La encontré con una hemorragia. La palangana, llena de coágulos,
descansaba sobre una silla. Ella, echada en su humilde cama de hierro,
apenas respiraba. Me sonrió doloridamente, como al través de un velo. La
niñera y única sirviente, la guipuzcoana Marichu, entretenía á Rafaelín
por medio de un carro hecho de dos carretes y unas cañas. Pero el niño,
al verme, dejó sus juegos y vino á agarrarse á mis piernas.
--¡Bapar! ¡Aúpa!
Le aupé, le besé los ojos, le apreté firme. Reía á chorros, pegándome
manotazos y tirándome de las barbas. Le dejé en el suelo, y anuncié:
--Vuelvo con el médico.
Vivía muy cerca uno, joven, sin clientela aún; estudioso, apurado de
recursos, ansiando trabajo y lucimiento. Se echó la capa y me acompañó.
Su examen de la paciente fué minucioso, su interrogatorio largo, pero
sin fineza psicológica. No veía sino el cuerpo de la enferma. Recetó; la
criada corrió á la botica. Yo, con Rafaelín en brazos, me fuí al
cuartuco que hacía de comedor, encendí el quinqué de petróleo--no se
veía, eran las cinco de la tarde--y reclamé la verdad.
--No sé si pasará de esta noche. Si la hemorragia repite...
Un golpe sordo me retumbó dentro. Iba á encontrarme cara á cara con la
Guadañadora.
--¿Querrá usted que me quede aquí?--interrogó el médico, expansivamente.
--Lo agradecería.
--Voy á avisar á mi mujer, para que no se asuste; tomaré un bocado, y
aquí me tiene usted antes de una hora. ¿Gracias? No, si es un deber...
Quedé solo. El niño se adormecía sobre mi hombro, bañado en sudor, de
tanto diablear. En la alcoba se oía una inspiración lenta, irregular,
cavernosa. Sobre la almohada, la cabellera fosca de Rita se expandía
formando aureola de tinieblas. La cara, en medio, blanqueaba.
Congojosamente me llamó:
--¡Gaspar! ¡Gaspar!
--¿Está usted mejor?
--Estoy... muy bien. Como si de encima del pecho... me hubiesen quitado
un peso... de una arroba.
--No hable. No se fatigue.
--¿Qué dice el médico?
--Que es lo de otras veces. Un ataquillo sin importancia.
Los ojos de mar muerto, de betún calcinado, despidieron vislumbre
repentina.
--Es el fin... ¡La de vámonos!.. Tengo miedo, Gaspar... Mucho miedo...
--No hay miedo... Estoy aquí... ¿Qué quiere usted que haga, niña, para
quitarla ese miedo bobo?
--¡Si pudiese... Si pudiese usted... traerme un... confesor!.. Pero un
confesor que sea muy bueno... que me perdone... Que sea como... como
Nuestro Señor crucificado!... así, bueno, para todos... para mí... que
no mire á mi iniquidad!...
--¿Va usted á agitarse? A empeorar?.. Sosiéguese, haga por dormir.
Arroró!..
--No puedo sosegarme... No soy mora, no soy judía. He pecado, estoy en
pecado mortal... ¡el mayor pecado!., y estoy... en lo último...
--Todos pecan... Tranquilícese...
--No, no, yo soy otra cosa; para mí no hay perdón; yo...
Hízome con la mano señal de acercar mi oído á su boca, y entre un vaho
de calentura pronunció:
--¡Yo... estoy... condenada!.. ¡Condenada!
--¡Qué disparate! Usted se va al cielo... dentro de muchos años...
Bueno, no se aflija, la complaceré... Ahora mismo traigo al sacerdote.
Tome primero la poción, recobre fuerzas...
Regresó de la botica Marichu, y al entregarme un frasco envuelto en
papel, me secreteó afanosa.
--Un cura se necesita, pues... No ha de ir como los perros, señor...
Cristiana es, cura han de llamar...
--Iba á salir á buscarle... Tráete una cuchara de plata.
No la había. Marichu fregó una de vil plomo. Cucharada tras cucharada,
administré á Rita la dosis. Pareció reanimarse un poco, y recargó:
--El confesor... ¡Volando!
El médico volvía ya, dispuesto á pasar la noche á mi lado. Olía su boca
barbuda á vino barato, á queso de Flandes.
--Mandaré á la chica que le haga á usted una taza de café, doctor... Y
que le saquen una botellita de cognac. Hay de todo aquí; yo confiaba en
el alcohol y en la cafeína para sostener este organismo. Usted queda en
su casa; voy por ahí en demanda de un sacerdote. Desea confesarse... ¿Ve
usted peligro? ¿Inconveniente?
--No. Si lo ha pedido ella misma, la servirá de consuelo. No es uno
creyente fervoroso, pero hay que respetar mucho estas exigencias...
Salí, tomé un coche y di las señas: las de un anciano ex párroco,
bondadoso y sin tacha, hombre aficionadísimo á libros, y que por
satisfacer sus manías de erudición y bibliografía ha renunciado un
curato pingüe. Encontré al inofensivo viejo en un cuartucho donde hay
pilas de infolios por el suelo y polvo de tres años, y le expuse el caso
apremiante. El me conoce de tertulias de librería y de coincidencia en
casas de gente estudiosa, pues yo gusto, temo que con exceso, de estas
vanidades. Plegó las arrugas de su cara avellanada y titubeó antes de
soltar la pregunta:
--¿Es... parienta de usted esa... señora?
--No. Es amiga. Nada, nada más que amiga: palabra de honor.
Descolgó su manteo en mal uso, se arropó rezongando «corre fresquete» y
rodamos hacia la vivienda de Rita. Por el camino enteré de algo al
sacerdote...
--Es un alma sin rumbo, sin norte y sin hiel; seguramente ha vivido á la
inversa de lo que viviría, si poseyese fuerza de voluntad. Se acusa de
maldad tremenda; asegura que para ella no hay perdón.
--Oveja descarriada...--asintió él.--¡Pobrecilla! Más suele ser el yerro
que la malicia en esta clase de pecados. Y que no es maligna, se ve en
el solo hecho de llamarme. Este rato que ahora tiene que pasar es el que
decide la suerte de las personas... Una buena muerte; y lo demás no
supone nada. El pensamiento del soneto está íntegro en el último verso.
Se me escapó una frase confidencial:
--Todas las muertes son buenas, porque todas son la conclusión de la
vida.
Soltó el viejo una risita inocente.
--¡Jesús! ¡Dios nos dé vida, hasta que se le antoje, el más tiempo
posible!.. Yo no estoy á mal con la vida. Si tuviese sitio donde colocar
tanto librote como se me junta, me consideraría feliz. En otro tiempo,
con mis aficiones, estaría yo en grande en un convento, de esos de
biblioteca regia y muchas horas para disfrutar, revolviendo los
estantes. Hogaño no; en los conventos no hay libertad, no hay frailes
privilegiados, á quienes se les deje con su manía del estudio, y las
bibliotecas que algo valían, ¡dónde irán ellas! Ayer mismo, en casa de
Celso el anticuario, ¿qué dirá usted que encontré? Un libro de
profesiones de Santo Domingo el Real: todo lleno de acuarelas y empresas
y alegorías de los profesos...
Antes de que pudiese pegar la hebra de su tema favorito, estábamos en
casa de la enferma. Me adelanté para anunciar:
--¡Rita, criatura, aquí le traigo á un sacerdote amigo mío; ya ve que
los caprichos se le cumplen! ¿Quiere usted que entre? Si no quiere...
esperará.
La cara, cuya palidez parecía enverdecer un reflejo fosfórico, se
removió un poco entre las tinieblas encrespadas de la cabellera suelta,
y los labios marchitos, sin color, susurraron:
--Que pase, que pase... ¡Jesús... mío, misericordia!--impetró la
moribunda, con ardiente ruego.
Entró el anciano, vacilante y torpe, á fuer de erudito miope que se ha
dejado en casa los espejuelos. Tuve que guiarle, que indicarle una
silla, al lado de la revuelta cama. En el aire flotaban olores
farmacéuticos. Así que le vi instalado, me retiré. La sala estaba
contigua al dormitorio. El médico, ante el velador, terminaba su café y
su copa.
--No se moleste, siga... Marichu, café para mí también... Muy cargado...
Mientras esperaba la infusión que había de despabilarme para la vela, me
senté en el sillón de raído forro. Colocado de espaldas á la puerta de
la alcoba, y bastante próximo á ella, el cuchicheo que partía de allí me
llegaba en truncados sonidos, como si el diálogo estuviese en verso y
los que dialogaban se interrumpiesen y luego acentuasen con trágico
énfasis un trozo, un arranque más sentido de la poesía. Acechador
involuntario y cobarde, no entendía yo bien las frases, pero alguna
palabra era para mí cual son en los antiguos gráficos de ignorado idioma
esas letras repetidas y ya descifradas, que permiten interpretar, por
relación de lo conocido, lo que se desconoce. A veces, no oía
distintamente un vocablo; lo que me guiaba en mi malvado espionaje de un
alma, era el acento con que pronunciaban lo que no oía. La voz del
sacerdote, sobre todo, me daba luz, siniestra luz. Tenía el timbre
sordo y ahogado de un grito que se sofoca por terror. Y la penitente,
enfervorizada, hablaba con singular energía, con no interrumpido
bisbiseo vehemente, como si vaciase el absceso purulento de tanta
iniquidad, apretando duro para expulsar todo lo nefando. Me sería
imposible decir si entendí nada concreto de la terrible conversación; y,
sin embargo... entre modulaciones de voz, interrupciones, preguntas,
gemidos, fraseo desgranado--, yo repetía para mí--... «Era eso, era
eso...» ¡Sublime horror pagano, tremenda carga en la conciencia
católica..!
Sin embargo, la nube de espanto se despejó; se apaciguó el murmullo,
convertido en una especie de himno ó plegaria de reconocimiento.
La mano del sacerdote, bendiciendo, se interpuso ante la luz de la
alcoba. ¡Rita estaba perdonada..! La pobre alma, transida de espanto,
sudando hielo y castañeteando los dientes, se calmaba, se envigorizaba,
y, agarrada á un cabito de seda blanca, iba á atravesar valerosa el
puente del abismo...
En efecto: cuando el viejo salió del dormitorio, tembloroso,
desemblantado,--horripilado de lo poco que se parece la realidad á los
libros viejos, y de cómo las viejas fábulas mitológicas no están sólo en
las bellas ediciones con viñetas, sino que se codean con nosotros en las
calles--, y me precipité á ver en qué estado se encontraba la enferma,
la faz verdiblanca sonreía con expresión de beatitud. Las pupilas de
asfalto se fijaron en mí, invitándome á compartir aquella dicha.
--¿Qué tal? ¿Mejoría, eh? Doctor: acérquese...
--Sí, mejoría--repitió sin convicción él...--. La respiración no es
tan...--Se interrumpió; yo adiviné el término exacto que suprimía, «tan
estertorosa». ¡El estertor...!
--Don Gaspar--murmuró Rita; y comprendí su ruego, y me incliné.
En mi oído, deslizó:
--¿No abandonará al niño..?
--Palabra. No temas--dije, con tuteo fraternal.
--Poco trabajo le dará... Ese niño no puede vivir...
--No digas locuras... ¿Por qué?
--Porque no lo consentirá Dios nuestro Señor... No puede consentirlo...
Oiga, don Gaspar... Prométame... Si vive, que entre en un Seminario...
en esos colegios para estudiar la carrera de cura... ¡Y mejor, en un
convento de frailes..!
--Así se hará, mujer... Descansa... Tu hijo es mi hijo...
Agarró mi mano y pugnó por apretarla fraternalmente, según costumbre;
pero estaba tan débil, que no acertó. Yo halagué sus sienes y su melena
alborotada, lacia á trechos de sudor, crespa y como erizada á trechos
también--extraña melena que parecía apuntada á brochazos por artista
genial--y ordené con despotismo, sugestionándola:
--Ahora, cucharadita de poción, y á dormir.
Absorbida la poción calmante, arreglado el emboce de las sábanas, subido
el colchón á empujones, recogí la luz y la puse sobre la cómoda de la
sala, detrás de un jarroncillo con flores artificiales. El doctor
secreteaba opacamente con el confesor. Este se volvió y me previno.
--Avisaré en la parroquia para que mañana venga el Viático.
Aprobé y le acompañé hasta la puerta.
--El coche que nos trajo aguarda... Está pagado... Mil gracias, amigo
don Andrés... A propósito. Tengo para usted un ejemplar raro de la
_Aminta_, con grabados en madera... Se lo enviaré en cuanto esta
infeliz...
--¡Se acepta con reconocimiento!; pero supongo que no será por
recompensarme de molestia alguna, porque, al contrario, mi obligación es
la que acabo de cumplir... Por penosa que sea...
Y temblaba aún, ligeramente, arropándose en el manteo,
susurrando--¡brrru!
Cuando volví á la sala, el médico salía de la alcoba.
--Reposa... Debía usted reposar también un rato. Yo velo.
--Nada de eso. Echese usted en el sofá; estoy de guardia.
Me habían servido el café, y aguardaba, frío ya. A mí me gusta más frío
que caliente: me retrepé en la butaca y empecé á beberlo á sorbos, con
placer nervioso, semiespiritual. Tumbado en el sofá, el doctor, robusto
y lastrado de cognac excelente, había cogido el sueño al vuelo, y dormía
con la boca abierta, modulando á ratos un comienzo de ronquido. Me serví
café otra vez, más engolosinado que la primera. Una excitación lúcida se
apoderó de mí: en excitaciones semejantes las ideas son como ágiles
saltatrices; hay una labor cerebral de devanadera, un tropel de
representaciones; todo parece inminente, inaplazable, cual si urgiese
resolver el negocio de nuestro destino sin un punto de dilación. La
tristeza de lo frustrado se hizo trágica en mí. A las doce de la mañana
de aquel mismo día, me alborozaba aún la perspectiva de la humareda azul
del hogar. Y no era la humareda lo que yo echaba de menos--todas las
humaredas me son indiferentes--. Era mi deseo, mi sueño de la humareda,
mi sueño de vida, lo que añoraba. Nada vale nada; sólo vale algo el
deseo que sentimos de poseer ó realizar las cosas.
Abiertos los ojos á la penumbra, pensaba en la que va á desaparecer
después de sufrir tal suplicio en su corazón, selva de plantas
ponzoñosas. Esa vaga incredulidad que nos asalta ante el no ser, me
dominó por un momento. ¿Era posible que Rita, la caprichosa, la vivaz,
la que tanto se entusiasmaba y hacía tales extremos en el teatro, la que
había padecido los furores de la antigüedad criminal, fuese mañana un
poco de materia orgánica en descomposición? ¿Cómo puede suceder algo tan
extraordinario en un segundo? ¿Porque se arroja sangre, se cesa de
existir? ¿Y qué es esto de dejar de existir? Murió Rita, dirán.
Entonces, Rita no es su cuerpo enmagrecido, no es sus cabellos foscos,
no es su voz cristalina, no es su cuello de flor medio tronchada. Todo
eso ahí estará... y Rita no.--Puse sobre el velador los codos y sobre
las palmas derrumbé la cabeza. Mi meditación se convertía en cavilación
visionaria. Acaso dormía, acaso deliraba. El alcaloide del café
concentrado actuaba sobre mi sistema nervioso, y con malsano goce dejé
volar mi fantasía, provista de unas alas membranosas, gris oscuro, de
murciélago,--que acababan de brotarle.
V
En árida llanura amarilla, cercada por un anfiteatro de montañuelas
calvas y telarañosas, iba atardeciendo muy despacio. Crepúsculo
interminable; del cielo cárdeno parecía descender lluvia de ceniza
sutil; y el sol, que detrás de los cerros se ponía, era un globo sin
calor, medio apagado, enorme, una pupila de cíclope agonizante.
Tan doliente paisaje ofrecía los tonos secos mitigados y polvorientos de
los antiguos tapices, y las figuras que sobre el paisaje comenzaron á
desfilar en caricaturesca procesión, de tapiz eran también: de tapiz, ó
de orla de códice cuatrocentista. El cuadro era del número de los
espantos que el arte ha querido agregar á los espantos de la naturaleza.
La primer figura que desfiló era la del anciano casi divino: un varón de
consumida faz; sobre su becoquín de terciopelo guinda, la tiara de oro
escalona tres pisos coronados. El esqueleto, roto y desharrapado por el
vientre, que le guía, lleva á cuestas, sobre sus huesos mondos, un
féretro. El viejo augusto alza la mano para bendecir y excomulgar... El
esqueleto le agarra de un brazo, y, tropezando en sus luengas vestiduras
pontificales, se deja llevar el Papa al baile siniestro. ¡Danzad, Padre
Santo!
Al Emperador no ha sido necesario asirle. Es sin duda Carlomagno, el
héroe, y desdeña el temor. Marcha recto y majestuoso, arrastrando sus
púrpuras y sus armiños, y en la potente diestra, como relámpago de
acero, reluce el espadón de justicia, mientras en la izquierda descansa
una esfera de zafir, que es el mundo. El confianzudo esqueleto no
respeta los atributos del supremo poder; con gesto persuasivo enseña al
excelso la inevitable ruta. ¡Danzad, seor Imperante!
Trémulo, moroso, el Cardenal, vuelve la cara; y el esqueleto se burla,
con risa sardónica, del miedo del purpurado. Al acercarse al Rey para
recordarle que es llegada la hora de danzar, el esqueleto se hace
moralista, señala al cielo, y arranca el áureo cetro de las manos que lo
empuñan. ¡Oh, y qué lindo sermón el que le suelta al Patriarca, que lo
escucha mohino y cabizbajo, sin dejarse convencer de que es preciso
abandonar el báculo, de que no le valen ni sus vestiduras violeta ni su
mitra, donde grupos de gemas complican el prolijo y pueril diseño
bizantino! Cuando se acerca al veterano Condestable, armado de punta en
blanco y apoyado en su montante de guerra, el esqueleto heroico blande
su guadaña obscura, como si dijese: «Arma contra arma... veremos de
quién es la victoria.»
Para el jactancioso hidalgo, de emplumado birrete, no ha menester el
esqueleto ejercitar violencia alguna. Le lleva engañado con razones, con
palabras capciosas y elogiosas; le aturde con argucias, le envuelve en
fúnebre charla, y, algo receloso, convencido sin embargo, el hidalgo
levanta el pie para comenzar el paso de baile. Al asir al abad de la
manga del hábito, el esqueleto no puede reprimir la bufonesca alegría:
¡dance el gordo, dance el orondo, dance el lucio, el del rollizo
pestorejo! Y el esqueleto agita sus canillas, muestra el costillar,
donde cuelgan arambeles andrajosos de momificada piel.--Más ligera, más
mofadora es la actitud adoptada con el digno preboste, y es desenfrenada
de júbilo la que toma al armarse de una pala de enterrador y prender,
saltando, al fraile teólogo, que en vano se defiende con silogismos,
sorites y entimemas.
No le vale al médico enarbolar su redoma de jarope y hacerse el
distraído, mirándola al trasluz; no le vale al astrólogo embebecerse
observando el firmamento; no le vale al canónigo resguardarse con su
libro de horas; no le sirve al escudero acariciar al gerifalte que lleva
gallardamente enhiesto en el puño. A decir verdad, todos procuran no
enterarse de que les llaman á la danza obligatoria: el mercader
contempla su bolsón, el cartujo finge absorberse en la lectura ascética,
el sargento titubea y describe eses de puro borracho, el músico
acaricia su tiorba, el abogado se enfrasca en un legajo, el mancebo
galán sonríe á una rosa, respirando su perfume lánguidamente; el
labriego muestra su azadón, como diciendo: «No puedo menos de ir á cavar
la tierra»; el carcelero repica sus llaves, el ermitaño pasa las cuentas
de su rosario reverendo... ¡Bah! El esqueleto no se preocupa de tales
nimiedades. Su astucia adivina el objeto de las aparentes distracciones.
Quizás, viéndoles tan embelesados, pase de largo el terrible bastonero
de la Danza general... Sí, ¡pasar él! Les llama, les da escueta orden,
les agarra de un brazo con rápido arranque. Hasta le veo acercarse á una
cuna y coger de la manita á un pequeñín que, soltando cristalino hilo de
baba, y repicando por última vez el sonajero, se aduerme en los brazos
secos, sin carne, contra la caja torácica que no encierra corazón...
No dejará el esqueleto sin pareja á sus danzarines. Antes de dar la
señal del baile, llegan las damas invitadas (invitadas sin excusa). Para
traerlas al sarao, el esqueleto redobla las cortesías irónicas, las
sardescas galanterías, las actitudes bufonescas, las postraciones á lo
Mefisto.
Ante la reina, que va á entrar en danza con su diadema de florones y su
veste orlada del armiño inmaculado, se rinde cortesano, mientras toma su
brazo como el que, respetando, apremia. A la duquesa pálida, que se
recoge elegantemente el sobrefaldellín de velludo, la rodea el cuello
con enamoramiento, casi la abraza con fúnebre y hediondo abrazo de
sepulturero melífluo. Ante la orgullosa fidalga se arrodilla, tratando
de estrechar su mano pulida, aristocrática. A la abadesa la descarga del
peso del báculo, estorbo para danzar... A la repolluda priora la empuja
por los hombros, suavemente. Ante la gentil damisela hace un contrapás,
llevando el compás de los brincos con la pala de enterrador. A la daifa
galante la echa al cuello el sudario como si fuese un chal. A la nodriza
la ordena con risueña mueca de mandíbulas cubrirse el seno y soltar al
crío; ¡lo primero, el baile! A la moza de cántaro la estruja la cintura,
la da un pellizco con dedos óseos, ¡y á remangar las haldas y á danzar!
Y cuando la gentil recién casada, ó la casta virgen, se estremecen
notando que el aire se vuelve obscuro y que un soplo glacial ha rozado
sus mejillas en flor--el esqueleto, aplicando la mano sobre la caja del
esternón, en el sitio donde el corazón pudo latir un día--les hace
tiernas declaraciones, susurrando en el tono del viento cuando solloza y
estridula en las ramas de los sauces elegías amorosas, layos de pasión
ultraterrestre...
Y, en el árida llanura, amarillenta, cercada por el anfiteatro de
montañas calvas y telarañosas, á la luz del sol que se pone detrás de
los cerros, medio apagado, el baile comienza, al pronto pausado y
solemne, sin más música que el choque de los huesos marfileños, pelados
y limpios, del esqueleto que dirige la danza general de la Muerte, tal
cual se ve en los Códices góticos. Danzan reyes con pastoras, monjas con
guerreros, emperadores con labriegas, fidalgas con arzobispos. Lo que el
amor no ha podido nivelar ni reunir en vida, lo nivela la Seca, la
omnipotente, con su gesto coreográfico. Las invitaciones al baile han
sido de base amplísima; no habrá piques; no se queda en casa nadie,
mientras el baile se forma, apresura su ritmo y repicotea sus airosos
puntos. Cogidos de la mano, empujados por la sobrehumana ley, contra la
cual no vale resistencia, alzando los pies juveniles ó gotosos, meneando
los troncos flacos ó tripones, castañeteando los dedos rígidos,
retorciéndose como debían de retorcerse los _Ardientes_, en su ronda de
martirio y locura, la multitud baila, baila, siguiendo al esqueleto que
marca el compás y guía hacia el profundo agujero ó sima abierto en mitad
de la llanura, donde las parejas, alzando todavía la pierna para un
trenzado, caen precipitadas. El corro, sin embargo, no se estrecha:
nuevas parejas reemplazan á las que la sima tragó; y suben el pie más
aprisa, y contonean la cintura más salerosamente y agitan los brazos y
encogen y estiran los dedos, con el trajín peculiar de los agonizantes
al rechazar las sábanas y mantas que los cubren. Las caras son del color
de la cera; pero, á veces, un reflejo del expirante sol, que no acaba de
ponerse, las aviva con un toque rojizo. Vestiduras de púrpura, sayos de
piel de carnero, sayas de bayeta, briales de seda joyante, pingajos de
mendigo, se rozan, se confunden en el remolino vertiginoso de la danza
general. ¿Dónde están las preocupaciones de clase, las severas
prescripciones de la etiqueta? ¿Dónde el imán de la pasión, que hace que
dos manos se busquen entre cientos de manos, en una cadena de baile?
¿Dónde el odio, que separa más que altas paredes y millares de leguas?
¿Dónde todo lo que los humanos han creado para entretener el ignoto
plazo de tiempo que les concede la Guadañadora, y para olvidar, entre
estrépito, farsa, mentira y vanidad, la _verdad única_?
Una risa silenciosa dilataba mis labios viendo realizado el ideal de
fraternidad é igualdad de tan perfecto modo. Nadie se acordaba, entre
los danzantes, de lo que _había sido_ durante el tiempo, siempre breve,
otorgado por el esqueleto á la ficción vital, á la tramoya humana. O por
mejor decir, ahora que el inexorable acreedor presentaba su cuenta,
todos sabían que no _habían sido_ nada, nada, nada, más que puñados de
polvo amasados por un alfarero en esta ó aquella forma; polvo cuajado en
barro quebradizo. Al romperse, sus tiestos y tejuelos se estrechaban,
cual confundidos en inútil montón se hermanan los restos en el muladar,
antes de ser barridos con enfado y desprecio.
La ronda, no obstante, me parece, no sé por qué, escenografía, algo
artístico, versificado, pintado, tejido, sin realidad inmediata. Esto,
pienso yo, es cosa sugerida por la Edad Media, que, como nadie ignora,
fué un período triste, renegador de la vida, amigo de la muerte... ¡Bah!
¡Pch!... La tal ronda es un baile viejo; ni más ni menos que la danza
macabra del poeta judío amigo de don Pedro _el Cruel_; en suma:
literatura y teología... En nuestros tiempos hemos reemplazado la danza
macabra por la danza griega de las ninfas y faunos, ronda jocunda,
símbolo de la alegría de vivir! Anticuada está la procesión de la
Seca...
Y en el mismo punto en que se me ocurre tal observación, que revela mi
cultura y mi sentido moderno, el corro de baile, girante por la grisácea
llanura, alzando una polvareda que es menuda, sutilísima ceniza de
corazones,--se ensancha para dar paso á nuevas parejas.--Ya no visten
éstas ni púrpuras ni terciopelos cortados; ya no cubren sus cabezas
tocas ni birretes. Llevan el mismo traje que yo, las propias vestiduras
que Camila y que Trini; su ropa la han confeccionado sastres y modistas,
sus manos calzan el guante actual. Pero sus caras son también céreas, y
en sus mejillas, el sol lánguido difunde el mismo resplandor de hoguera
que expira. Y á esa gente nueva que se mete en danza, ¡yo la conozco!
Son amigos que desaparecieron, son figuras medio borradas ya de mi
recuerdo, que ahora se alzan con el mismo relieve que tenían en vida,
cual si me hablasen, cual si acabasen de estrecharme la mano con la suya
actualmente helada. A unos les he querido y servido; á otros les he
criticado, les he detestado algunas horas de mi existir; á aquél, yo le
admiraba, le envidiaba en secreto; al otro, le he llamado imbécil,
cretino, en círculos intelectuales... Y aquel que pasa fué mi rival unos
meses, y por él me engañó y mintió y traicionó aquella que alza la
pierna bonita, á la señal perentoria dada por el esqueleto con su pala
de enterrador... Pasan, pasan, pasa mi existir resumido, como el de
todos los mortales, en unas cuantas fisonomías de semejantes míos, que
me hicieron bien ó mal, que me inquietaron con el enigma de su espíritu
ó de su destino. Y he aquí la clave del enigma de ellos y del enigma de
los demás y del mío, he aquí la clave...! La clave del enigma humano...
la danza general de la Muerte...!
¡Dios me asista! ¿Me engaño? ¡No! Ahí salen también á danzar los
propios, los de mi sangre, los que siento en mí todavía... Danza mi
pobre padre, el soñador, con su cabellera romántica al viento: y,
arrebatada mal de su grado, danza mi majestuosa madre, resistiendo,
apretados los labios y crispada la mano que magullaron las falanges del
esqueleto tiránico. ¡Y aparece también la figura más familiar! Camila,
la propia Camila, señora distinguidísima, con su original y celebrado
traje de terciopelo muselina verde almendra (me enseñó ella este
recitado) y su sombrero parisiense de plumaje llorón, entra en danza
sirviéndola de pareja un pobre diablo, uno de esos famélicos que se
sitúan, astroso el traje y entreabiertas las botas, en las esquinas, al
anochecer, para susurrar pedigüeñerías... ¡Oh entonada, oh correcta
Camila! ¡Si así creyeses que has de danzar, más pronto danzarías, porque
habrías de morirte de repente, de susto y escándalo! ¿Hola? Detrás de
Camila veo á Trini, agarrada á un vejancón que parece un sapo de pie...
Y Trini danza, danza, sin preocuparse de su pareja: en este baile no se
elige; es la promiscuidad de los antiguos ritos, de los cultos á las
diosas sin freno. También la Seca,--como su derrotada adversaria, la
Lozana, la Mentirosa--goza en producir nefandos contubernios,
aproximaciones imposibles, himeneos monstruosos, contrastes goyescos...
Quiero gritar, y la voz se me apaga. Acaba de salir á danzar una pareja
nueva,... ¡Rita! ¡Rita! ¡y de la mano de su niño; de la mano de
Rafaelín!
Para bailar con su nene se ve obligada á bajarse. Sus cabellos de
tinieblas, flotando, hacen resaltar la blancura sepulcral de su cara
exangüe y delicadísima. El niño, tan rosado, ahora tiene carrillos de
azucena... Y los dos, arrastrados por el torbellino, fascinados por la
mueca sardónica de la Guadañadora, brincan, se contorsionan epilépticos,
y corren desbocados hacia la sima central.
Movido de horrible curiosidad, me acerco á la boca del pozo del abismo.
Allá en el fondo,--si hay fondo;--á profundidad incalculable, creo
distinguir otro resplandor semejante al del sol enfermo y exánime que
alumbra la llanura gris... Es algo confusamente rojizo, que se inflama y
se extingue; es el ojo de carbunclo de un dragón que parpadea...
¡Fuego..! ¡Fuego..! ¡Hay fuego en la sima!
* * * * *
La voz de Marichu, ronca de susto:
--¡Señorito! ¡Señorito! ¡Venga! ¡La señorita se muere!
Y el médico y yo, despertados á un tiempo, él del feliz sueño de la
buena digestión, yo del devaneo de mi fantasía volando con alas de
murciélago,--nos precipitamos hacia la alcoba.