CATÁSTROFE DICHOSA

«No hay drama ó novela que no contenga alguna situación tachada por

el público de inverosímil. Y sin embargo, vemos continuamente en la

vida actos humanos y hechos que serían estimados de imposibles si

no sucedieran continuamente. No hay causa célebre, no hay crimen

misterioso que no contenga algún detalle absurdo, suficiente para el

descubrimiento del delito.

»Absurdo, increíble es que Pilar y Miguel no previeran en la forma

de llevar adelante su plan lo más natural, lo más sencillo. Los dos

anónimos estaban escritos con la misma mano. Un mismo amanuense los

había copiado; y cuando el confesor de Pilar, después de hablar

largo rato con Bernaregui, le mostró la carta que su penitenta había

recibido, éste sacó de su bolsillo la otra misiva, comparó las dos

y devolvió ambas al sacerdote para que las confrontara y examinara

detenidamente.

»La sorpresa de ambos concluyó con un parecer unánime. Aquello era

una farsa, un proyecto, cuyo objeto era preciso desentrañar y cuyos

autores era necesario conocer. ¿Á quién podía interesar la rápida

celebración del matrimonio sino á Pilar? Y para que ésta pusiera

en juego tales medios con el objeto de conseguir tal fin, ¿cuáles

podían ser sus motivos? De deducción en deducción ambos supusieron

la verdad, pero siempre como el último término á que podían llegar

sus sospechas. Quizá Pilar temía que Bernaregui no estuviera bastante

enamorado de ella para cumplir su mil veces repetida promesa de

matrimonio: tal vez las necesidades de la vida obligaban á la

pobre muchacha á desear su inmediato casamiento para mejorar de

posición y favorecer á su familia, si ésta necesitaba de su amparo y

protección. Con estas ideas trataban de atenuar el comerciante y el

sacerdote la gravedad del caso; pero el golpe estaba dado; la duda

había nacido en sus corazones, y el alma cándida, leal y honrada de

Bernaregui había recibido un golpe mortal. La que iba á ser compañera

de su vida, la que iba á recibir con su mano un tesoro de honradez

inmaculada, patrimonio más rico aún que el de su fortuna, no merecía

ya su confianza. Fuera el que fuera el motivo que la había impulsado

á recabar de Bernaregui una resolución contraria á su deseo, los

medios que había empleado para conseguirlo eran reprobables y

repulsivos. El anónimo, arma siempre vil y traidora, el engaño

llevado hasta el pie del mismo confesonario, demostraban un alma

fría y un espíritu calculador é irreligioso, cualidades todas de mal

pronóstico en una esposa cristiana y en una honrada madre de familia.

»De todos modos, y mientras cada uno ponía en juego sus recursos

de sagacidad y prudencia para averiguar toda la verdad del caso,

ambos decidieron que convenía dar largas al asunto y engañar, si

era posible, á la que ó á los que habían tratado de engañarlos.

Bernaregui pretextaría y llevaría á cabo un viaje fuera de España con

el fin ostensible de realizar la fusión de su fábrica con otra de

más importancia, negocio gravísimo que podía duplicar su capital en

corto número de años: á su regreso de aquel viaje se celebraría el

matrimonio. Durante su ausencia, el sacerdote vigilaría y visitaría á

menudo á Pilar, fingiendo la mayor confianza en ella, y ó conseguiría

quizá descubrir el misterio, si misterio había, ó provocar tal vez la

confesión espontánea y minuciosa de su bella penitenta.

»De los anónimos nada se hablaría. El confesor, sin devolver el suyo

á Pilar, la diría que Bernaregui le había roto en el acto, así como

otro que había recibido algunos días antes, pues tenía la costumbre

de romper sin leerlas todas las cartas que recibía sin firma. Además,

que el anónimo dirigido á Pilar sería sin duda obra de un chistoso

desocupado, ó fruto de alguna apuesta entre muchachos de buen

humor, para ver si la joven caía en el lazo y colocaba una maceta

con flores en su balcón y excitaba de ese modo la burla de cuantos

estuviesen en el secreto. Con no hacer caso de la misiva, continuar

su vida modesta y retirada, y esperar con calma y tranquilidad el

regreso de su futuro, todo estaba arreglado. Así se hizo en efecto,

y así Pilar y Miguel quedaron confundidos viendo el poco fruto de

su conspiración, pero no sospechando ni por asomo que su intención

había sido descubierta. Achacaron á mala suerte lo que había sido

impremeditación suya al escribir las cartas, y no cayeron en el

verdadero motivo que había destruído su bien combinado plan.

»Quince días después salía Bernaregui de Barcelona con dirección á

Marsella, y quedaba el sacerdote fingiendo una cándida buena fe, que

estaba muy lejos de tener, en las palabras y en la pena de Pilar.

Miguel quedaba al frente de la fábrica en cuanto á su dirección

material, pero respecto á la marcha administrativa de la casa de

comercio, cobros, pagos y operaciones mercantiles de la misma, tenía

el cajero amplios y exclusivos poderes del principal.

»Pasaron tres meses con dilaciones intermitentes respecto al regreso

de éste y con quejas repetidas del cajero respecto á la conducta

de Miguel en la fábrica, verdaderamente abandonada por su continuo

descuido. Tres meses que aprovecharon los amantes para gozar

imprudentemente de la libertad en que los dejaban, y que sirvieron

para que el confesor de Pilar, tomando informes de la vecindad,

inquiriendo los antecedentes de la joven y poniéndose en comunicación

con la familia de la misma, adquiriera el convencimiento de su

culpabilidad y averiguase mucho más de lo que podía haber sospechado.

Una indisposición repentina de la novia de Bernaregui la obligó á

llamar á un médico, que la visitó cuatro ó seis días. Éste hubiera

guardado el secreto propio de su profesión á tratarse de un caso

indiferente y con personas entrometidas é indiscretas; pero ante la

gravedad de las circunstancias y el carácter sacerdotal del que le

expuso las excepcionales consecuencias que podría tener su silencio,

le manifestó toda la verdad.

»Aterrado el buen sacerdote con la gravedad de la noticia, y

convencido, por los juramentos que Bernaregui le había hecho de la

pureza de sus relaciones con Pilar, de que otro era el amante de la

joven, y explicándose ahora la intención de los anónimos, escribió

al ausente todo lo que ocurría, pero sin atreverse aún á estampar la

sospecha de quién podía ser el seductor de la joven, á pesar de estar

ya seguro de la complicidad de Miguel, espiado por él muchas veces y

señalado por todos los vecinos como continuo visitador de la joven.

»Llegó Bernaregui, no á su casa, sino á la del sacerdote, sin dar

noticia á nadie de su regreso á Barcelona, y sólo Dios sabe lo que

aquellas dos almas honradas, lo que aquellos corazones rectos

sufrirían en tan solemne entrevista.

»El dolor de Bernaregui, sobre todo, no tuvo límites cuando escuchó

de labios de su amigo las razones en que se fundaba para sospechar de

su hermano. El desengaño era tan horrible, la ingratitud tan infame,

que aun la resignación cristiana y los sabios y elevados consuelos

del sacerdote fueron inútiles para sobreponerse á ellos. Cayó enfermo

Bernaregui, y sólo después de un mes de sufrimientos y de lágrimas

pudo abandonar el lecho hospitalario que el sacerdote le brindó

en su misma casa, conservando para todo el mundo el secreto de su

permanencia en ella.

»De aquel mes de lucha entre sus justos deseos de venganza y los

benéficos consuelos de la religión, salió aún más depurada la lealtad

del alma de Bernaregui, formada sin duda por el Creador para el

sufrimiento y el martirio. Aquel hombre de bien sólo pensó ya en

apartar del crimen á los dos pecadores; en ofrecer un porvenir y

un nombre al ser inocente que iba á nacer entre la infamia y la

deshonra, y en dar posición, esposo y fortuna á la mujer que le había

engañado miserablemente y había querido manchar su honrada vida con

los extravíos de su conducta y la falsedad de sus sentimientos.

»Él mismo hablaría á Pilar y Miguel: dotaría á ambos, los casaría

inmediatamente, y renunciando para siempre al matrimonio y á la dicha

que el cielo le había negado, instituiría por universal heredero de

sus bienes al niño que iba á nacer, fruto de la falta de sus padres.

»El sacerdote oyó enternecido y aprobó con entusiasmo las palabras

del comerciante; pero deseoso de evitar á éste una primera entrevista

dolorosa con Pilar, que pudiera hacerle recaer en su enfermedad

y agravar más la situación de todos, resolvió hablar primero á

Miguel, enterarle de que todo estaba descubierto y decirle que lo

que convenía era que ambos culpables pidieran perdón al ofendido,

le confesaran su crimen y esperaran humildes su castigo, en la

confianza, que él mismo les daba, de que el único castigo que él

podría darles sería su perdón y su protección eterna. Dios, sin duda,

lo había dispuesto de otro modo.

»Verificóse la entrevista; pero el cobarde Miguel no concluyó de oir

el relato del sacerdote, que no tuvo tiempo para enterarle de que

Bernaregui estaba en Barcelona y en su casa hacía más de un mes.

Huyó, presa del terror, á contar á Pilar lo que ocurría. Estaban

descubiertos: su hermano quería vengarse de ambos, y lo urgente, lo

indispensable era huir antes de que Bernaregui, enterado por el cura,

regresara á la ciudad.

»En efecto, aquella misma noche forzó Miguel la caja del escritorio

de su hermano; se apoderó de trece mil duros en oro y en billetes,

y huyó solo de Barcelona en el tren de Francia, sin dejar rastro ni

huella y abandonando cobardemente á la mujer que había perdido por él

su honra, su nombre y su porvenir. ¡Castigo providencial y triste

desenlace de aquel drama!

»Pero Pilar no era de esas mujeres á quienes la desgracia abate

y que creen en la Providencia cuando ven deshechos sus cálculos

humanos. Su alma, acostumbrada desde la infancia al fingimiento y á

la malicia, sin haber tenido en su primera juventud un guía enérgico

y previsor, sin más principios religiosos que la práctica exterior y

poco continua de un culto superficial, ni sospechaba la virtud del

sacrificio de que era susceptible Bernaregui, ni se contentaba con

la limosna de un perdón que, en sus malos pensamientos y juzgando el

ajeno corazón por el suyo, no podía creer noble y duradero. Tenía

además una venganza que cumplir. Encontrar al hombre que la había

ultrajado y abandonado, y hacerle sentir todo el peso de su eterno

enojo y de su odio imperecedero.

»Huyó también de Barcelona, antes de que Bernaregui pudiese hablarla,

en seguimiento de Miguel, y sin duda con algunos recursos cuya

existencia se ignoraba, llevándose consigo su padrón de infamia.

»Desde aquellos tristes acontecimientos, Bernaregui no descansó un

momento. Entró en su fábrica; despidió á todos los dependientes y

empleados que hasta entonces le habían servido y que conocían, cuál

más, cuál menos, la triste historia que acabo de contar á ustedes, y

desde esa fecha data la entrada de ustedes en la casa y la amistad

que habían de profesarle durante tantos años.

»En ellos no dejamos el sacerdote, Bernaregui y yo mismo de hacer

continuas averiguaciones por descubrir el paradero de los fugitivos.

Algunos años antes del fallecimiento de Joaquín, supimos la

desgraciada muerte de Miguel, acaecida en Buenos Aires en el incendio

de un buque surto en un puerto de la costa, pero respecto á Pilar y á

su hijo no volvimos á saber nada.

»Así las cosas, y arrastrando su amigo de ustedes una existencia

aislada y triste, cuya causa habrán comprendido ahora, vió llegar

el término de su vida con la calma del justo en la conciencia y el

nombre de Dios entre sus labios. Por su testamento, que yo mismo

leí á ustedes, instituyó á Puig por heredero universal de todos sus

bienes, pero disponiendo en una cláusula que reservara siempre la

tercera parte del capital á que entonces ascendía su fortuna, para

un caso de conciencia, si llegaba el momento en que yo le reclamara

dicha cantidad para emplearla en la forma en que él mismo había

dispuesto en un escrito confidencial que sellado y lacrado dejaba en

mi notaría. Á mi fallecimiento, debía pasar aquel escrito á poder del

notario más antiguo domiciliado en Barcelona, y así sucesivamente,

hasta que, transcurridos quince años después de su muerte, se quemara

aquel pliego, sin abrirle, por el que entonces fuera su depositario.»

--Según eso--dijo Puig, al ver que el notario guardaba silencio,--ha

llegado el caso de abrir el pliego en cuestión. ¿No es eso?

--No precisamente, señores--respondió el interpelado,--pero sí el

de poder descubrirles el motivo de esa cláusula y el cumplimiento

de otro encargo tan sagrado como el primero. El primer escrito es

inútil. Se refería al caso en que yo, por mis gestiones incesantes ó

por casualidad, me proporcionara noticias fidedignas de la existencia

y paradero de Pilar ó de su hijo. Ya no nos cabe abrigar duda

respecto á ambos extremos. Pilar abandonó á su hijo en la Casa de

Maternidad de Lyón y continuó por algún tiempo arrastrando una vida

escandalosa por varias ciudades de Francia. Á su muerte, acaecida

el año pasado, se supo cuál había sido el nombre y las señas que

depositó al lado de su hijo en el torno de Lyón. Con ellas se ha

podido comprobar que el niño falleció antes de cumplir el año de

existencia, y por eso puedo decir á ustedes que, no existiendo las

personas en favor de las cuales reservaba Bernaregui la tercera parte

de su fortuna, puede su heredero disponer libremente de ella de hoy

para siempre, sin traba ni limitación de ninguna clase.

--La triste historia que usted nos ha relatado tan minuciosamente

había llegado á nuestros oídos--contestó Puig--de un modo vago é

incompleto. Sabíamos, como todos los que le trataban, que algún

pesar hondo y profundo minaba la vida de Bernaregui. Su carácter

dulce, pero reservado y melancólico, acusaba una de esas penas que el

tiempo no consigue aliviar, y aunque él jamás permitió á nadie la más

pequeña alusión á sus infortunios, más de una vez nos dejó á Benito

y á mí sorprenderle con lágrimas en los ojos ó lanzando suspiros

entrecortados y profundos. Era nuestro amigo leal, nos quería tanto

como si fuéramos sus hermanos, y sin duda al estrecharnos entre sus

brazos recordaba los de aquel Caín que debían haberle sostenido en

las luchas de la vida. Pero, en fin, puesto que este asunto, según

usted mismo nos ha dicho, está completamente terminado, ¿cuál es el

otro que usted juzga casi tan importante y que nada tiene que ver con

la cláusula testamentaria de nuestro amigo?

--Un asunto de conciencia; un negocio que ha de resolverse

amistosamente y sin acudir á los tribunales de justicia, si, como

creo, usted, Sr. Puig, da crédito á mis palabras y á este papel que

sin saber cómo ha llegado á mi poder de un modo que no me es posible

revelar á ustedes.

--Por mi parte, puede usted hablar--respondió Puig,--puesto que á mí

se dirige usted particularmente; y esté seguro de que yo no he de

dudar nunca de la veracidad de sus palabras, ni sospechar la menor

ligereza por su parte en el cumplimiento de su deber. Su reputación

de usted, su probidad y su talento están muy por cima de mi pobre

criterio, y oyéndole á usted, sólo me toca respetarle y seguir

ciegamente sus consejos.

--En ese caso, y dándole á usted gracias por el inmerecido concepto

en que me tiene, paso á comunicar á ustedes el asunto que me ha

traído á verles.

--Y si se trata del señor Puig y de asuntos de esta casa, ¿qué tengo

yo que ver, señor notario, en todo eso?--dijo Bonet, cansado ya sin

duda de desempeñar tanto tiempo el papel desairado de oyente.

--De usted se trata en primer lugar, Sr. D. Benito.

--¿De mí?--dijo no sin sorpresa el fiel cajero de la casa de comercio.

--De usted y de Puig mancomunadamente. Óigame usted con calma, y

tómense después todo el tiempo que quieran para resolver lo que

juzguen más acertado. En primer lugar, y como base de toda resolución

ulterior, debo decir á ustedes y asegurarles bajo mi palabra de

hombre honrado y con mi pobre condición de hombre de ley, que el

testamento de D. Joaquín Bernaregui es incuestionable é indiscutible.

Ese testamento reune todas las condiciones exigidas por las leyes:

está protocolizado en mi notaría; los bienes inmuebles de que en él

se trata están inscritos en el Registro de la Propiedad á nombre del

nuevo poseedor; los muebles ó semovientes pertenecen de hecho como de

derecho al Sr. de Puig, y nadie puede disputarle el usufructo total

y la posesión real de toda la fortuna del testador. Esto es, no un

parecer, sino un hecho absolutamente legal y consumado y sobre el

cual no hay discusión posible.

--¿Ni quién puede discutirle, ni quién piensa en disputársele?--dijo

Benito, más absorto cada vez del giro que tomaba aquella conferencia.

--Nadie por ahora; ¿quién sabe si alguien, después de lo que yo

voy á decirles? El mismo día que fuí llamado por Bernaregui enfermo

para otorgar su testamento, usted recordará, Sr. Puig, que tuve que

esperar más de media hora en su despacho á ser recibido por él en su

misma alcoba, porque estaba con usted en una secreta conferencia que

duraba hacía ya cerca de dos horas.

--En efecto--contestó Puig, turbándose de tal modo que otros menos

preocupados lo hubieran advertido fácilmente.--Me llamó temprano

aquella misma mañana para enterarse minuciosamente del estado de la

casa, cosa muy natural, dado el acto que había de celebrar con usted

después, y en razón á que durante su enfermedad, no corta, no había

querido intervenir en ningún asunto, por la mucha confianza que en mí

había depositado siempre, y en aquel tiempo más que nunca.

--Eso mismo me dijo usted entonces, y eso me repitió él mismo al

pedirme le disculpara por haberme hecho esperar. Salió usted de su

alcoba; se llamó á los tres obreros más antiguos de la fábrica, que

sirvieron de testigos, y en voz clara y en sano juicio me dictó

sus disposiciones testamentarias, firmó con pulso sereno y quedó

concluído el acto. Antes, sin embargo, de dar por terminada nuestra

entrevista, y después de haberme entregado el pliego, hoy ya inútil

por el final de la historia que antes les he referido, me preguntó

el testador, no sin sorpresa mía, qué valor podría tener cualquier

escrito suyo encontrado después de su muerte, por el que se alterara

el testamento que acababa de otorgar y firmar aquel mismo día.

--«Ningún valor legal--le dije.--Para que un testamento ológrafo

(esto es, escrito todo y firmado por mano del testador) sea válido

(caso de que sea posterior al otorgado con todos los requisitos de la

ley, pues si es anterior á éste, dicho se está que es nulo de origen

por la fecha), hace falta que se lacre, selle y firme en la cubierta

por el que testa; que allí firmen también los testigos, que aunque

ignoran el contenido del pliego, juran que está escrito y sellado

por el testador, y que además se protocolice en la notaría, firmando

á su vez el notario en el mismo pliego y dando fe que aquel es el

testamento ológrafo de D. Fulano de Tal.

--»¿De modo--me dijo Bernaregui después de oirme--que si apareciese

algún día un papel, memoria ó escrito, todo de mi puño y letra, pero

sin ninguna otra condición legal, que variase, anulase ó tratara de

invalidar el testamento que acabo de otorgar ante usted, aunque ese

escrito fuera de fecha posterior á la de hoy, no tendría fuerza legal

ninguna y subsistiría por lo tanto en todas sus partes mi referido

testamento?

--»Exactamente, amigo mío; y para más seguridad y para que usted

quede más tranquilo en este instante, puede llamarse otra vez á los

testigos que han intervenido en el acto, y ante ellos, y dando yo fe

como anteriormente, puede usted explicar su deseo ó su temor y dar

desde ahora por nulo y de ningún valor en ningún tiempo el papel ó

memoria á que usted se refiere.

--»Todo lo contrario, amigo mío--repuso Bernaregui.--En la seguridad

que usted me da, muero tranquilo. ¡Quién sabe si en los días que

me restan de vida, un extravío de mi razón ó un fútil pretexto

pueden hacerme escribir lo contrario de lo que ahora pienso y he

determinado! Y si ese escrito mío, ó memoria, ó disposición no pueden

alterar mi decisión primera, nada me importa cometer la locura ó la

injusticia de escribirlas.

--»Así es en efecto. Usted puede otorgar nuevo testamento cuando

quiera, ó dictar un codicilo que amplíe ó limite el que hoy ha

firmado; pero mientras no revista los mismos caracteres y los

requisitos legales que en el de hoy han concurrido, todos serán

inútiles y como si no existieran.»

Puig, que cada vez parecía turbarse más conforme escuchaba al

notario, sólo respondió á éste casi entre dientes.

--¡Ah! ¿Todo eso dijo á usted Bernaregui?

--Todo eso; y aseguro á usted que hasta que le repetí varias veces

lo mismo que acabo de explicarle no parecía tranquilo mi cliente. Á

los seis ú ocho días, que no lo recuerdo hoy precisamente, falleció

Joaquín Bernaregui, dejando á usted por heredero universal de todos

sus bienes. Han transcurrido con exceso tres años desde aquel

triste acontecimiento, y usted, cumplidas todas las formalidades

del caso, obedeciendo su postrera voluntad y sin nadie que pueda

disputarle el derecho y justo título con que es dueño y poseedor

de esa fortuna, recibe de mi mano este pliego que se refería á la

cláusula limitatoria de ese absoluto derecho, por ser ya imposible

su cumplimiento, toda vez que entrego á usted al mismo tiempo los

documentos, legalizados debidamente, del óbito de Pilar y de su hijo.

Todo esto es sencillo, legal y no presenta dificultad ninguna. Y sin

embargo, Sr. de Puig, y usted, Sr. de Bonet, juzgarán ahora de la

gravedad de lo que voy á comunicarles. Hace apenas hora y media que

he recibido por el correo interior, medio el más seguro para impedir

las investigaciones á que el hecho pudiera dar lugar, el presente

pliego, lacrado y sellado con la sortija que usaba Bernaregui y que

usted sacó de su dedo anular, Sr. Puig, después de cerrarle los ojos,

pasándola al suyo, en el cual la veo todavía.

--Y que llevaré mientras viva, en recuerdo de aquel hombre generoso y

honrado que pagó con creces mi cariño.

--¿Sellado con su sortija?--preguntó Benito en el colmo del estupor.

--Aquí le tienen ustedes: abierto, porque está dirigido á mi nombre,

y escritos sobre y papel interior todo de puño y letra del difunto.

--¿Qué quiere decir esto?--dijo Benito, mirando á Puig con sobresalto.

--Todo, menos que nuestro querido amigo haya escrito al señor notario

desde el otro mundo, donde descansa hace tres años de las infamias

de éste--respondió Puig con una sonrisa tan maliciosa como casi

impropia del asunto.

--En efecto, Sr. Puig: su amigo de ustedes no me dirige hoy ni ayer

ese documento extraño. Tiene la fecha del día siguiente al del

testamento firmado por él ante mí y los testigos. Es el escrito

ológrafo á que él mismo se refería con sus preguntas y que por modo

inconcebible no ha llegado á mis manos hasta hace un momento.

--¿Pero es que en ese escrito se alteran las cláusulas de su

testamento legal?--preguntó con cierta inquietud Benito.

--No sólo se alteran, sino que se varían por completo; y de todo esto

deduzco yo que este escrito debió ser confiado á alguna persona, en

cuanto lo redactó Bernaregui al día siguiente de testar ante mí, y

que esta persona, ó por condición expresa del difunto, ó por haberle

dejado éste la elección del momento oportuno de presentarle, ha

aguardado hasta hoy para hacerlo, convencido quizá, como yo lo estoy,

de que es un documento que para nada sirve.

--¿Pero qué dice ese papel?--preguntó nerviosamente Bonet.

--Salgamos de dudas, señor notario--dijo Puig,--y preparémonos de

cualquier modo á cumplir con la voluntad del difunto.

--Usted será el que haya de cumplirla. El pliego dice así:

«En el nombre de Dios.

»Por razones especiales que no me es dado revelar, y cumpliendo

con un deber de justicia que mi amigo D. Juan Puig no podrá menos

de respetar (tanta es la confianza que me inspiran sus nobles

sentimientos y el afecto desinteresado que me consagra), revoco

por esta mi última voluntad el testamento que á su favor dicté y

firmé ayer ante el notario mi amigo Ortiz de Llauder, é instituyo

por heredero único y universal de todos mis bienes á D. Benito

Bonet, mi compañero y primer dependiente de mi casa, exhortándole

á que atienda al desahogado porvenir de Puig, como á éste le

rogaba en mi testamento de ayer no abandonase nunca al que desde

hoy va á disfrutar de toda mi fortuna.

»Firmado en mi casa á tantos días, etc.»

--¿Qué?, ¿qué es eso?, ¿qué dice ahí? ¿Que yo soy el heredero

de Bernaregui? ¿Que él mismo revoca y anula con ese escrito el

testamento por el que instituyó su heredero á Puig? ¿Dice ahí

eso?--exclamó Benito levantándose y casi arrebatando de la mano al

notario el papel que éste le presentaba.

--Véalo usted por sus propios ojos--contestó Ortiz;--y usted, Sr.

Puig, examínelo si gusta.

--¡Es su letra, su misma letra! ¡Lo dice bien claro! No cabe duda.

¡Soy yo, yo su heredero! ¡Entonces, durante tres años, puede decirse

que esa fortuna no ha pertenecido á su legítimo dueño!

--Yo la he disfrutado, como dice el señor notario, con derecho y

justo título, y nadie, y tú menos que nadie, puede culparme por un

acto que ha revestido todos los caracteres legales.

--Y que los reviste aún, señores. No olviden ustedes que la respuesta

que yo dí aquel día á las dudas de Bernaregui es la misma que daré

hoy á sus preguntas. Sea el que sea este documento; sea cualquiera la

fecha en que está escrito y la del día en que ha llegado á mi poder;

sea ó no auténtico y declárenlo ó no apócrifo los tribunales, si á

ellos se apela para resolver este litigio, el Sr. D. Juan Puig es el

único y legal heredero de Bernaregui. Usted podrá en último caso,

Sr. de Bonet, poner pleito á su amigo; pero desde hoy le prevengo

que está perdido desde luego, que este pliego nada significa, y que

no hay jueces humanos que puedan privar á Puig de la fortuna que

legalmente posee.

--¿Quién habla de pleitos, ni cómo yo había de intentar semejante

cosa con mi amigo de toda la vida, con mi compañero en los días

de trabajo incesante? Término hay más hábil, y yo creo que si,

como ustedes sostienen y yo no dudo, esa carta es efectivamente

de Bernaregui, una transacción amistosa será el mejor medio de

arreglarlo todo--dijo Benito.

--¿Quién habla de pleitos ni de transacciones innecesarias?--dijo

Puig, estrechando la mano de Benito entre las suyas.--¿Nuestro amigo

Bernaregui me nombró á mí su heredero, y al día siguiente, por

razones que yo no debo averiguar, revocó esa disposición y te eligió

á ti como más merecedor de sus beneficios? Bien hecho está cuanto

él hizo. Tú eres el dueño de toda su fortuna, y á mí sólo me toca

pedirte perdón por haber disfrutado de ella durante tres años, por la

inexplicable dilación de la entrega al Sr. Ortiz de ese documento.

Yo reconozco la letra y su sello; yo doy por válido y por auténtico

ese escrito, y cumplo la última, la posterior voluntad de Bernaregui

haciéndote á ti hoy mismo la entrega de todos los bienes, que

juzgaría usurpados si los disfrutara un solo día más. _¡Si yo fuera

rico!_, decías á menudo, como si el corazón te anunciase semejante

cambio de la suerte. Ya lo eres; tuyo es cuanto aquí existe: yo

vuelvo á ser, como lo fuí en tiempo de nuestro bienhechor y como tú

en el mío, el primer empleado de la casa, si en tal cargo quieres

conservarme.

--Todo eso es muy digno, muy noble, Sr. Puig, pero no es legal. El

testamento dictado en debida forma...

--Aquí no se trata de leyes, señor notario. La ley primera es la ley

de la conciencia para todo hombre honrado, y yo me tendría por un

ladrón, aunque todas las leyes de la tierra me declararan inocente,

si detentara un solo día, un solo minuto la fortuna de Bernaregui,

que por ese escrito no me pertenece. Doy á usted gracias, señor

notario, porque me proporciona la ocasión de seguir siendo hombre

de bien, y tú, mi querido amigo, prepárate á examinar todos los

documentos de la casa y á entrar en posesión de la fortuna que más

que yo has ambicionado.

Como el que es presa de una pesadilla conoce dentro de su mismo

sueño que nada de aquello es real y efectivo, y hace desesperados

esfuerzos para despertarse ó para gritar, buscando alguien que le

ayude á salir de aquella tortura que reviste todos los caracteres de

un drama sangriento, así el pobre Benito hacía esfuerzos desesperados

para alejar de su imaginación todo lo que oía, para cerrar los ojos

á aquella que á él le parecía engañosa evidencia y para juzgar como

un sueño la repentina ó inexplicable realidad de sus ilusorias

esperanzas.

Él, que siempre había repetido, en sus horas de envidiosa tristeza,

la frase tan común á los pobres: _¡Si yo fuera rico!_, á creer en

todo lo que aquellos hombres decían, á ser cierto el documento

que habían leído, se encontraba en efecto _rico_, y de un modo

imprevisto, absurdo, increíble. Por fuerza sólo una imaginación

soñando era capaz de inventar aquella carta misteriosa redactada y

firmada al siguiente día de otorgar un testamento. Si el testador,

por cualquiera razón gravísima y secreta, que por una fútil y pequeña

no era posible que lo hiciera, había cambiado completamente de idea

en veinticuatro horas, ¿por qué no llamó al notario y con las mismas

circunstancias y formalidades legales anuló el primer testamento y

dictó otro nuevo, sin dar motivo á pleitos y á querellas, como lo

daba en efecto, con su inexplicable escrito?

Y aun dado caso que todo aquello fuese cierto, ¿quién había sido el

depositario de aquel papel y á quién pudo confiar Bernaregui en su

lecho de muerte documento tan extraordinario, y por qué éste no se

había entregado al notario sino tres años después?

Todas estas rápidas reflexiones aturdieron de tal modo al pobre

Benito, que, presa de mortal congoja, se levantó gritando:

--¡Yo, yo rico! ¡Yo millonario! ¡Abrid esas puertas! ¡Me ahogo!

¡Socorro!

Y cayó pesadamente sobre la alfombra.

Abrióse la puerta del despacho, y acudieron á sus voces primero los

escribientes y luego Lucía y Bernarda.

--Es papá quien grita--dijo Lucía al entrar precipitadamente en el

despacho de Puig, cuya puerta había abierto el notario en busca de

auxilio.

--¡Es mi hermano! ¿Qué sucede? ¡Alguna infamia de ese hombre!

Lo menos se figuró la _amable_ doña Bernarda que su pobre Benito

había sido asesinado por Puig, como consecuencia de la pacífica

discusión de aquella mañana.

Ramiro, que estaba en el escritorio cuando se oyeron las primeras

voces de Bonet, saltó de su asiento y llegó al despacho de su

principal en el momento en que el notario abría la mampara. Contra

su costumbre de no acudir nunca cuando se le llamaba ó era necesaria

su presencia para cualquier asunto, Rispall se presentó llevando en

la mano una bandeja con vasos de agua. Unos rociando el rostro de

Benito, otros haciéndole beber dos ó tres sorbos, su hija dándole

fricciones en las sienes, su hermana poniendo el grito en el cielo,

y Puig, único dueño de sí mismo, contemplando con estoica curiosidad

aquel cuadro, consiguieron que el desmayo del nuevo millonario fuese

muy pasajero. En cuanto volvió en sí, lanzó una mirada de asombro

sobre todos los presentes, y recordando repentinamente todo lo

que dió ocasión á su síncope, sólo pudo pronunciar las siguientes

palabras:

--¡Sí, soy rico! No creáis que estoy loco... Aquí está el documento.

¡Carta canta! Toma, hija, lee..., leed todos...

Y arrebatando al notario el pliego que éste había leído y conservaba

aún entre sus manos, se le dió á Lucía, que casi no se atrevía á

leerle, temiendo que en efecto la razón de su padre se hubiese

perturbado. Mientras Bernarda y Ramiro leían por encima del hombro de

Lucía el papel que ésta, con menos avidez que ellos, casi deletreaba

para comprenderle mejor, Benito seguía hablando á voces y paseándose

por el despacho de Puig.

--¡Lean ustedes!... No son ilusiones mías. Por algo decía yo siempre:

¡si fuera rico!... Y es que el corazón me anunciaba que había de

llegar á serlo cuando menos lo esperara. ¡Aquí el único heredero de

Bernaregui soy yo!... ¡Yo soy el amo de la fábrica, de la casa, de

cuanto hay aquí!... ¡Soy rico!

--¡Oh!--murmuró con rabia Rispall en el colmo de su sorpresa y de su

odio á los patronos, amos y propietarios.

--¡Es verdad!--dijo Bernarda, abrazando á su hermano después de haber

leído.

--Sí, aquí lo dice--añadió Lucía, devolviendo el papel á su

padre.--Pero entonces, ¿cómo hasta hoy no se ha sabido nada? Y si

usted, Sr. de Puig, había sido nombrado heredero de Bernaregui en su

testamento, y por eso ha podido usted disponer de su fortuna durante

tres años, ¿cómo va usted á renunciar á ella en favor de mi padre? Yo

no entiendo de leyes; pero aquí hay un misterio que no comprendo y

una informalidad que no acierto á explicarme en asunto tan grave.

--Y tiene usted razón, señorita--dijo el notario, sin dejarla

casi acabar la atinada reflexión.--Este es un caso, por lo menos,

litigioso, y yo ruego á estos dos señores que lo piensen mucho antes

de tomar una determinación extrema que después pueda pesarles.

--Yo lo que veo es lo que dice aquí bien claro; yo no veo otra cosa,

y si el Sr. Puig tiene conciencia...

--Porque la tengo, amiga doña Bernarda, porque la tengo, insisto en

lo que he dicho á su hermano de usted y al señor notario que nos

escucha. Yo respeto la voluntad de mi amigo Bernaregui, yo venero

su memoria, y como este, para mi corazón, no es asunto que debe

arreglar el código civil, sino el alma, renuncio desde ahora á todos

los derechos que pudiera hacer valer y á cuantos me den las leyes,

y me declaro á mí mismo pobre de solemnidad, haciendo entrega á

mi querido amigo y constante compañero D. Benito Bonet de toda la

fortuna que constituye la herencia de Bernaregui.

--Eso se llama cumplir con su deber, y cualquier hombre honrado haría

lo mismo que usted hace en este momento.

--Señora, en eso hay mucho que hablar--respondió el notario á doña

Bernarda.--Yo me tengo por muy honrado, y si en este caso estuviera

en el pellejo del Sr. Puig y oyera que usted interpretaba tan

secamente mi acción sublime, que sublime es por lo menos lo que

el señor hace, no sé si tendría serenidad para no acudir á los

tribunales, aunque no fuera más que para convencer á ustedes de que

todo es legalmente suyo y que sólo por un quijotismo, que será de

seguro mal comprendido y peor pagado, cede á ustedes su fortuna.

--No faltará abogado que nos defienda...

--No faltarían de seguro, aunque no fuese más que para comerse parte

de la herencia, si yo diera lugar á ello--respondió Puig;--pero ya

he dicho, y mi resolución es irrevocable, que yo soy pobre, que esta

es para mí una cuestión de conciencia, y que mi conciencia me manda

proceder como procedo.

--Y yo no insisto. Dios guarde á ustedes y les ilumine. Ha terminado

mi misión, y en mi casa me encontrarán si en algo puedo serles útil.

Es la primera vez que me veo en situación semejante á la presente, y

abrigo la profunda convicción de que ha de ser la última.

Dió el notario un afectuoso apretón de manos á Puig, saludó fría

aunque cortésmente á los demás, y salió del despacho y de la casa con

aire profundamente preocupado.

Libres de aquel personaje, extraño para todos, parece que respiraron

con más holgura aquellos corazones, impresionados aún por el raro

acontecimiento.

--¿Conque de veras eres rico?--dijo Bernarda á su hermano.

--¡Casi lo siento, padre mío!--murmuró Lucía, mirando á Puig.

--Pues, hija, muchas gracias--dijo Benito, sin comprender á su hija.

--Tú eres un ángel--la dijo Puig, abrazándola con efusión,--y tú, de

cualquier modo que terminen estos asuntos, siempre saldrás ganando.

--Excuso decir á usted, amigo mío, y compañero hasta hoy, lo que

celebro su cambio de posición y de fortuna, y cada día me contentará

más haberle manifestado con anterioridad mis fervientes deseos de

entrar en su familia--le dijo Ramiro, tendiendo su mano á doña

Bernarda.

--Ahora mismo van á saber los chicos de la fábrica lo que ocurre.

¡Qué alegría para ellos! ¡Qué felicidad para todos nosotros!--dijo

Rispall, mirando fijamente á Puig, como queriendo darle á entender la

diferencia de amo que iban á tener desde aquel día y echando á correr

hacia los almacenes y los patios.

Algo hubo de decir en voz baja Lucía á su padre, mientras doña

Bernarda leía de nuevo el papel que éste había dejado sobre la mesa,

porque Benito, sin que dejara su brazo izquierdo de rodear la cintura

de Lucía, se dirigió á Puig y con acento conmovido le dijo:

--Por supuesto, Juan, que, mientras yo viva, aquí no ha cambiado

nada. Tú mandas, tú dispones en la fábrica como si fuera tuya; tú te

señalas el sueldo que quieras, y si no tienes bastante con el que á

mí me dabas, eso no importa. Yo no soy el amo, soy tu amigo y nada

más.

--No esperaba menos de ti y acepto tus ofrecimientos hasta cierto

punto. Pero como yo no tengo familia y mis necesidades son mucho

menores que las tuyas, con el sueldo que Bernaregui nos daba á cada

uno tengo bastante. Seré tu cajero; me darás tres mil pesetas al año

y un sitio en tu mesa...

--¡No hablemos de tales miserias, papá!... Ustedes son dos hermanos,

todo es de los dos... y aquí no debe haber tuyo y mío, ¿no es verdad?

--¡Justamente! ¡Eso quise decir yo! ¿Para qué quería yo ser rico sino

para hacer dichosos á cuantos me rodean? ¡Para eso! ¡Para eso!

--Entonces, Juan amigo, cada vez estoy más contento de lo que sucede.

Veo que tú eres mil veces mejor que yo, y que de seguro harás lo que

yo no he sabido hacer, la felicidad de todos. Sé rico, puesto que

sabrás serlo, y Dios te evite las ingratitudes y los desengaños.

Ahora, Juan, déjame salir de aquí. Necesito aire para respirar; tú,

hija mía, acompáñame, porque no está mi cabeza muy segura y temo

salir solo. Quiero recorrer los talleres, dar después un paseo largo,

cansar mi cuerpo para que descanse mi espíritu, y acostumbrarme á la

realidad de lo que hasta hoy sólo había sido un sueño.

--¡Oh, qué felicidad!--decía doña Bernarda á Ramiro.--¡No tener que

agradecer nada á un hombre que sólo ha visto siempre en nosotros unos

criados! Ahora somos nosotros los que le pagaremos sus servicios,

nosotros los amos, los bienhechores, los que perdonaremos sus faltas

y toleraremos su carácter. Crea usted, amigo Ramiro, que hoy es el

día más dichoso de mi vida.

--Pues figúrese usted lo que será para mí--contestó en voz más baja

Ramirito.--Ya me veo dueño de la mano de mi adorada Lucía, sin

dilaciones innecesarias, sin retrasos injustificables.

--¿Por qué no viene usted con nosotros?--dijo Lucía á Puig, que se

sentó tranquilamente en su sillón acostumbrado.

--Tengo hoy que trabajar más que nunca, hija mía. He de hacer

minuciosas cuentas de estos tres años en que me he creído rico, y

deseo cuanto antes poder rendir esas cuentas á tu padre para que las

examine y las apruebe. El tiempo no me pertenece y la obligación es

lo primero.

--Mi padre no quiere cuentas; y sobre todo, hoy es día

extraordinario...

--Para vosotros; para ti que vas á tener un gran dote; para tu padre

que va á manejar una fortuna, y para tu tía que tirará las llaves por

la ventana ó se las confiará á quien no sepa manejarlas tan bien como

ella; pero para mí nada hay de extraordinario: la firma de tu padre

en vez de la mía, y todo lo demás lo mismo que siempre.

Oyóse en esto una gran gritería por los corredores; invadió el

escritorio la multitud de los obreros capitaneados por Rispall, y las

voces de «¡Viva Bonet! ¡Viva D. Benito!» aturdieron la casa.

--¡Hijos míos, abrazadme!--decía Benito, que salió á su encuentro; y

en efecto, todos le abrazaban, le vitoreaban y le llevaban casi en

volandas.

--Vamos, á lo menos todos son hoy felices--decía por lo bajo Puig,

mirando esta escena desde su despacho.

--¡Viva nuestro principal! ¡Viva!--gritaba desaforadamente Rispall.

--¡Viva!--repetían en coro los obreros.

--¡Á los talleres!, ¡á los talleres!

Y en efecto, estrujado por unos, empujado por otros, vitoreado y

aplaudido por todos, el buen Benito se dirigió adonde le llevaban: á

los talleres.

Doña Bernarda, aunque nadie se acordaba de ella, se colocó al frente

de las operarias; Ramiro presidió á todos los escribientes, y Lucía,

la última de todas, entró en el despacho de Puig y le tendió la mano.

Puig se levantó, la atrajo hacia sí con lágrimas en los ojos y

estampó en su frente un beso. La niña echó á correr para reunirse con

los manifestantes. Puig volvió á sentarse con sublime indiferencia;

se vió solo, completamente solo, y con sonrisa más benévola que

amarga, únicamente pronunció estas palabras:

«¡Lo que hace el dinero!»

[Ilustración]

[Ilustración]

Si yo fuera rico! Novela original · 第 18 / 38 题