[1] Pág. 45--Recio se hace de creer el extravío de los
antiguos sobre el respeto debido al hombre; inconcebible
parece que llegasen á tener en nada la vida del individuo
que no podía servir en algo á la sociedad; y, sin embargo,
nada hay más cierto. Lamentable fuera que esta ó aquella
ciudad hubiesen dictado una ley bárbara, ó, por una ú otra
causa, llegase á introducirse en ellas una costumbre atroz;
no obstante, mientras la filosofía hubiese protestado contra
tamaños atentados, la razón humana se habría conservado sin
mancilla, y no se la pudiera achacar con justicia que tomase
parte en las nefandas obras del aborto y del infanticidio.
Pero cuando encontramos defendido y enseñado el crimen por
los filósofos más graves de la antigüedad, cuando le vemos
triunfante en el pensamiento de sus hombres más ilustres,
cuando los oímos prescribiendo esas atrocidades con una calma
y serenidad espantosa, el espíritu desfallece, la sangre se
hiela en el corazón; quisiera uno taparse los ojos para no
ver humillada á tanta ignominia, á tanto embrutecimiento,
la filosofía, la razón humana. Oigamos á Platón en su
_República_, en aquel libro donde se proponía reunir las
teorías que eran en su juicio las más brillantes, y al propio
tiempo las más conducentes para el bello ideal de la sociedad
humana. «Menester es, dice uno de los interlocutores del
diálogo, menester es, según nuestros principios, procurar que
entre los hombres y las mujeres de mejor raza, sean frecuentes
las relaciones de los sexos; y al contrario, muy raras entre
los de menos valer. Además, es necesario criar los hijos de
los primeros, _más no de los segundos_, si se quiere tener un
rebaño escogido. En fin, es necesario que sólo los magistrados
tengan noticia de estas medidas, para evitar en cuanto sea
posible la discordia en el rebaño.» «_Muy bien_», responde
otro de los interlocutores. (Platón, _Repúb._, L. 5.)
He aquí reducida la especie humana á la simple condición de
los brutos; el filósofo hace muy bien en valerse de la palabra
_rebaño_, bien que hay la diferencia de que los magistrados
imbuídos en semejantes doctrinas, debían resultar más duros
con sus súbditos que no lo fuera un pastor con su ganado. No,
el pastor que entre los corderillos recién nacidos encuentra
alguno débil y estropeado, no le mata, no le deja perecer de
hambre; le lleva en brazos junto á la oveja, que le sustentará
con su leche, y le acaricia blandamente para acallar sus
tiernos balidos.
Pero ¿serán quizás las expresiones citadas, una palabra
escapada al filósofo en un momento de distracción? El
pensamiento que revelan, ¿no podrá mirarse como una de
aquellas inspiraciones siniestras, que se deslizan un
instante en el espíritu del hombre, pasando sin dejar rastro,
como serpea rápido un pavoroso reptil por la amenidad de
una pradera? Así lo deseáramos para la gloria de Platón;
pero, desgraciadamente, él propio nos quita todo medio de
vindicarle, pues que insiste sobre lo mismo tantas veces, y
con tan sistemática frialdad. «En cuanto á los hijos, repite
más abajo, de los ciudadanos de inferior calidad, y aun por
lo tocante á los de los otros, si hubiesen nacido deformes,
los magistrados los _ocultarán_ como conviene, en algún
lugar secreto, que _será prohibido revelar_.» Y uno de los
interlocutores responde: «Sí, sí, queremos conservar en su
pureza la raza de los guerreros.»
La voz de la naturaleza protestaba en el corazón del filósofo
contra su horrible doctrina; presentábanse á su imaginación
las madres reclamando sus hijos recién nacidos, y por esto
encarga el secreto, prescribe que sólo los magistrados tengan
noticia del lugar fatal, para evitar la discordia en la
ciudad. Así los convierte en asesinos alevosos, que matan, y
ocultan desde luego su víctima bajo las entrañas de la tierra.
Continúa Platón prescribiendo varias reglas en orden á las
relaciones de los sexos, y, hablando del caso en que el hombre
y la mujer han llegado á una edad algo avanzada, nos ofrece el
siguiente escandaloso pasaje «Cuando uno y otro sexo, dice el
filósofo, hayan pasado de la edad de tener hijos, dejaremos
á los hombres la libertad de continuar con las mujeres las
relaciones que quieran, exceptuando sus hijas, madres,
nietas y abuelas; y á las mujeres les dejaremos la misma
libertad con respecto á los hombres y, les recomendaremos muy
particularmente que tomen todas las precauciones para que no
nazca de tal comercio ningún fruto; y que si á pesar de sus
precauciones nace alguno, que lo expongan: pues que el Estado
no se encarga de mantenerle.» Platón estaba, á lo que parece,
muy satisfecho de su doctrina, pues que en el mismo libro
donde escribía lo que acabamos de ver, dice aquella sentencia
que se ha hecho tan famosa: que los males de los Estados no
se remediarán jamás, ni serán bien gobernadas las sociedades
hasta que los filósofos lleguen á ser reyes, ó los reyes se
hagan filósofos. Dios nos preserve de ver sobre el trono una
filosofía como la suya; por lo demás, su deseo del _reino
de la filosofía_ se ha realizado en los tiempos modernos; y
más que el reino todavía, la divinización, hasta llegar á
tributarle en un templo público los homenajes de la divinidad.
No creo, sin embargo, que sean muchos los que echen de menos
los aciagos días del _Culto de la Razón_.
La horrible enseñanza que acabamos de leer en Platón, se
transmitía fielmente á las escuelas venideras. Aristóteles,
que en tantos puntos se tomó la libertad de apartarse de
las doctrinas de su maestro, no pensó en corregirlas por lo
tocante al aborto y al infanticidio. En su _Política_ enseña
los mismos crímenes, y con la misma serenidad que Platón.
«Para evitar, dice, que se alimenten las criaturas débiles ó
mancas, la ley ha de prescribir que se las exponga, _ó se las
quite de en medio_. En el caso que esto se hallare prohibido
por las leyes y costumbres de algunos pueblos, entonces es
necesario señalar á punto fijo el número de los hijos que se
puedan procrear; y, si aconteciere que algunos tuvieren más
del número prescrito, se ha de procurar el aborto antes que
el feto haya adquirido los sentidos y la vida.» (Aristót.,
_Polít._, L. 7, c. 16.)
Véase, pues, con cuánta razón he dicho que entre los antiguos,
el hombre, como hombre, no era tenido en nada; que la sociedad
le absorbía todo entero, que se arrogaba sobre él derechos
injustos, que le miraba como un instrumento de que se valía si
era útil, y que, en no siéndolo, se consideraba facultada para
quebrantarle.
En los escritos de los antiguos filósofos se nota que hacen
de la sociedad una especie de todo, al cual pertenecen los
individuos, como á una masa de hierro los átomos que la
componen. No puede negarse que la unidad es un gran bien de
las sociedades, y que hasta cierto punto es una verdadera
necesidad; pero esos filósofos se imaginan cierta unidad á la
que debe todo sacrificarse, sin consideraciones de ninguna
clase á la esfera individual, sin atender á que el objeto de
la sociedad es el bien y la dicha de las familias y de los
individuos que la componen. Esta unidad es el bien principal,
según ellos; nada puede comparársele; y la ruptura de ella es
el mal mayor que pueda acontecer, y que conviene evitar por
todos los medios imaginables. «El mayor mal de un Estado, dice
Platón, ¿no es lo que le divide, y de _uno hace muchos_? Y su
mayor bien, ¿no es lo que liga todas partes, y le hace _uno_?»
Apoyado en este principio, continúa desenvolviendo su teoría,
y, tomando las familias y los individuos, los amasa, por
decirlo así, para que den un todo compacto, _uno_. Por esto,
á mas de la comunidad de educación y de vida, quiere también
la de mujeres y de hijos: considera como un mal el que haya
goces ni sufrimientos personales; todo lo exige común, social.
No permite que los individuos vivan, ni piensen, ni sientan,
ni obren, sino como partes del gran todo. Léase con reflexión
su _República_, y en particular el libro V, y se echará de ver
que éste es el pensamiento dominante en el sistema de aquel
filósofo.
Oigamos sobre lo mismo á Aristóteles. «Cuando el fin de
la sociedad es _uno_, claro es que la educación de todos
sus miembros debe ser necesariamente _una, y la misma_. La
educación debería ser pública, no privada; como acontece
ahora, que cada cual cuida de sus hijos, y les enseña lo
que más le agrada. Cada ciudadano es una _partícula_ de la
sociedad, y el cuidado de una partícula debe naturalmente
enderezarse á lo que demanda el todo.» (Arist., _Polít._, L.
8, c. 1.)
Para darnos á comprender cómo entiende esta educación común,
concluye haciendo honorífica mención de la que se daba en
Lacedemonia, que, como es bien sabido, consistía en ahogar
todos los sentimientos, excepto el de un patriotismo feroz,
cuyos rasgos todavía nos estremecen.
No: en nuestras ideas y costumbres no cabe el considerar de
esta suerte la sociedad. Los individuos están ligados á ella,
forman parte de ella, pero sin que pierdan su esfera propia,
ni la esfera de sus familias; y disfrutan de un vasto campo
donde pueden ejercer su acción, sin que se encuentren con el
coloso de la sociedad. El patriotismo existe aún; pero no es
una pasión ciega, instintiva, que lleva al sacrificio como una
víctima con los ojos vendados; sino un sentimiento racional,
noble, elevado, que forma héroes como los de Lepanto y Bailén,
que convierte en leones ciudadanos pacíficos, como en Gerona y
Zaragoza, que levanta cual chispa eléctrica un pueblo entero,
y desprevenido é inerme le hace buscar la muerte en las bocas
de fuego de un ejército numeroso y aguerrido, como Madrid en
pos del sublime _¡Muramos!..._ de Daoiz y de Velarde.
He insinuado también en el texto que entre los antiguos se
creía con derecho la sociedad para entrometerse en todos los
negocios del individuo; y aun puede añadirse que las cosas
se llevaban hasta un extremo que rayaba en ridículo. ¿Quién
dijera que la ley había de entrometerse en los alimentos que
hubiese de tomar una mujer en cinta, ni en prescribirle el
ejercicio que le convenía hacer? «Conviene, dice gravemente
Aristóteles, que las mujeres embarazadas cuiden bien de
su cuerpo, y que no sean desidiosas en demasía, ni tomen
alimentos sobrado tenues y sutiles. Y esto _lo conseguirá
fácilmente el legislador, ordenándoles y mandándoles_
que hagan todos los días un paseo para honrar y venerar
aquellos dioses á quienes les cupo en suerte el presidir la
generación.» (_Polít._, L. 7, c. 16.)
La acción de la ley se extendía á todo; y en algunas partes
no podía escaparse de su severidad ni el mismo llanto de los
niños. «No hacen bien, dice Aristóteles, los que por _medio
de las leyes prohiben á los niños el gritar y llorar_: los
gritos y el llanto les sirven á los niños de ejercicio, y
contribuyen á que crezcan. Esfuerzo natural que desahoga,
y comunica vigor á los que se encuentran en angustia.»
(_Polít._, Lib. 7, cap. 17.)
Estas doctrinas de los antiguos, ese modo de considerar las
relaciones del individuo con la sociedad, explican muy bien
por qué se miraban entre ellos como cosa muy natural las
castas y la esclavitud. ¿Qué extrañeza nos ha de causar el
ver razas enteras privadas de la libertad, ó tenidas por
incapaces de alternar con otras pretendidas superiores, cuando
vemos condenadas á la muerte generaciones de inocentes, sin
que los concienzudos filósofos dejen traslucir siquiera el
menor escrúpulo sobre la legitimidad de un acto tan inhumano?
Y no es esto decir que ellos, á su modo, no buscasen también
la dicha como fin de la sociedad, sino que tenían ideas
monstruosas sobre los medios de alcanzarla.
Entre nosotros es tenida también en mucho la conservación
de la unidad social; también consideramos al individuo como
parte de la sociedad, y que en ciertos casos debe sacrificarse
al bien público; pero miramos al mismo tiempo como sagrada
su vida, por inútil, por miserable, por débil que él sea;
y contamos entre los homicidios el matar un niño que acaba
de ver la luz, ó que no la ha visto aún, del mismo modo que
el asesinato de un hombre en la flor de sus años. Además,
consideramos que los individuos y las familias tienen derechos
que la sociedad debe respetar, secretos en que ésta no se
puede entrometer; y cuando se les exigen sacrificios costosos,
sabemos que han de ser previamente justificados por una
verdadera necesidad. Sobre todo, pensamos que la justicia,
la moral, deben reinar en las obras de la sociedad como en
las del individuo; y así como rechazamos con respecto á éste
el principio de la _utilidad privada_, así no le admitimos
tampoco con relación á aquélla. La máxima de que _la salud
del pueblo es la suprema ley_, no la consentimos sino con las
debidas restricciones y condiciones; sin que por esto sufran
perjuicio los verdaderos intereses de la sociedad. Cuando
estos intereses son bien entendidos, no están en pugna con la
sana moral; y, si pasajeras circunstancias crean á veces esa
pugna, no es más que aparente; porque, reducida como está á
pocos momentos, y limitada á pequeño círculo, no impide que
al fin resulten en harmonía, y no se compense con usura el
sacrificio que se haga de la utilidad, en las aras de los
eternos principios de la moral.
[2] Pág. 66.--El lector me dispensará fácilmente de entrar en
pormenores sobre la situación abyecta y vergonzosa de la mujer
entre los antiguos, y aun entre los modernos, allí donde no
reina el Cristianismo; pues que las severas leyes del pudor
salen á cada paso á detener la pluma, cuando quiere presentar
algunos rasgos característicos. Basta decir que el trastorno
de las ideas era tan extraordinario, que aun los hombres más
señalados por su gravedad y mesura deliraban sobre este punto
de una manera increíble. Dejemos aparte cien y cien ejemplos
que se podrían recordar; pero ¿quién ignora el escandaloso
parecer del sabio Solón sobre prestar las mujeres para mejorar
la raza? ¿Quién no se ha ruborizado al leer lo que dice el
_divino_ Platón, en su _República_, sobre la conveniencia y el
modo de tomar parte las mujeres en los juegos públicos? Pero
echemos un velo sobre estos recuerdos tan vergonzosos á la
sabiduría humana, que así desconocía los primeros elementos de
la moral y las más sentidas inspiraciones de la naturaleza.
Cuando así pensaban los primeros legisladores y sabios, ¿qué
había de suceder entre el vulgo? ¡Cuánta verdad hay en las
palabras del sagrado texto que nos presentan á los pueblos
fallos de la luz divina del Cristianismo como _sentados en las
tinieblas y sombras de la muerte_!
Lo más temible para la mujer, como lo más propio para
conducirla á la degradación, es lo que mancilla el pudor;
sin embargo, puede contribuir también á este envilecimiento
la ilimitada potestad otorgada sobre ella al varón. En
este particular se hallaba en posición tan dolorosa, que
su suerte venía á ser en muchas partes la de una verdadera
esclava. Pasemos por alto las costumbres de otros pueblos, y
detengámonos un instante en los romanos, donde la fórmula _ubi
tu Caius, ego Caia_, parece indicar una sujeción tan ligera,
que se aproxima á la igualdad. Para apreciar debidamente lo
que valía esta igualdad, basta recordar que un marido romano
se creía facultado hasta para dar la muerte á su mujer, y
esto no precisamente en caso de adulterio, sino por faltas
mucho menos graves. En tiempo de Rómulo fué absuelto de este
atentado Egnacio Mecenio, quien no había tenido otro motivo
para cometerle, que el haber caído su mujer en la flaqueza de
probar el vino de la bodega. Estos rasgos pintan un pueblo;
y aun cuando concedamos toda la importancia que se quiera al
cuidado de los romanos para que sus matronas no se diesen
al vino, no sale muy bien parada de semejantes costumbres
la dignidad de la mujer. Cuando Catón prescribía entre los
parientes la afectuosa demostración de darse un ósculo, con la
mira, según refiere Plinio, de saber si las mujeres sentían
á vino, _an temetum olerent_, hacía por cierto ostentación
de su severidad y de su celo, pero ultrajaba villanamente
la reputación de las mismas mujeres cuya virtud se proponía
conservar. Hay remedios peores que el mal.
Por lo tocante al mérito de la indisolubilidad del matrimonio,
establecida y conservada por el Catolicismo, fácil me fuera
corroborar de mil maneras lo que llevo dicho en el texto.
Me contentaré, sin embargo, en obsequio de la brevedad, con
insertar un muy notable pasaje de Madama de Staël, que muestra
cuán funestas han sido á la moral pública las doctrinas
protestantes. Este testimonio es mucho más decisivo, no sólo
por ser de una escritora protestante, sino también porque
versa sobre las costumbres de un país que ella tanto estimaba
y admiraba. «El amor es una religión de Alemania, pero una
religión poética que tolera con demasiada facilidad todo lo
que la sensibilidad puede excusar. No puede negarse que en
las provincias protestantes la _facilidad del divorcio ataca
la santidad del matrimonio_. Cámbiase tan tranquilamente de
esposos, como si no se tratase de otra cosa que de arreglar
los incidentes de un drama: el buen natural de los hombres y
de las mujeres hace que estas fáciles separaciones se lleven á
cabo sin amargura; y como en los alemanes hay más imaginación
que verdadera pasión, los acontecimientos más extraños se
realizan entre ellos con la mayor tranquilidad del mundo.
Sin embargo, esto hace perder _toda la consistencia á las
costumbres_ y al carácter; el espíritu de paradoja conmueve
las instituciones más sagradas, y no se tienen en ninguna
materia reglas bastante fijas.» (_De la Alemania_, por Madama
Staël, primera parte, cap. 3.)
Echase, pues, de ver que el Protestantismo, atacando la
santidad del matrimonio, abrió una llaga profunda á las
costumbres. Ya llevo indicado que el mal no fué tan grave como
era de temer, á causa de que el buen sentido de los pueblos
europeos, formado bajo la enseñanza del Catolicismo, no les
permitió abandonarse sin mesura á las funestas doctrinas de
la pretendida Reforma. Con mucho gusto he consignado este
hecho, pero es necesario, por otra parte, no olvidar las
notables confesiones de la célebre escritora: _la santidad
del matrimonio atacada por el divorcio, el fácil y tranquilo
cambio de esposos, la pérdida de la consistencia de las
costumbres y carácter, el desmoronamiento de las instituciones
más sagradas, la falta de reglas fijas en todas materias_. Si
esto dicen los mismos protestantes, difícil será que á los
católicos se nos pueda tachar de exageración, cuando pintamos
los males acarreados por la Reforma.
[3] Pág. 90--La filosofía anticristiana ha debido de tener
considerable influencia en ese prurito de encontrar en los
bárbaros el origen del ennoblecimiento de la mujer europea, y
otros principios ó civilización. En efecto, una vez encontrado
en los bosques de Germania el manantial de tan hermosos
distintivos, despojábase al Cristianismo de una porción de sus
títulos, y se repartía entre muchos la gloria que es suya,
exclusivamente suya. No negaré que los germanos de Tácito son
algo poéticos, pero los germanos verdaderos no es creíble
que lo fueran mucho. Algunos pasajes citados en el texto
robustecen sobremanera esta conjetura; pero yo no encuentro
medio más á propósito para disipar todas las ilusiones, que
el leer la historia de la irrupción de los bárbaros, sobre
todo en los testigos oculares. El cuadro, lejos de resultar
poético, se hace en extremo repugnante. Aquella interminable
serie de pueblos desfilan, á los ojos del lector, como una
visión espantosa en un sueño angustioso; y por cierto que la
primera idea que se ofrece al contemplar aquel cuadro, no
es buscar en las hordas invasoras el origen de ninguna de
las calidades de la civilización moderna, sino la terrible
dificultad de explicar cómo pudo desembrollarse aquel caos,
ni cómo fué dado atinar en los medios de hacer que surgiera
de en medio de tanta brutalidad, la civilización más hermosa
y brillante que se vió jamás sobre la tierra. Tácito parece
entusiasta, pero Sidonio, que no escribía á larga distancia de
los bárbaros, que los veía, que los sufría, no participaba á
buen seguro de semejante entusiasmo. «Me encuentro, decía, en
medio de los pueblos de la larga cabellera, precisado á oir el
lenguaje del germano, y aplaudir, mal que me pese, el encanto
del borgoñón borracho, y con los cabellos engrasados de
manteca ácida. _¡Felices vuestros ojos que no los ven; felices
vuestros oídos que no los oyen!_» Si el espacio lo permitiese,
sería fácil amontonar mil y mil textos, que nos mostrarían
hasta la evidencia lo que eran los bárbaros y lo que de ellos
podía esperarse en todos sentidos. Lo que resulta más en
claro que la luz del día, es el designio de la Providencia de
servirse de aquellos pueblos para destruir el imperio romano y
cambiar la faz del mundo. Al parecer, tenían los invasores un
sentimiento de su terrible misión. Marchan, avanzan, ni ellos
mismos saben á dónde van; pero no ignoran que van á destruir.
Atila se hacía llamar el _azote de Dios_, función tremenda
que el mismo bárbaro expresó por estas otras palabras: «_La
estrella cae, la tierra tiembla; yo soy el martillo del
orbe._» «_Donde mi caballo pasa, la hierba no crece jamás._»
Alarico, marchando hacia la capital del mundo, decía: «_No
puedo detenerme: hay alguien que me impele, que me empuja
á saquear á Roma._» Genserico hace preparar una expedición
naval, sus hordas están á bordo, el mismo se embarca también,
nadie sabe el punto á dónde se dirigirán las velas; el piloto
se acerca al bárbaro, y le dice: Señor, _¿á qué pueblos
queréis llevar la guerra?_ «_A los que han provocado la cólera
de Dios_», responde Genserico.
Si en aquella catástrofe no se hubiese hallado el Cristianismo
en Europa, la civilización estaba perdida, anonadada, quizás
para siempre. Pero, una religión de luz y de amor debía
triunfar de la ignorancia y de la violencia. Durante las
calamidades de la irrupción, evitó ya muchos desastres, merced
al ascendiente que comenzara á ejercer sobre los bárbaros,
y pasado lo más crítico de la refriega, tan luego como los
conquistadores tomaron algún asiento, desplegó un sistema de
acción tan vasto, tan eficaz, tan decisivo, que los vencedores
se encontraron vencidos, no por la fuerza de las armas, sino
de la caridad. No estaba en manos de la Iglesia el prevenir
la irrupción; Dios lo había decretado así, y el decreto debía
cumplirse; así el piadoso monje que salió al encuentro de
Alarico al dirigirse sobre Roma, no pudo detenerle en su
marcha porque el bárbaro responde que no puede pararse, que
hay quien le empuja y que avanza contra su propia voluntad.
Pero la Iglesia aguardaba á los bárbaros después de la
conquista; ella sabía que la Providencia no abandonaría su
obra, que la esperanza de los pueblos en el porvenir estaba
en manos de la Esposa de Jesucristo; así Alarico marcha
sobre Roma, la saquea, la asuela; pero, al encontrarse con
la religión, se detiene, se ablanda, y señala, como lugares
de asilo, las iglesias de San Pedro y de San Pablo. Hecho
notable, que simboliza bellamente la religión cristiana,
preservando de su total ruina el universo.
[4] Pág. 108.--El alto beneficio dispensado á las sociedades
modernas con la formación de una recta conciencia pública,
podríase encarecer sobremanera comparando nuestras ideas
morales con las de todos los demás pueblos antiguos y
modernos; de donde resultaría demostrado cuán lastimosamente
se corrompen los buenos principios cuando quedan encomendados
á la razón del hombre; sin embargo, me contentaré con decir
dos palabras sobre los antiguos, para que se vea con cuánta
verdad llevo asentado que nuestras costumbres, corrompidas
como se hallan, les hubieran parecido á los gentiles un modelo
de moralidad y decoro. Los templos consagrados á Venus, en
Babilonia y Corinto, recuerdan abominaciones que hasta se nos
hacen incomprensibles. La pasión divinizada exigía sacrificios
dignos de ella: á una divinidad sin pudor le correspondía
el sacrificio del pudor; y el santo nombre de templo se
aplicaba á unas casas de la más desenfrenada licencia; ni un
velo siquiera para los mayores desórdenes. Conocida es la
manera con que las doncellas de Chipre ganaban el dote para
el matrimonio; y nadie ignora los misterios de Adonis, de
Príapo, y otras inmundas divinidades. Hay vicios que, entre
los modernos, carecen, en cierto modo, de nombre; y que, si le
tienen, anda acompañado del recuerdo de un horroroso castigo
sobre ciudades culpables. Leed los escritores antiguos que nos
pintan las costumbres de sus tiempos; el libro se cae de las
manos. Materia es ésta en que se hace necesario contentarse
con indicaciones, que despierten en los lectores la memoria
de lo que les habrá ofendido una y mil veces, al recorrer
la historia y ocuparse en la literatura de la antigüedad
pagana. El autor se ve precisado á contentarse con recuerdos,
absteniéndose de pintar.
[5] Pág. 122.--Como es tan común en la actualidad el ponderar
la fuerza de las ideas, exagerado quizás juzgarán algunos lo
que acabo de decir sobre su flaqueza, no sólo para influir
sobre la sociedad, sino también para conservarse, siempre que,
permaneciendo en su región propia, no alcanzan á realizarse
en instituciones que sean como su órgano, y que, además, les
sirvan de resguardo y defensa. Lejos estoy, y así lo he dicho
claramente en el texto, de negar ni poner en duda lo que se
llama la fuerza de las ideas; sólo me propongo manifestar que
ellas por sí solas pueden poco, y que la ciencia, propiamente
dicha, es más pequeña cosa de lo que generalmente se cree, en
todo lo concerniente á la organización de la sociedad. Tiene
esta doctrina un íntimo enlace con el sistema seguido por la
Iglesia católica, la cual, si bien ha procurado siempre el
desarrollo del espíritu humano por medio de la propagación
de las ciencias, no obstante, ha señalado á éstas un lugar
secundario en el arreglo de la sociedad. Nunca la religión
ha estado reñida con la verdadera ciencia, pero jamás ha
dejado de manifestar cierta desconfianza en todo lo que era
exclusivo producto del pensamiento del hombre; y nótese bien
que ésta es una de las capitales diferencias entre la religión
y la filosofía del siglo pasado, ó, mejor diremos, éste era
el motivo de su fuerte antipatía. La primera no condenaba
la ciencia, antes la amaba, la protegía, la fomentaba; pero
le señalaba, al propio tiempo, sus límites, le advertía que
en ciertos puntos era ciega, le anunciaba que en ciertas
obras sería impotente, y en otras destructora y funesta. La
segunda proclamaba en alta voz la soberanía de la ciencia, la
declaraba omnipotente, la divinizaba, atribuyéndole fuerza
y brío para cambiar la faz del mundo, y bastante previsión
y acierto para verificar ese cambio en pro de la humanidad.
Ese orgullo de la ciencia, esa divinización del pensamiento
es, si bien se mira, el fondo de la doctrina protestante.
Fuera toda autoridad, la razón es el único juez competente,
el entendimiento recibe directa é inmediatamente de Dios toda
la luz que necesita: he aquí las doctrinas fundamentales del
Protestantismo, es decir, el orgullo del entendimiento.
Si bien se observa, el mismo triunfo de las revoluciones en
nada ha desmentido las cuerdas previsiones de la religión,
y la ciencia, propiamente dicha, tan lejos se halla de
haber en esta parte ganado crédito, que, antes bien, lo ha
perdido completamente. En efecto: nada queda de la ciencia
revolucionaria; lo que resta son los efectos de la revolución;
los intereses por ella creados, las instituciones que han
brotado de esos mismos intereses, y que, desde luego, han
buscado en la región misma de la ciencia otros principios
en que apoyarse, muy distintos de los que antes se habían
proclamado.
Tanta verdad es lo que llevo asentado, de que toda idea
necesita realizarse en una institución, que las revoluciones
mismas, guiadas por el instinto que las conduce á conservar
más ó menos enteros los principios que las producen, tienden,
desde luego, á crear esas instituciones donde se puedan
perpetuar las doctrinas revolucionarias, ó donde puedan tener
como un sucesor y representante, después que ellas hayan
desaparecido de las escuelas. Esta indicación podría dar lugar
á extensas consideraciones sobre el origen y el estado actual
de algunas formas de gobierno en distintos pueblos de Europa.
Hablando de la rapidez con que se suceden unas á otras las
teorías científicas, y de la inmensa amplitud que ha tomado
con la prensa el campo de la discusión, he observado que
no era esto una señal infalible de adelanto científico, ni
menos una prenda de fecundidad del pensamiento para realizar
grandes obras en el orden material, ni en el social. He dicho
que los grandes pensamientos nacen más bien de la _intuición_
que del _discurso_, y al efecto he recordado hechos y
personajes históricos que dejan esta verdad fuera de duda. La
ideología pudiera suministrarnos abundantes pruebas, si para
probar la esterilidad de la ciencia fuese necesario acudir
á la misma ciencia. Pero el simple buen sentido, amaestrado
por lo que está enseñando á cada paso la experiencia, basta
para convencer de que los hombres más sabios en el libro,
son no pocas veces, no sólo medianos, sino hasta ineptos en
el mundo. Por lo tocante á lo que he insinuado con respecto
á la _intuición_ y al _discurso_, lo someto al juicio de los
hombres que se han dedicado al estudio del entendimiento
humano: estoy seguro de que su opinión no se diferenciará de
la mía.
[6] Pág. 130.--He atribuído al Cristianismo la suavidad de
costumbres de que disfruta la Europa; y como, á pesar de
haber decaído en el último siglo las creencias religiosas,
ha durado, sin embargo, esta misma suavidad, y se ha elevado
todavía á más alto punto, es menester hacerse cargo de ese
contraste, que á primera vista parece destruir lo que llevo
establecido. Es necesario no olvidar la diferencia indicada
ya en el texto, entre costumbres muelles y costumbres
suaves: lo primero es un defecto; lo segundo, una calidad
preciosa: lo primero dimana del enervamiento del ánimo, del
enflaquecimiento del cuerpo, y del amor de los placeres; lo
segundo trae su origen de la preponderancia de la razón,
del predominio del espíritu sobre el cuerpo, del triunfo de
la justicia sobre la fuerza, y del derecho sobre el hecho.
En las costumbres actuales hay una buena parte de verdadera
suavidad, pero no es poco lo que tiene de molicie: y esto
último no lo han tomado, por cierto, de la religión, sino de
la incredulidad, que, no extendiendo sus ojos más allá de
esta vida, hace olvidar los altos destinos del espíritu, y
hasta su misma existencia, entroniza el egoísmo, despierta
y aviva de continuo la sed de los placeres y hace al hombre
esclavo de sus pasiones. Pero, en lo que nuestras costumbres
tienen de suave, se conoce á la primera ojeada que lo deben
al Cristianismo; pues que todas las ideas y sentimientos en
que se funda dicha suavidad llevan el sello cristiano. La
dignidad del hombre, sus derechos, la obligación de tratarle
con el debido miramiento, de dirigirse antes á su espíritu
por medio de la razón, que á su cuerpo por la violencia, la
necesidad de mantenerse cada cual en la línea de sus deberes,
respetando las propiedades y personas de los demás, todo este
conjunto de principios de donde nace la verdadera suavidad de
costumbres, es debido en Europa á la influencia cristiana,
que, luchando largos siglos con la barbarie y la ferocidad
de los pueblos invasores, logró destruir el sistema de
violencia que éstos habían generalizado. Como la filosofía ha
tenido cuidado de cambiar los antiguos nombres, consagrados
por la religión y autorizados con el uso de muchos siglos,
acontece que hay ciertas ideas que, aun cuando sean hijas
del Cristianismo, sin embargo, apenas se las reconoce como
tales, á causa de que andan disfrazadas con traje mundano.
¿Quién ignora que el mutuo amor de los hombres, la fraternidad
universal, son ideas enteramente debidas al Cristianismo?
¿Quién no sabe que la antigüedad pagana no las conocía, ni
las columbraba siquiera? No obstante, este mismo afecto, que
antes se apellidaba _caridad_, porque ésta era la virtud de
que debía proceder, ahora se cubre siempre con otros nombres y
como que se avergüenza de presentarse en público con ninguna
apariencia religiosa. Pasado el vértigo de atacar la religión
cristiana, se confiesa abiertamente que á ella es debido el
principio de la fraternidad universal; pero el lenguaje ha
quedado infecto de la filosofía volteriana, aun después del
descrédito en que ésta ha caído. De aquí resulta que muchas
veces no apreciamos debidamente la influencia cristiana en la
sociedad que nos rodea, y que atribuímos á otras ideas y á
otras causas fenómenos cuyo origen se encuentra evidentemente
en la religión. La sociedad actual, por más indiferente que
sea, tiene de la religión más de lo que comunmente pensamos:
se parece á aquellos hombres que han salido de una familia
ilustre, donde los buenos principios y una educación esmerada
se transmiten como un patrimonio de generación en generación:
aun en medio de sus desórdenes, de sus crímenes, y hasta de
su envilecimiento, conservan en su porte y modales, algunos
rasgos que manifiestan su hidalga cuna.
[7] Pág. 148.--He citado algunas disposiciones conciliares que
bastan á dar una idea del sistema observado por la Iglesia
con la idea de reformar y suavizar las costumbres. Tanto en
este volumen como en el anterior, ya se ha podido notar cuán
inclinado me hallo á recordar esta clase de monumentos; y
advertiré aquí que á esto me inducen dos motivos: primero,
tratando de comparar el Protestantismo con el Catolicismo,
creo que el mejor medio de retratar el verdadero espíritu
de éste y de señalar su influjo en la civilización europea,
es presentarle obrando; y esto se logra aduciendo las
providencias que los Papas y los concilios iban tomando,
según lo exigían las circunstancias; segundo, atendido el
curso que los estudios históricos van siguiendo en Europa,
generalizándose cada día más el gusto de apelar, no á las
historias, sino á los monumentos históricos, conviene tener
presente que la colección de concilios es de la mayor
importancia, no sólo en el orden religioso y eclesiástico,
sino también en el social y político; por manera que la
historia de Europa se trunca monstruosamente, ó, por mejor
decir, se destruye del todo, si se prescinde de lo que arrojan
las colecciones de los concilios. Por esta causa es muy útil,
y en no pocas materias hasta necesario, el revolver dichas
colecciones, por más que de esto retraigan su desmesurado
volumen y el fastidio que á veces se engendra en el ánimo,
al encontrarse con cien y cien cosas que para nuestros
tiempos carecen de interés. Las ciencias, sobre todo las
que tienen por objeto la sociedad, no conducen á resultados
satisfactorios sino después de penosos trabajos; lo útil se
encuentra á menudo mezclado y confundido con lo inútil; y
la más rica preciosidad se descubre á veces al lado de un
objeto repugnante; pero, en la naturaleza, ¿se encuentra, por
ventura, el oro, sin haber revuelto informes masas de tierra?
Los que se han empeñado en encontrar entre los bárbaros
del Norte el germen de algunas preciosas calidades de la
civilización europea, sin duda que debieran haberles atribuído
también la suavidad de costumbres modernas, dado que, en
apoyo de esa paradoja, podían echar mano de un hecho, por
cierto algo más especioso del que les ha servido para hacer
honor á los germanos del realce de la mujer en Europa. Hablo
de la conocida costumbre de abstenerse, en cuanto les era
posible, de la aplicación de penas corporales, castigando con
simples multas los delitos más graves. Nada más á propósito
para inducir á creer que aquellos pueblos tenían una feliz
disposición á la suavidad de costumbres, supuesto que aun
en su barbarie empleaban tan templadamente el derecho de
castigar, excediendo á las naciones más civilizadas y cultas.
Mirada la cosa desde este punto de vista, más bien parece que,
con la influencia cristiana sobre los bárbaros, las costumbres
se endurecieron que no se suavizaron; pues que la aplicación
de penas corporales se hizo general, y no se escaseó la de
muerte.
Pero, fijando atentamente la consideración en esta
particularidad del código criminal de los bárbaros,
echaremos de ver que, tan lejos está de revelar adelanto en
la civilización ni suavidad de costumbres, que antes bien
es la más evidente prueba de su atraso, y el más vehemente
indicio de la dureza y ferocidad que entre ellos reinaban.
En primer lugar, por lo mismo que entre los bárbaros se
castigaban los delitos por medio de multas, ó, como se decía,
por composición, se conoce que la ley atendía más bien á
la _reparación de un daño_ que al _castigo de un crimen_:
circunstancia que muestra de lleno cuán en poco era tenida
la moralidad de la acción, pues que no tanto se atendía á lo
que ella era en sí, como al daño que producía. Esto no era
un elemento de civilización, sino de barbarie; porque tendía
nada menos que á desterrar del mundo la moralidad. La Iglesia
combatió este principio, tan funesto en el orden público como
en el privado, introduciendo en la legislación criminal un
nuevo orden de ideas que cambió completamente su espíritu.
En esta parte M. Guizot ha hecho á la Iglesia católica la
debida justicia; complázcome en reconocerlo y en consignarlo
aquí, transcribiendo sus propias palabras. Después de haber
hecho notar la diferencia que mediaba entre las leyes de
los visigodos, salidas en buena parte de los concilios de
Toledo, y las otras leyes bárbaras, y de haber observado la
inmensa superioridad de las ideas de la Iglesia en materia
de legislación, de justicia, y de todo lo concerniente á la
investigación de la verdad y al destino de los hombres, dice:
«En materia criminal, la relación de las penas con los delitos
está determinada (en las leyes de los visigodos) por nociones
filosóficas y bastante justas; descúbrense los esfuerzos de
un legislador ilustrado que lucha contra la violencia y la
irreflexión de las costumbres bárbaras: hallaremos de esto
un ejemplo muy notable comparando el título de _Caede et
morte hominum_, con las leyes correspondientes de los demás
pueblos. En las otras legislaciones, lo único que parece
constituir el delito es el daño; y el objeto de la pena es
la reparación material que resulta de la composición; pero,
entre los visigodos, se busca en el crimen su elemento moral
y verdadero, la intención. Los varios grados de criminalidad,
el homicidio absolutamente involuntario, el cometido por
inadvertencia, por provocación, con premeditación ó sin
ella, son clasificados y definidos igualmente bien, á poca
diferencia, que en nuestros códigos; y las penas están
señaladas en una proporción bastante equitativa. No satisfecha
con esto la justicia del legislador, intentó abolir, ó al
menos atenuar, la diversidad de valor legal establecida entre
los hombres por las otras leyes bárbaras; no conservándose
otra distinción que la de libre y de esclavo. Con respecto
á los libres, la pena no varía, ni por el origen ni por el
rango del muerto, sino únicamente por los diversos grados
de culpabilidad del asesino. Tocante á los esclavos, no
atreviéndose á quitar enteramente á los dueños el derecho
de vida y muerte, procuró restringirle, sujetándole á un
procedimiento público y regular. El texto de la ley merece ser
citado.
«Si no debe quedar impune ningún culpable ó cómplice de un
crimen, con mucha más razón debe ser castigado quien haya
cometido un homicidio con malicia ó ligereza. Por lo que,
habiendo algunos dueños, que, en su orgullo, dan muerte á sus
esclavos, sin que éstos hayan cometido falta alguna, conviene
extirpar del todo semejante licencia, y ordenar que la
presente ley sea enteramente observada por todos. Ningún dueño
ni dueña podrá dar muerte á ninguno de sus esclavos, varones
ó hembras, ni á otro de sus dependientes, sin preceder juicio
público. Si un esclavo, ú otro serviente, comete un crimen que
pueda acarrearle pena capital, su amo, ó su acusador, darán
inmediatamente noticia del suceso al juez del lugar donde se
ha cometido el delito, ó al conde, ó al duque. Discutido el
asunto, si el crimen queda probado, el culpable sufrirá la
pena de muerte merecida: aplicándosela, ó el mismo juez ó el
propio dueño; pero haciéndose de tal suerte, que, si el juez
no quiere cuidar de la ejecución, extenderá por escrito la
sentencia de pena capital, y entonces el amo será dueño de
quitar la vida al esclavo, ó de perdonársela. A la verdad, si
el esclavo por una fatal audacia, resistiendo á su señor, ha
intentado herirle, con arma, piedra, ó de otra suerte, y éste,
defendiéndose, mata en su cólera al esclavo, no será reo de la
pena de homicidio, pero será necesario probar que el hecho ha
sucedido así, y esto por el testimonio ó el juramento de los
esclavos, varones ó hembras, que habrán estado presentes, ó
por el juramento del autor del hecho. Cualquiera que por pura
malicia matare á su esclavo, por su propia mano ó la de otro,
sin preceder juicio público, será declarado infame, incapaz
de ser testigo, y obligado á vivir el resto de sus días en el
destierro y en la penitencia, pasando sus bienes á sus más
próximos parientes llamados por la ley á sucederle. (_For.
Jud._, L. VI, Tit. V, L. 12.)» (Guizot, _Historia General de
la Civilización Europea_. Lección 6.)
Con mucho gusto he copiado este texto de M. Guizot, por ser
una confirmación de lo que acabo de decir sobre la influencia
de la Iglesia con respecto á suavizar las costumbres, y de
lo que de ella llevo asentado en el tomo primero, tocante á
lo mucho que contribuyó á mejorar la suerte de los esclavos,
restringiendo las excesivas facultades de los dueños. Allí
dejé probada esta verdad con abundantes documentos, y por
consiguiente no necesito insistir aquí en demostrarla;
bastando á mi propósito en la actualidad el hacer observar
que M. Guizot está completamente de acuerdo en que la Iglesia
moralizó la legislación de los bárbaros, haciendo que en los
delitos no se considerase únicamente el daño que causaban,
sino la malicia que envolvían; es decir, elevando la acción
del orden físico al moral, y dando á las penas el verdadero
carácter de tales, no permitiendo que quedasen en la línea de
una reparación material.
Por donde se echa de ver que el sistema criminal de los
bárbaros, que á primera vista parecía indicar un adelanto en
la civilización, procedía del escaso ascendiente que entre
ellos tenían los principios morales, y de que las miras del
legislador se elevaban muy poco sobre el orden puramente
material.
Todavía hay otra observación que hacer en este punto, y es
que la misma lenidad con que se castigaban los delitos es
la mejor prueba de la facilidad con que se cometían. Cuando
en un país son muy raros los asesinatos, las mutilaciones y
otros atentados semejantes, son mirados con horror; y quien
de ellos se haga culpable, es castigado con severidad. Pero,
cuando el delito se repite á cada paso, pierde insensiblemente
su fealdad y negrura, se acostumbran á su repugnante aspecto,
no sólo los perpetradores, sino también los demás; y entonces
el legislador se siente naturalmente llevado á tratarle con
indulgencia. Esto nos lo demuestra la experiencia de cada día;
y no será difícil al lector el encontrar en la sociedad actual
repetidos delitos á que podría ser aplicable la observación
que acabo de hacer. Entre los bárbaros, era común el apelar
á las vías de hecho, no sólo contra las propiedades, sino
también contra las personas; por cuya razón era muy natural
que este linaje de delitos no fuesen mirados con la aversión
y hasta horror con que lo son en un pueblo donde, habiendo
prevalecido las ideas de razón, de justicia, de derecho, de
ley, no se concibe siquiera cómo pueda subsistir una sociedad
donde cada cual se considere facultado para hacerse justicia
por sí mismo. Así es que las leyes contra esos delitos debían
naturalmente ser benignas, contentándose el legislador con
la reparación del daño, sin cuidar mucho de la culpabilidad
del perpetrador. Esto tiene íntimas relaciones con lo dicho
más arriba sobre la conciencia pública; porque el legislador
es siempre, más ó menos, el órgano de esta misma conciencia.
Cuando en una sociedad es mirada una acción como un crimen
horrendo, no puede el legislador señalarle una pena benigna;
y, al contrario, no le es posible castigar con mucho rigor
lo que la sociedad absuelve ó excusa. Una que otra vez se
alterará esta proporción, una que otra vez desaparecerá dicha
harmonía; pero bien pronto las cosas volverán á su curso
regular, apartándose del camino que seguían con violencia.
Siendo las costumbres muy castas y puras, hay delitos que
andan cubiertos de execración é infamia; pero, en llegando
á ser muy corrompidas, los mismos actos, ó son mirados como
indiferentes, ó cuando más calificados de ligeros deslices. En
un pueblo donde las ideas religiosas ejerzan mucho predominio,
la violación de todo cuanto está consagrado al Señor es mirada
como un horrendo atentado, digno de los mayores castigos; pero
en otro donde la incredulidad haya hecho sus estragos, la
misma violación no llegará á la esfera de los delitos comunes;
y, lejos de atraer sobre el culpable la justicia de la ley,
mucho será si le acarrea una ligera corrección de la policía.
El lector no encontrará inoportuna esa digresión sobre la
legislación criminal de los bárbaros, si advierte que,
tratándose de examinar la influencia del Catolicismo en la
civilización europea, es indispensable atender á los otros
elementos que en la formación de ella se han combinado.
De otra suerte, sería imposible apreciar debidamente la
respectiva acción que en bien ó en mal ha cabido á cada uno
de ellos, y, por tanto, no se sacaría en limpio la parte que
puede vindicar como exclusivamente propia la Iglesia, ni
resolver la gran cuestión promovida por los partidarios del
Protestantismo, sobre las pretendidas ventajas acarreadas por
éste á las sociedades modernas. Las naciones bárbaras son uno
de esos elementos, y por esta causa es preciso ocuparse en
ellas con tanta frecuencia.
[8] Pág. 161.--En los siglos medios, casi todos los
monasterios y colegios de canónigos tenían anejo un hospital,
no sólo para hospedar peregrinos, sino también para el
sustento y alivio de pobres y enfermos. No cabe más hermoso
símbolo de la religión cubriendo con su velo todo linaje de
infortunios, que el ver convertidas en asilo de miserables,
las casas consagradas á la oración y á la práctica de la más
sublimes virtudes. Cabalmente esto se verificaba en aquella
época en que el poder público, no sólo carecía de la fuerza y
luces necesarias para plantear una buena administración con
que acudir al socorro de los necesitados, sino que ni aun
alcanzaba á cubrir con su égida los más sagrados intereses de
la sociedad. Por donde se ve que, cuando todo era impotente,
la religión era todavía robusta y fecunda; cuando todo
perecía, la religión, no sólo se conservaba, sino que fundaba
establecimientos inmortales. Y nótese bien lo que repetidas
veces hemos observado ya: á saber, que la religión que estos
prodigios obraba, no era una religión vaga, abstracta; no era
el cristianismo de los protestantes, sino la religión con
todos sus dogmas, su disciplina, su jerarquía, su Pontífice
supremo, en una palabra, la Iglesia católica.
Tan lejos estuvo la antigüedad de imaginar que el socorro del
infortunio pudiese encomendarse á sola la administración civil
ó á la caridad individual, que antes bien, como se ha indicado
ya, se consideró como muy conveniente que los hospitales
estuviesen sujetos á los obispos; es decir, que se procuró que
el ramo de beneficencia pública se entroncase en cierto modo
con la jerarquía de la Iglesia; y es de aquí que, por antigua
disciplina, los hospitales estaban sujetos á los obispos en lo
espiritual y en lo temporal; sin atenderse al estado clerical
ó seglar de las personas que cuidaban del establecimiento, ni
tampoco si se había erigido ó no por mandato del obispo.
No es éste el lugar de referir las vicisitudes que sufrió
esta disciplina, ni las varias causas que las motivaron;
bastando observar que el principio fundamental, es decir,
la intervención de la autoridad eclesiástica en los
establecimientos de beneficencia, ha quedado siempre salvo;
y que nunca la Iglesia ha consentido que se la despojase del
todo de tan hermoso privilegio. Nunca ha creído que pudiese
mirar con indiferencia los abusos que en este punto se
introdujesen en perjuicio de los desgraciados; y así es que
se ha reservado cuando menos el derecho de acudir al remedio
de los males que resultasen de la malicia ó indolencia de
los administradores. A este propósito podemos notar que el
concilio de Viena establece que, si los administradores de
un hospital, clérigos ó legos, se portan con desidia en el
desempeño de su cargo, procedan contra ellos los obispos,
reformando y restaurando el hospital, por autoridad propia, si
no fuera exento, y, si lo fuere, por delegación pontificia.
El concilio de Trento otorgó también á los obispos la
facultad de visitar los hospitales, hasta como delegados de
la Sede Apostólica, en los casos concedidos por el derecho;
prescribiendo, además, que los administradores, clérigos ó
legos, den cada año cuentas al ordinario del lugar, á no
ser que se hubiese prevenido lo contrario en la fundación;
y ordenando que, si, por privilegio, costumbre ó estatuto
particular, las cuentas debiesen presentarse á otro que
al ordinario, al menos se reuna éste á los que hayan de
recibirlas.
Prescindiendo de las varias modificaciones que en esta parte
hayan podido introducir las leyes y costumbres de diferentes
países, queda siempre en claro cuál ha sido la vigilancia de
la Iglesia sobre el punto de beneficencia; y que su espíritu
y sus máximas la han impelido á entrometerse en esta clase
de negocios, ora dirigiéndolos exclusivamente, ora acudiendo
al remedio del mal que veía introducirse. La potestad civil
reconoció los motivos de esa caritativa y santa ambición; y
así vemos que el emperador Justiniano no repara en conceder
á los obispos un poder público sobre los hospitales,
conformándose en esta parte á la disciplina de la Iglesia, y á
lo reclamado por la conveniencia pública.
Hay en este punto un hecho notable, que es necesario consignar
aquí, señalando su provechosa influencia. Hablo de haber
sido considerados los bienes de los hospitales como bienes
eclesiásticos. Esto que á primera vista pudiera parecer
indiferente, está muy lejos de serlo; pues que, de esta
manera, quedaban esos bienes con los mismos privilegios que
los de la Iglesia, cubriéndose con una inviolabilidad que les
era tanto más necesaria, cuanto eran difíciles los tiempos,
y fecundos en tropelías y usurpaciones. La Iglesia, que,
por mucha que fuese la turbación pública, conservaba, no
obstante, grande autoridad y ascendiente sobre los gobiernos
y los pueblos, tenía de esta manera un título muy poderoso
y expedito para cubrir con su protección los bienes de los
hospitales, salvándolos, en cuanto era dable, de la rapacidad
de los potentados codiciosos. Y no se crea que esta doctrina
se introdujera con algún designio torcido, ni que fuese una
novedad inaudita esa especie de mancomunidad entre la Iglesia
y los pobres; muy al contrario, esa mancomunidad se hallaba
de tal modo en el orden regular, y tenía tanto fundamento
en las relaciones de aquélla con éstos, que, así como vemos
que los bienes de los hospitales eran considerados como
eclesiásticos, así, por un contraste notable, los bienes de la
Iglesia fueron llamados bienes de pobres. En tales términos
se expresan sobre este punto los Santos Padres, y de tal
manera se habían filtrado en el lenguaje estas doctrinas, que,
tratándose posteriormente de resolver la cuestión canónica
sobre la propiedad de los bienes de la Iglesia, cuando unos
la atribuían directamente á Dios, otros al Papa, otros al
clero, no faltaron algunos que señalaron como verdaderos
propietarios á los pobres. Ciertamente que esta opinión no
era la más conforme á los principios de derecho; pero el sólo
verla figurar en el campo de la polémica, da lugar á graves
consideraciones.
[9] Pág. 189.--He procurado, en cuanto ha cabido en mis
alcances, aclarar las ideas sobre la tolerancia, presentando
esta importante materia desde un punto de vista poco conocido;
para mayor ilustración de la misma, diré dos palabras sobre
la intolerancia religiosa y la civil, cosas enteramente
distintas, por más que Rousseau afirme resueltamente lo
contrario. La intolerancia religiosa, ó teológica, consiste
en aquella convicción que tienen todos los católicos de que
la única religión verdadera es la católica. La intolerancia
civil consiste en no sufrir en la sociedad otras religiones,
distintas de la católica. Bastan estas dos definiciones para
dejar convencido á cualquiera que no carezca de sentido común,
de que no non inseparables las dos clases de intolerancia:
siendo muy dable que hombres firmemente convencidos de la
verdad del Catolicismo, sufran á los que, ó tienen diferente
religión, ó no profesan ninguna. La intolerancia religiosa es
un acto del entendimiento, inseparable de la fe, pues quien
cree firmemente que su religión es verdadera, necesariamente
ha de estar convencido de que ella es la única que lo es,
pues que la verdad es una. La intolerancia civil es un acto
de la voluntad, que rechaza á los hombres que no profesan
la misma religión; y tiene diferentes resultados, según
la intolerancia está en el individuo ó en el gobierno. Al
contrario, la tolerancia religiosa es la creencia de que
todas las religiones son verdaderas, lo que, bien explicado,
significa que no hay ninguna que lo sea; pues que no es
posible que cosas contradictorias sean verdaderas al mismo
tiempo. La tolerancia civil es el consentir que vivan en paz
los hombres que tienen religión distinta; y, lo propio que la
intolerancia, produce también diferentes efectos, según está
en el individuo ó en el gobierno.
Esta distinción, que por su claridad y sencillez está al
alcance de las inteligencias más comunes, fué, sin embargo,
desconocida por Rousseau, asegurando que era una vana ficción,
una quimera irrealizable, y que las dos intolerancias
no podían separarse una de otra. Si Rousseau se hubiese
contentado con observar que, generalizada en un país la
intolerancia religiosa, es decir, como arriba se ha explicado,
la firme convicción de que una religión es verdadera, se
ha de manifestar, así en el trato particular como en la
legislación, cierta tendencia á no sufrir á los que piensan
de otro modo, sobre todo cuando éstos son en número muy
reducido, su observación hubiera sido muy fecunda, y hubiera
coincidido con la opinión que llevo manifestada sobre este
punto, cuando me he propuesto señalar el curso natural que
siguen en esta materia las ideas y los hechos; pero Rousseau
no mira las cosas bajo este aspecto, sino que, dirigiendo
sus tiros al Catolicismo, afirma que las dos especies de
intolerancia son inseparables, porque «es imposible vivir en
paz con gentes á quienes se cree condenadas, y amarlas sería
aborrecer al Dios que las castiga». No es posible llevar más
allá la mala fe: en efecto, ¿quién le ha dicho á Rousseau que
los católicos creen condenado á nadie mientras vive, y que
amar á un hombre extraviado sería aborrecer á Dios? ¿Podía
ignorar que, antes al contrario, es un precepto indispensable,
es un dogma, para todo católico, el deber de amar á todos los
hombres? ¿Podía ignorar lo que saben hasta los niños por los
primeros rudimentos de la doctrina cristiana, que estamos
obligados á amar al prójimo como á nosotros mismos, y que por
la palabra prójimo se entienden todos los que han alcanzado
el cielo, ó pueden alcanzarle, de cuyo número no se excluye á
nadie mientras vive? Dirá Rousseau que al menos estamos en la
convicción de que, si mueren en aquel mal estado, se condenan;
pero no advierte que lo mismo pensamos de los pecadores,
aunque su pecado no sea el de herejía; y, sin embargo, nadie
ha soñado jamás que los católicos justos no puedan tolerar á
los pecadores, y de que se consideren obligados á odiarlos. No
se ha visto religión que más interés manifieste para convertir
á los malos; y tan lejos está la Iglesia católica de enseñar
que se deba aborrecerlos, que, antes bien, en los púlpitos,
en los libros, en la conversación se repiten mil veces las
palabras con que Dios nos manifiesta su voluntad de que los
pecadores no perezcan, que quiere su conversión y su vida,
que hay más alegría en el cielo por uno de ellos que haga
penitencia, que por noventa y nueve justos que no necesitan
hacerla.
Y no se crea que este hombre que así se expresaba contra
la intolerancia de los católicos, fuese partidario de una
completa tolerancia; muy al contrario, en la sociedad, tal
como él la imaginaba, quería que no se tolerasen, no los que
no profesasen la religión verdadera, sino los que se apartasen
de aquélla que al poder civil le pluguiese determinar.
«Mas, dejando aparte, dice, las consideraciones políticas,
vengamos al derecho, y fijemos los principios sobre este punto
importante. El derecho que el pacto social da al soberano
sobre los vasallos, no excede, como ya he dicho, los límites
de la utilidad pública. Los vasallos no deben dar cuenta al
soberano de sus opiniones, sino en cuanto ellas interesan á
la comunidad. Al Estado le importa que cada ciudadano tenga
una religión que le haga amar sus deberes; pero los dogmas de
esa religión no interesan ni al Estado ni á sus miembros, sino
en cuanto se refieren á la moral y á los deberes que el que
los profesa está obligado á cumplir para con los otros. Por
lo demás, cada uno puede tener las opiniones que le acomoden,
sin que pertenezca al soberano entender sobre esto; porque,
como no tiene competencia en el otro mundo, sea cual fuere la
suerte de los vasallos en la otra vida, esto no es asunto del
soberano, con tal que en ésta sean buenos ciudadanos. Hay,
pues, una profesión de fe, puramente civil, cuyos artículos
pertenece al soberano fijar; no precisamente como dogmas de
religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los que
es imposible ser buen ciudadano y fiel vasallo. Sin poder
obligar á nadie á creerlos, puede desterrar del Estado al
que no los crea, no como impío, sino como insociable, como
incapaz de amar sinceramente las leyes y la justicia, y de
sacrificar en caso necesario la vida á su deber. Si alguno,
después de haber reconocido públicamente estos dogmas, se
conduce como si no los creyera, sea castigado con pena de
muerte, porque ha cometido el mayor de los crímenes y mentido
delante de las leyes.» (_Con. Soc._, L. 4, c. 8.) Tenemos,
pues, que en último resultado viene á parar la tolerancia
de Rousseau á facultar al soberano para fijar los artículos
de fe, otorgándole el derecho de castigar con el destierro
y hasta con la muerte, á los que, ó no se conformen con las
decisiones del nuevo papa, ó se aparten de ellas después
de haberlas abrazado. Extraña como parece la doctrina de
Rousseau, no lo es tanto, sin embargo, que no entre en el
sistema general de todos los que no reconocen la supremacía
de un poder en materias religiosas. Rechazan esta supremacía
cuando se trata de atribuirla á la Iglesia católica, ó á su
Jefe, y por una contradicción la más chocante la conceden á
la potestad civil. Está curioso Rousseau cuando, al desterrar
ó matar al que se aparte de la religión formada por el
soberano, no quiere que estas penas se le apliquen como
impío, sino como insociable; Rousseau seguía un impulso, en
él muy natural, de no querer que sonase en algo la impiedad,
en tratando de la aplicación de castigos; pero al hombre que
sufriese el destierro ó pereciese en un cadalso, ¡qué le
importaba el nombre dado á su crimen! En el mismo capítulo se
le escapó á Rousseau una expresión que revela de un golpe á
dónde se enderezaba con tanto aparato de filosofía. «El que
se atreva á decir: _fuera de la Iglesia no hay salud_, debe
ser echado del Estado.» Lo que en otros términos significa
que la tolerancia debe ser para todo el mundo, excepto para
los católicos. Se ha dicho que el _Contrato Social_ fué el
código de la Revolución francesa: y en verdad que ésta no
echó en olvido lo que respecto de los católicos le prescribe
el _tolerante_ legislador. Pocos son en la actualidad los que
se atreven á declararse discípulos del filósofo de Ginebra,
bien que algunos de sus vergonzantes sectarios le prodiguen
todavía desmesurados elogios; pero, confiados en el buen
sentido del linaje humano, debemos esperar que la posteridad
en masa confirmará la nota con que todos los hombres de bien
han señalado al sofista trastornador, y al imprudente autor de
las _Confesiones_.
Comparado el Protestantismo con el Catolicismo, me he visto
precisado á tratar de la intolerancia, porque éste es uno
de los cargos que con más frecuencia se hacen á la religión
católica; pero en obsequio de la verdad debo advertir que
no todos los protestantes han predicado una tolerancia
universal, y que muchos de ellos han reconocido el derecho de
reprimir y castigar ciertos errores. Grocio, Puffendorf, y
otros que rayan muy alto entre los sabios de que se gloría el
Protestantismo, han estado de acuerdo en este punto, siguiendo
el dictamen de toda la antigüedad, que se conformó siempre con
estos principios, así en la teoría como en la práctica. Se
ha clamado contra la intolerancia de los católicos, como si
ellos la hubiesen enseñado al mundo, como si fuera un monstruo
horrendo, que en ninguna parte se criara, sino allí donde
reina la Iglesia católica. Cuando no otras razones, al menos
la buena fe exigía que se recordase que el principio de la
tolerancia universal no había sido reconocido en ninguna parte
del mundo; y que, así en los libros de los filósofos, como en
los códigos de los legisladores, se encontraba consignado,
con más ó menos dureza, el principio de la intolerancia.
Ora se quisiese condenar este principio como falso, ora se
intentase restringirle, ó dejarle sin aplicación, al menos no
se debía levantar una acusación particular contra la Iglesia
católica, por una doctrina y conducta en que se ha formado, al
ejemplo de la humanidad entera. Así los pueblos cultos como
los bárbaros fueron culpables, si culpa en esto hubiera, y
lejos de recaer exclusivamente la mancha sobre los gobiernos
dirigidos por el Catolicismo y sobre los escritores católicos,
debiera caer sobre todos los gobiernos antiguos, inclusos
los de Grecia y de Roma; debiera caer sobre todos los sabios
de la antigüedad, inclusos Platón, Cicerón y Séneca; debiera
caer sobre los gobiernos y sabios modernos, inclusos los
protestantes. Teniendo esto presente, no hubieran parecido ni
tan erróneas las doctrinas, ni tan negros los hechos; así se
hubiera visto que la intolerancia, tan antigua como el mundo,
no era una invención de los católicos y que sobre todo el
mundo debía recaer la responsabilidad que de ella resultase.
De cierto, la tolerancia, que tan general se ha hecho ahora
por las causas que llevo indicadas, no se resentirá de las
doctrinas más ó menos severas, más ó menos indulgentes,
que en esta materia se proclamen; pero, por lo mismo que
la intolerancia, tal como en otros tiempos se ejerciera,
ha pasado á ser un mero hecho histórico, que seguramente
nadie recela ver reproducido, conviene sobremanera entrar
en detenido examen de esa clase de cuestiones, para que
desaparezca el borrón que sobre la Iglesia católica han
pretendido echar sus adversarios.
Viene aquí muy á propósito el recuerdo de la profunda
sabiduría contenida en la Encíclica del Papa contra las
doctrinas de Lamennais. Pretendía dicho escritor que la
tolerancia universal, la libertad absoluta de cultos, es
el estado normal y legítimo de las sociedades, del cual es
imposible separarse, sin atentar á los derechos del hombre y
del ciudadano. Impugnando Lamennais la citada Encíclica, se
empeñó en presentarla como fundadora de nuevas doctrinas, como
un ataque dirigido contra la libertad de los pueblos. No, el
Papa no asentó en la citada Encíclica otras doctrinas que las
profesadas hasta aquí por la Iglesia; y aun podría decirse
que las profesadas por todo gobierno en punto á tolerancia.
Ningún gobierno puede sostenerse, si se le niega el derecho
de reprimir las doctrinas peligrosas al orden social, ora se
cubran con el manto filosófico, ora se disfracen con el velo
de la religión. No se ataca tampoco por esto la libertad del
hombre; porque la única libertad digna de este título es
la libertad conforme á razón. El Papa no ha dicho que los
gobiernos no pudiesen tolerar en ciertos casos diferentes
religiones; pero no ha permitido que se asentase como
principio que la tolerancia absoluta fuese una obligación de
todos los gobiernos. Esta última proposición es contraria á
las sanas doctrinas religiosas, á la razón, á la práctica de
todos los gobiernos en todos tiempos y países, al buen sentido
de la humanidad. Nada han podido en contra todo el talento
y la elocuencia del malogrado escritor; y el Papa alcanzó
un asentimiento más solemne de todos los hombres sensatos
de cualesquiera creencias, desde que el genio obscureció
su frente con la obstinación, desde que su mano empuñó
decididamente el arma innoble del sofisma. Malogrado genio
que conserva apenas una sombra de sí mismo, que ha desplegado
las hermosas alas con que surcaba el azul de los cielos, y
revolotea cual ave siniestra sobre las aguas impuras de un
lago solitario.
[10] Pág. 222.--Al hablar de la Inquisición de España, no me
he propuesto defender todos sus actos, ni bajo el aspecto
de la justicia, ni tampoco de la conveniencia pública. No
desconociendo las circunstancias excepcionales en que se
encontró, juzgo que hubiera procedido harto mejor, si,
imitando el ejemplo de la Inquisición de Roma, hubiese
ahorrado el derramamiento de sangre, en cuanto le hubiese
sido posible. Podía muy bien velar por la conservación de la
fe, podía prevenir los males que á la religión amenazaban
de parte de moros y judíos, podía preservar la España del
Protestantismo, sin desplegar ese excesivo rigor, que le
mereció graves reprensiones y amonestaciones de parte de los
Sumos Pontífices, que provocó reclamaciones de los pueblos,
que acarreó tantas apelaciones á Roma de los encausados y
condenados, y que suministró pretexto á los adversarios del
Catolicismo para acusar de sanguinaria una religión que tiene
horror á la efusión de sangre. Lo repito, no es responsable la
religión católica de ninguno de los excesos que en su nombre
se hayan podido cometer, y, cuando se habla de la Inquisición,
no se deben fijar principalmente los ojos en la de España,
sino en la de Roma. Allí donde reside el Sumo Pontífice, donde
se sabe cumplidamente cómo debe entenderse el principio de la
intolerancia, y cuál es el uso que de él debe hacerse, allí
la Inquisición ha sido en extremo benigna, indulgente; allí
es el punto donde menos ha sufrido la humanidad por motivo de
religión: y esto sin exceptuar ningún país, tanto aquellos
donde ha existido la Inquisición, como los que carecieron de
ella; tanto donde predominó la religión católica, como donde
prevaleció la protestante. Este hecho es indudable; y para
todo hombre de buena fe debe ser bastante para indicarle cuál
es en esta materia el espíritu del Catolicismo.
Hago estas reflexiones en prueba de mi imparcialidad, y de que
no desconozco los males, ni dejo de confesarlos, dondequiera
que los vea. Esto no embargante, deseo que no se olviden los
hechos y observaciones que en el texto he aducido, así sobre
la Inquisición en sí misma, en las diferentes épocas de su
duración, como sobre la política de los reyes que la fundaron
y sostuvieron. Por lo mismo, copiaré aquí algunos documentos
que pueden arrojar mucha luz sobre tan importante materia.
He aquí en primer lugar el preámbulo de la Pragmática de D.
Fernando y D.ª Isabel para la expulsión de los judíos, donde
se explanan en pocas palabras los agravios que de ella recibía
la religión, y los peligros que por este motivo amenazaban al
Estado.
Libro octavo. Título segundo. Lei II de la Nueva Recopilación.
D. Fernando i D.ª Isabel en Granada año 1492 á 30 de Marzo.
Pragmática.
«Porque Nos fuimos informados que en estos nuestros Reinos
avia algunos malos Christianos, que judaizaban, y apostataban
de nuestra Santa Fé Cathólica, de lo qual era mucha causa
la comunicación de los Judíos con los Christianos, en las
Cortes que hicimos en la ciudad de Toledo el año pasado
de mil quatrocientos i ochenta años, mandamos apartar los
dichos Judíos en todas las Ciudades y Villas, i Lugares de
los nuestros Reinos, i Señoríos, en las Juderías, i lugares
apartados en donde viviesen i morasen, esperando que con
su apartamiento se remediarían otro sí avemos procurado,
i dado órden como se hiciese inquisición en los dichos
nuestros Reinos, la qual, como sabeis, ha mas de doce años
que se ha hecho, i hace, i por ello se han hallado muchos
culpantes, según es notorio: i según somos informados de
los Inquisidores, y de otras muchas personas Religiosas, i
Eclesiásticas, i Seglares, consta; i paresce el gran daño que
á los Christianos se ha seguido, i sigue, de la participación,
conversacion, i comunicacion que han tenido, i tienen con
los Judíos, los quales se prueba que procuran siempre por
quantas vias mas pueden de subvertir, i substraer de nuestra
Santa Fé Cathólica á los Fieles Christianos, i los apartar
della, i atraer i pervertir á su dañada creencia i opinión,
instruyéndoles en las ceremonias, i observancia de su lei,
haciendo ayuntamientos donde les lean, i enseñen lo que han
de creer, i guardar segun su lei, procurando de circuncidar
á ellos, i á sus hijos, dándoles libros por donde rezasen
sus oraciones, i declarándoles los ayunos que han de ayunar,
i juntándose con ellos á leer, i enseñándoles las Historias
de su lei, notificándoles las Pasquas antes que vengan, y
avisándoles lo que en ellas han de guardar, y hacer, dándoles,
y llevándoles de su casa el pan cenceño, y carnes muertas con
ceremonias, instruyéndoles de las cosas que se han de apartar,
assi en los comeres como en las otras cosas, por observancia
de su lei, i persuadiéndoles en quanto pueden que tengan, i
guarden la lei de Moysés, haciéndoles entender que no hai otra
lei, i ni verdad salvo aquella; lo qual consta por muchos
dichos, i confesiones, assi de los mismos Judíos, como de
los que fueron pervertidos, i engañados por ellos, lo qual ha
redundado en gran daño, i detrimento, i oprobio de nuestra
Santa Fé Cathólica: i como quiera que de mucha parte destos
fuimos informados antes de agora, i conoscimos que el remedio
verdadero de todos estos daños, e inconvenientes, está en
apartar del todo la comunicacion de los dichos Judíos con los
Christianos, i echarlos de todos nuestros Reinos, quisímosnos
contentar con mandarlos salir de todas las Ciudades, i Villas,
i Lugares de Andalucía, donde parescia que avia hecho mayor
daño, creyendo que aquello bastaria para que los de las
otras Ciudades, i Villas, i Lugares de los nuestros Reinos,
i Señoríos, cessassen de hacer, y cometer lo susodicho, i
porque somos informados que aquello, ni las justicias que se
han hecho en algunos de los dichos Judíos, que se han hallado
muy culpantes en los dichos crímenes, i delitos contra nuestra
Santa Fé Cathólica, no basta para entero remedio: para obviar
i remediar como cesse tan gran oprobio, i ofensa de la Fé, i
Religion Christiana, i porque cada dia se halla, i paresce
que los dichos Judíos creen en continuar su malo, i dañado
propósito á donde viven, i conversan, i porque no aya lugar
de mas ofender á nuestra Santa Fe Cathólica, assi en los que
hasta aqui Dios ha querido guardar, como en los que cayeron, i
se enmendaron, i reduxeron á la Santa Madre Iglesia, lo qual,
segun la flaqueza de nuestra humanidad, i sujescion diabólica,
que continuo nos guerrea, ligeramente podria acaescer, si la
principal causa desto no se quita, que es echar los dichos
Judíos de nuestros Reinos; i porque quando algun grave, i
detestable crimen es cometido por algunos de algun Colegio, i
Universidad, es razon que el tal Colegio, i Universidad sea
disuelto, y aniquilado, i los menores por los mayores, i los
unos por los otros sean punidos; i aquellos que pervierten el
bien, i honesto vivir de las Ciudades, i Villas por contagio,
que pueda dañarse á los otros, sean expelidos de los pueblos,
i aun por otras mas leves causas que sean en daño de la
República, quanto mas por el mayor de los crímenes, i mas
peligroso, i contagioso, como lo es este: Por ende Nos, con
consejo, i parecer de algunos Prelados.»
No se trata aquí de examinar si en estas inculpaciones hechas
á los judíos pudo haber ó no alguna parte de exageración:
bien que, según todas las apariencias, debía de haber en esto
un gran fondo de verdad, atendida la situación en que se
encontraban los dos pueblos rivales. Y nótese que, si bien
en el preámbulo de la Pragmática se abstienen los monarcas
de achacar á los judíos cien y cien otros cargos que les
hacía la generalidad del pueblo, no dejaba por esto de andar
muy válida la fama de ellos, y que, por consiguiente, debía
influir sobremanera en agravar la situación de los judíos, y
en inclinar el ánimo de los reyes á tratarlos con dureza.
Por lo que toca á la desconfianza con que debían de ser
mirados los moros y sus descendientes, á más de los hechos ya
indicados, pueden todavía presentarse otros que manifiestan
la disposición de los ánimos que hacía mirar á esos hombres
como si estuvieran en conspiración permanente contra los
cristianos viejos. Cerca de un siglo había transcurrido desde
la conquista de Granada, y vemos que todavía se abrigaban
recelos de que aquel reino era el centro de las asechanzas
dirigidas por los moros contra los cristianos, saliendo de
allí los avisos, y los auxilios necesarios para que en las
costas pudiesen cometerse contra personas indefensas toda
clase de tropelías. Véase lo que decía Felipe II, en 1567.
Libro octavo. Título segundo, de la Nueva Recopilación.
Lei XX. Que pone graves penas á los naturales del Reino de
Granada, que encubrieren, ó acogieren ó favorecieren Turcos,
ó Moros, ó Judíos, ó les dieren avisos, ó se escribieren con
ellos.
«D. Phelipe II, en Madrid á 10 de Diciembre de 1567 años.
Porque avemos sido informados que no embargante lo que para
defensa, i seguridad de los mares, i costas de nuestros Reinos
tenemos proveido ansi en mar, como en tierra, especialmente en
el Reino de Granada, los Turcos, Moros, Corsarios, i allende
han hecho, i hacen en el dicho Reino en los puertos, i costas,
y lugares marítimos, i cercanos á ellos, los robos, males,
i daños, i captiverios de Christianos que son notorios, lo
cual diz que han podido, i pueden hacer con facilidad, i
seguridad, mediante el trato, é inteligencia que han tenido
i tienen con algunos naturales de la tierra, los quales los
avisan, i guian, acogen i encubren, i les dan favor, i ayuda,
passándose algunos dellos allende con los dichos Moros, i
Turcos, i llevando consigo sus mugeres, hijos, i ropa, i los
Christianos, i ropa dellos que pueden aver, i que otros de
los dichos naturales, que han sido partícipes, i sabidores,
se quedan en la tierra, i no han sido, ni son castigados, ni
parece que esto está proveido con el rigor, i tan entera, i
particularmente como convendria, i ai mucha dificultad en la
averiguacion, é informacion, i aun descuido, i negligencia en
las Justicias, i Jueces que lo avian de inquirir, i castigar;
i aviéndose sobre esto tratado i platicado en el nuestro
Consejo, para que se proveyese en ello, como en cosa que
tanto importa al servicio de Dios nuestro Señor, i nuestro, i
bien público; y con Nos consultado, fué acordado que deviamos
mandar dar esta nuestra Carta... etc., etc.»
Pasaban los años y la ojeriza entre los dos pueblos continuaba
todavía; y á pesar de los muchos quebrantos sufridos por la
raza mahometana, no se daban por satisfechos los cristianos.
Es muy probable que un pueblo que había sufrido, y estaba
sufriendo, tantas humillaciones, probaría á vengarse; y así
no se hace tan difícil el creer la verdadera existencia de
las conspiraciones que se les achacaban. Como quiera, la fama
de ellas era general, y el gobierno se hallaba seriamente
alarmado con este motivo. Léase, en comprobación, lo que
decía Felipe III en 1609, en la ley para la expulsión de los
moriscos.
Libro octavo. Título segundo, de la Nueva Recopilación.
Lei XXV. Por la qual fueron echados los Moriscos del Reino;
las causas que para ello hubo, y medio que se tubo en su
execucion.
«D. Phelipe III, en Madrid á 9 de Diciembre de 1609.
Aviéndose procurado por largo discurso de tiempo la
conservacion de los Moriscos en estos Reinos, i executádose
diversos castigos por el Santo Oficio de la Santa Inquisicion,
i concedídose muchos Edictos de gracia, no omitiendo medio, ni
diligencia para instruirlos en nuestra Santa Fé, sin averse
podido conseguir el fruto que se deseaba, pues ninguno se ha
convertido, antes ha crecido su obstinacion; i aun el peligro
que amenazaba á nuestros Reinos, de conservarlos en ellos, se
Nos presentó por personas mui doctas, i mui temerosas de Dios,
lo que convenia poner breve remedio; i que la dilacion podria
gravar nuestra Real conciencia, por hallarse mui ofendido
nuestro Señor de esta gente, asegurándonos que podríamos sin
ningún escrúpulo castigarlos en las vidas, i en las haciendas,
porque la continuacion de sus delitos, los tenia convencidos
de hereges, i apóstatas, i proditores de lesa Magestad
Divina i humana: i aunque por esto pudiera proceder contra
ellos con el rigor, que sus culpas merecen, todavía deseando
reducirlos por medios suaves y blandos, mandé hacer en la
ciudad, i Reino de Valencia una Junta del Patriarca, i otros
prelados, i personas doctas para que viessen lo que se podria
encaminar, i disponer, i aviéndose entendido que al mismo
tiempo que se estaba tratando de su remedio, los de aquel
Reino, i los de estos passaban adelante con su dañado intento,
i sabiéndose por avisos ciertos, i verdaderos que han enviado
á Constantinopla á tratar con el Turco, ir á Marruecos con
el Rei Buley Fidon, que embiassen á estos Reinos las mayores
fuerzas, que pudiesen en su ayuda, i socorro, asegurándoles
que hallarian en ellos ciento i cinquenta mil hombres, tan
Moros como los de Berberia, que los assistirian con las vidas,
i haciendas, persuadiendo la facilidad de la empresa; aviendo
también intentado la misma plática con Hereges, i otros
Príncipes enemigos nuestros; i atendiendo á todo lo susodicho,
i cumpliendo con la obligacion que tenemos de conservar, i
mantener en nuestros Reinos la Santa Fé Cathólica Romana, i la
seguridad, paz i reposo de ellos en el parecer, i consejo de
varones doctos, i de otras personas mui zelosas del servicio
de Dios, i mio: mandamos que todos los Moriscos habitantes en
estos Reinos, assi hombres, como mugeres, i niños de cualquier
condicion, etc.»
He dicho que los Papas procuraron ya desde un principio
suavizar los rigores de la Inquisición de España, ora
amonestando á los reyes y á los inquisidores, ora admitiendo
las apelaciones de los encausados y condenados. He añadido
también que la política de los reyes, quienes temían que las
innovaciones religiosas acarreasen perturbación pública,
había embarazado á los Papas para que no pudiesen llevar
tan allá como hubieran deseado, sus medidas de benignidad é
indulgencia; en apoyo de esta aserción escogeré entre otros
documentos uno que manifiesta la irritación de los reyes de
España por el amparo que en Roma encontraban los encausados
por la Inquisición.
Lib. 8. Tit. 3. Ley 2, de la Nueva Recopilación.
Que los condenados por la Inquisición, que están ausentados
de estos Reinos, no vuelvan á ellos, so pena de muerte, y
perdimiento de bienes.
«D. Fernando i D.ª Isabel en Zaragoza á 2 de Agosto año 1498.
Pragmática.
Porque algunas personas condenadas por Hereges por los
inquisidores se ausentan de nuestros Reinos, i se van á otras
partes, donde con falsas relaciones, i formas indevidas
han impetrado subrepticiamente exenciones, i absoluciones,
comissiones, i seguridades, i otros privilegios, á fin de se
eximir de las tales condiciones, i penas en que incurrieron,
i se quedar con sus errores, i con esto tientan de bolver
á estos nuestros Reinos; por ende, queriendo extirpar tan
grande mal, mandamos que no sean osadas las tales personas
condenadas de bolver, ni buelvan, ni tornen á nuestros Reinos,
i señoríos, por ninguna vía, manera, causa, ni razón que
sea, so pena de muerte y perdimiento de bienes: en la qual
pena queremos, i mandamos que por ese mismo hecho incurran;
i que la tercia parte de los dichos bienes sea para la
persona que lo acusare, i la tercia parte para la Justicia,
i la otra tercia para la nuestra Cámara; i mandamos á las
dichas Justicias, i á cada una, i cualquier dellas en sus
Lugares, i jurisdicciones, que cada i quando supiesen que
algunas de las personas susodichas estuvieren en algún Lugar
de su jurisdiccion, sin esperar otro requerimiento; vayan á
donde la tal persona estuviese, i le prendan el cuerpo, i
luego sin dilacion executen i hagan executar en su persona,
i bienes las dichas penas por Nos puestas, segun que dicho
es; no embargante qualesquier exenciones, reconciliaciones,
seguridades, i otros privilegios que tengan, los quales en
este caso, quanto á las penas susodichas, no les pueden
sufragar; i esto mandamos que hagan, i cumplan assi, so pena
de perdimiento, i confiscacion de todos sus bienes; en la
qual pena incurran qualesquier otras personas, que á las
tales personas encubrieren, ó receptaren, ó supieren donde
están, i no lo notificaren á las dichas nuestras Justicias:
i mandamos á qualesquier Grandes, i Concejos, i otras
personas de nuestros Reinos que den favor i ayuda á nuestras
Justicias, cada i quando que se la pidieren, i menester fuere,
para cumplir i executar lo susodicho, so las penas, que las
Justicias sobre ellos les pusieren.»
Conócese por el documento que se acaba de copiar que ya en
1498 habían llegado las cosas á tal punto, que los reyes se
proponían sostener á todo trance el rigor de la Inquisición; y
que se daban por ofendidos de que los Papas se entrometiesen
en suavizarle. Esto indica de dónde procedía la dureza con
que eran tratados los culpables, y revela, además, una de las
causas por que la Inquisición de España usó algunas veces de
sus facultades con excesiva severidad. Bien que no era un
mero instrumento de la política de los reyes, como han dicho
algunos, sentía más ó menos la influencia de ella; y sabido es
que la política, cuando se trata de abatir á un adversario,
no suele mostrarse demasiado compasiva. Si la Inquisición de
España se hubiese hallado entonces bajo la exclusiva autoridad
y dirección de los Papas, mucho más templada y benigna hubiera
sido en su conducta.
A la sazón el empeño de los reyes de España era que los
juicios de la Inquisición fuesen definitivos, y sin apelación
á Roma; así lo había pedido expresamente al Papa la reina
Isabel, y á esto no sabían avenirse los Sumos Pontífices,
previendo sin duda el abuso que podría hacerse de arma tan
terrible, el día que le faltase el freno de un poder moderador.
Por los hechos que se acaban de apuntar queda en claro con
cuánta verdad he dicho que, si se excusaba la conducta de
Fernando é Isabel por lo tocante á la Inquisición, no se podía
acriminar la de Felipe II, porque más severos, más duros, se
mostraron los Reyes Católicos que no este monarca. Ya llevo
indicado el motivo por que se ha condenado tan despiadadamente
la conducta de Felipe II; pero es necesario demostrar también
por que se ha ostentado cierto empeño en excusar la de
Fernando é Isabel.
Cuando se quiere falsear un hecho histórico, calumniando una
persona ó una institución, es menester comenzar afectando
imparcialidad y buena fe; para lo cual sirve en gran manera
el manifestarnos indulgentes con lo mismo que nos proponemos
condenar; pero haciéndolo de manera que esta indulgencia
resalte como una concesión hecha gratuitamente á nuestros
adversarios, ó como un sacrificio que de nuestras opiniones
y sentimientos hacemos, en las aras de la razón y de la
justicia, que son nuestra guía y nuestro ídolo. En tal caso
predisponemos al lector ú oyente á que mire la condenación
que nos proponemos pronunciar como un fallo dictado por la
más estricta justicia, y en que ninguna parte ha cabido
ni á la pasión, ni al espíritu de parcialidad, ni á miras
torcidas. ¿Cómo dudar de la buena fe, del amor á la verdad,
de la imparcialidad de un hombre, que empieza excusando lo
que, según todas las apariencias, atendidas sus opiniones,
debiera anatematizar? He aquí la situación de los hombres de
quienes estamos hablando; proponíanse atacar la Inquisición,
y cabalmente encontraban que la protectora de este tribunal,
y en cierto modo la fundadora, había sido la reina Isabel,
nombre esclarecido que los españoles han pronunciado siempre
con respeto, reina inmortal que es uno de los más bellos
ornamentos de nuestra historia. ¿Qué hacer en semejante
apuro? El medio era expedito: nada importaba que los judíos
y los herejes hubiesen sido tratados con el mayor rigor en
tiempo de los Reyes Católicos, nada obstaba que esos monarcas
hubiesen llevado más allá su severidad que los demás que les
sucedieron; era necesario cerrar los ojos sobre estos hechos,
y excusar la conducta de aquéllos, haciendo notar los graves
motivos que los impulsaron á emplear el rigor de la justicia.
Así se orillaba la dificultad de echar un borrón sobre la
memoria de una gran reina, querida y respetada de todos los
españoles, y se dejaba más expedito el camino para acriminar
sin misericordia á Felipe II. Este monarca tenía contra sí
el grito unánime de todos los protestantes, por la sencilla
razón de que había sido su más poderoso adversario; y así no
era difícil lograr que sobre él recayese todo el peso de la
execración. Esto descifra el enigma, esto explica la razón de
tan injusta parcialidad, esto revela la hipocresía de opinión,
que, excusando á los Reyes Católicos, condena sin apelación á
Felipe II.
Sin vindicar en un todo la política de este monarca, llevo
presentadas algunas consideraciones, que pueden servir á
templar algún tanto los recios ataques que le han dirigido
sus adversarios; sólo me falta copiar aquí los documentos á
que he aludido, para probar que la Inquisición no era un mero
instrumento de la política de este príncipe, y que él no se
propuso establecer en España un sistema de obscurantismo.
Don Antonio Pérez en sus _Relaciones_, en las notas á una
carta del confesor del rey, fray Diego de Chaves, en la
que éste afirma que el príncipe seglar tiene poder sobre
la vida de sus súbditos y vasallos, dice: «No me meteré en
decir lo mucho que he oído sobre la calificación de algunas
proposiciones de estas que no es de mi profesión. Los de ella
se lo entenderán luego, en oyendo el sonido; solo diré que,
estando yo en Madrid, salió condenada por la Inquisición
una proposición que uno, no importa decir quién, afirmó en
un sermón en San Hierónimo de Madrid en presencia del rey
católico; es á saber: _Que los reyes tenían poder absoluto
sobre las personas de sus vasallos y sobre sus bienes_.
Fué condenado, demás de otras particulares penas, en que
se retratase públicamente en el mismo lugar con todas las
ceremonias de auto jurídico. Hízolo así en el mismo púlpito;
diciendo que él había dicho la tal proposición en aquel día.
Que él se retrataba de ella, como de proposición errónea.
_Porque, señores_ (así dijo recitando por un papel), _los
reyes no tienen más poder sobre sus vasallos, del que les
permite el derecho divino y humano, y no por su libre y
absoluta voluntad_. Y aun sé el que calificó la proposición,
y ordenó las mismas palabras que había de referir el reo,
con mucho gusto del calificante, porque se arrancaba yerba
tan venenosa, que sentía que iba cresciendo. Bien se ha ido
viendo. El maestro Fray Hernando del Castillo (éste nombraré)
fué el que ordenó lo que recitó el reo, que era consultor del
Santo Oficio, predicador del rey, singular varón en doctrina
y elocuencia, conocido y estimado mucho de su nación y de
la italiana en particular. De éste decía el doctor Velasco,
grave persona de su tiempo, que no había vihuela en manos de
Fabricio Dentici tan suave como la lengua del maestro fray
Hernández del Castillo en los oídos.»
Y pág. 47 en texto. «Yo sé que las calificaron por muy
escandalosas personas gravísimas en dignidad, en letras, en
limpieza de pecho cristiano, entre ellas persona que en España
tenía lugar supremo en lo espiritual, y que había tenido
oficio antes en el juicio supremo de la Inquisición.» Después
dice que esta persona era el Nuncio de Su Santidad.
(Relaciones de Antonio Pérez.) París 1624.
El notable pasaje de la citada carta de Felipe II al doctor
don Benito Arias Montano, dice así:
«Lo que vos el Dr. etc. mi capellan, aveis de hacer en Ambares
adonde os enviamos.»
Fecha de Madrid 25 de Marzo de 1568.
«Demás de hacer al dicho Plantino esta comodidad y buena obra,
es bien que lleveis entendido que desde ahora tengo aplicados
los seis mil escudos que se le prestan para que como se vayan
cobrando dél, se vayan empleando en libros para el Monasterio
de San Lorenzo el Real de la orden de San Gerónimo, que yo
hago edificar cerca del Escorial, como sabeis. Y así habéis de
ir advertido de este mi fin é intención, para que conforme á
ella hagais diligencia de recoger todos los libros exquisitos,
así impresos como de mano, que vos (como quien tan bien lo
entiende) viéredes que serán convenientes para los traer y
poner en la librería de dicho Monasterio: porque esta es una
de las más principales riquezas que yo querria dejar á los
religiosos que en él hubieren de residir, como la más útil y
necesaria. Y por eso he mandado también á D. Francés de Alaba,
mi embajador en Francia, que procure de haber los mejores
libros que pudiere en aquel reyno y vos habéis de tener
inteligencia con él sobre esto que yo le mandaré escribir que
haga lo mismo con vos; y que antes de comprarlos os envie la
lista de los que se hallaren, y de los precios de ellos para
que vos le advirtais de los que habrá de tomar y dejar, y lo
que podrá dar por cada uno de ellos, y que os vaya enviando
á Amberes los que así fuere comprando, para que vos los
reconozcais, y envieis acá todos juntos á su tiempo.»
En el reinado de Felipe II, de ese Monarca que se nos pinta
como uno de los principales autores del obscurantismo, se
buscaban en los reinos extranjeros los libros exquisitos,
así impresos como de mano, para traerlos á las librerías
españolas; en nuestro siglo, que apellidamos de ilustración,
se han despojado las librerías españolas, y sus preciosidades
han ido á parar á las extranjeras. ¿Quién ignora el acopio que
de nuestros libros y manuscritos se ha hecho en Inglaterra?
Consúltense los Indices del Museo de Londres y de otras
bibliotecas particulares: el que escribe estas líneas habla
de lo que ha visto con sus propios ojos, y de que ha oído
lamentar á personas respetables. Cuando tan negligentes
nos mostramos en conservar nuestros tesoros, no seamos tan
injustos y tan pueriles, que nos entretengamos en declamar
vanamente contra aquellos mismos que nos los legaron.