EL ESPEJO.--¡QUIERO SER POBRE!--CONCLUSIÓN

Dice con su incomparable talento el ilustre novelista gloria de la

literatura española contemporánea José María de Pereda que no puede

negarse que el _medio ambiente_, tan traído y llevado ahora por la

gente de su oficio, influye mucho en la condición moral y hasta en

el desarrollo físico de los caracteres y de las naturalezas; pero

no es menos cierto que los hay de tal fibra que, con ambiente ó sin

ambiente, echan impávidos por la calle de en medio, y por ella siguen

sin torcerse ni extraviarse, aunque los ladren canes y los tiren

vestiglos de la ropa.

Prueba certísima de la exactitud de esta reflexión fué en esta

nuestra verídica historia el cambio brusco total y absoluto acaecido

en el carácter, costumbres é idiosincrasia del bonísimo Benito. No

bastó el medio ambiente en que vivió cuarenta años, ni lo pacífico y

sencillo de sus gustos, ni la humildad de sus modestas aspiraciones

para que perseverara en la práctica de sus virtudes, si así pueden

llamarse las condiciones negativas de un carácter para pensar el mal

á sabiendas y llevarle á cabo con premeditación y alevosía. Benito se

había tenido siempre por bueno, y por tal le habían juzgado cuantos

le conocían durante los cuarenta años que vivió como dependiente de

su principal y como principal de los otros dependientes. Tolerante

con los holgazanes y los viciosos, protector de los quejosos en todos

terrenos con razón ó sin ella; siempre dispuesto á pedir favores para

otros, exagerando la imposibilidad en su posición de hacerlos por sí

mismo; amable hasta la llaneza con los inferiores, sumiso hasta la

servidumbre con su superior jerárquico, alcanzó fama universal de

hombre de bien, de débil, de manso, de infeliz.

Jamás se atrevió á contradecir los gustos y preferencias de su hija,

ni mucho menos á luchar con los caprichos y órdenes de su hermana

Bernarda, á quien siempre consultó como á un oráculo y respetó como

á un jefe. Falto por completo de iniciativa, lo mismo en los asuntos

de la casa de comercio que en los de su hogar, jamás interpretó el

espíritu de las leyes humanas ni divinas: atúvose á la letra, y en

su fiel y completa observancia creyó que estaban vinculados el deber

y la obligación del hombre honrado. Parecíase á esos militares

subalternos modelos, capaces de morir defendiendo el puesto que

se les confía, pero incapaces de dirigir con acierto cualquier

operación estratégica encomendada á su dirección. Pertenecía,

pues, por derecho propio y sin duda por ley de nacimiento á esa

serie de hombres destinados á obedecer é inútiles para mandar;

ejemplares preciosos y correctos en el primer caso, y detestables

en el segundo. Como el caballo de carga ó acarreo, robusto, fuerte,

incansable en su servicio, dócil á la voz, que se viese destinado,

sin preparación ni condiciones, á disputar un premio de velocidad

en la brillante carrera de un hipódromo, así el bueno de Benito se

había visto elevado desde la mansedumbre pacífica de su medianía

á la voluntariosa iniciativa del mando, y en vez de afirmarse en

aquella altura, había caído despeñado al abismo de la nulidad y de la

impotencia, no sólo á sus propios ojos, sino _coram pópulo_.

Pero la indomable vanidad humana, rémora verdadera de todo

sentimiento racional, le ponía una venda en los ojos, cada día más

tupida, para impedirle ver el desastre de su propia derrota, y por

ella achacaba á errores y faltas ajenas lo que debía tratar de

enmendar en sus actos y en sus ideas. Altiveces desacostumbradas en

su carácter, deficiencias de su criterio empeoraban su estado moral y

aturdían su inteligencia, antes perezosa, pero sensata, y hoy activa,

pero disparatada.

¡Horrible noche la que siguió al día de los últimos acontecimientos,

y más horrible amanecer! Pálido, demacrado, lanzóse del lecho á

los primeros rayos del nuevo sol, y como si sólo hubiese esperado

una ráfaga de luz para librarse de las horrendas tinieblas de su

espíritu agitado, salió de su alcoba y se encaminó con paso vacilante

y receloso á las habitaciones de su familia. El espectáculo que

presenció le heló la sangre en las venas por breve espacio y le hizo

con la rapidez de una reacción congestiva afluir á su rostro aquella

sangre en negros borbotones. Su hermana cerraba sus baúles con ayuda

de su hija y el gabinete parecía desmantelado. Cuantos objetos

de adorno ó de tocador publicaban el sexo de sus dueños habían

desaparecido. Trajes, telas, ropas, cuadritos preferidos de devoción

ó de arte, éstos en cortísimo y no muy escogido número, estaban ya

guardados en los mundos para ser transportados inmediatamente lejos

de su acostumbrado sitio, y sólo quedaban en aquellas habitaciones

los muebles más viejos que antiguos en completo desorden y cubiertos

de polvo desacostumbrado. Papeles rotos por el suelo, algunas prendas

en desuso y distintos paquetes que habían de llevarse á la mano,

daban á la casa el triste aspecto de vivienda que va á ser en el acto

abandonada, pregonando una desgracia repentina ó la muerte de un

ser querido. Tendió los ojos Benito por aquel desastroso aparato, y

sorprendiendo á las que lo causaban en su apresurada faena á aquella

hora intempestiva, no hizo más que una rápida pregunta:

--¿Qué es esto?

Lucía bajó los ojos, aún encendidos por el llanto vertido aquella

noche, y no se atrevió á responderle; pero Bernarda, procurando dar

á su contestación el tono más natural y sencillo, le dijo, casi sin

mirarle:

--Dejarte en libertad y obedecerte. Tu hija y yo nos vamos para no

presenciar los horrores de tu continuo enojo y las consecuencias de

tu carácter. Ya tengo arreglados mis asuntos, elegida la honrada casa

donde hemos de vivir, y ya sabrás de nosotras diariamente para que

nos dictes tus órdenes desde lejos, ya que no puedes sufrirnos de

cerca.

En aquel momento la vela que aún ardía expirante en su candelero, y

que manifestaba haber ardido toda la noche para alumbrar el trasiego

de la mudanza, arrojó su última llamarada. Hacia aquel objeto

indiferente y trivial lanzó su mirada Benito, y devorando su enojo,

respondió á su hermana, sin mirarla:

--¡Bien hecho! ¡Cuanto antes mejor!

Lucía rompió á llorar, y sus sollozos en vez de templar la cólera de

su padre, la enardecieron y la excitaron.

--¡Fuera lágrimas ridículas! ¡Fuera desobediencias hipócritas! ¡Yo, y

sólo yo! ¡Yo soy el amo, yo el jefe, yo el rey, yo el Dios! ¡Lejos de

mí todo lo que me ofenda, me desobedezca, me injurie, ó me resista!

Vió sobre la cómoda de Bernarda los sacos de oro y los fajos de

billetes que habían dejado la tarde anterior el comerciante amigo de

Puig y su hijo, y cogiéndolos con ambos brazos, y sin dirigir más

palabra á las afligidas mujeres, se dirigió con ellos al escritorio

y corrió por dentro el pestillo de la puerta. Estaba completamente

solo en aquella habitación grande y aun no del todo alumbrada con la

luz del nuevo día. Abrió con mano trémula el arca de valores, y con

agitación nerviosa vertió en ella los talegos que había llevado hasta

la mesa grande. Rodaron las monedas de oro por el mostrador de la

caja en desordenado arroyo, formando grupos irregulares y produciendo

el sonido _sui géneris_ que no puede confundirse con ningún otro.

Desencajado, lívido, con el cabello en desorden, las manos crispadas

y la mirada más aterrada que terrorífica, cayó Benito sobre aquel

montón del áureo metal como el tigre sobre su presa, como el avaro

sobre su tesoro. Jamás hasta aquel momento habían producido en él

efecto tan extraño la vista y el ruido del oro. Mil veces había

traído sobre sus hombros, desde otra casa de comercio á la de

Bernaregui, mayores cantidades que las de aquel día: en los tres años

que desempeñó con Puig el empleo de cajero, muchas noches había hecho

los balances, pudiendo contar y recontar con tranquila serenidad

mayores sumas, y jamás hasta aquel momento le había parecido que las

monedas y los billetes de Banco formaran parte de su ser y sangre de

su sangre.

Contaba muchas veces la misma cantidad, y la colocaba apilada en la

caja: deshacía los fajos de billetes, los examinaba, los contaba

también y los colocaba sobre las pilas de oro, y todo esto con

nerviosa inquietud, con placer, con recelosas miradas, pronunciando

frases entrecortadas, entre las que se oían las siguientes:

--¡Así lo quieren todos! ¡Sea! Ya me explico su rebeldía, sus

protestas... Desde que soy rico, todos desean mi ruina..., todos

quieren robarme. ¡Mundo cruel, egoísta, injusto!... ¡Cuantos me

querían, hoy se conjuran para dejarme solo!... ¡Mejor! ¡Tanto mejor!

¡Qué á gusto voy á quedarme sin ellos! ¡Haré todo cuanto me convenga

y nadie se opondrá á mis deseos! ¡No seré amigo de nadie, ni hermano,

ni padre! ¡Seré rico y nada más que rico, y feliz y millonario!

Y á cada palabra que en su soñar despierto pronunciaban sus trémulos

labios, hundía sus manos calenturientas en los montones de monedas,

que rodaban, se apilaban, se sobreponían unas á otras y llenaban

extendidas la mesa mostrador y las planchas de hierro del arca de

caudales.

De repente y como si un ruido inusitado le hubiese sacado de su

abstracción, alzó la cabeza y giró en derredor suyo una mirada

inquieta y recelosa. Por primera vez en su vida le vino de repente á

la imaginación la idea de ser robado, y á pesar de haber corrido él

mismo el pasador de la puerta de entrada, la examinó de nuevo, así

como las maderas de los balcones y las mamparas de su despacho. No

satisfecho con aquella rápida, pero minuciosa revista domiciliaria,

abrió la mampara y penetró en la pequeña habitación, que, como hemos

dicho otras veces, servía de despacho particular al principal de la

casa.

Allí, entre aquellas cuatro paredes, había vivido años y años su

amigo Bernaregui, dirigiendo sus negocios, calculando sus operaciones

comerciales, inspeccionando los trabajos de la fábrica, protegiendo á

unos, premiando los afanes de otros, y siendo el alma de aquella casa

que por él se elevó á gran altura y para él fué ocupación constante y

trabajo cotidiano y alegría y distracción continuas. En aquel sillón,

que nadie ocupaba en aquel momento, le había visto meses y años, con

su afable sonrisa, su dulce palabra, su confiado gesto, hablarle

cariñoso y ordenarle benévolo.

Surgió de pronto aquella sombra evocada por su conciencia, y le

pareció que Bernaregui vivo le contemplaba airado desde su asiento.

Dió dos pasos hacia adelante para cerciorarse de si estaba bien

despierto, y apartó de su frente, no el cabello que sudoroso y

frío casi le cubría los ojos, sino la idea que tenaz y sombría se

enseñoreaba cada vez más de aquel cerebro enfermo y extraviado.

Á la imagen de Bernaregui reemplazó en el acto la de Puig, que

también había ocupado aquel asiento durante cuatro años; pero esta

imagen aún era más triste y su mirada más iracunda y más enojada.

--¿Qué me quieres, y por qué estás á estas horas en mi despacho? Ese

sitio no es ya tuyo, sino mío: pertenece al principal de la casa,

y yo lo soy únicamente; no tú que ya no eres el heredero de nuestro

amigo, ni más que mi dependiente. ¡Levántate, sal de aquí y espera

mis órdenes!

Y con la mano levantada y el ademán enérgico avanzó resuelto hacia el

sillón vacío, con intención sin duda de unir la acción á la palabra y

arrancar por la fuerza de su sitio á aquel incómodo huésped, tirano

de su reposo y verdugo de su dicha.

Á la mitad del breve camino que le separaba de aquella fatídica

visión, de aquel fantasma irritado, le detuvo un ruido seco y

prolongado que partía de la calle. Rápido como el pensamiento se

dirigió al balcón, y abriendo las vidrieras, una bocanada de aire

fresco y benéfico que entró por ellas refrescó sus sienes y disipó

las sombras de su espíritu. En cambio lo que vió le hizo estremecer.

Era un coche, destinado sin duda á llevarse de aquella casa, que era

la suya, á su hermana y á su hija, tal vez para siempre, huyendo

de su lado, escapándose de la desdicha de tener que obedecerle y

sufrirle. En el mismo instante que contemplaba absorto el carruaje,

otro coche, viniendo por distinta dirección, se paró también en la

puerta de la fábrica. Salieron de él dos hombres, en quienes Benito

reconoció al comerciante y su hijo amigos de Puig, que sin duda

venían á buscarle para llevársele á su casa.

Retrocedió Benito del balcón, pálido como un muerto, y dando rienda

suelta á su furor, y no presa ya de fantasmas ni visiones, sino en

el pleno uso de sus facultades, prorrumpió en frases de ira y en

ademanes amenazadores.

--¡Todos! ¡Todos fuera de aquí! ¡Yo los despido, yo los arrojo de mi

lado! ¡La casa es mía! ¡Mío el oro! ¡Mía la fortuna!

En aquel instante se retrató su imagen en un espejo colocado frente

al sillón vacío sobre una mesita llena de papeles y retratos

fotográficos. Verse Benito retratado en el cristal y retroceder

aterrado fué obra de un segundo.

--¡Dios mío! ¿Yo?..., ¿soy yo ese hombre? ¿Ese cadáver abortado en

mal hora de su propia tumba?

Y se miraba con avidez, y se contemplaba absorto.

--¡Yo!... ¿Es ese mi semblante siempre risueño y apacible? ¿Es

esta mi frente sin arrugas, mis labios sin ceño? ¡Esto es un sueño

horrible ó una realidad más horrible que el mismo sueño! ¡Solo!

¡Estoy solo! ¡Antes todos me querían, me buscaban, y hoy..., hoy...,

todos huyen de mí... y se alejan y me dejan morir como un perro!...

¡No quiero! ¡No puede ser!

Y dió varios pasos, y salió del despacho, y cruzó el escritorio, y

descorriendo el pestillo de la puerta, hiriéndose en la mano, gritó

desde el umbral:

--¡Socorro, socorro! ¡Á mí! ¡Yo me muero! ¡Favor!...

Y cayó exánime y sin aliento en el mismo sitio.

Sus gritos habían sido tan estridentes, tan terribles, que aún duraba

el eco de aquel sonido aterrador, cuando apareció por el corredor un

mozo de la fábrica. Corrió á ver quién era aquel hombre que gritaba

de aquel modo, y al reconocerle salió gritando más que el mismo

Benito.

--¡Socorro! ¡El amo se muere! ¡Aquí todos!...

Pasó algún tiempo antes de que acudieran á sus voces; pero el criado

se dirigió á las habitaciones del principal, de donde salían ya,

precedidas de sus baúles mundos, Lucía y Bernarda, y que en cuanto

supieron de lo que se trataba, corrieron solícitas y sobresaltadas al

escritorio. Por su puerta pasaba en aquel momento Puig, apoyado en

los brazos de sus dos amigos, y los tres se detuvieron aturdidos ante

el triste espectáculo que se presentaba á sus ojos.

Lucía, la hermosa Lucía, abrazaba á su padre y le besaba con todas

las fuerzas de su alma, inundado su bello rostro por un mar de

lágrimas, mientras Bernarda gritaba y pedía socorro con estridentes

chillidos.

No tardó en acudir una criada con un vaso de agua y algunos hombres

con botellas de vino, vinagre y aguardiente, según sus gustos y la

opinión de cada uno acerca del líquido conveniente para devolver el

aliento á un padre desmayado; y en los brazos de Lucía y después de

suspirar como un moribundo, abrió Benito los ojos, y al reconocer á

los que le asistían y al verse rodeado de rostros antes tan queridos

y momentáneamente para él tan odiados, dijo:

--¡Ah! ¡Ya sé lo que es..., amigos míos, queridos seres de mi alma!

Ya sé la enfermedad que padezco.

--Vamos, vamos, déjate ahora de reflexiones y ven á la cama; nosotras

te llevaremos--dijo doña Bernarda con el acento de mando que antes

usaba para tratar con su hermano.

--Sí, papá..., no hables ahora; dame un beso y vente conmigo.

--Un beso, no; ¡mil, cien mil, vida mía!--dijo el pobre anciano,

comiéndose á besos el hechicero rostro de su hija, que lloraba cada

vez más, sonriendo ahora de placer y de dicha, mirando sin cesar á su

padre.

--¡Dejadme, dejadme!--decía Benito, sin querer moverse de aquel

sitio, donde ya estaba de pie, gracias á los esfuerzos de los varios

obreros que le rodeaban.--Aquí, aquí mismo, delante de todo el mundo,

y á gritos, como los que he dado para que me socorráis, he de decirlo

todo. ¡Ya sé lo que tenía, lo que me hacía infeliz, lo que me quitaba

el sueño y la felicidad!

--¡Vamos á ver! ¿Qué era, pobre tonto?--le preguntó riéndose Puig.

--¡El dinero! Ese maldito dinero que está aún rodando por la mesa y

por la caja, sin que nadie se cuide de esconderle. Yo viví siempre en

la modesta medianía, casi en la pobreza. ¡Yo anhelé, yo pedí siempre

á Dios la dicha de poseerle; y en cuanto le he visto caer á espuertas

en mi bolsillo, se me ha subido á la cabeza y le tenía aquí!..., y

aquí me asesinaba..., y aquí me volvía loco...

Y el pobre hombre se golpeaba la frente con sus puños cerrados.

--Y no sirve que yo quiera y que yo procure y hasta prometa

enmendarme. Si continúo teniéndole, volveré más tarde ó más temprano

á caer en la misma locura y en idénticas aberraciones; y llegaré á

aborreceros á vosotros, á quien quiero con todo mi corazón; y no

seré el buen Benito que siempre he sido, sino un miserable avaro, un

estúpido vanidoso, un amo cruel y un demente furioso á quien será

preciso matar á palos, ó encerrar en una casa de orates, para verse

libre de sus infamias. ¡Afuera de mí semejante peligro! ¡Yo no quiero

oro ni fortuna! ¡Yo no quiero perder mi razón y mi calma y mi dicha,

y mi alma después de mi cuerpo! ¡No, Juan mío! ¡Yo no sé ni quiero

ser rico! ¡Todo es tuyo! ¡Te lo devuelvo! ¡Líbrame de ese peso y de

ese castigo! ¡Quiero ser pobre! ¡Quiero ser pobre!

Y con un afán cada vez más creciente abrazaba á Puig, que sonriendo

y sin responderle palabra, le indicaba con un gesto negativo que no

pensaba en acceder á lo que le pedía. Lucía y Bernarda procuraban

tranquilizarle y le rogaban que dejara entonces de ocuparse en nada,

más que en recogerse y buscar en el lecho el descanso necesario,

después de haber sufrido aquel ataque nervioso; pero Benito, cada

vez más aferrado á su idea, continuaba en alta voz, asombrando á los

obreros y al comerciante y su hijo, que le escuchaban sin comprender

bien la causa de aquella escena:

--Ya no os movéis de mi lado ni poco ni mucho; ya no os dejo un

instante de libertad, y si me amas, Juan mío; si me perdonas todo

lo que te he hecho sufrir, y si olvidas mi injusticia, mi desvío y

mi ingratitud, y no quieres empujarme á la desesperación y quizá

al suicidio, recobra esa maldecida herencia que detesto, y déjame

otra vez, no con cinco mil pesetas de sueldo, sino con tres mil como

he tenido durante más de veinte años, y que es todo lo más que yo

merezco y que sabrá administrar mi hermana, pues yo te juro no volver

á tener en mi poder ni veinticinco pesetas.

--¡Bueno, bueno! Ya hablarás de eso más tarde; ven ahora á tu cuarto.

--No me muevo de aquí sin ultimar ese asunto. Yo hasta hace un mes

he sido, no un pozo de ciencia, ni un modelo de virtud y de nobles

cualidades, pero sí un hombre sensato; y hoy, ya lo ves, soy un

mentecato y un ser intratable, y me desprecio á mí mismo y me abomino

y me execro. El oro, la fortuna, que yo creía una felicidad y que yo

deseaba continuamente para hacer el bien de mis semejantes, sólo me

ha servido para hacer vuestra desdicha y la mía, y me ha convertido á

mí, pobre hombre sencillo y modesto, en una fiera insaciable. Líbrame

de ese peso, Juan mío, ó mañana mismo hago donación completa de esa

fortuna al hospital, y para curarme de esta enfermedad horrorosa me

voy á morir en él de limosna.

--¡Bueno, bueno, lo que quieras..., ahora lo arreglaremos todo!--le

contestó Puig.

Y dirigiéndose á las habitaciones de Benito, del brazo de los que le

conducían, logró que aquél abandonara la puerta del escritorio, que

Bernarda cerró con llave, siguiendo á su hermano que andaba despacio

abrazando á su hija.

Y penetraron en su cuarto, y colocaron á Puig en una butaca.

Los que le habían conducido y los obreros fueron despedidos en el

acto por Bernarda, que había tomado por las señas la dirección

antigua de su casa, y quedaron solos los cuatro.

--Lo primero que hay que hacer, si quieres que me tranquilice y que

podamos seguir hablando en paz y en gracia de Dios, es despedir esos

dos coches, pagándoles generosamente su frustrada carrera--dijo

Benito á su hermana:--de aquí no se va nadie nunca, ni mi hija cuando

se case. Yo no quiero estar ni un minuto separado de todos vosotros.

--Concedido, y déle usted gusto, señora, siquiera por esta

vez--respondió Puig sonriendo.

--Por esta vez y por todas se le daré, si gracias á la misericordia

de Dios le veo tan razonable como lo ha sido siempre.

Y llamando á la doméstica, le dió dinero y el recado que había de dar

á los cocheros.

--Y sigo con mi tema, y de ella no me saca ni vuestro cariño ni

vuestro perdón.

--¿Conque es decir, Benito amigo, que confiesas?...

--Confieso en voz alta y de ahora para siempre, que tú eras un amo

ejemplar, bueno, inteligente y cariñoso, y todos nosotros unos

bolonios que ni lo conocíamos ni lo apreciábamos. Confieso que yo he

desempeñado mi oficio de rico, en el breve tiempo que lo he ejercido,

de un modo deplorable.

--¡Papá, no se puede hacer peor!

--¿Ves? Cuando mi hija lo dice... Nada, nada; yo no sé ser rico, y

por lo tanto no quiero hacer más el oso, ni morirme en cuatro días,

ni mataros á todos á disgustos: dime ahora mismo lo que vamos á hacer

con esa herencia; y si no me lo dices tú, te lo diré yo, que en este

momento acaba de ocurrírseme.

--Veamos cuál es esa ocurrencia, y quiera Dios que no sea tan

disparatada como las anteriores--dijo sonriendo Puig y atrayendo á

Lucía á su lado.

--Aquí tenéis la carta última de mi amigo Bernaregui, su memoria

testamentaria, como la llamaba Ortiz de Llauder--dijo Benito, sacando

de su cartera el pliego que le entregó el notario.--En virtud de

esta carta, Puig creyó cumplir con un deber de conciencia haciéndome

donación de toda su fortuna, y yo la acepté gustoso, porque al

obedecer esta extraña voluntad del testador, me figuré que iba á

hacer maravillas. Ya veis las que he hecho y las que el diablo me

sugeriría aún, si yo le diera ocasión para ello. Cuando yo era

joven vi una tarde un drama que se titulaba _Adriana_; y en él, un

señor viejo como yo, y que lo hacía muy bien por cierto, decía, al

concluir un acto:

Las puertas del harén se cierren,

y todo vuelva á su primer estado.

Así hago y digo yo, amigos míos: esta carta no existe ni ha existido

nunca, y todo vuelve á su primer estado.

Y uniendo la acción á la palabra, y antes que ninguno de los

presentes pudiese impedirlo, hizo mil pedazos la carta de Bernaregui,

y tiró por el aire, loco de alegría, como antes lo había estado de

pena, aquellos mil fragmentos de sus verdaderos títulos de propiedad.

Bernarda dió un grito, y quiso recogerlos: Lucía ni se movió

siquiera, entre admirada y gozosa; sólo Puig, extendiendo los brazos

para que en ellos se precipitase Benito, respondió á todos:

--Ahora sí que te reconozco y te quiero. Eres el mismo hombre de bien

de siempre, y aunque has tardado en hacerlo, al fin lo has hecho

espontáneamente y como yo lo había esperado un mes en vano. Sólo

siento todo lo que has sufrido en esos días y lo que nos has hecho

sufrir á todos. Pero para tranquilizar por completo, no á ti, que ya

estás bien tranquilo y bien contento, sino á tu hija y á tu hermana

sobre todo, quiero que ahora mismo sepas toda la verdad de este

extraño asunto.

Y metiendo su mano derecha en el bolsillo del pecho de su gabán, sacó

su cartera grande de comerciante y de ella un pliego muy parecido en

su forma al que Benito acababa de hacer añicos.

--¿Qué me quieres decir?

--Toma y lee en voz alta ese documento. Él te explicará mejor y

más pronto que yo pudiera hacerlo todo lo que aún no acababas de

comprender y yo no había de decirte nunca, si hubieras sido como tú

mismo creías, pero que hoy es indispensable que conozcas para bien de

todos.

--Letra de Bernaregui también--dijo sorprendido Benito al desdoblarle.

--Léele en voz alta y despacio para que nos enteremos todos.

Acercó Benito su silla á la butaca donde estaba sentado Puig: Lucía

se sentó en uno de los brazos de ésta, y Bernarda comenzó á leer en

voz baja y para sí lo mismo que Benito leyó en voz alta. La carta

decía lo siguiente:

«Accediendo á tus reiteradas instancias, querido amigo y casi

hermano mío, he escrito ayer la carta que me pediste declarando

heredero de mis bienes á nuestro común amigo Benito, después de

haber hecho anteayer testamento formal y legal á tu favor. Tú

te obstinas en creer que tal vez al verte rico no sabrás hacer

de mi caudal el buen uso que yo espero, y que cayendo en las

redes de la avaricia ó en las más terribles de la ingratitud, no

seguirás el ejemplo de honradez y de justicia que yo he procurado

daros durante mi vida. Tal temor, Juan mío, es infundado. Yo

te conozco y te quiero, y porque te conozco y hago justicia

á tu buen corazón y cristianos y puros sentimientos, creo en

conciencia que mereces ser mi heredero. Pero en fin, por si ambos

nos equivocamos y tanto puede el oro, que sea capaz de hacer de

ti un hombre indigno de pronto de poseerle, he escrito la carta

que me pediste y que mi notario Ortiz de Llauder tendrá en su

poder hasta el día en que tú mismo le ordenes que la haga llegar

á manos de Benito. Y como puede suceder, porque todo es posible

entre los hombres en este miserable mundo, que una vez entregada

esa carta, Benito sea el dueño de mis riquezas, y las emplee mal,

ó se porte contigo indignamente, te escribo hoy esta, que será ya

la última, para explicarle todo lo ocurrido y para que sepa que

siempre fué mi única idea dejarte á ti por mi universal heredero,

como consta en el único testamento que tengo hecho á tu favor

con todas las circunstancias legales. Pocos días me restan ya de

vida, amigos míos, y hoy que por última vez me ocupo de estas

miserias de la tierra, abocado ya á presenciar las venturas de

otro mundo mejor, sólo os encargo que si algún día llegáis á leer

juntos esta carta, sea ella prenda sagrada de vuestra amistad

eterna; y si por desdicha y por culpa de alguno de vosotros

dos, sea el que sea, vuestra amistad se hubiera entibiado, y

los lazos de afecto que siempre os unieron se hallasen rotos ó

próximos á romperse, los reanudéis en memoria mía, y juntos y en

perfecta armonía viváis luengos años, hasta que el último que me

sobreviva rece por los dos que le hayan precedido en este trance

de la muerte en que yo me veo, y desde el que os envía su postrer

abrazo y su eterna bendición--JOAQUÍN BERNAREGUI.»

Lágrimas de ternura, silenciosas y suaves, corrieron por las mejillas

de Benito al leer la carta, y arrojándose en los brazos de Puig,

juntos rezaron en memoria de Bernaregui por breves momentos.

Lucía abrazaba conmovida á Bernarda, y hasta la rígida y desabrida

matrona pugnaba por ocultar la emoción que la embargaba.

--¿Conque eres tú quien hizo escribir á Bernaregui la carta que me

entregó el notario? ¿Y tú me cedías tu fortuna espontáneamente?

--No hablemos ya jamás de este asunto, Benito. La herencia es de los

dos. Yo la administraré, porque creo tener carácter más á propósito

para ello; pero todo lo que hay aquí y lo que pueda haber en adelante

es tanto tuyo como mío.

--Entiéndete con mi hija para dotarla y casarla cuando tú quieras

y cuando llegue el caso, y con tu ama de llaves para todo lo que

pertenezca á los gastos de la casa. Yo soy y seré siempre el cajero

de la casa de Bernaregui.

En aquel momento se abrió la puerta de la habitación y entró jadeante

y cariacontecido Ramirito, á quien ya habían contado algunos obreros

el desmayo de Benito.

--¡Adelante, adelante, buen mozo!--dijo Puig sonriendo.--No ha sido

nada; todos estamos buenos y restablecidos, excepto yo, al que aún

dará que hacer algunos días esta pata-folica; pero agradecemos sus

cuidados y le convidamos á almorzar, no para hoy, que está todo

revuelto y mangas por hombro, sino para el domingo próximo. En la

mesa señalaremos el día de la boda, que será, si no me engaño, el de

la reapertura de la fábrica.

--¡Así sea!--gritó Rispall, que apareció con el plumero en la mano.

[Ilustración]

Si yo fuera rico! Novela original · 第 34 / 38 题