Acariciar una idea durante muchos años, por absurda, por disparatada
que sea; comer, vivir y dormir con ella; soñar con ella, despierto y
dormido, formando esos mil castillos en el aire que á sabiendas han
de desvanecerse como el humo todos los días, para volver á edificarse
al siguiente con más disparatada arquitectura y más imposible
realización, labores de todos los humanos y á ella están más ó menos
sujetos todos los seres que pueblan el planeta terrestre.
Luchar para conseguir la realización de esa idea y verla irse poco
á poco desarrollando, tomando cuerpo, y á fuerza de perseverancia,
insistencia y concentración de todas las energías, poder entrar con
ella en el país de las realidades á los diez, veinte, treinta años
de combate, y cuando apenas queda vida para disfrutarla, propio es
de los hombres de fuerza de voluntad y que no están completamente
reñidos con la fortuna.
Pero contentarse con el deseo platónico de una idea única y
persistente, avasalladora por lo irrealizable, pero soñolientamente
expresada; viviendo sólo en el fuero interno de la conciencia,
como aspiración imposible, y encontrarse de súbito con su realidad
inverosímil; ver convertida de repente la ilusión en hecho tangible,
sin haber hecho nada para su realización, sin fe en su conquista, sin
esperanza en su adquisición, cosa es que ven poquísimos seres en el
mundo, y que sólo la mitad de los que lo consiguen pueden soportarlo.
Estando aceptada la idea de que _el mundo es un valle de lágrimas_
por la generalidad de los humanos, sufren éstos mejor la súbita
desgracia que la impensada fortuna, y por inmerecida que sea la
primera y por injustísima que sea la segunda, hay más espíritus
rebeldes á la alegría del triunfo que á la pena del vencimiento.
Si pudiera existir una oficina de estadística moral, aplicada al
censo de población, con estudios comparativos y tablas de mortalidad,
de seguro veríamos muchas más defunciones causadas por fortunas
inesperadas que suicidios por ruinas imprevistas, dada siempre la
mayor cantidad de desdichas que de faustos acontecimientos en este
infeliz globo sublunar.
Por eso la primera impresión producida en el cerebro de Benito Bonet
por la increíble herencia que se le venía á las manos por modo
absurdo y antilegal, fué un aturdimiento parecido á la embriaguez;
dábase cuenta del hecho, pero se le escapaban los detalles; sentía
un exceso de enternecimiento que se le desbordaba por el alma y
llenaba de lágrimas sus párpados, al mismo tiempo que una carcajada
nerviosa é involuntaria abría su boca y coloreaba sus labios, de los
que parecía que iba á saltar la sangre á borbotones. Sus ojos se
abrían desmesuradamente, sus piernas flaqueaban, y su paso incierto é
inseguro amenazaba echar por tierra toda aquella máquina humana que
había perdido su equilibrio y parecía estar completamente fuera de su
centro de gravedad.
Á este período sucedió un aplanamiento parecido á la indiferencia. El
estupor se pintaba en su semblante y tenía que hacer un esfuerzo de
voluntad y de memoria para conocer á los que le hablaban; los ruidos
del exterior no llegaban con claridad á sus oídos y por grandes
que fueran no lograban fijar su atención un solo momento. Diríase
que su cerebro se había quedado hueco, y es probable que un golpe,
una herida ó un dolor material no hubieran sido sentidos por aquel
organismo desequilibrado.
Así pasaron los primeros días que sucedieron al acontecimiento. Por
fin llegó poco á poco la calma, y con ella la tranquilidad en todos
los que rodeaban á Benito. Ni uno solo dejó de temer que aquella
brusca sacudida que había empezado por aturdirle, concluyera por
quitarle la razón, desmintiendo la errónea creencia de que los tontos
no pueden volverse locos. De tonto á imbécil hay menos distancia
que de discreto á loco, y más si se tiene en cuenta que, según la
opinión del gran satírico, la única diferencia que existe entre los
tontos y los sabios es que los tontos dicen las tonterías y los
sabios las hacen.
Nuestro buen Benito llevaba gran ventaja á los demás sabios y tontos
de la tierra: él las decía y las hacía; las había dicho, las había
hecho y seguiría diciéndolas y haciéndolas, feliz ó desdichado, joven
ó viejo, pobre ó rico.
Por fortuna para todos, el hombre había sido hasta entonces
inofensivo, y no parecía natural que un puñado de oro le convirtiera
en animal dañino. No así la soberbia y desabrida doña Bernarda.
Eran tantas, según ella, las ofensas que tenía que castigar y las
injusticias de que vengarse, que no la herencia de Bernaregui, sino
todos los millones del Banco de España aún le parecían pocos para dar
á su persona todo su verdadero valor y su augusta supremacía.
Aquel hombre, aquel Puig aborrecible, era ya á sus ojos el pigmeo más
despreciable de la creación. ¡Qué dicha verle desde el despacho de su
hermano como su primer dependiente, sin voluntad propia, sin voz de
mando, convertido en un amanuense, en un servidor, en un cualquiera!
¡Y puede que aquel hombre se atreviera entonces á elogiar otra vez su
frescura, su sonrisa, su cutis! ¡Ya sabría ella contestarle y ponerle
á raya, y hasta quién sabe si concederle su mano en un arranque de
generosa clemencia y de misericordia cristiana!
¡Qué de planes, qué de proyectos, qué de propósitos en aquellos
cerebros durante los primeros días! Y presidiendo la terrible
tempestad de aquel mar embravecido, con la calma del Dios de las
olas, don Juan Puig, tan silencioso como siempre y algo más expansivo
que de costumbre, yendo y viniendo como si nada hubiese sucedido,
exacto en el trabajo, tranquilo en su indiferencia, idéntico en sus
costumbres: decididamente era un oficinista de cartón piedra, un
catalán de mármol.
Dos ó tres veces indicó á Benito la conveniencia de empezar á
arreglar los asuntos de la casa bajo el nuevo régimen: pero Benito
había sentido germinar dentro de su alma un desabrimiento incipiente,
calificado de mal humor por cuantos le observaban, y respondió á Juan
que sobraba tiempo para examinar cuentas y arreglar papeles. Que él
necesitaba distraerse algo, pasear al aire libre, darse verdadera
cuenta de su nuevo estado, tomar posesión en detalle, y no _grosso
modo_, de su fortuna, y adquirir el convencimiento de que Juan no
trataba de disputársela entonces ni nunca, á pesar de los derechos
legales que pudiera tener á ella. Esto era lo primero, lo más grave,
lo que debía tener una solución indiscutible: pues respecto á lo
demás, á la marcha de la casa y á los planes que él abrigaba sobre
la fábrica, tiempo sobraría para llevarlos á cabo, por grandes que
fueran.
Juan respondía que todo lo juzgaba acertadísimo; pero que siendo
aquel asunto, como había dicho desde el principio, una cuestión de
conciencia y no de derecho, á la conciencia debían ambos atenerse.
Que vinieran las cuentas primero, y los planes después; que recibiera
Benito la fortuna de Bernaregui, como vulgarmente se dice, á
beneficio de inventario, y que ya se vería después el modo y forma de
dar sanción legal á aquella modificación de derecho.
De modo que ya surgía á los comienzos una diversidad de criterio y
una divergencia en el punto de vista, de donde habían de partir las
resoluciones sucesivas. Conocedora doña Bernarda de esta disparidad
de opiniones, pues se permitía con frecuencia asistir al escritorio,
y más aún al despacho de su hermano, dijo claramente á Puig que él
era quien debía allanar todos los obstáculos que se opusieran á la
inmediata reversión de aquel capital á su legítimo dueño; que cuanto
antes se arreglara todo, mejor, y que la ira de Dios castigaba
siempre como un crimen la morosidad en el cumplimiento del más
pequeño de los deberes.
Puig insistió en afirmar que lo primero eran las cuentas, los
balances y el examen de papeles y títulos; que desde luego dispusiera
Bonet de cuanto dinero había en caja; que gastara y derrochara á su
gusto, si tan malo le tenía, rentas y capitales; y que luego, cuando
ambos supieran fijamente, después de aprobar y firmar una liquidación
general, el estado de la casa y la cuantía de la fortuna, acudirían
de común acuerdo á Ortiz de Llauder, para que éste llevara á cabo
con todas las formalidades exigidas por la ley la donación ó cesión
ó reversión, ó como quiera que se llamase en el código civil el acto
por el cual Bonet sería rico de derecho, como de hecho lo era desde
aquel mismo momento.
Oponerse abiertamente á esta opinión, defendida con insistencia por
Puig, era, según doña Bernarda, lo más lógico y conveniente; pero no
contando con la enérgica aquiescencia de su hermano y no habiendo
aún transcurrido más que seis días desde la escena del notario, era
proclamar la guerra civil en el escritorio y llevarla quizá á todos
los ámbitos de la fábrica: era romper lanzas, y publicar sospechas
y recelos, y dar quizás proporciones de desunión absoluta á lo que
tal vez no era más que diferencia de procedimientos. Doña Bernarda
se contentó, sin contentarse, con alzar los hombros, dar un portazo
á la mampara del despacho y refugiarse en su tocador, descontenta de
todos, y más aún de sí misma, por no haber podido dar expansión á
todos los rencores que durante tantos años se habían amontonado en su
alma.
Benito se lanzó á la calle, que era donde estaba verdaderamente á
gusto, sin nadie que le molestara, sin nada que le distrajera de
sus preocupaciones, y desarrolló en la soledad de su espíritu una
serie de proyectos que como otras tantas sombras chinescas pasaban y
repasaban por su imaginación atareada. Jamás había pensado tanto.
Los que verdaderamente sacaban la tripa de mal año, según la frase
gráfica de Rispall, eran los novios. Mientras los graves problemas
que preocupaban á los señores mayores los hacían olvidarse de las
pequeñeces de la vida, Lucía y Ramirito se veían y se hablaban
á todas horas. Sus relaciones amorosas, oficiales, por decirlo
así, desde el principio, no habían tenido las expansiones íntimas
necesarias para consolidarse, y ahora, que por afortunado decreto
de la suerte parecía más inmediata y más fácil su solución, se
entregaban, aprovechando descuidos ajenos, al inocente placer de
conocerse y agradarse en toda ocasión y á todo momento.
Era tan hermosa Lucía y adornaban su alma tan buenas cualidades, que
al amor no le costó ningún trabajo desarrollar en ella la bondad
y la belleza, hasta el punto de que cada día que pasaba, estaba
la muchacha más hechicera. Ramirito, que comenzó sus amoríos por
distracción y los continuó después por cálculo, iba interesándose
de veras en aquel juego inocente; y justo es decir que á los nobles
pensamientos y á las honradas y dignas ideas de Lucía iba debiendo
el joven la modificación de su carácter indolente y la elevación de
sus ideas vulgares. ¡Milagros del amor, que los ha hecho siempre
mucho mayores, destruyendo preocupaciones, igualando condiciones
desemejantes, y burlándose de leyes, tradiciones, usos y costumbres!
Ya hemos dicho que Lucía siempre había tenido para Puig un cariño
verdadero y respetuoso, no sólo porque su corazón agradecido conocía
lo que toda su familia debía á aquel generoso amigo, sino porque
veía que en todas las cuestiones más ó menos graves que surgían en
la casa, Puig defendía siempre lo razonable y lo justo y sus tíos
lo absurdo y lo ilógico. Pero desde que un acontecimiento, aún no
bien comprendido por ella, le había relegado á posición más humilde
y parecía como que todos en la fábrica y en el escritorio celebraban
con sonrisas insidiosas y hasta indirectas malévolas aquel juego de
la fortuna, se había despertado en ella con mayor fuerza el afecto
anterior, y ni un solo día dejaba de buscarle para pedirle el abrazo
de todas las mañanas y la despedida de todas las tardes. Y como si al
perder Puig el derecho á mandar en todos, hubiera perdido Lucía la
timidez respetuosa con que en medio de su cariño le trataba, debida
quizá, más que á su propio deseo, á la ceremoniosa y fría conducta
que veía observar á sus tíos con su amigo, ahora le escuchaba con más
confianza y le hablaba con más franqueza, produciendo en el ánimo
del bonísimo D. Juan una expansión cariñosa casi desconocida en él
durante su reinado.
Aquel hombre, avaro nunca satisfecho del cariño ajeno, para cuya
conquista había empleado todos los recursos de su corazón y las
delicadezas de su alma, sin conseguir más que la frialdad de las
conveniencias sociales y el ceremonioso respeto de una obediencia
casi siempre manifestada en son de protesta, parecía rejuvenecerse
con el cariño de Lucía, y ella era la única que tenía el privilegio
de hacerle sonreir con sus infantiles caprichos y entusiasmarle con
sus atinadas observaciones.
En cuanto á los indiferentes, á los que, considerándole como amo,
ayer le obedecían murmurando, y hoy que le adivinaban dependiente
empezaban á mirarle menos que igual suyo, Puig no tenía ni una
palabra ni una mirada. Diríase que, existiendo para una más alta
misión, reconcentraba en ella todas sus facultades y apenas se daba
cuenta de que existía para él el resto de los humanos.
[Ilustración]
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