EL ARBOL DE LA CIENCIA

Por centésima vez, Fuencisla acercose a la puerta y escuchó; nada. Fue

entonces al balcón y, apoyando la frente en los vidrios, trató de

adivinar, en la semioscuridad, la silueta de José Ignacio; nada.

Anochecía; desde las tres de la tarde había dejado de nevar, y un cielo

gris, negruzco, cubierto de espesos nubarrones, pesaba anonadante sobre

la tierra. El jardín, bajo el sudario de nieve, tenía un aspecto trágico

y desolado; al otro lado de las tapias; la llanura extendíase blanca,

inacabable, como una estepa inhabitable. Fuencisla, sobrecogida por el

silencio y la soledad, cerró las maderas del balcón y encendió la

lámpara de petróleo, que esparció su claridad, primero amarillenta,

vacilante, luego intensa, por el divino nido de amor. La lugareña echó

unos troncos en la chimenea, y temerosa, inquieta, sentose a la vera del

fuego.

La profanación habíase realizado. Los temores de un golpe de mano en el

palacete que abrigaba José Ignacio, lleváronles a abandonar el pabellón

del jardín para vivir allí; lo destartalado e inconfortable del resto de

la casa recluyoles en el santuario. Dormían abajo, en la pequeña

antesala, pero pasaban las veladas en el cuarto de María de la Luz. En

un principio, él opúsose a lo que consideraba abuso de confianza; pero

Fuencisla, tan tímida, tan cobarde, tan insignificante siempre, sentíase

atraída por una fuerza irresistible, y halló razones y palabras con qué

apoyarlas. Sin embargo, había algo a que él, en su recta conciencia,

negose siempre, y ese algo era violar el secreto de aquellos muebles,

abrir los cajones, los armarios, los cofrecillos, todos los sitios donde

dormía _el por qué_ del embrujamiento de María de la Luz.

Fuencisla, inquieta ante la larga ausencia de su marido, que habiendo

salido para girar su visita de guardián a la posesión antes de

recogerse, llevaba más de dos horas fuera, acercose a la puerta, y,

abriéndola, exploró la galería, sumida en silencio y tinieblas. Una

bocanada de frío y de olor a abandono, que le azotó el rostro, hízole

retroceder estremecida de misterioso pánico. Otra vez, sola en la

estancia, paseó los ojos azorados por los rincones, como si esperase ver

surgir de ellos el secreto. Al fin detúvolos en una _secretaire_ de

ricas maderas, adornadas de bronces y porcelanas. ¡Allí estaba la clave!

Aproximose al mueble y lo examinó curiosamente. No tenía llave ni

vestigios de cerradura, que, indudablemente, quedaba oculta por los

bronces. Sus dedos, torpes, de lugareña, tantearon los adornos, y de

pronto, como por obra de magia, sonó un débil crujido, y la compuerta

abriose lentamente, dejando ver el interior lleno de minúsculos

departamentos, cerrados con esos cándidos secretos que tanto gustaban a

nuestros abuelos. Repuesta del primer pavor, la curiosidad venció al

miedo supersticioso y abrió un cajón. Cartas atadas con cintas de

colores, flores marchitas, pedazos de cinta... Abrió otro: unas cartas,

retratos de un guapo mozo, apuesto y fanfarrón; una corona dorada con

dos cierres de piedras preciosas, un libro de versos... Deletreó:

«Amor». Ya sólo quedaba el departamento central, que fingía la puerta

dorada de misterioso alcázar. Una ligera presión aún y la puertecita

abriose, dejando caer una avalancha de papeles: libros, muchos libros,

estampas de gentes desnudas, grabados de un libertinaje obsceno, figuras

ambiguas, extrañas, inquietantes, gentes que se retorcían en posturas

inverosímiles, monstruos nunca vistos... Y todo ello en una apoteosis,

en una exaltación ferviente, apasionada, mística, casi diabólica de la

carne. Fuencisla cerró los ojos para no ver aquello, pero el ruido de

alguien que entraba hízoselos abrir con sobresalto. ¡Su marido!

Entró José Ignacio aterido de frío y acercose a ella, que le reprochaba

quedamente:--¡Cuánto has tardado!

No contestó él, y estrechola entre sus brazos. Fue una caricia larga,

voluptuosa, impregnada de deseo, en que los labios subían de la boca a

los ojos en suave cosquilleo y tornaban a descender hasta la boca, para

posarse allí voraces, en un lento sorber de vida. Ella, a su vez, caída

sobre el pecho del varón, abandonábase en un arrobo sensual, con un

deseo loco de que la tomara allí mismo, de que la macerase, la anonadase

en una caricia de macho fuerte y vencedor. Aquello no era ya el humilde

amor cristiano que santificase antaño su unión, aquello era una

delección enfermiza, apasionada y triste; era el monstruo de cien

tentáculos y sed inaplacable; era el abismo que no se ciega nunca; era

el mar sin fondo; la cosa misteriosa e inquietante que los paganos

llamaron la voluptuosidad y los cristianos el pecado. De pronto, José

Ignacio rompió el abrazo y acercose al mueble:

--¿Por qué?...--comenzó a interpelar con el ceño fruncido.

Fuencisla explicose balbuciente. Ella no tenía la culpa; limpiando los

dorados apoyó el dedo en un resorte, y el armario abriose solo... Pero

su marido ya no la escuchaba. Cautiva su atención de las estampas,

habíase puesto a examinarlas. Fuencisla, lentamente, aproximose a él, y

juntos comenzaron nuevamente el registro. La Historia Sagrada, el

Paganismo, los mitos del mundo antiguo, desfilaban por los cartones en

una turbadora sucesión de desnudos bellísimos o lamentables. Y mientras

la luna visitaba a Eudimion en su encantadora gruta y Parsifae se

entregaba al toro, la mujer de Putifar ofreció a José el banquete de sus

senos desnudos, y los santos medioevales eran tentados por _el Malo_.

Había acabado la serie de dibujos, y poseídos ahora de una ansia loca de

saber, era el secreto de las cartas lo que violaban con la macabra

voluptuosidad de los necrófilos profanadores de sepulturas. Desatadas

las cintas, los trozos de papel, amarillentos por los años, mostraban

los largos períodos, apasionados, tiernos, incoherentes. Con trabajo, el

campesino comenzó a deletrear al azar:

--«... No puedo vivir sin ti--decían aquellos trozos de letra nerviosa y

apretada en uno de los párrafos--. A todas horas del día y de la noche

tengo tu imagen adorada ante mí. No es la sensación dulce y resignada

del bien perdido: es algo tormentoso, violento, asolador; algo que seca

mi cerebro y pone calentura en mis venas. Siento la obsesión de tus

ojos, de tus labios, de tu cuerpo todo; la obsesión atroz, alucinante,

de la voluptuosidad exquisita, _única_, que brota de cada uno de tus

gestos, que flota en la más leve de tus sonrisas y se deslíe en la luz

verde de tus miradas... ¡Ah, la obsesión de la voluptuosidad que se

exhala de tu cuerpo como un perfume perverso y embriagador!...»

Otro decía:

--«... ¿Por qué para nosotros el amor no ha sido nunca esa cosa

sentimental y melancólica que es para otras gentes? Para nosotros, el

amor ha sido una batalla que ha tenido mucho de horror bíblico; para

nosotros, el amor ha sido un fuego infernal, devorador, doloroso y

sublime, inmundo y divino!... ¡Ah, el amor, tu amor, el amor único,

hecho de llamas del infierno, de cieno y de luz! ¡Ah, el portentoso

encanto de tu cuerpo moldeado para el placer, el sabio anhelo de tus

brazos, el arcano delicioso de tus labios!...»

En otra aún:

--«¡No puedo más! Hoy, en la horrible soledad de mi _garçonière_, he

invocado al Demonio, le he pedido el bien de tu cuerpo en cambio de

nuestras almas. Para nosotros, el alma no ha sido más que la lucecilla

temblorosa que ha iluminado los ritos nefandos de la carne!... He pasado

una noche atroz. Horas y horas he llamado a Satanás. Me he revolcado en

el lecho como un perro rabioso y he gemido tu nombre. ¡María de la Luz!

¡María de la Luz! Te necesito: tus labios son la única fuente en que

puedo apagar mi sed de amor; tus ojos los únicos faros que pueden

guiarme en la oscura noche de mi alma...»

Dejaron de leer. Un río de lava ardiente corría por sus venas; una

sensación de anhelo, pleno de angustia y de delicia, desconocido hasta

entonces, adueñábase de ellos. En los ojos de José Ignacio había

fulgores de vesania, y en las mejillas de Fuensanta rosetones de fiebre.

Sentían el vago pavor que anuncia la presencia del _Enemigo_; pero una

fuerza desconocida, superior a su menguada voluntad, les impulsaba a

seguir, a seguir siempre por las ardorosas veredas de aquella vida en

que se internaban como en un jardín maldito. Tendieron las manos

temblorosas y abrieron otro cajón. En el fondo había un pequeño estuche

cuadrado, envuelto en un papel, con una palabra escrita: «Yo. María de

la Luz». Apretaron el cierre y una miniatura prodigiosa se ofreció a su

vista.

Sobre el fondo clásico de un jardín pagano, una mujer toda desnuda, en

el triunfo de su belleza admirable, jugaba con un cisne. Era blanca como

la leche, grácil, aérea, casi irreal. En sus pupilas verdes dormían las

aguas de un lago misterioso. Tenía los senos firmes, suave la línea del

torso, largo y fino el cuello y rubio el cabello, prendido por dorada

corona a la moda de Grecia. Poseía la gracia de Venus, la altivez de

Juno y la resolución de Minerva.

Los dos permanecieron mudos, extáticos, ante la aparición. De improviso,

los ojos de José Ignacio claváronse, alucinados, en Fuencisla, mientras

murmuraba:

--¡Se parece a ti!

Halagada en su femenil vanidad, sonrió ella, y, sin saber lo que hacía,

buscó maquinalmente la corona vista antes en el museo de recuerdos. La

encontró y colocósela sobre las ásperas greñas.

El paleto contemplola embebecido, y preso en una fiebre de deseo, gimió

implorador:

--¡Desnúdate!

No se sublevó el pudor de la campesina. Lejos, muy lejos de toda idea

convencional, perdida en un extraño laberinto, obedeció.

Fue una escena ridícula y caricaturesca; una de esas atroces ironías

conque los humoristas flagelan los desvaríos humanos, agravada ahora por

la exquisita elegancia del fondo. Las burdas prendas de la indumentaria

puebluna iban cayendo: primero, la toquilla color naranja y el delantal

de percal azul; luego, los refajos, polícromos, huecos y abultados; tras

ellos, el cuerpo de lana negra; siguioles el corsé gris, deforme y

remendado, las rojas medias de punto, la camisa de arpillera, y, al fin,

libre de velos, lamentable y repulsiva como una monstruosa deformación

de la divina imagen de María de la Luz, el espejo reflejó la figura

desnuda de la paleta. La cara y el cuello, rojos, ásperos, curtidos por

el aire y el agua fría; los brazos, hinchados; las manos, juanetudas:

los pechos, flácidos; el vientre, hinchado, hidrópico; las piernas,

zambas, y los pies, deformes, aplastados, anchos como remos de un

palmípedo; tenía la figura una repulsión alucinante de pesadilla Goya.

José Ignacio, los ojos brillantes y las manos temblorosas, saltó sobre

ella y la tendió sobre el lecho de sedas y encajes.

El pecado y la noche · 第 53 / 62 题