Capítulo XXXV. Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente

Poco más quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchón donde

reposaba don Quijote salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:

— Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la más

reñida y trabada batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios, que ha dado

una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que le

ha tajado la cabeza, cercen a cercen, como si fuera un nabo!

— ¿Qué dices, hermano? —dijo el cura, dejando de leer lo que de la novela

quedaba—. ¿Estáis en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que decís,

estando el gigante dos mil leguas de aquí?

En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decía a

voces:

— ¡Tente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo, y no te ha de valer

tu cimitarra!

Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:

— No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o a

ayudar a mi amo; aunque ya no será menester, porque, sin duda alguna, el

gigante está ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida, que

yo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caída a un lado,

que es tamaña como un gran cuero de vino.

— Que me maten —dijo a esta sazón el ventero— si don Quijote, o don diablo,

no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su

cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece

sangre a este buen hombre.

Y, con esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a don

Quijote en el más estraño traje del mundo: estaba en camisa, la cual no era

tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrás

tenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de

vello y no nada limpias; tenía en la cabeza un bonetillo colorado,

grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenía revuelta la

manta de la cama, con quien tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien el

porqué; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba

cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente

estuviera peleando con algún gigante. Y es lo bueno que no tenía los ojos

abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el

gigante; que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba a

fenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón, y

que ya estaba en la pelea con su enemigo. Y había dado tantas cuchilladas

en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento

estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo que

arremetió con don Quijote, y a puño cerrado le comenzó a dar tantos golpes

que si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara la guerra del

gigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta que

el barbero trujo un gran caldero de agua fría del pozo y se le echó por

todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote; mas no con tanto

acuerdo que echase de ver de la manera que estaba.

Dorotea, que vio cuán corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar a

ver la batalla de su ayudador y de su contrario.

Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como no

la hallaba, dijo:

— Ya yo sé que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en este

mesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos,

sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parece

por aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangre

corría del cuerpo como de una fuente.

— ¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? —dijo el

ventero—. ¿No vees, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa que

estos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en este

aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó?

— No sé nada —respondió Sancho—; sólo sé que vendré a ser tan desdichado

que, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal

en el agua.

Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían las

promesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba de ver la

flema del escudero y el maleficio del señor, y juraba que no había de ser

como la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le habían de

valer los previlegios de su caballería para dejar de pagar lo uno y lo

otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habían de echar a

los rotos cueros.

Tenía el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya había

acabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se

hincó de rodillas delante del cura, diciendo:

— Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa señora, vivir, de hoy más,

segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo también, de

hoy más, soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda del alto

Dios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la he

cumplido.

— ¿No lo dije yo? —dijo oyendo esto Sancho—. Sí que no estaba yo borracho:

¡mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! ¡Ciertos son los toros:

mi condado está de molde!

¿Quién no había de reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos

reían sino el ventero, que se daba a Satanás. Pero, en fin, tanto hicieron

el barbero, Cardenio y el cura que, con no poco trabajo, dieron con don

Quijote en la cama, el cual se quedó dormido, con muestras de grandísimo

cansancio. Dejáronle dormir, y saliéronse al portal de la venta a consolar

a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque más

tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por la

repentina muerte de sus cueros. Y la ventera decía en voz y en grito:

— En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante,

que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasada

se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para él y

para su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era caballero

aventurero (que mala ventura le dé Dios a él y a cuantos aventureros hay en

el mundo) y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que así estaba

escrito en los aranceles de la caballería andantesca. Y ahora, por su

respeto, vino estotro señor y me llevó mi cola, y hámela vuelto con más de

dos cuartillos de daño, toda pelada, que no puede servir para lo que la

quiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, romperme mis cueros y

derramarme mi vino; que derramada le vea yo su sangre. ¡Pues no se piense;

que, por los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo han

de pagar un cuarto sobre otro, o no me llamaría yo como me llamo ni sería

hija de quien soy!

Estas y otras razones tales decía la ventera con grande enojo, y ayudábala

su buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando se

sonreía. El cura lo sosegó todo, prometiendo de satisfacerles su pérdida lo

mejor que pudiese, así de los cueros como del vino, y principalmente del

menoscabo de la cola, de quien tanta cuenta hacían. Dorotea consoló a

Sancho Panza diciéndole que cada y cuando que pareciese haber sido verdad

que su amo hubiese descabezado al gigante, le prometía, en viéndose

pacífica en su reino, de darle el mejor condado que en él hubiese.

Consolóse con esto Sancho, y aseguró a la princesa que tuviese por cierto

que él había visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía una

barba que le llegaba a la cintura; y que si no parecía, era porque todo

cuanto en aquella casa pasaba era por vía de encantamento, como él lo había

probado otra vez que había posado en ella. Dorotea dijo que así lo creía, y

que no tuviese pena, que todo se haría bien y sucedería a pedir de boca.

Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio que

faltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los demás le rogaron la acabase.

Él, que a todos quiso dar gusto, y por el que él tenía de leerla, prosiguió

el cuento, que así decía:

«Sucedió, pues, que, por la satisfación que Anselmo tenía de la bondad de

Camila, vivía una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria, hacía

mal rostro a Lotario, porque Anselmo entendiese al revés de la voluntad que

le tenía; y, para más confirmación de su hecho, pidió licencia Lotario para

no venir a su casa, pues claramente se mostraba la pesadumbre que con su

vista Camila recebía; mas el engañado Anselmo le dijo que en ninguna manera

tal hiciese. Y, desta manera, por mil maneras era Anselmo el fabricador de

su deshonra, creyendo que lo era de su gusto.

»En esto, el que tenía Leonela de verse cualificada, no de con sus amores,

llegó a tanto que, sin mirar a otra cosa, se iba tras él a suelta rienda,

fiada en que su señora la encubría, y aun la advertía del modo que con poco

recelo pudiese ponerle en ejecución. En fin, una noche sintió Anselmo pasos

en el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quién los daba, sintió

que le detenían la puerta, cosa que le puso más voluntad de abrirla; y

tanta fuerza hizo, que la abrió, y entró dentro a tiempo que vio que un

hombre saltaba por la ventana a la calle; y, acudiendo con presteza a

alcanzarle o conocerle, no pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque Leonela

se abrazó con él, diciéndole:

»—Sosiégate, señor mío, y no te alborotes, ni sigas al que de aquí saltó;

es cosa mía, y tanto, que es mi esposo.

»No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sacó la daga y quiso

herir a Leonela, diciéndole que le dijese la verdad, si no, que la mataría.

Ella, con el miedo, sin saber lo que se decía, le dijo:

»—No me mates, señor, que yo te diré cosas de más importancia de las que

puedes imaginar.

»—Dilas luego —dijo Anselmo—; si no, muerta eres.

»—Por ahora será imposible —dijo Leonela—, según estoy de turbada; déjame

hasta mañana, que entonces sabrás de mí lo que te ha de admirar; y está

seguro que el que saltó por esta ventana es un mancebo desta ciudad, que me

ha dado la mano de ser mi esposo.

»Sosegóse con esto Anselmo y quiso aguardar el término que se le pedía,

porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese, por estar de su bondad

tan satisfecho y seguro; y así, se salió del aposento y dejó encerrada en

él a Leonela, diciéndole que de allí no saldría hasta que le dijese lo que

tenía que decirle.

»Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, todo aquello que con

su doncella le había pasado, y la palabra que le había dado de decirle

grandes cosas y de importancia. Si se turbó Camila o no, no hay para qué

decirlo, porque fue tanto el temor que cobró, creyendo verdaderamente —y

era de creer— que Leonela había de decir a Anselmo todo lo que sabía de su

poca fe, que no tuvo ánimo para esperar si su sospecha salía falsa o no. Y

aquella mesma noche, cuando le pareció que Anselmo dormía, juntó las

mejores joyas que tenía y algunos dineros, y, sin ser de nadie sentida,

salió de casa y se fue a la de Lotario, a quien contó lo que pasaba, y le

pidió que la pusiese en cobro, o que se ausentasen los dos donde de Anselmo

pudiesen estar seguros. La confusión en que Camila puso a Lotario fue tal,

que no le sabía responder palabra, ni menos sabía resolverse en lo que

haría.

»En fin, acordó de llevar a Camila a un monesterio, en quien era priora una

su hermana. Consintió Camila en ello, y, con la presteza que el caso pedía,

la llevó Lotario y la dejó en el monesterio, y él, ansimesmo, se ausentó

luego de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia.

»Cuando amaneció, sin echar de ver Anselmo que Camila faltaba de su lado,

con el deseo que tenía de saber lo que Leonela quería decirle, se levantó y

fue adonde la había dejado encerrada. Abrió y entró en el aposento, pero no

halló en él a Leonela: sólo halló puestas unas sábanas añudadas a la

ventana, indicio y señal que por allí se había descolgado e ido. Volvió

luego muy triste a decírselo a Camila, y, no hallándola en la cama ni en

toda la casa, quedó asombrado.Preguntó a los criados de casa por ella, pero

nadie le supo dar razón de lo que pedía.

»Acertó acaso, andando a buscar a Camila, que vio sus cofres abiertos y que

dellos faltaban las más de sus joyas, y con esto acabó de caer en la cuenta

de su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura. Y, ansí

como estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuenta

de su desdicha a su amigo Lotario. Mas, cuando no le halló, y sus criados

le dijeron que aquella noche había faltado de casa y había llevado consigo

todos los dineros que tenía, pensó perder el juicio. Y, para acabar de

concluir con todo, volviéndose a su casa, no halló en ella ninguno de

cuantos criados ni criadas tenía, sino la casa desierta y sola.

»No sabía qué pensar, qué decir, ni qué hacer, y poco a poco se le iba

volviendo el juicio. Contemplábase y mirábase en un instante sin mujer, sin

amigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubría, y

sobre todo sin honra, porque en la falta de Camila vio su perdición.

»Resolvióse, en fin, a cabo de una gran pieza, de irse a la aldea de su

amigo, donde había estado cuando dio lugar a que se maquinase toda aquella

desventura. Cerró las puertas de su casa, subió a caballo, y con desmayado

aliento se puso en camino; y, apenas hubo andado la mitad, cuando, acosado

de sus pensamientos, le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a un

árbol, a cuyo tronco se dejó caer, dando tiernos y dolorosos suspiros, y

allí se estuvo hasta casi que anochecía; y aquella hora vio que venía un

hombre a caballo de la ciudad, y, después de haberle saludado, le preguntó

qué nuevas había en Florencia. El ciudadano respondió:

»—Las más estrañas que muchos días ha se han oído en ella; porque se dice

públicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico, que vivía

a San Juan, se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampoco

parece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que anoche la halló el

gobernador descolgándose con una sábana por las ventanas de la casa de

Anselmo. En efeto, no sé puntualmente cómo pasó el negocio; sólo sé que

toda la ciudad está admirada deste suceso, porque no se podía esperar tal

hecho de la mucha y familiar amistad de los dos, que dicen que era tanta,

que los llamaban los dos amigos.

»—¿Sábese, por ventura —dijo Anselmo—, el camino que llevan Lotario y

Camila?

»—Ni por pienso —dijo el ciudadano—, puesto que el gobernador ha usado de

mucha diligencia en buscarlos

»—A Dios vais, señor —dijo Anselmo.

»—Con Él quedéis —respondió el ciudadano, y fuese.

»Con tan desdichadas nuevas, casi casi llegó a términos Anselmo, no sólo de

perder el juicio, sino de acabar la vida. Levantóse como pudo y llegó a

casa de su amigo, que aún no sabía su desgracia; mas, como le vio llegar

amarillo, consumido y seco, entendió que de algún grave mal venía fatigado.

Pidió luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen aderezo de escribir.

Hízose así, y dejáronle acostado y solo, porque él así lo quiso, y aun que

le cerrasen la puerta. Viéndose, pues, solo, comenzó a cargar tanto la

imaginación de su desventura, que claramente conoció que se le iba acabando

la vida; y así, ordenó de dejar noticia de la causa de su estraña muerte;

y, comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo que quería, le

faltó el aliento y dejó la vida en las manos del dolor que le causó su

curiosidad impertinente.

»Viendo el señor de casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba, acordó

de entrar a saber si pasaba adelante su indisposición, y hallóle tendido

boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete,

sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y él tenía aún la

pluma en la mano. Llegóse el huésped a él, habiéndole llamado primero; y,

trabándole por la mano, viendo que no le respondía y hallándole frío, vio

que estaba muerto. Admiróse y congojóse en gran manera, y llamó a la gente

de casa para que viesen la desgracia a Anselmo sucedida; y, finalmente,

leyó el papel, que conoció que de su mesma mano estaba escrito, el cual

contenía estas razones:

Un necio e impertinente deseo me quitó la vida. Si las nuevas de mi muerte

llegaren a los oídos de Camila, sepa que yo la perdono, porque no estaba

ella obligada a hacer milagros, ni yo tenía necesidad de querer que ella

los hiciese; y, pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay para

qué...

»Hasta aquí escribió Anselmo, por donde se echó de ver que en aquel punto,

sin poder acabar la razón, se le acabó la vida. Otro día dio aviso su amigo

a los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya sabían su desgracia,

y el monesterio donde Camila estaba, casi en el término de acompañar a su

esposo en aquel forzoso viaje, no por las nuevas del muerto esposo, mas por

las que supo del ausente amigo. Dícese que, aunque se vio viuda, no quiso

salir del monesterio, ni, menos, hacer profesión de monja, hasta que, no de

allí a muchos días, le vinieron nuevas que Lotario había muerto en una

batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capitán Gonzalo

Fernández de Córdoba en el reino de Nápoles, donde había ido a parar el

tarde arrepentido amigo; lo cual sabido por Camila, hizo profesión, y acabó

en breves días la vida a las rigurosas manos de tristezas y melancolías.

Éste fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado principio.»

— Bien —dijo el cura— me parece esta novela, pero no me puedo persuadir que

esto sea verdad; y si es fingido, fingió mal el autor, porque no se puede

imaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experiencia

como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galán y una dama, pudiérase

llevar, pero entre marido y mujer, algo tiene del imposible; y, en lo que

toca al modo de contarle, no me descontenta.

Capítulo XXXVI. Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote

tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta

le sucedieron

Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:

— Esta que viene es una hermosa tropa de huéspedes: si ellos paran aquí,

gaudeamus tenemos.

— ¿Qué gente es? —dijo Cardenio.

— Cuatro hombres —respondió el ventero— vienen a caballo, a la jineta, con

lanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una

mujer vestida de blanco, en un sillón, ansimesmo cubierto el rostro, y

otros dos mozos de a pie.

— ¿Vienen muy cerca? —preguntó el cura.

— Tan cerca —respondió el ventero—, que ya llegan.

Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro, y Cardenio se entró en el

aposento de don Quijote; y casi no habían tenido lugar para esto, cuando

entraron en la venta todos los que el ventero había dicho; y, apeándose los

cuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposición eran, fueron a

apear a la mujer que en el sillón venía; y, tomándola uno dellos en sus

brazos, la sentó en una silla que estaba a la entrada del aposento donde

Cardenio se había escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos se

habían quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; sólo que, al

sentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dejó caer los

brazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron los

caballos a la caballeriza.

Viendo esto el cura, deseoso de saber qué gente era aquella que con tal

traje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellos

le preguntó lo que ya deseaba; el cual le respondió:

— Pardiez, señor, yo no sabré deciros qué gente sea ésta; sólo sé que

muestra ser muy principal, especialmente aquel que llegó a tomar en sus

brazos a aquella señora que habéis visto; y esto dígolo porque todos los

demás le tienen respeto, y no se hace otra cosa más de la que él ordena y

manda.

— Y la señora, ¿quién es? —preguntó el cura.

— Tampoco sabré decir eso —respondió el mozo—, porque en todo el camino no

la he visto el rostro; suspirar sí la he oído muchas veces, y dar unos

gemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es de

maravillar que no sepamos más de lo que habemos dicho, porque mi compañero

y yo no ha más de dos días que los acompañamos; porque, habiéndolos

encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que viniésemos con

ellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien.

— ¿Y habéis oído nombrar a alguno dellos? —preguntó el cura.

— No, por cierto —respondió el mozo—, porque todos caminan con tanto

silencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que los

suspiros y sollozos de la pobre señora, que nos mueven a lástima; y sin

duda tenemos creído que ella va forzada dondequiera que va, y, según se

puede colegir por su hábito, ella es monja, o va a serlo, que es lo más

cierto, y quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, va

triste, como parece.

— Todo podría ser —dijo el cura.

Y, dejándolos, se volvió adonde estaba Dorotea, la cual, como había oído

suspirar a la embozada, movida de natural compasión, se llegó a ella y le

dijo:

— ¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es alguno de quien las mujeres

suelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco una

buena voluntad de serviros.

A todo esto callaba la lastimada señora; y, aunque Dorotea tornó con

mayores ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta que llegó el

caballero embozado que dijo el mozo que los demás obedecían, y dijo a

Dorotea:

— No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por

costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que os

responda, si no queréis oír alguna mentira de su boca.

— Jamás la dije —dijo a esta sazón la que hasta allí había estado callando—;

antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora en

tanta desventura; y desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mi

pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.

Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba

tan junto de quien las decía que sola la puerta del aposento de don Quijote

estaba en medio; y, así como las oyó, dando una gran voz dijo:

— ¡Válgame Dios! ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado a

mis oídos?

Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y, no

viendo quién las daba, se levantó en pie y fuese a entrar en el aposento;

lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A

ella, con la turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán con que traía

cubierto el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostro

milagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andaba

rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahínco,

que parecía persona fuera de juicio; cuyas señales, sin saber por qué las

hacía, pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban. Teníala el

caballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado en

tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le caía, como, en

efeto, se le cayó del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada con

la señora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposo

don Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo íntimo de

sus entrañas un luengo y tristísimo ''¡ay!'', se dejó caer de espaldas

desmayada; y, a no hallarse allí junto el barbero, que la recogió en los

brazos, ella diera consigo en el suelo.

Acudió luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro,

y así como la descubrió la conoció don Fernando, que era el que estaba

abrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque dejase,

con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de

sus brazos; la cual había conocido en el suspiro a Cardenio, y él la había

conocido a ella. Oyó asimesmo Cardenio el ¡ay! que dio Dorotea cuando se

cayó desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, salió del aposento

despavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que tenía abrazada a

Luscinda. También don Fernando conoció luego a Cardenio; y todos tres,

Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber lo

que les había acontecido.

Callaban todos y mirábanse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando a

Cardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien primero

rompió el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:

— Dejadme, señor don Fernando, por lo que debéis a ser quien sois, ya que

por otro respeto no lo hagáis; dejadme llegar al muro de quien yo soy

yedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestras

importunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras dádivas.

Notad cómo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha

puesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sabéis por mil costosas

experiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria.

Sean, pues, parte tan claros desengaños para que volváis, ya que no podáis

hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme con

él la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo, la daré por

bien empleada: quizá con mi muerte quedará satisfecho de la fe que le

mantuve hasta el último trance de la vida.

Había en este entretanto vuelto Dorotea en sí, y había estado escuchando

todas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento de

quién ella era; que, viendo que don Fernando aún no la dejaba de los

brazos, ni respondía a sus razones, esforzándose lo más que pudo, se

levantó y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando mucha

cantidad de hermosas y lastimeras lágrimas, así le comenzó a decir:

— Si ya no es, señor mío, que los rayos deste sol que en tus brazos

eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado de

ver que la que a tus pies está arrodillada es la sin ventura, hasta que tú

quieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quien

tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder

llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivió

vida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer,

justos y amorosos sentimientos, abrió las puertas de su recato y te entregó

las llaves de su libertad: dádiva de ti tan mal agradecida, cual lo muestra

bien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verte

yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querría que cayese

en tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos de mi deshonra,

habiéndome traído sólo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada.

Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera que, aunque ahora

quieras que no lo sea, no será posible que tú dejes de ser mío. Mira, señor

mío, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejas

la incomparable voluntad que te tengo. Tú no puedes ser de la hermosa

Luscinda, porque eres mío, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; y

más fácil te será, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quien

te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. Tú

solicitaste mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no ignoraste mi

calidad, tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad: no

te queda lugar ni acogida de llamarte a engaño. Y si esto es así, como lo

es, y tú eres tan cristiano como caballero, ¿por qué por tantos rodeos

dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en los

principios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera y

legítima esposa, quiéreme, a lo menos, y admíteme por tu esclava; que, como

yo esté en tu poder, me tendré por dichosa y bien afortunada. No permitas,

con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra;

no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales servicios

que, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te parece

que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mía, considera que

pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este

camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso en

las ilustres decendencias; cuanto más, que la verdadera nobleza consiste en

la virtud, y si ésta a ti te falta, negándome lo que tan justamente me

debes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes. En fin,

señor, lo que últimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tu

esposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, si

ya es que te precias de aquello por que me desprecias; testigo será la

firma que hiciste, y testigo el cielo, a quien tú llamaste por testigo de

lo que me prometías. Y, cuando todo esto falte, tu misma conciencia no ha

de faltar de dar voces callando en mitad de tus alegrías, volviendo por

esta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y contentos.

Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento y

lágrimas, que los mismos que acompañaban a don Fernando, y cuantos

presentes estaban, la acompañaron en ellas. Escuchóla don Fernando sin

replicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantos

sollozos y suspiros, que bien había de ser corazón de bronce el que con

muestras de tanto dolor no se enterneciera. Mirándola estaba Luscinda, no

menos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreción y

hermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas palabras de

consuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la tenían.

El cual, lleno de confusión y espanto, al cabo de un buen espacio que

atentamente estuvo mirando a Dorotea, abrió los brazos y, dejando libre a

Luscinda, dijo:

— Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo para

negar tantas verdades juntas.

Con el desmayo que Luscinda había tenido, así como la dejó don Fernando,

iba a caer en el suelo; mas, hallándose Cardenio allí junto, que a las

espaldas de don Fernando se había puesto porque no le conociese,

prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudió a sostener a

Luscinda, y, cogiéndola entre sus brazos, le dijo:

— Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas algún descanso, leal,

firme y hermosa señora mía, en ninguna parte creo yo que le tendrás más

seguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo te

recibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mía.

A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzado

a conocerle, primero por la voz, y asegurándose que él era con la vista,

casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ningún honesto respeto, le echó

los brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:

— Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva, aunque

más lo impida la contraria suerte, y, aunque más amenazas le hagan a esta

vida que en la vuestra se sustenta.

Estraño espectáculo fue éste para don Fernando y para todos los

circunstantes, admirándose de tan no visto suceso. Parecióle a Dorotea que

don Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de querer

vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en la

espada; y, así como lo pensó, con no vista presteza se abrazó con él por

las rodillas, besándoselas y teniéndole apretado, que no le dejaba mover,

y, sin cesar un punto de sus lágrimas, le decía:

— ¿Qué es lo que piensas hacer, único refugio mío, en este tan impensado

trance? Tú tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea está

en los brazos de su marido. Mira si te estará bien o te será posible

deshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendrá querer levantar a

igualar a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en su

verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, bañados de licor

amoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es te

ruego, y por quien tú eres te suplico, que este tan notorio desengaño no

sólo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal manera, que con

quietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sin

impedimiento tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere concedérsele; y en

esto mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundo

que tiene contigo más fuerza la razón que el apetito.

En tanto que esto decía Dorotea, aunque Cardenio tenía abrazada a Luscinda,

no quitaba los ojos de don Fernando, con determinación de que, si le viese

hacer algún movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender como

mejor pudiese a todos aquellos que en su daño se mostrasen, aunque le

costase la vida. Pero a esta sazón acudieron los amigos de don Fernando, y

el cura y el barbero, que a todo habían estado presentes, sin que faltase

el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplicándole

tuviese por bien de mirar las lágrimas de Dorotea; y que, siendo verdad,

como sin duda ellos creían que lo era, lo que en sus razones había dicho,

que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Que

considerase que, no acaso, como parecía, sino con particular providencia

del cielo, se habían todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba; y

que advirtiese —dijo el cura— que sola la muerte podía apartar a Luscinda

de Cardenio; y, aunque los dividiesen filos de alguna espada, ellos

tendrían por felicísima su muerte; y que en los lazos inremediables era

suma cordura, forzándose y venciéndose a sí mismo, mostrar un generoso

pecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos gozasen el bien que el

cielo ya les había concedido; que pusiese los ojos ansimesmo en la beldad

de Dorotea, y vería que pocas o ninguna se le podían igualar, cuanto más

hacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su humildad y el estremo del

amor que le tenía; y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba de

caballero y de cristiano, que no podía hacer otra cosa que cumplille la

palabra dada, y que, cumpliéndosela, cumpliría con Dios y satisfaría a las

gentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de la

hermosura, aunque esté en sujeto humilde, como se acompañe con la

honestidad, poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota de

menoscabo del que la levanta e iguala a sí mismo; y, cuando se cumplen las

fuertes leyes del gusto, como en ello no intervenga pecado, no debe de ser

culpado el que las sigue.

En efeto, a estas razones añadieron todos otras, tales y tantas, que el

valeroso pecho de don Fernando (en fin, como alimentado con ilustre sangre)

se ablandó y se dejó vencer de la verdad, que él no pudiera negar aunque

quisiera; y la señal que dio de haberse rendido y entregado al buen parecer

que se le había propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, diciéndole:

— Levantaos, señora mía, que no es justo que esté arrodillada a mis pies la

que yo tengo en mi alma; y si hasta aquí no he dado muestras de lo que

digo, quizá ha sido por orden del cielo, para que, viendo yo en vos la fe

con que me amáis, os sepa estimar en lo que merecéis. Lo que os ruego es

que no me reprehendáis mi mal término y mi mucho descuido, pues la misma

ocasión y fuerza que me movió para acetaros por mía, esa misma me impelió

para procurar no ser vuestro. Y que esto sea verdad, volved y mirad los

ojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallaréis disculpa de todos mis

yerros; y, pues ella halló y alcanzó lo que deseaba, y yo he hallado en vos

lo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos y felices años con su

Cardenio, que yo rogaré al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.

Y, diciendo esto, la tornó a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, con

tan tierno sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que las

lágrimas no acabasen de dar indubitables señas de su amor y

arrepentimiento. No lo hicieron así las de Luscinda y Cardenio, y aun las

de casi todos los que allí presentes estaban, porque comenzaron a derramar

tantas, los unos de contento proprio y los otros del ajeno, que no parecía

sino que algún grave y mal caso a todos había sucedido. Hasta Sancho Panza

lloraba, aunque después dijo que no lloraba él sino por ver que Dorotea no

era, como él pensaba, la reina Micomicona, de quien él tantas mercedes

esperaba. Duró algún espacio, junto con el llanto, la admiración en todos,

y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de rodillas ante don

Fernando, dándole gracias de la merced que les había hecho con tan corteses

razones, que don Fernando no sabía qué responderles; y así, los levantó y

abrazó con muestras de mucho amor y de mucha cortesía.

Preguntó luego a Dorotea le dijese cómo había venido a aquel lugar tan

lejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, contó todo lo que

antes había contado a Cardenio, de lo cual gustó tanto don Fernando y los

que con él venían, que quisieran que durara el cuento más tiempo: tanta era

la gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, así como hubo

acabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le había acontecido después

que halló el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser esposa de

Cardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo hiciera si de

sus padres no fuera impedido; y que así, se salió de su casa, despechado y

corrido, con determinación de vengarse con más comodidad; y que otro día

supo como Luscinda había faltado de casa de sus padres, sin que nadie

supiese decir dónde se había ido, y que, en resolución, al cabo de algunos

meses vino a saber como estaba en un monesterio, con voluntad de quedarse

en él toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que, así como lo

supo, escogiendo para su compañía aquellos tres caballeros, vino al lugar

donde estaba, a la cual no había querido hablar, temeroso que, en sabiendo

que él estaba allí, había de haber más guarda en el monesterio; y así,

aguardando un día a que la portería estuviese abierta, dejó a los dos a la

guarda de la puerta, y él, con otro, habían entrado en el monesterio

buscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con una

monja; y, arrebatándola, sin darle lugar a otra cosa, se habían venido con

ella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester para

traella. Todo lo cual habían podido hacer bien a su salvo, por estar el

monesterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que, así como

Luscinda se vio en su poder, perdió todos los sentidos; y que, después de

vuelta en sí, no había hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablar

palabra alguna; y que así, acompañados de silencio y de lágrimas, habían

llegado a aquella venta, que para él era haber llegado al cielo, donde se

rematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra.

Capítulo XXXVII. Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona,

con otras graciosas aventuras

Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su ánima, viendo que se

le desparecían e iban en humo las esperanzas de su ditado, y que la linda

princesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en don

Fernando, y su amo se estaba durmiendo a sueño suelto, bien descuidado de

todo lo sucedido. No se podía asegurar Dorotea si era soñado el bien que

poseía. Cardenio estaba en el mismo pensamiento, y el de Luscinda corría

por la misma cuenta. Don Fernando daba gracias al cielo por la merced

recebida y haberle sacado de aquel intricado laberinto, donde se hallaba

tan a pique de perder el crédito y el alma; y, finalmente, cuantos en la

venta estaban, estaban contentos y gozosos del buen suceso que habían

tenido tan trabados y desesperados negocios.

Todo lo ponía en su punto el cura, como discreto, y a cada uno daba el

parabién del bien alcanzado; pero quien más jubilaba y se contentaba era la

ventera, por la promesa que Cardenio y el cura le habían hecho de pagalle

todos los daños e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesen

venido. Sólo Sancho, como ya se ha dicho, era el afligido, el desventurado

y el triste; y así, con malencónico semblante, entró a su amo, el cual

acababa de despertar, a quien dijo:

— Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo que

quisiere, sin cuidado de matar a ningún gigante, ni de volver a la princesa

su reino: que ya todo está hecho y concluido.

— Eso creo yo bien —respondió don Quijote—, porque he tenido con el gigante

la más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los días

de mi vida; y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo, y fue

tanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra como si

fueran de agua.

— Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor

— respondió Sancho—, porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo

sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobas

de vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es la puta

que me parió, y llévelo todo Satanás.

— Y ¿qué es lo que dices, loco? —replicó don Quijote—. ¿Estás en tu seso?

— Levántese vuestra merced —dijo Sancho—, y verá el buen recado que ha

hecho, y lo que tenemos que pagar; y verá a la reina convertida en una dama

particular, llamada Dorotea, con otros sucesos que, si cae en ellos, le han

de admirar.

— No me maravillaría de nada deso —replicó don Quijote—, porque, si bien te

acuerdas, la otra vez que aquí estuvimos te dije yo que todo cuanto aquí

sucedía eran cosas de encantamento, y no sería mucho que ahora fuese lo

mesmo.

— Todo lo creyera yo —respondió Sancho—, si también mi manteamiento fuera

cosa dese jaez, mas no lo fue, sino real y verdaderamente; y vi yo que el

ventero que aquí está hoy día tenía del un cabo de la manta, y me empujaba

hacia el cielo con mucho donaire y brío, y con tanta risa como fuerza; y

donde interviene conocerse las personas, tengo para mí, aunque simple y

pecador, que no hay encantamento alguno, sino mucho molimiento y mucha mala

ventura.

— Ahora bien, Dios lo remediará —dijo don Quijote—. Dame de vestir y déjame

salir allá fuera, que quiero ver los sucesos y transformaciones que dices.

Diole de vestir Sancho, y, en el entretanto que se vestía, contó el cura a

don Fernando y a los demás las locuras de don Quijote, y del artificio que

habían usado para sacarle de la Peña Pobre, donde él se imaginaba estar por

desdenes de su señora. Contóles asimismo casi todas las aventuras que

Sancho había contado, de que no poco se admiraron y rieron, por parecerles

lo que a todos parecía: ser el más estraño género de locura que podía caber

en pensamiento desparatado. Dijo más el cura: que, pues ya el buen suceso

de la señora Dorotea impidía pasar con su disignio adelante, que era

menester inventar y hallar otro para poderle llevar a su tierra. Ofrecióse

Cardenio de proseguir lo comenzado, y que Luscinda haría y representaría la

persona de Dorotea.

— No —dijo don Fernando—, no ha de ser así: que yo quiero que Dorotea

prosiga su invención; que, como no sea muy lejos de aquí el lugar deste

buen caballero, yo holgaré de que se procure su remedio.

— No está más de dos jornadas de aquí.

— Pues, aunque estuviera más, gustara yo de caminallas, a trueco de hacer

tan buena obra.

Salió, en esto, don Quijote, armado de todos sus pertrechos, con el yelmo,

aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela y

arrimado a su tronco o lanzón. Suspendió a don Fernando y a los demás la

estraña presencia de don Quijote, viendo su rostro de media legua de

andadura, seco y amarillo, la desigualdad de sus armas y su mesurado

continente, y estuvieron callando hasta ver lo que él decía, el cual, con

mucha gravedad y reposo, puestos los ojos en la hermosa Dorotea, dijo:

— Estoy informado, hermosa señora, deste mi escudero que la vuestra grandeza

se ha aniquilado, y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y gran

señora que solíades ser os habéis vuelto en una particular doncella. Si

esto ha sido por orden del rey nigromante de vuestro padre, temeroso que yo

no os diese la necesaria y debida ayuda, digo que no supo ni sabe de la

misa la media, y que fue poco versado en las historias caballerescas,

porque si él las hubiera leído y pasado tan atentamente y con tanto espacio

como yo las pasé y leí, hallara a cada paso cómo otros caballeros de menor

fama que la mía habían acabado cosas más dificultosas, no siéndolo mucho

matar a un gigantillo, por arrogante que sea; porque no ha muchas horas que

yo me vi con él, y... quiero callar, porque no me digan que miento; pero el

tiempo, descubridor de todas las cosas, lo dirá cuando menos lo pensemos.

— Vístesos vos con dos cueros, que no con un gigante —dijo a esta sazón el

ventero.

Al cual mandó don Fernando que callase y no interrumpiese la plática de don

Quijote en ninguna manera; y don Quijote prosiguió diciendo:

— Digo, en fin, alta y desheredada señora, que si por la causa que he dicho

vuestro padre ha hecho este metamorfóseos en vuestra persona, que no le

deis crédito alguno, porque no hay ningún peligro en la tierra por quien no

se abra camino mi espada, con la cual, poniendo la cabeza de vuestro

enemigo en tierra, os pondré a vos la corona de la vuestra en la cabeza en

breves días.

No dijo más don Quijote, y esperó a que la princesa le respondiese, la

cual, como ya sabía la determinación de don Fernando de que se prosiguiese

adelante en el engaño hasta llevar a su tierra a don Quijote, con mucho

donaire y gravedad, le respondió:

— Quienquiera que os dijo, valeroso caballero de la Triste Figura, que yo me

había mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma que

ayer fui me soy hoy. Verdad es que alguna mudanza han hecho en mí ciertos

acaecimientos de buena ventura, que me la han dado la mejor que yo pudiera

desearme, pero no por eso he dejado de ser la que antes y de tener los

mesmos pensamientos de valerme del valor de vuestro valeroso e invenerable

brazo que siempre he tenido. Así que, señor mío, vuestra bondad vuelva la

honra al padre que me engendró, y téngale por hombre advertido y prudente,

pues con su ciencia halló camino tan fácil y tan verdadero para remediar mi

desgracia; que yo creo que si por vos, señor, no fuera, jamás acertara a

tener la ventura que tengo; y en esto digo tanta verdad como son buenos

testigos della los más destos señores que están presentes. Lo que resta es

que mañana nos pongamos en camino, porque ya hoy se podrá hacer poca

jornada, y en lo demás del buen suceso que espero, lo dejaré a Dios y al

valor de vuestro pecho.

Esto dijo la discreta Dorotea, y, en oyéndolo don Quijote, se volvió a

Sancho, y, con muestras de mucho enojo, le dijo:

— Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España.

Dime, ladrón vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta princesa se

había vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que

entiendo que corté a un gigante era la puta que te parió, con otros

disparates que me pusieron en la mayor confusión que jamás he estado en

todos los días de mi vida? ¡Voto... —y miró al cielo y apretó los dientes—

que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la mollera a todos

cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes, de aquí

adelante, en el mundo!

— Vuestra merced se sosiegue, señor mío —respondió Sancho—, que bien podría

ser que yo me hubiese engañado en lo que toca a la mutación de la señora

princesa Micomicona; pero, en lo que toca a la cabeza del gigante, o, a lo

menos, a la horadación de los cueros y a lo de ser vino tinto la sangre, no

me engaño, ¡vive Dios!, porque los cueros allí están heridos, a la cabecera

del lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene hecho un lago el

aposento; y si no, al freír de los huevos lo verá; quiero decir que lo verá

cuando aquí su merced del señor ventero le pida el menoscabo de todo. De lo

demás, de que la señora reina se esté como se estaba, me regocijo en el

alma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino.

— Ahora yo te digo, Sancho —dijo don Quijote—, que eres un mentecato; y

perdóname, y basta.

— Basta —dijo don Fernando—, y no se hable más en esto; y, pues la señora

princesa dice que se camine mañana, porque ya hoy es tarde, hágase así, y

esta noche la podremos pasar en buena conversación hasta el venidero día,

donde todos acompañaremos al señor don Quijote, porque queremos ser

testigos de las valerosas e inauditas hazañas que ha de hacer en el

discurso desta grande empresa que a su cargo lleva.

— Yo soy el que tengo de serviros y acompañaros —respondió don Quijote—, y

agradezco mucho la merced que se me hace y la buena opinión que de mí se

tiene, la cual procuraré que salga verdadera, o me costará la vida, y aun

más, si más costarme puede.

Muchas palabras de comedimiento y muchos ofrecimientos pasaron entre don

Quijote y don Fernando; pero a todo puso silencio un pasajero que en

aquella sazón entró en la venta, el cual en su traje mostraba ser cristiano

recién venido de tierra de moros, porque venía vestido con una casaca de

paño azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los calzones

eran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color; traía unos

borceguíes datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahelí que le

atravesaba el pecho. Entró luego tras él, encima de un jumento, una mujer a

la morisca vestida, cubierto el rostro con una toca en la cabeza; traía un

bonetillo de brocado, y vestida una almalafa, que desde los hombros a los

pies la cubría. Era el hombre de robusto y agraciado talle, de edad de poco

más de cuarenta años, algo moreno de rostro, largo de bigotes y la barba

muy bien puesta. En resolución, él mostraba en su apostura que si estuviera

bien vestido, le juzgaran por persona de calidad y bien nacida.

Pidió, en entrando, un aposento, y, como le dijeron que en la venta no le

había, mostró recebir pesadumbre; y, llegándose a la que en el traje

parecía mora, la apeó en sus brazos. Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija

y Maritornes, llevadas del nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon a

la mora, y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta,

pareciéndole que así ella como el que la traía se congojaban por la falta

del aposento, le dijo:

— No os dé mucha pena, señora mía, la incomodidad de regalo que aquí falta,

pues es proprio de ventas no hallarse en ellas; pero, con todo esto, si

gustáredes de pasar con nosotras —señalando a Luscinda—, quizá en el

discurso de este camino habréis hallado otros no tan buenos acogimientos.

No respondió nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse de

donde sentado se había, y, puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho,

inclinada la cabeza, dobló el cuerpo en señal de que lo agradecía. Por su

silencio imaginaron que, sin duda alguna, debía de ser mora, y que no sabía

hablar cristiano. Llegó, en esto, el cautivo, que entendiendo en otra cosa

hasta entonces había estado, y, viendo que todas tenían cercada a la que

con él venía, y que ella a cuanto le decían callaba, dijo:

— Señoras mías, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni sabe hablar otra

ninguna sino conforme a su tierra, y por esto no debe de haber respondido,

ni responde, a lo que se le ha preguntado.

— No se le pregunta otra cosa ninguna —respondió Luscinda— sino ofrecelle

por esta noche nuestra compañía y parte del lugar donde nos acomodáremos,

donde se le hará el regalo que la comodidad ofreciere, con la voluntad que

obliga a servir a todos los estranjeros que dello tuvieren necesidad,

especialmente siendo mujer a quien se sirve.

— Por ella y por mí —respondió el captivo— os beso, señora mía, las manos, y

estimo mucho y en lo que es razón la merced ofrecida; que en tal ocasión, y

de tales personas como vuestro parecer muestra, bien se echa de ver que ha

de ser muy grande.

— Decidme, señor —dijo Dorotea—: ¿esta señora es cristiana o mora? Porque el

traje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querríamos que fuese.

— Mora es en el traje y en el cuerpo, pero en el alma es muy grande

cristiana, porque tiene grandísimos deseos de serlo.

— Luego, ¿no es baptizada? —replicó Luscinda.

— No ha habido lugar para ello —respondió el captivo— después que salió de

Argel, su patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro de

muerte tan cercana que obligase a baptizalla sin que supiese primero todas

las ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda; pero Dios será

servido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su persona

merece, que es más de lo que muestra su hábito y el mío.

Con estas razones puso gana en todos los que escuchándole estaban de

saber quién fuese la mora y el captivo, pero nadie se lo quiso preguntar

por entonces, por ver que aquella sazón era más para procurarles descanso

que para preguntarles sus vidas. Dorotea la tomó por la mano y la llevó a

sentar junto a sí, y le rogó que se quitase el embozo. Ella miró al

cautivo, como si le preguntara le dijese lo que decían y lo que ella haría.

Él, en lengua arábiga, le dijo que le pedían se quitase el embozo, y que lo

hiciese; y así, se lo quitó, y descubrió un rostro tan hermoso que Dorotea

la tuvo por más hermosa que a Luscinda, y Luscinda por más hermosa que a

Dorotea, y todos los circustantes conocieron que si alguno se podría

igualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que le

aventajaron en alguna cosa. Y, como la hermosura tenga prerrogativa y

gracia de reconciliar los ánimos y atraer las voluntades, luego se

rindieron todos al deseo de servir y acariciar a la hermosa mora.

Preguntó don Fernando al captivo cómo se llamaba la mora, el cual respondió

que lela Zoraida; y, así como esto oyó, ella entendió lo que le habían

preguntado al cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja y

donaire:

— ¡No, no Zoraida: María, María! —dando a entender que se llamaba María y no

Zoraida.

Estas palabras, el grande afecto con que la mora las dijo, hicieron

derramar más de una lágrima a algunos de los que la escucharon,

especialmente a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas.

Abrazóla Luscinda con mucho amor, diciéndole:

— Sí, sí: María, María.

A lo cual respondió la mora:

— ¡Sí, sí: María; Zoraida macange! —que quiere decir no.

Ya en esto llegaba la noche, y, por orden de los que venían con don

Fernando, había el ventero puesto diligencia y cuidado en aderezarles de

cenar lo mejor que a él le fue posible. Llegada, pues, la hora, sentáronse

todos a una larga mesa, como de tinelo, porque no la había redonda ni

cuadrada en la venta, y dieron la cabecera y principal asiento, puesto que

él lo rehusaba, a don Quijote, el cual quiso que estuviese a su lado la

señora Micomicona, pues él era su aguardador. Luego se sentaron Luscinda y

Zoraida, y frontero dellas don Fernando y Cardenio, y luego el cautivo y

los demás caballeros, y, al lado de las señoras, el cura y el barbero. Y

así, cenaron con mucho contento, y acrecentóseles más viendo que, dejando

de comer don Quijote, movido de otro semejante espíritu que el que le movió

a hablar tanto como habló cuando cenó con los cabreros, comenzó a decir:

— Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditas

cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, ¿cuál

de los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste castillo

entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que

nosotros somos quien somos? ¿Quién podrá decir que esta señora que está a

mi lado es la gran reina que todos sabemos, y que yo soy aquel Caballero de

la Triste Figura que anda por ahí en boca de la fama? Ahora no hay que

dudar, sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellos

que los hombres inventaron, y tanto más se ha de tener en estima cuanto a

más peligros está sujeto. Quítenseme delante los que dijeren que las letras

hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no

saben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir, y a lo que

ellos más se atienen, es que los trabajos del espíritu exceden a los del

cuerpo, y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su

ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester más de buenas

fuerzas; o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se

encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallos

mucho entendimiento; o como si no trabajase el ánimo del guerrero que tiene

a su cargo un ejército, o la defensa de una ciudad sitiada, así con el

espíritu como con el cuerpo. Si no, véase si se alcanza con las fuerzas

corporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los disignios, las

estratagemas, las dificultades, el prevenir los daños que se temen; que

todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte

alguna el cuerpo. Siendo pues ansí, que las armas requieren espíritu, como

las letras, veamos ahora cuál de los dos espíritus, el del letrado o el del

guerrero, trabaja más. Y esto se vendrá a conocer por el fin y paradero a

que cada uno se encamina, porque aquella intención se ha de estimar en más

que tiene por objeto más noble fin. Es el fin y paradero de las letras...,

y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar

las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se le

puede igualar; hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto

la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer

que las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto y digno

de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas

atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien

que los hombres pueden desear en esta vida. Y así, las primeras buenas

nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los

ángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires:

''Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra, a los hombres de buena

voluntad''; y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cielo

enseñó a sus allegados y favoridos, fue decirles que cuando entrasen en

alguna casa, dijesen: ''Paz sea en esta casa''; y otras muchas veces les

dijo: ''Mi paz os doy, mi paz os dejo: paz sea con vosotros'', bien como

joya y prenda dada y dejada de tal mano; joya que sin ella, en la tierra ni

en el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la

guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta

verdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja al

fin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a

los del profesor de las armas, y véase cuáles son mayores.

De tal manera, y por tan buenos términos, iba prosiguiendo en su plática

don Quijote que obligó a que, por entonces, ninguno de los que escuchándole

estaban le tuviese por loco; antes, como todos los más eran caballeros, a

quien son anejas las armas, le escuchaban de muy buena gana; y él prosiguió

diciendo:

— Digo, pues, que los trabajos del estudiante son éstos: principalmente

pobreza (no porque todos sean pobres, sino por poner este caso en todo el

estremo que pueda ser); y, en haber dicho que padece pobreza, me parece que

no había que decir más de su mala ventura, porque quien es pobre no tiene

cosa buena. Esta pobreza la padece por sus partes, ya en hambre, ya en

frío, ya en desnudez, ya en todo junto; pero, con todo eso, no es tanta que

no coma, aunque sea un poco más tarde de lo que se usa, aunque sea de las

sobras de los ricos; que es la mayor miseria del estudiante éste que entre

ellos llaman andar a la sopa; y no les falta algún ajeno brasero o

chimenea, que, si no callenta, a lo menos entibie su frío, y, en fin, la

noche duermen debajo de cubierta. No quiero llegar a otras menudencias,

conviene a saber, de la falta de camisas y no sobra de zapatos, la raridad

y poco pelo del vestido, ni aquel ahitarse con tanto gusto, cuando la buena

suerte les depara algún banquete. Por este camino que he pintado, áspero y

dificultoso, tropezando aquí, cayendo allí, levantándose acullá, tornando a

caer acá, llegan al grado que desean; el cual alcanzado, a muchos hemos

visto que, habiendo pasado por estas Sirtes y por estas Scilas y Caribdis,

como llevados en vuelo de la favorable fortuna, digo que los hemos visto

mandar y gobernar el mundo desde una silla, trocada su hambre en hartura,

su frío en refrigerio, su desnudez en galas, y su dormir en una estera en

reposar en holandas y damascos: premio justamente merecido de su virtud.

Pero, contrapuestos y comparados sus trabajos con los del mílite guerrero,

se quedan muy atrás en todo, como ahora diré.

Capítulo XXXVIII. Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de

las armas y las letras

Prosiguiendo don Quijote, dijo:

— Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es

más rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma

pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o

nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y

de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto

acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se

suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa,

con sólo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por

averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que

espere que llegue la noche, para restaurarse de todas estas incomodidades,

en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de

estrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere, y

revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas.

Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su

ejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la

cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrá

pasado las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto

no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo,

podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea

menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de

todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras

veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello: ¿cuán menos son

los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda,

habéis de responder que no tienen comparación, ni se pueden reducir a

cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tres

letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados; porque, de

faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué entretenerse.

Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio.

Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados

que a treinta mil soldados, porque a aquéllos se premian con darles

oficios, que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a éstos no

se pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven; y

esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto

aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la

preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está

por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y,

entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían

sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta

a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A

esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas,

porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos,

se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de

cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos,

las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos

al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y

tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón

averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más.

Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias,

hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras

cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar

uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el

estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada

paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza

puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado,

que, hallándose cercado en alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, en

algún revellín o caballero, siente que los enemigos están minando hacia la

parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir

el peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que puede hacer es dar

noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna

contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente

ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si

éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el de

embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales

enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede

dos pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo que tiene delante

de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de

artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una

lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los

profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido corazón,

llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta

arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo

que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar

hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si éste también

cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin

dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que

se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos

benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos

endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí

que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención,

con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un

valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del

coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una

desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor

que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un

instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.

Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber

tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es

esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone

miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de

quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y

filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el

cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo

que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los

caballeros andantes de los pasados siglos.

Todo este largo preámbulo dijo don Quijote, en tanto que los demás cenaban,

olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le había

dicho Sancho Panza que cenase, que después habría lugar para decir todo lo

que quisiese. En los que escuchado le habían sobrevino nueva lástima de ver

que hombre que, al parecer, tenía buen entendimiento y buen discurso en

todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente, en

tratándole de su negra y pizmienta caballería. El cura le dijo que tenía

mucha razón en todo cuanto había dicho en favor de las armas, y que él,

aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo parecer.

Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y, en tanto que la ventera, su

hija y Maritornes aderezaban el camaranchón de don Quijote de la Mancha,

donde habían determinado que aquella noche las mujeres solas en él se

recogiesen, don Fernando rogó al cautivo les contase el discurso de su

vida, porque no podría ser sino que fuese peregrino y gustoso, según las

muestras que había comenzado a dar, viniendo en compañía de Zoraida. A lo

cual respondió el cautivo que de muy buena gana haría lo que se le mandaba,

y que sólo temía que el cuento no había de ser tal, que les diese el gusto

que él deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar en obedecelle, le

contaría. El cura y todos los demás se lo agradecieron, y de nuevo se lo

rogaron; y él, viéndose rogar de tantos, dijo que no eran menester ruegos

adonde el mandar tenía tanta fuerza.

— Y así, estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero, a

quien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado

artificio suelen componerse.

Con esto que dijo, hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grande

silencio; y él, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese,

con voz agradable y reposada, comenzó a decir desta manera:

Don Quijote · 第 63 / 114 题