— No es eso —respondió don Quijote—, sino que el sabio, a cuyo cargo debe de

estar el escribir la historia de mis hazañas, le habrá parecido que será

bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los

caballeros pasados: cuál se llamaba el de la Ardiente Espada; cuál, el del

Unicornio; aquel, de las Doncellas; aquéste, el del Ave Fénix; el otro, el

Caballero del Grifo; estotro, el de la Muerte; y por estos nombres e

insignias eran conocidos por toda la redondez de la tierra. Y así, digo que

el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora

que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme

desde hoy en adelante; y, para que mejor me cuadre tal nombre, determino de

hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura.

— No hay para qué gastar tiempo y dineros en hacer esa figura —dijo Sancho—,

sino lo que se ha de hacer es que vuestra merced descubra la suya y dé

rostro a los que le miraren; que, sin más ni más, y sin otra imagen ni

escudo, le llamarán el de la Triste Figura; y créame que le digo verdad,

porque le prometo a vuestra merced, señor, y esto sea dicho en burlas, que

le hace tan mala cara la hambre y la falta de las muelas, que, como ya

tengo dicho, se podrá muy bien escusar la triste pintura.

Rióse don Quijote del donaire de Sancho, pero, con todo, propuso de

llamarse de aquel nombre en pudiendo pintar su escudo, o rodela, como había

imaginado.

En esto volvió el bachiller y le dijo a don Quijote:

— Olvidábaseme de decir que advierta vuestra merced que queda descomulgado

por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada: juxta illud: Si

quis suadente diabolo, etc.

— No entiendo ese latín —respondió don Quijote—, mas yo sé bien que no puse

las manos, sino este lanzón; cuanto más, que yo no pensé que ofendía a

sacerdotes ni a cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro como católico

y fiel cristiano que soy, sino a fantasmas y a vestiglos del otro mundo; y,

cuando eso así fuese, en la memoria tengo lo que le pasó al Cid Ruy Díaz,

cuando quebró la silla del embajador de aquel rey delante de Su Santidad

del Papa, por lo cual lo descomulgó, y anduvo aquel día el buen Rodrigo de

Vivar como muy honrado y valiente caballero.

En oyendo esto el bachiller, se fue, como queda dicho, sin replicarle

palabra. Quisiera don Quijote mirar si el cuerpo que venía en la litera

eran huesos o no, pero no lo consintió Sancho, diciéndole:

— Señor, vuestra merced ha acabado esta peligrosa aventura lo más a su salvo

de todas las que yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada,

podría ser que cayese en la cuenta de que los venció sola una persona, y,

corridos y avergonzados desto, volviesen a rehacerse y a buscarnos, y nos

diesen en qué entender. El jumento está como conviene, la montaña cerca, la

hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies,

y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.

Y, antecogiendo su asno, rogó a su señor que le siguiese; el cual,

pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar, le siguió. Y,

a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en un

espacioso y escondido valle, donde se apearon; y Sancho alivió el jumento,

y, tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron,

comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus

estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del difunto

— que pocas veces se dejan mal pasar— en la acémila de su repuesto traían.

Mas sucedióles otra desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas, y

fue que no tenían vino que beber, ni aun agua que llegar a la boca; y,

acosados de la sed, dijo Sancho, viendo que el prado donde estaban estaba

colmado de verde y menuda yerba, lo que se dirá en el siguiente capítulo.

Capítulo XX. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro

fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso

don Quijote de la Mancha

— No es posible, señor mío, sino que estas yerbas dan testimonio de que por

aquí cerca debe de estar alguna fuente o arroyo que estas yerbas humedece;

y así, será bien que vamos un poco más adelante, que ya toparemos donde

podamos mitigar esta terrible sed que nos fatiga, que, sin duda, causa

mayor pena que la hambre.

Parecióle bien el consejo a don Quijote, y, tomando de la rienda a

Rocinante, y Sancho del cabestro a su asno, después de haber puesto sobre

él los relieves que de la cena quedaron, comenzaron a caminar por el prado

arriba a tiento, porque la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa

alguna; mas, no hubieron andado docientos pasos, cuando llegó a sus oídos

un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se

despeñaba. Alegróles el ruido en gran manera, y, parándose a escuchar hacia

qué parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento

del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de poco

ánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a compás, con un cierto crujir

de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua, que

pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote.

Era la noche, como se ha dicho, escura, y ellos acertaron a entrar entre

unos árboles altos, cuyas hojas, movidas del blando viento, hacían un

temeroso y manso ruido; de manera que la soledad, el sitio, la escuridad,

el ruido del agua con el susurro de las hojas, todo causaba horror y

espanto, y más cuando vieron que ni los golpes cesaban, ni el viento

dormía, ni la mañana llegaba; añadiéndose a todo esto el ignorar el lugar

donde se hallaban. Pero don Quijote, acompañado de su intrépido corazón,

saltó sobre Rocinante, y, embrazando su rodela, terció su lanzón y dijo:

— Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en esta

nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como

suele llamarse. Yo soy aquél para quien están guardados los peligros, las

grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de

resucitar los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la

Fama, y el que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes

y Tirantes, los Febos y Belianises, con toda la caterva de los famosos

caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en este en que me hallo

tales grandezas, estrañezas y fechos de armas, que escurezcan las más

claras que ellos ficieron. Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas

desta noche, su estraño silencio, el sordo y confuso estruendo destos

árboles, el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca venimos, que

parece que se despeña y derrumba desde los altos montes de la luna, y

aquel incesable golpear que nos hiere y lastima los oídos; las cuales

cosas, todas juntas y cada una por sí, son bastantes a infundir miedo,

temor y espanto en el pecho del mesmo Marte, cuanto más en aquel que no

está acostumbrado a semejantes acontecimientos y aventuras. Pues todo esto

que yo te pinto son incentivos y despertadores de mi ánimo, que ya hace que

el corazón me reviente en el pecho, con el deseo que tiene de acometer esta

aventura, por más dificultosa que se muestra. Así que, aprieta un poco las

cinchas a Rocinante y quédate a Dios, y espérame aquí hasta tres días no

más, en los cuales, si no volviere, puedes tú volverte a nuestra aldea, y

desde allí, por hacerme merced y buena obra, irás al Toboso, donde dirás a

la incomparable señora mía Dulcinea que su cautivo caballero murió por

acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo.

Cuando Sancho oyó las palabras de su amo, comenzó a llorar con la mayor

ternura del mundo y a decille:

— Señor, yo no sé por qué quiere vuestra merced acometer esta tan temerosa

aventura: ahora es de noche, aquí no nos vee nadie, bien podemos torcer el

camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en tres días; y, pues no

hay quien nos vea, menos habrá quien nos note de cobardes; cuanto más, que

yo he oído predicar al cura de nuestro lugar, que vuestra merced bien

conoce, que quien busca el peligro perece en él; así que, no es bien tentar

a Dios acometiendo tan desaforado hecho, donde no se puede escapar sino por

milagro; y basta los que ha hecho el cielo con vuestra merced en librarle

de ser manteado, como yo lo fui, y en sacarle vencedor, libre y salvo de

entre tantos enemigos como acompañaban al difunto. Y, cuando todo esto no

mueva ni ablande ese duro corazón, muévale el pensar y creer que apenas se

habrá vuestra merced apartado de aquí, cuando yo, de miedo, dé mi ánima a

quien quisiere llevarla. Yo salí de mi tierra y dejé hijos y mujer por

venir a servir a vuestra merced, creyendo valer más y no menos; pero, como

la cudicia rompe el saco, a mí me ha rasgado mis esperanzas, pues cuando

más vivas las tenía de alcanzar aquella negra y malhadada ínsula que tantas

veces vuestra merced me ha prometido, veo que, en pago y trueco della, me

quiere ahora dejar en un lugar tan apartado del trato humano. Por un solo

Dios, señor mío, que non se me faga tal desaguisado; y ya que del todo no

quiera vuestra merced desistir de acometer este fecho, dilátelo, a lo

menos, hasta la mañana; que, a lo que a mí me muestra la ciencia que

aprendí cuando era pastor, no debe de haber desde aquí al alba tres horas,

porque la boca de la Bocina está encima de la cabeza, y hace la media noche

en la línea del brazo izquierdo.

— ¿Cómo puedes tú, Sancho —dijo don Quijote—, ver dónde hace esa línea, ni

dónde está esa boca o ese colodrillo que dices, si hace la noche tan escura

que no parece en todo el cielo estrella alguna?

— Así es —dijo Sancho—, pero tiene el miedo muchos ojos y vee las cosas

debajo de tierra, cuanto más encima en el cielo; puesto que, por buen

discurso, bien se puede entender que hay poco de aquí al día.

— Falte lo que faltare —respondió don Quijote—; que no se ha de decir por

mí, ahora ni en ningún tiempo, que lágrimas y ruegos me apartaron de hacer

lo que debía a estilo de caballero; y así, te ruego, Sancho, que calles;

que Dios, que me ha puesto en corazón de acometer ahora esta tan no vista y

tan temerosa aventura, tendrá cuidado de mirar por mi salud y de consolar

tu tristeza. Lo que has de hacer es apretar bien las cinchas a Rocinante y

quedarte aquí, que yo daré la vuelta presto, o vivo o muerto.

Viendo, pues, Sancho la última resolución de su amo y cuán poco valían con

él sus lágrimas, consejos y ruegos, determinó de aprovecharse de su

industria y hacerle esperar hasta el día, si pudiese; y así, cuando

apretaba las cinchas al caballo, bonitamente y sin ser sentido, ató con el

cabestro de su asno ambos pies a Rocinante, de manera que cuando don

Quijote se quiso partir, no pudo, porque el caballo no se podía mover sino

a saltos. Viendo Sancho Panza el buen suceso de su embuste, dijo:

— Ea, señor, que el cielo, conmovido de mis lágrimas y plegarias, ha

ordenado que no se pueda mover Rocinante; y si vos queréis porfiar, y

espolear, y dalle, será enojar a la fortuna y dar coces, como dicen, contra

el aguijón.

Desesperábase con esto don Quijote, y, por más que ponía las piernas al

caballo, menos le podía mover; y, sin caer en la cuenta de la ligadura,

tuvo por bien de sosegarse y esperar, o a que amaneciese, o a que Rocinante

se menease, creyendo, sin duda, que aquello venía de otra parte que de la

industria de Sancho; y así, le dijo:

— Pues así es, Sancho, que Rocinante no puede moverse, yo soy contento de

esperar a que ría el alba, aunque yo llore lo que ella tardare en venir.

— No hay que llorar —respondió Sancho—, que yo entretendré a vuestra merced

contando cuentos desde aquí al día, si ya no es que se quiere apear y

echarse a dormir un poco sobre la verde yerba, a uso de caballeros

andantes, para hallarse más descansado cuando llegue el día y punto de

acometer esta tan desemejable aventura que le espera.

— ¿A qué llamas apear o a qué dormir? —dijo don Quijote—. ¿Soy yo, por

ventura, de aquellos caballeros que toman reposo en los peligros? Duerme

tú, que naciste para dormir, o haz lo que quisieres, que yo haré lo que

viere que más viene con mi pretensión.

No se enoje vuestra merced, señor mío —respondió Sancho—, que no lo dije

por tanto.

Y, llegándose a él, puso la una mano en el arzón delantero y la otra en el

otro, de modo que quedó abrazado con el muslo izquierdo de su amo, sin

osarse apartar dél un dedo: tal era el miedo que tenía a los golpes, que

todavía alternativamente sonaban. Díjole don Quijote que contase algún

cuento para entretenerle, como se lo había prometido, a lo que Sancho dijo

que sí hiciera si le dejara el temor de lo que oía.

— Pero, con todo eso, yo me esforzaré a decir una historia que, si la

acierto a contar y no me van a la mano, es la mejor de las historias; y

estéme vuestra merced atento, que ya comienzo. «Érase que se era, el bien

que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar...» Y

advierta vuestra merced, señor mío, que el principio que los antiguos

dieron a sus consejas no fue así comoquiera, que fue una sentencia de Catón

Zonzorino, romano, que dice: "Y el mal, para quien le fuere a buscar", que

viene aquí como anillo al dedo, para que vuestra merced se esté quedo y no

vaya a buscar el mal a ninguna parte, sino que nos volvamos por otro

camino, pues nadie nos fuerza a que sigamos éste, donde tantos miedos nos

sobresaltan.

— Sigue tu cuento, Sancho —dijo don Quijote—, y del camino que hemos de

seguir déjame a mí el cuidado.

— «Digo, pues —prosiguió Sancho—, que en un lugar de Estremadura había un

pastor cabrerizo (quiero decir que guardaba cabras), el cual pastor o

cabrerizo, como digo, de mi cuento, se llamaba Lope Ruiz; y este Lope Ruiz

andaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba, la cual pastora

llamada Torralba era hija de un ganadero rico, y este ganadero rico...»

— Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho —dijo don Quijote—, repitiendo

dos veces lo que vas diciendo, no acabarás en dos días; dilo seguidamente y

cuéntalo como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada.

— De la misma manera que yo lo cuento —respondió Sancho—, se cuentan en mi

tierra todas las consejas, y yo no sé contarlo de otra, ni es bien que

vuestra merced me pida que haga usos nuevos.

— Di como quisieres —respondió don Quijote—; que, pues la suerte quiere que

no pueda dejar de escucharte, prosigue.

— «Así que, señor mío de mi ánima —prosiguió Sancho—, que, como ya tengo

dicho, este pastor andaba enamorado de Torralba, la pastora, que era una

moza rolliza, zahareña y tiraba algo a hombruna, porque tenía unos pocos de

bigotes, que parece que ahora la veo.»

— Luego, ¿conocístela tú? —dijo don Quijote.

— No la conocí yo —respondió Sancho—, pero quien me contó este cuento me

dijo que era tan cierto y verdadero que podía bien, cuando lo contase a

otro, afirmar y jurar que lo había visto todo. «Así que, yendo días y

viniendo días, el diablo, que no duerme y que todo lo añasca, hizo de

manera que el amor que el pastor tenía a la pastora se volviese en omecillo

y mala voluntad; y la causa fue, según malas lenguas, una cierta cantidad

de celillos que ella le dio, tales que pasaban de la raya y llegaban a lo

vedado; y fue tanto lo que el pastor la aborreció de allí adelante que, por

no verla, se quiso ausentar de aquella tierra e irse donde sus ojos no la

viesen jamás. La Torralba, que se vio desdeñada del Lope, luego le quiso

bien, mas que nunca le había querido.»

— Ésa es natural condición de mujeres —dijo don Quijote—: desdeñar a quien

las quiere y amar a quien las aborrece. Pasa adelante, Sancho.

— «Sucedió —dijo Sancho— que el pastor puso por obra su determinación, y,

antecogiendo sus cabras, se encaminó por los campos de Estremadura, para

pasarse a los reinos de Portugal. La Torralba, que lo supo, se fue tras él,

y seguíale a pie y descalza desde lejos, con un bordón en la mano y con

unas alforjas al cuello, donde llevaba, según es fama, un pedazo de espejo

y otro de un peine, y no sé qué botecillo de mudas para la cara; mas,

llevase lo que llevase, que yo no me quiero meter ahora en averiguallo,

sólo diré que dicen que el pastor llegó con su ganado a pasar el río

Guadiana, y en aquella sazón iba crecido y casi fuera de madre, y por la

parte que llegó no había barca ni barco, ni quien le pasase a él ni a su

ganado de la otra parte, de lo que se congojó mucho, porque veía que la

Torralba venía ya muy cerca y le había de dar mucha pesadumbre con sus

ruegos y lágrimas; mas, tanto anduvo mirando, que vio un pescador que tenía

junto a sí un barco, tan pequeño que solamente podían caber en él una

persona y una cabra; y, con todo esto, le habló y concertó con él que le

pasase a él y a trecientas cabras que llevaba. Entró el pescador en el

barco, y pasó una cabra; volvió, y pasó otra; tornó a volver, y tornó a

pasar otra.» Tenga vuestra merced cuenta en las cabras que el pescador va

pasando, porque si se pierde una de la memoria, se acabará el cuento y no

será posible contar más palabra dél. «Sigo, pues, y digo que el

desembarcadero de la otra parte estaba lleno de cieno y resbaloso, y

tardaba el pescador mucho tiempo en ir y volver. Con todo esto, volvió por

otra cabra, y otra, y otra...»

— Haz cuenta que las pasó todas —dijo don Quijote—: no andes yendo y

viniendo desa manera, que no acabarás de pasarlas en un año.

— ¿Cuántas han pasado hasta agora? —dijo Sancho.

— ¡Yo qué diablos sé! —respondió don Quijote—.

— He ahí lo que yo dije: que tuviese buena cuenta. Pues, por Dios, que se ha

acabado el cuento, que no hay pasar adelante.

— ¿Cómo puede ser eso? —respondió don Quijote—. ¿Tan de esencia de la

historia es saber las cabras que han pasado, por estenso, que si se yerra

una del número no puedes seguir adelante con la historia?

— No señor, en ninguna manera —respondió Sancho—; porque, así como yo

pregunté a vuestra merced que me dijese cuántas cabras habían pasado y me

respondió que no sabía, en aquel mesmo instante se me fue a mí de la

memoria cuanto me quedaba por decir, y a fe que era de mucha virtud y

contento.

— ¿De modo —dijo don Quijote— que ya la historia es acabada?

— Tan acabada es como mi madre —dijo Sancho.

— Dígote de verdad —respondió don Quijote— que tú has contado una de las más

nuevas consejas, cuento o historia, que nadie pudo pensar en el mundo; y

que tal modo de contarla ni dejarla, jamás se podrá ver ni habrá visto en

toda la vida, aunque no esperaba yo otra cosa de tu buen discurso; mas no

me maravillo, pues quizá estos golpes, que no cesan, te deben de tener

turbado el entendimiento.

— Todo puede ser —respondió Sancho—, mas yo sé que en lo de mi cuento no hay

más que decir: que allí se acaba do comienza el yerro de la cuenta del

pasaje de las cabras.

— Acabe norabuena donde quisiere —dijo don Quijote—, y veamos si se puede

mover Rocinante.

Tornóle a poner las piernas, y él tornó a dar saltos y a estarse quedo:

tanto estaba de bien atado.

En esto, parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho

hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural —que es lo

que más se debe creer—, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que

otro no pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en

su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar

de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible; y así, lo que hizo, por

bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero,

con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza

con que los calzones se sostenían, sin ayuda de otra alguna, y, en

quitándosela, dieron luego abajo y se le quedaron como grillos. Tras esto,

alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al aire entrambas posaderas, que no

eran muy pequeñas. Hecho esto —que él pensó que era lo más que tenía que

hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia—, le sobrevino otra

mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito y

ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo

en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas diligencias, fue

tan desdichado que, al cabo al cabo, vino a hacer un poco de ruido, bien

diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote y dijo:

— ¿Qué rumor es ése, Sancho?

— No sé, señor —respondió él—. Alguna cosa nueva debe de ser, que las

aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.

Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien que, sin más ruido ni

alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le

había dado. Mas, como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como

el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él que casi por

línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que

algunos no llegasen a sus narices; y, apenas hubieron llegado, cuando él

fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos; y, con tono algo gangoso,

dijo:

— Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.

— Sí tengo —respondió Sancho—; mas, ¿en qué lo echa de ver vuestra merced

ahora más que nunca?

— En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar —respondió don Quijote.

— Bien podrá ser —dijo Sancho—, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra

merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos.

— Retírate tres o cuatro allá, amigo —dijo don Quijote (todo esto sin

quitarse los dedos de las narices)—, y desde aquí adelante ten más cuenta

con tu persona y con lo que debes a la mía; que la mucha conversación que

tengo contigo ha engendrado este menosprecio.

— Apostaré —replicó Sancho— que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi

persona alguna cosa que no deba.

— Peor es meneallo, amigo Sancho —respondió don Quijote.

En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo. Mas,

viendo Sancho que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó

a Rocinante y se ató los calzones. Como Rocinante se vio libre, aunque él

de suyo no era nada brioso, parece que se resintió, y comenzó a dar

manotadas; porque corvetas —con perdón suyo— no las sabía hacer. Viendo,

pues, don Quijote que ya Rocinante se movía, lo tuvo a buena señal, y creyó

que lo era de que acometiese aquella temerosa aventura.

Acabó en esto de descubrirse el alba y de parecer distintamente las cosas,

y vio don Quijote que estaba entre unos árboles altos, que ellos eran

castaños, que hacen la sombra muy escura. Sintió también que el golpear no

cesaba, pero no vio quién lo podía causar; y así, sin más detenerse, hizo

sentir las espuelas a Rocinante, y, tornando a despedirse de Sancho, le

mandó que allí le aguardase tres días, a lo más largo, como ya otra vez se

lo había dicho; y que, si al cabo dellos no hubiese vuelto, tuviese por

cierto que Dios había sido servido de que en aquella peligrosa aventura se

le acabasen sus días. Tornóle a referir el recado y embajada que había de

llevar de su parte a su señora Dulcinea, y que, en lo que tocaba a la paga

de sus servicios, no tuviese pena, porque él había dejado hecho su

testamento antes que saliera de su lugar, donde se hallaría gratificado de

todo lo tocante a su salario, rata por cantidad, del tiempo que hubiese

servido; pero que si Dios le sacaba de aquel peligro sano y salvo y sin

cautela, se podía tener por muy más que cierta la prometida ínsula.

De nuevo tornó a llorar Sancho, oyendo de nuevo las lastimeras razones de

su buen señor, y determinó de no dejarle hasta el último tránsito y fin de

aquel negocio.

Destas lágrimas y determinación tan honrada de Sancho Panza saca el autor

desta historia que debía de ser bien nacido, y, por lo menos, cristiano

viejo. Cuyo sentimiento enterneció algo a su amo, pero no tanto que

mostrase flaqueza alguna; antes, disimulando lo mejor que pudo, comenzó a

caminar hacia la parte por donde le pareció que el ruido del agua y del

golpear venía.

Seguíale Sancho a pie, llevando, como tenía de costumbre, del cabestro a su

jumento, perpetuo compañero de sus prósperas y adversas fortunas; y,

habiendo andado una buena pieza por entre aquellos castaños y árboles

sombríos, dieron en un pradecillo que al pie de unas altas peñas se hacía,

de las cuales se precipitaba un grandísimo golpe de agua. Al pie de las

peñas, estaban unas casas mal hechas, que más parecían ruinas de edificios

que casas, de entre las cuales advirtieron que salía el ruido y estruendo

de aquel golpear, que aún no cesaba.

Alborotóse Rocinante con el estruendo del agua y de los golpes, y,

sosegándole don Quijote, se fue llegando poco a poco a las casas,

encomendándose de todo corazón a su señora, suplicándole que en aquella

temerosa jornada y empresa le favoreciese, y de camino se encomendaba

también a Dios, que no le olvidase. No se le quitaba Sancho del lado, el

cual alargaba cuanto podía el cuello y la vista por entre las piernas de

Rocinante, por ver si vería ya lo que tan suspenso y medroso le tenía.

Otros cien pasos serían los que anduvieron, cuando, al doblar de una punta,

pareció descubierta y patente la misma causa, sin que pudiese ser otra, de

aquel horrísono y para ellos espantable ruido, que tan suspensos y medrosos

toda la noche los había tenido. Y eran —si no lo has, ¡oh lector!, por

pesadumbre y enojo— seis mazos de batán, que con sus alternativos golpes

aquel estruendo formaban.

Cuando don Quijote vio lo que era, enmudeció y pasmóse de arriba abajo.

Miróle Sancho, y vio que tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, con

muestras de estar corrido. Miró también don Quijote a Sancho, y viole que

tenía los carrillos hinchados y la boca llena de risa, con evidentes

señales de querer reventar con ella, y no pudo su melanconía tanto con él

que, a la vista de Sancho, pudiese dejar de reírse; y, como vio Sancho que

su amo había comenzado, soltó la presa de manera que tuvo necesidad de

apretarse las ijadas con los puños, por no reventar riendo. Cuatro veces

sosegó, y otras tantas volvió a su risa con el mismo ímpetu que primero; de

lo cual ya se daba al diablo don Quijote, y más cuando le oyó decir, como

por modo de fisga:

— «Has de saber, ¡oh Sancho amigo!, que yo nací, por querer del cielo, en

esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo

soy aquél para quien están guardados los peligros, las hazañas grandes, los

valerosos fechos...»

Y por aquí fue repitiendo todas o las más razones que don Quijote dijo la

vez primera que oyeron los temerosos golpes.

Viendo, pues, don Quijote que Sancho hacía burla dél, se corrió y enojó en

tanta manera, que alzó el lanzón y le asentó dos palos, tales que, si, como

los recibió en las espaldas, los recibiera en la cabeza, quedara libre de

pagarle el salario, si no fuera a sus herederos. Viendo Sancho que sacaba

tan malas veras de sus burlas, con temor de que su amo no pasase adelante

en ellas, con mucha humildad le dijo:

— Sosiéguese vuestra merced; que, por Dios, que me burlo.

— Pues, porque os burláis, no me burlo yo —respondió don Quijote—. Venid

acá, señor alegre: ¿paréceos a vos que, si como éstos fueron mazos de

batán, fueran otra peligrosa aventura, no había yo mostrado el ánimo que

convenía para emprendella y acaballa? ¿Estoy yo obligado, a dicha, siendo,

como soy, caballero, a conocer y destinguir los sones y saber cuáles son de

batán o no? Y más, que podría ser, como es verdad, que no los he visto en

mi vida, como vos los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y

nacido entre ellos. Si no, haced vos que estos seis mazos se vuelvan en

seis jayanes, y echádmelos a las barbas uno a uno, o todos juntos, y,

cuando yo no diere con todos patas arriba, haced de mí la burla que

quisiéredes.

— No haya más, señor mío —replicó Sancho—, que yo confieso que he andado

algo risueño en demasía. Pero dígame vuestra merced, ahora que estamos en

paz (así Dios le saque de todas las aventuras que le sucedieren tan sano y

salvo como le ha sacado désta), ¿no ha sido cosa de reír, y lo es de

contar, el gran miedo que hemos tenido? A lo menos, el que yo tuve; que de

vuestra merced ya yo sé que no le conoce, ni sabe qué es temor ni espanto.

— No niego yo —respondió don Quijote— que lo que nos ha sucedido no sea cosa

digna de risa, pero no es digna de contarse; que no son todas las personas

tan discretas que sepan poner en su punto las cosas.

— A lo menos —respondió Sancho—, supo vuestra merced poner en su punto el

lanzón, apuntándome a la cabeza, y dándome en las espaldas, gracias a Dios

y a la diligencia que puse en ladearme. Pero vaya, que todo saldrá en la

colada; que yo he oído decir: "Ése te quiere bien, que te hace llorar"; y

más, que suelen los principales señores, tras una mala palabra que dicen a

un criado, darle luego unas calzas; aunque no sé lo que le suelen dar tras

haberle dado de palos, si ya no es que los caballeros andantes dan tras

palos ínsulas o reinos en tierra firme.

— Tal podría correr el dado —dijo don Quijote— que todo lo que dices viniese

a ser verdad; y perdona lo pasado, pues eres discreto y sabes que los

primeros movimientos no son en mano del hombre, y está advertido de aquí

adelante en una cosa, para que te abstengas y reportes en el hablar

demasiado conmigo; que en cuantos libros de caballerías he leído, que son

infinitos, jamás he hallado que ningún escudero hablase tanto con su señor

como tú con el tuyo. Y en verdad que lo tengo a gran falta, tuya y mía:

tuya, en que me estimas en poco; mía, en que no me dejo estimar en más. Sí,

que Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, conde fue de la ínsula Firme; y

se lee dél que siempre hablaba a su señor con la gorra en la mano,

inclinada la cabeza y doblado el cuerpo more turquesco. Pues, ¿qué diremos

de Gasabal, escudero de don Galaor, que fue tan callado que, para

declararnos la excelencia de su maravilloso silencio, sola una vez se

nombra su nombre en toda aquella tan grande como verdadera historia? De

todo lo que he dicho has de inferir, Sancho, que es menester hacer

diferencia de amo a mozo, de señor a criado y de caballero a escudero. Así

que, desde hoy en adelante, nos hemos de tratar con más respeto, sin darnos

cordelejo, porque, de cualquiera manera que yo me enoje con vos, ha de ser

mal para el cántaro. Las mercedes y beneficios que yo os he prometido

llegarán a su tiempo; y si no llegaren, el salario, a lo menos, no se ha de

perder, como ya os he dicho.

— Está bien cuanto vuestra merced dice —dijo Sancho—, pero querría yo saber,

por si acaso no llegase el tiempo de las mercedes y fuese necesario acudir

al de los salarios, cuánto ganaba un escudero de un caballero andante en

aquellos tiempos, y si se concertaban por meses, o por días, como peones de

albañir.

— No creo yo —respondió don Quijote— que jamás los tales escuderos

estuvieron a salario, sino a merced. Y si yo ahora te le he señalado a ti

en el testamento cerrado que dejé en mi casa, fue por lo que podía suceder;

que aún no sé cómo prueba en estos tan calamitosos tiempos nuestros la

caballería, y no querría que por pocas cosas penase mi ánima en el otro

mundo. Porque quiero que sepas, Sancho, que en él no hay estado más

peligroso que el de los aventureros.

— Así es verdad —dijo Sancho—, pues sólo el ruido de los mazos de un batán

pudo alborotar y desasosegar el corazón de un tan valeroso andante

aventurero como es vuestra merced. Mas, bien puede estar seguro que, de

aquí adelante, no despliegue mis labios para hacer donaire de las cosas de

vuestra merced, si no fuere para honrarle, como a mi amo y señor natural.

— Desa manera —replicó don Quijote—, vivirás sobre la haz de la tierra;

porque, después de a los padres, a los amos se ha de respetar como si lo

fuesen.

Capítulo XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de

Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero

En esto, comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el

molino de los batanes; mas habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote,

por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y así,

torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían

llevado el día de antes.

De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo, que traía en la

cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aún él apenas le

hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:

— Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son

sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas,

especialmente aquel que dice: "Donde una puerta se cierra, otra se abre".

Dígolo porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que

buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en par

otra, para otra mejor y más cierta aventura; que si yo no acertare a entrar

por ella, mía será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de

batanes ni a la escuridad de la noche. Digo esto porque, si no me engaño,

hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino,

sobre que yo hice el juramento que sabes.

— Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace —dijo Sancho—,

que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y

aporrear el sentido.

— ¡Válate el diablo por hombre! —replicó don Quijote—. ¿Qué va de yelmo a

batanes?

— No sé nada —respondió Sancho—; mas, a fe que si yo pudiera hablar tanto

como solía, que quizá diera tales razones que vuestra merced viera que se

engañaba en lo que dice.

— ¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor escrupuloso? —dijo don

Quijote—. Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un

caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?

— Lo que yo veo y columbro —respondió Sancho— no es sino un hombre sobre un

asno pardo, como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.

— Pues ése es el yelmo de Mambrino —dijo don Quijote—. Apártate a una parte

y déjame con él a solas: verás cuán sin hablar palabra, por ahorrar del

tiempo, concluyo esta aventura y queda por mío el yelmo que tanto he

deseado.

— Yo me tengo en cuidado el apartarme —replicó Sancho—, mas quiera Dios,

torno a decir, que orégano sea, y no batanes.

— Ya os he dicho, hermano, que no me mentéis, ni por pienso, más eso de los

batanes —dijo don Quijote—; que voto..., y no digo más, que os batanee el

alma.

Calló Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le había

echado, redondo como una bola.

Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote

veía, era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño

que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto, sí; y

así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un

enfermo de sangrarse y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el

barbero, y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte que, al tiempo que

venía, comenzó a llover, y, porque no se le manchase el sombrero, que debía

de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza; y, como estaba limpia,

desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo,

y ésta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio rodado, y

caballero, y yelmo de oro; que todas las cosas que veía, con mucha

facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y malandantes

pensamientos. Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin

ponerse con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con el

lanzón bajo, llevando intención de pasarle de parte a parte; mas cuando a

él llegaba, sin detener la furia de su carrera, le dijo:

— ¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu voluntad lo que con

tanta razón se me debe!

El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo, vio venir aquella fantasma

sobre sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza,

si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando

se levantó más ligero que un gamo y comenzó a correr por aquel llano, que

no le alcanzara el viento. Dejóse la bacía en el suelo, con la cual se

contentó don Quijote, y dijo que el pagano había andado discreto y que

había imitado al castor, el cual, viéndose acosado de los cazadores, se

taraza y arpa con los dientes aquéllo por lo que él, por distinto natural,

sabe que es perseguido. Mandó a Sancho que alzase el yelmo, el cual,

tomándola en las manos, dijo:

— Por Dios, que la bacía es buena y que vale un real de a ocho como un

maravedí.

Y, dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola a una

parte y a otra, buscándole el encaje; y, como no se le hallaba, dijo:

— Sin duda que el pagano, a cuya medida se forjó primero esta famosa celada,

debía de tener grandísima cabeza, y lo peor dello es que le falta la mitad.

Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada, no pudo tener la risa; mas

vínosele a las mientes la cólera de su amo, y calló en la mitad della.

— ¿De qué te ríes, Sancho? —dijo don Quijote.

— Ríome —respondió él— de considerar la gran cabeza que tenía el pagano

dueño deste almete, que no semeja sino una bacía de barbero pintiparada.

— ¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo,

por algún estraño acidente, debió de venir a manos de quien no supo conocer

ni estimar su valor, y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo,

debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra

mitad hizo ésta, que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero, sea lo

que fuere; que para mí que la conozco no hace al caso su trasmutación; que

yo la aderezaré en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte que no

le haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo y forjó el dios de las

herrerías para el dios de las batallas; y, en este entretanto, la traeré

como pudiere, que más vale algo que no nada; cuanto más, que bien será

bastante para defenderme de alguna pedrada.

— Eso será —dijo Sancho— si no se tira con honda, como se tiraron en la

pelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra merced las

muelas y le rompieron el alcuza donde venía aquel benditísimo brebaje que

me hizo vomitar las asaduras.along

— No me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes tú, Sancho —dijo don

Quijote—, que yo tengo la receta en la memoria.

— También la tengo yo —respondió Sancho—, pero si yo le hiciere ni le

probare más en mi vida, aquí sea mi hora. Cuanto más, que no pienso ponerme

en ocasión de haberle menester, porque pienso guardarme con todos mis cinco

sentidos de ser ferido ni de ferir a nadie. De lo del ser otra vez

manteado, no digo nada, que semejantes desgracias mal se pueden prevenir, y

si vienen, no hay que hacer otra cosa sino encoger los hombros, detener el

aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde la suerte y la manta nos

llevare.

— Mal cristiano eres, Sancho —dijo, oyendo esto, don Quijote—, porque nunca

olvidas la injuria que una vez te han hecho; pues sábete que es de pechos

nobles y generosos no hacer caso de niñerías. ¿Qué pie sacaste cojo, qué

costilla quebrada, qué cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla?

Que, bien apurada la cosa, burla fue y pasatiempo; que, a no entenderlo yo

ansí, ya yo hubiera vuelto allá y hubiera hecho en tu venganza más daño que

el que hicieron los griegos por la robada Elena. La cual, si fuera en este

tiempo, o mi Dulcinea fuera en aquél, pudiera estar segura que no tuviera

tanta fama de hermosa como tiene.

Y aquí dio un sospiro, y le puso en las nubes. Y dijo Sancho:

— Pase por burlas, pues la venganza no puede pasar en veras; pero yo sé de

qué calidad fueron las veras y las burlas, y sé también que no se me caerán

de la memoria, como nunca se quitarán de las espaldas. Pero, dejando esto

aparte, dígame vuestra merced qué haremos deste caballo rucio rodado, que

parece asno pardo, que dejó aquí desamparado aquel Martino que vuestra

merced derribó; que, según él puso los pies en polvorosa y cogió las de

Villadiego, no lleva pergenio de volver por él jamás; y ¡para mis barbas,

si no es bueno el rucio!

— Nunca yo acostumbro —dijo don Quijote— despojar a los que venzo, ni es uso

de caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese que

el vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que, en tal caso,

lícito es tomar el del vencido, como ganado en guerra lícita. Así que,

Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo que tú quisieres que sea, que, como

su dueño nos vea alongados de aquí, volverá por él.

— Dios sabe si quisiera llevarle —replicó Sancho—, o, por lo menos, trocalle

con este mío, que no me parece tan bueno. Verdaderamente que son estrechas

las leyes de caballería, pues no se estienden a dejar trocar un asno por

otro; y querría saber si podría trocar los aparejos siquiera.

— En eso no estoy muy cierto —respondió don Quijote—; y, en caso de duda,

hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes dellos

necesidad estrema.

— Tan estrema es —respondió Sancho— que si fueran para mi misma persona, no

los hubiera menester más.

Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum y puso su

jumento a las mil lindezas, dejándole mejorado en tercio y quinto.

Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron,

bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos:

tal era el aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les habían

puesto.

Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron a caballo, y, sin

tomar determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar

ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante

quiso, que se llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siempre

le seguía por dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todo

esto, volvieron al camino real y siguieron por él a la ventura, sin otro

disignio alguno.

Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo:

— Señor, ¿quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con él?

Que, después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio, se me han

podrido más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en

el pico de la lengua no querría que se mal lograse.

— Dila —dijo don Quijote—, y sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay

gustoso si es largo.

— Digo, pues, señor —respondió Sancho—, que, de algunos días a esta parte,

he considerado cuán poco se gana y granjea de andar buscando estas

aventuras que vuestra merced busca por estos desiertos y encrucijadas de

caminos, donde, ya que se venzan y acaben las más eligrosas, no hay quien

las vea ni sepa; y así, se han de quedar en perpetuo silencio, y en

perjuicio de la intención de vuestra merced y de lo que ellas merecen. Y

así, me parece que sería mejor, salvo el mejor parecer de vuestra merced,

que nos fuésemos a servir a algún emperador, o a otro príncipe grande que

tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor de su

persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto del

señor a quien sirviéremos, por fuerza nos ha de remunerar, a cada cual

según sus méritos, y allí no faltará quien ponga en escrito las hazañas de

vuestra merced, para perpetua memoria. De las mías no digo nada, pues no

han de salir de los límites escuderiles; aunque sé decir que, si se usa en

la caballería escribir hazañas de escuderos, que no pienso que se han de

quedar las mías entre renglones.

— No dices mal, Sancho —respondió don Quijote—; mas, antes que se llegue a

ese término, es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscando

las aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal que,

cuando se fuere a la corte de algún gran monarca, ya sea el caballero

conocido por sus obras; y que, apenas le hayan visto entrar los muchachos

por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan y rodeen, dando voces,

diciendo: ''Éste es el Caballero del Sol'', o de la Sierpe, o de otra

insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes hazañas. ''Éste

es —dirán— el que venció en singular batalla al gigantazo Brocabruno de la

Gran Fuerza; el que desencantó al Gran Mameluco de Persia del largo

encantamento en que había estado casi novecientos años''. Así que, de mano

en mano, irán pregonando tus hechos, y luego, al alboroto de los muchachos

y de la demás gente, se parará a las fenestras de su real palacio el rey de

aquel reino, y así como vea al caballero, conociéndole por las armas o por

la empresa del escudo, forzosamente ha de decir: ''¡Ea, sus! ¡Salgan mis

caballeros, cuantos en mi corte están, a recebir a la flor de la

caballería, que allí viene!'' A cuyo mandamiento saldrán todos, y él

llegará hasta la mitad de la escalera, y le abrazará estrechísimamente, y

le dará paz besándole en el rostro; y luego le llevará por la mano al

aposento de la señora reina, adonde el caballero la hallará con la infanta,

su hija, que ha de ser una de las más fermosas y acabadas doncellas que, en

gran parte de lo descubierto de la tierra, a duras penas se pueda hallar.

Sucederá tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en el

caballero y él en los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina que

humana; y, sin saber cómo ni cómo no, han de quedar presos y enlazados en

la intricable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones por no saber

cómo se han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos. Desde allí

le llevarán, sin duda, a algún cuarto del palacio, ricamente aderezado,

donde, habiéndole quitado las armas, le traerán un rico manto de escarlata

con que se cubra; y si bien pareció armado, tan bien y mejor ha de parecer

en farseto. Venida la noche, cenará con el rey, reina e infanta, donde

nunca quitará los ojos della, mirándola a furto de los circustantes, y ella

hará lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo dicho, es muy

discreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrará a deshora por la

puerta de la sala un feo y pequeño enano con una fermosa dueña, que, entre

dos gigantes, detrás del enano viene, con cierta aventura, hecha por un

antiquísimo sabio, que el que la acabare será tenido por el mejor caballero

del mundo. Mandará luego el rey que todos los que están presentes la

prueben, y ninguno le dará fin y cima sino el caballero huésped, en mucho

pro de su fama, de lo cual quedará contentísima la infanta, y se tendrá por

contenta y pagada además, por haber puesto y colocado sus pensamientos en

tan alta parte. Y lo bueno es que este rey, o príncipe, o lo que es, tiene

una muy reñida guerra con otro tan poderoso como él, y el caballero huésped

le pide (al cabo de algunos días que ha estado en su corte) licencia para

ir a servirle en aquella guerra dicha. Darásela el rey de muy buen talante,

y el caballero le besará cortésmente las manos por la merced que le face. Y

aquella noche se despedirá de su señora la infanta por las rejas de un

jardín, que cae en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otras

muchas veces la había fablado, siendo medianera y sabidora de todo una

doncella de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirará él, desmayaráse

ella, traerá agua la doncella, acuitaráse mucho porque viene la mañana, y

no querría que fuesen descubiertos, por la honra de su señora. Finalmente,

la infanta volverá en sí y dará sus blancas manos por la reja al caballero,

el cual se las besará mil y mil veces y se las bañará en lágrimas. Quedará

concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber sus buenos o

malos sucesos, y rogarále la princesa que se detenga lo menos que pudiere;

prometérselo ha él con muchos juramentos; tórnale a besar las manos, y

despídese con tanto sentimiento que estará poco por acabar la vida. Vase

desde allí a su aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir del dolor

de la partida, madruga muy de mañana, vase a despedir del rey y de la reina

y de la infanta; dícenle, habiéndose despedido de los dos, que la señora

infanta está mal dispuesta y que no puede recebir visita; piensa el

caballero que es de pena de su partida, traspásasele el corazón, y falta

poco de no dar indicio manifiesto de su pena. Está la doncella medianera

delante, halo de notar todo, váselo a decir a su señora, la cual la recibe

con lágrimas y le dice que una de las mayores penas que tiene es no saber

quién sea su caballero, y si es de linaje de reyes o no; asegúrala la

doncella que no puede caber tanta cortesía, gentileza y valentía como la de

su caballero sino en subjeto real y grave; consuélase con esto la cuitada;

procura consolarse, por no dar mal indicio de sí a sus padres, y, a cabo de

dos días, sale en público. Ya se es ido el caballero: pelea en la guerra,

vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas,

vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele, conciértase que la pida

a su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la quiere dar el rey,

porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada o de otra cualquier

suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y su padre lo viene a

tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero es

hijo de un valeroso rey de no sé qué reino, porque creo que no debe de

estar en el mapa. Muérese el padre, hereda la infanta, queda rey el

caballero en dos palabras. Aquí entra luego el hacer mercedes a su escudero

y a todos aquellos que le ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su

escudero con una doncella de la infanta, que será, sin duda, la que fue

tercera en sus amores, que es hija de un duque muy principal.

— Eso pido, y barras derechas —dijo Sancho—; a eso me atengo, porque todo,

al pie de la letra, ha de suceder por vuestra merced, llamándose el

Caballero de la Triste Figura.

— No lo dudes, Sancho —replicó don Quijote—, porque del mesmo y por los

mesmos pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros andantes

a ser reyes y emperadores. Sólo falta agora mirar qué rey de los cristianos

o de los paganos tenga guerra y tenga hija hermosa; pero tiempo habrá para

pensar esto, pues, como te tengo dicho, primero se ha de cobrar fama por

otras partes que se acuda a la corte. También me falta otra cosa; que,

puesto caso que se halle rey con guerra y con hija hermosa, y que yo haya

cobrado fama increíble por todo el universo, no sé yo cómo se podía hallar

que yo sea de linaje de reyes, o, por lo menos, primo segundo de emperador;

porque no me querrá el rey dar a su hija por mujer si no está primero muy

enterado en esto, aunque más lo merezcan mis famosos hechos. Así que, por

esta falta, temo perder lo que mi brazo tiene bien merecido. Bien es verdad

que yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesión y propriedad y de

devengar quinientos sueldos; y podría ser que el sabio que escribiese mi

historia deslindase de tal manera mi parentela y decendencia, que me

hallase quinto o sesto nieto de rey. Porque te hago saber, Sancho, que hay

dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derriban su

decendencia de príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha

deshecho, y han acabado en punta, como pirámide puesta al revés; otros

tuvieron principio de gente baja, y van subiendo de grado en grado, hasta

llegar a ser grandes señores. De manera que está la diferencia en que unos

fueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron; y podría ser yo

déstos que, después de averiguado, hubiese sido mi principio grande y

famoso, con lo cual se debía de contentar el rey, mi suegro, que hubiere de

ser. Y cuando no, la infanta me ha de querer de manera que, a pesar de su

padre, aunque claramente sepa que soy hijo de un azacán, me ha de admitir

por señor y por esposo; y si no, aquí entra el roballa y llevalla donde más

gusto me diere; que el tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de sus

padres.

— Ahí entra bien también —dijo Sancho— lo que algunos desalmados dicen: "No

pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza"; aunque mejor cuadra decir:

"Más vale salto de mata que ruego de hombres buenos". Dígolo porque si el

señor rey, suegro de vuestra merced, no se quisiere domeñar a entregalle a

mi señora la infanta, no hay sino, como vuestra merced dice, roballa y

trasponella. Pero está el daño que, en tanto que se hagan las paces y se

goce pacíficamente el reino, el pobre escudero se podrá estar a diente en

esto de las mercedes. Si ya no es que la doncella tercera, que ha de ser su

mujer, se sale con la infanta, y él pasa con ella su mala ventura, hasta

que el cielo ordene otra cosa; porque bien podrá, creo yo, desde luego

dársela su señor por ligítima esposa.

— Eso no hay quien la quite —dijo don Quijote.

— Pues, como eso sea —respondió Sancho—, no hay sino encomendarnos a Dios, y

dejar correr la suerte por donde mejor lo encaminare.

— Hágalo Dios —respondió don Quijote— como yo deseo y tú, Sancho, has

menester; y ruin sea quien por ruin se tiene.

— Sea par Dios —dijo Sancho—, que yo cristiano viejo soy, y para ser conde

esto me basta.

— Y aun te sobra —dijo don Quijote—; y cuando no lo fueras, no hacía nada al

caso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin que la

compres ni me sirvas con nada. Porque, en haciéndote conde, cátate ahí

caballero, y digan lo que dijeren; que a buena fe que te han de llamar

señoría, mal que les pese.

— Y ¡montas que no sabría yo autorizar el litado! —dijo Sancho.

— Dictado has de decir, que no litado —dijo su amo.

— Sea ansí —respondió Sancho Panza—. Digo que le sabría bien acomodar,

porque, por vida mía, que un tiempo fui muñidor de una cofradía, y que me

asentaba tan bien la ropa de muñidor, que decían todos que tenía presencia

para poder ser prioste de la mesma cofradía. Pues, ¿qué será cuando me

ponga un ropón ducal a cuestas, o me vista de oro y de perlas, a uso de

conde estranjero? Para mí tengo que me han de venir a ver de cien leguas.

— Bien parecerás —dijo don Quijote—, pero será menester que te rapes las

barbas a menudo; que, según las tienes de espesas, aborrascadas y mal

puestas, si no te las rapas a navaja, cada dos días por lo menos, a tiro de

escopeta se echará de ver lo que eres.

— ¿Qué hay más —dijo Sancho—, sino tomar un barbero y tenelle asalariado en

casa? Y aun, si fuere menester, le haré que ande tras mí, como caballerizo

de grande.

— Pues, ¿cómo sabes tú —preguntó don Quijote— que los grandes llevan detrás

de sí a sus caballerizos?

— Yo se lo diré —respondió Sancho—: los años pasados estuve un mes en la

corte, y allí vi que, paseándose un señor muy pequeño, que decían que era

muy grande, un hombre le seguía a caballo a todas las vueltas que daba, que

no parecía sino que era su rabo. Pregunté que cómo aquel hombre no se

juntaba con el otro, sino que siempre andaba tras dél. Respondiéronme que

era su caballerizo y que era uso de los grandes llevar tras sí a los tales.

Desde entonces lo sé tan bien que nunca se me ha olvidado.

— Digo que tienes razón —dijo don Quijote—, y que así puedes tú llevar a tu

barbero; que los usos no vinieron todos juntos, ni se inventaron a una, y

puedes ser tú el primero conde que lleve tras sí su barbero; y aun es de

más confianza el hacer la barba que ensillar un caballo.

— Quédese eso del barbero a mi cargo —dijo Sancho—, y al de vuestra merced

se quede el procurar venir a ser rey y el hacerme conde.

— Así será —respondió don Quijote.

Y, alzando los ojos, vio lo que se dirá en el siguiente capítulo.

Capítulo XXII. De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que,

mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir

Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, en esta gravísima,

altisonante, mínima, dulce e imaginada historia que, después que entre el

famoso don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, pasaron

aquellas razones que en el fin del capítulo veinte y uno quedan referidas,

que don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían

hasta doce hombres a pie, ensartados, como cuentas, en una gran cadena de

hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos. Venían ansimismo

con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie; los de a caballo, con

escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas; y que así como

Sancho Panza los vido, dijo:

— Ésta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.

— ¿Cómo gente forzada? —preguntó don Quijote—. ¿Es posible que el rey haga

fuerza a ninguna gente?

— No digo eso —respondió Sancho—, sino que es gente que, por sus delitos, va

condenada a servir al rey en las galeras de por fuerza.

— En resolución —replicó don Quijote—, comoquiera que ello sea, esta gente,

aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.

— Así es —dijo Sancho.

— Pues desa manera —dijo su amo—, aquí encaja la ejecución de mi oficio:

desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.

— Advierta vuestra merced —dijo Sancho— que la justicia, que es el mesmo

rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga en

pena de sus delitos.

Llegó, en esto, la cadena de los galeotes, y don Quijote, con muy corteses

razones, pidió a los que iban en su guarda fuesen servidos de informalle y

decille la causa, o causas, por que llevan aquella gente de aquella manera.

Una de las guardas de a caballo respondió que eran galeotes, gente de Su

Majestad que iba a galeras, y que no había más que decir, ni él tenía más

que saber.

— Con todo eso —replicó don Quijote—, querría saber de cada uno dellos en

particular la causa de su desgracia.

Añadió a éstas otras tales y tan comedidas razones, para moverlos a que

dijesen lo que deseaba, que la otra guarda de a caballo le dijo:

— Aunque llevamos aquí el registro y la fe de las sentencias de cada uno

destos malaventurados, no es tiempo éste de detenerles a sacarlas ni a

leellas; vuestra merced llegue y se lo pregunte a ellos mesmos, que ellos

lo dirán si quisieren, que sí querrán, porque es gente que recibe gusto de

hacer y decir bellaquerías.

Con esta licencia, que don Quijote se tomara aunque no se la dieran, se

llegó a la cadena, y al primero le preguntó que por qué pecados iba de tan

mala guisa. Él le respondió que por enamorado iba de aquella manera.

— ¿Por eso no más? —replicó don Quijote—. Pues, si por enamorados echan a

galeras, días ha que pudiera yo estar bogando en ellas.

— No son los amores como los que vuestra merced piensa —dijo el galeote—;

que los míos fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada de

ropa blanca, que la abracé conmigo tan fuertemente que, a no quitármela la

justicia por fuerza, aún hasta agora no la hubiera dejado de mi voluntad.

Fue en fragante, no hubo lugar de tormento; concluyóse la causa,

acomodáronme las espaldas con ciento, y por añadidura tres precisos de

gurapas, y acabóse la obra.

— ¿Qué son gurapas? —preguntó don Quijote.

— Gurapas son galeras —respondió el galeote.

El cual era un mozo de hasta edad de veinte y cuatro años, y dijo que era

natural de Piedrahíta. Lo mesmo preguntó don Quijote al segundo, el cual no

respondió palabra, según iba de triste y malencónico; mas respondió por él

el primero, y dijo:

— Éste, señor, va por canario; digo, por músico y cantor.

— Pues, ¿cómo —repitió don Quijote—, por músicos y cantores van también a

galeras?

— Sí, señor —respondió el galeote—, que no hay peor cosa que cantar en el

ansia.

— Antes, he yo oído decir —dijo don Quijote— que quien canta sus males

espanta.

— Acá es al revés —dijo el galeote—, que quien canta una vez llora toda la

vida.

— No lo entiendo —dijo don Quijote.

Mas una de las guardas le dijo:

— Señor caballero, cantar en el ansia se dice, entre esta gente non santa,

confesar en el tormento. A este pecador le dieron tormento y confesó su

delito, que era ser cuatrero, que es ser ladrón de bestias, y, por haber

confesado, le condenaron por seis años a galeras, amén de docientos azotes

que ya lleva en las espaldas. Y va siempre pensativo y triste, porque los

demás ladrones que allá quedan y aquí van le maltratan y aniquilan, y

escarnecen y tienen en poco, porque confesó y no tuvo ánimo de decir nones.

Porque dicen ellos que tantas letras tiene un no como un sí, y que harta

ventura tiene un delincuente, que está en su lengua su vida o su muerte, y

no en la de los testigos y probanzas; y para mí tengo que no van muy fuera

de camino.

— Y yo lo entiendo así —respondió don Quijote.

El cual, pasando al tercero, preguntó lo que a los otros; el cual, de

presto y con mucho desenfado, respondió y dijo:

— Yo voy por cinco años a las señoras gurapas por faltarme diez ducados.

— Yo daré veinte de muy buena gana —dijo don Quijote— por libraros desa

pesadumbre.

— Eso me parece —respondió el galeote— como quien tiene dineros en mitad del

golfo y se está muriendo de hambre, sin tener adonde comprar lo que ha

menester. Dígolo porque si a su tiempo tuviera yo esos veinte ducados que

vuestra merced ahora me ofrece, hubiera untado con ellos la péndola del

escribano y avivado el ingenio del procurador, de manera que hoy me viera

en mitad de la plaza de Zocodover, de Toledo, y no en este camino,

atraillado como galgo; pero Dios es grande: paciencia y basta.

Pasó don Quijote al cuarto, que era un hombre de venerable rostro con una

barba blanca que le pasaba del pecho; el cual, oyéndose preguntar la causa

por que allí venía, comenzó a llorar y no respondió palabra; mas el quinto

condenado le sirvió de lengua, y dijo:

— Este hombre honrado va por cuatro años a galeras, habiendo paseado las

acostumbradas vestido en pompa y a caballo.

— Eso es —dijo Sancho Panza—, a lo que a mí me parece, haber salido a la

vergüenza.

— Así es —replicó el galeote—; y la culpa por que le dieron esta pena es por

haber sido corredor de oreja, y aun de todo el cuerpo. En efecto, quiero

decir que este caballero va por alcahuete, y por tener asimesmo sus puntas

y collar de hechicero.

— A no haberle añadido esas puntas y collar —dijo don Quijote—, por

solamente el alcahuete limpio, no merecía él ir a bogar en las galeras,

sino a mandallas y a ser general dellas; porque no es así comoquiera el

oficio de alcahuete, que es oficio de discretos y necesarísimo en la

república bien ordenada, y que no le debía ejercer sino gente muy bien

nacida; y aun había de haber veedor y examinador de los tales, como le hay

de los demás oficios, con número deputado y conocido, como corredores de

lonja; y desta manera se escusarían muchos males que se causan por andar

este oficio y ejercicio entre gente idiota y de poco entendimiento, como

son mujercillas de poco más a menos, pajecillos y truhanes de pocos años y

de poca experiencia, que, a la más necesaria ocasión y cuando es menester

dar una traza que importe, se les yelan las migas entre la boca y la mano y

no saben cuál es su mano derecha. Quisiera pasar adelante y dar las razones

por que convenía hacer elección de los que en la república habían de tener

tan necesario oficio, pero no es el lugar acomodado para ello: algún día lo

diré a quien lo pueda proveer y remediar. Sólo digo ahora que la pena que

me ha causado ver estas blancas canas y este rostro venerable en tanta

fatiga, por alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero; aunque

bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la

voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no

hay yerba ni encanto que le fuerce. Lo que suelen hacer algunas mujercillas

simples y algunos embusteros bellacos es algunas misturas y venenos con que

vuelven locos a los hombres, dando a entender que tienen fuerza para hacer

querer bien, siendo, como digo, cosa imposible forzar la voluntad.

— Así es —dijo el buen viejo—, y, en verdad, señor, que en lo de hechicero

que no tuve culpa; en lo de alcahuete, no lo pude negar. Pero nunca pensé

que hacía mal en ello: que toda mi intención era que todo el mundo se

holgase y viviese en paz y quietud, sin pendencias ni penas; pero no me

aprovechó nada este buen deseo para dejar de ir adonde no espero volver,

según me cargan los años y un mal de orina que llevo, que no me deja

reposar un rato.

Y aquí tornó a su llanto, como de primero; y túvole Sancho tanta compasión,

que sacó un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna.

Pasó adelante don Quijote, y preguntó a otro su delito, el cual respondió

con no menos, sino con mucha más gallardía que el pasado:

— Yo voy aquí porque me burlé demasiadamente con dos primas hermanas mías, y

con otras dos hermanas que no lo eran mías; finalmente, tanto me burlé con

todas, que resultó de la burla crecer la parentela, tan intricadamente que

no hay diablo que la declare. Probóseme todo, faltó favor, no tuve dineros,

víame a pique de perder los tragaderos, sentenciáronme a galeras por seis

años, consentí: castigo es de mi culpa; mozo soy: dure la vida, que con

ella todo se alcanza. Si vuestra merced, señor caballero, lleva alguna cosa

con que socorrer a estos pobretes, Dios se lo pagará en el cielo, y

nosotros tendremos en la tierra cuidado de rogar a Dios en nuestras

oraciones por la vida y salud de vuestra merced, que sea tan larga y tan

buena como su buena presencia merece.

Éste iba en hábito de estudiante, y dijo una de las guardas que era muy

grande hablador y muy gentil latino.

Tras todos éstos, venía un hombre de muy buen parecer, de edad de treinta

años, sino que al mirar metía el un ojo en el otro un poco. Venía

diferentemente atado que los demás, porque traía una cadena al pie, tan

grande que se la liaba por todo el cuerpo, y dos argollas a la garganta, la

una en la cadena, y la otra de las que llaman guardaamigo o piedeamigo, de

la cual decendían dos hierros que llegaban a la cintura, en los cuales se

asían dos esposas, donde llevaba las manos, cerradas con un grueso candado,

de manera que ni con las manos podía llegar a la boca, ni podía bajar la

cabeza a llegar a las manos. Preguntó don Quijote que cómo iba aquel hombre

con tantas prisiones más que los otros. Respondióle la guarda porque tenía

aquel solo más delitos que todos los otros juntos, y que era tan atrevido y

tan grande bellaco que, aunque le llevaban de aquella manera, no iban

seguros dél, sino que temían que se les había de huir.

— ¿Qué delitos puede tener —dijo don Quijote—, si no han merecido más pena

que echalle a las galeras?

— Va por diez años —replicó la guarda—, que es como muerte cevil. No se

quiera saber más, sino que este buen hombre es el famoso Ginés de

Pasamonte, que por otro nombre llaman Ginesillo de Parapilla.

— Señor comisario —dijo entonces el galeote—, váyase poco a poco, y no

andemos ahora a deslindar nombres y sobrenombres. Ginés me llamo y no

Ginesillo, y Pasamonte es mi alcurnia, y no Parapilla, como voacé dice; y

cada uno se dé una vuelta a la redonda, y no hará poco.

— Hable con menos tono —replicó el comisario—, señor ladrón de más de la

marca, si no quiere que le haga callar, mal que le pese.

— Bien parece —respondió el galeote— que va el hombre como Dios es servido,

pero algún día sabrá alguno si me llamo Ginesillo de Parapilla o no.

— Pues, ¿no te llaman ansí, embustero? —dijo la guarda.

— Sí llaman —respondió Ginés—, mas yo haré que no me lo llamen, o me las

pelaría donde yo digo entre mis dientes. Señor caballero, si tiene algo que

darnos, dénoslo ya, y vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber

vidas ajenas; y si la mía quiere saber, sepa que yo soy Ginés de Pasamonte,

cuya vida está escrita por estos pulgares.

— Dice verdad —dijo el comisario—: que él mesmo ha escrito su historia, que

no hay más, y deja empeñado el libro en la cárcel en docientos reales.

— Y le pienso quitar —dijo Ginés—, si quedara en docientos ducados.

— ¿Tan bueno es? —dijo don Quijote.

— Es tan bueno —respondió Ginés— que mal año para Lazarillo de Tormes y para

todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren. Lo que le sé

decir a voacé es que trata verdades, y que son verdades tan lindas y tan

donosas que no pueden haber mentiras que se le igualen.

— ¿Y cómo se intitula el libro? —preguntó don Quijote.

— La vida de Ginés de Pasamonte —respondió el mismo.

— ¿Y está acabado? —preguntó don Quijote.

— ¿Cómo puede estar acabado —respondió él—, si aún no está acabada mi vida?

Lo que está escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última

vez me han echado en galeras.

— Luego, ¿otra vez habéis estado en ellas? —dijo don Quijote.

— Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro años, y ya sé a qué

sabe el bizcocho y el corbacho —respondió Ginés—; y no me pesa mucho de ir

a ellas, porque allí tendré lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas

cosas que decir, y en las galeras de España hay mas sosiego de aquel que

sería menester, aunque no es menester mucho más para lo que yo tengo de

escribir, porque me lo sé de coro.

— Hábil pareces —dijo don Quijote.

— Y desdichado —respondió Ginés—; porque siempre las desdichas persiguen al

buen ingenio.

— Persiguen a los bellacos —dijo el comisario.

— Ya le he dicho, señor comisario —respondió Pasamonte—, que se vaya poco a

poco, que aquellos señores no le dieron esa vara para que maltratase a los

pobretes que aquí vamos, sino para que nos guiase y llevase adonde Su

Majestad manda. Si no, ¡por vida de...! ¡Basta!, que podría ser que

saliesen algún día en la colada las manchas que se hicieron en la venta; y

todo el mundo calle, y viva bien, y hable mejor y caminemos, que ya es

mucho regodeo éste.

Alzó la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte en respuesta de sus

amenazas, mas don Quijote se puso en medio y le rogó que no le maltratase,

pues no era mucho que quien llevaba tan atadas las manos tuviese algún

tanto suelta la lengua. Y, volviéndose a todos los de la cadena, dijo:

— De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio

que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a

padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas muy de mala gana y muy

contra vuestra voluntad; y que podría ser que el poco ánimo que aquél tuvo

en el tormento, la falta de dineros déste, el poco favor del otro y,

finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra

perdición y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte

teníades. Todo lo cual se me representa a mí ahora en la memoria de manera

que me está diciendo, persuadiendo y aun forzando que muestre con vosotros

el efeto para que el cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar en él la

orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a

los menesterosos y opresos de los mayores. Pero, porque sé que una de las

partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga por

mal, quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos de

desataros y dejaros ir en paz, que no faltarán otros que sirvan al rey en

mejores ocasiones; porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios

y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas —añadió don Quijote—,

que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada

uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al

malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean

verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido esto con esta

mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros;

y, cuando de grado no lo hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de

mi brazo, harán que lo hagáis por fuerza.

— ¡Donosa majadería! —respondió el comisario— ¡Bueno está el donaire con que

ha salido a cabo de rato! ¡Los forzados del rey quiere que le dejemos, como

si tuviéramos autoridad para soltarlos o él la tuviera para mandárnoslo!

Váyase vuestra merced, señor, norabuena, su camino adelante, y enderécese

ese bacín que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.

— ¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! —respondió don Quijote.

Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto que, sin que tuviese

lugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo, malherido de una

lanzada; y avínole bien, que éste era el de la escopeta. Las demás guardas

quedaron atónitas y suspensas del no esperado acontecimiento; pero,

volviendo sobre sí, pusieron mano a sus espadas los de a caballo, y los de

a pie a sus dardos, y arremetieron a don Quijote, que con mucho sosiego los

aguardaba; y, sin duda, lo pasara mal si los galeotes, viendo la ocasión

que se les ofrecía de alcanzar libertad, no la procuraran, procurando

romper la cadena donde venían ensartados. Fue la revuelta de manera que las

guardas, ya por acudir a los galeotes, que se desataban, ya por acometer a

don Quijote, que los acometía, no hicieron cosa que fuese de provecho.

Ayudó Sancho, por su parte, a la soltura de Ginés de Pasamonte, que fue el

primero que saltó en la campaña libre y desembarazado, y, arremetiendo al

comisario caído, le quitó la espada y la escopeta, con la cual, apuntando

al uno y señalando al otro, sin disparalla jamás, no quedó guarda en todo

el campo, porque se fueron huyendo, así de la escopeta de Pasamonte como de

las muchas pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban.

Entristecióse mucho Sancho deste suceso, porque se le representó que los

que iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, la

cual, a campana herida, saldría a buscar los delincuentes, y así se lo dijo

a su amo, y le rogó que luego de allí se partiesen y se emboscasen en la

sierra, que estaba cerca.

— Bien está eso —dijo don Quijote—, pero yo sé lo que ahora conviene que se

haga.

Y, llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y habían

despojado al comisario hasta dejarle en cueros, se le pusieron todos a la

redonda para ver lo que les mandaba, y así les dijo:

— De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los

pecados que más a Dios ofende es la ingratitud. Dígolo porque ya habéis

visto, señores, con manifiesta experiencia, el que de mí habéis recebido;

en pago del cual querría, y es mi voluntad, que, cargados de esa cadena que

quité de vuestros cuellos, luego os pongáis en camino y vais a la ciudad

del Toboso, y allí os presentéis ante la señora Dulcinea del Toboso y le

digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar,

y le contéis, punto por punto, todos los que ha tenido esta famosa aventura

hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde

quisiéredes a la buena ventura.

Respondió por todos Ginés de Pasamonte, y dijo:

— Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es imposible

de toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos por los

caminos, sino solos y divididos, y cada uno por su parte, procurando

meterse en las entrañas de la tierra, por no ser hallado de la Santa

Hermandad, que, sin duda alguna, ha de salir en nuestra busca. Lo que

vuestra merced puede hacer, y es justo que haga, es mudar ese servicio y

montazgo de la señora Dulcinea del Toboso en alguna cantidad de avemarías y

credos, que nosotros diremos por la intención de vuestra merced; y ésta es

cosa que se podrá cumplir de noche y de día, huyendo o reposando, en paz o

en guerra; pero pensar que hemos de volver ahora a las ollas de Egipto,

digo, a tomar nuestra cadena y a ponernos en camino del Toboso, es pensar

que es ahora de noche, que aún no son las diez del día, y es pedir a

nosotros eso como pedir peras al olmo.

— Pues ¡voto a tal! —dijo don Quijote, ya puesto en cólera—, don hijo de la

puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llamáis, que habéis de ir vos

solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas.

Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don

Quijote no era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el de

querer darles libertad, viéndose tratar de aquella manera, hizo del ojo a

los compañeros, y, apartándose aparte, comenzaron a llover tantas piedras

sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con la rodela; y el

pobre de Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera hecho de

bronce. Sancho se puso tras su asno, y con él se defendía de la nube y

pedrisco que sobre entrambos llovía. No se pudo escudar tan bien don

Quijote que no le acertasen no sé cuántos guijarros en el cuerpo, con tanta

fuerza que dieron con él en el suelo; y apenas hubo caído, cuando fue sobre

él el estudiante y le quitó la bacía de la cabeza, y diole con ella tres o

cuatro golpes en las espaldas y otros tantos en la tierra, con que la hizo

pedazos. Quitáronle una ropilla que traía sobre las armas, y las medias

calzas le querían quitar si las grebas no lo estorbaran. A Sancho le

quitaron el gabán, y, dejándole en pelota, repartiendo entre sí los demás

despojos de la batalla, se fueron cada uno por su parte, con más cuidado de

escaparse de la Hermandad, que temían, que de cargarse de la cadena e ir a

presentarse ante la señora Dulcinea del Toboso.

Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y Don Quijote; el jumento,

cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando

que aún no había cesado la borrasca de las piedras, que le perseguían los

oídos; Rocinante, tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otra

pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote,

mohinísimo de verse tan malparado por los mismos a quien tanto bien había

hecho.

Capítulo XXIII. De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra

Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera

historia se cuentan

Viéndose tan malparado don Quijote, dijo a su escudero:

— Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar

agua en la mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera escusado

esta pesadumbre; pero ya está hecho: paciencia, y escarmentar para desde

aquí adelante.

— Así escarmentará vuestra merced —respondió Sancho— como yo soy turco;

pero, pues dice que si me hubiera creído se hubiera escusado este daño,

créame ahora y escusará otro mayor; porque le hago saber que con la Santa

Hermandad no hay usar de caballerías, que no se le da a ella por cuantos

caballeros andantes hay dos maravedís; y sepa que ya me parece que sus

saetas me zumban por los oídos.

— Naturalmente eres cobarde, Sancho —dijo don Quijote—, pero, porque no

digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez

quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes; mas ha de

ser con una condición: que jamás, en vida ni en muerte, has de decir a

nadie que yo me retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por complacer

a tus ruegos; que si otra cosa dijeres, mentirás en ello, y desde ahora

para entonces, y desde entonces para ahora, te desmiento, y digo que

mientes y mentirás todas las veces que lo pensares o lo dijeres. Y no me

repliques más, que en sólo pensar que me aparto y retiro de algún peligro,

especialmente déste, que parece que lleva algún es no es de sombra de

miedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar aquí solo, no solamente a la

Santa Hermandad que dices y temes, sino a los hermanos de los doce tribus

de Israel, y a los siete Macabeos, y a Cástor y a Pólux, y aun a todos los

hermanos y hermandades que hay en el mundo.

— Señor —respondió Sancho—, que el retirar no es huir, ni el esperar es

cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es

guardarse hoy para mañana y no aventurarse todo en un día. Y sepa que,

aunque zafio y villano, todavía se me alcanza algo desto que llaman buen

gobierno; así que, no se arrepienta de haber tomado mi consejo, sino suba

en Rocinante, si puede, o si no yo le ayudaré, y sígame, que el caletre me

dice que hemos menester ahora más los pies que las manos.

Subió don Quijote, sin replicarle más palabra, y, guiando Sancho sobre su

asno, se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba,

llevando Sancho intención de atravesarla toda e ir a salir al Viso, o a

Almodóvar del Campo, y esconderse algunos días por aquellas asperezas, por

no ser hallados si la Hermandad los buscase. Animóle a esto haber visto que

de la refriega de los galeotes se había escapado libre la despensa que

sobre su asno venía, cosa que la juzgó a milagro, según fue lo que llevaron

y buscaron los galeotes.

Así como don Quijote entró por aquellas montañas, se le alegró el corazón,

pareciéndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba.

Reducíansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantes

soledades y asperezas habían sucedido a caballeros andantes. Iba pensando

en estas cosas, tan embebecido y trasportado en ellas que de ninguna otra

se acordaba. Ni Sancho llevaba otro cuidado —después que le pareció que

caminaba por parte segura— sino de satisfacer su estómago con los relieves

que del despojo clerical habían quedado; y así, iba tras su amo sentado a

la mujeriega sobre su jumento, sacando de un costal y embaulando en su

panza; y no se le diera por hallar otra ventura, entretanto que iba de

aquella manera, un ardite.

En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con la

punta del lanzón alzar no sé qué bulto que estaba caído en el suelo, por lo

cual se dio priesa a llegar a ayudarle si fuese menester; y cuando llegó

fue a tiempo que alzaba con la punta del lanzón un cojín y una maleta asida

a él, medio podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas, pesaba tanto,

que fue necesario que Sancho se apease a tomarlos, y mandóle su amo que

viese lo que en la maleta venía.

Hízolo con mucha presteza Sancho, y, aunque la maleta venía cerrada con una

cadena y su candado, por lo roto y podrido della vio lo que en ella había,

que eran cuatro camisas de delgada holanda y otras cosas de lienzo, no

menos curiosas que limpias, y en un pañizuelo halló un buen montoncillo de

escudos de oro; y, así como los vio, dijo:

— ¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que sea de

provecho!

Y buscando más, halló un librillo de memoria, ricamente guarnecido. Éste le

pidió don Quijote, y mandóle que guardase el dinero y lo tomase para él.

Besóle las manos Sancho por la merced, y, desvalijando a la valija de su

lencería, la puso en el costal de la despensa. Todo lo cual visto por don

Quijote, dijo:

— Paréceme, Sancho, y no es posible que sea otra cosa, que algún caminante

descaminado debió de pasar por esta sierra, y, salteándole malandrines, le

debieron de matar, y le trujeron a enterrar en esta tan escondida parte.

— No puede ser eso —respondió Sancho—, porque si fueran ladrones, no se

dejaran aquí este dinero.

— Verdad dices —dijo don Quijote—, y así, no adivino ni doy en lo que esto

pueda ser; mas, espérate: veremos si en este librillo de memoria hay alguna

cosa escrita por donde podamos rastrear y venir en conocimiento de lo que

deseamos.

Abrióle, y lo primero que halló en él escrito, como en borrador, aunque de

muy buena letra, fue un soneto, que, leyéndole alto porque Sancho también

lo oyese, vio que decía desta manera:

O le falta al Amor conocimiento,

o le sobra crueldad, o no es mi pena

igual a la ocasión que me condena

al género más duro de tormento.

Don Quijote · 第 54 / 114 题