EL CUARTO VEDADO

Apoyada en el quicio de la puerta, Fuencisla la miró alejarse. Su

silueta de aquelarre destacábase enérgica sobre el fondo hostil de los

campos resecos por la helada. El cuerpo sarmentoso, cubierto de hórridos

harapos, de la pordiosera; sus ojos de lechuza y su nariz ganchuda,

armonizaban a maravilla con la llanura yerma, cerrada al horizonte por

abruptos riscos.

Aquella era la única bruja que viera en los dos meses transcurridos

desde su instalación en _El Laberinto_, y los únicos fantasmas los que

ella evocaba con las extrañas historias que Fuencisla no acababa de

comprender, pero que le apasionaban con un interés malsano. Giraban

siempre aquellas consejas en torno de los mismos hechos, la historia del

abandonado palacete y de la agonía misteriosa de sus dos dueñas, la

condesa Agueda y María de la Luz. Mezclábanse en ambas briznas de verdad

con follajes de fantasía popular, excitadas por arcaicas prácticas de

hechicería.

La condesa Agueda había vivido en los tiempos del Rey Sol. Su belleza

peregrina triunfó en la corte galante, escandalizó un poco la severa de

Madrid, y, después de algunos pecaminosos devaneos, un día, sin saberse

la razón, tal vez porque su femenil vanidad resistíase a doblar el cabo

de la edad peligrosa, fue a sepultarse en aquella olvidada posesión. De

su retiro fantaseose mucho; achacáronle no sé qué misteriosos tratos con

el Malo, y crearon sobre ella una leyenda oscura, poblada de ritos

nefandos. Algunos muñequillos de cera, más unos cuantos libros de

ciencia secreta y de práctica libertina, hallados después de su muerte,

acrecentaron las sospechas. La violación de su sepultura y la

desaparición del cadáver acabó de confirmar la leyenda.

María de la Luz fue la hija única de la marquesa. Nobles y plebeyos

cayeron siempre prisioneros en las redes del raro encanto de sus ojos

verdes y de la sonrisa de sus labios rojos. Tenía una blancura de nardo

y una gracia efímera, voluptuosa y apasionada. También ella anduvo

errante por el mundo, por los mágicos paraísos que crearon los hombres,

y también en una hora de hastío vino a refugiarse en _El Laberinto_.

¿Qué misterioso drama tuvo lugar entre los muros del palacete? Sólo la

marquesa y algunos viejos servidores fueron testigos, y ellos callaron

herméticos. María de la Luz diose a adelgazar y a entristecerse. Una

melancolía invencible apoderose de su ánimo, sus ojos se enturbiaron y

acabó por desaparecer. Sólo muy de tarde en tarde veíasele pasear

lánguidamente por el jardín, cubierta de joyas, de sedas y de encajes.

Por el país comenzó a correr la especie de que la hija de la Marquesa

estaba poseída por el Enemigo. ¿Qué lúbricas escenas de locura

desarrolláronse entre la damisela y el cornudo amante de las pezuñas de

chivo? Nadie pudo averiguarlo jamás. Unicamente veíanse entrar primero

sacerdotes y frailes que exorcizaron a la poseída y conjuraron a Belcebú

entre bendiciones y rociadas de agua bendita, para que abandonase su

víctima; más tarde oyéronse los gemidos de la infeliz, y los médicos

sucedieron a los religiosos; la casa olía a éter, a antistérica, a

azahar. Un oído indiscreto creyó percibir un día, al través de la puerta

de un salón, en que la madre y cierta eminencia médica celebraban

consulta, la voz de la dama, que desgarrada, amarguísima, pero firme,

enérgica, con resolución inquebrantable, afirmaba entre dos sollozos:

«¡Nunca! ¡Antes muerta! ¡Antes tendida en una caja entre cuatro luces!»

Al fin, las visitas facultativas cesaron, y sobre la casa impregnada de

fuerte olor a medicamentos cayó un silencio de plomo, sólo interrumpido

por los aullidos de la enferma a quien el _Malo_ visitaba a las altas

horas de la noche. Era algo horrendo, trágico y misterioso, aquella

ficticia calma, en que los alaridos angustiosos, desesperados, se

alzaban como una imploración suprema en la paz nocherniega. Y mientras

la marquesa, horrorizada, rezaba, María de la Luz revolcábase en el

lecho en atroces crisis de vesania. Al fin murió.

La bruja contaba estas historias entreverándolas de pintorescos

episodios, de filtros y bebedizos, de fórmulas cabalísticas y conjuros

mágicos, en que se mentaba a Salomón, el de la sabiduría, y a los Magos

de Oriente; hablando de Felipe II y del Príncipe de los Hechizos, de

nuestro señor el Rey D. Carlos II y de otras cosas de romance. Y en el

fondo de todo aquello, vivía una fuerza desconocida, violenta,

arrolladora, capaz de agostar las vidas en flor.

Fuencisla había vuelto a la puerta del pabellón, y la labor abandonada

sobre el regazo, permanecía perdida en penosa divagación, presa de

aquellas perezas anonadadoras que le acometían desde que habitaba allí.

La mañana tenía melancólico encanto en el gran parque. Sobre el cielo

muy pálido, casi blanquecino, brillaba el sol amarillento. Los árboles,

desnudos de sus galas, se retorcían esqueléticos; sólo los cipreses

dibujaban sus pináculos sobre el fondo claro.

Fuencisla estaba triste. Acostumbrada al trajín de una casa de labor, en

que hallábase rodeada de gente a todas horas del día y de la noche, en

que mecía su sueño el hervor de la respiración, de sus bestias

familiares, aquella soledad y aquel silencio augusto le inquietaban.

Imágenes turbadoras, desconocidas hasta entonces, poblaban sus sueños;

las historias evocadas por la mendicante despertaban en ella una

curiosidad malsana, un deseo vago de saber, y la casa, con su prestigio

de misterio, le tentaba. ¿Qué habría detrás de aquellos postigos siempre

cerrados? ¿Por qué la prohibición de la señora? ¿Qué huellas quedaban de

la condesa Agueda y sobre todo de María de la Luz? Sentía algo que

alentaba cerca de ella. El _Malo_ la rondaba; algunas veces, en medio de

la calma de la noche, se despertaba sobresaltada creyendo sentir en la

piel el roce de unas velludas patas de macho cabrío y veía fosforescer

en las tinieblas dos ojos de brasa que le miraban anhelantes. El

misterio habíase instalado en su pacífica existencia y sentía tras la

puerta cerrada algo terrible que le atraía con fuerzas sobrehumanas.

Hasta su mismo amor por José Ignacio habíase modificado; ya no era aquél

cariño de bestia humilde y resignada que se traducía en un trabajo

abnegado y un renunciamiento absoluto de la voluntad; era una ternura

temerosa y apasionada que la hacía apretarse contra su pecho y buscar

sus labios en un anhelo infinito de algo desconocido.

El también se transformaba insensiblemente; la vida sedentaria, en vez

de aumentar su caudal de salud y de alegría, parecía mermarlo

insensiblemente, haciendole más reconcentrado y taciturno. En vez del

júbilo ruidoso, un mucho pueril, de sus antiguas horas de asueto,

invadíale una melancolía soñadora, que le hacía arrastrarse

trabajosamente al través de las interminables horas de los días de

inacción. Permanecía largos espacios de tiempo sin hacer nada, con los

ojos perdidos en el vacío, o bien leía trabajosamente en unos novelones

hallados en un desván. Había perdido el apetito magnífico de hombre

primitivo y su sueño no era ya el descanso reparador del que trabaja

doce horas, sino un dormir ligero, poblado de sueños y cortados por un

despertar sobresaltado. Su cariño por Fuencisla había sufrido la misma

trasformación que todo lo demás, y en vez del impulso fuerte del macho,

era una cosa nueva, morbosa, llena de temores, de vagas delecciones.

Hacia ella venía ahora José Ignacio al través del jardín, la escopeta al

hombro y el sombrero caído a la nuca. Había adelgazado y palidecido. Su

cara cetrina habíase demacrado y los huesos se marcaban enérgicos sobre

la piel curtida. Los ojos negros brillaban en el fondo de las oscuras

cuencas y los labios contraíanse en una extraña tirantez de todos los

músculos. Parecía agitado, inquieto, y como Fuencisla, pronta ahora a

todas las inquietudes, le interrogara con sobresalto, explicaba lo

sucedido.

Venía de dar su vuelta por el jardín, como, vigilante, hacía todas las

mañanas, y había encontrado caída en el suelo una de las persianas de la

casa. No sabía si habría sido el aire el que arrancara las carcomidas

maderas o era obra el desaguisado de nocturnos merodeadores; ni tampoco

la significación que podía tener: si eran los preliminares de un golpe

de mano o si sólo representaba un desperfecto fácilmente reparable.

Estaba inquieto, perplejo... Detúvose ante su mujer, como solicitando

consejo, más por una de esas fórmulas que nos dicta la perplejidad que

por esperar ayuda de la sobria castellana.

Pero por primera vez en su vida la lugareña mostró su voluntad. Era

preciso entrar en la casa, asegurarse de que no habían robado nada, y

hacerse cargo de lo que allí había, para futuras contingencias. ¡Dios

sabe lo que podría pasar el día menos pensado!...

--Ya ves, la señora prohibió...--comenzó a argüir él.

Pero con extraña videncia Fuencisla adivinó los peligros. Como si el

velo de ignorancia que cubría su pensamiento hubiérase rasgado de

improviso, halló argumentos y palabras con qué expresarlos. Si por

casualidad se efectuaba un robo, ¡qué responsabilidad para ellos! ¡Ni

aun sabrían lo que se habían llevado los asaltantes! La prohibición eran

palabras de la señora, que exageraban su pensamiento; lo que ella había

querido indicar era que no curioseasen, ni se metiesen allí; pero de eso

a que no vigilaran... ¡Si la misma señora les había dicho que sólo

entrasen en _un caso de fuerza mayor!_

Fuencisla seguía hablando; sus palabras hallaban eco en un secreto deseo

que germinaba en el espíritu de José Ignacio. Al fin se dejó vencer,

murmurando:

--¡Vamos allá!

* * *

Al penetrar en el pequeño peristilo que servía de entrada a la casa, los

dos estaban turbados y sentían latir precipitadamente su corazón. Como

los niños de los viejos cuentos que, desobedeciendo a su protectora,

abren la puerta del cuarto prohibido y se disponen a explorar el

misterio, ellos, faltando a la consigna, iban a violar el secreto de

aquellos muros, tras los que dormían las dolientes sombras de la condesa

Agueda y de María de la Luz.

La antesala constituíala minúscula rotonda, rodeada de columnas de

madera con capiteles dorados. El suelo estaba cubierto de baldosines

blancos y negros, y en el centro, un Narciso de mármol se miraba en el

tazón de una fuente sin agua. Había allí violento olor a cueva, que daba

sensación penosa de abandono. Abrieron otra puerta, disimulada con

espejos, y halláronse un gran salón flanqueado por dos gabinetes

tapizados de damasco, uno rosa, azul el otro, frívolos y galantes, del

que sólo les separaban unos arcos sostenidos por pilares de cartón

piedra. Era una sala grande y baja de techo. Las paredes, pintadas de

blanco y adornadas con áureas conchas y hojarascas, obedecían a la moda

del reinado de Luis XV. Retratos de empolvadas damas y amanerados

paisajes imitación de Watteau y de Boucher, pendían de rojos cordones de

seda; una Anfítrite surgía de las aguas en un medallón que ocupaba el

centro del techo; barrocas consolas sostenían relojes y candelabros de

bronce; los muebles, de dorada talla, eran grandes y amazacotados, y un

piano de cola, con el teclado abierto, aparecía semicubierto por

chinesco bordado. Pero el tiempo inexorable, ayudado por el abandono,

había puesto su pátina a las cosas; las paredes amarilleaban; los

dorados, descascarillados y maltrechos, habían perdido su esplendor; el

suelo, de incrustadas maderas, lucía opaco, mortecino; los retratos y

los paisajes estaban cubiertos por neblinosa capa de polvo; Anfítrite,

arrugado el lienzo, aparecía deforme, monstruosa; los péndulos, parados

en horas enigmáticas, inquietaban como mudas interrogaciones, y en las

barrocas jardineras, las plantas resecas tenían un aspecto de desolación

opresora.

Mientras Fuencisla, extasiada ante aquel lujo amable que contrastaba con

los santos macilentos, los oscuros estrados y los cortinones evocadores

de fantasmas del palacio de _la señora_, única riqueza que ella conocía,

pasmábase de todo y en plétora de curiosidad olvidaba inquietudes, José

Ignacio pasaba revista a las ventanas. Todas estaban intactas, cerradas

las verdes persianas. Allí no era, pues. Volvió al lado de su mujer:

--Aquí no ha sido... Y ahora ¿qué hacemos?

Tornó ella a hallar los acopios de la desconocida resolución que, como

una fuerza ciega de la naturaleza, le impelía:

--Seguir, a ver dónde...

--Pero...--objetó él, vacilante.

Ella, más resuelta, animole:

--Ya... Una vez dentro, más vale seguir adelante.

Salieron a un gran pasillo, decorado más modestamente, pero formando un

todo armónico con el salón y los gabinetes. Allí había dos puertas más.

Abrieron la primera: el cuarto de la marquesa. Frío, triste, conventual,

tenía por todo mueblaje una cama con colgaduras de seda granate, una

cómoda y algunas sillas, y por todo adorno un enorme Cristo. Tampoco

allí faltaba nada. Volvieron a encontrarse en el corredor. Ante la

puerta de la otra habitación se detuvieron. La voz de Fuencisla tembló:

--El cuarto de María de la Luz.

Súbitamente asustado, comenzó a balbucear:

--Mejor era dejarlo.

--¡No, no! Aquí debe ser.

El pestillo habíase enmohecido y costaba trabajo franquear el paso. Al

fin, en un esfuerzo de José Ignacio cedió, y los batientes se abrieron

de par en par. Retrocedieron aterrados, esperando quizá una súbita

aparición infernal. Pero si el demonio estaba allí, no se dignó

presentarse, y sólo se ofreció a sus ojos el más bello nido de amor que

una mujer artista y apasionada pudo soñar. Era allí donde faltaba la

persiana, y a la luz pálida que se filtraba al través de rosadas

cortinillas, aparecía el refugio en ideal sinfonía de sedas pálidas,

terciopelos y gasas... Sobre los muros de damasco rosa muy pálido,

antiguos Malinas formaban pabellones sostenidos por dorados lazos.

Grabados libertinos del siglo XVIII (bellas damas de Versalles

sorprendidas en el recato de los boscajes por robustos faunos de patas

de chivo; marquesas que en la enguirnaldada elegancia de la alcoba,

desnudábanse ante los ojos concupiscentes de un negrito; gentiles

doncellitas para quienes los jardines del Trianón eran frondas de Pafos

y de Citerea) pendían encerrados en dorados marcos de talla; un Psiquis

de tres lunas abríase en el centro de un muro; muebles de _boule_ llenos

de cajoncitos y secretos, parecían guardar no sé qué misterios

pecadores, mientras sobre sus tableros de marquetería danzaban las

figuritas de Sajonia, y ocupando el centro de la estancia, el lecho, un

lecho muy bajo de palo de rosa y bronces, era en su apoteosis de

batistas, sedas y encajes, como un altar de Eros. Ante la ventana, la

mesa de tocador sostenía ringleras de frascos en que se habían

evaporado los perfumes, dejando al fondo un poso oscuro, y entre peines,

cepillos, bruñidores y otros instrumentos de embellecimiento, veíase

caída una coronita de blancas rosas de terciopelo, que debió de servir

para embellecer la frente de María de la Luz. Y todo aquel galante

interior hallábase agravado de un mohoso olor a perfumes, a flores

marchitas, a éter, el angustioso olor a podredumbre e incienso de las

cámaras mortuorias.

Fuencisla habíase aproximado al tocador y miraba reflejada en la luna

orlada de cincelada plata, su rostro bobalicón y sus ojos de pájaro

asustado. Inconscientemente, sus dedos amorcillados apoderáronse de la

corona y posáronse sobre los cabellos lacios y descoloridos. Sonrió. En

aquel instante vio reflejarse en el azogado cristal un rostro tras el

suyo. Dos ojos negros y ardientes brillaron, y sintió unos labios de

fuego que se posaban en su cuello. La voz de José Ignacio suspiró:

--¡Qué maja, mi nena!

El pecado y la noche · 第 51 / 62 题