Cuarta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Capítulo XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y

barbero sucedió en la mesma sierra

Felicísimos y venturosos fueron los tiempos donde se echó al mundo el

audacísimo caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan

honrosa determinación como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya

perdida y casi muerta orden de la andante caballería, gozamos ahora, en

esta nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no sólo de la

dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della,

que, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la

misma historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspado

hilo, cuenta que, así como el cura comenzó a prevenirse para consolar a

Cardenio, lo impidió una voz que llegó a sus oídos, que, con tristes

acentos, decía desta manera:

— ¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de

escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi

voluntad sostengo? Sí será, si la soledad que prometen estas sierras no me

miente. ¡Ay, desdichada, y cuán más agradable compañía harán estos riscos y

malezas a mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comunique

mi desgracia al cielo, que no la de ningún hombre humano, pues no hay

ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio

en las quejas, ni remedio en los males!

Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban,

y por parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron a

buscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detrás de un

peñasco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como

labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba

los pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver por

entonces. Y ellos llegaron con tanto silencio que dél no fueron sentidos,

ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que

no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras

del arroyo se habían nacido. Suspendióles la blancura y belleza de los

pies, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras

el arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño; y así, viendo

que no habían sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo señas a los

otros dos que se agazapasen o escondiesen detrás de unos pedazos de peña

que allí había, y así lo hicieron todos, mirando con atención lo que el

mozo hacía; el cual traía puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy

ceñido al cuerpo con una toalla blanca. Traía, ansimesmo, unos calzones y

polainas de paño pardo, y en la cabeza una montera parda. Tenía las

polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de

blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar los hermosos pies, y luego, con

un paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los limpió; y, al

querer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que mirándole

estaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al cura,

con voz baja:

— Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.

El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte,

se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del

sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador era

mujer, y delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los

dos habían visto, y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido a

Luscinda; que después afirmó que sola la belleza de Luscinda podía

contender con aquélla. Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron

las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no

eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía: tales y tantos

eran. En esto, les sirvió de peine unas manos, que si los pies en el agua

habían parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban

pedazos de apretada nieve; todo lo cual, en más admiración y en más deseo

de saber quién era ponía a los tres que la miraban.

Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron de

ponerse en pie, la hermosa moza alzó la cabeza, y, apartándose los cabellos

de delante de los ojos con entrambas manos, miró los que el ruido hacían; y

apenas los hubo visto, cuando se levantó en pie, y, sin aguardar a calzarse

ni a recoger los cabellos, asió con mucha presteza un bulto, como de ropa,

que junto a sí tenía, y quiso ponerse en huida, llena de turbación y

sobresalto; mas no hubo dado seis pasos cuando, no pudiendo sufrir los

delicados pies la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo. Lo cual

visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue el primero que le dijo:

— Deteneos, señora, quienquiera que seáis, que los que aquí veis sólo tienen

intención de serviros. No hay para qué os pongáis en tan impertinente

huida, porque ni vuestros pies lo podrán sufrir ni nosotros consentir.

A todo esto, ella no respondía palabra, atónita y confusa. Llegaron, pues,

a ella, y, asiéndola por la mano el cura, prosiguió diciendo:

— Lo que vuestro traje, señora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren:

señales claras que no deben de ser de poco momento las causas que han

disfrazado vuestra belleza en hábito tan indigno, y traídola a tanta

soledad como es ésta, en la cual ha sido ventura el hallaros, si no para

dar remedio a vuestros males, a lo menos para darles consejo, pues ningún

mal puede fatigar tanto, ni llegar tan al estremo de serlo, mientras no

acaba la vida, que rehúya de no escuchar siquiera el consejo que con buena

intención se le da al que lo padece. Así que, señora mía, o señor mío, o lo

que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra vista os ha

causado y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en nosotros juntos, o

en cada uno, hallaréis quien os ayude a sentir vuestras desgracias.

En tanto que el cura decía estas razones, estaba la disfrazada moza como

embelesada, mirándolos a todos, sin mover labio ni decir palabra alguna:

bien así como rústico aldeano que de improviso se le muestran cosas raras y

dél jamás vistas. Mas, volviendo el cura a decirle otras razones al mesmo

efeto encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompió el silencio y

dijo:

— Pues que la soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme, ni la

soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa mi

lengua, en balde sería fingir yo de nuevo ahora lo que, si se me creyese,

sería más por cortesía que por otra razón alguna. Presupuesto esto, digo,

señores, que os agradezco el ofrecimiento que me habéis hecho, el cual me

ha puesto en obligación de satisfaceros en todo lo que me habéis pedido,

puesto que temo que la relación que os hiciere de mis desdichas os ha de

causar, al par de la compasión, la pesadumbre, porque no habéis de hallar

remedio para remediarlas ni consuelo para entretenerlas. Pero, con todo

esto, porque no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones, habiéndome

ya conocido por mujer y viéndome moza, sola y en este traje, cosas todas

juntas, y cada una por sí, que pueden echar por tierra cualquier honesto

crédito, os habré de decir lo que quisiera callar si pudiera.

Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer parecía, con tan suelta

lengua, con voz tan suave, que no menos les admiró su discreción que su

hermosura. Y, tornándole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos para

que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse más de rogar, calzándose con

toda honestidad y recogiendo sus cabellos, se acomodó en el asiento de una

piedra, y, puestos los tres alrededor della, haciéndose fuerza por detener

algunas lágrimas que a los ojos se le venían, con voz reposada y clara,

comenzó la historia de su vida desta manera:

— «En esta Andalucía hay un lugar de quien toma título un duque, que le hace

uno de los que llaman grandes en España. Éste tiene dos hijos: el mayor,

heredero de su estado, y, al parecer, de sus buenas costumbres; y el menor,

no sé yo de qué sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los

embustes de Galalón. Deste señor son vasallos mis padres, humildes en

linaje, pero tan ricos que si los bienes de su naturaleza igualaran a los

de su fortuna, ni ellos tuvieran más que desear ni yo temiera verme en la

desdicha en que me veo; porque quizá nace mi poca ventura de la que no

tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan

bajos que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a mí me quiten

la imaginación que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos,

en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante,

y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero tan ricos que su

riqueza y magnífico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de

hidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza y nobleza que

ellos se preciaban era de tenerme a mí por hija; y, así por no tener otra

ni otro que los heredase como por ser padres, y aficionados, yo era una de

las más regaladas hijas que padres jamás regalaron. Era el espejo en que se

miraban, el báculo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban,

midiéndolos con el cielo, todos sus deseos; de los cuales, por ser ellos

tan buenos, los míos no salían un punto. Y del mismo modo que yo era señora

de sus ánimos, ansí lo era de su hacienda: por mí se recebían y despedían

los criados; la razón y cuenta de lo que se sembraba y cogía pasaba por mi

mano; los molinos de aceite, los lagares de vino, el número del ganado

mayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tan

rico labrador como mi padre puede tener y tiene, tenía yo la cuenta, y era

la mayordoma y señora, con tanta solicitud mía y con tanto gusto suyo, que

buenamente no acertaré a encarecerlo. Los ratos que del día me quedaban,

después de haber dado lo que convenía a los mayorales, a capataces y a

otros jornaleros, los entretenía en ejercicios que son a las doncellas tan

lícitos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla,

y la rueca muchas veces; y si alguna, por recrear el ánimo, estos

ejercicios dejaba, me acogía al entretenimiento de leer algún libro devoto,

o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la música compone

los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu.

»Ésta, pues, era la vida que yo tenía en casa de mis padres, la cual, si

tan particularmente he contado, no ha sido por ostentación ni por dar a

entender que soy rica, sino porque se advierta cuán sin culpa me he venido

de aquel buen estado que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es,

pues, el caso que, pasando mi vida en tantas ocupaciones y en un

encerramiento tal que al de un monesterio pudiera compararse, sin ser

vista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados de casa,

porque los días que iba a misa era tan de mañana, y tan acompañada de mi

madre y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada que apenas vían mis

ojos más tierra de aquella donde ponía los pies; y, con todo esto, los del

amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no

pueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, que

éste es el nombre del hijo menor del duque que os he contado».

No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando a

Cardenio se le mudó la color del rostro, y comenzó a trasudar, con tan

grande alteración que el cura y el barbero, que miraron en ello, temieron

que le venía aquel accidente de locura que habían oído decir que de cuando

en cuando le venía. Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse

quedo, mirando de hito en hito a la labradora, imaginando quién ella era;

la cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosiguió su

historia, diciendo:

— «Y no me hubieron bien visto cuando, según él dijo después, quedó tan

preso de mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones.

Mas, por acabar presto con el cuento, que no le tiene, de mis desdichas,

quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo para

declararme su voluntad. Sobornó toda la gente de mi casa, dio y ofreció

dádivas y mercedes a mis parientes. Los días eran todos de fiesta y de

regocijo en mi calle; las noches no dejaban dormir a nadie las músicas. Los

billetes que, sin saber cómo, a mis manos venían, eran infinitos, llenos de

enamoradas razones y ofrecimientos, con menos letras que promesas y

juramentos. Todo lo cual no sólo no me ablandaba, pero me endurecía de

manera como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las obras que para

reducirme a su voluntad hacía, las hiciera para el efeto contrario; no

porque a mí me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni que tuviese a

demasía sus solicitudes; porque me daba un no sé qué de contento verme tan

querida y estimada de un tan principal caballero, y no me pesaba ver en sus

papeles mis alabanzas: que en esto, por feas que seamos las mujeres, me

parece a mí que siempre nos da gusto el oír que nos llaman hermosas.

»Pero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos que mis

padres me daban, que ya muy al descubierto sabían la voluntad de don

Fernando, porque ya a él no se le daba nada de que todo el mundo la

supiese. Decíanme mis padres que en sola mi virtud y bondad dejaban y

depositaban su honra y fama, y que considerase la desigualdad que había

entre mí y don Fernando, y que por aquí echaría de ver que sus

pensamientos, aunque él dijese otra cosa, mas se encaminaban a su gusto que

a mi provecho; y que si yo quisiese poner en alguna manera algún

inconveniente para que él se dejase de su injusta pretensión, que ellos me

casarían luego con quien yo más gustase: así de los más principales de

nuestro lugar como de todos los circunvecinos, pues todo se podía esperar

de su mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos prometimientos,

y con la verdad que ellos me decían, fortificaba yo mi entereza, y jamás

quise responder a don Fernando palabra que le pudiese mostrar, aunque de

muy lejos, esperanza de alcanzar su deseo.

»Todos estos recatos míos, que él debía de tener por desdenes, debieron de

ser causa de avivar más su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la

voluntad que me mostraba; la cual, si ella fuera como debía, no la

supiérades vosotros ahora, porque hubiera faltado la ocasión de decírosla.

Finalmente, don Fernando supo que mis padres andaban por darme estado, por

quitalle a él la esperanza de poseerme, o, a lo menos, porque yo tuviese

más guardas para guardarme; y esta nueva o sospecha fue causa para que

hiciese lo que ahora oiréis. Y fue que una noche, estando yo en mi aposento

con sola la compañía de una doncella que me servía, teniendo bien cerradas

las puertas, por temor que, por descuido, mi honestidad no se viese en

peligro, sin saber ni imaginar cómo, en medio destos recatos y

prevenciones, y en la soledad deste silencio y encierro, me le hallé

delante, cuya vista me turbó de manera que me quitó la de mis ojos y me

enmudeció la lengua; y así, no fui poderosa de dar voces, ni aun él creo

que me las dejara dar, porque luego se llegó a mí, y, tomándome entre sus

brazos (porque yo, como digo, no tuve fuerzas para defenderme, según estaba

turbada), comenzó a decirme tales razones, que no sé cómo es posible que

tenga tanta habilidad la mentira que las sepa componer de modo que parezcan

tan verdaderas. Hacía el traidor que sus lágrimas acreditasen sus palabras

y los suspiros su intención. Yo, pobrecilla, sola entre los míos, mal

ejercitada en casos semejantes, comencé, no sé en qué modo, a tener por

verdaderas tantas falsedades, pero no de suerte que me moviesen a compasión

menos que buena sus lágrimas y suspiros.

»Y así, pasándoseme aquel sobresalto primero, torné algún tanto a cobrar

mis perdidos espíritus, y con más ánimo del que pensé que pudiera tener, le

dije: ''Si como estoy, señor, en tus brazos, estuviera entre los de un león

fiero y el librarme dellos se me asegurara con que hiciera, o dijera, cosa

que fuera en perjuicio de mi honestidad, así fuera posible hacella o

decilla como es posible dejar de haber sido lo que fue. Así que, si tú

tienes ceñido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo atada mi alma con mis

buenos deseos, que son tan diferentes de los tuyos como lo verás si con

hacerme fuerza quisieres pasar adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero no

tu esclava; ni tiene ni debe tener imperio la nobleza de tu sangre para

deshonrar y tener en poco la humildad de la mía; y en tanto me estimo yo,

villana y labradora, como tú, señor y caballero. Conmigo no han de ser de

ningún efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tus

palabras han de poder engañarme, ni tus suspiros y lágrimas enternecerme.

Si alguna de todas estas cosas que he dicho viera yo en el que mis padres

me dieran por esposo, a su voluntad se ajustara la mía, y mi voluntad de la

suya no saliera; de modo que, como quedara con honra, aunque quedara sin

gusto, de grado te entregara lo que tú, señor, ahora con tanta fuerza

procuras. Todo esto he dicho porque no es pensar que de mí alcance cosa

alguna el que no fuere mi ligítimo esposo''. ''Si no reparas más que en

eso, bellísima Dorotea —(que éste es el nombre desta desdichada), dijo el

desleal caballero—, ves: aquí te doy la mano de serlo tuyo, y sean testigos

desta verdad los cielos, a quien ninguna cosa se asconde, y esta imagen de

Nuestra Señora que aquí tienes''.»

Cuando Cardenio le oyó decir que se llamaba Dorotea, tornó de nuevo a sus

sobresaltos y acabó de confirmar por verdadera su primera opinión; pero no

quiso interromper el cuento, por ver en qué venía a parar lo que él ya casi

sabía; sólo dijo:

— ¿Que Dorotea es tu nombre, señora? Otra he oído yo decir del mesmo, que

quizá corre parejas con tus desdichas. Pasa adelante, que tiempo vendrá en

que te diga cosas que te espanten en el mesmo grado que te lastimen.

Reparó Dorotea en las razones de Cardenio y en su estraño y desastrado

traje, y rogóle que si alguna cosa de su hacienda sabía, se la dijese

luego; porque si algo le había dejado bueno la fortuna, era el ánimo que

tenía para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese, segura de que, a

su parecer, ninguno podía llegar que el que tenía acrecentase un punto.

— No le perdiera yo, señora —respondió Cardenio—, en decirte lo que pienso,

si fuera verdad lo que imagino; y hasta ahora no se pierde coyuntura, ni a

ti te importa nada el saberlo.

— Sea lo que fuere —respondió Dorotea—, «lo que en mi cuento pasa fue que,

tomando don Fernando una imagen que en aquel aposento estaba, la puso por

testigo de nuestro desposorio. Con palabras eficacísimas y juramentos

estraordinarios, me dio la palabra de ser mi marido, puesto que, antes que

acabase de decirlas, le dije que mirase bien lo que hacía y que considerase

el enojo que su padre había de recebir de verle casado con una villana

vasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal cual era, pues no era

bastante para hallar en ella disculpa de su yerro, y que si algún bien me

quería hacer, por el amor que me tenía, fuese dejar correr mi suerte a lo

igual de lo que mi calidad podía, porque nunca los tan desiguales

casamientos se gozan ni duran mucho en aquel gusto con que se comienzan.

»Todas estas razones que aquí he dicho le dije, y otras muchas de que no me

acuerdo, pero no fueron parte para que él dejase de seguir su intento, bien

ansí como el que no piensa pagar, que, al concertar de la barata, no repara

en inconvenientes. Yo, a esta sazón, hice un breve discurso conmigo, y me

dije a mí mesma: ''Sí, que no seré yo la primera que por vía de matrimonio

haya subido de humilde a grande estado, ni será don Fernando el primero a

quien hermosura, o ciega afición, que es lo más cierto, haya hecho tomar

compañía desigual a su grandeza. Pues si no hago ni mundo ni uso nuevo,

bien es acudir a esta honra que la suerte me ofrece, puesto que en éste no

dure más la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su

deseo; que, en fin, para con Dios seré su esposa. Y si quiero con desdenes

despedille, en término le veo que, no usando el que debe, usará el de la

fuerza y vendré a quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa que me podía

dar el que no supiere cuán sin ella he venido a este punto. Porque, ¿qué

razones serán bastantes para persuadir a mis padres, y a otros, que este

caballero entró en mi aposento sin consentimiento mío?''

»Todas estas demandas y respuestas revolví yo en un instante en la

imaginación; y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza y a inclinarme a

lo que fue, sin yo pensarlo, mi perdición: los juramentos de don Fernando,

los testigos que ponía, las lágrimas que derramaba, y, finalmente, su

dispusición y gentileza, que, acompañada con tantas muestras de verdadero

amor, pudieran rendir a otro tan libre y recatado corazón como el mío.

Llamé a mi criada, para que en la tierra acompañase a los testigos del

cielo; tornó don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos; añadió a

los primeros nuevos santos por testigos; echóse mil futuras maldiciones, si

no cumpliese lo que me prometía; volvió a humedecer sus ojos y a acrecentar

sus suspiros; apretóme más entre sus brazos, de los cuales jamás me había

dejado; y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo

dejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido.

»El día que sucedió a la noche de mi desgracia se venía aun no tan apriesa

como yo pienso que don Fernando deseaba, porque, después de cumplido

aquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es apartarse de

donde le alcanzaron. Digo esto porque don Fernando dio priesa por partirse

de mí, y, por industria de mi doncella, que era la misma que allí le había

traído, antes que amaneciese se vio en la calle. Y, al despedirse de mí,

aunque no con tanto ahínco y vehemencia como cuando vino, me dijo que

estuviese segura de su fe y de ser firmes y verdaderos sus juramentos; y,

para más confirmación de su palabra, sacó un rico anillo del dedo y lo puso

en el mío. En efecto, él se fue y yo quedé ni sé si triste o alegre; esto

sé bien decir: que quedé confusa y pensativa, y casi fuera de mí con el

nuevo acaecimiento, y no tuve ánimo, o no se me acordó, de reñir a mi

doncella por la traición cometida de encerrar a don Fernando en mi mismo

aposento, porque aún no me determinaba si era bien o mal el que me había

sucedido. Díjele, al partir, a don Fernando que por el mesmo camino de

aquélla podía verme otras noches, pues ya era suya, hasta que, cuando él

quisiese, aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si no fue la

siguiente, ni yo pude verle en la calle ni en la iglesia en más de un mes;

que en vano me cansé en solicitallo, puesto que supe que estaba en la villa

y que los más días iba a caza, ejercicio de que él era muy aficionado.

»Estos días y estas horas bien sé yo que para mí fueron aciagos y

menguadas, y bien sé que comencé a dudar en ellos, y aun a descreer de la

fe de don Fernando; y sé también que mi doncella oyó entonces las palabras

que en reprehensión de su atrevimiento antes no había oído; y sé que me fue

forzoso tener cuenta con mis lágrimas y con la compostura de mi rostro, por

no dar ocasión a que mis padres me preguntasen que de qué andaba

descontenta y me obligasen a buscar mentiras que decilles. Pero todo esto

se acabó en un punto, llegándose uno donde se atropellaron respectos y se

acabaron los honrados discursos, y adonde se perdió la paciencia y salieron

a plaza mis secretos pensamientos. Y esto fue porque, de allí a pocos días,

se dijo en el lugar como en una ciudad allí cerca se había casado don

Fernando con una doncella hermosísima en todo estremo, y de muy principales

padres, aunque no tan rica que, por la dote, pudiera aspirar a tan noble

casamiento. Díjose que se llamaba Luscinda, con otras cosas que en sus

desposorios sucedieron dignas de admiración.»

Oyó Cardenio el nombre de Luscinda, y no hizo otra cosa que encoger los

hombros, morderse los labios, enarcar las cejas y dejar de allí a poco caer

por sus ojos dos fuentes de lágrimas. Mas no por esto dejó Dorotea de

seguir su cuento, diciendo:

— «Llegó esta triste nueva a mis oídos, y, en lugar de helárseme el corazón

en oílla, fue tanta la cólera y rabia que se encendió en él, que faltó poco

para no salirme por las calles dando voces, publicando la alevosía y

traición que se me había hecho. Mas templóse esta furia por entonces con

pensar de poner aquella mesma noche por obra lo que puse: que fue ponerme

en este hábito, que me dio uno de los que llaman zagales en casa de los

labradores, que era criado de mi padre, al cual descubrí toda mi

desventura, y le rogué me acompañase hasta la ciudad donde entendí que mi

enemigo estaba. Él, después que hubo reprehendido mi atrevimiento y afeado

mi determinación, viéndome resuelta en mi parecer, se ofreció a tenerme

compañía, como él dijo, hasta el cabo del mundo. Luego, al momento, encerré

en una almohada de lienzo un vestido de mujer, y algunas joyas y dineros,

por lo que podía suceder. Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta

a mi traidora doncella, salí de mi casa, acompañada de mi criado y de

muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad a pie, llevada en

vuelo del deseo de llegar, ya que no a estorbar lo que tenía por hecho, a

lo menos a decir a don Fernando me dijese con qué alma lo había hecho.

»Llegué en dos días y medio donde quería, y, en entrando por la ciudad,

pregunté por la casa de los padres de Luscinda, y al primero a quien hice

la pregunta me respondió más de lo que yo quisiera oír. Díjome la casa y

todo lo que había sucedido en el desposorio de su hija, cosa tan pública en

la ciudad, que se hace en corrillos para contarla por toda ella. Díjome que

la noche que don Fernando se desposó con Luscinda, después de haber ella

dado el sí de ser su esposa, le había tomado un recio desmayo, y que,

llegando su esposo a desabrocharle el pecho para que le diese el aire, le

halló un papel escrito de la misma letra de Luscinda, en que decía y

declaraba que ella no podía ser esposa de don Fernando, porque lo era de

Cardenio, que, a lo que el hombre me dijo, era un caballero muy principal

de la mesma ciudad; y que si había dado el sí a don Fernando, fue por no

salir de la obediencia de sus padres. En resolución, tales razones dijo que

contenía el papel, que daba a entender que ella había tenido intención de

matarse en acabándose de desposar, y daba allí las razones por que se había

quitado la vida. Todo lo cual dicen que confirmó una daga que le hallaron

no sé en qué parte de sus vestidos. Todo lo cual visto por don Fernando,

pareciéndole que Luscinda le había burlado y escarnecido y tenido en poco,

arremetió a ella, antes que de su desmayo volviese, y con la misma daga que

le hallaron la quiso dar de puñaladas; y lo hiciera si sus padres y los que

se hallaron presentes no se lo estorbaran. Dijeron más: que luego se

ausentó don Fernando, y que Luscinda no había vuelto de su parasismo hasta

otro día, que contó a sus padres cómo ella era verdadera esposa de aquel

Cardenio que he dicho. Supe más: que el Cardenio, según decían, se halló

presente en los desposorios, y que, en viéndola desposada, lo cual él jamás

pensó, se salió de la ciudad desesperado, dejándole primero escrita una

carta, donde daba a entender el agravio que Luscinda le había hecho, y de

cómo él se iba adonde gentes no le viesen.

»Esto todo era público y notorio en toda la ciudad, y todos hablaban dello;

y más hablaron cuando supieron que Luscinda había faltado de casa de sus

padres y de la ciudad, pues no la hallaron en toda ella, de que perdían el

juicio sus padres y no sabían qué medio se tomar para hallarla. Esto que

supe puso en bando mis esperanzas, y tuve por mejor no haber hallado a don

Fernando, que no hallarle casado, pareciéndome que aún no estaba del todo

cerrada la puerta a mi remedio, dándome yo a entender que podría ser que el

cielo hubiese puesto aquel impedimento en el segundo matrimonio, por

atraerle a conocer lo que al primero debía, y a caer en la cuenta de que

era cristiano y que estaba más obligado a su alma que a los respetos

humanos. Todas estas cosas revolvía en mi fantasía, y me consolaba sin

tener consuelo, fingiendo unas esperanzas largas y desmayadas, para

entretener la vida, que ya aborrezco.

»Estando, pues, en la ciudad, sin saber qué hacerme, pues a don Fernando no

hallaba, llegó a mis oídos un público pregón, donde se prometía grande

hallazgo a quien me hallase, dando las señas de la edad y del mesmo traje

que traía; y oí decir que se decía que me había sacado de casa de mis

padres el mozo que conmigo vino, cosa que me llegó al alma, por ver cuán de

caída andaba mi crédito, pues no bastaba perderle con mi venida, sino

añadir el con quién, siendo subjeto tan bajo y tan indigno de mis buenos

pensamientos. Al punto que oí el pregón, me salí de la ciudad con mi

criado, que ya comenzaba a dar muestras de titubear en la fe que de

fidelidad me tenía prometida, y aquella noche nos entramos por lo espeso

desta montaña, con el miedo de no ser hallados. Pero, como suele decirse

que un mal llama a otro, y que el fin de una desgracia suele ser principio

de otra mayor, así me sucedió a mí, porque mi buen criado, hasta entonces

fiel y seguro, así como me vio en esta soledad, incitado de su mesma

bellaquería antes que de mi hermosura, quiso aprovecharse de la ocasión

que, a su parecer, estos yermos le ofrecían; y, con poca vergüenza y menos

temor de Dios ni respeto mío, me requirió de amores; y, viendo que yo con

feas y justas palabras respondía a las desvergüenzas de sus propósitos,

dejó aparte los ruegos, de quien primero pensó aprovecharse, y comenzó a

usar de la fuerza. Pero el justo cielo, que pocas o ningunas veces deja de

mirar y favorecer a las justas intenciones, favoreció las mías, de manera

que con mis pocas fuerzas, y con poco trabajo, di con él por un

derrumbadero, donde le dejé, ni sé si muerto o si vivo; y luego, con más

ligereza que mi sobresalto y cansancio pedían, me entré por estas montañas,

sin llevar otro pensamiento ni otro disignio que esconderme en ellas y huir

de mi padre y de aquellos que de su parte me andaban buscando.

»Con este deseo, ha no sé cuántos meses que entré en ellas, donde hallé un

ganadero que me llevó por su criado a un lugar que está en las entrañas

desta sierra, al cual he servido de zagal todo este tiempo, procurando

estar siempre en el campo por encubrir estos cabellos que ahora, tan si

pensarlo, me han descubierto. Pero toda mi industria y toda mi solicitud

fue y ha sido de ningún provecho, pues mi amo vino en conocimiento de que

yo no era varón, y nació en él el mesmo mal pensamiento que en mi criado;

y, como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hallé

derrumbadero ni barranco de donde despeñar y despenar al amo, como le hallé

para el criado; y así, tuve por menor inconveniente dejalle y asconderme de

nuevo entre estas asperezas que probar con él mis fuerzas o mis disculpas.

Digo, pues, que me torné a emboscar, y a buscar donde sin impedimento

alguno pudiese con suspiros y lágrimas rogar al cielo se duela de mi

desventura y me dé industria y favor para salir della, o para dejar la vida

entre estas soledades, sin que quede memoria desta triste, que tan sin

culpa suya habrá dado materia para que de ella se hable y murmure en la

suya y en las ajenas tierras.»

Capítulo XXIX. Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras

cosas de mucho gusto y pasatiempo

— Esta es, señores, la verdadera historia de mi tragedia: mirad y juzgad

ahora si los suspiros que escuchastes, las palabras que oístes y las

lágrimas que de mis ojos salían, tenían ocasión bastante para mostrarse en

mayor abundancia; y, considerada la calidad de mi desgracia, veréis que

será en vano el consuelo, pues es imposible el remedio della. Sólo os ruego

(lo que con facilidad podréis y debéis hacer) que me aconsejéis dónde podré

pasar la vida sin que me acabe el temor y sobresalto que tengo de ser

hallada de los que me buscan; que, aunque sé que el mucho amor que mis

padres me tienen me asegura que seré dellos bien recebida, es tanta la

vergüenza que me ocupa sólo el pensar que, no como ellos pensaban, tengo de

parecer a su presencia, que tengo por mejor desterrarme para siempre de ser

vista que no verles el rostro, con pensamiento que ellos miran el mío ajeno

de la honestidad que de mí se debían de tener prometida.

Calló en diciendo esto, y el rostro se le cubrió de un color que mostró

bien claro el sentimiento y vergüenza del alma. En las suyas sintieron los

que escuchado la habían tanta lástima como admiración de su desgracia; y,

aunque luego quisiera el cura consolarla y aconsejarla, tomó primero la

mano Cardenio, diciendo:

— En fin, señora, que tú eres la hermosa Dorotea, la hija única del rico

Clenardo.

Admirada quedó Dorotea cuando oyó el nombre de su padre, y de ver cuán de

poco era el que le nombraba, porque ya se ha dicho de la mala manera que

Cardenio estaba vestido; y así, le dijo:

— Y ¿quién sois vos, hermano, que así sabéis el nombre de mi padre? Porque

yo, hasta ahora, si mal no me acuerdo, en todo el discurso del cuento de mi

desdicha no le he nombrado.

— Soy —respondió Cardenio— aquel sin ventura que, según vos, señora, habéis

dicho, Luscinda dijo que era su esposa. Soy el desdichado Cardenio, a quien

el mal término de aquel que a vos os ha puesto en el que estáis me ha

traído a que me veáis cual me veis: roto, desnudo, falto de todo humano

consuelo y, lo que es peor de todo, falto de juicio, pues no le tengo sino

cuando al cielo se le antoja dármele por algún breve espacio. Yo, Teodora,

soy el que me hallé presente a las sinrazones de don Fernando, y el que

aguardó oír el sí que de ser su esposa pronunció Luscinda. Yo soy el que no

tuvo ánimo para ver en qué paraba su desmayo, ni lo que resultaba del papel

que le fue hallado en el pecho, porque no tuvo el alma sufrimiento para ver

tantas desventuras juntas; y así, dejé la casa y la paciencia, y una carta

que dejé a un huésped mío, a quien rogué que en manos de Luscinda la

pusiese, y víneme a estas soledades, con intención de acabar en ellas la

vida, que desde aquel punto aborrecí como mortal enemiga mía. Mas no ha

querido la suerte quitármela, contentándose con quitarme el juicio, quizá

por guardarme para la buena ventura que he tenido en hallaros; pues, siendo

verdad, como creo que lo es, lo que aquí habéis contado, aún podría ser que

a entrambos nos tuviese el cielo guardado mejor suceso en nuestros

desastres que nosotros pensamos. Porque, presupuesto que Luscinda no puede

casarse con don Fernando, por ser mía, ni don Fernando con ella, por ser

vuestro, y haberlo ella tan manifiestamente declarado, bien podemos esperar

que el cielo nos restituya lo que es nuestro, pues está todavía en ser, y

no se ha enajenado ni deshecho. Y, pues este consuelo tenemos, nacido no de

muy remota esperanza, ni fundado en desvariadas imaginaciones, suplícoos,

señora, que toméis otra resolución en vuestros honrados pensamientos, pues

yo la pienso tomar en los míos, acomodándoos a esperar mejor fortuna; que

yo os juro, por la fe de caballero y de cristiano, de no desampararos hasta

veros en poder de don Fernando, y que, cuando con razones no le pudiere

atraer a que conozca lo que os debe, de usar entonces la libertad que me

concede el ser caballero, y poder con justo título desafialle, en razón de

la sinrazón que os hace, sin acordarme de mis agravios, cuya venganza

dejaré al cielo por acudir en la tierra a los vuestros.

Con lo que Cardenio dijo se acabó de admirar Dorotea, y, por no saber qué

gracias volver a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle los pies para

besárselos; mas no lo consintió Cardenio, y el licenciado respondió por

entrambos, y aprobó el buen discurso de Cardenio, y, sobre todo, les rogó,

aconsejó y persuadió que se fuesen con él a su aldea, donde se podrían

reparar de las cosas que les faltaban, y que allí se daría orden cómo

buscar a don Fernando, o cómo llevar a Dorotea a sus padres, o hacer lo que

más les pareciese conveniente. Cardenio y Dorotea se lo agradecieron, y

acetaron la merced que se les ofrecía. El barbero, que a todo había estado

suspenso y callado, hizo también su buena plática y se ofreció con no menos

voluntad que el cura a todo aquello que fuese bueno para servirles.

Contó asimesmo con brevedad la causa que allí los había traído, con la

estrañeza de la locura de don Quijote, y cómo aguardaban a su escudero, que

había ido a buscalle. Vínosele a la memoria a Cardenio, como por sueños, la

pendencia que con don Quijote había tenido y contóla a los demás, mas no

supo decir por qué causa fue su quistión.

En esto, oyeron voces, y conocieron que el que las daba era Sancho Panza,

que, por no haberlos hallado en el lugar donde los dejó, los llamaba a

voces. Saliéronle al encuentro, y, preguntándole por don Quijote, les dijo

cómo le había hallado desnudo en camisa, flaco, amarillo y muerto de

hambre, y suspirando por su señora Dulcinea; y que, puesto que le había

dicho que ella le mandaba que saliese de aquel lugar y se fuese al del

Toboso, donde le quedaba esperando, había respondido que estaba determinado

de no parecer ante su fermosura fasta que hobiese fecho fazañas que le

ficiesen digno de su gracia. Y que si aquello pasaba adelante, corría

peligro de no venir a ser emperador, como estaba obligado, ni aun

arzobispo, que era lo menos que podía ser. Por eso, que mirasen lo que se

había de hacer para sacarle de allí.

El licenciado le respondió que no tuviese pena, que ellos le sacarían de

allí, mal que le pesase. Contó luego a Cardenio y a Dorotea lo que tenían

pensado para remedio de don Quijote, a lo menos para llevarle a su casa. A

lo cual dijo Dorotea que ella haría la doncella menesterosa mejor que el

barbero, y más, que tenía allí vestidos con que hacerlo al natural, y que

la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester

para llevar adelante su intento, porque ella había leído muchos libros de

caballerías y sabía bien el estilo que tenían las doncellas cuitadas cuando

pedían sus dones a los andantes caballeros.

— Pues no es menester más —dijo el cura— sino que luego se ponga por obra;

que, sin duda, la buena suerte se muestra en favor nuestro, pues, tan sin

pensarlo, a vosotros, señores, se os ha comenzado a abrir puerta para

vuestro remedio y a nosotros se nos ha facilitado la que habíamos menester.

Sacó luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla rica y

una mantellina de otra vistosa tela verde, y de una cajita un collar y

otras joyas, con que en un instante se adornó de manera que una rica y gran

señora parecía. Todo aquello, y más, dijo que había sacado de su casa para

lo que se ofreciese, y que hasta entonces no se le había ofrecido ocasión

de habello menester. A todos contentó en estremo su mucha gracia, donaire y

hermosura, y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, pues

tanta belleza desechaba.

Pero el que más se admiró fue Sancho Panza, por parecerle —como era así

verdad— que en todos los días de su vida había visto tan hermosa criatura;

y así, preguntó al cura con grande ahínco le dijese quién era aquella tan

fermosa señora, y qué era lo que buscaba por aquellos andurriales.

— Esta hermosa señora —respondió el cura—, Sancho hermano, es, como quien no

dice nada, es la heredera por línea recta de varón del gran reino de

Micomicón, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual

es que le desfaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y,

a la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto,

de Guinea ha venido a buscarle esta princesa.

— Dichosa buscada y dichoso hallazgo —dijo a esta sazón Sancho Panza—, y más

si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece ese tuerto,

matando a ese hideputa dese gigante que vuestra merced dice; que sí matará

si él le encuentra, si ya no fuese fantasma, que contra las fantasmas no

tiene mi señor poder alguno. Pero una cosa quiero suplicar a vuestra

merced, entre otras, señor licenciado, y es que, porque a mi amo no le tome

gana de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra merced le

aconseje que se case luego con esta princesa, y así quedará imposibilitado

de recebir órdenes arzobispales y vendrá con facilidad a su imperio y yo al

fin de mis deseos; que yo he mirado bien en ello y hallo por mi cuenta que

no me está bien que mi amo sea arzobispo, porque yo soy inútil para la

Iglesia, pues soy casado, y andarme ahora a traer dispensaciones para poder

tener renta por la Iglesia, teniendo, como tengo, mujer y hijos, sería

nunca acabar. Así que, señor, todo el toque está en que mi amo se case

luego con esta señora, que hasta ahora no sé su gracia, y así, no la llamo

por su nombre.

— Llámase —respondió el cura— la princesa Micomicona, porque, llamándose su

reino Micomicón, claro está que ella se ha de llamar así.

— No hay duda en eso —respondió Sancho—, que yo he visto a muchos tomar el

apellido y alcurnia del lugar donde nacieron, llamándose Pedro de Alcalá,

Juan de Úbeda y Diego de Valladolid; y esto mesmo se debe de usar allá en

Guinea: tomar las reinas los nombres de sus reinos.

— Así debe de ser —dijo el cura—; y en lo del casarse vuestro amo, yo haré

en ello todos mis poderíos.

Con lo que quedó tan contento Sancho cuanto el cura admirado de su

simplicidad, y de ver cuán encajados tenía en la fantasía los mesmos

disparates que su amo, pues sin alguna duda se daba a entender que había de

venir a ser emperador.

Ya, en esto, se había puesto Dorotea sobre la mula del cura y el barbero se

había acomodado al rostro la barba de la cola de buey, y dijeron a Sancho

que los guiase adonde don Quijote estaba; al cual advirtieron que no dijese

que conocía al licenciado ni al barbero, porque en no conocerlos consistía

todo el toque de venir a ser emperador su amo; puesto que ni el cura ni

Cardenio quisieron ir con ellos, porque no se le acordase a don Quijote la

pendencia que con Cardenio había tenido, y el cura porque no era menester

por entonces su presencia. Y así, los dejaron ir delante, y ellos los

fueron siguiendo a pie, poco a poco. No dejó de avisar el cura lo que había

de hacer Dorotea; a lo que ella dijo que descuidasen, que todo se haría,

sin faltar punto, como lo pedían y pintaban los libros de caballerías.

Tres cuartos de legua habrían andado, cuando descubrieron a don Quijote

entre unas intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado; y, así como

Dorotea le vio y fue informada de Sancho que aquél era don Quijote, dio del

azote a su palafrén, siguiéndole el bien barbado barbero. Y, en llegando

junto a él, el escudero se arrojó de la mula y fue a tomar en los brazos a

Dorotea, la cual, apeándose con grande desenvoltura, se fue a hincar de

rodillas ante las de don Quijote; y, aunque él pugnaba por levantarla,

ella, sin levantarse, le fabló en esta guisa:

— De aquí no me levantaré, ¡oh valeroso y esforzado caballero!, fasta que la

vuestra bondad y cortesía me otorgue un don, el cual redundará en honra y

prez de vuestra persona, y en pro de la más desconsolada y agraviada

doncella que el sol ha visto. Y si es que el valor de vuestro fuerte brazo

corresponde a la voz de vuestra inmortal fama, obligado estáis a favorecer

a la sin ventura que de tan lueñes tierras viene, al olor de vuestro famoso

nombre, buscándoos para remedio de sus desdichas.

— No os responderé palabra, fermosa señora —respondió don Quijote—, ni oiré

más cosa de vuestra facienda, fasta que os levantéis de tierra.

— No me levantaré, señor —respondió la afligida doncella—, si primero, por

la vuestra cortesía, no me es otorgado el don que pido.

— Yo vos le otorgo y concedo —respondió don Quijote—, como no se haya de

cumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi

corazón y libertad tiene la llave.

— No será en daño ni en mengua de los que decís, mi buen señor —replicó la

dolorosa doncella.

Y, estando en esto, se llegó Sancho Panza al oído de su señor y muy pasito

le dijo:

— Bien puede vuestra merced, señor, concederle el don que pide, que no es

cosa de nada: sólo es matar a un gigantazo, y esta que lo pide es la alta

princesa Micomicona, reina del gran reino Micomicón de Etiopía.

— Sea quien fuere —respondió don Quijote—, que yo haré lo que soy obligado y

lo que me dicta mi conciencia, conforme a lo que profesado tengo.

Y, volviéndose a la doncella, dijo:

— La vuestra gran fermosura se levante, que yo le otorgo el don que pedirme

quisiere.

— Pues el que pido es —dijo la doncella— que la vuestra magnánima persona se

venga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no se ha de

entremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza de un

traidor que, contra todo derecho divino y humano, me tiene usurpado mi

reino.

— Digo que así lo otorgo —respondió don Quijote—, y así podéis, señora,

desde hoy más, desechar la malenconía que os fatiga y hacer que cobre

nuevos bríos y fuerzas vuestra desmayada esperanza; que, con el ayuda de

Dios y la de mi brazo, vos os veréis presto restituida en vuestro reino y

sentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y a

despecho de los follones que contradecirlo quisieren. Y manos a labor, que

en la tardanza dicen que suele estar el peligro.

La menesterosa doncella pugnó, con mucha porfía, por besarle las manos, mas

don Quijote, que en todo era comedido y cortés caballero, jamás lo

consintió; antes, la hizo levantar y la abrazó con mucha cortesía y

comedimiento, y mandó a Sancho que requiriese las cinchas a Rocinante y le

armase luego al punto. Sancho descolgó las armas, que, como trofeo, de un

árbol estaban pendientes, y, requiriendo las cinchas, en un punto armó a su

señor; el cual, viéndose armado, dijo:

— Vamos de aquí, en el nombre de Dios, a favorecer esta gran señora.

Estábase el barbero aún de rodillas, teniendo gran cuenta de disimular la

risa y de que no se le cayese la barba, con cuya caída quizá quedaran todos

sin conseguir su buena intención; y, viendo que ya el don estaba concedido

y con la diligencia que don Quijote se alistaba para ir a cumplirle, se

levantó y tomó de la otra mano a su señora, y entre los dos la subieron en

la mula. Luego subió don Quijote sobre Rocinante, y el barbero se acomodó

en su cabalgadura, quedándose Sancho a pie, donde de nuevo se le renovó la

pérdida del rucio, con la falta que entonces le hacía; mas todo lo llevaba

con gusto, por parecerle que ya su señor estaba puesto en camino, y muy a

pique, de ser emperador; porque sin duda alguna pensaba que se había de

casar con aquella princesa, y ser, por lo menos, rey de Micomicón. Sólo le

daba pesadumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que la

gente que por sus vasallos le diesen habían de ser todos negros; a lo cual

hizo luego en su imaginación un buen remedio, y díjose a sí mismo:

— ¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá más que cargar con

ellos y traerlos a España, donde los podré vender, y adonde me los pagarán

de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título o algún oficio con

que vivir descansado todos los días de mi vida? ¡No, sino dormíos, y no

tengáis ingenio ni habilidad para disponer de las cosas y para vender

treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas! Par Dios que los he de

volar, chico con grande, o como pudiere, y que, por negros que sean, los he

de volver blancos o amarillos. ¡Llegaos, que me mamo el dedo!

Con esto, andaba tan solícito y tan contento que se le olvidaba la

pesadumbre de caminar a pie.

Todo esto miraban de entre unas breñas Cardenio y el cura, y no sabían qué

hacerse para juntarse con ellos; pero el cura, que era gran tracista,

imaginó luego lo que harían para conseguir lo que deseaban; y fue que con

unas tijeras que traía en un estuche quitó con mucha presteza la barba a

Cardenio, y vistióle un capotillo pardo que él traía y diole un herreruelo

negro, y él se quedó en calzas y en jubón; y quedó tan otro de lo que antes

parecía Cardenio, que él mesmo no se conociera, aunque a un espejo se

mirara. Hecho esto, puesto ya que los otros habían pasado adelante en tanto

que ellos se disfrazaron, con facilidad salieron al camino real antes que

ellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos lugares no concedían

que anduviesen tanto los de a caballo como los de a pie. En efeto, ellos se

pusieron en el llano, a la salida de la sierra, y, así como salió della don

Quijote y sus camaradas, el cura se le puso a mirar muy de espacio, dando

señales de que le iba reconociendo; y, al cabo de haberle una buena pieza

estado mirando, se fue a él abiertos los brazos y diciendo a voces:

— Para bien sea hallado el espejo de la caballería, el mi buen compatriote

don Quijote de la Mancha, la flor y la nata de la gentileza, el amparo y

remedio de los menesterosos, la quintaesencia de los caballeros andantes.

Y, diciendo esto, tenía abrazado por la rodilla de la pierna izquierda a

don Quijote; el cual, espantado de lo que veía y oía decir y hacer aquel

hombre, se le puso a mirar con atención, y, al fin, le conoció y quedó como

espantado de verle, y hizo grande fuerza por apearse; mas el cura no lo

consintió, por lo cual don Quijote decía:

— Déjeme vuestra merced, señor licenciado, que no es razón que yo esté a

caballo, y una tan reverenda persona como vuestra merced esté a pie.

— Eso no consentiré yo en ningún modo —dijo el cura—: estése la vuestra

grandeza a caballo, pues estando a caballo acaba las mayores fazañas y

aventuras que en nuestra edad se han visto; que a mí, aunque indigno

sacerdote, bastaráme subir en las ancas de una destas mulas destos señores

que con vuestra merced caminan, si no lo han por enojo. Y aun haré cuenta

que voy caballero sobre el caballo Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que

cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque, que aún hasta ahora yace encantado

en la gran cuesta Zulema, que dista poco de la gran Compluto.

— Aún no caía yo en tanto, mi señor licenciado —respondió don Quijote—; y yo

sé que mi señora la princesa será servida, por mi amor, de mandar a su

escudero dé a vuestra merced la silla de su mula, que él podrá acomodarse

en las ancas, si es que ella las sufre.

— Sí sufre, a lo que yo creo —respondió la princesa—; y también sé que no

será menester mandárselo al señor mi escudero, que él es tan cortés y tan

cortesano que no consentirá que una persona eclesiástica vaya a pie,

pudiendo ir a caballo.

— Así es —respondió el barbero.

Y, apeándose en un punto, convidó al cura con la silla, y él la tomó sin

hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que al subir a las ancas el barbero,

la mula, que, en efeto, era de alquiler, que para decir que era mala esto

basta, alzó un poco los cuartos traseros y dio dos coces en el aire, que, a

darlas en el pecho de maese Nicolás, o en la cabeza, él diera al diablo la

venida por don Quijote. Con todo eso, le sobresaltaron de manera que cayó

en el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron en el

suelo; y, como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino acudir a

cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le habían derribado las

muelas. Don Quijote, como vio todo aquel mazo de barbas, sin quijadas y sin

sangre, lejos del rostro del escudero caído, dijo:

— ¡Vive Dios, que es gran milagro éste! ¡Las barbas le ha derribado y

arrancado del rostro, como si las quitaran aposta!

El cura, que vio el peligro que corría su invención de ser descubierta,

acudió luego a las barbas y fuese con ellas adonde yacía maese Nicolás,

dando aún voces todavía, y de un golpe, llegándole la cabeza a su pecho, se

las puso, murmurando sobre él unas palabras, que dijo que era cierto

ensalmo apropiado para pegar barbas, como lo verían; y, cuando se las tuvo

puestas, se apartó, y quedó el escudero tan bien barbado y tan sano como de

antes, de que se admiró don Quijote sobremanera, y rogó al cura que cuando

tuviese lugar le enseñase aquel ensalmo; que él entendía que su virtud a

más que pegar barbas se debía de estender, pues estaba claro que de donde

las barbas se quitasen había de quedar la carne llagada y maltrecha, y que,

pues todo lo sanaba, a más que barbas aprovechaba.

— Así es —dijo el cura, y prometió de enseñársele en la primera ocasión.

Concertáronse que por entonces subiese el cura, y a trechos se fuesen los

tres mudando, hasta que llegasen a la venta, que estaría hasta dos leguas

de allí. Puestos los tres a caballo, es a saber, don Quijote, la princesa y

el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero y Sancho Panza, don Quijote

dijo a la doncella:

— Vuestra grandeza, señora mía, guíe por donde más gusto le diere.

Y, antes que ella respondiese, dijo el licenciado:

— ¿Hacia qué reino quiere guiar la vuestra señoría? ¿Es, por ventura, hacia

el de Micomicón?; que sí debe de ser, o yo sé poco de reinos.

Ella, que estaba bien en todo, entendió que había de responder que sí; y

así, dijo:

— Sí, señor, hacia ese reino es mi camino.

— Si así es —dijo el cura—, por la mitad de mi pueblo hemos de pasar, y de

allí tomará vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podrá embarcar

con la buena ventura; y si hay viento próspero, mar tranquilo y sin

borrasca, en poco menos de nueve años se podrá estar a vista de la gran

laguna Meona, digo, Meótides, que está poco más de cien jornadas más acá

del reino de vuestra grandeza.

— Vuestra merced está engañado, señor mío —dijo ella—, porque no ha dos años

que yo partí dél, y en verdad que nunca tuve buen tiempo, y, con todo eso,

he llegado a ver lo que tanto deseaba, que es al señor don Quijote de la

Mancha, cuyas nuevas llegaron a mis oídos así como puse los pies en España,

y ellas me movieron a buscarle, para encomendarme en su cortesía y fiar mi

justicia del valor de su invencible brazo.

— No más: cesen mis alabanzas —dijo a esta sazón don Quijote—, porque soy

enemigo de todo género de adulación; y, aunque ésta no lo sea, todavía

ofenden mis castas orejas semejantes pláticas. Lo que yo sé decir, señora

mía, que ora tenga valor o no, el que tuviere o no tuviere se ha de emplear

en vuestro servicio hasta perder la vida; y así, dejando esto para su

tiempo, ruego al señor licenciado me diga qué es la causa que le ha traído

por estas partes, tan solo, y tan sin criados, y tan a la ligera, que me

pone espanto.

— A eso yo responderé con brevedad —respondió el cura—, porque sabrá vuestra

merced, señor don Quijote, que yo y maese Nicolás, nuestro amigo y nuestro

barbero, íbamos a Sevilla a cobrar cierto dinero que un pariente mío que ha

muchos años que pasó a Indias me había enviado, y no tan pocos que no pasan

de sesenta mil pesos ensayados, que es otro que tal; y, pasando ayer por

estos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores y nos quitaron

hasta las barbas; y de modo nos las quitaron, que le convino al barbero

ponérselas postizas; y aun a este mancebo que aquí va —señalando a

Cardenio— le pusieron como de nuevo. Y es lo bueno que es pública fama por

todos estos contornos que los que nos saltearon son de unos galeotes que

dicen que libertó, casi en este mesmo sitio, un hombre tan valiente que, a

pesar del comisario y de las guardas, los soltó a todos; y, sin duda

alguna, él debía de estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellaco

como ellos, o algún hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar al

lobo entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre la

miel; quiso defraudar la justicia, ir contra su rey y señor natural, pues

fue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las galeras sus

pies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que había muchos años que

reposaba; quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma y

no se gane su cuerpo.

Habíales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes,

que acabó su amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el cura

refiriéndola, por ver lo que hacía o decía don Quijote; al cual se le

mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido el

libertador de aquella buena gente.

— Éstos, pues —dijo el cura—, fueron los que nos robaron; que Dios, por su

misericordia, se lo perdone al que no los dejó llevar al debido suplicio.

Capítulo XXX. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar

a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había

puesto

No hubo bien acabado el cura, cuando Sancho dijo:

— Pues mía fe, señor licenciado, el que hizo esa fazaña fue mi amo, y no

porque yo no le dije antes y le avisé que mirase lo que hacía, y que era

pecado darles libertad, porque todos iban allí por grandísimos bellacos.

— ¡Majadero! —dijo a esta sazón don Quijote—, a los caballeros andantes no

les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que

encuentran por los caminos van de aquella manera, o están en aquella

angustia, por sus culpas o por sus gracias; sólo le toca ayudarles como a

menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías. Yo

topé un rosario y sarta de gente mohína y desdichada, y hice con ellos lo

que mi religión me pide, y lo demás allá se avenga; y a quien mal le ha

parecido, salvo la santa dignidad del señor licenciado y su honrada

persona, digo que sabe poco de achaque de caballería, y que miente como un

hideputa y mal nacido; y esto le haré conocer con mi espada, donde más

largamente se contiene.

Y esto dijo afirmándose en los estribos y calándose el morrión; porque la

bacía de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgado

del arzón delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la hicieron los

galeotes.

Dorotea, que era discreta y de gran donaire, como quien ya sabía el

menguado humor de don Quijote y que todos hacían burla dél, sino Sancho

Panza, no quiso ser para menos, y, viéndole tan enojado, le dijo:

— Señor caballero, miémbresele a la vuestra merced el don que me tiene

prometido, y que, conforme a él, no puede entremeterse en otra aventura,

por urgente que sea; sosiegue vuestra merced el pecho, que si el señor

licenciado supiera que por ese invicto brazo habían sido librados los

galeotes, él se diera tres puntos en la boca, y aun se mordiera tres veces

la lengua, antes que haber dicho palabra que en despecho de vuestra merced

redundara.

— Eso juro yo bien —dijo el cura—, y aun me hubiera quitado un bigote.

— Yo callaré, señora mía —dijo don Quijote—, y reprimiré la justa cólera que

ya en mi pecho se había levantado, y iré quieto y pacífico hasta tanto que

os cumpla el don prometido; pero, en pago deste buen deseo, os suplico me

digáis, si no se os hace de mal, cuál es la vuestra cuita y cuántas,

quiénes y cuáles son las personas de quien os tengo de dar debida,

satisfecha y entera venganza.

— Eso haré yo de gana —respondió Dorotea—, si es que no os enfadan oír

lástimas y desgracias.

— No enfadará, señora mía —respondió don Quijote.

A lo que respondió Dorotea:

— Pues así es, esténme vuestras mercedes atentos.

No hubo ella dicho esto, cuando Cardenio y el barbero se le pusieron al

lado, deseosos de ver cómo fingía su historia la discreta Dorotea; y lo

mismo hizo Sancho, que tan engañado iba con ella como su amo. Y ella,

después de haberse puesto bien en la silla y prevenídose con toser y hacer

otros ademanes, con mucho donaire, comenzó a decir desta manera:

— «Primeramente, quiero que vuestras mercedes sepan, señores míos, que a mí

me llaman...»

Y detúvose aquí un poco, porque se le olvidó el nombre que el cura le había

puesto; pero él acudió al remedio, porque entendió en lo que reparaba, y

dijo:

— No es maravilla, señora mía, que la vuestra grandeza se turbe y empache

contando sus desventuras, que ellas suelen ser tales, que muchas veces

quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera que aun de sus mesmos

nombres no se les acuerda, como han hecho con vuestra gran señoría, que se

ha olvidado que se llama la princesa Micomicona, legítima heredera del gran

reino Micomicón; y con este apuntamiento puede la vuestra grandeza reducir

ahora fácilmente a su lastimada memoria todo aquello que contar quisiere.

— Así es la verdad —respondió la doncella—, y desde aquí adelante creo que

no será menester apuntarme nada, que yo saldré a buen puerto con mi

verdadera historia. «La cual es que el rey mi padre, que se llama Tinacrio

el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman el arte mágica, y alcanzó por

su ciencia que mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla, había de morir

primero que él, y que de allí a poco tiempo él también había de pasar desta

vida y yo había de quedar huérfana de padre y madre. Pero decía él que no

le fatigaba tanto esto cuanto le ponía en confusión saber, por cosa muy

cierta, que un descomunal gigante, señor de una grande ínsula, que casi

alinda con nuestro reino, llamado Pandafilando de la Fosca Vista (porque es

cosa averiguada que, aunque tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre

mira al revés, como si fuese bizco, y esto lo hace él de maligno y por

poner miedo y espanto a los que mira); digo que supo que este gigante, en

sabiendo mi orfandad, había de pasar con gran poderío sobre mi reino y me

lo había de quitar todo, sin dejarme una pequeña aldea donde me recogiese;

pero que podía escusar toda esta ruina y desgracia si yo me quisiese casar

con él; mas, a lo que él entendía, jamás pensaba que me vendría a mí en

voluntad de hacer tan desigual casamiento; y dijo en esto la pura verdad,

porque jamás me ha pasado por el pensamiento casarme con aquel gigante,

pero ni con otro alguno, por grande y desaforado que fuese. Dijo también mi

padre que, después que él fuese muerto y viese yo que Pandafilando

comenzaba a pasar sobre mi reino, que no aguardase a ponerme en defensa,

porque sería destruirme, sino que libremente le dejase desembarazado el

reino, si quería escusar la muerte y total destruición de mis buenos y

leales vasallos, porque no había de ser posible defenderme de la endiablada

fuerza del gigante; sino que luego, con algunos de los míos, me pusiese en

camino de las Españas, donde hallaría el remedio de mis males hallando a un

caballero andante, cuya fama en este tiempo se estendería por todo este

reino, el cual se había de llamar, si mal no me acuerdo, don Azote o don

Gigote.»

— Don Quijote diría, señora —dijo a esta sazón Sancho Panza—, o, por otro

nombre, el Caballero de la Triste Figura.

— Así es la verdad —dijo Dorotea—. «Dijo más: que había de ser alto de

cuerpo, seco de rostro, y que en el lado derecho, debajo del hombro

izquierdo, o por allí junto, había de tener un lunar pardo con ciertos

cabellos a manera de cerdas.»

En oyendo esto don Quijote, dijo a su escudero:

— Ten aquí, Sancho, hijo, ayúdame a desnudar, que quiero ver si soy el

caballero que aquel sabio rey dejó profetizado.

— Pues, ¿para qué quiere vuestra merced desnudarse? —dijo Dorotea.

— Para ver si tengo ese lunar que vuestro padre dijo —respondió don Quijote.

— No hay para qué desnudarse —dijo Sancho—, que yo sé que tiene vuestra

merced un lunar desas señas en la mitad del espinazo, que es señal de ser

hombre fuerte.

— Eso basta —dijo Dorotea—, porque con los amigos no se ha de mirar en pocas

cosas, y que esté en el hombro o que esté en el espinazo, importa poco;

basta que haya lunar, y esté donde estuviere, pues todo es una mesma carne;

y, sin duda, acertó mi buen padre en todo, y yo he acertado en encomendarme

al señor don Quijote, que él es por quien mi padre dijo, pues las señales

del rostro vienen con las de la buena fama que este caballero tiene no sólo

en España, pero en toda la Mancha, pues apenas me hube desembarcado en

Osuna, cuando oí decir tantas hazañas suyas, que luego me dio el alma que

era el mesmo que venía a buscar.

— Pues, ¿cómo se desembarcó vuestra merced en Osuna, señora mía —preguntó

don Quijote—, si no es puerto de mar?

Mas, antes que Dorotea respondiese, tomó el cura la mano y dijo:

— Debe de querer decir la señora princesa que, después que desembarcó en

Málaga, la primera parte donde oyó nuevas de vuestra merced fue en Osuna.

— Eso quise decir —dijo Dorotea.

— Y esto lleva camino —dijo el cura—, y prosiga vuestra majestad adelante.

— No hay que proseguir —respondió Dorotea—, sino que, finalmente, mi suerte

ha sido tan buena en hallar al señor don Quijote, que ya me cuento y tengo

por reina y señora de todo mi reino, pues él, por su cortesía y

magnificencia, me ha prometido el don de irse conmigo dondequiera que yo le

llevare, que no será a otra parte que a ponerle delante de Pandafilando de

la Fosca Vista, para que le mate y me restituya lo que tan contra razón me

tiene usurpado: que todo esto ha de suceder a pedir de boca, pues así lo

dejó profetizado Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el cual también dejó

dicho y escrito en letras caldeas, o griegas, que yo no las sé leer, que si

este caballero de la profecía, después de haber degollado al gigante,

quisiese casarse conmigo, que yo me otorgase luego sin réplica alguna por

su legítima esposa, y le diese la posesión de mi reino, junto con la de mi

persona.

— ¿Qué te parece, Sancho amigo? —dijo a este punto don Quijote—. ¿No oyes lo

que pasa? ¿No te lo dije yo? Mira si tenemos ya reino que mandar y reina

con quien casar.

— ¡Eso juro yo —dijo Sancho— para el puto que no se casare en abriendo el

gaznatico al señor Pandahilado! Pues, ¡monta que es mala la reina! ¡Así se

me vuelvan las pulgas de la cama!

Y, diciendo esto, dio dos zapatetas en el aire, con muestras de grandísimo

contento, y luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea, y,

haciéndola detener, se hincó de rodillas ante ella, suplicándole le diese

las manos para besárselas, en señal que la recibía por su reina y señora.

¿Quién no había de reír de los circustantes, viendo la locura del amo y la

simplicidad del criado? En efecto, Dorotea se las dio, y le prometió de

hacerle gran señor en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto bien que

se lo dejase cobrar y gozar. Agradecióselo Sancho con tales palabras que

renovó la risa en todos.

— Ésta, señores —prosiguió Dorotea—, es mi historia: sólo resta por deciros

que de cuanta gente de acompañamiento saqué de mi reino no me ha quedado

sino sólo este buen barbado escudero, porque todos se anegaron en una gran

borrasca que tuvimos a vista del puerto, y él y yo salimos en dos tablas a

tierra, como por milagro; y así, es todo milagro y misterio el discurso de

mi vida, como lo habréis notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada, o

no tan acertada como debiera, echad la culpa a lo que el señor licenciado

dijo al principio de mi cuento: que los trabajos continuos y

extraordinarios quitan la memoria al que los padece.

— Ésa no me quitarán a mí, ¡oh alta y valerosa señora! —dijo don Quijote—,

cuantos yo pasare en serviros, por grandes y no vistos que sean; y así, de

nuevo confirmo el don que os he prometido, y juro de ir con vos al cabo del

mundo, hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el

ayuda de Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia con los filos

desta... no quiero decir buena espada, merced a Ginés de Pasamonte, que me

llevó la mía.

Esto dijo entre dientes, y prosiguió diciendo:

— Y después de habérsela tajado y puéstoos en pacífica posesión de vuestro

estado, quedará a vuestra voluntad hacer de vuestra persona lo que más en

talante os viniere; porque, mientras que yo tuviere ocupada la memoria y

cautiva la voluntad, perdido el entendimiento, a aquella..., y no digo más,

no es posible que yo arrostre, ni por pienso, el casarme, aunque fuese con

el ave fénix.

Parecióle tan mal a Sancho lo que últimamente su amo dijo acerca de no

querer casarse, que, con grande enojo, alzando la voz, dijo:

— Voto a mí, y juro a mí, que no tiene vuestra merced, señor don Quijote,

cabal juicio. Pues, ¿cómo es posible que pone vuestra merced en duda el

casarse con tan alta princesa como aquésta? ¿Piensa que le ha de ofrecer la

fortuna, tras cada cantillo, semejante ventura como la que ahora se le

ofrece? ¿Es, por dicha, más hermosa mi señora Dulcinea? No, por cierto, ni

aun con la mitad, y aun estoy por decir que no llega a su zapato de la que

está delante. Así, noramala alcanzaré yo el condado que espero, si vuestra

merced se anda a pedir cotufas en el golfo. Cásese, cásese luego,

encomiéndole yo a Satanás, y tome ese reino que se le viene a las manos de

vobis, vobis, y, en siendo rey, hágame marqués o adelantado, y luego,

siquiera se lo lleve el diablo todo.

Don Quijote, que tales blasfemias oyó decir contra su señora Dulcinea, no

lo pudo sufrir, y, alzando el lanzón, sin hablalle palabra a Sancho y sin

decirle esta boca es mía, le dio tales dos palos que dio con él en tierra;

y si no fuera porque Dorotea le dio voces que no le diera más, sin duda le

quitara allí la vida.

— ¿Pensáis —le dijo a cabo de rato—, villano ruin, que ha de haber lugar

siempre para ponerme la mano en la horcajadura, y que todo ha de ser errar

vos y perdonaros yo? Pues no lo penséis, bellaco descomulgado, que sin duda

lo estás, pues has puesto lengua en la sin par Dulcinea. ¿Y no sabéis vos,

gañán, faquín, belitre, que si no fuese por el valor que ella infunde en mi

brazo, que no le tendría yo para matar una pulga? Decid, socarrón de lengua

viperina, ¿y quién pensáis que ha ganado este reino y cortado la cabeza a

este gigante, y héchoos a vos marqués, que todo esto doy ya por hecho y por

cosa pasada en cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi

brazo por instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mí, y vence en mí, y yo

vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser. ¡Oh hideputa bellaco, y cómo

sois desagradecido: que os veis levantado del polvo de la tierra a ser

señor de título, y correspondéis a tan buena obra con decir mal de quien os

la hizo!

No estaba tan maltrecho Sancho que no oyese todo cuanto su amo le decía, y,

levantándose con un poco de presteza, se fue a poner detrás del palafrén de

Dorotea, y desde allí dijo a su amo:

— Dígame, señor: si vuestra merced tiene determinado de no casarse con esta

gran princesa, claro está que no será el reino suyo; y, no siéndolo, ¿qué

mercedes me puede hacer? Esto es de lo que yo me quejo; cásese vuestra

merced una por una con esta reina, ahora que la tenemos aquí como llovida

del cielo, y después puede volverse con mi señora Dulcinea; que reyes debe

de haber habido en el mundo que hayan sido amancebados. En lo de la

hermosura no me entremeto; que, en verdad, si va a decirla, que entrambas

me parecen bien, puesto que yo nunca he visto a la señora Dulcinea.

— ¿Cómo que no la has visto, traidor blasfemo? —dijo don Quijote—. Pues, ¿no

acabas de traerme ahora un recado de su parte?

— Digo que no la he visto tan despacio —dijo Sancho— que pueda haber notado

particularmente su hermosura y sus buenas partes punto por punto; pero así,

a bulto, me parece bien.

— Ahora te disculpo —dijo don Quijote—, y perdóname el enojo que te he dado,

que los primeros movimientos no son en manos de los hombres.

— Ya yo lo veo —respondió Sancho—; y así, en mí la gana de hablar siempre es

primero movimiento, y no puedo dejar de decir, por una vez siquiera, lo que

me viene a la lengua.

— Con todo eso —dijo don Quijote—, mira, Sancho, lo que hablas, porque

tantas veces va el cantarillo a la fuente..., y no te digo más.

— Ahora bien —respondió Sancho—, Dios está en el cielo, que ve las trampas,

y será juez de quién hace más mal: yo en no hablar bien, o vuestra merced

en obrallo.

— No haya más —dijo Dorotea—: corred, Sancho, y besad la mano a vuestro

señor, y pedilde perdón, y de aquí adelante andad más atentado en vuestras

alabanzas y vituperios, y no digáis mal de aquesa señora Tobosa, a quien yo

no conozco si no es para servilla, y tened confianza en Dios, que no os ha

de faltar un estado donde viváis como un príncipe.

Fue Sancho cabizbajo y pidió la mano a su señor, y él se la dio con

reposado continente; y, después que se la hubo besado, le echó la

bendición, y dijo a Sancho que se adelantasen un poco, que tenía que

preguntalle y que departir con él cosas de mucha importancia. Hízolo así

Sancho y apartáronse los dos algo adelante, y díjole don Quijote:

— Después que veniste, no he tenido lugar ni espacio para preguntarte muchas

cosas de particularidad acerca de la embajada que llevaste y de la

respuesta que trujiste; y ahora, pues la fortuna nos ha concedido tiempo y

lugar, no me niegues tú la ventura que puedes darme con tan buenas nuevas.

— Pregunte vuestra merced lo que quisiere —respondió Sancho—, que a todo

daré tan buena salida como tuve la entrada. Pero suplico a vuestra merced,

señor mío, que no sea de aquí adelante tan vengativo.

— ¿Por qué lo dices, Sancho? —dijo don Quijote.

— Dígolo —respondió— porque estos palos de agora más fueron por la pendencia

que entre los dos trabó el diablo la otra noche, que por lo que dije contra

mi señora Dulcinea, a quien amo y reverencio como a una reliquia, aunque en

ella no lo haya, sólo por ser cosa de vuestra merced.

— No tornes a esas pláticas, Sancho, por tu vida —dijo don Quijote—, que me

dan pesadumbre; ya te perdoné entonces, y bien sabes tú que suele decirse:

a pecado nuevo, penitencia nueva.

En tanto que los dos iban en estas pláticas, dijo el cura a Dorotea que

había andado muy discreta, así en el cuento como en la brevedad dél, y en

la similitud que tuvo con los de los libros de caballerías. Ella dijo que

muchos ratos se había entretenido en leellos, pero que no sabía ella dónde

eran las provincias ni puertos de mar, y que así había dicho a tiento que

se había desembarcado en Osuna.

— Yo lo entendí así —dijo el cura—, y por eso acudí luego a decir lo que

dije, con que se acomodó todo. Pero, ¿no es cosa estraña ver con cuánta

facilidad cree este desventurado hidalgo todas estas invenciones y

mentiras, sólo porque llevan el estilo y modo de las necedades de sus

libros?

— Sí es —dijo Cardenio—, y tan rara y nunca vista, que yo no sé si queriendo

inventarla y fabricarla mentirosamente, hubiera tan agudo ingenio que

pudiera dar en ella.

— Pues otra cosa hay en ello —dijo el cura—: que fuera de las simplicidades

que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras

cosas, discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento

claro y apacible en todo. De manera que, como no le toquen en sus

caballerías, no habrá nadie que le juzgue sino por de muy buen

entendimiento.

En tanto que ellos iban en esta conversación, prosiguió don Quijote con la

suya y dijo a Sancho:

— Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias, y

dime ahora, sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno: ¿Dónde, cómo y

cuándo hallaste a Dulcinea? ¿Qué hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió?

¿Qué rostro hizo cuando leía mi carta? ¿Quién te la trasladó? Y todo

aquello que vieres que en este caso es digno de saberse, de preguntarse y

satisfacerse, sin que añadas o mientas por darme gusto, ni menos te acortes

por no quitármele.

— Señor —respondió Sancho—, si va a decir la verdad, la carta no me la

trasladó nadie, porque yo no llevé carta alguna.

— Así es como tú dices —dijo don Quijote—, porque el librillo de memoria

donde yo la escribí le hallé en mi poder a cabo de dos días de tu partida,

lo cual me causó grandísima pena, por no saber lo que habías tú de hacer

cuando te vieses sin carta, y creí siempre que te volvieras desde el lugar

donde la echaras menos.

— Así fuera —respondió Sancho—, si no la hubiera yo tomado en la memoria

cuando vuestra merced me la leyó, de manera que se la dije a un sacristán,

que me la trasladó del entendimiento, tan punto por punto, que dijo que en

todos los días de su vida, aunque había leído muchas cartas de descomunión,

no había visto ni leído tan linda carta como aquélla.

— Y ¿tiénesla todavía en la memoria, Sancho? —dijo don Quijote.

— No, señor —respondió Sancho—, porque después que la di, como vi que no

había de ser de más provecho, di en olvidalla. Y si algo se me acuerda, es

aquello del sobajada, digo, del soberana señora, y lo último: Vuestro hasta

la muerte, el Caballero de la Triste Figura. Y, en medio destas dos cosas,

le puse más de trecientas almas, y vidas, y ojos míos.

Capítulo XXXI. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote

y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos

— Todo eso no me descontenta; prosigue adelante —dijo don Quijote—.

Llegaste, ¿y qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la

hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de cañutillo

para este su cautivo caballero.

— No la hallé —respondió Sancho— sino ahechando dos hanegas de trigo en un

corral de su casa.

— Pues haz cuenta —dijo don Quijote— que los granos de aquel trigo eran

granos de perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo ¿era

candeal, o trechel?

— No era sino rubión —respondió Sancho.

— Pues yo te aseguro —dijo don Quijote— que, ahechado por sus manos, hizo

pan candeal, sin duda alguna. Pero pasa adelante: cuando le diste mi carta,

¿besóla? ¿Púsosela sobre la cabeza? ¿Hizo alguna ceremonia digna de tal

carta, o qué hizo?

— Cuando yo se la iba a dar —respondió Sancho—, ella estaba en la fuga del

meneo de una buena parte de trigo que tenía en la criba, y díjome: ''Poned,

amigo, esa carta sobre aquel costal, que no la puedo leer hasta que acabe

de acribar todo lo que aquí está''.

— ¡Discreta señora! —dijo don Quijote—. Eso debió de ser por leerla despacio

y recrearse con ella. Adelante, Sancho: y, en tanto que estaba en su

menester, ¿qué coloquios pasó contigo? ¿Qué te preguntó de mí? Y tú, ¿qué

le respondiste? Acaba, cuéntamelo todo; no se te quede en el tintero una

mínima.

— Ella no me preguntó nada —dijo Sancho—, mas yo le dije de la manera que

vuestra merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, desnudo de la

cintura arriba, metido entre estas sierras como si fuera salvaje, durmiendo

en el suelo, sin comer pan a manteles ni sin peinarse la barba, llorando y

maldiciendo su fortuna.

— En decir que maldecía mi fortuna dijiste mal —dijo don Quijote—, porque

antes la bendigo y bendeciré todos los días de mi vida, por haberme hecho

digno de merecer amar tan alta señora como Dulcinea del Toboso.

— Tan alta es —respondió Sancho—, que a buena fe que me lleva a mí más de un

coto.

— Pues, ¿cómo, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Haste medido tú con ella?

— Medíme en esta manera —respondió Sancho—: que, llegándole a ayudar a poner

un costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan juntos que eché de ver

que me llevaba más de un gran palmo.

— Pues ¡es verdad —replicó don Quijote— que no acompaña esa grandeza y la

adorna con mil millones y gracias del alma! Pero no me negarás, Sancho, una

cosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un olor sabeo, una

fragancia aromática, y un no sé qué de bueno, que yo no acierto a dalle

nombre? Digo, ¿un tuho o tufo como si estuvieras en la tienda de algún

curioso guantero?

— Lo que sé decir —dijo Sancho— es que sentí un olorcillo algo hombruno; y

debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo

correosa.

— No sería eso —respondió don Quijote—, sino que tú debías de estar

romadizado, o te debiste de oler a ti mismo; porque yo sé bien a lo que

huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar

desleído.

— Todo puede ser —respondió Sancho—, que muchas veces sale de mí aquel olor

que entonces me pareció que salía de su merced de la señora Dulcinea; pero

no hay de qué maravillarse, que un diablo parece a otro.

— Y bien —prosiguió don Quijote—, he aquí que acabó de limpiar su trigo y de

enviallo al molino. ¿Qué hizo cuando leyó la carta?

— La carta —dijo Sancho— no la leyó, porque dijo que no sabía leer ni

escribir; antes, la rasgó y la hizo menudas piezas, diciendo que no la

quería dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos,

y que bastaba lo que yo le había dicho de palabra acerca del amor que

vuestra merced le tenía y de la penitencia extraordinaria que por su causa

quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese a vuestra merced que le

besaba las manos, y que allí quedaba con más deseo de verle que de

escribirle; y que, así, le suplicaba y mandaba que, vista la presente,

saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates, y se

pusiese luego luego en camino del Toboso, si otra cosa de más importancia

no le sucediese, porque tenía gran deseo de ver a vuestra merced. Rióse

mucho cuando le dije como se llamaba vuestra merced el Caballero de la

Triste Figura. Preguntéle si había ido allá el vizcaíno de marras; díjome

que sí, y que era un hombre muy de bien. También le pregunté por los

galeotes, mas díjome que no había visto hasta entonces alguno.

— Todo va bien hasta agora —dijo don Quijote—. Pero dime: ¿qué joya fue la

que te dio, al despedirte, por las nuevas que de mí le llevaste? Porque es

usada y antigua costumbre entre los caballeros y damas andantes dar a los

escuderos, doncellas o enanos que les llevan nuevas, de sus damas a ellos,

a ellas de sus andantes, alguna rica joya en albricias, en agradecimiento

de su recado.

— Bien puede eso ser así, y yo la tengo por buena usanza; pero eso debió de

ser en los tiempos pasados, que ahora sólo se debe de acostumbrar a dar un

pedazo de pan y queso, que esto fue lo que me dio mi señora Dulcinea, por

las bardas de un corral, cuando della me despedí; y aun, por más señas, era

el queso ovejuno.

— Es liberal en estremo —dijo don Quijote—, y si no te dio joya de oro, sin

duda debió de ser porque no la tendría allí a la mano para dártela; pero

buenas son mangas después de Pascua: yo la veré, y se satisfará todo.

¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y

veniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir

desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de treinta leguas; por lo

cual me doy a entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis

cosas y es mi amigo (porque por fuerza le hay, y le ha de haber, so pena

que yo no sería buen caballero andante); digo que este tal te debió de

ayudar a caminar, sin que tú lo sintieses; que hay sabio déstos que coge a

un caballero andante durmiendo en su cama, y, sin saber cómo o en qué

manera, amanece otro día más de mil leguas de donde anocheció. Y si no

fuese por esto, no se podrían socorrer en sus peligros los caballeros

andantes unos a otros, como se socorren a cada paso. Que acaece estar uno

peleando en las sierras de Armenia con algún endriago, o con algún fiero

vestiglo, o con otro caballero, donde lleva lo peor de la batalla y está ya

a punto de muerte, y cuando no os me cato, asoma por acullá, encima de una

nube, o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo, que poco antes

se hallaba en Ingalaterra, que le favorece y libra de la muerte, y a la

noche se halla en su posada, cenando muy a su sabor; y suele haber de la

una a la otra parte dos o tres mil leguas. Y todo esto se hace por

industria y sabiduría destos sabios encantadores que tienen cuidado destos

valerosos caballeros. Así que, amigo Sancho, no se me hace dificultoso

creer que en tan breve tiempo hayas ido y venido desde este lugar al del

Toboso, pues, como tengo dicho, algún sabio amigo te debió de llevar en

volandillas, sin que tú lo sintieses.

— Así sería —dijo Sancho—; porque a buena fe que andaba Rocinante como si

fuera asno de gitano con azogue en los oídos.

— Y ¡cómo si llevaba azogue! —dijo don Quijote—, y aun una legión de

demonios, que es gente que camina y hace caminar, sin cansarse, todo

aquello que se les antoja. Pero, dejando esto aparte, ¿qué te parece a ti

que debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi señora me manda que la vaya a

ver?; que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su mandamiento, véome

también imposibilitado del don que he prometido a la princesa que con

nosotros viene, y fuérzame la ley de caballería a cumplir mi palabra antes

que mi gusto. Por una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver a mi señora;

por otra, me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de alcanzar

en esta empresa. Pero lo que pienso hacer será caminar apriesa y llegar

presto donde está este gigante, y, en llegando, le cortaré la cabeza, y

pondré a la princesa pacíficamente en su estado, y al punto daré la vuelta

a ver a la luz que mis sentidos alumbra, a la cual daré tales disculpas que

ella venga a tener por buena mi tardanza, pues verá que todo redunda en

aumento de su gloria y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo y

alcanzare por las armas en esta vida, toda me viene del favor que ella me

da y de ser yo suyo.

— ¡Ay —dijo Sancho—, y cómo está vuestra merced lastimado de esos cascos!

Pues dígame, señor: ¿piensa vuestra merced caminar este camino en balde, y

dejar pasar y perder un tan rico y tan principal casamiento como éste,

donde le dan en dote un reino, que a buena verdad que he oído decir que

tiene más de veinte mil leguas de contorno, y que es abundantísimo de todas

las cosas que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que es

mayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y tenga

vergüenza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perdóneme, y cásese

luego en el primer lugar que haya cura; y si no, ahí está nuestro

licenciado, que lo hará de perlas. Y advierta que ya tengo edad para dar

consejos, y que este que le doy le viene de molde, y que más vale pájaro en

mano que buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, por bien que

se enoja no se venga.

— Mira, Sancho —respondió don Quijote—: si el consejo que me das de que me

case es porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga cómodo para

hacerte mercedes y darte lo prometido, hágote saber que sin casarme podré

cumplir tu deseo muy fácilmente, porque yo sacaré de adahala, antes de

entrar en la batalla, que, saliendo vencedor della, ya que no me case, me

han de dar una parte del reino, para que la pueda dar a quien yo quisiere;

y, en dándomela, ¿a quién quieres tú que la dé sino a ti?

— Eso está claro —respondió Sancho—, pero mire vuestra merced que la escoja

hacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda, pueda embarcar

mis negros vasallos y hacer dellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced no

se cure de ir por agora a ver a mi señora Dulcinea, sino váyase a matar al

gigante, y concluyamos este negocio; que por Dios que se me asienta que ha

de ser de mucha honra y de mucho provecho.

— Dígote, Sancho —dijo don Quijote—, que estás en lo cierto, y que habré de

tomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver a

Dulcinea. Y avísote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotros

vienen, de lo que aquí hemos departido y tratado; que, pues Dulcinea es tan

recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no será bien que yo,

ni otro por mí, los descubra.

— Pues si eso es así —dijo Sancho—, ¿cómo hace vuestra merced que todos los

que vence por su brazo se vayan a presentar ante mi señora Dulcinea, siendo

esto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado? Y, siendo

forzoso que los que fueren se han de ir a hincar de finojos ante su

presencia, y decir que van de parte de vuestra merced a dalle la

obediencia, ¿cómo se pueden encubrir los pensamientos de entrambos?

— ¡Oh, qué necio y qué simple que eres! —dijo don Quijote—. ¿Tú no ves,

Sancho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento? Porque has de saber

que en este nuestro estilo de caballería es gran honra tener una dama

muchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se estiendan más sus

pensamientos que a servilla, por sólo ser ella quien es, sin esperar otro

premio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contente de

acetarlos por sus caballeros.

— Con esa manera de amor —dijo Sancho— he oído yo predicar que se ha de amar

a Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor

de pena. Aunque yo le querría amar y servir por lo que pudiese.

— ¡Válate el diablo por villano —dijo don Quijote—, y qué de discreciones

dices a las veces! No parece sino que has estudiado.

— Pues a fe mía que no sé leer —respondió Sancho.

En esto, les dio voces maese Nicolás que esperasen un poco, que querían

detenerse a beber en una fontecilla que allí estaba. Detúvose don Quijote,

con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y temía

no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que él sabía que Dulcinea

era una labradora del Toboso, no la había visto en toda su vida.

Habíase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos que Dorotea traía

cuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hacían mucha ventaja a

los que dejaba. Apeáronse junto a la fuente, y con lo que el cura se

acomodó en la venta satisficieron, aunque poco, la mucha hambre que todos

traían.

Estando en esto, acertó a pasar por allí un muchacho que iba de camino, el

cual, poniéndose a mirar con mucha atención a los que en la fuente estaban,

de allí a poco arremetió a don Quijote, y, abrazándole por las piernas,

comenzó a llorar muy de propósito, diciendo:

— ¡Ay, señor mío! ¿No me conoce vuestra merced? Pues míreme bien, que yo soy

aquel mozo Andrés que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado.

Reconocióle don Quijote, y, asiéndole por la mano, se volvió a los que allí

estaban y dijo:

— Porque vean vuestras mercedes cuán de importancia es haber caballeros

andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él se

hacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan vuestras

mercedes que los días pasados, pasando yo por un bosque, oí unos gritos y

unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acudí

luego, llevado de mi obligación, hacia la parte donde me pareció que las

lamentables voces sonaban, y hallé atado a una encina a este muchacho que

ahora está delante (de lo que me huelgo en el alma, porque será testigo que

no me dejará mentir en nada); digo que estaba atado a la encina, desnudo

del medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con las riendas de

una yegua un villano, que después supe que era amo suyo; y, así como yo le

vi, le pregunté la causa de tan atroz vapulamiento; respondió el zafio que

le azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenía nacían

más de ladrón que de simple; a lo cual este niño dijo: ''Señor, no me azota

sino porque le pido mi salario''. El amo replicó no sé qué arengas y

disculpas, las cuales, aunque de mí fueron oídas, no fueron admitidas. En

resolución, yo le hice desatar, y tomé juramento al villano de que le

llevaría consigo y le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados. ¿No es

verdad todo esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto imperio se lo mandé,

y con cuánta humildad prometió de hacer todo cuanto yo le impuse, y

notifiqué y quise? Responde; no te turbes ni dudes en nada: di lo que pasó

a estos señores, porque se vea y considere ser del provecho que digo haber

caballeros andantes por los caminos.

— Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad —respondió el

muchacho—, pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra

merced se imagina.

— ¿Cómo al revés? —replicó don Quijote—; luego, ¿no te pagó el villano?

— No sólo no me pagó —respondió el muchacho—, pero, así como vuestra merced

traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina, y

me dio de nuevo tantos azotes que quedé hecho un San Bartolomé desollado;

y, a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer

burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo

que decía. En efeto: él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en

un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual

tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no

viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo

se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y

pagara cuanto me debía. Mas, como vuestra merced le deshonró tan sin

propósito y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y, como no la

pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el

nublado, de modo que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.

— El daño estuvo —dijo don Quijote— en irme yo de allí; que no me había de

ir hasta dejarte pagado, porque bien debía yo de saber, por luengas

experiencias, que no hay villano que guarde palabra que tiene, si él vee

que no le está bien guardalla. Pero ya te acuerdas, Andrés, que yo juré que

si no te pagaba, que había de ir a buscarle, y que le había de hallar,

aunque se escondiese en el vientre de la ballena.

— Así es la verdad —dijo Andrés—, pero no aprovechó nada.

— Ahora verás si aprovecha —dijo don Quijote.

Y, diciendo esto, se levantó muy apriesa y mandó a Sancho que enfrenase a

Rocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos comían.

Preguntóle Dorotea qué era lo que hacer quería. Él le respondió que quería

ir a buscar al villano y castigalle de tan mal término, y hacer pagado a

Andrés hasta el último maravedí, a despecho y pesar de cuantos villanos

hubiese en el mundo. A lo que ella respondió que advirtiese que no podía,

conforme al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar la

suya; y que, pues esto sabía él mejor que otro alguno, que sosegase el

pecho hasta la vuelta de su reino.

— Así es verdad —respondió don Quijote—, y es forzoso que Andrés tenga

paciencia hasta la vuelta, como vos, señora, decís; que yo le torno a jurar

y a prometer de nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado.

— No me creo desos juramentos —dijo Andrés—; más quisiera tener agora con

qué llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo: déme, si tiene ahí,

algo que coma y lleve, y quédese con Dios su merced y todos los caballeros

andantes; que tan bien andantes sean ellos para consigo como lo han sido

para conmigo.

Sacó de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y, dándoselo

al mozo, le dijo:

— Tomá, hermano Andrés, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.

— Pues, ¿qué parte os alcanza a vos? —preguntó Andrés.

— Esta parte de queso y pan que os doy —respondió Sancho—, que Dios sabe si

me ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderos

de los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura,

y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.

Andrés asió de su pan y queso, y, viendo que nadie le daba otra cosa, abajó

su cabeza y tomó el camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdad

que, al partirse, dijo a don Quijote:

— Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare,

aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi

desgracia; que no será tanta, que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda

de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros

andantes han nacido en el mundo.

Íbase a levantar don Quijote para castigalle, mas él se puso a correr de

modo que ninguno se atrevió a seguille. Quedó corridísimo don Quijote del

cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con no

reírse, por no acaballe de correr del todo.

Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla

de don Quijote

Acabóse la buena comida, ensillaron luego, y, sin que les sucediese cosa

digna de contar, llegaron otro día a la venta, espanto y asombro de Sancho

Panza; y, aunque él quisiera no entrar en ella, no lo pudo huir. La

ventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a

Sancho, les salieron a recebir con muestras de mucha alegría, y él las

recibió con grave continente y aplauso, y díjoles que le aderezasen otro

mejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondió la huéspeda que como

la pagase mejor que la otra vez, que ella se la daría de príncipes. Don

Quijote dijo que sí haría, y así, le aderezaron uno razonable en el mismo

caramanchón de marras, y él se acostó luego, porque venía muy quebrantado y

falto de juicio.

No se hubo bien encerrado, cuando la huéspeda arremetió al barbero, y,

asiéndole de la barba, dijo:

— Para mi santiguada, que no se ha aún de aprovechar más de mi rabo para su

barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esos

suelos, que es vergüenza; digo, el peine, que solía yo colgar de mi buena

cola.

No se la quería dar el barbero, aunque ella más tiraba, hasta que el

licenciado le dijo que se la diese, que ya no era menester más usar de

aquella industria, sino que se descubriese y mostrase en su misma forma, y

dijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes se

habían venido a aquella venta huyendo; y que si preguntase por el escudero

de la princesa, le dirían que ella le había enviado adelante a dar aviso a

los de su reino como ella iba y llevaba consigo el libertador de todos. Con

esto, dio de buena gana la cola a la ventera el barbero, y asimismo le

volvieron todos los adherentes que había prestado para la libertad de don

Quijote. Espantáronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y

aun del buen talle del zagal Cardenio. Hizo el cura que les aderezasen de

comer de lo que en la venta hubiese, y el huésped, con esperanza de mejor

paga, con diligencia les aderezó una razonable comida; y a todo esto dormía

don Quijote, y fueron de parecer de no despertalle, porque más provecho le

haría por entonces el dormir que el comer.

Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija,

Maritornes, todos los pasajeros, de la estraña locura de don Quijote y del

modo que le habían hallado. La huéspeda les contó lo que con él y con el

arriero les había acontecido, y, mirando si acaso estaba allí Sancho, como

no le viese, contó todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto

recibieron. Y, como el cura dijese que los libros de caballerías que don

Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero:

— No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no

hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros

papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros

muchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas,

muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno

destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle

escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé

decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los

caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar

oyéndolos noches y días.

— Y yo ni más ni menos —dijo la ventera—, porque nunca tengo buen rato en mi

casa sino aquel que vos estáis escuchando leer: que estáis tan embobado,

que no os acordáis de reñir por entonces.

— Así es la verdad —dijo Maritornes—, y a buena fe que yo también gusto

mucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas; y más, cuando cuentan que

se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y

que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho

sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.

— Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? —dijo el cura, hablando con la

hija del ventero.

— No sé, señor, en mi ánima —respondió ella—; también yo lo escucho, y en

verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oíllo; pero no gusto

yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los

caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras: que en verdad que

algunas veces me hacen llorar de compasión que les tengo.

— Luego, ¿bien las remediárades vos, señora doncella —dijo Dorotea—, si por

vos lloraran?

— No sé lo que me hiciera —respondió la moza—; sólo sé que hay algunas

señoras de aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres y

leones y otras mil inmundicias. Y, ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquélla

tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado,

le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para qué es tanto

melindre: si lo hacen de honradas, cásense con ellos, que ellos no desean

otra cosa.

— Calla, niña —dijo la ventera—, que parece que sabes mucho destas cosas, y

no está bien a las doncellas saber ni hablar tanto.

— Como me lo pregunta este señor —respondió ella—, no pude dejar de

respondelle.

— Ahora bien —dijo el cura—, traedme, señor huésped, aquesos libros, que los

quiero ver.

— Que me place —respondió él.

Y, entrando en su aposento, sacó dél una maletilla vieja, cerrada con una

cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles

de muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abrió vio que era

Don Cirongilio de Tracia; y el otro, de Felixmarte de Hircania; y el otro,

la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de

Diego García de Paredes. Así como el cura leyó los dos títulos primeros,

volvió el rostro al barbero y dijo:

— Falta nos hacen aquí ahora el ama de mi amigo y su sobrina.

— No hacen —respondió el barbero—, que también sé yo llevallos al corral o a

la chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella.

— Luego, ¿quiere vuestra merced quemar más libros? —dijo el ventero.

— No más —dijo el cura— que estos dos: el de Don Cirongilio y el de

Felixmarte.

— Pues, ¿por ventura —dijo el ventero— mis libros son herejes o flemáticos,

que los quiere quemar?

— Cismáticos queréis decir, amigo —dijo el barbero—, que no flemáticos.

— Así es —replicó el ventero—; mas si alguno quiere quemar, sea ese del Gran

Capitán y dese Diego García, que antes dejaré quemar un hijo que dejar

quemar ninguno desotros.

— Hermano mío —dijo el cura—, estos dos libros son mentirosos y están llenos

de disparates y devaneos; y este del Gran Capitán es historia verdadera, y

tiene los hechos de Gonzalo Hernández de Córdoba, el cual, por sus muchas y

grandes hazañas, mereció ser llamado de todo el mundo Gran Capitán,

renombre famoso y claro, y dél sólo merecido. Y este Diego García de

Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en

Estremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que detenía

con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con un

montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable

ejército, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas que, como si él

las cuenta y las escribe él asimismo, con la modestia de caballero y de

coronista propio, las escribiera otro, libre y desapasionado, pusieran en

su olvido las de los Hétores, Aquiles y Roldanes.

— ¡Tomaos con mi padre! —dijo el dicho ventero—. ¡Mirad de qué se espanta:

de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora había vuestra merced de

leer lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco

gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los

frailecicos que hacen los niños. Y otra vez arremetió con un grandísimo y

poderosísimo ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos mil

soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarató a

todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, ¿qué me dirán del bueno de

don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se verá en el

libro, donde cuenta que, navegando por un río, le salió de la mitad del

agua una serpiente de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre ella, y

se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apretó con

ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que la

iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río,

llevándose tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? Y, cuando

llegaron allá bajo, se halló en unos palacios y en unos jardines tan lindos

que era maravilla; y luego la sierpe se volvió en un viejo anciano, que le

dijo tantas de cosas que no hay más que oír. Calle, señor, que si oyese

esto, se volvería loco de placer. ¡Dos higas para el Gran Capitán y para

ese Diego García que dice!

Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:

— Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de don

Quijote.

— Así me parece a mí —respondió Cardenio—, porque, según da indicio, él

tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pasó ni más ni menos

que lo escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos.

— Mirad, hermano —tornó a decir el cura—, que no hubo en el mundo Felixmarte

de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes

que los libros de caballerías cuentan, porque todo es compostura y ficción

de ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos decís de

entretener el tiempo, como lo entretienen leyéndolos vuestros segadores;

porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni

tales hazañas ni disparates acontecieron en él.

— ¡A otro perro con ese hueso! —respondió el ventero—. ¡Como si yo no

supiese cuántas son cinco y adónde me aprieta el zapato! No piense vuestra

merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. ¡Bueno es que

quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos

libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los

señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar

imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos que

quitan el juicio!

— Ya os he dicho, amigo —replicó el cura—, que esto se hace para entretener

nuestros ociosos pensamientos; y, así como se consiente en las repúblicas

bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para

entretener a algunos que ni tienen, ni deben, ni pueden trabajar, así se

consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que

no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera

ninguna destos libros. Y si me fuera lícito agora, y el auditorio lo

requiriera, yo dijera cosas acerca de lo que han de tener los libros de

caballerías para ser buenos, que quizá fueran de provecho y aun de gusto

para algunos; pero yo espero que vendrá tiempo en que lo pueda comunicar

con quien pueda remediallo, y en este entretanto creed, señor ventero, lo

que os he dicho, y tomad vuestros libros, y allá os avenid con sus verdades

o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no cojeéis del pie

que cojea vuestro huésped don Quijote.

— Eso no —respondió el ventero—, que no seré yo tan loco que me haga

caballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en

aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos

caballeros.

A la mitad desta plática se halló Sancho presente, y quedó muy confuso y

pensativo de lo que había oído decir que ahora no se usaban caballeros

andantes, y que todos los libros de caballerías eran necedades y mentiras,

y propuso en su corazón de esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo,

y que si no salía con la felicidad que él pensaba, determinaba de dejalle y

volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo.

Llevábase la maleta y los libros el ventero, mas el cura le dijo:

— Esperad, que quiero ver qué papeles son esos que de tan buena letra están

escritos.

Sacólos el huésped, y, dándoselos a leer, vio hasta obra de ocho pliegos

escritos de mano, y al principio tenían un título grande que decía: Novela

del curioso impertinente. Leyó el cura para sí tres o cuatro renglones y

dijo:

— Cierto que no me parece mal el título desta novela, y que me viene

voluntad de leella toda.

A lo que respondió el ventero:

— Pues bien puede leella su reverencia, porque le hago saber que algunos

huéspedes que aquí la han leído les ha contentado mucho, y me la han pedido

con muchas veras; mas yo no se la he querido dar, pensando volvérsela a

quien aquí dejó esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que

bien puede ser que vuelva su dueño por aquí algún tiempo, y, aunque sé que

me han de hacer falta los libros, a fe que se los he de volver: que, aunque

ventero, todavía soy cristiano.

— Vos tenéis mucha razón, amigo —dijo el cura—, mas, con todo eso, si la

novela me contenta, me la habéis de dejar trasladar.

— De muy buena gana —respondió el ventero.

Mientras los dos esto decían, había tomado Cardenio la novela y comenzado a

leer en ella; y, pareciéndole lo mismo que al cura, le rogó que la leyese

de modo que todos la oyesen.

— Sí leyera —dijo el cura—, si no fuera mejor gastar este tiempo en dormir

que en leer.

— Harto reposo será para mí —dijo Dorotea— entretener el tiempo oyendo algún

cuento, pues aún no tengo el espíritu tan sosegado que me conceda dormir

cuando fuera razón.

— Pues desa manera —dijo el cura—, quiero leerla, por curiosidad siquiera;

quizá tendrá alguna de gusto.

Acudió maese Nicolás a rogarle lo mesmo, y Sancho también; lo cual visto

del cura, y entendiendo que a todos daría gusto y él le recibiría, dijo:

— Pues así es, esténme todos atentos, que la novela comienza desta manera:

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