»Así como suele decirse que parece mal el ejército sin su general y el
castillo sin su castellano, digo yo que parece muy peor la mujer casada y
moza sin su marido, cuando justísimas ocasiones no lo impiden. Yo me hallo
tan mal sin vos, y tan imposibilitada de no poder sufrir esta ausencia, que
si presto no venís, me habré de ir a entretener en casa de mis padres,
aunque deje sin guarda la vuestra; porque la que me dejastes, si es que
quedó con tal título, creo que mira más por su gusto que por lo que a vos
os toca; y, pues sois discreto, no tengo más que deciros, ni aun es bien
que más os diga.
»Esta carta recibió Anselmo, y entendió por ella que Lotario había ya
comenzado la empresa, y que Camila debía de haber respondido como él
deseaba; y, alegre sobremanera de tales nuevas, respondió a Camila, de
palabra, que no hiciese mudamiento de su casa en modo ninguno, porque él
volvería con mucha brevedad. Admirada quedó Camila de la respuesta de
Anselmo, que la puso en más confusión que primero, porque ni se atrevía a
estar en su casa, ni menos irse a la de sus padres; porque en la quedada
corría peligro su honestidad, y en la ida iba contra el mandamiento de su
esposo.
»En fin, se resolvió en lo que le estuvo peor, que fue en el quedarse, con
determinación de no huir la presencia de Lotario, por no dar que decir a
sus criados; y ya le pesaba de haber escrito lo que escribió a su esposo,
temerosa de que no pensase que Lotario había visto en ella alguna
desenvoltura que le hubiese movido a no guardalle el decoro que debía.
Pero, fiada en su bondad, se fió en Dios y en su buen pensamiento, con que
pensaba resistir callando a todo aquello que Lotario decirle quisiese, sin
dar más cuenta a su marido, por no ponerle en alguna pendencia y trabajo. Y
aun andaba buscando manera como disculpar a Lotario con Anselmo, cuando le
preguntase la ocasión que le había movido a escribirle aquel papel. Con
estos pensamientos, más honrados que acertados ni provechosos, estuvo otro
día escuchando a Lotario, el cual cargó la mano de manera que comenzó a
titubear la firmeza de Camila, y su honestidad tuvo harto que hacer en
acudir a los ojos, para que no diesen muestra de alguna amorosa compasión
que las lágrimas y las razones de Lotario en su pecho habían despertado.
Todo esto notaba Lotario, y todo le encendía.
»Finalmente, a él le pareció que era menester, en el espacio y lugar que
daba la ausencia de Anselmo, apretar el cerco a aquella fortaleza. Y así,
acometió a su presunción con las alabanzas de su hermosura, porque no hay
cosa que más presto rinda y allane las encastilladas torres de la vanidad
de las hermosas que la mesma vanidad, puesta en las lenguas de la
adulación. En efecto, él, con toda diligencia, minó la roca de su entereza,
con tales pertrechos que, aunque Camila fuera toda de bronce, viniera al
suelo. Lloró, rogó, ofreció, aduló, porfió, y fingió Lotario con tantos
sentimientos, con muestras de tantas veras, que dio al través con el recato
de Camila y vino a triunfar de lo que menos se pensaba y más deseaba.
»Rindióse Camila, Camila se rindió; pero, ¿qué mucho, si la amistad de
Lotario no quedó en pie? Ejemplo claro que nos muestra que sólo se vence la
pasión amorosa con huilla, y que nadie se ha de poner a brazos con tan
poderoso enemigo, porque es menester fuerzas divinas para vencer las suyas
humanas. Sólo supo Leonela la flaqueza de su señora, porque no se la
pudieron encubrir los dos malos amigos y nuevos amantes. No quiso Lotario
decir a Camila la pretensión de Anselmo, ni que él le había dado lugar para
llegar a aquel punto, porque no tuviese en menos su amor y pensase que así,
acaso y sin pensar, y no de propósito, la había solicitado.
»Volvió de allí a pocos días Anselmo a su casa, y no echó de ver lo que
faltaba en ella, que era lo que en menos tenía y más estimaba. Fuese luego
a ver a Lotario, y hallóle en su casa; abrazáronse los dos, y el uno
preguntó por las nuevas de su vida o de su muerte.
»—Las nuevas que te podré dar, ¡oh amigo Anselmo! —dijo Lotario—, son de
que tienes una mujer que dignamente puede ser ejemplo y corona de todas las
mujeres buenas. Las palabras que le he dicho se las ha llevado el aire, los
ofrecimientos se han tenido en poco, las dádivas no se han admitido, de
algunas lágrimas fingidas mías se ha hecho burla notable. En resolución,
así como Camila es cifra de toda belleza, es archivo donde asiste la
honestidad y vive el comedimiento y el recato, y todas las virtudes que
pueden hacer loable y bien afortunada a una honrada mujer. Vuelve a tomar
tus dineros, amigo, que aquí los tengo, sin haber tenido necesidad de tocar
a ellos; que la entereza de Camila no se rinde a cosas tan bajas como son
dádivas ni promesas. Conténtate, Anselmo, y no quieras hacer más pruebas de
las hechas; y, pues a pie enjuto has pasado el mar de las dificultades y
sospechas que de las mujeres suelen y pueden tenerse, no quieras entrar de
nuevo en el profundo piélago de nuevos inconvenientes, ni quieras hacer
experiencia con otro piloto de la bondad y fortaleza del navío que el cielo
te dio en suerte para que en él pasases la mar deste mundo, sino haz cuenta
que estás ya en seguro puerto, y aférrate con las áncoras de la buena
consideración, y déjate estar hasta que te vengan a pedir la deuda que no
hay hidalguía humana que de pagarla se escuse.
»Contentísimo quedó Anselmo de las razones de Lotario, y así se las creyó
como si fueran dichas por algún oráculo. Pero, con todo eso, le rogó que no
dejase la empresa, aunque no fuese más de por curiosidad y entretenimiento,
aunque no se aprovechase de allí adelante de tan ahincadas diligencias como
hasta entonces; y que sólo quería que le escribiese algunos versos en su
alabanza, debajo del nombre de Clori, porque él le daría a entender a
Camila que andaba enamorado de una dama, a quien le había puesto aquel
nombre por poder celebrarla con el decoro que a su honestidad se le debía;
y que, cuando Lotario no quisiera tomar trabajo de escribir los versos, que
él los haría.
»—No será menester eso —dijo Lotario—, pues no me son tan enemigas las
musas que algunos ratos del año no me visiten. Dile tú a Camila lo que has
dicho del fingimiento de mis amores, que los versos yo los haré; si no tan
buenos como el subjeto merece, serán, por lo menos, los mejores que yo
pudiere.
»Quedaron deste acuerdo el impertinente y el traidor amigo; y, vuelto
Anselmo a su casa, preguntó a Camila lo que ella ya se maravillaba que no
se lo hubiese preguntado: que fue que le dijese la ocasión por que le había
escrito el papel que le envió. Camila le respondió que le había parecido
que Lotario la miraba un poco más desenvueltamente que cuando él estaba en
casa; pero que ya estaba desengañada y creía que había sido imaginación
suya, porque ya Lotario huía de vella y de estar con ella a solas. Díjole
Anselmo que bien podía estar segura de aquella sospecha, porque él sabía
que Lotario andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad, a
quien él celebraba debajo del nombre de Clori, y que, aunque no lo
estuviera, no había que temer de la verdad de Lotario y de la mucha amistad
de entrambos. Y, a no estar avisada Camila de Lotario de que eran fingidos
aquellos amores de Clori, y que él se lo había dicho a Anselmo por poder
ocuparse algunos ratos en las mismas alabanzas de Camila, ella, sin duda,
cayera en la desesperada red de los celos; mas, por estar ya advertida,
pasó aquel sobresalto sin pesadumbre.
»Otro día, estando los tres sobre mesa, rogó Anselmo a Lotario dijese
alguna cosa de las que había compuesto a su amada Clori; que, pues Camila
no la conocía, seguramente podía decir lo que quisiese.
»—Aunque la conociera —respondió Lotario—, no encubriera yo nada, porque
cuando algún amante loa a su dama de hermosa y la nota de cruel, ningún
oprobrio hace a su buen crédito. Pero, sea lo que fuere, lo que sé decir,
que ayer hice un soneto a la ingratitud desta Clori, que dice ansí:
Soneto
En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.
Y, al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales,
voy la antigua querella renovando.
Y cuando el sol, de su estrellado asiento,
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y doblo los gemidos.
Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo, en mi mortal porfía,
al cielo, sordo; a Clori, sin oídos.
»Bien le pareció el soneto a Camila, pero mejor a Anselmo, pues le alabó, y
dijo que era demasiadamente cruel la dama que a tan claras verdades no
correspondía. A lo que dijo Camila:
»—Luego, ¿todo aquello que los poetas enamorados dicen es verdad?
»—En cuanto poetas, no la dicen —respondió Lotario—; mas, en cuanto
enamorados, siempre quedan tan cortos como verdaderos.
»—No hay duda deso —replicó Anselmo, todo por apoyar y acreditar los
pensamientos de Lotario con Camila, tan descuidada del artificio de Anselmo
como ya enamorada de Lotario.
»Y así, con el gusto que de sus cosas tenía, y más, teniendo por entendido
que sus deseos y escritos a ella se encaminaban, y que ella era la
verdadera Clori, le rogó que si otro soneto o otros versos sabía, los
dijese:
»—Sí sé —respondió Lotario—, pero no creo que es tan bueno como el primero,
o, por mejor decir, menos malo. Y podréislo bien juzgar, pues es éste: