EL PARAISO TERRENAL

Llegaron a la caída de la tarde, un día en los comienzos del mes de

septiembre. El crepúsculo espléndido tenía en su magnificencia y en su

lentitud la tristeza punzadora de ciertas agonías, esas inacabables

agonías de muchachas pálidas y soñadoras a que la tisis presta la alegre

neblina de las ilusiones color de rosa. En el ambiente tibio, perfumado

de aromas campesinos, había una gran quietud. Envuelto en la claridad

violeta del atardecer, el parque dormía callado y misterioso. Era un

viejo jardín galante cortado a la moda del siglo XVIII. Tenía sus

macizos de arrayanes, sus calles de rosales, su laberinto de bojes

poblado de rotas estatuas de mármol, su fontana, su cascada y sus

puntiagudos cipreses que destacaban las negras siluetas sobre la palidez

dorada del cielo. Pero el tazón de mármol, presidido por alado Cúpido,

estaba vacío ahora; las aguas del estanque hallábanse cubiertas de

nenúfares, y sólo algunos tardíos capullos blancos florecían en un

rosal. Al través de los árboles, divisábase la casa con su presuntuosa

arquitectura Luis XV, sus conchas, hojarascas, lazos y delfines, llena

de desconchaduras, de manchas de humedad y de goteras que trazaron

negros surcos sobre el gris sucio de la fachada. Las persianas cerradas

estaban rotas, despintadas, carecían de listones, y la puerta, adornada

de clavos, permanecía hermética, con goznes y cerrojos oxidados por las

injurias del tiempo, de la lluvia y del sol, en complicidad con el

abandono.

Mientras José Ignacio forcejeaba por abrir la verja, Fuencisla, sentada

sobre la pila de muebles y enseres que constituían su ajuar,

contemplaba, por encima de los barrotes, un poco pasmada, entre

sorprendida y satisfecha, la hermosura del parque, que se destacaba,

como un oasis, en la hosca aridez de la llanura.

Vulgar, insignificante, resultaba Fuencisla el tipo perfecto de la

muchacha pueblerina que pasa de niña a mujer, de mujer a madre, de madre

a abuela, pare, cría, muere en perenne negación espiritual, sin pensar

jamás, sin afrontar la vida, acostumbrada a obedecer al padre, al

marido, al hijo, sin haber tenido sino una confusa noción de las cosas.

Corta de estatura, apaisada, los senos flojos y el vientre hinchado bajo

las frondosas sayas de percal y los refajos multicolores, tenía el pelo

rubio, lacio, áspero; el cutis tosco, malsano el color, los labios

resecos, resquebrajados, y los ojos grisosos, opacos, un poco embobados,

siempre bajos en humildad temerosa. El ademán muy tímido, muy apocado,

las manos perennemente cruzadas sobre la tripa, las pupilas abatidas al

suelo y el andar de palmípedo, acababan de subrayar la vulgaridad casi

animal del conjunto. Su habitual estupor redoblárase ahora ante la grata

sorpresa. Las ocho leguas que había tenido que recorrer, la idea,

abrumadora para su apocamiento, de alejarse del terruño nativo, la voz

popular que marcaba con un estigma de brujería la posesión y, sobre

todo, las palabras de la _señora_, había llevado la turbación a su

harto cuitado ánimo. Incapaz de ninguna rebeldía, no había chistado,

limitándose a obedecer, a ojos cerrados, la voluntad de José Ignacio.

Pero en el largo viaje, en los interminables paréntesis de silencio que

su seca concisión castellana dejaba entre sobrios y espaciados períodos

de conversación, el temor, un temor supersticioso, asaltábale y veía las

futuras noches del caserón como algo pavoroso en que brujas y trasgos

celebrarían ritos, danzas y conciliábulos, y el mismísimo diablo

vendría, con su rabo y sus cuernos, a infestar la casa de olor a azufre.

Pero José Ignacio llegaba ahora a interrumpir sus divagaciones. Con tipo

clásico de labriego castellano, enjuto, anguloso, la color cetrina, los

ojos negros y negro y ondulado el pelo; el servicio militar y la

permanencia en las ciudades (capitales provincianas de segundo orden),

habíanle hecho perder algo del empaque rural, aunque dejándole intacta

la alegría inocentona, una alegría meramente física que le llevaba a

pueriles expansiones de contento, traducida en gritos, brincos y

cabriolas, que contrastaban extrañamente con su mutismo de otras veces.

--¿Ves qué hermoso?

María Ignacia sonrió:

--¡Sí que es hermoso!

--¿Llevaba razón?--interrogó con sobriedad muy de la tierra de Castilla.

Limitose ella a volver a sonreír con su sonrisa franca de humilde

contento.

No es que ella se hubiese metido a discutir con su marido la

conveniencia del viaje; su respeto de mujer y esposa cristiana vedábale

tal género de polémicas; pero en la vaguedad de un gesto, en la

indecisión de sus escasas palabras y, sobre todo, en el silencio turbado

con que respondía a las razones que él hallaba para aquel éxodo, leía

José Ignacio la inquietud de su compañera.

Hacía ya días que la marquesa--la noble dama recluida desde la muerte de

su hija, de aquella divina María de la Luz, apenas entrevista rara vez

envuelta en un aura de elegancia y de perfumes, en su caserón con

honores de palacio y de convento, en Segovia--, habíales llamado a su

presencia. Era Fuencisla hija de antiguos servidores campesinos; madrina

de su boda fue _la señora_, y contenta de su modestia y recato siguiola

protegiendo después de su matrimonio. Pese a la proverbial bondad de la

dama, no las tenían todas consigo cuando se encaminaron al palacio.

Aquella aristócrata severa, perpetuamente enlutada, que no salía jamás

como no fuese para hacer una breve visita a _El Laberinto_, la finca

trágica en que María de la Luz se agostó en plena juventud, les imponía.

Endomingados, Fuencisla con su atavío de paleta, sus huecas sayas y su

pañuelo de colorines; José Ignacio, más currutaco, a la moda de la

ciudad; iba ella francamente cohibida con susto de pájaro bobo; él

fingiendo, con chabacanería aprendida en la vida cuartelera, un aplomo

que estaba muy lejos de sentir. La señoril magnificencia del palacio,

sus enormes galerías, sus salas adornadas de tapices, cuadros sagrados y

retratos de familia, acabaron de hacerles perder todo aplomo. Pero

cuando su turbación llegó a los límites del atontamiento, fue cuando se

vieron en presencia de la _señora_. Aquella dama, pálida y triste, con

su sola presencia imponía respeto. Más que vieja, envejecida por una

secreta pena que había derrumbado de un hachazo el robusto tronco de su

vida, permanecía hundida en su butaca, la nevada cabeza caída sobre el

pecho, y las manos, largas y blancas, de una aristocrática elegancia

insuperable, abandonadas sobre el regazo como dos prodigiosos juguetes

de marfil. Tenía la palabra afectuosa, impregnada de un vago matiz de

desencanto y amargura, el gesto reposado y la mirada dulce, pero con una

bondad indiferente, impuesta, como si su espíritu estuviese muy lejos y

no le importase nada de nada.

Habíales hablado llena de benevolencia afectuosa. Ella necesitaba un

guardián para su finca _El Laberinto_, y había pensado en ellos. El

cargo era cómodo, bien retribuido; la casa del guarda, buena, alegre;

quizás necesitase alguna obra, pero ella haría lo que fuera menester;

trabajo ninguno, puesto que no quería que se tocase ni a una flor, ni a

un árbol, ni a una piedra, (y esto significaba condición especialísima)

ni muchísimo menos a la casa. Aquello era terreno vedado; jamás bajo

ningún pretexto pondrían los pies allí. Ellos tendrían las llaves, pero

sólo para un caso de fuerza mayor, un incendio, un robo... Por lo demás,

podían aprovechar los frutos del huerto, amén de, en el pequeño corral

asignado al guarda, tener gallinas, cerdos, etc., etc.

José Ignacio, gorra en mano, escuchaba. Había ido recobrando el aplomo

y, ante la perspectiva del paraíso de ociosidad y bienestar que se le

abría, contenía a duras penas su júbilo. Fuencisla, azorada, escuchaba a

su protectora con un sentimiento de honda gratitud, que su timidez le

impedía exteriorizar.

La marquesa quedóseles mirando un instante, y luego interrogó:

--¿Qué les parece a ustedes?

La paleta balbuceó palabras incomprensibles de agradecimiento. El, más

resuelto, aseguró:

--¿Qué quiere la señora que le digamos? ¡Que bendeciremos su nombre toda

la vida!

La dama interrumpió sus efusiones. Antes de decidirse era preciso

decirles toda la verdad, los inconvenientes lo mismo que las ventajas,

su conciencia se lo exigía así. No es que creyese en semejantes

historias; sin embargo, ya sabían ellos la fama de hechicería que pesaba

sobre _El Laberinto_. Cosas de la leyenda popular, así todo... Para ella

fue cruel aquella finca, pero...

--La muerte de mi pobre hija, de mi pobre María de la Luz, ha sido la

desgracia más grande de mi vida, y allí tuvo lugar. Verdad que allí o en

otro lado hubiese muerto lo mismo, si esa era la voluntad de Dios.

¡Nunca, nunca sufrirá nadie lo que yo sufrí con la agonía de mi María de

la Luz; pero, como Job, he repetido muchas veces: «Dios me lo dio, él me

lo ha quitado; bendito sea su Santo Nombre». ¡Quién sabe si fue mejor

para la salud de su alma que El se la llevase que no siguiera vegetando

en este mundo de miseria y pobredumbre.--Hizo una pausa, durante la cual

esforzose en dominar su emoción, y luego con voz serena prosiguió:--En

fin, esto son penas mías, que sólo a mí atañen; lo demás, todas esas

historias de fantasmas y apariciones me parecen paparruchas indignas de

un buen cristiano...

Al verles silenciosos, al parecer perplejos, encarose con ella:

--Conque, Fuencisla, usted dirá?

La lugareña balbuceó:

--Yo, lo que la señora mande.

--¡No, no!--protestó con gran viveza la marquesa--. Yo no mando nada.

Eso ustedes sabrán lo que les conviene.

Con su incapacidad volutiva, tuvo Fuencisla un ademán de renunciamiento:

--Yo, lo que quiera José Ignacio.

Apresurose él a aceptar. ¿No había de querer? ¡Ya lo creo que quería!

Todo aquello de duendes y embrujamientos era como los fantasmas de la

sábana que paseaban de noche por las calles del pueblo; pamplinas para

asustar niños y viejas. ¡Fantasmitas! ¡Ja! ¡Ja! El hombre que tiene

buenos puños y la conciencia tranquila no tiene que temer más que a

Dios.

Y así quedó cerrado el trato.

Ahora, después de meter el carro dentro del jardín, trataba José Ignacio

de abrir la puerta del pabellón que les estaba asignado. Al fin, tras

no pocos esfuerzos, consiguieron franquear el paso y penetraron los dos.

La primera impresión fue de tristeza: una atmósfera de humedad, de moho,

de casa de larga fecha abandonada, salioles al encuentro. La primera

estancia del pabellón era una rotonda minúscula, imitación de esos

vestíbulos de mármol que se ven en algunos pabellones de caza y lugares

de descanso de los parques reales. Columnas de estuco imitando mármol

rodeaban el cuarto, rotas, descascarilladas, maltrechas; grandes

hornacinas en que faltaban las estatuas hendían las paredes

resquebrajadas, manchadas de musgo; unos lienzos despintados pendían en

jirones del techo, mientras que las arañas tejían entre ellos sus

colgantes puentes de seda. Pasaron al segundo cuarto, una habitación

pequeña, baja de techo, con muros encalados y una gran ventana de

cuarterones que cerraba mal. También la humedad y el abandono habían

hecho estragos en ella; pero así todo, era más habitable. Junto a esta

salita había una alcoba muy pequeña, y luego la cocina. Y nada más.

Oprimida por una sensación angustiosa de tristeza, por un presentimiento

supersticioso de desgracia, Fuencisla sintió el ansia de respirar aire

puro, y salió al jardín. El ambiente tenía una dulzura adormecedora; de

la tierra subía un vaho de humedad lleno de fragancias, y en un triunfo

de aromas morían las últimas rosas en los rosales. Sobre el cielo azul

oscuro, espolvoreado de estrellas, destacábanse las negras siluetas de

los cipreses. Y por detrás de los cipreses, enorme, redonda, teñida de

sangre, una luna de presagio nefasto se alzaba lentamente.

El pecado y la noche · 第 49 / 62 题