XIV.

Ya el sol sobre su ocaso descendia

abrillantando las hinchadas aguas,

y en el brumoso y cárdeno horizonte

rojas, cual sangre, amenazantes ráfagas,

próxima tempestad y formidable

fatídicas, siniestras, auguraban,

cuando el Rey por las puertas de Almuñécar

se metió con Ataide y con su guardia.

Transidos, sudorosos los caballos

de la violenta presurosa marcha,

por montañas que al cielo se atrevian,

por valles que al abismo se humillaban,

inútiles al fin hubieran sido

á seguir la durísima jornada.

Supo el Rey que Jucef partido habia

con rumbo hácia la roca solitaria,

que avanzada á la mar con su arrecife

desde los muros, al levante, vaga,

coronada de niebla se veia

como un siniestro aterrador fantasma.

Aun léjos de ella, sobre el mar inquieto,

á toda vela un barco se alejaba,

y de sus remos la pujante fuerza

ayudaba del viento á la pujanza.

--¡A la playa!--con voz temblando en ira

el Rey prorumpe, y á la playa bajan;

se quedan los caballos en la arena,

el Rey y Ataide y los zenetes saltan

á una larga y fortísima almadía,

que las agudas velas desplegadas,

el arraez atento al gobernalle,

la chusma al remo en las salientes bandas,

su bandera de rey enarbolando,

del barco de Jucef se pone en caza;

crecen las sombras y la bruma crece;

las olas, cual montañas, se levantan

rodando en turbillon, rugiendo horribles

al formidable empuje de la racha;

crujen atormentadas las maderas,

saltan silbando las forzadas jarcias,

y el Rey, que se mantiene en la crujía,

Ataide al lado, que agoniza y calla,

el Rey, que sin pavor mira la furia

del viento y de las olas encrespadas,

grita con ronca voz:--¡Cargad las velas!

¡á la chusma azotad! ¡la fuerza brava

venced del mar y el viento! ¡avante, avante,

que ese infame traidor se nos escapa!--

Y tanto reman, tanto maniobran,

que al fin la nave de Jucef alcanzan,

y los enormes ganchos de abordaje

en ella aferran y su mura asaltan;

como una tromba los zenetes entran,

cuanto á su paso encuentran desbaratan,

y al castillo de proa el Rey acude,

donde Jucef, inmóvil, se levanta.

Una mujer, que doblegada llora,

cuya flotante vestidura blanca

se señala en la sombra, ante él se mira

de feroces esclavos rodeada.

--¡Leila!--con voz de angustia Ataide grita.

--¡Tuya en la eternidad!--llorando exclama

la mísera doncella.--El Rey, airado,

llega á Jucef, y con la voz que manda

segura del respeto y la obediencia:

--¡Dame á Leila en el punto--dice--ó guarda!

Se estremece Jucef y en voz horrenda

prorumpe en su furor:--¡La infame al agua!--

Y se oye un grito de terror que hiela,

sobre la mura, despedida salta

una blanca figura que la ola

en su espumosa cresta coge avara.

Se demuda Ismail, silba su acero

arrancado con furia de la vaina,

y en el instante mismo la cabeza

de Jucef, de su tronco cercenada

por el terrible golpe, de la proa

rebota horrible y á la mar se lanza:

y Ataide, de dolor desesperado,

del castillo se arroja, la mar gana,

y allí á donde una blanca vestidura

sobre las ondas flota, ansioso nada;

sus esfuerzos redobla, avanza, llega,

y la cabeza de Jucef le aparta,

chocando en su cabeza, y siempre y siempre

que domina su vértigo y mar gana,

para llegar á Leila, formidable

la cabeza cruel lo estorba airada.

Leila, al fin, desparece entre las olas;

Ataide, loco de dolor, desmaya,

enervados sus miembros se entorpecen

y las olas horrísonas le tragan.

Desaferrada en tanto la almadía

por salvar á los náufragos avanza;

monta las olas y á la fin se encuentra

en frente de la roca en que, irritada,

rompe la mar con fragoroso estruendo,

y hasta la gruta sus espumas lanza.

Con asombro del Rey y de los suyos

la gruta gigantesca iluminada

por lívido fulgor fosforescente

se muestra, y de hermosura sobrehumana

esplendorosa, Leila, ansiosa gira,

buscando á Ataide que incesante vaga

en el pálido ambiente, y que angustioso

de amor, de espanto y de dolor en ansia

á ella tiende los brazos, que le mira

la rubia cabellera destrenzada,

y los brazos le tiende, y siempre y siempre

que se aproximan, en su giro, rauda,

revolviendo sus ojos infernales

la sangrienta cabeza los separa.

Al ver esta vision la frente humilla

el creyente Ismail, y en voz ahogada:

--¡Dios solo--dice--sabe los misterios

que en el humano corazon se guardan!

¡Él solo sabe lo que estaba escrito!

¡Él sus criaturas, ó condena, ó salva!

¡Infierno del amor, de tí me aparto!

¡que Dios tenga piedad de esas tres almas!

El infierno del amor: leyenda fantastica · 第 37 / 40 题