Púsose en pie, haciendo valer la innata elegancia de su figura, ese no
sé qué de distinción suprema, que en el frívolo lenguaje de los salones
se califica de _un gran aire_. Era alta y delgada; el traje, de
terciopelo negro, ceñía la esbeltez un poco fatigada de su figura; la
piel de zibelina que rodeaba su cuello, la negra toca empenachada de
plumas que cubría sus cabellos teñidos de rubio Ticiano y el espeso velo
de encaje, disimulaban los estragos del tiempo; el rostro desvastado, el
cansancio de las pupilas verdes que brillaban mortecinas en el fondo de
las cuencas violetas, y la mueca atrozmente amarga de la boca, en que
entre los labios arrugados y marchitos aparecían en una sonrisa
cruelmente dolorosa los dientes amarillentos.
--Me voy. Desde mi enfermedad de Venecia, el médico me ha prohibido
estar en la calle al anochecer.
Maud Simson interrogó con extrañeza:
--¿Su enfermedad?... No sabía...
Y Julito, a su vez, con un leve matiz irónico:
--¿Tal vez el veneno de Venecia?...
La sonrisa triste acentuóse:
--El veneno de Venecia, sí. Las emanaciones de las aguas estancadas, la
humedad malsana, el relente del anochecer... no sé; una calentura
horrible, que por poco me cuesta la vida--. La voz era armoniosa,
ligeramente cascada, voz de mujer que se aleja a pasos agigantados de la
juventud. Después, amable, encarándose con el dueño de la casa:--Ya sabe
usted que no salgo casi. Una excepción para venir aquí.
Fred de la Croix, el baroncito atrabiliario y petulante, deslizose del
diván de damasco azul cielo con cojines de antiguo brocado y pieles de
blancas cabras del Tibet, en que yacía, y con su paso, a la vez perezoso
y elástico, que le daba una inquietante semejanza con algunos felinos,
aproximose a ella y la cogió las dos manos:
--¡Querida amiga!
La Fronshire sonrió, y luego alejose por la galería, con su ademán
cansado de vencimiento.
El saloncillo olía a rosas y a cigarrillos turcos. Era una estancia
amable que tenía de _baudoir_ de _cocotte_ y de despacho de artista:
damasco azul pálido y maderas alegres; muebles cómodos, voluptuosos,
tallados en roble claro de ese estilo borroso en que el Luis XVI se ha
adaptado al _confort_ inglés; algún pastel fácil, dos o tres grabados
equívocos, y rosas, rosas por todas partes: rosas en los jarrones de
mayólica, y en los búcaros venecianos y en los antiguos Sèvres; rosas
pálidas, de suave coloración carnosa, y bengalas rojas como la sangre;
rosas blancas, livianas y eucarísticas, y rosas amarillas; muchas,
muchas rosas, que hacían pesada la atmósfera, con pesadez de jardín
invernal.
Volvía el baroncito, y los comentarios, prudentemente contenidos hasta
cerciorarse de la partida de la víctima, estallaron como implacable
pedrisco sobre la dama que acababa de marcharse.
--¡Qué estropeada está!
--¡Qué vieja!
--¡Yo no la hubiese conocido!--aseguró Maud.
Y la Croix, cruel, implacable, con su sonrisa burlona, la nariz
respingada y los labios alzados en las comisuras, hacían aún más cínica
e insolente su ambigüedad de colegial vicioso, flageló:
--Ninón, comienza a envejecer.
--Es que, realmente, es un bajón atroz--colaboró la Simson.
--¡El veneno de Venecia!--ironizó Calabrés.
Y Olmeido, con su voz un poco estridente, tan propicia a los sarcasmos,
afirmó muy serio:
--El veneno de Venecia ha sido--. Y, como todos rieran, incrédulos:--No
se figuren ustedes que es broma mía--aseguró. Al ver que no le creían,
insistió en sus afirmaciones:--Si yo les contase la historia.
--¡Sí, sí!--Y Fred, que se moría por los _potins_, palmoteaba.
A su vez, Julio unió, sus imploraciones a las del dueño de la casa:
--¡Cuenta!
Y Maud Simson, pereciendo de curiosidad, anunciole:
--Es temprano.
Como lo deseaba casi tan ardientemente como ellos, se dejó convencer:
--Estábamos en Venecia el otoño pasado--comenzó--. Habíamos ido a bordo
del _Hamlet_, el prodigioso _yacht_ de Ofir, el judío multimillonario.
Llevábamos un mes embarcados y comenzábamos a aburrirnos. De la frívola
elegancia de las playas del Norte habíamos pasado a la luminosidad
radiante de Cádiz y Nápoles, y de allí a la glauca transparencia de
Venecia. Al principio, la novedad de la vida a bordo se nos antojó
encantadora; pero pronto, la eterna prisión, con su forzada monotonía,
nos cansó. Además, causas imprevistas disminuyeron el número de
invitados, y después de haber perdido en Biarritz al gran duque Sergio,
llamado con urgencia a Moscou, Lina Monrreal y su marido acababan de
dejarnos en Cádiz. Quedábamos la princesa Orlasky, los Rodríguez Torres,
los peruanos de París, la Fonseca, Nino Alcolea, Lady Fronshire y yo. No
era la primera vez que me tropezaba con la inglesa; habíala encontrado
ya en Escocia, en una cacería en Warthon-Castle, el castillo de lord
Warthon, en el _Pera-Palace_, de Constantinopla, y en la feria de
Sevilla. Y no sé por qué, en todas partes, la elegancia serena de
aquella mujer, su extraña juventud que se conservaba prodigiosamente,
desdeñosa al tiempo; su mirada altiva de diosa que camina por las nubes
indiferente para las miserias humanas, me inquietaron. Había en su
hermetismo, en la mueca de sus labios rojos, en un gesto de rara dejadez
que parecía aflojar los resortes de su cuerpo, transformando por un
segundo su gran aire en una blanda elasticidad felina, y, sobre todo, en
sus ojos azules y profundos, unas veces, verdes y transparentes, otras,
un algo que me turbaba. ¡Sus ojos!... Sobre la máscara de frialdad
altiva de la dama, aquellos ojos inquietaban como una desgarradura en un
tapiz de terciopelo heráldico, por la que se entreviese una escena de
burdel. Yo había sorprendido aquellos ojos una tarde de cacería, brumosa
y gris, a orillas de un lago, en un rincón de Escocia, después de un día
de insaciable galopar, ante el cuadro cruento de los jabalíes muertos y
los galgos despanzurrados, fijos con una mirada ardiente en los rojos
palafreneros; había vuelto a hallarla, siguiendo como una sombra
fatídica los pasos de un torero en el ruedo sevillano, como si esperasen
la visión cruenta de una catástrofe; y, por fin, fijos, hipnotizados por
la bárbara zalagarda de unos soldados árabes en Constantinopla. Y
siempre en el fondo de las pupilas había adivinado el mismo anhelo, la
misma ansiedad dolorosa, la misma angustia de contenido deseo.
Apesar de nuestro cansancio, Venecia nos galvanizó. ¡Venecia! Venecia es
con Avila, quizás las dos únicas ciudades del mundo en que _se siente_
palpitar el alma de la Edad Media. Tiene de las urbes antiguas la
magnificencia y la miseria, la teatralidad propicia a los desfiles
triunfales y a las pompas litúrgicas, la inconfortabilidad, la suciedad
y la incongruencia. ¡Ah!, la quimérica maravilla de la Piacetta, con su
gótico palacio ducal, su oriental San Marcos de oro y pedrerías, sus dos
obeliscos coronados por San Jorge y el Dragón, su campanile y su luz
violeta que da a las cosas un aspecto irreal! ¡Ah la inquietadora
belleza del Gran Canal, con su doble fila de palacios de nombres
sonoros; la extraña interrogación de la vieja ciudad con su laberíntica
red de callejuelas y sus intrincados canalillos, donde al volver de un
recodo sospechoso, lleno de negros y miserables tugurios, surge el
prodigio de bizantina balconada! En Venecia queda todavía la huella de
la vida remota, cruel, malsana, apasionada y fervorosa, y todavía se
adivina en ella el triunfo del orgullo, de la lujuria y de la muerte.
Encantados, andábamos de un lado para otro. Mis compañeros, pasado el
primer entusiasmo, jugaban al _tennis_ o tomaban el té en el Lido, o
surcaban la laguna en las canoas automóviles; pero yo, más curioso,
atraído por la vida misteriosa de la ciudad vieja, vagaba,
complaciéndome en perderme en el laberinto de puentes, callejones y
encrucijadas. Un día, sin saber cómo, había ido a parar al barrio de _la
Marinería_. Comenzaba a anochecer; en las callejas, a que la angostura,
oscuridad y elevación de los edificios daba un aire sombrío, abríanse,
bañadas en la claridad lívida de los mecheros de gas, tabernas y
chiscones, donde, al través de la espesa atmósfera cargada de humo,
divisábanse equívocas figuras de la fauna del hampa mezcladas con
marineros y soldados. Mujeres sospechosas que, envueltas en sus
pañuelos de crespón, tenían una extraña semejanza con las que pululan en
las noches estivales por los barrios bajos de Madrid, paseaban las
calles ofreciendo su mercancía de amor. Del fondo de las antros surgían
notas truncadas de canciones canallescas, estrofas de barcarolas
románticas o cantos patrióticos, y voces que disputaban o que gritaban
simplemente por al gusto de gritar, formando horrísona batahola.
Avanzaba entre curioso y sobrecogido, cuando una callejuela más oscura y
angosta llamó mi atención. Era un pasadizo de metro y medio de ancho,
apenas alumbrado por la mortecina luz de un farol colocado al fondo. Un
vaho húmedo, cargado de emanaciones pestilentes de miseria, de suciedad
y de prostitución, salía de él; un arroyo de agua fétida, negra y
viscosa, corría por el centro, y veíanse confusamente figuras
sospechosas que iban y venían en las tinieblas. Valientemente, impulsado
por una curiosidad más fuerte que el temor, me entré calle adelante. La
vía, según se avanzaba, hacíase más estrecha; a ambos lados abríanse
portales negros y profundos, y al fondo de los zaguanes adivinábanse
sombras humanas, borrosas y confusas, en una hibridación inquietadora,
de la que destacábase de tarde en tarde la falda clara de una mujer o la
blanca blusa de un marinero. Llegué al final; el pasadizo era un
callejón sin salida; en el ángulo, una mujercita, de alto peinado,
discutía con un _bersaglieri_ borracho; entonces, no sin cierta escama,
emprendí la retirada. Iba a medio camino, cuando de improviso surgió de
la sombra una silueta conocida. ¡Lady Fronshire! Dudé: no era posible
aquéllo. ¿De dónde había salido? Allí no había sino antros
prostibularios o tascas infectas; indudablemente, la inglesa, paseando,
habíase extraviado, y al verse en aquel callejón, retrocedía. Pero ¿cómo
no había yo visto antes la silueta de elegancia inconfundible que
contrastaba de manera tan violenta con el ambiente canallesco? ¡Juraría
que Lady Fronshire había surgido de uno de aquellos inmundos
portalillos! Y era ella, ella con su gran aire, su cuerpo ágil y
serpentino bajo el chic irreprochable del traje sastre. Corrí para
alcanzarla, pero en aquel momento llegaba a la calle central, y dando la
vuelta desaparecía. Y cuando yo, a mi vez, llegué, no quedaba huella.
--¡Bah! ¡Ilusiones tuyas!--rió Julito.
--¿Ilusiones?--Y Olmeido, amostazado, hablaba con calor:--¡Pues falta la
segunda parte!
--¡A ver! ¡A ver!--Y todos, interesadísimos, aprestáronse a oír.
El portugués continuó:
--Cuatro o cinco días después volví a tropezarme con ella. Era nuestra
última jornada de Venecia. Ofir, reclamado con urgencia por sus
negocios, tenía que volver a Londres, y el _Hamlet_ levaría anclas al
día siguiente. Todos nuestros amigos habían aprovechado el esplendor del
día (uno de los últimos de septiembre) para hacer su postrera excursión
a Murano; pero yo había preferido ir a dar mi adiós a la vieja urbe
ducal. Después de visitar San Marcos y el Palacio del Dux y ambular por
las calles, retornaba hacia el Lido en uno de los vaporcillos que hacen
la travesía, gozándome en la magia del atardecer. Como al través de un
lente de amatista, veía, alzándose de la glauca superficie de la laguna,
destacarse sobre el cielo violeta la ciudad arcaica, coronada de
orientales campaniles. A la izquierda, en un islote, quedaba Santa María
de la Salute, que nos habla de uno de los azotes de la Edad Media, de la
peste; a la derecha, los jardines, y sobre la esmeralda líquida, las
viejas góndolas, fúnebres y románticas. Una evolución del barco me hizo
perder de vista la ciudad, y deseoso de contemplarla aún, decidime a
bajar a los departamentos de segunda clase. Descendía las escaleras,
cuando algo, sobresaltándome, obligome a detenerme. ¡Aquella silueta!
Lady Fronshire estaba allí. Indudablemente, había tenido la misma idea
que yo, y quería también dar su adiós a Venecia. Mi primer impulso fue
dirigirme a ella, pero una fuerza misteriosa me detuvo; ¿por qué estaba
allí? Dudé; ¿sería realmente ella? Ella, en persona; no era fácil
confundir su porte de gran señora, su elegancia innata, de raza; pero,
además, si aún fuese poco, pregonaban su personalidad el atavío de
franela blanca, que moldeaba el cuerpo de una juventud pasmosa, el hilo
de enormes perlas pendiente de su cuello (aquellas famosas perlas que
pertenecían a la Reina Isabel de Inglaterra) y los solitarios que
fulguraban en sus orejas. Disipadas mis dudas, iba a seguir descendiendo
para hablar con ella, cuando una maniobra extraña que acababa de
chocarme me detuvo. Cerca de la inglesa, dos marineros, dos mocetones
napolitanos o corsos, de tinte bronceado, casi oliváceo, y rizados
cabellos, vestidos con el traje de los marineros italianos, que dejaba
al desnudo sus cuellos de hércules, la miraban, sonreían, tornaban a
mirarla; en una palabra: ¡la hacían el amor! Indignado por lo que
reputaba como incalificable grosería, iba a encararme con ellos, tomando
la defensa de mi amiga, cuando noté con asombro que, en vez de
indignarse, parecía ella complacerse y aún prestarse a ello.
Efectivamente, en lugar de alejarse de allí con un gesto de asco, Lady
Fronshire les animaba con rápidas ojeadas y fugaces sonrisas, que
revoloteaban un instante en sus labios. Envalentonados, fueron
acercándose, hasta que la mano de uno, apoyada en el barandal, rozó la
de la dama. Lejos de retirarla, sonrió ella; entonces, el muchacho
comenzó a hablar con su compañero, disimulando con risotadas y
chocarrerías su turbación. Pero la inglesa, sin volverse, sin perder su
ecuánime serenidad, murmuró unas palabras que sumioles en súbito
silencio. El barco se detuvo y me apresuré a desembarcar. Oculto, vi
surgir la figura elegantísima de la Fronshire, ágil, garbosa, noble. Una
vez en tierra, vaciló un segundo, y luego, en vez de seguir el paseo que
lleva a los grandes hoteles, internose resueltamente por los arenales y
boscajes que bordean el mar, perdiéndose en las tinieblas nocherniegas.
Detrás de ella, a algunos pasos, los marineros la seguían.
Tres horas después, unos paseantes rezagados recogiéronla medio muerta
entre las malezas. Semidesnunda, tenía el cuerpo lleno de cardenales, el
rostro ensangrentado, arrancado el pelo. Las portentosas perlas, las
sortijas extrañas y los gruesos solitarios, habían desaparecido. Una
oreja desgarrada, llena de sangre, pregonaba la brutalidad del drama.
Lleváronla al hotel; terrible fiebre cerebral túvola muchos días entre
la vida y la muerte, y, al fin, cuando logró salvarse, su juventud, la
prodigiosa juventud que desafiaba burlona al tiempo, se había fundido.
Por eso pasea melancólica la convalecencia de ese terrible mal, y nos
habla tristemente del veneno de Venecia.
_Venecia-Septiembre 1912._