Era la una de la noche. Un viento sudoeste, no muy violento, pero
sí persistente, arrastraba las hojas de los árboles por la Rambla.
Apenas un transeunte trasnochador cruzaba de tarde en tarde por
alguna calle extraviada. La luz de los mecheros de gas oscilaba
impulsada por el aire, y todo dormía en calma en la capital del
Principado.
Al mirar herméticamente cerradas aquellas puertas, en alguna de las
cuales se apoyaba algún sereno ó vigilante soñoliento, nadie hubiera
adivinado que pertenecían á un café concurrido, á un comercio lujoso
ó á una tienda de modas. De tarde en tarde se oían las palmadas de
un vecino y el golpe del palo en el suelo con que le respondía el
sereno. Era la hora del descanso de la ciudad, del sueño de sus
habitantes.
Pero de pronto, rompiendo el monótono silencio nocturno, oyóse un
silbido estridente; y como si sólo se hubiera esperado esa señal
para un plan convenido, pronto repercutieron en el espacio otro igual
y otros después y mil luego, que en diferentes direcciones y con
desigual sonido llenaron la atmósfera con sus desentonados ruidos. Á
poco comenzaron á correr algunos hombres por las calles principales,
y luego otros que en confuso desorden corrían y se atropellaban,
disputándose la gloria de dejar atrás á los que les precedían. Á lo
lejos y por entre casas y tejados comenzaba á percibirse una columna
de humo que tardó muy poco en ser reemplazada por un resplandor
rojizo, seguido de chispas mil que iluminaban el espacio, semejando
una lluvia de menudas estrellas ó las últimas vueltas de una
gigantesca rueda pirotécnica.
Muchos curiosos abrieron las ventanas de las casas y se quedaron en
ellas contemplando el movimiento de las calles: otros, más decididos
ó más curiosos aún, vestidos de cualquier modo, se lanzaron á la
corriente, siguiendo á los que parecían saber adónde se dirigían, y
una multitud cada vez más compacta invadió el barrio donde estaba
situada la fábrica de Bernaregui.
La señal general de alarma se había dado muy tarde. Necesariamente
hacía lo menos dos horas que había estallado el incendio, á juzgar
por el incremento que éste había tomado y por el número de los que ya
habían acudido á sofocarle. Pertenecían á este número en primer lugar
los dueños y habitantes de la casa, y después los vecinos de todas
las inmediatas, y luego todos los operarios y obreros de la fábrica,
que apenas se habían enterado de lo que ocurría, en mangas de camisa
los más y mal vestidos los restantes, habían acudido decididos y
valientes á sofocar un incendio que podía dejarlos por mucho tiempo
sin trabajo, y de resultas sin medios de subsistencia. ¡Era su
fábrica la que ardía!
Las más absurdas patrañas circulaban de boca en boca. Quién aseguraba
que el fuego había sido motivado por un petardo; quién que hacía tres
días que estaban ardiendo unos pies derechos sin que nadie lo hubiese
advertido: unos atribuían la catástrofe á una mano criminal, otros
al dueño del establecimiento, que por tenerle asegurado esperaba
consolidar su fortuna comprometida en empresas arriesgadas, y cuál
más cuál menos contribuía con la propagación de tales absurdos á la
calumnia y á los despropósitos.
La verdad no era aún conocida sino de muy pocos, y por lo natural y
sencilla hubiera sido rechazada por las imaginaciones impresionables,
ávidas siempre de dar á los hechos más triviales proporciones
desmedidas y melodramáticas.
Hecha, como todas las noches, la requisa acostumbrada, el gasómetro
había quedado abierto, por uno de esos descuidos tan comunes como
inexplicables: uno de los dos mozos que estaban de patrulla quiso
penetrar en la habitación, hostigado por un presentimiento de que ni
él mismo podía darse cuenta, y en vez de llevar, como estaba ordenado
por el ingeniero, una lámpara de seguridad Davis, entró en ella con
un farol de aceite. El cuarto estaba saturado de gas y enrarecida,
por lo tanto, la atmósfera: la llama del farol inflamó el gas, y se
produjo en el acto una terrible explosión, por lo que quedó muerto
el pobre guarda, portero al mismo tiempo de la casa. Á la terrible
detonación se habían desplomado dos tabiques, se había roto un
sinnúmero de cristales y se había resentido toda el ala derecha del
edificio. El espectáculo era terrible, pero hermoso. Los ingenieros
no habían llegado aún: los operarios trabajaban con fe, con ahinco,
con rabia, pero sin concierto, sin dirección. Un señor desconocido
cogió una bocina y empezó á dar órdenes á su capricho. Sin duda
comprendió que lo más esencial era localizar el fuego antes de
proceder, como ya habían empezado á hacerlo los obreros, á desocupar
los almacenes de la izquierda, pues en los de la derecha era donde
el incendio estaba haciendo ya sus estragos. Desocupar éstos hubiera
sido expuestísimo por amenazar hundirse pronto el pavimento. Si esto
hubiera ocurrido en el acto era probable la extinción del incendio,
pues tantos fardos como en él había y los escombros del piso hubieran
sido bastantes á apagar las llamas que hasta entonces estaban
circunscritas á las paredes del cuarto del contador del gas. Pero no
era posible esperar aquel hundimiento, con tanta más razón, cuanto
que el incendio había empezado á propagarse hacia la galería de la
casa, cuya pared medianera lamían ya las llamas.
Un piquete de bomberos, las bombas del distrito y las de la sociedad
de seguros donde estaba inscrita la fábrica, cincuenta soldados con
un capitán, los dos ingenieros industriales de la casa, el arquitecto
municipal, el teniente alcalde, el gobernador de la provincia y un
piquete de guardias civiles, amén de varios municipales y guardias
de seguridad pública, componían el total de las gentes que habían
acudido á las repetidas llamadas de los pitos, sin contar con la
multitud de curiosos más ó menos atrevidos y más ó menos filántropos
que invadían los alrededores, estorbando el paso y perjudicando la
libre circulación.
Obreros y operarios rivalizaban con los bomberos en valor y trabajo,
si no en maestría. Á una voz que gritó: «Abajo la pared medianera,»
siguieron otras que decían: «¡Fuera, fuera!,» y á los pocos momentos
caía sobre la tierra lo que de la tierra había salido: piedras,
barro, ladrillos, yeso: todo negro, todo humeante, todo candente,
produciendo en su rápida caída un humo espeso, mezcla de polvo y
llamas, que cegaba la vista y ensordecía los oídos.
Apenas derribado el paredón, se precipitó sobre la galería una densa
y obscura nube de humo, que á los cinco segundos estaba convertida
en imponentes y azules llamaradas. El calor se hacía insoportable
en el patio central: los hombres trabajaban con más bríos, pero con
menos fuerza: el hombre de la bocina gritaba: «¡Relevarse; los que
están sacando al patio los fardos, que suban ahora al tejado!,» y
los obreros obedecían como soldados; los soldados trabajaban como
obreros, y los bomberos como héroes de la antigüedad, como gigantes,
como Hércules.
El gobernador y el teniente alcalde, que estaban en el centro del
patio, asentían á las órdenes del de la bocina; sólo el capitán de
ingenieros dijo por dos veces que á él le parecía que allí no se
hacía nada y que se dejaba un camino franco á las llamas para que se
apoderaran de todo el edificio.
¡Agua y más agua, brazos y más brazos! Ya se había desplomado el
piso del almacén con todos sus efectos, que ardían á más y mejor.
Tres tabiques habían sido echados abajo por los bomberos y dos por
las llamas, y éstas no cedían: habían penetrado ya en la sala de las
máquinas. Por fortuna los telares estaban en el fondo del segundo
patio, y el gran depósito de balas de algodón, donde acababan de
instalarse hacía escasamente una semana más de quince toneladas para
sufrir la primera carda, parecía estar completamente á cubierto del
voraz elemento.
De repente de entre un grupo de cíclopes apareció un fantasma
envuelto en llamas y gesticulando, roja la cara, rojo el traje, roja
la barba, como el Mefistófeles de la ópera, como el Boccacio de la
zarzuela.
Todos los ojos se fijaron en él, absortos y aterrados, como si de
aquel hombre dependiera la vida de todos; como si tuviera en sus
manos por misterioso decreto de la Providencia la dirección de la
catástrofe: un silencio sepulcral sucedió, repentino y solemne, á los
gritos, á las vociferaciones, á los ruidos de piqueta y azadones.
¿Quién era aquel hombre? ¿Qué decía?
Aquel hombre era el maquinista, que llegándose al de la bocina y
arrebatándosela de las manos, gritó jadeante con toda la fuerza de
sus pulmones:
--¡La máquina grande está cargada; el agua hierve; va á estallar!
Paralizáronse todos los brazos; inmutáronse todos los semblantes,
como si las fuerzas de todos se hubiesen agotado en un segundo, como
si de un solo golpe y por modo sobrenatural y prodigioso se hubiesen
concluído en aquella masa heterogénea, á un mismo tiempo y de un solo
golpe, la serenidad, la fuerza y el valor.
Á pesar del color rojizo de la atmósfera, todos los semblantes se
tornaron lívidos, amarillos. El estupor de aquella multitud no
impedía á su razón comprender que era preciso, inminente, tomar
una resolución rápida y salvadora. Nadie, sin embargo, se atrevía
á llegar á la máquina, nadie á lanzarse á la válvula salvadora. El
bronce estaba ya candente; el riesgo aumentaba á cada segundo, y
todos se hacían, sin atreverse á formularle en voz alta, el siguiente
dilema: Ó huir abandonando la fábrica á su total ruina, ó morir allí
diezmados, quintados los más valientes, sin posibilidad de éxito, ni
salvación humana; porque es indudable, los que no hubieran perecido
mortalmente heridos por los mil proyectiles que lanzaría al espacio
la máquina al estallar, hubieran muerto entre los escombros, porque
no resistiendo los muros cuarteados el tremendo estallido, unos
antes y otros después se hubieran ido desplomando sobre todos.
Algunos retrocedieron de los puestos donde estaban, otros quisieron
apelar á la fuga, pero se encontraron con una muralla viviente que
los cerraba el paso, y unos y otros se miraban consternados como
pidiéndose mutuamente una idea salvadora que los tranquilizara de
repente, como de repente se habían visto aterrados por el peligro.
En aquella vacilación, en aquella duda, en aquel pánico, nadie se
atrevía á dictar una orden, á tomar una medida, á realizar un acto
más ó menos desesperado, pero que estuviera á la altura de las
circunstancias, de aquellas circunstancias que duraban ya quince ó
veinte segundos, la nada en el tiempo, y que parecían haber durado
veinte siglos.
Un ruido análogo al de cien locomotoras partiendo simultáneamente de
una estación, pero inmenso, imponente, aterrador; ruido semejante
al que produce la lava de un volcán al salir del fondo de su
hirviente cráter; ruido parecido al de las aguas al despeñarse por
las montañas con la fuerza de la catarata del Niágara, pero no seco,
no estridente, no ensordecedor, sino prolongado, viviente, humano,
hizo adivinar á aquella multitud aterrada que la válvula había sido
abierta, y que por lo tanto el peligro quedaba reducido á que la
máquina se fundiese como plomo.
¿Qué había sucedido? Nadie pudo explicárselo entonces; pero el hecho
inexplicable pronto corrió de boca en boca, como habían corrido una
hora antes los absurdos acerca del origen del incendio, y pronto tomó
el acontecimiento la sublimidad de un poema.
Un hombre, cubierto con un capote que había arrebatado á un guardia
civil, empapado en agua y con una piqueta en la mano, se había
aproximado á la máquina grande: á su espalda una manga no dejaba de
lanzar sobre su cuerpo gruesa columna de agua, y de frente otra hacía
lo mismo sobre su pecho. Si el calor era insoportable, asfixiante,
en el patio, ¿qué no sería en el cuarto de las máquinas, rodeado
de llamas por todos lados? Aquel hombre enarboló la piqueta, dió
dos ó tres golpes hercúleos sobre la válvula; cedió ésta, y el agua
hirviendo á borbotones, con un ruido infernal, se precipitó sobre
el pavimento, no sin haber quemado antes un pie al héroe de aquella
noche. Cuando éste se presentó herido sobre un paredón, sosteniéndose
apenas entre los brazos de un bombero, los vivas y las aclamaciones
ensordecieron el espacio. ¿Quién era? ¿Quién le conocía? ¡Todos:
casi todos los que habían temblado ante el peligro! ¡Era Puig!, ¡el
cajero!, el dependiente de D. Benito Bonet, según decían y sabían
todos los de la fábrica; el dueño del edificio, el jefe de la casa de
comercio de Bernaregui, según creía aún la mayor parte del comercio y
del vecindario de Barcelona.
¡Oh! El riesgo que aquel hombre había corrido por salvarlos á todos,
era inmenso, mortal, seguro, y su audacia y su valor increíbles. En
un solo momento, y con exposición casi cierta de su vida, había
salvado las de cien infelices: había devuelto cien padres, cien
maridos, cien hijos, á sus madres, á sus esposas, y había ahorrado á
la empresa de seguros muchos miles de duros que ya podía contar como
fuera de su caja.
Hubo que retirarle del incendio en una camilla, pues el agua
hirviente había abrasado su pie izquierdo; y entre gritos de
entusiasmo y vivas prolongados le acompañó la multitud á la casa de
socorro más próxima; sus habitaciones estaban situadas encima del
cuarto de las máquinas y amenazadas por lo tanto de una destrucción
inmediata.
Á todo esto, el inminente peligro de la explosión de la máquina había
desaparecido, pero el incendio continuaba extendiendo su estrago.
Ya no existía el techo, ni los pisos de las tres salas grandes de
los almacenes de la derecha, y ya parecía que el incendio iba á
propagarse al piso segundo, cuando un vivísimo relámpago, seguido
inmediatamente de un estridente trueno, vino á anunciar que lo que
hasta entonces y desde las siete de la tarde había sido viento seco
debía convertirse pronto en fuerte chaparrón. En efecto, precedida
de algunas gotas gruesísimas y perezosas, abrióse la nube, y un
torrente, un río caudaloso cayó con inusitada furia sobre las llamas
y los hombres. Apagáronse los hachones con que éstos se alumbraban
en las partes no incendiadas del edificio, y por espacio de treinta
y cinco minutos dejóse trabajar sola al agua del cielo, pues tal era
la furia y la abundancia con que caía, que hubiera sido imposible
trabajar durante la tempestad.
Cuando pasó la nube y aquélla cedió, aunque no del todo, el cuadro
era distinto por completo: barro y cenizas; llamas expirantes; olor
á tierra mojada, á madera y tela quemadas, á metal fundido. Sobre
aquellos escombros humeantes cayó á una vez por unánime esfuerzo
de todos el torrente de las mangas de incendios, y á las cuatro
de la madrugada se retiraba la fuerza de ingenieros, los guardias
de seguridad, los curiosos y las autoridades. Sólo quedaron media
docena de bomberos, para evitar la reproducción del incendio con su
persistente vigilancia, y otros tantos obreros de la fábrica, para
separar en los restos de los almacenes quemados lo totalmente perdido
de lo que, aun con averías, podría ser utilizado.
En cuanto á desgracias personales, sólo había que lamentar la herida
del pie de Puig, una contusión de pronóstico reservado en un bombero,
un soldado herido en la cabeza y una mujer que se había lanzado entre
las llamas para salvar á su marido, á quien un vahido había hecho
caer sobre unos maderos incendiados. Las pérdidas materiales debían
ser considerables; pero estando asegurado el edificio y además todas
las mercancías, maquinaria y telares, claro es que la casa nada
perdía, excepto el trastorno y el tiempo que había de tardarse en
reponer lo perdido. Dos sociedades de seguros eran las que habían de
liquidar el estrago y repararle á la mayor brevedad posible.
Justísimo es hacer mención de los que en aquella horrible noche
habían trabajado con alma y vida para atajar el incendio. Todos los
dependientes, todos los obreros de la fábrica, habían rivalizado en
valor y heroísmo. Desde los barrios más apartados de la ciudad, desde
las afueras muchos, desde la Barceloneta sobre todo, habían corrido
presurosos á tomar parte en la lucha contra el elemento devastador,
y todos á porfía, con palas, picos y azadones, habían derribado
paredes, aislado tabiques, destruído medianerías y contribuído, en
fin, á la extinción del incendio con todas sus fuerzas y su energía.
Pero mientras eso hacían todos los interesados en la catástrofe y
muchos valientes ajenos por completo á ella, ¿qué había sido de
Benito y de su familia, los más amenazados por cierto, puesto que
tenían sus habitaciones precisamente encima del gasómetro, por donde
el fuego había empezado á las altas horas de la noche? Veamos lo
ocurrido.
Al ruido de la explosión se despertaron sobresaltadas Lucía y
Bernarda, cuyas dos alcobas sólo estaban separadas por un tabique
sencillo. En cuanto á Benito, no tuvo necesidad de despertarse, pues
hacía muchas noches, y aquella menos que todas, que apenas podía
conciliar el sueño. La sobrexcitación de sus nervios era cada vez
mayor, y el día había sido de prueba para el _pobre rico_. Todos le
habían abandonado, según él, por envidia é ingratitud; según ellos,
por malos tratos y peores razones. Á ser supersticioso hubiera
podido creer el desdichado Bonet que Dios se había apresurado á
complacer sus deseos, pues no una, sino muchas veces, le había
pedido que le mandara una inesperada solución á sus cavilaciones y
propósitos, puesto que de tan mala manera eran recibidos por los que
él creía debían ser obedientes y sumisos á sus mandatos.
No habían acabado los tres de vestirse apresuradamente, cuando ya se
oían los golpes que en todas las puertas daban los guardias y las
voces y preguntas angustiosas con que se respondía á aquellos golpes.
Cuando salió Benito al corredor ancho que comunicaba con la escalera,
ya se veía el resplandor de las llamas salir del contador incendiado.
Bernarda y Lucía comenzaron á dar gritos desgarradores, á tiempo que
Ramiro, huésped en una casa de la misma calle, acababa de asomarse al
balcón y preguntar á gritos lo que ocurría. Vestirse apresuradamente
de cualquier modo y lanzarse á la calle fué todo uno. Penetró en la
fábrica, subió los escalones de cuatro en cuatro y tropezó con las
dos señoras que los bajaban casi del mismo modo.
--¡Á mi casa!, ¡á mi casa!--dijo el joven enamorado;--salvar las
vidas es lo primero, que tiempo habrá para lo demás.
Y dicho y hecho, dió su brazo á las dos damas atribuladas y con ellas
subió á su modesta habitación, donde la patrona, ya vestida, atendió
lo primero á cuidar de aquellas dos huéspedas, mientras Ramiro
volvía á buscar á Benito, que presa de mortal congoja y sin fuerzas
para moverse, continuaba en su habitación, á pesar de haberle ya
ido á buscar guardias y dependientes esperando sus órdenes en aquel
conflicto.
--¿Y mi hija y mi hermana?--preguntó el pobre hombre á Ramiro, en
cuanto le vió de regreso.
--Están en salvo y usted debe hacer lo mismo. Ni su edad ni su estado
son á propósito para resistir las emociones que se preparan. Véngase
usted conmigo y reúnase á ellas. Desde mi cuarto se ve todo lo que
aquí pueda ocurrir, y aun desde allí pueden dictarse órdenes si llega
el caso. Dígame usted qué es lo primero que quiere que se salve, y
antes de que el fuego tome más incremento, lo que me parece que ha de
suceder muy pronto, se traerá todo á mi casa.
--¡La caja! ¡Los papeles del despacho pequeño!
--La caja es imposible transportarla en estos momentos. Pero D. Juan
Puig tiene la llave; y como cajero, á él le corresponde atender á su
obligación: en casa estará de seguro y ya habrá atendido á eso. Voy
á buscarle en el acto, pero después que deje á usted instalado en mi
domicilio.
--¡Oh, gracias, gracias! No sé si debo abusar; traté á usted mal esta
mañana y no me parece correcto ahora...
--Déjese usted de cavilaciones: tiempo hay para colocar las cosas en
el mismo estado en que quedaron esta mañana. Las circunstancias son
extraordinarias y hay que atender á ellas en primer lugar. Vamos,
aprisa, aprisa, recoja usted papeles ó alhajas si están á mano y
salgamos cuanto antes.
--Sí, algo hay, aunque poco; yo todavía no tengo fondos. Los asuntos
de la Notaría no están arreglados...
--Mejor, mejor; dése usted prisa. El tiempo urge...
Benito dió varias vueltas por sus habitaciones sin aplomo ni calma
para sobreponerse á las circunstancias, y merced á estar abiertos
los cajones de la cómoda de su hermana, cogió de ellos dos ó tres
estuches pequeños; se metió en los bolsillos á granel los cubiertos
de plata que estaban en el comedor, y cogiendo en el aturdimiento
dos ó tres prendas de ropa de las peores y que menos falta podían
hacerle, salió de su cuarto, dejándole abierto, y bajó con Ramiro la
escalera. Éste había recogido del cuarto de Lucía varios vestidos y
otras prendas de vestir, y oprimiéndolos contra su pecho acompañó
á Benito á su domicilio. Ya instalados allí los tres y asomados al
balcón pudieron presenciar la llegada de las autoridades, la tropa y
los bomberos.
D. Juan Puig entretanto, ayudado sólo del conserje, entró en el
escritorio, abrió la caja de caudales, recogió á granel los billetes
y el oro y cargó á su acompañante con seis grandes libros. La plata
quedó en cuatro talegos y varias esportillas dentro del arca. Ya no
había tiempo ni aquella era ocasión para recogerla, y si el fuego
llegaba á ella, lo más probable es que se encontrara después fundida
entre los escombros: no pasaría, después de todo, de tres ó cuatro
mil duros, pues el día anterior, como sábado, se había hecho el pago
general de operarios y obreros en ese metal.
Apenas hubo Puig recogido el verdadero numerario de la caja, que
ascendería á cerca de treinta mil duros, salió de la casa con el
conserje y se dirigió á una plaza próxima, donde á pesar de lo
intempestivo de la hora no tuvo que llamar más que dos veces á un
gran almacén cerrado. Al ir á hacerlo la tercera, salió un mancebo,
y apenas reconoció á D. Juan le hizo entrar seguido del conserje.
Á los diez minutos salieron otra vez los dos hombres, y pocos
momentos después de ellos el dueño del almacén y uno de sus hijos.
Era el principal antiguo amigo de Puig y uno de los más honrados y
laboriosos almacenistas de géneros coloniales de Barcelona.
En aquella acreditada casa dejó Puig sin escrúpulo, y sin recibo por
supuesto, ni otro documento alguno, el contenido de la caja y los
libros de contabilidad de la fábrica. No podían estar más seguros.
Antes hubiera perdido Parellada, que así se llamaba el comerciante,
toda su fortuna, que negar la entrega de su amigo, ni distraer un
solo céntimo de toda la cantidad depositada. Así el tendero como su
hijo mayor corrieron al lugar del incendio para trabajar como todos,
dejando su tienda al cuidado de su hijo menor y de los dos mancebos.
Parellada era viudo y no tenía más mujer en su casa que una criada de
cincuenta años de edad, hermana de leche de su esposa, muerta hacía
diez años de la epidemia colérica.
Cuando Puig regresó á su casa, ya las llamas salían por las rejas del
piso bajo, y le costó trabajo hacerse reconocer por los guardias de
seguridad para que le dejaran penetrar en su domicilio. No fué poca
su sorpresa cuando no encontró á nadie en las habitaciones de Bonet,
y más aún cuando nadie supo darle noticias suyas. En los primeros
momentos de aturdimiento, como en los que le seguían de angustia,
nadie los había visto, ni sabía de ellos. Además, tampoco Puig podía
entretenerse en tales averiguaciones, cuando la catástrofe arreciaba
y todos los esfuerzos eran pocos para vencerla ó por lo menos
resistirla.
Desde aquel momento se le vió en los sitios de mayor peligro.
Trabajando sin cesar, ya con los picos, ya dirigiendo las mangas, ya
echando abajo los tabiques; hasta que al oir la fatal amenaza del
maquinista llevó á cabo él solo el acto más heroico de la noche.
Cuidado en la casa de socorro con el mayor esmero después de haberle
hecho la primera cura, fué visitado en ésta al día siguiente por el
gobernador de la provincia, el alcalde y hasta el capitán general,
todos los cuales á porfía elogiaron su comportamiento y ensalzaron su
acto de valor, conforme lo hacían los mejores órganos de la prensa de
la localidad.
No dejaron de acudir todos los obreros de la fábrica y hasta multitud
de curiosos, ávidos de hablar y contemplar de cerca al que ni en su
fisonomía, ni en sus palabras demostraba tener el temple superior de
alma que parecía necesario para descollar entre tantos como aquella
noche habían merecido el dictado de héroes. ¡Tal era su sencillez de
semblante y de expresión!
¿Cómo entre tantos no había acudido ni un momento á estrechar su mano
su compañero, su amigo, su principal? ¿Cómo Benito Bonet, al que ya
debían haber contado todos los pormenores de aquella escena terrible,
el que como nadie debía agradecer que Juan hubiera expuesto su vida
por salvar de una ruina completa la fábrica y de una muerte segura á
tantos valientes, no estaba á su cabecera en unión de Bernarda, su
esposa de deseos, ya que no de hechos, y de Lucía, su ahijada en las
pilas bautismales y á la que amaba como á una hija?
¿Es que llegaba á tanto el rencor en el corazón de aquel rico
improvisado que no podía olvidar, ni con tan extraordinaria causa,
las palabras de queja y de despedida con que se había separado de
él, quizás para siempre, el infeliz cajero? ¿Y ellas? ¿Tan terrible
había sido la orden, tan ajenas estaban sus almas de sentimientos
generosos, que no habían querido afrontar el enojo de su padre y su
hermano respectivos, por cumplir con lo que debía dictarles su cariño
de tantos años?
Nada de esto era cierto, sin embargo, aunque los hechos las acusaran
de ingratitud y de olvido. Las pobres mujeres habían caído enfermas
del susto y del terror de la noche pasada. Sus habitaciones, que
habían vuelto á ocupar desde las primeras horas de la mañana y
que sólo habían sufrido ligerísimos desperfectos, estaban también
desiertas. Así Lucía como Bernarda estaban acostadas cada una en su
lecho con algo de fiebre y con los miembros doloridos. Una tenaz
neuralgia las oprimía las sienes y no se daban bien cuenta de todo
lo ocurrido. En cuanto á Benito, al volver á su casa recorrió todo
el edificio para enterarse minuciosamente de cuanto en él había
ocurrido, y después de examinar todos los estragos del incendio y
de calcular el tiempo y el dinero que harían falta para volver á
contemplar su casa en el estado en que estaba antes del siniestro, se
dirigió rápidamente á casa de Ortiz de Llauder el notario.
--Ya sabrá usted por la prensa de la mañana lo ocurrido anoche en
la fábrica. El fuego ha sido terrible, las pérdidas son de gran
consideración, y aunque todo estaba asegurado, la paralización en los
trabajos, la compostura del material susceptible de ella y la compra
de maquinaria nueva retardarán algún tiempo la reapertura de la
fábrica y producirán un gran déficit en los ingresos de la casa, ¿no
le parece á usted?
--Indudablemente; no puedo juzgar de la importancia de una catástrofe
que no conozco más que por el relato de los periódicos y por lo que
usted me dice; pero si el hecho es tal como usted asegura y yo creo,
me parece muy difícil que las obras que corresponden á la compañía
de seguros y las indemnizaciones en metálico que se han de percibir,
previas tasaciones y cálculos, estén terminadas antes de medio año.
--Y como usted comprende, señor Notario, una casa en donde son nulos
los ingresos durante medio año, ingresos que no son más que la renta
de todo el capital que constituye mi fortuna, reduce á la mitad por
lo menos dicha renta, precisamente en el primer año de ser explotado
el negocio por el nuevo poseedor.
--Todo eso es muy cierto. Pero ignoro adónde va usted á parar.
--Mi venida en estos momentos significa que vengo á hacer á usted
dos preguntas importantísimas; y tanto, que las he antepuesto á
mis necesarias visitas á las autoridades, por si como es natural
necesitan mi concurso para esclarecer los hechos ocurridos anoche, y
á las oficinas de las dos compañías de seguros donde están inscritas
casa, mercancías, máquinas, etc. Ya ve usted si será grave para mí la
consulta.
--Pues hable usted sin más dilación. Ya sabe usted que estoy
dispuesto á servirle y que por mi profesión debo ser reservado,
trátese de lo que se trate.
--Confío en ello sin necesidad de que usted lo asegure y paso á
explicarme. Mi primera pregunta es la siguiente: Anoche, en los
primeros momentos del incendio y poco después de la explosión de gas,
origen del siniestro, gracias á la bondad de uno de mis empleados
pudimos albergarnos mi familia y yo en la casa donde vive dicho
sujeto. Desde los balcones de dicha casa, situada cerca de la mía,
pudimos ver casi todo lo ocurrido y admirar los rasgos de valor de
cuantos con más ó menos acierto contribuyeron á atajar el incendio,
y en particular el de mi cajero hoy y antiguo amigo de toda mi vida,
Juan Puig, que según habrá usted leído en la prensa, está herido,
aunque no de gravedad, por haberse lanzado á abrir la válvula de la
máquina grande en un momento decisivo. ¿Ha leído usted ya ese rasgo
notable?
--De resultas de haberlo leído salí en el acto esta mañana y fuí á
la casa de socorro donde se encuentra. Quise traérmele á mi casa por
si sus habitaciones de la fábrica y las de ustedes, además de las
suyas, habían sufrido hasta el punto de no poder utilizarse; pero los
médicos han asegurado que convenía la quietud al enfermo, durante dos
ó tres días por lo menos, y la asistencia continua que allí pueden
darle. De manera que mi propósito ha sido vano. Todo esto lo sabrá
usted ya sin duda, pues supongo que habrá usted ido á verle y que
quizá venga de allí en este momento.
Una ligera tinta de carmín tiñó los pómulos de Benito, que respondió:
--Aún no he ido á verle, pero lo haré hoy mismo en cuanto me sea
posible. Una reyerta de poca importancia que tuvimos ayer mañana ha
venido á turbar nuestras buenas relaciones; y no sé si una vez curado
persistirá Puig en la resolución de separarse de mí, que es lo que
decidió ayer, creo que irrevocablemente.
--¿Y fué de poca importancia el asunto? ¡Pues no sé lo que hubieran
decidido ustedes á haber sido grave la reyerta!
--Cuestión de caracteres nada más.
--Adelante, amigo mío, adelante.
--Como le iba á usted diciendo, á poco de iniciarse el incendio vi
salir á Puig de la fábrica, acompañado del conserje, que llevaba en
su cabeza los libros de la oficina y según me pareció adivinar los
fondos de la caja de caudales.
--Naturalísimo era que procurara salvar antes que nada lo que estaba
confiado á su custodia.
--Y esta es mi pregunta: ¿depositó en su casa de usted dichos
efectos? ¿Están aún en ella?
--Amigo mío, si le hubiera usted interrogado á él, que es lo primero
que creo debía usted haber hecho, después de enterarse de su salud,
sabría usted ya que ni yo soy el depositario de tales objetos, ni
vino aquí Puig anoche á ninguna hora. Puede usted interrogar al
conserje, y éste le dirá cuanto sepa en el asunto.
--He creído ofensivo tal proceder para con Puig, y por eso no lo he
hecho.
--Y ha hecho usted muy bien. En fin, Juan le dará á usted cuenta de
todo, en cuanto le vea, y debe usted estar tranquilo. ¿Cuál es la
otra pregunta que deseaba usted hacerme?
--Como usted comprende, yo no he dudado nunca de las intenciones ni
de la rectitud de mi amigo...
--Jamás ha tenido usted motivo para semejante cosa.
--Pues por eso mismo aseguro á usted que nunca he dudado de él. Sin
embargo, al ver que pasan días y días y va ya transcurrido un mes
y nada se ha formalizado aún respecto á mi herencia, ó donación, ó
como quiera que se llame, vengo á preguntar á usted en qué estado se
halla ese negocio. Hoy mismo, después de la catástrofe de anoche, y
al tener yo que intervenir en todos los asuntos que de ella dependan,
¿con qué carácter voy á hacerlo? ¿Soy ya legalmente, á pesar de no
estar aún inscritas á mi nombre en el registro mis propiedades, el
dueño de ellas? ¿El acta de renuncia de Puig á sus derechos, está ya
redactada y firmada por él, ó no está aún protocolizada ó no ha de
estarlo? En una palabra, señor Notario, ¿qué hay en esto? Me parece
que es muy lógico que yo sepa á qué atenerme, tanto más, cuanto que
la situación tirante en que Puig y yo nos encontramos, podía dar
lugar á retractaciones por su parte, ó lo que no es imposible, á
entablar alguna demanda en perjuicio mío.
--Diré á usted, aunque le interrumpa en su discurso, que Puig es
esclavo de su palabra; que ésta ha valido para mí más que todos los
documentos juntos; que usted la tiene de que todo lo que constituía
la fortuna de Bernaregui es de usted por renuncia de Puig, y que si
aún no ha tomado usted posesión plena y entera de dicha fortuna, es
por las dilaciones naturales que tan extraño caso hace precisas.
Nada más me es posible decir á usted en esta materia, y como ya he
respondido á las dos preguntas que deseaba usted hacerme, le ruego no
prolongue más su visita, que agradezco, pero que me roba un tiempo
precioso para otros clientes.
Todo esto fué dicho con suprema cortesía, pero con una frialdad
ceremoniosa que dió bastante en que pensar á Benito. Saludó éste sin
encontrar casi palabras para despedirse de Ortiz, y ya en el quicio
de la puerta, al darse la mano, le repitió el Notario:
--Y en adelante, créame usted, Sr. de Bonet, cuando desee averiguar
asuntos relacionados con su amigo Puig, diríjase á él mismo y verá
usted con cuánta lealtad, con cuánta exactitud y con cuántos detalles
responde á todas sus dudas.
[Ilustración]
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