ABEL Y CAÍN

«Ustedes, que durante tantos años--dijo después de una breve pausa el

notario--fueron amigos, y más que amigos aún, compañeros inseparables

de Bernaregui: ustedes que con su laboriosidad, inteligencia y

entrañable afecto le ayudaron á labrar su fortuna y conocían tanto

como él mismo los negocios de la casa y el próspero estado de su

fábrica de tejidos, recordarán que me honraba con su amistad y que

tenía puesta en mí toda su confianza, seguro de que yo no había

jamás, por nada ni por nadie, de faltar á ella.»

--Es cierto--contestó Puig;--siempre le oí hablar de usted en los

términos más respetuosos y siempre le oí elogiar su acrisolada

honradez y la benéfica influencia que los consejos de usted y su

práctica en los negocios habían ejercido en la mayor parte de sus

especulaciones y proyectos.

Una señal de asentimiento de Benito y un movimiento de gracias del

notario respondieron simultáneamente á la interrupción de Puig.

«No extrañarán ustedes--prosiguió el depositario de la fe

pública--que así por las funciones de mi ministerio, como por la

verdadera y desinteresada amistad que con Bernaregui me unía, esté yo

mucho más enterado que ustedes mismos de algunas circunstancias de su

vida y de la marcha de un asunto completamente privado que fió á mi

honradez y á mi silencio.

»No fué hijo único Bernaregui de sus honrados padres, pero sí era

el primogénito, y si aquéllos hubiesen poseído una fortuna, á él

exclusivamente le hubiese correspondido con arreglo á nuestra

legislación regional. Pero aquellos padres, que querían á Joaquín con

delirio y que eran quizá algo injustos con Miguel, su hijo segundo,

no dejaron al morir á los dos hermanos más que lo necesario para

enterrar á sus padres con decencia y para vestir por su muerte el

luto reglamentario.

»Diez y siete años contaba Joaquín y quince Miguel cuando quedaron

huérfanos; pero tal era la diferencia de sus caracteres, de sus

aficiones y hasta de sus fisonomías, que nadie, á no saberlo, los

hubiera tenido por hermanos. Como Joaquín conocía y lamentaba la

preferencia que con él habían tenido sus padres respecto á su

hermano, y achacaba á esta injusta desigualdad casi todos los

defectos de Miguel, todo su empeño y su único afán fué hacerse

perdonar de éste aquellos errores paternales y lograr con su cariño y

sus eternos sacrificios conquistar aquel corazón que siempre había

permanecido cerrado al amor fraternal. Dióle á elegir carrera, pagóle

maestros particulares, vistióle con lujo, le rodeó de comodidades,

satisfizo todos sus caprichos, y mientras él economizaba el último

céntimo y vivía miserablemente matándose á trabajar sin tregua ni

descanso, su hermano vivía en la holganza, adquiría vicios, contraía

deudas, se hacía camorrista, jugador y tramposo, y sordo á los

consejos y ciego á los ejemplos, amenazaba ser con el tiempo un

criminal, un bandido.

»Decir á ustedes la pena de Joaquín Bernaregui; referirles las

veces que, sacándole de manos de tahures y busconas, esperó

en sus propósitos de enmienda y desesperó al ver su constante

reincidencia, sería el cuento de nunca acabar. Baste decirles que un

día desapareció Miguel sin participar á su hermano el lugar donde

iba á fijar su residencia y sin dejarle siquiera dos palabras que

expresaran su gratitud y su cariño, y que esta desgracia fué para

Joaquín, á pesar suyo, la base de su fortuna y el origen de su eterna

desdicha.»

--De su eterna dicha habrá usted querido decir--exclamó Benito,

interrumpiendo al notario.

«He querido decir, señores, lo que he dicho. El pobre Bernaregui fué

siempre desventurado, y si ustedes recuerdan bien los detalles de su

carácter, y si no se han explicado su profunda melancolía y no han

sabido darse cuenta de la verdadera enfermedad que le quitó la vida,

hoy, por necesidad triste para mí y por las circunstancias que á ello

me obligan, descorreré el velo que cubría, aun á los ojos de ustedes,

sus verdaderos y únicos amigos, aquella existencia tan desdichada.

»Diez años son generalmente plazo brevísimo para los hombres

inactivos ó perezosos que no saben aprovecharlos; pero para una

naturaleza activa, para un carácter emprendedor, para un alma

vehemente y perseverante al par, cualidades que rara vez se ven

juntas, diez años son casi una vida. En ellos, y gracias á la suerte

que ayudó en esta ocasión al inteligente trabajo de Bernaregui, vióse

éste dueño de la fábrica que aún hoy lleva su nombre, querido de

cuantos le trataban, considerado en el comercio y citado en Barcelona

como modelo de honradez, laboriosidad y acierto en sus empresas.

Contaba entonces treinta años, y al cumplirlos y al verse dueño de

una fortuna modesta, pensó por primera vez en compartirla con una

mujer honrada que llevara dignamente su nombre, que fuera su amante

compañera y á quien querer como mitad de su propio corazón y como

madre de sus hijos.

»Poco puede entender de achaques femeninos quien consagra su vida

á la constante labor del trabajo. Requiere el amor, como tirano

egoísta, la abstracción completa de ocupaciones y pensamientos, y no

suele dar su confianza, ni abrir la llave de sus secretos y de sus

placeres, sino al que renuncia por él y para él á toda otra pasión,

otro empleo y otro objetivo. Las mujeres sólo se apasionan de los

que dedican á ellas casi por completo su tiempo y sus energías, y el

honrado Joaquín había ya empleado la tercera parte de su vida en la

lucha material y moral por la existencia sin saber lo que era el amor

y sin conocer á la mitad del género humano que le inspira. Ese fué

su primer error. Quiso encontrar, á la primera exploración por aquel

mundo desconocido para él, una mujer buena, leal, honrada y amante, y

adornó en su imaginación con todas esas cualidades á la primera cara

bonita que encontró en su camino.

»Ignorante por completo del mundo moral en todo cuanto se relaciona

con la vida recíproca de los dos sexos, no había tenido tiempo para

conocer siquiera, no ya para estudiarlo, el problema que acerca del

matrimonio existía ya antes de que Dumas hijo le hiciera suyo, y la

clasificación que de las mujeres habían hecho los filósofos de todos

los países y de todos los tiempos antes de darla á la estampa el

autor del _Divorcio_. Joaquín no sabía que las mujeres se dividen en

tres categorías:

»Mujeres del templo.

»Mujeres del hogar.

»Mujeres de la calle.

»Y que equivocar unas con otras, y elegir para compañera una de las

que han nacido para no tener compañero, ó de las que arrastran su

vida siéndolo de todos, es un error que como no puede enmendarse sino

con la muerte, en los países católicos, lleva consigo la desdicha

del hombre, la destrucción de un hogar y la ruina de una familia.

»Aquel hombre de treinta años, cuyo corazón, virgen al amor,

comenzaba á latir con tanta mayor violencia cuanto más tiempo

había vivido limitado á desempeñar sus funciones fisiológicas de

músculo cardíaco; cuya robustez se había desarrollado en la gimnasia

higiénica del trabajo y la continencia; cuya imaginación no había

roto sino en sueños la valla que separa la práctica cotidiana de la

vida, de la ilusión fantasmagórica de lo desconocido; aquel hombre,

en fin, en la plenitud de su fuerza, de sus sensaciones y de sus

deseos; aquel comerciante honrado, metódico y deseoso del bien, se

enamoró con todas las fuerzas de su corazón y de su espíritu de

una linda joven, sin bienes de fortuna y cuyos antecedentes, si

no escandalosos y probadamente perversos, no eran tan limpios de

sospecha como merecía la inocente sencillez de su enamorado.

»Pero ¿quién se atreve á descorrer la venda del amor, y á acusar

sin pruebas tan claras como la luz del sol á la que es objeto de

adoración, y á la que, conociendo su decisiva influencia sobre un

corazón enamorado, ha de tener de sobra medios y recursos para salir

victoriosa, y para convertir en enemigo mortal del hombre que la

adora al que se atreve á indicarla como poco digna de merecer la

estimación pública y de legitimar su pasión con el santo sacramento

del matrimonio?

»Yo mismo, á cuya noticia habían llegado algunas primeras aventuras

de Pilar Suárez, que así se llamaba la novia de Joaquín Bernaregui,

me atreví un día á rogarle que procurase refrenar su pasión, y

dedicara algún tiempo á examinar el breve pasado de aquella mujer que

no contaba aún veinte años y de la que no todos cuantos la conocían

hablaban con respeto. Hasta me atreví á indicarle que, viviendo

los parientes de Pilar en un pueblecito de la costa de Levante y

habiéndole ella manifestado muchas veces que sólo la separaban de

ellos incompatibilidad de caracteres, convenía que él mismo fuese

á hablar con ellos, sin noticiárselo á la interesada, y adquirir

allí datos fidedignos sobre su vida y sus costumbres. Rechazó mis

consejos, desoyó cuantas advertencias más ó menos embozadas le

hicieron algunos compañeros, y decidió resueltamente dar su mano á la

amada de su corazón por ser la única mujer que le había comprendido,

que le había amado entrañablemente y que podía hacerle dichoso..., ¡á

él, pobre neófito en pasiones amorosas y que oía sin duda por primera

vez pronunciar semejantes palabras de labios femeniles!

»Así las cosas, reapareció un día en Barcelona Miguel Bernaregui,

sin avisar su regreso, como no había avisado su partida: se enteró

de cuanto á Joaquín se refería, supo el estado de su fortuna, sus

relaciones amorosas con Pilar, el proyectado enlace de ambos, y

sin darse, no ya por ofendido, sino casi por enterado de tales

acontecimientos, se presentó en casa de su hermano como el hijo

pródigo, pidiéndole perdón de sus pasados extravíos y prometiéndole

una enmienda que había de hacer la felicidad de todos.

»Pero el hijo pródigo de la Biblia era falsificado. Quizá entre los

harapos de su miseria, en los horribles crepúsculos de mil días sin

pan, entre las brumas mortíferas de aquella América donde había

arrastrado los diez años de su estéril juventud, sintió brotar en

su corazón la chispa del remordimiento y el anhelo de la paz de la

conciencia y del bienestar del cuerpo. Es posible y aun probable

que, al desembarcar en su patria, aquellas ideas llegaran á querer

apoderarse de su cerebro; pero un hecho triste, brutal, aterrador,

le había vuelto á sumir en la perversidad de su pasado. Su hermano,

aquel que iba á perdonarle, á abrirle sus brazos, á instalarle en

su propia casa, á darle participación en sus trabajos y en sus

alegrías, el que había de dejarle al morir toda su fortuna, tenía

resuelto casarse; había ya elegido la madre de sus hijos, y éstos y

ella misma le desheredarían á _él_, al único heredero, al legítimo

sucesor del comerciante rico y célibe. Volvía á escuchar, después de

veintiocho años de lucha, la terrible maldición que había presidido

á su nacimiento. Era el _segundón_, el paria, el mendigo eterno; y

ahora sin esperanza, sin probabilidades, sin enmienda en el _Mane_,

_Texel_, _Phares_, de su destino.

»Su consternación fué terrible, su resolución rápida y sublime para

el genio del mal que se la dictaba. Si hubiera poseído la cualidad

del valor, que no suele faltar á los grandes criminales, la muerte

de su hermano hubiese sido decretada y llevada á cabo con el puñal

ó el veneno; pero práctico en los lados horribles de la existencia,

pensó que las puñaladas morales son tan seguras como las que pueden

hacerse con una hoja de Albacete, y no se corre con ellas el peligro

del código y el castigo de la justicia humana.

»Esto en el caso de que el herido se dé cuenta de la mano que le

hiere, cosa que no sucede siempre, pues las circunstancias que rodean

al crimen y la destreza é hipocresía del criminal pueden alejar de la

víctima hasta la menor sospecha de quién puede haber sido su verdugo.

»En el plan que concibió Miguel se presentaban dos soluciones, y

ambas, calculadas con la frialdad perversa de un odio inveterado, le

aseguraban el porvenir de una impunidad perpetua y la posesión de la

fortuna del desdichado inocente que abrigaba con el calor de su seno

á la víbora que debía matarle con su incurable veneno.

»Veamos su proyecto. Ante todo y como base de sus ulteriores

resoluciones, era preciso conquistar el amor de Pilar, empresa que

él juzgaba, y con razón, no muy difícil, dados los antecedentes de

la joven y la diferencia que para una muchacha de poco austeros

principios había de existir entre el honrado comerciante esclavo

del trabajo, siempre ocupado en los negocios y desconocedor de las

superficiales, pero agradables pequeñeces del amor, y el hombre

corrido en conquistas amorosas, dueño de todo su tiempo, y práctico

en manejar las ventajas que la ociosidad, el trato de gentes y

el conocimiento de las flaquezas humanas pueden dar á un hombre

sobre una mujer superficial y amiga de los placeres materiales. Si

Joaquín Bernaregui, sencillo, serio, rico y desconocedor del corazón

femenino, era el bello ideal del marido, Miguel, calavera, elegante,

audaz y apasionado, era el modelo de los amantes. Claro es que si

éste se hubiera presentado á Pilar como aspirante á su mano, no era

ella tan necia ni estaba tan desprovista de sentido práctico que

le hubiese preferido á su futuro esposo; entre los dos hermanos la

elección no era dudosa. Aplicando á los hombres la clasificación que

Dumas hace de las mujeres, Joaquín era el hombre del hogar, Miguel

el de la calle, y Pilar tenía bastante pervertido el corazón para no

contentarse con el primero y para dejar de ver con agrado al segundo.

Podía ser al mismo tiempo, si las circunstancias la empujaban á tal

extremidad, amante del segundo y esposa del primero. No se equivocó

Miguel en sus juicios, ni vió fallidos sus proyectos. La tierra era á

propósito para la semilla que él pensó echar en ella, y la cosecha no

había de tardar en ser recogida.

»No tuvo necesidad de emplear todos sus recursos para aquella

conquista. Dos ó tres conferencias á solas, algunos obsequios

insignificantes y oportunamente ofrecidos, y más que nada una pasión

vehemente, perfectamente fingida, y una audacia repulsiva para las

jóvenes pudorosas y embriagadora é irresistible para casi todas las

mujeres que ya han conocido el placer de los sentidos, hicieron al

seductor dueño de aquella linda joven, elegida por Joaquín para ser

la guardiana de su honrado nombre y la sacerdotisa de su hogar.

»¿Cómo había de imaginar nunca el leal, el noble corazón de

Joaquín, que su propio hermano, el que le debía cuanto era y cuanto

pudiera ser en el mundo, y la mujer que iba á cambiar su posición

modestísima, casi miserable, por la consideración pública y la

fortuna santamente adquirida, se burlaban, le ofendían y encontraban

en su santo propósito la salvaguardia de su crimen y la impunidad de

su delito?

»Bien podían los infames saborear á mansalva todos los goces de su

pasión criminal; bien podían entregarse á todos los extremos de un

amor indigno: más seguros estaban aún por la cándida honradez del

ofendido que por sus bien pensadas precauciones. Hasta el cambio de

conducta que al parecer se efectuaba en Miguel era un nuevo lazo

en el que cayó Joaquín. De Pilar nada hay que decir: para mujeres

como ella el fingimiento es cosa baladí, y tanto cuanto mayor sea

la ofensa que hacen al hombre á quien engañan, tanta mayor es la

habilidad para fingirle cariño, ternura y simpatía. Nunca fué más

feliz el burlado Joaquín, nunca estuvo más seguro de su dicha en

la tierra, que durante aquellos pocos meses que habían de preceder

á su matrimonio. Dios, compadecido sin duda de sus anteriores

sufrimientos y premiando su laboriosidad, sus hermosos pensamientos y

su alma bellísima, le daba ya en la tierra el premio que pocas veces

concede al bueno antes de abrirle las doradas puertas de su cielo

perdurable.

»Y he aquí las dos soluciones previstas por Miguel al llevar á cabo

con tanta facilidad como perversión la conquista de su futura cuñada.

Si la casualidad ó el propósito deliberado hacían descubrir á su

hermano los criminales amores y la traición inaudita de los que le

ofendían, la puñalada moral estaba dada. ¿Sería bastante eficaz el

golpe para arrastrar á Joaquín al suicidio ó á la muerte natural,

como lógico resultado de uno de los más horribles desengaños de la

existencia? Y en caso afirmativo, lo que después de todo no era sino

una presunción verosímil, ¿no sería posible, y aun tan lógico como

el hecho mismo, que el herido de muerte, la víctima en fin de tan

odiosos manejos, desoyendo los consejos de su resignación cristiana,

se vengara de sus asesinos desheredándolos á la hora de su muerte, y

legando toda su fortuna al primer extraño, ó á los establecimientos

piadosos, echando por tierra su inicuo plan y sus infames cálculos?

Esta solución, pues, fué desechada de común acuerdo por los dos

amantes, que extremaron sus precauciones para que por entonces

quedara secretamente envuelto en el más profundo misterio su culpable

amor.

»La otra solución, si de término más largo, de más seguro éxito en

vida y luego en la muerte posible de Joaquín, era revestir con

caracteres de perpetuidad aquellas relaciones. Si el matrimonio tenía

hijos, hijos legales habían de ser siempre del marido, y por lo tanto

herederos de toda su fortuna, si grande entonces, mayor de seguro en

el porvenir. Si no los tenía, todo dependía de la maña, del engaño,

de la hipocresía de Pilar. ¿Quién con más derecho á la herencia del

esposo que la esposa fiel, tierna y cariñosa?

»No contaron, sin embargo, con lo que más tarde llamaron casualidad

imprevista y no era sino resultado lógico de sus actos. La vida

ofrece perpetuamente ejemplos de casos análogos. Lo mismo los

criminales, que los grandes pensadores, que los hombres de Estado,

incurren en torpezas totalmente indisculpables hasta á los ojos de

los tontos, de los locos y de los niños. En sus vastos proyectos, en

sus científicas lucubraciones, en sus cálculos profundos, miden y

pesan todas las dificultades, combinan todos los elementos, prevén

todas las eventualidades, atan en fin, como se dice vulgarmente,

todos los cabos, y dejan suelto el más sencillo, el más natural, el

que antes que ningún otro debía haber sido previsto y calculado.

»Y por eso el amor propio humano, que jamás quiere declararse

vencido y menos convencerse de su efímero acierto, apela para su

tardía y estéril defensa á la mudable suerte, y llama golpes de azar

y fatalidad de las circunstancias á lo que debía reconocer como

torpeza propia y como loca instabilidad y certidumbre de los cálculos

humanos. Por eso la fatalidad es la diosa de los soberbios y la

Providencia el Dios de los humildes. Por eso los que no conciben que

su talento sea tan torpe y su saber tan inútil, llaman á sus errores

el libro del destino; y los que no se fían de sí propios para acertar

en los cálculos á que dan lugar los acontecimientos de la vida, ven

en todos los resultados de sus equivocados juicios el dedo de Dios.

»¿Cómo no habían previsto los dos amantes, á pesar de todos sus

cálculos previsores, á pesar de todas las combinaciones de su

infernal proyecto, que abrazaba tan distintas y tan múltiples

probabilidades, la más sencilla, la más natural, la más fácil de

evitar de todas? ¡Ceguedad humana incomprensible, que había de

comprometer el éxito de todos sus planes y echar por tierra en un

momento sus laboriosas maquinaciones!

»Pilar estaba encinta. Si la boda no se celebraba con rapidez,

la solución del compromiso era, si no imposible, dificilísima.

Retardar con fingidos motivos el matrimonio y apelar al recurso de

una enfermedad para buscar, con el pretexto de necesitar los aires

nativos y la higiénica vida del campo, un hogar seguro donde dejar

ocultamente en poder de sus parientes la prueba de su deshonra, era

también expuesto á mil peripecias. Aquellos parientes, que no eran

después de todo más que un primo de la madre de Pilar y su esposa, no

podían tener gran cariño á la que voluntariamente se había eximido de

sus consejos y de su tutela moral, viviendo á su gusto, libre y no

con excesivo recato, desde la edad de diez y seis años; es decir,

desde la época en que más necesitaba la protección y la vigilancia de

unos parientes honrados. Si las noticias que de su sobrina llegaban

á sus oídos no eran para tranquilizar los escrúpulos de unas gentes

morigeradas en sus costumbres y firmes en sus creencias, y ellas

habían motivado la frialdad de aquel afecto de familia hasta el

punto de que una y otros sólo se escribieran en las solemnidades de

pascuas y celebración de natalicios, ¿cómo recibirían á la huéspeda y

cómo iba ésta á hacerlos cómplices discretos de su deshonor y de su

infamia?

»Si al tener noticia, por ella misma, del próximo casamiento de

su sobrina con el honrado y rico Bernaregui, se habían atrevido

á contestarla que antes de darle su mano le confesara todas sus

imprudencias ó ligerezas que podían haber comprometido su nombre,

y jurara en manos de su futuro esposo el firme propósito de la

enmienda, no suponiéndola, sin embargo, culpable de completos y

trascendentales errores, sino de coqueterías y noviazgos repetidos,

¿cómo contar con ellos para que en su honrado hogar cayera aquel

borrón indeleble, y más aún, para que ocultando al mundo entero la

falta de su sobrina, la ayudaran á engañar villanamente al hombre

digno que la recibiría después en los altares como doncella honrada y

esposa digna de llevar su nombre?

»Esto era imposible, absurdo, irrealizable. Y ¿cómo teniendo familia

ó personas de ella que pudieran acompañarla en otro viaje á más

lejanos climas, había de inventar la prescripción médica de ese

plan curativo, si carecía de los medios de realizarle sola, y no

era natural que su futuro cuñado la acompañase? ¿Y si Bernaregui

se resolvía á abandonar su fábrica con el objeto de acompañar á su

prometida, para ver por sí mismo cómo se curaba de aquella enfermedad

tan repentina é incomprensible?

»Decididamente, lo mejor, lo más oportuno para conjurar todos los

peligros de aquella terrible situación, era obligar á Bernaregui

á acelerar la boda. ¿En qué fundar aquel deseo, poco disculpable

en una joven honrada? ¿Por qué medios conseguir que fuera el mismo

novio quien propusiera á Pilar la rápida celebración del matrimonio

acordado para algunos meses después, y para el que, creyéndole

relativamente lejano, no había nada dispuesto?

»Esta era la cuestión difícil, y los cómplices apelaron para

resolverla á un recurso ingenioso. Se escribieron dos anónimos, uno

dirigido á Bernaregui y otro á Pilar. Claro es que la redacción de

ambos corrió á cargo de Miguel, y que en ellos se encontraron después

las pruebas de su culpable connivencia.

»El dirigido al novio estaba concebido en estos términos:»

Al decir estas palabras el notario sacó de su bolsillo una cartera y

de ella dos cartas, que demostraban por su color y la señal de sus

dobleces que habían sido leídas con frecuencia. Desdobló la primera y

leyó lo siguiente:

«SR. D. JOAQUÍN BERNAREGUI.

«Un leal amigo, que debe á usted muchos favores y se interesa

como es justo por su felicidad, le avisa que hay quien pretende

arrebatar á usted el amor de su prometida; que reune atractivos

de juventud y riqueza, y emplea todo su tiempo, que le tiene de

sobra, para hacer valer sus méritos personales, y que si usted

por apatía ó demasiada confianza retarda alcanzar la dicha que

espera, es posible que cuando se decida usted á reclamar las

promesas de la mujer que adora, sea ya tarde para conseguirla.»

»El segundo anónimo era de otro género, y debía dar margen, caso de

que Bernaregui no diese importancia al primero, á una resolución

sensata y digna al parecer por parte de la novia.

»Este era el segundo.»

El notario abrió otra carta y la leyó:

«Adorable Pilar: Soy demasiado hombre de mundo para caer en el

lazo que ha tendido usted á los necios, creyendo en la anunciada

boda de usted con Bernaregui. Los amores de ustedes son demasiado

públicos, y sus continuas entrevistas demasiado secretas, para

no descubrir su verdadera significación. Y como la irresistible

belleza de usted y sus naturales aspiraciones la hacen digna

de posición mucho más brillante y de porvenir más positivo que

el que puede ofrecerla un modesto comerciante, me apresuro á

confesarla mi pasión amorosa. Soy sumamente rico, libre, joven,

y poseo un título nobiliario. No tengo familia á quien dar

cuenta de mis actos; mis inmensas posesiones en Francia é Italia

la ofrecen á usted seguro y fastuoso asilo en nuestra luna de

miel, y de ellas puede usted elegir la que más le agrade como

regalo _de boda_. Si un día, lo que no es creíble, usted ó yo nos

convenciéramos de que no podíamos ser felices prolongando nuestra

unión, siempre le quedaría á usted, en cambio de un amante

aborrecible, una fortuna soberbia, constituída legalmente en dote

el día antes de ponernos en camino.

»Una maceta de flores colocada mañana en su balcón me indicará

que acepta usted en principio mis proposiciones, y me autorizará

para pedir á usted una entrevista con los testigos que usted

elija, para que en ella, y escuchando de viva voz el inmenso amor

que la profeso, decida usted de su suerte y de la mía.»

»Entre las dos cartas habían de mediar cuatro días: no era posible

esperar más; el tiempo urgía, y antes de tomar otra determinación

extrema, convenía ver el resultado de los dos anónimos.

»El que recibió Bernaregui no dió solución al asunto. El comerciante

se guardó muy bien de leérsele á Pilar, y sólo la manifestó que

convendría fijara ella misma la fecha de su matrimonio, dentro de

tres ó cuatro meses. Desde luego empezarían á elegir telas para el

_trousseau_, se encargarían los muebles que Pilar deseara tener para

su tocador, y nada más. Del anónimo ni una palabra. Era demasiado

noble el corazón de Bernaregui para concebir la menor sospecha

respecto al desinteresado y fiel amor de su futura; y si por desdicha

hubiera abrigado una duda ofensiva respecto de ella, su castigo era

devorarla en silencio y no ofender á una mujer honrada con infames

sospechas.

»El que recibió Pilar no hubiera quizá producido tampoco efecto

alguno, á ser entregado por ésta á su futuro; pero tomó otro camino

que, aunque más largo, debía llevar más pronto al término deseado.

»Pilar, que no frecuentaba asiduamente el confesonario, iba á él

sin embargo en el tiempo que marca como máximum el padre Ripalda,

y no debía cumplir muy bien con los preceptos del sacramento de

la penitencia cuando, contando á su confesor, la misma mañana que

recibió el anónimo, toda su falsa vida y ocultándole la verdadera,

le pidió consejo en aquella tribulación. Juró y protestó que era

honrada y por nada ni por nadie quería dejar de serlo: que amaba á

Bernaregui y de él sólo quería ser esposa; pero que la duración de

sus castas relaciones, la soledad en que vivía y quizá la diferencia

de fortuna de ambos novios daba lugar á los malos juicios de las

gentes ociosas ó mal pensadas. En situación tan delicada y expuesta

para su honra, puesto que autorizaba al primer atrevido á faltarla

al respeto y á la consideración que se merece la virtud, por modesta

y humilde que sea, lo que convenía era acelerar el matrimonio,

llevarle á cabo en seguida, y dejarse de _trousseaux_ y muebles para

después de celebrado, y acabar así de repente y para siempre con la

maledicencia y la audacia. Ella no debía hacerlo por decoro, pero un

sacerdote no estaba en ese caso y podía y debía proponerlo en bien de

todos.

»El confesor cayó en el lazo: aprobó la discreta y cristiana

resolución de su penitente, secó sus lágrimas, y resuelto á cumplir

con los deberes de su ministerio, calificó de urgente el asunto y se

dirigió con paso rápido á casa de Bernaregui.»

[Ilustración]

[Ilustración]

Si yo fuera rico! Novela original · 第 16 / 38 题