Á poco, fiero se mete
sobre un caballo lanzado
á rienda suelta, en el prado,
un fatídico jinete.
Deshecho su capellar,
al aire en desórden flota;
y de su roja marlota
el recrujiente ondear;
y la furia con que bate
los ijares del corcel,
desgarrándolos cruel
con el agudo acicate;
y el siniestro, el ronco grito
con que excita al corredor,
el aspecto aterrador
le dan de un genio maldito.
Fieros, el rastro siguiendo,
ante el rápido corcel,
vienen perros en tropel
ladrando, aullando, latiendo.
La brava y leal jauría,
al ver á su dueña hermosa,
á ella corre presurosa
trasportada de alegría,
y el jinete, que refrena
al bruto con fuerte mano,
ansioso, anhelante, insano,
del arzon salta á la arena.
--¡Hija!--al ver á Leila en pié,
llena de vida, radiante,
gritó el xeque delirante--
¿quién te salvó?
--No lo sé--
respondió Leila turbada
y presintiendo la ira
de su padre, á la mentira
por primera vez llevada;
que aunque sencillas alienten
la pureza y el candor,
para defender su amor
las mujeres, todas mienten.
--¡No lo sabes! ¡Mas Dios santo!--
Jucef con fiera sorpresa
añadió--¿qué sangre es esa
en tu seno y en tu manto?
Era la sangre traidora
que á Ataide bañado habia
del leon, que aparecia,
señalando, vengadora,
aquel abrazo de amor,
aquel delirio infinito;
y cual testimonio escrito,
indudable, acusador,
y cual señal de una afrenta,
en la blanca vestidura,
marcada su huella impura,
dejó una mano sangrienta.
--¿Por qué, si no estás herida,
si al leon no te acercaste--
gritó Jucef--te manchaste?
--¡No lo sé! Desvanecida
por el terror.....
--¡El terror!
¡y el infame á quien debiste
la vida, y al que ni áun viste,
cobró su precio en mi honor!
--¡Oh padre! ¡no te comprendo!--
relevando la cabeza
dijo Leila con fiereza.
--¡Que no me entiendes! ¡Mintiendo
tu torpe maldad aumentas!--
el xeque exclamó con furia.--
¡Estoy leyendo la injuria
en estas manos sangrientas!
--¡Injuria, no!--pudorosa
dijo Leila, en su bravura
aumentando su hermosura
hasta hacerla portentosa.--
¡Injuria! ¡Dios me maldiga
si yo te ofendí, señor;
que con espanto y horror
su maldicion me persiga!--
Y demudado el semblante,
deslumbradores los ojos,
ardientes los labios rojos,
alto el seno palpitante,
trasportada, poderosa,
más y más resplandeciente,
alzaba su pura frente
de candor esplendorosa.
En sus órbitas rodaron
los ojos del xeque fiero;
su diestra el brazo hechicero
que las Gracias modelaron
asió con fuerza brutal,
y doblegando á la triste
exclamó;
--Si no mentiste;
si la humillante señal
de los brazos de un insano,
que atreviéndose á mi honor
aprovechó tu pavor,
mienten tambien; si es en vano
de mi furor el recelo,
¿por qué en tus ojos fulgura
una inefable ventura,
una alegría del cielo?
¿por qué te miro trocada
de triste en resplandeciente?
¿es que tambien falaz miente
el amor en tu mirada?
--¡Oh padre!--en una explosion
Leila exclamó;--no tirano
pretendas romper insano
las leyes del corazon.
Si cual le vi le miráras,
por mí venciendo á una fiera,
tu gratitud le quisiera,
cual le amo yo, tú le amáras.
--¿Por qué se oculta, y por qué
tú no me dices su nombre?
--No lo sé, ni hay que te asombre,
que del amor en la fe,
de la ventura en la calma,
el espíritu anhelante
no pregunta, goza amante:
¿tiene acaso nombre el alma?
Y más no te he de decir,
aunque tu furor lo intente,
y aunque perezca inocente,
por mi amor sabré morir.
--¡Ah, la osada rebeldía!--
exclamó el xeque, la mano
llevando, en su furia insano,
al puño de su gumía.--
Su desventura midió
la triste, cerró los ojos,
y desplomada, de hinojos
ante su padre cayó.
--¡No!--murmuró en un rugido
el xeque;--¡la muerte fuera
tu perdon! ¡más te valiera,
infame, no haber nacido!--
Y despiadado, brutal,
del suelo la levantó,
con ella al corcel saltó,
partió como el vendaval;
sin ladridos la jauría
fué tras su fiero señor,
y á poco el postrer rumor
en la noche se perdia.