XI.

Á poco, fiero se mete

sobre un caballo lanzado

á rienda suelta, en el prado,

un fatídico jinete.

Deshecho su capellar,

al aire en desórden flota;

y de su roja marlota

el recrujiente ondear;

y la furia con que bate

los ijares del corcel,

desgarrándolos cruel

con el agudo acicate;

y el siniestro, el ronco grito

con que excita al corredor,

el aspecto aterrador

le dan de un genio maldito.

Fieros, el rastro siguiendo,

ante el rápido corcel,

vienen perros en tropel

ladrando, aullando, latiendo.

La brava y leal jauría,

al ver á su dueña hermosa,

á ella corre presurosa

trasportada de alegría,

y el jinete, que refrena

al bruto con fuerte mano,

ansioso, anhelante, insano,

del arzon salta á la arena.

--¡Hija!--al ver á Leila en pié,

llena de vida, radiante,

gritó el xeque delirante--

¿quién te salvó?

--No lo sé--

respondió Leila turbada

y presintiendo la ira

de su padre, á la mentira

por primera vez llevada;

que aunque sencillas alienten

la pureza y el candor,

para defender su amor

las mujeres, todas mienten.

--¡No lo sabes! ¡Mas Dios santo!--

Jucef con fiera sorpresa

añadió--¿qué sangre es esa

en tu seno y en tu manto?

Era la sangre traidora

que á Ataide bañado habia

del leon, que aparecia,

señalando, vengadora,

aquel abrazo de amor,

aquel delirio infinito;

y cual testimonio escrito,

indudable, acusador,

y cual señal de una afrenta,

en la blanca vestidura,

marcada su huella impura,

dejó una mano sangrienta.

--¿Por qué, si no estás herida,

si al leon no te acercaste--

gritó Jucef--te manchaste?

--¡No lo sé! Desvanecida

por el terror.....

--¡El terror!

¡y el infame á quien debiste

la vida, y al que ni áun viste,

cobró su precio en mi honor!

--¡Oh padre! ¡no te comprendo!--

relevando la cabeza

dijo Leila con fiereza.

--¡Que no me entiendes! ¡Mintiendo

tu torpe maldad aumentas!--

el xeque exclamó con furia.--

¡Estoy leyendo la injuria

en estas manos sangrientas!

--¡Injuria, no!--pudorosa

dijo Leila, en su bravura

aumentando su hermosura

hasta hacerla portentosa.--

¡Injuria! ¡Dios me maldiga

si yo te ofendí, señor;

que con espanto y horror

su maldicion me persiga!--

Y demudado el semblante,

deslumbradores los ojos,

ardientes los labios rojos,

alto el seno palpitante,

trasportada, poderosa,

más y más resplandeciente,

alzaba su pura frente

de candor esplendorosa.

En sus órbitas rodaron

los ojos del xeque fiero;

su diestra el brazo hechicero

que las Gracias modelaron

asió con fuerza brutal,

y doblegando á la triste

exclamó;

--Si no mentiste;

si la humillante señal

de los brazos de un insano,

que atreviéndose á mi honor

aprovechó tu pavor,

mienten tambien; si es en vano

de mi furor el recelo,

¿por qué en tus ojos fulgura

una inefable ventura,

una alegría del cielo?

¿por qué te miro trocada

de triste en resplandeciente?

¿es que tambien falaz miente

el amor en tu mirada?

--¡Oh padre!--en una explosion

Leila exclamó;--no tirano

pretendas romper insano

las leyes del corazon.

Si cual le vi le miráras,

por mí venciendo á una fiera,

tu gratitud le quisiera,

cual le amo yo, tú le amáras.

--¿Por qué se oculta, y por qué

tú no me dices su nombre?

--No lo sé, ni hay que te asombre,

que del amor en la fe,

de la ventura en la calma,

el espíritu anhelante

no pregunta, goza amante:

¿tiene acaso nombre el alma?

Y más no te he de decir,

aunque tu furor lo intente,

y aunque perezca inocente,

por mi amor sabré morir.

--¡Ah, la osada rebeldía!--

exclamó el xeque, la mano

llevando, en su furia insano,

al puño de su gumía.--

Su desventura midió

la triste, cerró los ojos,

y desplomada, de hinojos

ante su padre cayó.

--¡No!--murmuró en un rugido

el xeque;--¡la muerte fuera

tu perdon! ¡más te valiera,

infame, no haber nacido!--

Y despiadado, brutal,

del suelo la levantó,

con ella al corcel saltó,

partió como el vendaval;

sin ladridos la jauría

fué tras su fiero señor,

y á poco el postrer rumor

en la noche se perdia.

El infierno del amor: leyenda fantastica · 第 21 / 40 题