Carta de don Quijote a Dulcinea del Toboso

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón,

dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu

fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en

mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en

esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero

Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del

modo que por tu causa quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no,

haz lo que te viniere en gusto; que, con acabar mi vida, habré satisfecho a

tu crueldad y a mi deseo.

Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura.

— Por vida de mi padre —dijo Sancho en oyendo la carta—, que es la más alta

cosa que jamás he oído. ¡Pesia a mí, y cómo que le dice vuestra merced ahí

todo cuanto quiere, y qué bien que encaja en la firma El Caballero de la

Triste Figura! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo, y que

no haya cosa que no sepa.

— Todo es menester —respondió don Quijote— para el oficio que trayo.

— Ea, pues —dijo Sancho—, ponga vuestra merced en esotra vuelta la cédula de

los tres pollinos y fírmela con mucha claridad, porque la conozcan en

viéndola.

— Que me place —dijo don Quijote.

Y, habiéndola escrito,se la leyó; que decía ansí:

Mandará vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora sobrina, dar a

Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dejé en casa y están a

cargo de vuestra merced. Los cuales tres pollinos se los mando librar y

pagar por otros tantos aquí recebidos de contado, que consta, y con su

carta de pago serán bien dados. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a

veinte y dos de agosto deste presente año.

— Buena está —dijo Sancho—; fírmela vuestra merced.

— No es menester firmarla —dijo don Quijote—, sino solamente poner mi

rúbrica, que es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y aun para

trecientos, fuera bastante.

— Yo me confío de vuestra merced —respondió Sancho—. Déjeme, iré a ensillar

a Rocinante, y aparéjese vuestra merced a echarme su bendición, que luego

pienso partirme, sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer, que

yo diré que le vi hacer tantas que no quiera más.

— Por lo menos quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que

me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en

menos de media hora, porque, habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas

jurar a tu salvo en las demás que quisieres añadir; y asegúrote que no

dirás tú tantas cuantas yo pienso hacer.

— Por amor de Dios, señor mío, que no vea yo en cueros a vuestra merced, que

me dará mucha lástima y no podré dejar de llorar; y tengo tal la cabeza,

del llanto que anoche hice por el rucio, que no estoy para meterme en

nuevos lloros; y si es que vuestra merced gusta de que yo vea algunas

locuras, hágalas vestido, breves y las que le vinieren más a cuento. Cuanto

más, que para mí no era menester nada deso, y, como ya tengo dicho, fuera

ahorrar el camino de mi vuelta, que ha de ser con las nuevas que vuestra

merced desea y merece. Y si no, aparéjese la señora Dulcinea; que si no

responde como es razón, voto hago solene a quien puedo que le tengo de

sacar la buena respuesta del estómago a coces y a bofetones. Porque, ¿dónde

se ha de sufrir que un caballero andante, tan famoso como vuestra merced,

se vuelva loco, sin qué ni para qué, por una...? No me lo haga decir la

señora, porque por Dios que despotrique y lo eche todo a doce, aunque nunca

se venda. ¡Bonico soy yo para eso! ¡Mal me conoce! ¡Pues, a fe que si me

conociese, que me ayunase!

— A fe, Sancho —dijo don Quijote—, que, a lo que parece, que no estás tú más

cuerdo que yo.

— No estoy tan loco —respondió Sancho—, mas estoy más colérico. Pero,

dejando esto aparte, ¿qué es lo que ha de comer vuestra merced en tanto que

yo vuelvo? ¿Ha de salir al camino, como Cardenio, a quitárselo a los

pastores?

— No te dé pena ese cuidado —respondió don Quijote—, porque, aunque tuviera,

no comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este prado y estos árboles

me dieren, que la fineza de mi negocio está en no comer y en hacer otras

asperezas equivalentes.

— A Dios, pues. Pero, ¿sabe vuestra merced qué temo? Que no tengo de acertar

a volver a este lugar donde agora le dejo, según está de escondido.

— Toma bien las señas, que yo procuraré no apartarme destos contornos —dijo

don Quijote—, y aun tendré cuidado de subirme por estos más altos riscos,

por ver si te descubro cuando vuelvas. Cuanto más, que lo más acertado

será, para que no me yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de las

muchas que por aquí hay y las vayas poniendo de trecho a trecho, hasta

salir a lo raso, las cuales te servirán de mojones y señales para que me

halles cuando vuelvas, a imitación del hilo del laberinto de Teseo.

— Así lo haré —respondió Sancho Panza.

Y, cortando algunos, pidió la bendición a su señor, y, no sin muchas

lágrimas de entrambos, se despidió dél. Y, subiendo sobre Rocinante, a

quien don Quijote encomendó mucho, y que mirase por él como por su propria

persona, se puso en camino del llano, esparciendo de trecho a trecho los

ramos de la retama, como su amo se lo había aconsejado. Y así, se fue,

aunque todavía le importunaba don Quijote que le viese siquiera hacer dos

locuras. Mas no hubo andado cien pasos, cuando volvió y dijo:

— Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que, para que pueda

jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que

vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra

merced.

— ¿No te lo decía yo? —dijo don Quijote—. Espérate, Sancho, que en un credo

las haré.

Y, desnudándose con toda priesa las calzones, quedó en carnes y en pañales,

y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas, la

cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra

vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho

de que podía jurar que su amo quedaba loco. Y así, le dejaremos ir su

camino, hasta la vuelta, que fue breve.

Capítulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don

Quijote en Sierra Morena

Y, volviendo a contar lo que hizo el de la Triste Figura después que se vio

solo, dice la historia que, así como don Quijote acabó de dar las tumbas o

vueltas, de medio abajo desnudo y de medio arriba vestido, y que vio que

Sancho se había ido sin querer aguardar a ver más sandeces, se subió sobre

una punta de una alta peña y allí tornó a pensar lo que otras muchas veces

había pensado, sin haberse jamás resuelto en ello. Y era que cuál sería

mejor y le estaría más a cuento: imitar a Roldán en las locuras desaforadas

que hizo, o Amadís en las malencónicas. Y, hablando entre sí mesmo, decía:

— Si Roldán fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen, ¿qué

maravilla?, pues, al fin, era encantado y no le podía matar nadie si no era

metiéndole un alfiler de a blanca por la planta del pie, y él traía siempre

los zapatos con siete suelas de hierro. Aunque no le valieron tretas contra

Bernardo del Carpio, que se las entendió y le ahogó entre los brazos, en

Roncesvalles. Pero, dejando en él lo de la valentía a una parte, vengamos a

lo de perder el juicio, que es cierto que le perdió, por las señales que

halló en la fontana y por las nuevas que le dio el pastor de que Angélica

había dormido más de dos siestas con Medoro, un morillo de cabellos

enrizados y paje de Agramante; y si él entendió que esto era verdad y que

su dama le había cometido desaguisado, no hizo mucho en volverse loco. Pero

yo, ¿cómo puedo imitalle en las locuras, si no le imito en la ocasión

dellas? Porque mi Dulcinea del Toboso osaré yo jurar que no ha visto en

todos los días de su vida moro alguno, ansí como él es, en su mismo traje,

y que se está hoy como la madre que la parió; y haríale agravio manifiesto

si, imaginando otra cosa della, me volviese loco de aquel género de locura

de Roldán el furioso. Por otra parte, veo que Amadís de Gaula, sin perder

el juicio y sin hacer locuras, alcanzó tanta fama de enamorado como el que

más; porque lo que hizo, según su historia, no fue más de que, por verse

desdeñado de su señora Oriana, que le había mandado que no pareciese ante

su presencia hasta que fuese su voluntad, de que se retiró a la Peña Pobre

en compañía de un ermitaño, y allí se hartó de llorar y de encomendarse a

Dios, hasta que el cielo le acorrió, en medio de su mayor cuita y

necesidad. Y si esto es verdad, como lo es, ¿para qué quiero yo tomar

trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar pesadumbre a estos árboles,

que no me han hecho mal alguno? Ni tengo para qué enturbiar el agua clara

destos arroyos, los cuales me han de dar de beber cuando tenga gana. Viva

la memoria de Amadís, y sea imitado de don Quijote de la Mancha en todo lo

que pudiere; del cual se dirá lo que del otro se dijo: que si no acabó

grandes cosas, murió por acometellas; y si yo no soy desechado ni desdeñado

de Dulcinea del Toboso, bástame, como ya he dicho, estar ausente della. Ea,

pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amadís, y enseñadme por

dónde tengo de comenzar a imitaros. Mas ya sé que lo más que él hizo fue

rezar y encomendarse a Dios; pero, ¿qué haré de rosario, que no le tengo?

En esto le vino al pensamiento cómo le haría, y fue que rasgó una gran tira

de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once ñudos, el

uno más gordo que los demás, y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí

estuvo, donde rezó un millón de avemarías. Y lo que le fatigaba mucho era

no hallar por allí otro ermitaño que le confesase y con quien consolarse. Y

así, se entretenía paseándose por el pradecillo, escribiendo y grabando por

las cortezas de los árboles y por la menuda arena muchos versos, todos

acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea. Mas los que se

pudieron hallar enteros y que se pudiesen leer, después que a él allí le

hallaron, no fueron más que estos que aquí se siguen:

Árboles, yerbas y plantas

que en aqueste sitio estáis,

tan altos, verdes y tantas,

si de mi mal no os holgáis,

escuchad mis quejas santas.

Mi dolor no os alborote,

aunque más terrible sea,

pues, por pagaros escote,

aquí lloró don Quijote

ausencias de Dulcinea

del Toboso.

Es aquí el lugar adonde

el amador más leal

de su señora se esconde,

y ha venido a tanto mal

sin saber cómo o por dónde.

Tráele amor al estricote,

que es de muy mala ralea;

y así, hasta henchir un pipote,

aquí lloró don Quijote

ausencias de Dulcinea

del Toboso.

Buscando las aventuras

por entre las duras peñas,

maldiciendo entrañas duras,

que entre riscos y entre breñas

halla el triste desventuras,

hirióle amor con su azote,

no con su blanda correa;

y, en tocándole el cogote,

aquí lloró don Quijote

ausencias de Dulcinea

del Toboso.

No causó poca risa en los que hallaron los versos referidos el añadidura

del Toboso al nombre de Dulcinea, porque imaginaron que debió de imaginar

don Quijote que si, en nombrando a Dulcinea, no decía también del Toboso,

no se podría entender la copla; y así fue la verdad, como él después

confesó. Otros muchos escribió, pero, como se ha dicho, no se pudieron

sacar en limpio, ni enteros, más destas tres coplas. En esto, y en suspirar

y en llamar a los faunos y silvanos de aquellos bosques, a las ninfas de

los ríos, a la dolorosa y húmida Eco, que le respondiese, consolasen y

escuchasen, se entretenía, y en buscar algunas yerbas con que sustentarse

en tanto que Sancho volvía; que, si como tardó tres días, tardara tres

semanas, el Caballero de la Triste Figura quedara tan desfigurado que no le

conociera la madre que lo parió.

Y será bien dejalle, envuelto entre sus suspiros y versos, por contar lo

que le avino a Sancho Panza en su mandadería. Y fue que, en saliendo al

camino real, se puso en busca del Toboso, y otro día llegó a la venta donde

le había sucedido la desgracia de la manta; y no la hubo bien visto, cuando

le pareció que otra vez andaba en los aires, y no quiso entrar dentro,

aunque llegó a hora que lo pudiera y debiera hacer, por ser la del comer y

llevar en deseo de gustar algo caliente; que había grandes días que todo

era fiambre.

Esta necesidad le forzó a que llegase junto a la venta, todavía dudoso si

entraría o no. Y, estando en esto, salieron de la venta dos personas que

luego le conocieron; y dijo el uno al otro:

— Dígame, señor licenciado, aquel del caballo, ¿no es Sancho Panza, el que

dijo el ama de nuestro aventurero que había salido con su señor por

escudero?

— Sí es —dijo el licenciado—; y aquél es el caballo de nuestro don Quijote.

Y conociéronle tan bien como aquellos que eran el cura y el barbero de su

mismo lugar, y los que hicieron el escrutinio y acto general de los libros.

Los cuales, así como acabaron de conocer a Sancho Panza y a Rocinante,

deseosos de saber de don Quijote, se fueron a él; y el cura le llamó por su

nombre, diciéndole:

— Amigo Sancho Panza, ¿adónde queda vuestro amo?

Conociólos luego Sancho Panza, y determinó de encubrir el lugar y la suerte

donde y como su amo quedaba; y así, les respondió que su amo quedaba

ocupado en cierta parte y en cierta cosa que le era de mucha importancia,

la cual él no podía descubrir, por los ojos que en la cara tenía.

— No, no —dijo el barbero—, Sancho Panza; si vos no nos decís dónde queda,

imaginaremos, como ya imaginamos, que vos le habéis muerto y robado, pues

venís encima de su caballo. En verdad que nos habéis de dar el dueño del

rocín, o sobre eso, morena.

— No hay para qué conmigo amenazas, que yo no soy hombre que robo ni mato a

nadie: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo. Mi amo queda

haciendo penitencia en la mitad desta montaña, muy a su sabor.

Y luego, de corrida y sin parar, les contó de la suerte que quedaba, las

aventuras que le habían sucedido y cómo llevaba la carta a la señora

Dulcinea del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien estaba

enamorado hasta los hígados.

Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y, aunque ya

sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre que la oían se

admiraban de nuevo. Pidiéronle a Sancho Panza que les enseñase la carta que

llevaba a la señora Dulcinea del Toboso. Él dijo que iba escrita en un

libro de memoria y que era orden de su señor que la hiciese trasladar en

papel en el primer lugar que llegase; a lo cual dijo el cura que se la

mostrase, que él la trasladaría de muy buena letra. Metió la mano en el

seno Sancho Panza, buscando el librillo, pero no le halló, ni le podía

hallar si le buscara hasta agora, porque se había quedado don Quijote con

él y no se le había dado, ni a él se le acordó de pedírsele.

Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, fuésele parando mortal el

rostro; y, tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, tornó a echar de

ver que no le hallaba; y, sin más ni más, se echó entrambos puños a las

barbas y se arrancó la mitad de ellas, y luego, apriesa y sin cesar, se dio

media docena de puñadas en el rostro y en las narices, que se las bañó

todas en sangre. Visto lo cual por el cura y el barbero, le dijeron que qué

le había sucedido, que tan mal se paraba.

— ¿Qué me ha de suceder —respondió Sancho—, sino el haber perdido de una

mano a otra, en un estante, tres pollinos, que cada uno era como un

castillo?

— ¿Cómo es eso? —replicó el barbero.

— He perdido el libro de memoria —respondió Sancho—, donde venía carta para

Dulcinea y una cédula firmada de su señor, por la cual mandaba que su

sobrina me diese tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa.

Y, con esto, les contó la pérdida del rucio. Consolóle el cura, y díjole

que, en hallando a su señor, él le haría revalidar la manda y que tornase a

hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se

hacían en libros de memoria jamás se acetaban ni cumplían.

Con esto se consoló Sancho, y dijo que, como aquello fuese ansí, que no le

daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi

de memoria, de la cual se podría trasladar donde y cuando quisiesen.

— Decildo, Sancho, pues —dijo el barbero—, que después la trasladaremos.

Paróse Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y

ya se ponía sobre un pie, y ya sobre otro; unas veces miraba al suelo,

otras al cielo; y, al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo,

teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de

grandísimo rato:

— Por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta

se me acuerda; aunque en el principio decía: «Alta y sobajada señora».

— No diría —dijo el barbero— sobajada, sino sobrehumana o soberana señora.

— Así es —dijo Sancho—. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía..., si mal no

me acuerdo: «el llego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced

las manos, ingrata y muy desconocida hermosa», y no sé qué decía de salud y

de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa

en «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».

No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y

alabáronsela mucho, y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para

que ellos, ansimesmo, la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo.

Tornóla a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvió a decir

otros tres mil disparates. Tras esto, contó asimesmo las cosas de su amo,

pero no habló palabra acerca del manteamiento que le había sucedido en

aquella venta, en la cual rehusaba entrar. Dijo también como su señor, en

trayendo que le trujese buen despacho de la señora Dulcinea del Toboso, se

había de poner en camino a procurar cómo ser emperador, o, por lo menos,

monarca; que así lo tenían concertado entre los dos, y era cosa muy fácil

venir a serlo, según era el valor de su persona y la fuerza de su brazo; y

que, en siéndolo, le había de casar a él, porque ya sería viudo, que no

podía ser menos, y le había de dar por mujer a una doncella de la

emperatriz, heredera de un rico y grande estado de tierra firme, sin

ínsulos ni ínsulas, que ya no las quería.

Decía esto Sancho con tanto reposo, limpiándose de cuando en cuando las

narices, y con tan poco juicio, que los dos se admiraron de nuevo,

considerando cuán vehemente había sido la locura de don Quijote, pues había

llevado tras sí el juicio de aquel pobre hombre. No quisieron cansarse en

sacarle del error en que estaba, pareciéndoles que, pues no le dañaba nada

la conciencia, mejor era dejarle en él, y a ellos les sería de más gusto

oír sus necedades. Y así, le dijeron que rogase a Dios por la salud de su

señor, que cosa contingente y muy agible era venir, con el discurso del

tiempo, a ser emperador, como él decía, o, por lo menos, arzobispo, o otra

dignidad equivalente. A lo cual respondió Sancho:

— Señores, si la fortuna rodease las cosas de manera que a mi amo le viniese

en voluntad de no ser emperador, sino de ser arzobispo, querría yo saber

agora qué suelen dar los arzobispos andantes a sus escuderos.

— Suélenles dar —respondió el cura— algún beneficio, simple o curado, o

alguna sacristanía, que les vale mucho de renta rentada, amén del pie de

altar, que se suele estimar en otro tanto.

— Para eso será menester —replicó Sancho— que el escudero no sea casado y

que sepa ayudar a misa, por lo menos; y si esto es así, ¡desdichado de yo,

que soy casado y no sé la primera letra del ABC! ¿Qué será de mí si a mi

amo le da antojo de ser arzobispo, y no emperador, como es uso y costumbre

de los caballeros andantes?

— No tengáis pena, Sancho amigo —dijo el barbero—, que aquí rogaremos a

vuestro amo y se lo aconsejaremos, y aun se lo pondremos en caso de

conciencia, que sea emperador y no arzobispo, porque le será más fácil, a

causa de que él es más valiente que estudiante.

— Así me ha parecido a mí —respondió Sancho—, aunque sé decir que para todo

tiene habilidad. Lo que yo pienso hacer de mi parte es rogarle a Nuestro

Señor que le eche a aquellas partes donde él más se sirva y adonde a mí más

mercedes me haga.

— Vos lo decís como discreto —dijo el cura— y lo haréis como buen cristiano.

Mas lo que ahora se ha de hacer es dar orden como sacar a vuestro amo de

aquella inútil penitencia que decís que queda haciendo; y, para pensar el

modo que hemos de tener, y para comer, que ya es hora, será bien nos

entremos en esta venta.

Sancho dijo que entrasen ellos, que él esperaría allí fuera y que después

les diría la causa por que no entraba ni le convenía entrar en ella; mas

que les rogaba que le sacasen allí algo de comer que fuese cosa caliente,

y, ansimismo, cebada para Rocinante. Ellos se entraron y le dejaron, y, de

allí a poco, el barbero le sacó de comer. Después, habiendo bien pensado

entre los dos el modo que tendrían para conseguir lo que deseaban, vino el

cura en un pensamiento muy acomodado al gusto de don Quijote y para lo que

ellos querían. Y fue que dijo al barbero que lo que había pensado era que

él se vestiría en hábito de doncella andante, y que él procurase ponerse lo

mejor que pudiese como escudero, y que así irían adonde don Quijote estaba,

fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa, y le pediría un

don, el cual él no podría dejársele de otorgar, como valeroso caballero

andante. Y que el don que le pensaba pedir era que se viniese con ella

donde ella le llevase, a desfacelle un agravio que un mal caballero le

tenía fecho; y que le suplicaba, ansimesmo, que no la mandase quitar su

antifaz, ni la demandase cosa de su facienda, fasta que la hubiese fecho

derecho de aquel mal caballero; y que creyese, sin duda, que don Quijote

vendría en todo cuanto le pidiese por este término; y que desta manera le

sacarían de allí y le llevarían a su lugar, donde procurarían ver si tenía

algún remedio su estraña locura.

Capítulo XXVII. De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con

otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia

No le pareció mal al barbero la invención del cura, sino tan bien, que

luego la pusieron por obra. Pidiéronle a la ventera una saya y unas tocas,

dejándole en prendas una sotana nueva del cura. El barbero hizo una gran

barba de una cola rucia o roja de buey, donde el ventero tenía colgado el

peine. Preguntóles la ventera que para qué le pedían aquellas cosas. El

cura le contó en breves razones la locura de don Quijote, y cómo convenía

aquel disfraz para sacarle de la montaña, donde a la sazón estaba. Cayeron

luego el ventero y la ventera en que el loco era su huésped, el del

bálsamo, y el amo del manteado escudero, y contaron al cura todo lo que con

él les había pasado, sin callar lo que tanto callaba Sancho. En resolución,

la ventera vistió al cura de modo que no había más que ver: púsole una saya

de paño, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo en ancho, todas

acuchilladas, y unos corpiños de terciopelo verde, guarnecidos con unos

ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer, ellos y la saya, en

tiempo del rey Wamba. No consintió el cura que le tocasen, sino púsose en

la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de

noche, y ciñóse por la frente una liga de tafetán negro, y con otra liga

hizo un antifaz, con que se cubrió muy bien las barbas y el rostro;

encasquetóse su sombrero, que era tan grande que le podía servir de

quitasol, y, cubriéndose su herreruelo, subió en su mula a mujeriegas, y el

barbero en la suya, con su barba que le llegaba a la cintura, entre roja y

blanca, como aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola de un buey

barroso.

Despidiéronse de todos, y de la buena de Maritornes, que prometió de rezar

un rosario, aunque pecadora, porque Dios les diese buen suceso en tan arduo

y tan cristiano negocio como era el que habían emprendido.

Mas, apenas hubo salido de la venta, cuando le vino al cura un pensamiento:

que hacía mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa indecente

que un sacerdote se pusiese así, aunque le fuese mucho en ello; y,

diciéndoselo al barbero, le rogó que trocasen trajes, pues era más justo

que él fuese la doncella menesterosa, y que él haría el escudero, y que así

se profanaba menos su dignidad; y que si no lo quería hacer, determinaba de

no pasar adelante, aunque a don Quijote se le llevase el diablo.

En esto, llegó Sancho, y de ver a los dos en aquel traje no pudo tener la

risa. En efeto, el barbero vino en todo aquello que el cura quiso, y,

trocando la invención, el cura le fue informando el modo que había de tener

y las palabras que había de decir a don Quijote para moverle y forzarle a

que con él se viniese, y dejase la querencia del lugar que había escogido

para su vana penitencia. El barbero respondió que, sin que se le diese

lición, él lo pondría bien en su punto. No quiso vestirse por entonces,

hasta que estuviesen junto de donde don Quijote estaba; y así, dobló sus

vestidos, y el cura acomodó su barba, y siguieron su camino, guiándolos

Sancho Panza; el cual les fue contando lo que les aconteció con el loco que

hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo de la maleta y de

cuanto en ella venía; que, maguer que tonto, era un poco codicioso el

mancebo.

Otro día llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas las señales de

las ramas para acertar el lugar donde había dejado a su señor; y, en

reconociéndole, les dijo como aquélla era la entrada, y que bien se podían

vestir, si era que aquello hacía al caso para la libertad de su señor;

porque ellos le habían dicho antes que el ir de aquella suerte y vestirse

de aquel modo era toda la importancia para sacar a su amo de aquella mala

vida que había escogido, y que le encargaban mucho que no dijese a su amo

quien ellos eran, ni que los conocía; y que si le preguntase, como se lo

había de preguntar, si dio la carta a Dulcinea, dijese que sí, y que, por

no saber leer, le había respondido de palabra, diciéndole que le mandaba,

so pena de la su desgracia, que luego al momento se viniese a ver con ella,

que era cosa que le importaba mucho; porque con esto y con lo que ellos

pensaban decirle tenían por cosa cierta reducirle a mejor vida, y hacer con

él que luego se pusiese en camino para ir a ser emperador o monarca; que en

lo de ser arzobispo no había de qué temer.

Todo lo escuchó Sancho, y lo tomó muy bien en la memoria, y les agradeció

mucho la intención que tenían de aconsejar a su señor fuese emperador y no

arzobispo, porque él tenía para sí que, para hacer mercedes a sus

escuderos, más podían los emperadores que los arzobispos andantes. También

les dijo que sería bien que él fuese delante a buscarle y darle la

respuesta de su señora, que ya sería ella bastante a sacarle de aquel

lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto trabajo. Parecióles bien lo que

Sancho Panza decía, y así, determinaron de aguardarle hasta que volviese

con las nuevas del hallazgo de su amo.

Entróse Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en

una por donde corría un pequeño y manso arroyo, a quien hacían sombra

agradable y fresca otras peñas y algunos árboles que por allí estaban. El

calor, y el día que allí llegaron, era de los del mes de agosto, que por

aquellas partes suele ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la

tarde: todo lo cual hacía al sitio más agradable, y que convidase a que en

él esperasen la vuelta de Sancho, como lo hicieron.

Estando, pues, los dos allí, sosegados y a la sombra, llegó a sus oídos una

voz que, sin acompañarla son de algún otro instrumento, dulce y

regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles que aquél

no era lugar donde pudiese haber quien tan bien cantase. Porque, aunque

suele decirse que por las selvas y campos se hallan pastores de voces

estremadas, más son encarecimientos de poetas que verdades; y más, cuando

advirtieron que lo que oían cantar eran versos, no de rústicos ganaderos,

sino de discretos cortesanos. Y confirmó esta verdad haber sido los versos

que oyeron éstos:

¿Quién menoscaba mis bienes?

Desdenes.

Y ¿quién aumenta mis duelos?

Los celos.

Y ¿quién prueba mi paciencia?

Ausencia.

De ese modo, en mi dolencia

ningún remedio se alcanza,

pues me matan la esperanza

desdenes, celos y ausencia.

¿Quién me causa este dolor?

Amor.

Y ¿quién mi gloria repugna?

Fortuna.

Y ¿quién consiente en mi duelo?

El cielo

De ese modo, yo recelo

morir deste mal estraño,

pues se aumentan en mi daño,

amor, fortuna y el cielo.

¿Quién mejorará mi suerte?

La muerte.

Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?

Mudanza.

Y sus males, ¿quién los cura?

Locura.

De ese modo, no es cordura

querer curar la pasión

cuando los remedios son

muerte, mudanza y locura.

La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba causó

admiración y contento en los dos oyentes, los cuales se estuvieron quedos,

esperando si otra alguna cosa oían; pero, viendo que duraba algún tanto el

silencio, determinaron de salir a buscar el músico que con tan buena voz

cantaba. Y, queriéndolo poner en efeto, hizo la mesma voz que no se

moviesen, la cual llegó de nuevo a sus oídos, cantando este soneto:

Don Quijote · 第 57 / 114 题