LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITÁN

Ya había transcurrido un mes desde el día en que Ortiz de Llauder

llevó á la casa de Bernaregui la perturbación y el trastorno.

Bernarda había ya apurado todas las pueriles satisfacciones del amor

propio, regalando á algunas obreras ancianas todos sus delantales

listados, con grandes bolsillos; poniéndose á diario un caprichoso

prendido de terciopelo negro y encajes, con algún pensamiento

que otro, y adornando su cuarto tocador con varios detestables y

presuntuosos cromos místicos, calumnias artísticas de Murillo y de

Velázquez.

Ya Benito había paseado á pie por todo Barcelona y sus alrededores

una vez, ciento, mil, silencioso siempre, preocupado á menudo y casi

nunca acompañado.

De tanto paseo higiénico y de tantas horas de ensimismamiento sólo

había logrado adquirir una seriedad algo presuntuosa y una dureza en

la mirada desconocida hasta para sus propios ojos.

La vida continuaba siendo idéntica entre todos á la que durante tres

años se había observado en la casa.

Puig continuaba en sus dos modestas habitaciones; Benito y Bernarda

seguían con su hija en las del piso segundo, y la única, la verdadera

diferencia para propios y extraños existía en la mesa de comedor.

Puig se había obstinado, al día siguiente de la visita del notario,

en ceder el puesto de honor, el que él había disfrutado siempre, á su

amigo Benito, y éste, no haciéndose mucho de rogar, ocupó el sillón

de más elevado respaldo y se dejó servir el primero de todos los

platos. Después se servía á doña Bernarda, luego á Puig y últimamente

á Lucía. El desayuno lo tomaba cada cual á su gusto en su dormitorio

ó en el mismo comedor, pero sin orden de prelación ni categorías.

Las dos horas solemnes, la de la comida á la una de la tarde y la de

la cena á las ocho de la noche, reunían á los cuatro, excepto los

domingos, que se había permitido Bernarda convidar á Ramirito, y en

los que ya eran cinco para repartirse las conversaciones generales y

las ojeadas particulares.

Por fin, en ese mes transcurrido, se habían puesto de acuerdo Puig y

Bonet, ó mejor dicho, había impuesto á Bonet Puig su opinión en el

orden de arreglar el grave asunto de la herencia, y retardándolo un

día y otro, por consejo sin duda de Bernarda, se llegó por fin al día

en que encontramos á los dos amigos, sentado uno enfrente de otro,

en el despacho pequeño, que debía ser desde aquel mismo día de la

exclusiva propiedad señorial de Benito.

Á las ocho de la mañana habían empezado á examinar libros y papeles,

y eran más de las once cuando Benito, echándose atrás en el respaldo

de su silla, arqueando las cejas y mirando fijamente á Puig, le dijo:

--Pero, en resumidas cuentas, amigo mío, ¿se puede ya calcular lo que

tengo?

Esta era la primera vez que usaba Benito la primera persona del

singular del presente de indicativo del verbo _tener_, tratándose de

la casa, y hasta á sí mismo debió parecerle extraño el oirlo, cuando

tuvo en la punta de la lengua la rectificación de la palabrilla;

pero haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, que sólo se advirtió en el

encendido color de sus pálidas mejillas, dejó la frase tal cual la

había pronunciado, sin enmienda ni rectificación.

Puig, que no dió importancia á la pregunta ó que quizá no oyó los

términos en que estaba hecha, le contestó tranquilamente:

--La fábrica vale poco en estos tiempos.

--¡Poco! ¿Qué quieres decir?

--Para que pudiera adquirir más valor verdadero, sería preciso

montarla mucho más á la moderna. Ya ves, puede decirse que desde el

año 75 no se ha hecho nada en ella de importancia. Los motores son

viejos; los telares son antiguos, y aunque varias veces he pensado

en adquirir para la fábrica todos los progresos de la industria, he

temido que esos grandes gastos, reproductivos desde luego por el

aumento y perfección de la fabricación, nos harían dejar sin trabajo

á un gran número de obreros y operarios.

Como se ve, Puig empleaba el plural hasta hablando de los tiempos

en que él era el dueño exclusivo de la casa. Benito no se dió por

entendido y se contentó con pronunciar un «¡Ya!...» que lo mismo

podía ser prueba de aquiescencia que de distracción.

--Y ahí tienes--prosiguió Puig--el motivo de por qué la fábrica vale

hoy mucho menos de lo que podía valer. Porque los pobres ganaran más,

yo preferí ganar mucho menos: ellos lo necesitaban más que yo.

--Gran cosa es la filantropía y la generosidad. Líbreme Dios de

quitar el mérito á tu acción y á tus principios cristianos, que todos

debemos elogiar; pero lo que es guiándose por ellos exclusivamente,

no me parece que se pueda hacer dar al dinero la renta debida.

--¡Ah, eso es claro!

--Vamos, adelante, ¿qué más hay?

--La casa del Ensanche... Bien la conoces.

--Ya lo creo que la conozco. Cuatro años nos estuvo mareando

Bernaregui con semejante proyecto, y no descansó hasta que le vió

realizado. Allí nos llevaba todos los días á la fuerza de paseo, para

que presenciáramos la construcción. ¡Vaya un capricho extravagante

para un hombre sin familia! Y me acuerdo perfectamente que le costó

más de doscientas mil pesetas. ¡Cuarenta mil duros largos, gastados

en hacer un caserón destartalado en un arrabal!

--¡Y no es eso lo peor! Lo peor es que ese capital es también inútil

como renta; mejor dicho, cuesta encima la contribución y los reparos.

--¡Pues es una ganga la finquita!

--Recuerda, puesto que lo sabes como yo, que en esa casa viven

gratis, en habitaciones modestas, pero higiénicas y espaciosas, todos

los trabajadores ú obreros de la fábrica que por viejos ó enfermos

están inutilizados para el trabajo. Hay en alguno de ellos viudas

con cuatro ó cinco hijos; octogenarios con nietecillos; jóvenes

inválidos, que han perdido alguno de sus miembros en los talleres ó

en las máquinas: esa casa, en fin, es un refugio seguro para todos

los que han gastado sus fuerzas ó sus años en favor de Bernaregui; y

ya que no era posible que atendiese á la manutención de todos cuantos

le habían servido, quiso darles techo y abrigo hasta que terminaran

su vida, bendiciéndole ó debiendo bendecirle.

--Lo que es si confiaba en sus bendiciones de gratitud para salvarse,

algunos siglos debe estar todavía en el purgatorio. Pero en fin, esa

no es cuenta nuestra, sino exclusivamente suya: nosotros volvamos al

asunto. Muy justo es y muy natural que el Gobierno tenga hospitales

para los enfermos y asilos para los menesterosos: el Estado es rico

y puede hacerlo hasta por propio decoro; pero es ridículo que quiera

hacer lo mismo un humilde comerciante. Si á su pequeño capital le

cercena cuarenta mil duros para emplearlos en alardes filantrópicos y

humanitarios, ¡bonito negocio ha hecho!

--Por eso no conceptuó Bernaregui nunca la construcción de esa finca

como negocio, sino como obra de misericordia. Así la acepté yo al

hacerme cargo de su herencia, y al mismo empleo la he destinado desde

que la inscribí á mi nombre en el Registro de la Propiedad. No consta

su deseo en ninguna escritura pública y yo pude darla el destino

que me pareciera conveniente, seguro de que nadie había de exigirme

cuentas de mi determinación. Pero yo soy esclavo de mi conciencia,

y sin faltar á ella no podía ni debía contar con el valor de esa

finca para nada. Es por lo tanto, mientras yo he dispuesto de ella,

un capital muerto, y en la misma forma te la entrego. Ahora tú eres

muy dueño de considerarla como un producto ó como una carga. Yo no he

hecho más que conceptuarla, como él la consideró, como una obra de

caridad.

--Algo cara, lo mismo para él que para ti.

--Si era cara para él, no puedo decírtelo; aunque supongo que no

sería mucho, puesto que él la instituyó y la llevó á cabo. Para mí no

lo fué en ninguna manera. Yo con poco tengo bastante, y su fortuna,

aunque hubiera sido mucho más pequeña, era para mí una riqueza

colosal. Y si no, amigo mío, hablemos de ella en el terreno práctico.

Si esa fortuna me daba á mí todo cuanto necesitaba en mis modestas

aspiraciones: si me permitía darte á ti y á tu familia con que vivir

holgadamente; si mantenía con ella á más de ochocientos obreros, y

si con ella le proporcionaba á la industria capital suficiente para

sostener el crédito de la casa, ¿qué me importaba á mí que produjera

algo menos ese capital heredado inesperadamente y que, aunque mío, yo

consideraba siempre como ajeno, en lo que no me equivocaba, puesto

que ajeno ha venido á ser al cabo de pocos años? ¿No te parece lo

mismo, amigo Benito? ¿No estás conforme con mis ideas?

--¡Sí, sí, naturalmente! Pero en fin, sigamos las cuentas. Sepa yo al

fin á qué atenerme, porque á este paso... ¿Qué más hay?

--Tú sabes, tan perfectamente como yo, cuáles son los rendimientos de

la casa, cuáles son sus créditos, cuáles sus beneficios. Si en tiempo

de Bernaregui podías ignorar todo eso, porque sólo te ocupabas en

dirigir y vigilar la fábrica y sus dependencias, mientras yo estaba

empleado exclusivamente en los trabajos de la caja y el escritorio;

en mi tiempo tú pasaste á ocupar mi puesto y no te es posible ignorar

nada de lo que á la casa se refiere.

--Pero yo me figuraba que había aquí más dinero de que disponer.

Podías tú tener algunos negocios particulares, emprendidos por ti

solo..., quizá algunos productos secretos..., algunas empresas

especiales...

--¿Dónde has visto semejante extravagancia en el comercio? Todo

lo que ingresa aquí y todo lo que aquí se gasta, tiene su asiento

natural en los libros, como lo ha tenido siempre.

--¡Todo eso es muy claro!

--¿No eres tú el cajero de la casa?

--Sí que lo soy.

--Pues tú mejor que yo mismo sabes que la casa de comercio de

Bernaregui, que esa es la razón social de la fábrica y de cuantos

negocios abarca, como yo pensaba que fuese mientras viviera, da por

término medio al año doce ó trece mil duros de ganancia. Esa es,

pues, la renta con que puedes contar mientras sigas en los negocios.

--¡Pues es una miseria!

--No digo que no lo sea, pero yo he tenido muy bastante.

--Lo sería si esos trece mil duros fueran verdadero sobrante, y por

lo tanto nuevo ingreso para aumentar el capital el año próximo.

Pero si con esos trece mil duros hay que atender á obligaciones

imprescindibles, ni eso es ganancia, ni siquiera renta.

--Tu modo de raciocinar es nuevo en el comercio. Supongamos que

mañana quieres realizar todo lo que posees: vendes la fábrica,

la casa del Ensanche, los censos de Olot, los dos solares de la

Barceloneta, y una de dos, ó esperas á realizar todo eso vendiéndolo

bien y cuando haya ocasión oportuna, en cuyo caso podrás reunir

millón y medio de pesetas, más los créditos que puedas cobrar,

ó lo malvendes para hacer dinero pronto y sólo puedes realizar

como máximum un millón de pesetas en junto. En cualquiera de los

dos casos, ¿cuál será la renta de ese capital? Diez y ocho ó doce

mil duros. Con ellos tendrás entonces que atender á todas tus

necesidades, y por muchas que sean, no teniendo más que á tu hija y á

tu hermana, podrás considerarte como un hombre rico.

--¡Ya ves! Si de esos doce mil duros de renta he de atender á mi

familia y á ti, que al cabo esa es la recomendación de Bernaregui y

mi deseo, y no he de dejar sin casa á los que la disfrutan vitalicia

por inválidos ó jubilados, digámoslo así, en la fábrica, y he de

dotar á mi hija cuando se case, etc., etc., seré tan pobre casi como

lo soy ahora, de modo que lo más acertado no es vender, ni malvender,

sino ordenar lo que existe y hacer que el capital existente produzca

más de lo que produce.

--¡Eso es indudable! Yo creo que puede producir más.

--Mucho más, casi el doble.

--Demasiado me parece; pero, en fin, si esa es tu creencia, no

debes vacilar un momento. Y si crees que, sin meterte en negocios

aventurados ni en préstamos usurarios, el capital que tienes te puede

producir doble renta, haz que la produzca, y Dios te ayude.

--Pero, para lograr tales ingresos, hay que hacer en la casa grandes

reformas, que bien las necesita.

--Pues hazlas. ¿No eres tú el dueño?

--Ya lo creo que las haré, y mucho más pronto y más radicales de lo

que á muchos les puede convenir.

--No comprendo bien á quién puedes referirte, puesto que aquí nadie

hay que se atreva á desobedecerte y ni siquiera á saber tus planes

hasta que tú los lleves con más ó menos acierto á cabo.

Benito, ó no comprendió lo que Puig quería decir, y eso que la

indirecta no podía ser más clara, ó se hizo el desentendido para no

contestarle. Se levantó de su silla, y colocándose de espaldas á la

mesa de escritorio y encarándose con su amigo, le dijo frunciendo el

entrecejo:

--¡Hay muchos gastos!

--Convengo en ello.

--Hay también mucho empleado inútil.

--No digo que no tengas razón. Pero entonces se me ocurre

preguntarte: ¿cómo no has caído en ello cuando yo era el principal?

¿No creíais todos vosotros que yo hacía poquísimo en favor vuestro?

¿No os parecía que todos erais pocos y no muy bien retribuídos? ¿Cómo

diantres has caído hoy en la cuenta de lo contrario? ¿Á qué se debe

ese cambio de opiniones?

--No es de hoy como tú supones. Hace ya un mes que observo

diariamente lo que aquí sucede, y cada día me aferro más en mi

creencia de que esta casa está lamentablemente organizada.

--¡Un mes! Vamos, desde que el notario nos entregó la carta de

Bernaregui en favor tuyo. No has perdido el tiempo.

--No es eso, no es eso--dijo Benito, encontrándose sin saber qué

responder á la filípica de su amigo,--sino que cada uno ve de un

modo diverso los negocios. Y hay muchísimas cosas que no pueden

verse desde fuera, sino desde dentro, que es su verdadero punto de

vista. No es lo mismo _cobrar_ que _pagar_, y aunque yo no estoy

aún en el práctico ejercicio de mis funciones y sólo puedo hablar

de estos asuntos en teoría, en ella te digo que este sistema es

insostenible; que esta casa produce hoy mucho menos que en tiempo de

Bernaregui; que cada día produciría menos si yo continuase en ella el

orden establecido por ti, y que todo necesita una reforma inmediata,

radical. Todo, absolutamente todo: desde lo primero hasta lo último,

desde el jefe hasta el más ínfimo criado.

--En eso estamos completamente conformes, y ya recordarás que sólo

por lástima no llevé yo á cabo algo de lo que indicas.

--Pues la lástima es lo que estaba de más en tu tiempo y lo que yo

procuraré eliminar de mi corazón en el mío. Los negocios son una cosa

y los sentimientos otra. No creo que los asuntos de partida doble se

puedan arreglar por las palpitaciones del corazón; así como sería un

absurdo reglamentar los afectos humanos por el _debe_ y _haber_ de un

libro de caja. Dejemos á cada cosa para su cosa, y volvamos á hablar

de todo esto en hombres de negocios. Y como quiera que ya te he

dicho que es preciso arreglarlo todo, empezando por mí, y yo cuidaré

muy bien de cumplir respecto de mí con mis propósitos, y tú eres el

segundo en la casa, pasemos á ocuparnos de ti, puesto que de ti han

de tomar ejemplo todos los demás y puesto que sobre ti no hay nadie

más que yo.

Si á otro que á Puig se hubiese dirigido este abigarrado discurso,

indudablemente le hubiera causado singular extrañeza. Pero Puig debía

estar muy seguro de los puntos que calzaba Benito y preparado de

antemano para oir sus nuevos planes, cuando le escuchó con la mayor

indiferencia y como si de él no se tratara.

Había en la fisonomía del nuevo principal, en su ademán, en su

apostura, un énfasis risible, que hubiera producido la hilaridad más

franca en todos los que le hubiesen conocido empleadillo de tres al

cuarto, pero que en Puig no produjo ni la impresión más pequeña.

--Me parece que te tomas demasiado trabajo y excesivos circunloquios

para manifestarme tus ideas y darme cuenta de tus proyectos. Sé

franco por entero, ahórrate digresiones y díctame tus órdenes, si eso

es lo que deseas. Dices que quieres que nos ocupemos de mí, puesto

que soy el segundo en la casa: dispuesto estoy á escucharte; no

vaciles en decirme cuanto se te ocurra.

--Yo he sido en tu casa empleado durante tres años, ó lo que es lo

mismo, desde que Bernaregui te hizo dueño de su fortuna.

--Me parece que equivocas las fechas. Tú eres empleado en la

casa hace veinticuatro años, los mismos que yo. Nuestras hojas

de servicio, si se acostumbrara á llevarlas en las oficinas

particulares, son idénticas. Adelante.

--Quiero decir que yo he sido tu cajero, tu primer dependiente, tu

más alto empleado, como quieras llamarlo. Pues bien: si yo he servido

en tu casa, tú debes servir en la mía.

--Si esa es tu opinión, nada tengo que objetar á ella.

--Yo te dí el ejemplo. Seguí en mi puesto; acepté que me aumentaras

en tres mil pesetas anuales mi sueldo; me vine á vivir contigo con mi

hermana y con mi hija...

--Bueno, ¿y adónde vas á parar?

--Á que tú debes seguir viviendo con nosotros.

--La idea no me parece muy nueva. ¿Acaso tengo yo otra casa?

--No la tienes; pues por eso precisamente quiero yo que vivas siempre

en la mía. Que seas mi cajero como yo lo he sido tuyo, pero que

prestándote á las reformas que son indispensables, te contentes con

un sueldo más modesto que el que yo he tenido hasta hoy. Ya ves...,

yo era padre de familia..., necesitaba naturalmente más; tú en cambio

eres solo..., no tienes que mantener ni vestir á nadie... ¡Dichoso tú

que con menos tienes bastante!

--No hablemos de semejante cosa. Haz lo que quieras: dame el sueldo

que se te antoje, y si es que mi personalidad puede serte molesta y

mi empleo gravoso ó inútil en tus nuevos planes, me lo dices, y en

paz y jugando, y tan amigos como antes y como siempre.

--¡Hombre, yo no te he dicho semejante cosa!

--No me lo has dicho, pero pudieras querer decírmelo. Piensa bien

y de una vez lo que te conviene. Las reformas, y mucho más las que

tienen carácter de radicales, deben hacerse al principio: después es

muy difícil y muy expuesto llevarlas á cabo. ¿No te parece lo mismo

que á mí?

--Sí que me lo parece. Pero respecto á ti no tengo más reforma que

indicarte que la del sueldo. Te daré tres mil pesetas, con las cuales

supongo que tendrás bastante para tus necesidades..., ¿eh? Seguirás

viviendo en tus dos habitaciones; comerás con nosotros, ¿no es

verdad?, y dicho se está que siempre que quieras puedes usar de mi

despacho como si fuera tuyo.

--¿También eso?--dijo sonriendo Puig, con la fisonomía más candorosa

del mundo.--Pues dígote que nadie sabrá distinguir á primera vista al

principal del dependiente. Nada, nada: el orden es lo primero y la

necesaria separación de todas las categorías. Yo desde hoy me vuelvo

á mi mesa en el escritorio grande, y tú te quedas en tu despacho.

Cada cual en su puesto. De sueldo nada hay que hablar entre nosotros.

Yo acepto el que me señales, y si algún día, más ó menos lejano, no

te fuera posible ó te conviniera poco satisfacérmele, con no hacerlo

estamos en paz. Á mí, como dices muy bien, todo me sobra por ser solo

en el mundo.

--¿De manera, y precisemos esta cuestión de las cuentas para no

volver á ocuparnos más de semejante cosa, que yo, por hoy, puedo

calcular que poseo unos doce mil duros de renta, con los que tengo

que atender á todas las necesidades de mi familia y á todas las

obligaciones de mi casa? Te confieso que creía ser mucho más rico.

--Yo te he oído siempre decir, y esa es generalmente la aspiración

de todos los pobres, _¡si yo fuera rico!_, y rico eres. Nunca

he supuesto que quisieras poder llamarte inmensamente rico ni

archimillonario, ni entrar en lucha con los Rothschild y los Bahuer

y los Mudelas, y manejar trescientos y quinientos y ochocientos

millones de pesetas, como los manejan en el papel los ministros de

Hacienda, para perpetua desventura de todos los españoles. Para

realizar esos sueños, si los has tenido ó los tienes, me parece que

te faltará tiempo, aunque te sobrara capacidad. Eres ya muy viejo

para lanzarte á nuevas y arriesgadas especulaciones. La fábrica nació

modestamente con Bernaregui y modesta debe vivir y morir en tus

manos. Allá tus herederos la liquiden, la permuten ó la destruyan.

Tú vive con lo que produce; reforma, administra, innova, si tienes

inteligencia para concebir y energía para llevar á cabo lo que

concibas; tente por rico, puesto que lo eres con relación á lo que

antes tenías y á lo que tenemos todos los que te rodeamos. Yo, como

te he dicho y te repito, ultimaré todas esas cuentas, y juntos iremos

á que Ortiz de Llauder nos entere de lo que hay que hacer. Y quédate

con Dios en tu despacho y déjame ir á ocupar mi puesto definitivo en

el escritorio grande para lo que quieras ó tengas que mandarme.

Y sin esperar á que Benito volviera á detenerle con sus discursos ó

sus reflexiones, salió Puig del despacho, y con el aire más tranquilo

y la fisonomía más placentera se sentó en el sillón de baqueta, no

antiguo, sino viejo, que descollaba entre los taburetes destinados á

los escribientes.

Benito Bonet quedó solo en su alcázar, en su catedral, en su

sanedrín, en su basílica, en su areópago, en su tribunal; que todo

esto y mucho más era para él aquel despachito con un estante de

libros viejos y una mampara de gutapercha roja con clavos dorados,

que separaba el templo de la sacristía. Leía y releía la nota que

Puig le había entregado, en la que figuraban, formando alineadas

columnas de guarismos claros, todas las cantidades que constituían el

capital de su casa.

¡Su casa! Era verdad. _¡Su casa, su fábrica, su capital, su renta, su

dinero, sus planes, su voluntad, sus energías!_ Todo eso se lo había

dicho Puig y se lo decía él á sí mismo.

Pero, en resumidas cuentas, ya que de cuentas se hablaba, ¿cuánto

tenía? ¿Hasta qué punto era rico? _That is the question!_

Ni Benito sabía inglés, ni se hacía esa reflexión en la misma forma

en que el maestro Shakespeare ampliaba su célebre _To be or not to

be_; pero en catalán cerrado ó en castellano abierto, eso es lo que

él quería saber y se afanaba por averiguar entre aquel fárrago de

notas y de guarismos.

Puig tenía razón: doce ó trece mil duros de renta y _nada más_. ¿Y

con ellos tenía que satisfacer los arranques autocrático-rentísticos

de Bernarda, y las esperanzas de una cuantiosa dote prometida por él

mil veces á su hija en los tiempos en que no hubiera podido darle

ninguna, y un sueldo mayor á su yerno en ciernes, y más jornal á los

obreros, y más descanso á los trabajadores?

Encontrábase el bueno de Benito Bonet en el mismo caso en que se

encuentran los jefes de los partidos políticos cuando, después

de predicar durante unos cuantos años en la oposición reformas,

economías y felicidad general, se ven de buenas á primeras dueños del

poder que ambicionaban y sin saber cómo llevar á cabo todo lo que

prometían y destruir todo lo que censuraban.

Y si son exigentes propios y extraños, y reclaman el cumplimiento

de promesas políticas y administrativas los correligionarios y

los amigos políticos, que al fin y al cabo saben que su patrono y

su jefe no es más que un administrador de la fortuna pública y un

distribuidor de los fondos del Estado, ¿qué no han de ser los que

saben que se trata, no de un administrador, sino de un dueño, y que

ellos son los llamados por derecho propio á gozar personalmente de

aquella fortuna?

Ante esos pavorosos problemas temblaba Benito como la hoja en el

árbol, y manoseaba y arrugaba el pliego de las cuentas, maldiciendo

de la aritmética y de la partida doble y renegando de las ciencias

exactas, que no le permitían echar cuentas á su gusto sin sujetarse á

sus infalibles reglas.

De repente y como si una fuerza motriz interior le impulsara á tomar

nuevas actitudes y á dar á su semblante nueva expresión, se irguió

altanero, dibujó en sus labios una sonrisa, arrugó su frente, y

colocando sus manos cruzadas á la espalda y dejándolas caer sobre su

cintura, comenzó á pasear primero por su despacho, después por el

escritorio, luego por los corredores, y de patio en patio y de taller

en taller recorrió impávido todas las dependencias de la fábrica,

mientras empleados, obreros, y hasta los chiquillos, le contemplaban

sorprendidos de su fisonomía de estuco y de su glacial indiferencia.

Y es que en aquel mismo instante se estaba llevando á cabo en

su cerebro un trabajo de elaboración complicada á que no estaba

acostumbrado, y que había de convertir al insignificante Benito

en ser consciente, en personaje propio, en individuo de marcada

personalidad.

El que hasta aquel día había pertenecido al rebaño de los corderos

de Panurgo, y en mejor ó peor fortuna no había salido del trazado

surco donde la casualidad le colocaba, labrando con el sudor monótono

de su ancha frente, limpia de arrugas, el pedazo de tierra confiado

á su trabajo, ya iba á ser desde aquel momento suelto eslabón de la

cadena; res aislada, quizá destinada al matadero, pero no en piara;

perro tal vez atacado de hidrofobia, pero sin traílla, sin trabas,

sin esclavitud. De aquel trabajo cerebral hubiera podido salir un

grande hombre, existiendo el germen, pero por lo menos saldría un

hombre; no podría salir un gran carácter, pero lo que es un carácter

saldría de seguro.

Y por eso sin duda, instintivamente y como si los grandes misterios

de la naturaleza llevaran en sí propios el resplandor de sus

maravillas, cuantos se habían encontrado aquel día al antiguo _pobre

Benito_ en su camino habían observado en todo su ser un _no sé qué_,

una expresión distinta, un nuevo prospecto de aquel libro hasta

entonces conocidísimo, pero miserablemente encuadernado en rústica, y

tan huérfano de primores literarios como de bellezas tipográficas.

¿Sabía el mismo Benito cómo se transformaba su espíritu en aquel

momento? Es dudoso; pero lo que él sentía, creía hacérselo comprender

á los demás; lo que él decidía, tenía la seguridad de que había de

ser obedecido por todos; lo que él quería..., ¡oh! lo que él quería,

quizá no lo precisara él mismo, pero es seguro que lo que quisiera

_de veras_ desde aquel momento... aquello sería.

[Ilustración]

[Ilustración]

Si yo fuera rico! Novela original · 第 22 / 38 题