Hay que hacer justicia á la humanidad. Si todos los días se registran
en los anales del crimen hechos aislados monstruosos que casi nos
producen el deseo de no pertenecer á la familia humana, no faltan en
cambio ejemplos continuos de abnegación, de filantropía y de caridad.
Sobre todo, cuando esa familia se reune en grupos y casi forma
multitudes, una voz generosa, una exclamación heroica bastan para
que la chispa eléctrica del bien estalle en todos los corazones y se
acometan por todos actos de sublime valor ó de caridad evangélica. El
vulgo, impresionable, susceptible de amar y de odiar en un minuto,
irreflexivo y vehemente, es capaz de todo lo sublime y de todo lo
infame con idéntica facilidad de asimilación, y así se le ve siempre
en la historia formando legiones de mártires ó de verdugos.
Pero cuando ese vulgo se hace terrible, ejerciendo su feroz
poderío en provecho del mal, preciso es reconocer que causas más
ó menos lógicas, pero siempre graves, persistentes y terribles,
le han empujado á aquel extremo. Cuando incendia, cuando asesina,
cuando arrastra lo que se opone á su paso, es que se erige en
juez y pretende castigar agravios, injusticias y tiranías con más
equidad y rapidez que lo han hecho los jueces legales, los reyes,
los sacerdotes ó los ministros. En cambio cuando el vulgo se hace
compasivo, heroico, sublime, no necesita causas anteriores; es bueno
por instinto, con rapidez, con energía, espontáneamente.
Así se ven siempre en las catástrofes públicas grupos numerosos de
hombres y mujeres que se sacrifican por sus semejantes, á quienes no
conocen; que exponen su vida por salvar las de sus hermanos extraños,
y que obedeciendo al ciego impulso de la caridad y del entusiasmo,
realizan actos sublimes á que no podrían haberlos conducido discursos
morales, sermones religiosos ni órdenes superiores.
En los incendios casuales ó intencionados, en los accidentes
ferroviarios, en las invasiones epidémicas, en las inundaciones, en
todas las catástrofes públicas, es donde se ven con más frecuencia
las acciones sublimes de ese vulgo tan calumniado y de esa humanidad
tan miserablemente pintada por los secuaces monomaníacos de la
escuela naturalista; escuela tan hermosa y tan docta como todas las
demás en manos de los maestros, pero más perniciosa que ninguna en
las de los indoctos apasionados.
No es, no, la humanidad raza perversa de Caínes, vergüenza del
Criador que la formó, y manada de tigres y de hienas, alimentándose
sólo de la mísera oveja ó del inocente cervatillo desprevenido á sus
ataques; irredimible é irresponsable de sus actos de piratería y
canibalismo, por ser engendrada del espíritu del mal y engendradora
á su vez de la perpetua escoria de la creación; sin Dios, sin ley,
sin conciencia, sin ayer, sin mañana, sin otra misión que la de vivir
y morir, sin otro mundo más que el del planeta que habita, sin más
leyes que las físicas y las naturales.
Eso sería bueno si el hombre sólo poseyera su envoltura mortal,
efímera y deleznable, como todo lo que es materia; si no existiera en
él el libre albedrío, la voluntad, el entendimiento, la memoria, los
atributos, en fin, de su alma imperecedera:
esa noble porción alta y divina,
á mayores misterios es llamada
y en más nobles esfuerzos se termina.
Y de ello da pruebas inconcusas, ya aislada, ya colectivamente, en
distintas ocasiones, en diferentes países, en diversas épocas. No á
todos los hombres les es dado, ni todos los días es fácil encontrar
hechos que lo demuestren, probar que por virtud de su propio ser son
hijos de Dios ni herederos de su gloria; pero si el bien fuera tan
escandaloso como el mal, y nuestra prensa periódica moderna, sobre
todo, dedicara una sección á la virtud, como se la dedica al crimen,
nos admirarían los relatos diarios de virtudes desconocidas y de
heroísmos domésticos.
En el incendio de la fábrica de Bernaregui sobraron ejemplos de esta
verdad consoladora. Lo que empezó en casi todos por curiosidad, se
convirtió pronto en interés, cambiándose en seguida por lástima,
para terminar en entusiasmo contagioso de heroicidad y sacrificio.
Hombres, mujeres, niños, soldados, bomberos, autoridades; todos, en
fin, cuantos presenciaban la catástrofe, tomaron parte activa en
ella para dominarla y vencerla; y cuando á la madrugada siguiente,
quedaron sólo en el lugar del incendio los escombros humeantes,
sobre un río de fango, ni una sola persona pensó en hacer valer
sus sacrificios, ni un solo hombre reclamó premio por sus heridas,
sus quemaduras, su heroico trabajo, su sublime cansancio, su ropa
destrozada ó sus enfermos abandonados. Todos se escaparon á la
gratitud de los interesados, todos se escondieron á la admiración de
sus paisanos, todos buscaron en el hogar doméstico, de donde habían
desertado por el bien público, la alegre compensación de su trabajo
en la modesta obscuridad de su retiro. Todos lo habían hecho todo,
nadie había hecho nada.
¿Cómo y de qué manera se fué sabiendo quiénes eran los que más se
habían distinguido en aquella noche memorable? Difícil es saberlo:
de boca en boca y empezando por un recuerdo vago hasta concluir en
una afirmación múltiple, llegó á oídos del elemento oficial cada
rasgo notable, y desde la viuda y los huérfanos del guarda víctima
de la explosión, recogidos en un asilo provincial, hasta el último
bombero á quien fué preciso amputar un brazo y á quien se colocó de
guarda en un jardín público, para cuando terminase la curación, todos
encontraron un premio, si no igual á su merecimiento, apropiado á
su necesidad más perentoria. Los que de nada necesitaban oyeron los
entusiastas plácemes del gobernador de la provincia y del capitán
general, y fueron propuestos para la cruz de Beneficencia, única
que quedará de seguro en el mundo de las condecoraciones, cuando
el viento de la verdad arroje para siempre del templo oficial esos
ridículos cintajos de la vanidad humana.
Puig fué uno de estos últimos, y cuando después de haber permanecido
seis días en la casa de socorro, pudo volver por su pie, aunque
cojeando y del brazo de dos ayudantes, á sus habitaciones de la
fábrica, todos los obreros que le esperaban en el portalón de la casa
y en la calle prorrumpieron, al verle, en gritos de entusiasmo y
aplausos ensordecedores, parecidos á los de la multitud en la noche
del incendio.
Lucía fué la primera que le dió el brazo en el zaguán, para relevar
á uno de los que le habían conducido hasta la casa, y de su brazo
subió hasta sus habitaciones, en cuya puerta esperaba Bernarda, más
digna y cariacontecida que de costumbre, pero también menos huraña
y más tratable que siempre. Dos días antes habían ido las dos juntas
á la casa de socorro á hacerle la visita oficial, digámoslo así, y
á rogarle que á pesar de la desagradable escena del escritorio, no
tomara determinación ninguna sino después de haberse instalado en su
cuarto y de haberse restablecido del todo.
El bueno de Puig, á pesar de haber decidido no volver á pisar los
umbrales de aquella casa, donde había vivido tantos años, accedió á
los ruegos de sus dos antiguas amigas, prometiéndoles que hasta su
total restablecimiento aceptaría su hospitalidad, puramente familiar
y femenina, pero que no había de hablarse una palabra de negocios ni
de arreglos con Benito, el cual no había ido á verle, siquiera por
fórmula, á la casa de socorro en los seis días que había permanecido
en ella, con gran sorpresa de todos.
¿Qué más? En aquel momento tampoco estaba allí, como todo el mundo,
para darle la bienvenida y para recibirle. ¿Es que se había propuesto
no volver á hablarle, considerándole como el último de los extraños,
ó que llevaba tan adelante su puntillo de principal, que no quería
dar á torcer su brazo en la reyerta anterior? ¿Quién sino él se
acordaba ya de ella?
Lucía y Bernarda se apresuraron á disculpar su ausencia en aquel
momento, diciendo á Puig que Benito había sido llamado por la
dirección de la sociedad de seguros, y que en cuanto regresara,
pasaría á verle. Ni una palabra se habló, como era natural y
convenido, de las disidencias pasadas, y su larga conversación se
redujo al acontecimiento supremo y á comunicarse los diferentes
detalles que unos y otros ignoraban. Los trabajos de la fábrica
estaban paralizados totalmente, hasta la recomposición de alguna
máquina, la compra de otras y la limpieza y separación de escombros
de las partes principales del edificio. Luego empezaría el examen y
clasificación de mercancías averiadas, seguido de ventas en grueso
y en pública subasta de las que se encontraran en este caso, con
absoluta separación de las que existían incólumes; reconstrucción del
edificio para más adelante, y reapertura completa de la fábrica para
dentro de seis meses, que era el plazo marcado por los arquitectos.
La quemadura de Puig no ofrecía cuidado, siempre que continuara con
la medicación y la cura dispuesta y permaneciendo en una quietud
absoluta hasta ser dado de alta por los médicos: cuestión de veinte ó
treinta días todo lo más. Con su grata compañía y su asidua tertulia,
sobre todo por las noches, harían las dos mujeres lo posible para que
no fuera tan largo el plazo señalado por la ciencia, y ningún enfermo
sería más atendido ni mejor cuidado que él, en la que ahora, como
antes y como siempre, no podía dejar de ser su casa.
Si el que calla otorga, otorgaba á todas estas razones Puig, porque
respondía con el silencio á tan amables ofrecimientos y á tan
cariñosas promesas. Una sola vez abrazó cariñosamente á su ahijada,
y fué cuando la suplicó que indicara á Ramiro, si tenía ocasión de
verle, que desearía hablarle, para darle gracias por lo bien que se
había portado la noche del incendio, salvando, casi él solo, todo el
escritorio y los copiadores y libros de correspondencia comerciales.
Lucía, encarnada como una amapola, le contestó en voz alta, pues no
guardaba misterios en este asunto con su tía, que sólo veía á Ramiro
un rato por las tardes, cuando su padre se iba á pasear solo por la
Rambla, pero que aquella misma tarde le manifestaría su deseo.
--¿De modo--la respondió Puig--que el mozo se considera despedido
desde el otro día y no ha habido avenencia?
--Desde la otra mañana no ha vuelto á la oficina, y mi padre no ha
preguntado por él ni por nadie. Se conoce que se considera libre
de todo compromiso con sus antiguos empleados, y ni ha buscado
otros nuevos, ni se lamenta de la ausencia de los antiguos. Ni sé
lo que piensa, ni á nosotras nos habla más que lo indispensable
para mandarnos. Esta es una situación insostenible, que no puede
prolongarse y que no sabemos en lo que vendrá á parar.
Las lágrimas se agolparon á los hermosos ojos de Lucía, y diríase que
Bernarda, á haber podido llorar de otra cosa que de rabia, la hubiese
acompañado en aquella circunstancia solemne.
--Tu padre, hija mía, está enfermo; no me cabe duda. Yo no me
acuerdo, ni quiero acordarme de lo que me ha ofendido; no le guardo
rencor por el modo con que me ha tratado, y emplearé todos los
medios que me sugiera mi afecto entrañable y mi pobre entendimiento
para curarle. Su mal es tan grave, que de no hacer pronto crisis y
encontrar en su propia intensidad una rápida y total curación, podría
darnos que sentir. Fía en Dios, ahijada mía, y fía también en mí. Yo
creo que muy pronto le volverás á ver como siempre fué, padre amante,
amigo leal y hombre de bien, y su amor por ti volverá á ser tan
grande como antes.
--Si para ello fuera preciso pedir á Dios la miseria, mi enfermedad ó
mi muerte, crea usted que no vacilaría en pedírselas ahora mismo.
--Lo sé. Te quiero por buena hija y por buena muchacha, y
si aprovechabas tú también la lección que Dios te ha dado
indirectamente, nada habrás perdido en este cambio de tu padre, que
tanto te ha afligido.
--No sé lo que quiere usted decir; pero estoy dispuesta á secundarle
en todo y fío completamente en sus palabras.
--Y creo que para un enfermo son demasiadas las que nuestra charla le
proporciona--dijo Bernarda levantándose.
Imitóla Lucía, y ambas dejaron solo á Puig, ofreciéndole volver en
cuanto cenaran, para pasar á su lado las primeras horas de la noche.
Algunas después penetró Benito, con el ceño adusto de costumbre y una
solemnidad que no dejaba de ser cómica, en la habitación del enfermo.
Poco expansiva y menos tierna aún fué la entrevista de los dos
amigos. Disculpóse como pudo Benito, por sus muchas ocupaciones en
circunstancias tan tristes, de no haber ido á visitarle á la casa de
socorro: hízole de un modo más frío los mismos ofrecimientos que le
habían hecho su hermana y su hija, y no abordando ninguna cuestión
de intereses, ya se disponía á marcharse, cuando Puig le detuvo,
diciéndole con semblante severo y fijando en él su mirada:
--Sé por Ortiz de Llauder, que me ha acompañado algunos ratos,
la visita que le hiciste, apenas dominado el incendio, la otra
mañana, y á las dos preguntas que le dirigiste, y á que él no podía
contestarte, voy á hacerlo yo en el acto para no retardar más tu
natural inquietud y tu no muy benévola impaciencia.
--Yo ignoraba la gravedad de tu herida, y era muy lógico que deseara
saber la situación de mis intereses en aquel momento.
--Tienes razón; pero respecto á lo primero te diré que la mejor
manera de saber si era ó no grave mi estado, era haberlo ido á ver
por ti mismo, y allí á mi lado hubieras podido saber por mi boca lo
que en vano fuiste á preguntar al notario, con gran sorpresa suya y
no mucho contento mío.
--Te has vuelto tan suspicaz de poco tiempo á esta parte, que me veré
precisado, para entenderme contigo en adelante, á no dar el menor
paso que contigo se refiera. ¿Qué más da que te lo preguntara á ti ó
á Llauder?
--Algo da más, puesto que sólo con haber ido á verme, como ha
ido todo el mundo al saber mi accidente, te hubieras evitado las
preguntas al notario ó á mí. Yo antes que lo hubieras preguntado
te lo hubiese dicho, y de esa manera, sobre haberte portado bien
conmigo y como nuestra antigua amistad exigía, te hubieras ahorrado
el disgusto que aún debe durarte por tu curiosidad no satisfecha. En
casa segura, que tú conoces, están los fondos que existían en la caja
del escritorio, en billetes y oro, y que traté de salvar lo primero
aquella triste noche, así como los libros mayor y diario y otros, que
llevó sobre su cabeza un dependiente de la casa. Ahora mismo, puesto
que ya estoy aquí, mandaré por todo: lo traerá el amigo leal que
admitió el depósito sagrado, sin darme recibo ni documento ninguno, y
por este punto ya puedes estar tranquilo.
--Ni lo estoy ni puedo estarlo. ¿Quién te dice que ese hombre,
tentado de la codicia, en esos seis días que ha tenido en su poder
esos fondos, no niegue ahora semejante depósito, y tú sin testigos
ni prueba te encuentres conmigo en tan terrible descubierto? Vamos á
ver, responde: y dime si soy yo el desconsiderado ó tú el visionario
y el demente en fiarte así de cualquiera.
--¿Pero es posible que el afán del dinero tuerza los caracteres
hasta el punto de hacer del tuyo un almacén de malos pensamientos y
un depósito de peores juicios? No quiero contestar á tu idea de que
la mala conducta de mi amigo me hiciera quedar á mí en descubierto
contigo, puesto que en caso idéntico yo hubiera dicho con _nosotros_,
haciéndome solidario de la pérdida; y responderé sólo á tu temor
primitivo. Mi amigo, que no lo es tuyo ya, puesto que tan mal le
juzgas, es un honrado comerciante incapaz de cometer acción tan
villana y miserable. No te digo su nombre por evitarle la vergüenza
de tener que sonrojarte ante él cuando le veas. Mi amigo, como te
decía, ha ido á verme todos los días, y esta misma mañana quería aún
dejarme el recibo que tiene hecho desde el momento que salí de su
casa entregándole los fondos y que yo no quise recibir entonces ni
hoy. Esta misma tarde vendrá con su hijo á hacerme la entrega, y en
el acto puedes tú mismo volver á encerrar en la caja, cuya llave te
entrego en este momento, cuanto yo saqué de ella. Cuéntalo, no en mi
presencia, porque yo no necesito semejante exactitud fiscal, y date
por respondido y enterado de todo esto. Pasemos al otro asunto.
--De ese hablaremos cuando estés completamente restablecido, que
ya no puede tardar. Tengo tu palabra de que respetas y cumples con
la carta postrera de Bernaregui, y me considero por lo tanto como
heredero universal de todos sus bienes. Yo haré el balance, como es
justo entre comerciantes, de todo lo que dejó á su fallecimiento
y de cuanto hoy me entregues, y la diferencia ó déficit que ha de
existir de seguro entre ambos capitales, servirá de base para un
arreglo definitivo entre nosotros. Yo no he de exigirte judicialmente
el reintegro; pero será preciso que de esa liquidación te obligues á
devolverme, en los plazos que convengamos, lo que seas en deberme, y
uno y otro quedemos como nos corresponde en asunto tan delicado y de
tal trascendencia.
--¿Conque es decir, amigo Benito, que siendo yo el heredero legal de
nuestro común amigo Bernaregui, y habiendo yo usado de su herencia
con derecho y justo título, al respetar una carta, que á nada me
obliga judicialmente, me exiges la entrega total de esa fortuna, como
si yo tuviera otra con que responder á tu deseo, y como si al poseer
tú hoy todo lo que de ella quede, no fueras impensadamente mucho más
rico que tú podías figurarte haberlo sido nunca? ¿Conque es decir
que cuando yo no apelo á mi derecho para disputarte esa herencia,
sólo mía por la razón y por la ley, tú vas á apelar á la ley y á
la justicia para liquidar esa herencia, que no es tuya sino por mi
conciencia, y á obligarme á reconocer como deudor tuyo los pagos de
la diferencia que resulte entre la fortuna que recibí de Bernaregui,
y que he gastado en todos vosotros, y la que hoy representa la casa?
Pues dígote, amigo mío, que ó estás loco, ó todo lo que haces debes
hacerlo soñando. Despierta á tu razón, si te es posible, y no tires
de la cuerda hasta hacerla saltar en perjuicio tuyo, cosa que podrá
suceder con gran facilidad.
--Concluyamos de una vez, Juan, con estas cuestiones enojosas que á
ambos nos pueden sacar de quicio. Yo he pensado mucho, yo he cavilado
muchísimo desde hace un mes, y todo lo que veo me confirma en mis
creencias y en mis resoluciones irrevocables. Seamos francos, y aquí
que nadie nos oye, aclaremos para siempre el asunto. Á Bernaregui se
le cohibió en su última enfermedad. Eso es indudable. De buen ó mal
grado, esto es más probable, se le obligó á hacer un testamento que
repugnaba á su conciencia y á su voluntad, y tomaras tú parte activa
en ello, ó fueras inocente de esa infamia, te encontraste heredero
de toda su fortuna, sin que el testador tuviese en cuenta en aquel
testamento mi amistad, tan antigua como la tuya, ni mis servicios,
tan grandes como los tuyos. Arrepentido el mismo, antes de morir, de
su injusticia, y creyendo castigar á los que habían abusado de él,
escribió la carta testamento, que no es otra cosa, que confió á otra
persona para que la presentara en seguida en la notaría. ¿Qué persona
fué esa, y cómo cometió la nueva infamia de no presentarla hasta tres
largos años después de la muerte del testador? Esos son misterios
que puede muy bien descubrir una información judicial, si llegara
el caso de tener que entablarla. Pero el hecho existe, y todas las
argucias del mundo no bastarán á destruirle. Yo ya he tomado mis
informes, como era muy natural que lo hiciera quien como yo no
está versado en cuestiones de derecho, y sé perfectamente, por los
abogados á quienes he consultado, que toda la razón está de mi parte;
que puedo impunemente apelar á un pleito, y aunque su tramitación
fuera larga, recaería sentencia en mi favor. En este caso estamos,
y por lo tanto creo que lo que exijo de ti es lo más razonable y
lo más justo. Yo olvido el testamento primero, ofensa directa de
Bernaregui; yo olvido que el testamento segundo ha estado oculto
intencionadamente por espacio de cerca de cuatro años, detentando mis
derechos y mi fortuna; yo olvido tu negligencia en darme posesión de
ella y tu intención, como veo, de que yo tome lo que tú quieras darme
á beneficio de inventario y en cualquiera forma; pero fuerte en mi
derecho, reclamo todo lo que me corresponde; y lo que haré, en prenda
de amistad y como recompensa á tu heroica acción de la otra noche, es
aceptar los plazos que me propongas y en la forma que elijas, para
reintegrarme de las cantidades que seas en deberme al hacer juntos la
liquidación necesaria.
--La recompensa es tan sublime, que prueba lo meritorio de la acción.
¡Lástima grande que no hubieras estado la otra noche, como era tu
deber, al frente de cuantos trabajaban para librar tu hacienda, y yo
no hubiese llegado á tiempo para romper la válvula que salvó algunas
vidas! Entonces la tuya hubiera concluído, sin tener jamás que
avergonzarte de ella. ¿Era para todo esto para lo que exclamabas tan
á menudo: «_¡Si yo fuera rico!_»? Rico eres ya, según parece; pero
rico sin entrañas, rico sin creencias, rico sin generosidad, rico sin
memoria, y lo que es peor, ¡rico sin _alma_! En tu hidrópico afán de
contar tu dinero, de manosear tu fortuna, de gozar de tu herencia,
calumnias á tu bienhechor, insultas al amigo de toda tu vida, ofendes
á cuantas personas han intervenido en su última voluntad, reniegas
de tu pasado, desconoces la razón, la justicia y el derecho y te
revuelves airado contra las leyes divinas y humanas, contra la razón,
contra todo lo que ataja tu insaciable apetito. Ya para ti no hay
familia, porque la desconoces y la maltratas; ya para ti no hay
amistad, porque reniegas de ella y la invocas sólo para tiranizarla
y desconocerla; ya para ti no hay deberes de conciencia, porque
tu egoísmo y avaricia acallan las voces de la propia y no quiere
reconocer la santidad de la ajena. Mal padre, mal amigo, mal hombre
y mal rico, en vez de consolar, de agradecer y de amar, calumnias,
injurias, odias y maldices. ¡Miserable eres, y miserablemente
acabarás!
Olvidándose de sus dolores y de las prescripciones médicas, Puig se
había levantado del sillón donde estaba casi tendido, y pálido y
conmovido, pero severo, frío y amenazador, accionaba con energía y
daba á su voz entonación solemne y vigorosa.
Benito, absorto al principio, había recobrado su serena actitud, y
con los ojos casi fuera de las órbitas, el semblante torvo y la boca
convulsa escuchaba, rojo de indignación y de soberbia, las irritadas
palabras de Puig.
Apenas concluyeron de sonar en sus oídos, sin tener en cuenta la
situación excepcional en que su amigo se encontraba, sin reparar en
que le daba hospitalidad en su propia casa, y un techo hospitalario
es sagrado siempre, echando espuma por su boca y como si fuera á ser
presa de una congestión, rojo como la grana y balbuciente, respondió,
ó mejor dicho, gritó:
--¡Mientes, mientes una y mil veces! Vosotros sois los infames, los
injustos, los calumniadores. Todos, todos los que me contradicen y
me desobedecen y me injurian son los que muy pronto tendréis que
responder ante la justicia humana primero y la divina después de
vuestras palabras y vuestros actos. Yo he sido eliminado, robado,
ultrajado por todos vosotros, y tú con tu fingida y traidora amistad,
y mi familia con su exigente y desordenada conducta, y el notario con
su culpable complicidad, y cuantos me rodean y cuantos me desafían,
sufrirán las consecuencias de mi justa cólera. Para unos la cárcel,
para otros el presidio, para todos la ruina y la miseria: ¡para mí
solo la riqueza, el fausto, el dinero, la tranquilidad de espíritu y
la felicidad sobre la tierra!
--Vete, Benito, vete, y no me obligues á que ahora mismo, sin reparar
en nada, sin poder moverme, huya de tu casa para siempre y te
castigue del modo más cruel que puedas imaginarte.
--Tu herida..., ¡farsa!; tu generosidad..., ¡mentira!; tu amenaza...,
¡risible y estúpida! ¡Vete, en buen hora, puesto que has desoído
mis razones, y prepárate mañana á responder de tu conducta ante los
tribunales!
--Abusas de mi estado y eres un miserable y un cobarde. Mañana, ni un
día más tarde que mañana, te habré castigado como mereces.
Y pálido y sombrío, sin reparar ni recordar su herida, Puig se lanzó
á la puerta para salir de la habitación. Sus fuerzas le engañaron; y
mientras Benito huía por el corredor, y acudían á las voces Bernarda
y Lucía, él, vencido por el dolor, cayó desplomado sobre el pavimento.
Levantado por las dos mujeres, fué preciso echarle en el lecho, y
sólo á sus ruegos y á sus lágrimas cedió vencido, exigiéndolas que á
la mañana siguiente viniera temprano un coche para conducirle á una
fonda. Ni ellas se atrevieron á preguntarle lo ocurrido, ni él las
dió explicación ninguna para calmar su ansiedad, aumentada con el
tenaz silencio de Puig y sus quejidos por el dolor que le causaba la
herida. Curáronle con esmero sumo, y cuando le vieron reposado y más
tranquilo salieron de puntillas de la habitación. Benito había salido
de la casa, casi huyendo de sí mismo.
Pocos momentos después contaba Lucía á Ramiro la llegada de Puig, su
deseo de hablar con él, manifestado por éste, y el resultado de la
entrevista de su padre con el enfermo, que había producido la crisis
inexplicable en que el enfermo se encontraba.
Dos hombres modesta y limpiamente vestidos preguntaban por Puig en
aquel momento. Eran el comerciante y su hijo, que traían el dinero
y los libros depositados por el cajero en casa de aquéllos la noche
del incendio. Ramiro se encargó de recibirlos, y juntos entregaron
á Bernarda, delante de Lucía y del conserje, á quien llamaron como
testigo, aquel dinero recibido sin documento alguno. No podían
colocarle en la caja, porque Ramiro no tenía la llave y no quisieron
molestar á Puig por su dolencia exacerbada.
Mientras, Benito andaba como un loco y casi corría hablando solo,
gesticulando y llamando la atención de cuantos encontraba á su paso.
Triste, tristísima noche fué para todos la que siguió á aquel día
de emociones y de disgustos. Lucía apenas quiso conceder á su amado
Ramiro un cuarto de hora de amoroso coloquio, temiendo la repentina
llegada de su padre. Bernarda, que seguía con decidido empeño su
proyecto de abandonar para siempre la compañía de su hermano,
excitada por la escena que había supuesto entre los dos amigos, pasó
la mayor parte de la noche en colocar toda su ropa y sus efectos
propios en dos baúles mundos, dejando desocupados los cajones de la
cómoda.
Puig, aunque calmado ya de la excitación nerviosa que le obligó á
decir frases que no hubiera querido pronunciar nunca, apenas pudo
conciliar el sueño, revolviendo en su mente todo un plan de conducta
que quería desarrollar con frialdad y calma al siguiente día; y el
pobre Ramiro, sin darse exacta cuenta de lo que ocurría en aquella
casa, centro antes de la paz y la concordia, se devanaba los cascos
por adivinar misterios que no estaban de seguro al alcance de su
inteligencia. Si aquella situación se prolongaba, hasta su mismo
modesto presente se vería comprometido: ¿cómo no había de considerar
expuesto su venturoso porvenir?
Las horas transcurrían, y Benito no había regresado á su casa, contra
la costumbre de treinta años, antes de las doce. Cerca de la una era
ya cuando llamó á la puerta de la calle, y sin hablar con nadie y
sin responder á su hija que salió azorada á recibirle, penetró en su
alcoba y se arrojó vestido sobre su cama.
Más horrible que para todos fué para él aquella noche, precursora
inconsciente de su salvación y de su dicha.
[Ilustración]