SIGUE CRECIENDO LA MAREA

Á dos pasos de Puig y con el semblante algo descompuesto, entró

Ramiro con varias cartas abiertas en la mano y se dirigió á ocupar

su puesto en la mesa grande que estaba en el rincón más obscuro del

escritorio. El principal se adelantó á Ramiro, y continuando la

conversación que debían traer por el corredor de entrada, le dijo:

--Se empeñan en no pagar el trimestre, y hay que averiguar si son

ciertas sus disculpas.

--Aseguran que la cosecha ha sido malísima, que no han podido vender

el grano.

--Por eso decía que es necesario saber la verdad. Si, por desgracia

de todos, los pobres no pueden satisfacer lo que me deben, yo nada

los exijo. El mal es más grande para ellos que para mí. Se les da un

plazo prudencial..., y se les espera. Si mienten, se les ejecuta;

digo, si no piensa usted de diferente modo.

--¿Yo? Líbreme Dios. Á usted le toca mandar, y á mí resignarme con

sus órdenes; pero siento que me dé usted comisión semejante.

--Á mí me parece que sin principios de orden y de justicia no hay

capital que pueda defenderse.

En este momento, los ojos de Puig, distraído hasta entonces, se

fijaron en los tres individuos que estaban en el escritorio antes

de su llegada y se habían quedado casi petrificados al verle. Doña

Bernarda aparecía en primer término, y detrás de ella casi se

escondía su sobrina con los ojos bajos y encendidas de rubor sus

mejillas, más sin duda por la inesperada presencia de Ramiro que por

la de su principal. Rispall pasaba el plumero con insistencia por

sillas y legajos.

--¡Ah! No había visto á ustedes--dijo D. Juan con acento de sorpresa,

comprendiendo que de algo inusitado se trataba cuando tan temprano

invadían el escritorio Bernarda y su sobrina. Miró á ambas fijamente

y ninguna de ellas sostuvo su mirada: contentáronse con responder un

«buenos días» que más parecía despedida que salutación. Rispall fué

el único que, conservando su aplomo y su superioridad cómica, añadió:

--Lo mismo digo--como si se dignara rebajarse saludando, no á un

compañero, sino á un mozo de cuadra ó á un mendigo.

Puig, al escuchar su voz y al advertir su gesto, se encogió de

hombros con indiferencia y se contentó con decirle:

--Qué, ¿estás aún aquí? ¿Dos horas para mal limpiar tres libros y dos

legajos?

--¿Qué es eso de mal limpiar? Desafío á cualquiera...

--¡Basta!--dijo Puig, señalando á Rispall la puerta del escritorio.

--¡Y sobra!--respondió éste, marchándose con su plumero en la mano á

guisa de espada, y dando un portazo que hizo retemblar las puertas

vidrieras de todas las ventanas.

Reprimió D. Juan un pequeño movimiento de ira, y dando dos pasos

hacia el centro de la habitación, se dirigió á Lucía preguntándola:

--¿Y tu padre? ¿No ha bajado por aquí todavía?

--No, señor...

--Está ya recorriendo los talleres...--dijo Bernarda, interrumpiendo

á su sobrina y disculpando la ausencia de su hermano.--Ha madrugado,

como siempre.

--¡No preguntaba yo tanto!

--Y á estas horas está toda la casa arreglada y limpia. No creo que

tenga usted motivo de queja de nosotros.

--Y ¿quién la dice á usted semejante cosa? ¿Cuándo ni cómo me he

metido yo en tales pequeñeces? ¿No es usted el ama verdadera de mi

casa? ¿No manda usted y dispone en ella á su antojo?

--Según y cómo, Sr. D. Juan, según y cómo. Me guardaré yo muy bien

de extralimitarme. Sé cuál es mi puesto y cumplo mi obligación de ama

de llaves con la mayor escrupulosidad. Á eso me atengo, que eso es lo

que usted ha dispuesto, y eso y no otra cosa es lo que verá usted en

mí toda la vida.

--¡Qué ama de llaves ni qué zarandajas! Señora, yo estimo á usted

tanto como quiero á Benito, mi compañero y amigo desde los primeros

años de nuestra juventud. Yo tengo á Lucía, mi ahijada, un cariño

verdaderamente paternal; y puesto que ustedes son mi única, mi

verdadera familia, puesto que en ustedes tengo vinculadas todas mis

afecciones y como á familia mía los trato y los riño, cuando viene al

caso, exijo de ustedes, no el ceremonioso afecto con que me pagan,

sino la leal amistad que les he tenido siempre. Esa es la única queja

que yo tengo de ustedes, y esa es la verdadera alegría que le falta á

mi corazón.

--Su corazón de usted se guarda de tal modo las cosas, que es punto

menos que imposible adivinarlas. Antiguamente...

--Antiguamente, como ahora, y ese es su error de usted, los he

querido y tratado del mismo modo. Si mi carácter no ha sido nunca

expansivo y alegre, si tengo el defecto, que todos tenemos alguno, de

reconcentrar en mí mismo mis sentimientos y de no dar dos cuartos al

pregonero para que el público sepa y se entere de mis penas ó de mis

alegrías, no por eso dejo de tener, como cualquiera, unas y otras; y

lo extraño es que ustedes, que deben conocerme al cabo de tratarme

tantos años, interpreten torcidamente, en perjuicio de nuestro mutuo

afecto, mis palabras y hasta mi silencio.

--Lo que es yo, padrino, no sé...--dijo tímidamente Lucía.

--Por mi parte no creo haber dado motivo á semejante filípica--dijo

Bernarda,--y si usted tiene hoy mal humor, como de costumbre, y

quiere pegarla injustamente con nosotros, podía decirlo más claro...

--¡Y volvemos á la misma tema! Parece que tiene usted decidido

empeño en no querer entenderme. Puesto que hoy, contra mi costumbre,

me manifiesto expansivo y he dejado á mi corazón que vierta algo

de la amarga hiel en que rebosa, procuren ustedes entenderme, que

bien claro hablo. Yo no me he quejado nunca, ni me quejo hoy, ni

me quejaría jamás, aunque no me faltara motivo para ello, de su

conducta de ustedes en el cumplimiento de las obligaciones que

ustedes, más que yo, se han impuesto. Usted, doña Bernarda, se ha

empeñado en llamarse ama de llaves; Benito sigue llamándose cajero,

y uno y otra son tan amos como yo de cuanto hay aquí, á pesar de no

querer aparecer más que como empleados míos. Santo y muy bueno, á su

gusto y con su pan se lo coman; pero yo he cumplido siempre lo que

les dije al morir mi querido Bernaregui y al encontrarme heredero

de su fortuna. Esta es su casa: aquí todo el mundo vive conmigo y

aquí nadie paga nada más que yo. Ustedes quisieron tener sueldo

fijo, para conservar su independencia, me dijeron, y se hizo lo que

ustedes deseaban. ¿Les parece poco el que entonces me pidieron? Pues

señálense el que quieran; á mí no me importa el dinero, y todo el que

yo tengo es tan suyo como mío. Hablemos claro de una vez: dejémonos

de suspicacias y de recelos y examinen su conciencia, que de seguro

no ha de estar tan limpia como la mía.

--Nuestra conciencia está al nivel de nuestra honradez--respondió con

gesto desabrido doña Bernarda;--y si administramos en cierto modo

algo de su casa, tanto mi hermano como yo somos incapaces de pagar

mal la confianza que en nosotros ha depositado.

--Pues la pagan ustedes muy mal, señora. ¿Por qué responden á

mi cariño con su frialdad y con ese constante aire de reserva

contrariada y de resignación ceremoniosa? ¿Qué notan de malo ó de

desconsiderado en mi conducta, para que á mis perseverantes pruebas

de afecto leal y desinteresado respondan con semblantes esquivos y no

con caras placenteras?

--La gratitud, Sr. D. Juan, no es un sentimiento alegre, y con tal de

tenerla, cada uno la manifiesta como puede.

--El respeto que todos tenemos á usted...--añadió Lucía.

--¿Y quién les pide á ustedes ni respeto ni gratitud? Cariño es lo

que creo tener derecho á pedirlas y eso es lo que les pido, y eso es

lo que ustedes, con muy mal corazón, se empeñan en negarme.

--¡Oh, no lo crea usted, padrino mío! Yo le quiero, y le quiero

mucho; pero también debe usted conocer que su carácter serio no es el

más á propósito para excitar en los demás, y con más razón en los que

de usted dependen, confianza y expansión. Y sin embargo, basta con lo

que usted acaba de decir, para que yo me enmiende desde hoy y le haga

comprender que no soy ingrata á sus beneficios.

--¡Y dale con la gratitud! Olvida esa palabra y dame en cambio las

muestras que quieras de tu cariño, pagando el que te profeso. Vamos

á ver. Sé franca. Á algo habrás venido aquí al escritorio con tu tía

tan de mañana. ¿Me buscabas? ¿Querías algo de mí? ¡Verás qué pronto

nos entendemos!

Sin duda Lucía esperaba alguna mirada que la diera ánimos para

contestar á D. Juan; pero Bernarda había bajado sus ojos, no sabemos

si convencida ó irritada por las palabras de Puig, y Ramirito...,

éste garrapateaba con furia en su pupitre fingiendo sin duda que no

oía la conversación ó dando á entender que no iba con él nada de

aquello. La pobre niña se vió desamparada en aquel trance supremo y

sólo balbuceó:

--Yo no sé..., no debo ser yo...

--Habla, hija, habla..., no temas...

--No me corresponde hablar á mí... Mi padre es el que prometió ayer

hablar á usted de un asunto muy importante.

--Tu padre nada me ha dicho, como nada me dice nunca.

--Pues á falta de mi padre..., yo creo que mi tía...

--Vamos, doña Bernarda, ¿qué ocurre? Deje usted ese aire de matrona

ofendida y de estatua. Baje usted de su pedestal y dígame qué sucede.

--Si para usted soy una estatua, no me faltarán motivos, señor mío.

Más valiera que no me pusiese usted en ridículo y no me exigiera lo

que yo no puedo darle. Soy su ama de llaves y no otra cosa. No tengo

más que decirle.

--Nos dejó pegados á la pared, hija, no hay manera de entendernos.

Habla tú, y cree que nos será más fácil á ti y á mí llegar á un

acuerdo.

--Á mí me parece que soy la única que no debe hablar. Si mi tía y mi

padre guardan silencio, quizá otra persona puede hablar por todos.

Respondiendo á esta indirecta, que no podía ser más clara, oyóse el

ruido de un taburete, y Ramiro, adelantándose con paso rápido, vino

á ocupar el centro de la estancia. Su aire resuelto, su enérgico

ademán, dieron valor á Lucía, que se acercó más á Puig. Éste se

sonrió con malicia, y fingiendo una sorpresa que estaba muy lejos de

sentir, por estar, como todo el mundo en la fábrica, enterado de los

misteriosos amores de los dos chicos, se dirigió á Ramiro diciéndole:

--¡Calla! ¿Es negocio que le corresponde á usted?

--D. Juan, me corresponde á mí y á todos nosotros.

--Me ponen ustedes en cuidado. Ya le escucho... ¡Veamos!

--Sr. D. Juan, yo amo á su ahijada Lucía con toda mi alma. Su

hermosura, sus bellísimas cualidades, su modestia y su virtud me

tienen completamente hechizado. Ella corresponde á mi pasión con toda

su alma y ambos hemos decidido acudir á usted para que nos conceda su

beneplácito.

--¿Pero qué dice mi amigo Benito á todo esto?

--El padre de Lucía--continuó Ramiro--me ha concedido la mano de su

hija, pero me ha exigido al mismo tiempo que alcancemos el permiso de

usted, ya que es usted el padrino y el protector de la que ha de ser

mi esposa.

--Eso es lo que sucede, y me parece que ahora no se quejará usted de

nuestra falta de confianza y de cariño--dijo Lucía acercándose á D.

Juan, que la estrechó tiernamente y por breves instantes entre sus

brazos.

--¿Conque tu padre aprueba tu elección?

--La aprueba completamente, y claro es que, aprobándola él, los demás

debemos conformarnos con su voluntad y no meternos en más--dijo

Bernarda, queriendo dar por terminada la conferencia.

--No sea usted tan súbita, señora, y déjeme usted meter mi cucharada,

que para algo habrán querido los chicos contar conmigo.

--Esperamos con ansiedad su consentimiento--dijo Ramiro.

--Su opinión, querrá usted decir--gruñó Bernarda.

--Y tiene usted razón; de mi opinión se trata, pues el consentimiento

lo ha dado Benito, que es á quien únicamente corresponde. Pues mi

opinión, muchachos, es que se debe aceptar en principio tal proyecto

y que yo, por lo que á mí toca, no lo desapruebo. Tú eres buena, hija

mía, pero me pareces un poco más impaciente de lo justo por dejar

tu feliz situación de hija de familia; él es honrado y trabajador,

pero no pone todo lo que puede para adquirir mayores conocimientos y

arrojarse decidido en la carrera comercial, que paga casi siempre la

actividad y la perseverancia con la fortuna. En una palabra, los dos

sois demasiado jóvenes para el matrimonio: por esperar no perderéis

nada, y por apresuraros en cargar con grandes obligaciones os

exponéis á perder mucho. Yo tomo á mi cargo el asunto. Daré á Ramiro

alguna participación en mis negocios; quizá convendrá que le mande

algún tiempo fuera de Barcelona, á Cette, á Marsella, por ejemplo.

Si es listo, si trabaja, si se hace digno de mi protección y de mi

afecto, tu mano será su recompensa. ¿Te parece bien?

--¿No lo dije? ¡Adiós boda!... ¡Si ya me lo temía, sobrina!

--Yo hablaré después de este asunto con Benito...

--No se moleste usted; ha resultado lo que temíamos--dijo doña

Bernarda con entonación resuelta y queriendo pluralizar sus malos

pensamientos para que Puig no se fijara sólo en ella.--¡Era natural

que así sucediese!

--¿Qué quiere usted decir, señora?

--Que del dicho al hecho hay gran trecho, y que no es lo mismo

prometer una cosa que cumplirla.

Lucía y Ramiro, que con la contestación de D. Juan se habían quedado

mudos y no disimulaban su desaliento, oyeron de distinta manera las

palabras de Bernarda, que iban sin duda á producir una tormenta.

Lucía protestó á su modo de aquellas palabras tirando á su tía del

vestido, como aconsejándola que debían ambas retirarse: Ramiro, por

el contrario, espoleó con su gesto de aprobación el partido adoptado

por Bernarda.

--Hable usted claro y de una vez, y no me venga con sarcasmos ni

indirectas. Sepamos lo que usted quiere darme á entender con su

refrán--la dijo Puig.

--Pues lo que quiero dar á entender no puede ser más claro. Quiero

decir, y digo, que si se ha arrepentido usted, como es costumbre

suya desde hace algún tiempo, de todas sus promesas y no quiere dar

hoy á mi sobrina el dote que la ofreció para cuando se casara...,

lo diga usted claro y no ande con disculpas y con pretextos que no

necesitamos.

--¡Pero qué mezquinos y miserables pensamientos son los de ustedes!

--Padrino, yo juro á usted que no he pensado nada malo.

--¿Cuál ha sido mi respuesta al plan de esa boda? Ó yo estoy loco ó

es que quieren ustedes hacerme perder el juicio. Yo quiero á Lucía

como si fuese mi propia hija, y si Benito tiene sentido común y no

se ha vuelto estúpido con los consejos disparatados de su hermana,

opinará lo mismo que yo. Lucía tiene diez y siete años; Ramiro,

veintitrés: ¿qué edad es esa para casarse y para empezar tan pronto á

llevar la pesada carga de padres de familia? Trabaje él algún tiempo,

espere ella, y si yo me muero de repente ó me arruino, lo que no es

difícil, que tengan algo propio con que mantenerse y dar carrera

á sus hijos. ¿Qué hay en esto de tiránico ni de egoísta? ¿Con qué

ojos me miran ustedes, que ven en todos mis actos, hasta en los más

racionales y sensatos, un cálculo interesado, no un cariño previsor?

--Yo hago justicia siempre y hoy más que nunca á sus determinaciones

de usted y estoy dispuesta á obedecerle en todo--respondió Lucía

conmovida.

--¡Eso es! Hágala usted llorar ahora. ¿Á que tenemos todavía que

pedirle perdón después de haber destruído todos nuestros planes?

--Señora, ¡es usted capaz de concluir con la paciencia de un

santo!--dijo ya casi fuera de sí D. Juan, paseándose por el

escritorio.

--¡Póngase usted ahora como un energúmeno, después de querer

tiranizarnos aun en nuestros más pequeños negocios, cual si fuéramos

sus esclavos!

--Doña Bernarda, haga usted el favor de retirarse--la dijo Ramiro,

interponiéndose entre ella y D. Juan.--El principal no está ahora

para atender á razones y podríamos tener un disgusto muy grande.

--Oiga usted, D. Chiquilicuatro--gritó Puig, ya en el colmo de su

furor;--yo estoy siempre para escuchar razones; lo que no estoy

dispuesto á escuchar nunca son necedades ni disparates.

--¡No todos podemos ser sabios!

--Tía, por Dios... Tranquilícese usted.

--Repare usted, Sr. D. Juan.

--¡No me da la gana de reparar en nada!...

No sabemos dónde habría llegado á parar la exasperación de los

ánimos, y más que nada los gritos y manoteos de doña Bernarda, si no

hubiera aparecido de repente Benito exclamando:

--¿Pero qué pasa aquí? ¿Qué voces son esas?

--Hombre, á buen tiempo vienes--exclamó al verle Puig, dirigiéndose á

él que le contemplaba absorto.--Veremos ahora lo que tú me contestas.

--¡Yo! ¿Pero de qué se trata? ¿Qué es lo que te sucede?

El bueno de D. Benito no hacía más que mirar alternativamente á todos

aquellos energúmenos, sin poder comprender lo que veía.

--¿Qué me sucede? Ahora mismo vas á saberlo y de una vez para todas.

Ya estoy cansado, ya estoy harto de sufrir vuestras injusticias.

Sucede que haciendo por todos vosotros cuanto es mi deber, y

mucho más que mi deber, cuanto el cariño de la amistad impone,

vuestras suspicacias ó cavilosidades, vuestro rigor y hasta vuestro

desagradecimiento me ofenden sin cesar y me hacen renegar hasta de mí

mismo.

--Ya oyes cómo tu eterno amigo nos juzga y nos insulta.

--¿Pero qué sucede para que nos trates así?

--Peor me tratáis vosotros, y ya es hora de que yo me queje... Sucede

que con vuestros rostros huraños, con vuestras palabras ofensivas y

con vuestras suposiciones infames pagáis mi constante y bien probado

afecto. Que todos vosotros, en vez de mirar en mí un padre, un

hermano y un amigo cariñoso, os gozáis en interpretar de mala manera

todos mis actos, y que no hay forma de merecer vuestra aprobación en

nada de cuanto haga ó diga, aunque sea sólo en provecho vuestro. ¿Lo

entiendes ahora? Pues eso es lo que pasa hace ya mucho tiempo. ¿Crees

que no comprendo los eternos suspiros, las malévolas insinuaciones

y los aires de víctima sacrificada de tu ridícula hermana? ¿Crees

que no me desespera el aire de timidez y la reserva incomprensible

de tu hija, siempre que á ella me dirijo? ¿Acaso te figuras que no

te oigo cuando te quedas solo en el escritorio y alzando los ojos

al cielo exclamas con plañidero acento: «¡Si yo fuera rico!»? ¿Qué

harías, pobre necio, si fueras rico, con una familia como la tuya y

un carácter como el tuyo?

--Hombre, hombre, me parece que te excedes...

--¡Déjale que nos befe y nos insulte!...

--Hoy es día de verdades, y han de salir todas de mis labios. Vamos

á ver, deja esa apatía y respóndeme sin rodeos. ¿Qué quejas tienes de

mí?... Respóndeme: ¿cuál es tu conducta para conmigo en pago de la

mía?

--¿Mi conducta? La más correcta, la más exacta en el cumplimiento de

todos mis deberes. Me levanto siempre al ser de día, doy una vuelta

por los talleres, examino los almacenes, vengo al escritorio, en él

estoy sin levantar cabeza seis ó siete horas... Mi adhesión hacia

ti y mi interés por los negocios de la casa no tienen límites; y

en cuanto á exactitud en mis cuentas..., ahí tienes los libros;

examínalos despacio...

--¡Cuentas!... De tu corazón te las pido, que no de tus libros.

¿Cuándo ni cómo he dudado yo de tu honradez?

--¡Pues sólo faltaba eso!--se atrevió á decir todavía doña Bernarda.

--Yo te ruego que las confrontes... desde el último arqueo...

--¡Vete al infierno con tu arqueo y tus números! Ya te he dicho que

no se trata de tu probidad comercial, de tu conducta como cajero, ó

como empleado, ó como dependiente ó como quieras, sino de tu amistad

para conmigo. Estos no son negocios de dinero, ¿lo entiendes?, sino

de alma.

--Pero vamos á ver..., ¿qué ha pasado aquí? ¡Á ver si nos entendemos!

--Nada más sencillo...: que le hemos hablado de la boda de tu hija...

--¡Ah, vamos, ya lo comprendo! ¿Y quién os ha metido á vosotros en

semejante cosa? ¿No quedamos en que yo sería el que le hablara de tan

delicado asunto? Incontinencia de mujeres, Juan...

--Y parece que ese plan no le acomoda hoy á tu amigo. ¡Puede que no

vayan bien sus negocios! Y como prometió dotar á tu hija, nada tiene

de particular que nosotros hayamos pensado...

--¿La oyes? ¡Pero no la oyes! ¡Si parece que la inspira Satanás!

--No, no, en eso tiene razón, amigo mío. Y si te opones á esa boda

por el dinero que haya de costarte..., yo desde ahora...

--¡Vamos! ¡Dios me dé paciencia!--dijo Puig, reprimiéndose.

--Si no quieres ó no puedes darla hoy lo que la has prometido...

--¡Benito!...

--Tú eres el amo..., y nosotros no hemos de pedirte nada. Hartos

favores te debemos. ¡El pan que comemos es tuyo!

--¡Si cuanto más me explico, más estúpidos se vuelven!--le respondió

D. Juan sin poder ya contenerse.

--No es necesario para eso que nos insulte usted. No le hemos faltado

en nada y no merecemos trato tan indigno...

--Y si es que quieres echarnos de tu casa..., lo dices claro...

--¡Esto ya no puede sufrirse!...--decía Puig desesperado.

--Y nos iremos sin despegar los labios, ¿lo entiende usted?

--Y ahora mismo, si tal es tu deseo...

--Papá..., tía..., ¡por Dios!

--¡Tu hermana está loca... y tú eres un tonto!

Y sin decir ni escuchar más palabra, Puig salió del escritorio.

Había acumulado durante tanto tiempo en lo más profundo de su corazón

tal cantidad de desencanto y de pena, que se sintió aliviado de su

peso con el esfuerzo que acababa de hacer. Su carácter reconcentrado,

su calma habitual no habían bastado á contenerle en el límite de las

conveniencias sociales, y es que lo que más subleva al hombre, por

resignación que tenga y por sangre fría que atesore, es la injusticia.

Al ver mal interpretadas sus mejores intenciones, al escuchar las

ruines sospechas de aquellos desagradecidos, al sentirse herido por

los injustos dardos de la ingratitud y de la envidia, dejó de ser el

hombre reflexivo y el espíritu tranquilo que estaba acostumbrado á

desdeñar las pequeñeces humanas. Había gritado, vociferado, insultado

á sus falsos amigos, y al recordar la triste escena, sentía haberse

dejado arrastrar por la ira, pero experimentaba al mismo tiempo el

dulce bienestar de una necesidad satisfecha, la de la defensa propia.

Pero volvió á poco rato la calma á triunfar de su razón. Entró

en su cuarto de vestir, cogió el sombrero y se lanzó á la calle,

necesitado de aire puro para respirar á sus anchas y de movimiento

para distender sus nervios.

Los que encuentran en las obras dramáticas inverosímiles los

monólogos, y fundan su equivocado juicio en que en el mundo real sólo

hablan solos los locos, están en uno de los errores más crasos de la

inteligencia humana.

El teatro es una copia de la vida, y el autor dramático sólo usa

de la licencia de hacer hablar alto al que piensa, para poner de

manifiesto al público sus ideas y su pensamiento; pero el hombre

monologuiza en todas las situaciones graves de la vida. Cuando la

pasión se pone en lucha con el raciocinio, cuando un vasto proyecto

necesita del cálculo para su completa elaboración, el hombre habla

solo, aunque no sea en voz alta, y muchas veces, muchas, sorprendemos

en la calle, en los paseos, hasta en las reuniones públicas, á

hombres y mujeres que en medio de su abstracción profunda lanzan

palabras sueltas ó suspiros entrecortados ó carcajadas expansivas,

y aquellos hombres y mujeres no están ni más ni menos locos que el

resto de los humanos.

En esa situación de ánimo estaba Puig al encontrarse sin saber cómo,

y llevado inconscientemente por sus pies distraídos, en el paseo de

Gracia.

«Todo es inútil--pensaba y se decía á sí mismo;--ni la bondad, ni la

tolerancia, ni el amor pueden conseguir que nos perdonen la riqueza

los que se creen con más derecho á ella que nosotros. Yo procuro ser

bueno, generoso, justo con todos los que me rodean, y sólo recojo

de mi siembra de beneficios cosecha de ingratitudes y de odios mal

encubiertos. ¡Oh envidia del bien ajeno! ¡Oh codicia de los bienes

de fortuna, tan inútiles para conquistar corazones! ¿Qué extraño es

que el hombre busque por todos los medios la posesión del oro, si ese

metal codiciado es la piedra de toque de todos los afectos humanos?

»Mi amigo Benito, á quien hoy juzgan todos bueno, sensible, humilde,

generoso, ¿sería juzgado del mismo modo si poseyera mi fortuna? ¿No

se deja decir á boca llena que, _si él fuera rico_, nadie padecería

á su lado y que sólo emplearía su fortuna en hacer dichosos? ¿Y no

quiero yo hacer lo mismo que él pretende y sólo consigo su desdicha y

la mía?

»¿Si seré yo el injusto y el desconsiderado, y tendrán todos razón

contra mí, que me creo el único sensato y razonable? ¿Quién sabe si

el dinero me habrá hecho adusto, tiránico, despótico, y lo que yo

creo razón, justicia, derecho, no son más que palabras mentidas con

las que el egoísmo y el amor propio pretenden disfrazar mis defectos

y mis vicios?

»Con esta duda es con la que no puedo vivir. Esta es la verdadera

causa de mi tristeza continua; esta desconfianza de mí propio es la

que me condena á perpetua melancolía. Ó ellos ó yo nos equivocamos, y

yo quiero salir de esta incertidumbre. He vacilado mucho, pero hoy

estoy resuelto... ¡Ayúdeme Dios y dé con su eterna sabiduría razón al

que la tenga!»

Y diciendo estas últimas palabras casi en voz alta, como en monólogo

de teatro, apresuró el paso y se dirigió á una casa de la rambla

del Centro. En el portal y grabado en una placa dorada se leía este

letrero: _Ortiz de Llauder, Notario_.

[Ilustración]

[Ilustración]

Si yo fuera rico! Novela original · 第 12 / 38 题