con los hombres y con las bestias.

— Eso creo yo muy bien —dijo el cura—, que ya yo sé de esperiencia que los

montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos.

— A lo menos, señor —replicó el cabrero—, acogen hombres escarmentados; y

para que creáis esta verdad y la toquéis con la mano, aunque parezca que

sin ser rogado me convido, si no os enfadáis dello y queréis, señores, un

breve espacio prestarme oído atento, os contaré una verdad que acredite lo

que ese señor (señalando al cura) ha dicho, y la mía.

A esto respondió don Quijote:

— Por ver que tiene este caso un no sé qué de sombra de aventura de

caballería, yo, por mi parte, os oiré, hermano, de muy buena gana, y así lo

harán todos estos señores, por lo mucho que tienen de discretos y de ser

amigos de curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan los

sentidos, como, sin duda, pienso que lo ha de hacer vuestro cuento.

Comenzad, pues, amigo, que todos escucharemos.

— Saco la mía —dijo Sancho—; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada,

donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir a mi señor don

Quijote que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se le

ofreciere, hasta no poder más, a causa que se les suele ofrecer entrar

acaso por una selva tan intricada que no aciertan a salir della en seis

días; y si el hombre no va harto, o bien proveídas las alforjas, allí se

podrá quedar, como muchas veces se queda, hecho carne momia.

— Tú estás en lo cierto, Sancho —dijo don Quijote—: vete adonde quisieres, y

come lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y sólo me falta dar al

alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento deste buen hombre.

— Así las daremos todos a las nuestras —dijo el canónigo.

Y luego, rogó al cabrero que diese principio a lo que prometido había. El

cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernos

tenía, diciéndole:

— Recuéstate junto a mí, Manchada, que tiempo nos queda para volver a

nuestro apero.

Parece que lo entendió la cabra, porque, en sentándose su dueño, se tendió

ella junto a él con mucho sosiego, y, mirándole al rostro, daba a entender

que estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenzó su

historia desta manera:

Capítulo LI. Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban

a don Quijote

— «Tres leguas deste valle está una aldea que, aunque pequeña, es de las más

ricas que hay en todos estos contornos; en la cual había un labrador muy

honrado, y tanto, que, aunque es anexo al ser rico el ser honrado, más lo

era él por la virtud que tenía que por la riqueza que alcanzaba. Mas lo que

le hacía más dichoso, según él decía, era tener una hija de tan estremada

hermosura, rara discreción, donaire y virtud, que el que la conocía y la

miraba se admiraba de ver las estremadas partes con que el cielo y la

naturaleza la habían enriquecido. Siendo niña fue hermosa, y siempre fue

creciendo en belleza, y en la edad de diez y seis años fue hermosísima. La

fama de su belleza se comenzó a estender por todas las circunvecinas

aldeas, ¿qué digo yo por las circunvecinas no más, si se estendió a las

apartadas ciudades, y aun se entró por las salas de los reyes, y por los

oídos de todo género de gente; que, como a cosa rara, o como a imagen de

milagros, de todas partes a verla venían? Guardábala su padre, y guardábase

ella; que no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una

doncella que las del recato proprio.

»La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a muchos, así del

pueblo como forasteros, a que por mujer se la pidiesen; mas él, como a

quien tocaba disponer de tan rica joya, andaba confuso, sin saber

determinarse a quién la entregaría de los infinitos que le importunaban. Y,

entre los muchos que tan buen deseo tenían, fui yo uno, a quien dieron

muchas y grandes esperanzas de buen suceso conocer que el padre conocía

quien yo era, el ser natural del mismo pueblo, limpio en sangre, en la edad

floreciente, en la hacienda muy rico y en el ingenio no menos acabado. Con

todas estas mismas partes la pidió también otro del mismo pueblo, que fue

causa de suspender y poner en balanza la voluntad del padre, a quien

parecía que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien empleada; y, por

salir desta confusión, determinó decírselo a Leandra, que así se llama la

rica que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos éramos

iguales, era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su

gusto: cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren

poner en estado: no digo yo que los dejen escoger en cosas ruines y malas,

sino que se las propongan buenas, y de las buenas, que escojan a su gusto.

No sé yo el que tuvo Leandra; sólo sé que el padre nos entretuvo a

entrambos con la poca edad de su hija y con palabras generales, que ni le

obligaban, ni nos desobligaba tampoco. Llámase mi competidor Anselmo, y yo

Eugenio, porque vais con noticia de los nombres de las personas que en esta

tragedia se contienen, cuyo fin aún está pendiente; pero bien se deja

entender que será desastrado.

»En esta sazón, vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un

pobre labrador del mismo lugar; el cual Vicente venía de las Italias, y de

otras diversas partes, de ser soldado. Llevóle de nuestro lugar, siendo

muchacho de hasta doce años, un capitán que con su compañía por allí acertó

a pasar, y volvió el mozo de allí a otros doce, vestido a la soldadesca,

pintado con mil colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de

acero. Hoy se ponía una gala y mañana otra; pero todas sutiles, pintadas,

de poco peso y menos tomo. La gente labradora, que de suyo es maliciosa, y

dándole el ocio lugar es la misma malicia, lo notó, y contó punto por punto

sus galas y preseas, y halló que los vestidos eran tres, de diferentes

colores, con sus ligas y medias; pero él hacía tantos guisados e

invenciones dellas, que si no se los contaran, hubiera quien jurara que

había hecho muestra de más de diez pares de vestidos y de más de veinte

plumajes. Y no parezca impertinencia y demasía esto que de los vestidos voy

contando, porque ellos hacen una buena parte en esta historia.

»Sentábase en un poyo que debajo de un gran álamo está en nuestra plaza, y

allí nos tenía a todos la boca abierta, pendientes de las hazañas que nos

iba contando. No había tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni

batalla donde no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene

Marruecos y Túnez, y entrado en más singulares desafíos, según él decía,

que Gante y Luna, Diego García de Paredes y otros mil que nombraba; y de

todos había salido con vitoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota

de sangre. Por otra parte, mostraba señales de heridas que, aunque no se

divisaban, nos hacía entender que eran arcabuzazos dados en diferentes

rencuentros y faciones. Finalmente, con una no vista arrogancia, llamaba de

vos a sus iguales y a los mismos que le conocían, y decía que su padre era

su brazo, su linaje, sus obras, y que debajo de ser soldado, al mismo rey

no debía nada. Añadiósele a estas arrogancias ser un poco músico y tocar

una guitarra a lo rasgado, de manera que decían algunos que la hacía

hablar; pero no pararon aquí sus gracias, que también la tenía de poeta, y

así, de cada niñería que pasaba en el pueblo, componía un romance de legua

y media de escritura.

»Este soldado, pues, que aquí he pintado, este Vicente de la Rosa, este

bravo, este galán, este músico, este poeta fue visto y mirado muchas veces

de Leandra, desde una ventana de su casa que tenía la vista a la plaza.

Enamoróla el oropel de sus vistosos trajes, encantáronla sus romances, que

de cada uno que componía daba veinte traslados, llegaron a sus oídos las

hazañas que él de sí mismo había referido, y, finalmente, que así el diablo

lo debía de tener ordenado, ella se vino a enamorar dél, antes que en él

naciese presunción de solicitalla. Y, como en los casos de amor no hay

ninguno que con más facilidad se cumpla que aquel que tiene de su parte el

deseo de la dama, con facilidad se concertaron Leandra y Vicente; y,

primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen en la cuenta de su

deseo, ya ella le tenía cumplido, habiendo dejado la casa de su querido y

amado padre, que madre no la tiene, y ausentádose de la aldea con el

soldado, que salió con más triunfo desta empresa que de todas las muchas

que él se aplicaba.

»Admiró el suceso a toda el aldea, y aun a todos los que dél noticia

tuvieron; yo quedé suspenso, Anselmo, atónito, el padre triste, sus

parientes afrentados, solícita la justicia, los cuadrilleros listos;

tomáronse los caminos, escudriñáronse los bosques y cuanto había, y, al

cabo de tres días, hallaron a la antojadiza Leandra en una cueva de un

monte, desnuda en camisa, sin muchos dineros y preciosísimas joyas que de

su casa había sacado. Volviéronla a la presencia del lastimado padre;

preguntáronle su desgracia; confesó sin apremio que Vicente de la Roca la

había engañado, y debajo de su palabra de ser su esposo la persuadió que

dejase la casa de su padre; que él la llevaría a la más rica y más viciosa

ciudad que había en todo el universo mundo, que era Nápoles; y que ella,

mal advertida y peor engañada, le había creído; y, robando a su padre, se

le entregó la misma noche que había faltado; y que él la llevó a un áspero

monte, y la encerró en aquella cueva donde la habían hallado. Contó también

como el soldado, sin quitalle su honor, le robó cuanto tenía, y la dejó en

aquella cueva y se fue: suceso que de nuevo puso en admiración a todos.

»Duro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirmó con

tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase,

no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues le habían dejado a

su hija con la joya que, si una vez se pierde, no deja esperanza de que

jamás se cobre. El mismo día que pareció Leandra la despareció su padre de

nuestros ojos, y la llevó a encerrar en un monesterio de una villa que está

aquí cerca, esperando que el tiempo gaste alguna parte de la mala opinión

en que su hija se puso. Los pocos años de Leandra sirvieron de disculpa de

su culpa, a lo menos con aquellos que no les iba algún interés en que ella

fuese mala o buena; pero los que conocían su discreción y mucho

entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pecado, sino a su desenvoltura

y a la natural inclinación de las mujeres, que, por la mayor parte, suele

ser desatinada y mal compuesta.

»Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos sin

tener cosa que mirar que contento le diese; los míos en tinieblas, sin luz

que a ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de Leandra,

crecía nuestra tristeza, apocábase nuestra paciencia, maldecíamos las galas

del soldado y abominábamos del poco recato del padre de Leandra.

Finalmente, Anselmo y yo nos concertamos de dejar el aldea y venirnos a

este valle, donde él, apacentando una gran cantidad de ovejas suyas

proprias, y yo un numeroso rebaño de cabras, también mías, pasamos la vida

entre los árboles, dando vado a nuestras pasiones, o cantando juntos

alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra, o suspirando solos y a solas

comunicando con el cielo nuestras querellas.

»A imitación nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se han

venido a estos ásperos montes, usando el mismo ejercicio nuestro; y son

tantos, que parece que este sitio se ha convertido en la pastoral Arcadia,

según está colmo de pastores y de apriscos, y no hay parte en él donde no

se oiga el nombre de la hermosa Leandra. Éste la maldice y la llama

antojadiza, varia y deshonesta; aquél la condena por fácil y ligera; tal la

absuelve y perdona, y tal la justicia y vitupera; uno celebra su hermosura,

otro reniega de su condición, y, en fin, todos la deshonran, y todos la

adoran, y de todos se estiende a tanto la locura, que hay quien se queje de

desdén sin haberla jamás hablado, y aun quien se lamente y sienta la

rabiosa enfermedad de los celos, que ella jamás dio a nadie; porque, como

ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay hueco de peña,

ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté ocupada de algún pastor

que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de Leandra

dondequiera que pueda formarse: Leandra resuenan los montes, Leandra

murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados,

esperando sin esperanza y temiendo sin saber de qué tememos. Entre estos

disparatados, el que muestra que menos y más juicio tiene es mi competidor

Anselmo, el cual, teniendo tantas otras cosas de que quejarse, sólo se

queja de ausencia; y al son de un rabel, que admirablemente toca, con

versos donde muestra su buen entendimiento, cantando se queja. Yo sigo otro

camino más fácil, y a mi parecer el más acertado, que es decir mal de la

ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato, de sus

promesas muertas, de su fe rompida, y, finalmente, del poco discurso que

tienen en saber colocar sus pensamientos e intenciones que tienen.» Y ésta

fue la ocasión, señores, de las palabras y razones que dije a esta cabra

cuando aquí llegué; que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor

de todo mi apero. Ésta es la historia que prometí contaros; si he sido en

el contarla prolijo, no seré en serviros corto: cerca de aquí tengo mi

majada, y en ella tengo fresca leche y muy sabrosísimo queso, con otras

varias y sazonadas frutas, no menos a la vista que al gusto agradables.

Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la

rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a costa de su

sudor

General gusto causó el cuento del cabrero a todos los que escuchado le

habían; especialmente le recibió el canónigo, que con estraña curiosidad

notó la manera con que le había contado, tan lejos de parecer rústico

cabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y así, dijo que había

dicho muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados. Todos se

ofrecieron a Eugenio; pero el que más se mostró liberal en esto fue don

Quijote, que le dijo:

— Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder

comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque vos

la tuviérades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin duda alguna,

debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de

cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para que

hiciérades della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las

leyes de la caballería, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho

desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Señor que no ha de

poder tanto la fuerza de un encantador malicioso, que no pueda más la de

otro encantador mejor intencionado, y para entonces os prometo mi favor y

ayuda, como me obliga mi profesión, que no es otra si no es favorecer a los

desvalidos y menesterosos.

Miróle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura,

admiróse y preguntó al barbero, que cerca de sí tenía:

— Señor, ¿quién es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?

— ¿Quién ha de ser —respondió el barbero— sino el famoso don Quijote de la

Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las

doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?

— Eso me semeja —respondió el cabrero— a lo que se lee en los libros de

caballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre vuestra merced

dice; puesto que para mí tengo, o que vuestra merced se burla, o que este

gentil hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.

— Sois un grandísimo bellaco —dijo a esta sazón don Quijote—; y vos sois el

vacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy

hideputa puta que os parió.

Y, diciendo y haciendo, arrebató de un pan que junto a sí tenía, y dio con

él al cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remachó las

narices; mas el cabrero, que no sabía de burlas, viendo con cuántas veras

le maltrataban, sin tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni a

todos aquellos que comiendo estaban, saltó sobre don Quijote, y, asiéndole

del cuello con entrambas manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no

llegara en aquel punto, y le asiera por las espaldas y diera con él encima

de la mesa, quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendo

cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudió a subirse

sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de

Sancho, andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para hacer alguna

sanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo y el cura; mas el

barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote,

sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobre

caballero llovía tanta sangre como del suyo.

Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de

gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en

pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba, porque no se

podía desasir de un criado del canónigo, que le estorbaba que a su amo no

ayudase.

En resolución, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes

que se carpían, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizo

volver los rostros hacia donde les pareció que sonaba; pero el que más se

alborotó de oírle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del

cabrero, harto contra su voluntad y más que medianamente molido, le dijo:

— Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido

valor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas, no más

de por una hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros

oídos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.

El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego, y

don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se

oía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de

blanco, a modo de diciplinantes.

Era el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra, y

por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y

diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les

lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que allí junto estaba

venía en procesión a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle

había.

Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes, sin pasarle

por la memoria las muchas veces que los había de haber visto, se imaginó

que era cosa de aventura, y que a él solo tocaba, como a caballero andante,

el acometerla; y confirmóle más esta imaginación pensar que una imagen que

traían cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban por

fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cayó

en las mientes, con gran ligereza arremetió a Rocinante, que paciendo

andaba, quitándole del arzón el freno y el adarga, y en un punto le

enfrenó, y, pidiendo a Sancho su espada, subió sobre Rocinante y embrazó su

adarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes estaban:

— Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el mundo

caballeros que profesen la orden de la andante caballería; agora digo que

veredes, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si se

han de estimar los caballeros andantes.

Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no las

tenía, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta

verdadera historia que jamás la diese Rocinante, se fue a encontrar con los

diciplinantes, bien que fueran el cura y el canónigo y barbero a detenelle;

mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le

daba, diciendo:

— ¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que le

incitan a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que aquélla

es procesión de diciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre la

peana es la imagen benditísima de la Virgen sin mancilla; mire, señor, lo

que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.

Fatigóse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los

ensabanados y en librar a la señora enlutada, que no oyó palabra; y, aunque

la oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Llegó, pues, a la

procesión, y paró a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco,

y, con turbada y ronca voz, dijo:

— Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros, atended y

escuchad lo que deciros quiero.

Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno de

los cuatro clérigos que cantaban las ledanías, viendo la estraña catadura

de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa que

notó y descubrió en don Quijote, le respondió diciendo:

— Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque se van

estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razón que nos

detengamos a oír cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras se

diga.

— En una lo diré —replicó don Quijote—, y es ésta: que luego al punto dejéis

libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan claras

muestras que la lleváis contra su voluntad y que algún notorio desaguisado

le habedes fecho; y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantes

agravios, no consentiré que un solo paso adelante pase sin darle la deseada

libertad que merece.

En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote debía de

ser algún hombre loco, y tomáronse a reír muy de gana; cuya risa fue poner

pólvora a la cólera de don Quijote, porque, sin decir más palabra, sacando

la espada, arremetió a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejando

la carga a sus compañeros, salió al encuentro de don Quijote, enarbolando

una horquilla o bastón con que sustentaba las andas en tanto que

descansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada que le tiró don

Quijote, con que se la hizo dos partes, con el último tercio, que le quedó

en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismo

lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana fuerza, que

el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado.

Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viéndole caído, dio voces

a su moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero

encantado, que no había hecho mal a nadie en todos los días de su vida.

Mas, lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver

que don Quijote no bullía pie ni mano; y así, creyendo que le había muerto,

con priesa se alzó la túnica a la cinta, y dio a huir por la campaña como

un gamo.

Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde él

estaba; y más los de la procesión, que los vieron venir corriendo, y con

ellos los cuadrilleros con sus ballestas, temieron algún mal suceso, y

hiciéronse todos un remolino alrededor de la imagen; y, alzados los

capirotes, empuñando las diciplinas, y los clérigos los ciriales, esperaban

el asalto con determinación de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a

sus acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque

Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su señor,

haciendo sobre él el más doloroso y risueño llanto del mundo, creyendo que

estaba muerto.

El cura fue conocido de otro cura que en la procesión venía, cuyo

conocimiento puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones. El

primer cura dio al segundo, en dos razones, cuenta de quién era don

Quijote, y así él como toda la turba de los diciplinantes fueron a ver si

estaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con lágrimas

en los ojos, decía:

— ¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrera

de tus tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de

toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará

lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías!

¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de

servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh

humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de

peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los

buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero

andante, que es todo lo que decir se puede!

Con las voces y gemidos de Sancho revivió don Quijote, y la primer palabra

que dijo fue:

— El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias que

éstas está sujeto. Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro

encantado, que ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengo

todo este hombro hecho pedazos.

— Eso haré yo de muy buena gana, señor mío —respondió Sancho—, y volvamos a

mi aldea en compañía destos señores, que su bien desean, y allí daremos

orden de hacer otra salida que nos sea de más provecho y fama.

— Bien dices, Sancho —respondió don Quijote—, y será gran prudencia dejar

pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre.

El canónigo y el cura y barbero le dijeron que haría muy bien en hacer lo

que decía; y así, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades de

Sancho Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venía. La

procesión volvió a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se

despidió de todos; los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura

les pagó lo que se les debía. El canónigo pidió al cura le avisase el

suceso de don Quijote, si sanaba de su locura o si proseguía en ella, y con

esto tomó licencia para seguir su viaje. En fin, todos se dividieron y

apartaron, quedando solos el cura y barbero, don Quijote y Panza, y el

bueno de Rocinante, que a todo lo que había visto estaba con tanta

paciencia como su amo.

El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, y

con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de

seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad

del día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por

mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo

que en el carro venía, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron

maravillados, y un muchacho acudió corriendo a dar las nuevas a su ama y a

su sobrina de que su tío y su señor venía flaco y amarillo, y tendido sobre

un montón de heno y sobre un carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír los

gritos que las dos buenas señoras alzaron, las bofetadas que se dieron, las

maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerías; todo

lo cual se renovó cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas.

A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho Panza,

que ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero, y, así

como vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno el

asno. Sancho respondió que venía mejor que su amo.

— Gracias sean dadas a Dios —replicó ella—, que tanto bien me ha hecho; pero

contadme agora, amigo: ¿qué bien habéis sacado de vuestras escuderías?,

¿qué saboyana me traes a mí?, ¿qué zapaticos a vuestros hijos?

— No traigo nada deso —dijo Sancho—, mujer mía, aunque traigo otras cosas de

más momento y consideración.

— Deso recibo yo mucho gusto —respondió la mujer—; mostradme esas cosas de

más consideración y más momento, amigo mío, que las quiero ver, para que se

me alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos los

siglos de vuestra ausencia.

— En casa os las mostraré, mujer —dijo Panza—, y por agora estad contenta,

que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar

aventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no de

las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse.

— Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos menester. Mas,

decidme: ¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?

— No es la miel para la boca del asno —respondió Sancho—; a su tiempo lo

verás, mujer, y aun te admirarás de oírte llamar Señoría de todos tus

vasallos.

— ¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? —respondió

Juana Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran

parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de

sus maridos.

— No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo

verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa

más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero

andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no

salen tan a gusto como el hombre querría, porque de ciento que se

encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de

expiriencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero,

con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes,

escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas

a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maravedí.

Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, en

tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, y

le tendieron en su antiguo lecho. Mirábalas él con ojos atravesados, y no

acababa de entender en qué parte estaba. El cura encargó a la sobrina

tuviese gran cuenta con regalar a su tío, y que estuviesen alerta de que

otra vez no se les escapase, contando lo que había sido menester para

traelle a su casa. Aquí alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; allí

se renovaron las maldiciones de los libros de caballerías, allí pidieron al

cielo que confundiese en el centro del abismo a los autores de tantas

mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y temerosas de

que se habían de ver sin su amo y tío en el mesmo punto que tuviese alguna

mejoría; y sí fue como ellas se lo imaginaron.

Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha

buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido

hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas; sólo la fama

ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vez

que salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas

que en aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor

y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna,

ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo

médico que tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, se

había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se

renovaba; en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con

letras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sus

hazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la

figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del

mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y

costumbres.

Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone el

fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide a

los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir y

buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el

mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que

tan validos andan en el mundo; que con esto se tendrá por bien pagado y

satisfecho, y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo

menos de tanta invención y pasatiempo.

Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló en

la caja de plomo eran éstas:

LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA,

LUGAR DE LA MANCHA,

EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO

DON QUIJOTE DE LA MANCHA,

Don Quijote · 第 70 / 114 题