Empiezo por rogaros que aceptéis la expresión de mi profunda gratitud,
por la hospitalidad que me prestais.
Es la primera vez que tengo el honor de dirigirme á vosotros; pero
el asunto en que me he de ocupar es de un interés tan nacional y de
tanta importancia, que, obedeciendo hasta al juicio y al criterio á
que procuro acomodar mis actos, sin embargo de que tengo el honor de
pertenecer á una de las Cámaras legislativas del país, me ha parecido
más conveniente, ya por la amplitud de la materia, ya también por el
supremo interés que el asunto tiene en sí para el país, dirigirme á
vosotros sin intermediario de ningún género; porque si bien cuando
hablamos en las Cámaras hablamos al país, es, sin embargo, cierto que
no lo hacemos tan directamente como puedo hacerlo ante vosotros. Aquí
tengo la más firme confianza de que me habéis de escuchar con una gran
benevolencia y sin espíritu ni pasiones de partido, ni de otro género.
(_Muy bien, muy bien._)
No creais, señores, que yo vengo como hombre político á defender acto
alguno de mi vida en todo lo relativo á las cuestiones coloniales;
no. Por las circunstancias, por la índole de mis trabajos, por mis
preferencias, por un conjunto de factores que no es necesario siquiera
precisar aquí; yo en mi vida pública no tuve nunca parte directa ni
indirecta en lo que se refiere al régimen y gobierno de nuestras
colonias; siempre estuve completamente alejado de ellos, y además,
ni mis estudios, ni mis aficiones, ni las circunstancias que fueron
marcando el rumbo de mi vida pública, repito, me llevaron á ocuparme en
una cuestión tan vital para España. ¿Por qué no he de decirlo ahora? No
es un mérito ni lo alego tampoco en tal concepto.
Yo, con un gran temor de errar, por efecto de mi insuficiencia, no era
partidario, no lo fuí jamás, ni lo sería hoy, del régimen colonial que
España, desde los tiempos de los Reyes Católicos había establecido para
sus posesiones de América; yo no fuí nunca partidario de ese régimen
que se llamaba de asimilación y que consistía en considerar á las
colonias como provincias de la Monarquía. Siempre fuí partidario de la
autonomía colonial, y como era un sistema que aquí no imperaba, que no
había imperado jamás en los tres siglos que precedieron al actual, y
que, en efecto, estaba en oposición con todas nuestras instituciones
coloniales, suponía yo que estaría en un error, ¡cómo no había de
suponerlo, enfrente de la experiencia de tres siglos; enfrente de la
manera de pensar de los hombres de Gobierno que tuvo España desde el
siglo XVI hasta aquí, si bien con alguna excepción de que pronto habré
de ocuparme!
Por esta razón no tenía para qué intervenir en nada, absolutamente
en nada, de aquello que tanto agitó á la opinión pública durante los
últimos treinta años del siglo XIX. Os voy á decir más. Recuerdo que
cuando el Congreso americano hizo su declaración conjunta, proclamando
la independencia de la isla de Cuba, que dió por resultado que el
Gobierno español entregara sus pasaportes al ministro de los Estados
Unidos en Madrid, ante la gravedad que envolvía la situación que se
iniciaba... me tomé la libertad de ir á manifestar al que era entonces
jefe del Gabinete, mi opinión de que debía el Gobierno español
reconocer la independencia de la isla de Cuba, negociando con ella,
para la aceptación por la misma de toda ó parte de la Deuda colonial.
Recuerdo también que el ocho de Mayo, después de saberse en Madrid
el desastre de Cavite, reiteré mi visita, manifestando mi opinión
de que el Gobierno español debía proponer inmediata y directamente
al de Washington un armisticio para negociar la paz, pues eran
incalculables los desastres que esperaban á nuestra patria. El Gobierno
tomó en consideración lo que le expuse; pero negociaciones que tenía
pendientes, según tuvo la bondad de manifestarme al siguiente día su
Presidente, no le permitieron dirigirse entonces, en el sentido que
acabo de indicar, al Gobierno de Washington. Tales negociaciones, cuyas
circunstancias nunca conocí, tengo, no obstante, la seguridad de que
no pudieron ser ciertas conferencias de que entonces se habló y que
consideré siempre inverosímiles, por la, más que infantil candidez que
hubieran revelado en quien se suponía que las estaba sosteniendo con un
representante de la Unión americana.
Nuestro enemigo era lo bastante astuto para aprovecharse de aquellas
circunstancias, y, durante ellas, desembarcó en la isla de Cuba;
destruyó nuestra escuadra enfrente de la bahía de Santiago de Cuba;
tomó esta plaza, y concluyó por desembarcar sus tropas en Puerto Rico y
apoderarse de esta isla.
No digo nada de esto en sentido de censura para el Gobierno español,
la mayor parte de cuyos individuos viven y podrían testificar la
exactitud de cuanto estoy refiriendo. No; debo suponer que quizás si
yo hubiera sido gobierno, habría obrado de la misma manera; sin duda,
había motivos, que no tenía por qué dar á conocer, que le impidieron
seguir camino diferente. De suerte que no alego lo que acabo de decir,
en mi elogio ni en mi defensa; empiezo por reconocer mi falta, porque
me limité á dar mi consejo, y en las Cámaras no hice constar mi opinión
ante el país.
Responde, pues, lo que hoy digo, á los dictados de la conciencia de un
español, de un patriota, que si no tiene que defender actos propios,
tampoco se considera autorizado para censurar los ajenos. (_Muy bien._)
Es lo cierto, señores, que en nuestro país se ha formado una opinión,
fuerza es reconocerlo, bastante general y se cree que los gobernantes
de hoy (al referirme á los de hoy, no me refiero á los de este día, ni
á los de hace un año, ni dos, sino á los gobernantes de nuestro tiempo,
á los gobernantes que tuvo España, ya que no durante todo el régimen
constitucional, por lo menos en la segunda mitad del siglo XIX) se
cree, repito, que los gobernantes de hoy, los partidos políticos y las
clases directoras, son los responsables de nuestros últimos desastres.
Eso es lo que la mayoría de las gentes cree, y yo tengo para mí que eso
es un profundo error.
Procuraré ver si llevo á vuestro ánimo la convicción de lo que acabo de
decir.
* * *
Señores: La América tuvo un triste destino en el mundo. Nació á la vida
moderna para ser un país de explotación; todo el continente americano,
desde que comenzó á ser descubierto por Colón, estaba condenado á ser
territorio colonial; en él no hubo ningún Gobierno autonómico, ningún
Estado independiente, hasta la última mitad del siglo XVIII. España
poseía la mayor parte. Inglaterra, Francia y hasta Rusia, también
eran dueños de parcelas; pero España como Inglaterra, Inglaterra como
Francia y Francia como Rusia, ejercían la soberanía en América con
el criterio con que las potencias de Europa, entonces, gobernaban
sus colonias; todas las consideraban como territorio de explotación
en beneficio de la madre patria, no en beneficio de los territorios
coloniales ni de sus habitantes. España hizo lo mismo, si bien entre
el sistema colonial español y el de los demás Estados de Europa, había
varios puntos esencialmente diferentes.
Poseyó tranquila y pacíficamente España sus inmensos dominios
coloniales, que comprendían desde la Luisiana al extremo del Continente
meridional, hasta el siglo XVIII, pero entonces empezó la crisis. En
aquellos territorios ya existían razas que no eran las indígenas, la
mestiza y la criolla, que habían llegado á alcanzar cierto grado de
cultura á cuyo calor había surgido en ellas el sentimiento de sus
derechos y el amor á su independencia. Aquellas colonias comenzaban á
adquirir las condiciones indispensables para formar nuevos Estados.
Pasa á los pueblos nacientes lo que á los seres de nuestra especie:
desde que nacen, necesitan para vivir el constante auxilio de su
madre ya que en ellos ni aun en rudimento aparecen las iniciativas
de su actividad, de su libertad y de los derechos que constituyen la
personalidad humana. Estos van surgiendo en la conciencia del nuevo ser
á medida que va desarrollándose hasta llegar á la plenitud. Entonces
el ser que no hubiera podido vivir sin el amparo y el calor de otro,
se considera en aptitud de dirigirse y gobernarse á sí mismo. Así los
pueblos no se someten á una dominación y ni siquiera á un Gobierno
ajeno, cuando llegan á tener la conciencia de que son capaces de
dirigir sus propios destinos.
Ofreced á un pueblo que haya llegado á un superior grado de cultura el
desarrollo de su riqueza, proporcionadle todo género de beneficios;
consagraros á su bienestar y á su progreso en todos los órdenes en
que puede alcanzarlo la vida humana, y no se contentará con todo
ello. Querrá ser libre é independiente; querrá encargarse de su
propio régimen y gobierno. Y esto es lo que pasó en toda la América
respecto de España y de las demás naciones. Nosotros podemos afirmar
que nuestra posesión colonial dejó de ser quieta y pacífica desde
1780, habiéndose presentado los primeros síntomas revolucionarios,
sofocados inmediatamente, en 1775. Aun no había terminado la guerra de
emancipación de las colonias inglesas, y ya se levantaba en el Perú,
logrando tener á sus órdenes nada menos que 80.000 indígenas, á que
afirma la Historia que llegó el número de insurrectos, que siguieron
sus banderas, un criollo que se consideraba descendiente de uno de
los compañeros de Pizarro por su madre y los Incas por su padre.
José Gabriel Tupac-Amarú, levantó la bandera de la independencia, y
con el concurso de su pariente Tupac-Catarí, estuvo durante dos años
extendiendo su dominación nada menos que á un radio de 300 leguas desde
el Perú hasta las riberas del Plata.
Terminó esta insurrección, que era ya una protesta contra la dominación
española, con los suplicios á que fué sometida la familia de los
Tupac, y que después de todo, no fueron más horribles que los que
empleaban las demás naciones civilizadas de Europa contra los infelices
indígenas, cuando violaban los deberes de fidelidad y obediencia que la
Metrópoli les había impuesto.
Poco tiempo duró la paz. En 1805 ya, desembarca un ejército inglés
al mando del almirante Murray en Buenos Aires, y gracias al gran
valor, al gran prestigio y á la gran pericia militar de Liniers, pudo
España conservar su dominio en la capital del Plata. Pero esos mismos
habitantes que defendieron entonces á la madre patria, diez años
después se sublevaban contra ella, proclamaban su independencia y la
sostenían de tal modo, que desde entonces no volvieron á reconocer
la soberanía de la Metrópoli española. Al mismo tiempo enarbolaban
la bandera de la independencia los mejicanos; simultáneamente, los
habitantes de Chile y del Perú; de suerte, que en el año de 1820
España había perdido todo su imperio colonial en el continente
americano; no le quedaban más que las dos pequeñas islas (que pequeñas
pueden llamarse en comparación con la inmensidad del territorio que
había perdido) del golfo de Méjico: Cuba y Puerto Rico.
En Méjico era proclamado emperador D. Agustín Itúrbide; en la América
central y meridional sostenía con todo vigor, contra el ilustre General
Morillo, la bandera de la independencia, el célebre Bolívar; España
hizo esfuerzos políticos y militares, de que luego me ocuparé, para
reconquistar la dominación perdida; trabajo inútil; desde entonces
quedó extinguida para siempre la soberanía de la Metrópoli española.
Aquellas inmensas regiones, perdida la batalla de Ayacucho, no
volvieron jamás á reconocer la soberanía de España.
* * *
Y por lo que respecta á la isla de Cuba, bien evidente es que España
no tuvo desde los primeros años del siglo XIX su tranquila y pacífica
posesión. En 1812 estalló la primera insurrección del negro Aponte;
en 1820 la de Ramírez protegido por el célebre Vidaurre que, aunque
era magistrado de Puerto Príncipe, había nacido en Guayaquil. Desde
entonces no cesaron las conspiraciones en la sombra que constantemente
urdían las sociedades, llamadas patrióticas, formadas por cubanos.
En 1848 desembarcó al frente de una partida de insurrectos D. Narciso
López que, aunque General español, era de origen americano. Obligado á
reembarcarse volvió á aparecer en la isla con el cubano Agüero en 1850.
En 1854 intentaron desembarcar al frente de una expedición el General
americano Kuiman y el cubano Pintó, habiéndose frustrado el propósito
de insurrección merced á las energías del General D. José de la Concha
que gobernaba la Isla.
Desde 1858 se reanimó el fuego latente de la conspiracion hasta que ya
en 1868 se dió el grito de Lares en Puerto Rico y de Yara en la isla
de Cuba, con lo que se inició la primera guerra civil que no terminó
hasta 1878 con la transacción del Zanjón, después de haber gastado la
Metrópoli sumas enormes y de haber enviado á la isla hasta 140.000
hombres.
En 1881 hubo otra nueva guerra, la conocida vulgarmente con el nombre
de _guerra chiquita_, y, por fin, en 1895 surgió nuevamente el
incendio, iniciándose la guerra que concluyó por la emancipación de la
isla al amparo de las bayonetas americanas.
Dado este notorio encadenamiento de los hechos insurreccionales que
se presentaron desde 1780 y continuaron sin interrupción hasta 1898
en las tierras é islas descubiertas por Colón, ¿es racional aislar
los que surgieron en la isla de Cuba de los análogos que los habían
precedido en el continente americano español, y no ver en su conjunto
la identidad de las causas que, como un reguero de pólvora incendiada
al principio en la América española fué propagando el incendio hasta
las islas del Golfo de Méjico?
La Historia, la razón y aun el simple buen sentido demuestran que la
pérdida de Cuba en 1898 no fué sino la última escena del terrible drama
que había empezado en el Perú en 1780 y que había ido gradualmente
subiendo hasta el Golfo de Méjico atravesando sus aguas y concluyó en
la Gran Antilla, que es su joya más preciosa, convirtiendo en ruinas la
soberanía de la madre patria. Así fué perdiendo España aquel inmenso
imperio con que para bien de la civilización, pero á costa de los
intereses permanentes y de las esperanzas más legítimas de progreso de
la patria española, le había regalado el inmortal genovés.
No es justo, pues, hacer recaer sobre los gobiernos de estos últimos
años la pérdida de la Isla de Cuba, que no puede calificarse de un
hecho aislado en la historia colonial de España, porque aparece
como la última solución de un proceso que llevaba más de un siglo
de existencia. Ni aun sería justo reservar estas responsabilidades
únicamente para los gobiernos que dirigieron los destinos de nuestra
patria desde 1780.
La primera insurrección de aquel año ya acusa el malestar de las
colonias y de la misma manera que el cáncer antes de manifestarse
tiene un largo génesis en el organismo humano, durante el cual va
gradualmente agravándose hasta que se manifiesta, cuando ya es
imposible su curación, así también al revelarse en 1780, la obra
de destrucción había venido lentamente elaborándose en los años
precedentes, hasta el punto de que cabe afirmar, sin nota de temeridad,
que el germen del mal databa desde el origen de nuestro régimen
colonial.
Pasa, señores, con esto, lo que ocurre en las familias que tienen la
desgracia de contar entre sus individuos un enfermo crónico: cuando
llega el momento del terrible desenlace, la familia, presa del dolor,
acudiendo tan sólo á su sentimiento y dejando para más adelante el
atenerse á los fríos dictados de la razón, echa la responsabilidad
al infeliz doctor que le prestaba sus cuidados en los últimos días
de su vida, sin comprender que la enfermedad era crónica y sólo,
quizás hubiera podido ser curada cuando se inició y que, por tanto, el
principal responsable sería, en todo caso, el primer médico que comenzó
á asistir al enfermo, no el último que fué llamado ya para curar lo
incurable. (_Muy bien, muy bien._)
* * *
Pero veamos, señores, cómo se puede explicar ese gran desastre nacional.
No están conformes los publicistas españoles y extranjeros en
explicarlo.
Los unos creen que fué efecto del mal régimen colonial de España; otros
entienden que fué el resultado de la equivocada é imprudente política
colonial de nuestros monarcas. No faltan quienes traten de explicar
la emancipación de América, por la influencia que en aquéllas regiones
ejerció la nueva doctrina política proclamada por la Revolución
francesa, y en poco tiempo extendida por el mundo civilizado.
En mi humilde criterio, creo que todas estas causas contribuyeron,
pero sólo en el concepto de causas secundarias que adelantaron la
catástrofe, pero que por sí solas no la hubieran producido.
La política interior y exterior de España, con relación á sus colonias,
se comprende perfectamente que la haya anticipado. Al pueblo español,
más allá de los Pirineos y aun más acá, pues no faltan escritores
regionalistas que han participado de tan grave error, se le ha tenido
por un pueblo cruel, que exterminó la raza indígena, que la trató como
si no perteneciera á su misma especie, acumulando así sobre nuestra
patria el odio de aquellas razas tan despiadadamente tratadas. No es
verdad; digámoslo en honor de nuestro país.
Voy á leeros unas frases--no de un escritor español--de un eminente
publicista francés, que ciertamente no se distingue por las simpatías
que le inspira nuestra patria, al menos en el orden económico y
financiero.
Dice así el ilustre economista Leroy-Beaulieu:
«El tratamiento de los pueblos inferiores y su marcha hacia la
civilización, es desde el punto de vista de la moral, del derecho, de
la política, y también de la economía social, uno de los objetos más
importantes de la colonización; por reproches que se puedan hacer»--os
ruego que os fijéis mucho en esto que voy á leer, porque no puede menos
de ser satisfactorio para el alma española...--«por reproches que se
puedan hacer al sistema colonial de España, es necesario reconocer que
sólo entre las naciones modernas ha ensayado poner en práctica en las
relaciones con los pueblos vencidos, los preceptos _de la humanidad, de
la justicia y de la religión_.»
Para este insigne escritor, España es, entre las naciones del mundo
moderno, la que respecto á los pueblos sometidos á su dominación,
los ha tratado mejor, guardando con ellos las consideraciones que le
imponían la humanidad, la justicia y la religión. ¿Qué más, señores?
¡Si precisamente el hecho que hace un momento os citaba, es la prueba
más acabada de que España no trata de exterminar las razas indígenas,
cuando el primer rebelde pudo tener á sus órdenes y bajo sus banderas,
nada menos que 80.000 indígenas en el Perú! España, en todos sus
antiguos dominios, dejó existente la raza indígena. A ver si en América
del Norte subsisten sus restos más acá de los lejanos confines del
Oeste, y aún allí, reducidos á una existencia tan miserable, que está
revelando su próximo fin.
Nuestra patria, bajo este aspecto, tiene el derecho de enorgullecerse.
No sólo no exterminó las razas indígenas, sino que se cuidó de su
educación y de su cultura. Un indio de pura sangre alcanzó, muy
legítimamente, el poder supremo de su patria, rigiendo y gobernando con
singular sabiduría desde su altura, así á sus compatriotas de origen,
como á los europeos allí establecidos. Me refiero á Benito Juárez,
Presidente de los Estados Unidos mejicanos. No; España, como decía el
ilustre escritor á quien acabo de referirme, no tiene ese pecado en la
Historia.
Nuestra Recopilación de Indias está llena de pragmáticas, en las que
los reyes adoptan todo género de medidas, para proteger á los indios
contra la rapacidad de los empleados del Fisco y de los representantes
de la Metrópoli en aquellas apartadas regiones. El vicio estaba en otra
parte.
Dice el ilustre escritor Mr. Humboldt, que ha logrado imponer al mundo
culto el respeto que inspira la profundidad de su saber:
«Los Reyes de España, tomando el título de Rey de las Indias,
consideraban esas posesiones indígenas, más bien como provincias
dependientes de la Corona de Castilla, que como Colonias, en el sentido
dado á esta palabra por todas las naciones de Europa desde el siglo
XVI.»
Ese ha sido el grande error de nuestro sistema colonial. Según este
ilustre sabio, la consecuencia práctica del principio de considerar á
las Colonias como provincias del reino, era que no se había prohibido
sistemáticamente á los habitantes de la América española tener
manufacturas y fábricas para sus propias necesidades, prohibición que
fué un uso en la mayor parte de las Colonias de los pueblos de Europa,
singularmente en las Colonias inglesas.
Cuando nosotros perdimos la América Continental, había industrias
florecientes en ella, no solamente de artículos de primera necesidad,
sino de artículos de lujo; y el mismo Humboldt, refiere admirado, el
progreso de las ciencias naturales en Méjico; los establecimientos
allí creados para su cultivo y desarrollo, señaladamente la Escuela de
Minas, que según él, competía con las más adelantadas de Europa. El
error estaba en que la Metrópoli consideraba como provincias aquellos
territorios coloniales, sin tener en cuenta que la inmensa distancia á
que se hallaban de la Metrópoli y su rudimentario estado social, habría
de ser causa inevitable de que, á pesar del carácter provincial en
que había de fundarse su Gobierno, la arbitrariedad, el fraude y los
abusos de todo género iban á tener allí ancho y funesto campo en que
desenvolverse, sin que el gobierno central tuviera medios eficaces de
corregir tantos males, y de amparar constantemente contra ellos á sus
infelices habitantes.
* * *
El insigne escritor Sr. Danvila, en su Historia de Carlos III, opina
que las relaciones de España con sus Colonias y la manera cómo trató
á los indígenas, puede dividirse en tres períodos. En el primero los
consideró como esclavos. Entonces fué el tiempo de la concesión de las
grandes encomiendas, que eran especie de feudos otorgados por la Corona
á los descubridores y á tantos y tantos hijodalgos como pululaban por
la antigua España, sin más ocupación que el guerrear, ni más hábitos
que los guerreros, heredados de sus mayores que, durante setecientos
años, habían tenido como la principal ocupación de su vida, la guerra
de emancipación, que acababa de terminar en Granada. En este primer
período se dejaron sentir los mayores rigores en las islas del Golfo
de Méjico. Por eso, de ellas, como la única excepción de la América
española, desapareció la raza indígena.
En el segundo período fueron tratados los indígenas como los antiguos
siervos del terruño; pero justo es reconocer que la antigua servidumbre
apareció más suavemente planteada en nuestras colonias americanas. La
personalidad del siervo aparece protegida por la ley, y constantemente
limitadas y contenidas las arbitrarias atribuciones del señor. Este
disponía del trabajo manual del indio, pero á tenor de preceptos que
le protegían, y siempre con la obligación de remunerárselo. A pesar de
todo, fué un régimen de inicua é irritante opresión.
Vino el tercer período, iniciado al advenimiento de la Casa de Borbón.
Ya en él, los indios adquirieron su libertad personal y la condición de
súbditos, análoga á la en que vivían los peninsulares; pero súbditos,
es verdad, sujetos á tutela, encomendada á Corregidores rapaces y á
Oidores codiciosos. Mas aun en esta nueva y progresiva situación,
el americano, indio, mestizo ó criollo, era rigorosamente excluído
de toda intervención en la vida pública. Así es, que no bastaba ser
ilustrado, rico, noble, ni título de Castilla. Estas altas distinciones
se prodigaban en América. Afirma un escritor, que en la actual capital
del Perú pasaban de cincuenta los que podían ostentar el título de
Conde ó de Marqués. Mas á pesar de todo ello, aquellos habitantes eran
excluídos de la administración del territorio en que vivían.
La Metrópoli, por un espíritu de desconfianza que nunca supo abandonar,
tuvo siempre, por regla general, sometidos aquellos habitantes á
la autoridad y gobierno de los peninsulares. Fueron contadas las
excepciones. Cuando los insurrectos del Plata trataron de justificar
sus protestas y rebeldías contra la madre patria, alegaban, entre
otros razonamientos, este sistema de exclusión, en cuya virtud, de 160
Virreyes que había habido en América, sólo cuatro habían sido criollos;
de 602 Capitanes generales ó Gobernadores, únicamente 14 habían sido
americanos, y sólo 12 de los 369 Obispos que habían regido las Iglesias
de aquellas regiones hasta la segunda mitad del siglo XVII. Vuelvo á
repetirlo: «El hombre no se conforma jamás con una situación en que
considera rebajada su dignidad, lesionado su honor, siquiera maltratado
su amor propio».
¿Creéis que aquellos americanos, aquellos pueblos, aquella raza muy
inteligente, como lo es siempre toda raza mestiza, había de vivir,
generación tras generación, resignada á verse excluída de la vida
pública y gobernada por quienes, ostentando una superioridad de origen
contra la que su conciencia protestaba, tan duramente la trataban? ¿No
comprendéis cuánta antipatía y cuánto odio habría ido derramándose gota
á gota en el fondo del alma de aquellas generaciones que bajo este
régimen fueron sucediéndose en tan remotas regiones hasta el siglo XIX?
Pues esto era aún lo menos grave. Por un concepto económico que hoy
no es fácil comprender, puesto que ni obedecía al principio de la
protección á la industria peninsular, ni tampoco tenía analogías con
la doctrina, aún no conocida, del libre cambio, se había desenvuelto
un sistema mercantil que, sin provecho para la Metrópoli, no podía
ser fecundo sino para la arbitraria explotación de las Colonias. A
América no podían enviarse más que productos y mercancías á título de
españoles. Todos los extranjeros eran objeto de absoluta é inflexible
prohibición. El extranjero que se atrevía á desembarcar en aquellas
costas algo que no procedía de los puertos habilitados de la Península,
corría el riesgo de pagar su audacia colgado de una horca en la plaza
pública. Mas ni aun los españoles podían enviar libremente allí los
productos de su industria. El Estado, y sólo el Estado, era el que
hacía el comercio con sus Colonias, llevando las mercancías dos veces
al año al Golfo de Méjico, y en él al puerto de Jalapa, y en la América
meridional á la entonces célebre feria de Puerto Bello. Precisamente
para concurrir á estos dos grandes y únicos mercados, en los que tenían
los americanos que proveerse de los productos de Europa, promovió y
sostuvo Inglaterra alguna guerra con la Península.
Mas ni aun las mercancías que salían oficialmente de Sevilla ó de
Cádiz en las periódicas expediciones, eran de procedencia nacional. El
Gobierno de la Metrópoli (y esto demuestra que su conducta no obedecía
á un alto principio protector) era benévolo con el contrabando. Los
productos extranjeros pagaban los correspondientes derechos de aduanas
al entrar en la Península, y después eran cargados en los galeones,
como si fueran productos españoles. Doble ganancia que obtenía el
Erario público, y que era el fin supremo que inspiraba en este orden
nuestra política colonial.
En cambio de esto, los comerciantes españoles, sujetos á esta poderosa
intervención del Estado hasta que la flota que conducía sus mercancías
levaba anclas, readquiría una completa libertad, absoluta y hasta
escandalosa libertad, al llegar al puerto de destino en América, para
vender los productos á los precios arbitrarios que su codicia tenía
por conveniente fijar; y hubo un tiempo en que estos productos eran
repartidos á los indios, necesitáranlos ó no, y á los precios que
libremente les fijaban, como digo, los vendedores.
Cuando un pueblo llega á tener ya conciencia de su existencia y de
su derecho, no soporta una situación tan arbitraria. ¿Por qué se
emanciparon los Estados Unidos de la soberanía de Inglaterra? Aquellas
trece colonias no quisieron someterse á la autoridad del Parlamento de
la Metrópoli que había impuesto derechos aduaneros á ciertos artículos
cuando hubieran de importarse por sus puertos. No les satisfizo que la
Metrópoli derogase el bill en que se habían establecido, dejándolos
reducidos á un simple derecho de timbre, para los documentos de la
contratación mercantil, y á otro derecho arancelario con que había
de ser gravada la introducción del te. Los colonos resistieron estos
pequeños gravámenes, no tanto por su importancia como por entender que
el Parlamento inglés no estaba facultado para decretar impuestos, que
aquéllas hubieran de satisfacer.
Así comenzó en 1777, primero las protestas, y después la guerra que
terminó por la independencia de las colonias rebeladas, reconocida por
la Inglaterra en 1783.
Pero aun había algo más irritante que las codiciosas habilidades del
Estado: las de las autoridades y funcionarios que la Metrópoli enviaba
para el régimen y gobierno de aquellos pueblos. En los documentos
oficiales de la época, así en las reales pragmáticas, que la Corona
incesantemente expedía para contenerlas, como en los informes que los
Visitadores por ella nombrados le remitían, se halla á cada paso la
relación de los deplorables abusos de que adolecía la administración
colonial.
El Visitador Areche escribía á D. Fernando Mangino en 17 de Diciembre
de 1777: «¡Ay, amado amigo! Qué cerca está de perderse todo aquí, no
corrigiéndose estos execrables abusos, pues cuentan ya demasiados años,
y están muy cerca de su trágico fin, si no se toma con preferencia su
remedio».
Pero con frases que revelan la ingenuidad de los sentimientos que le
inspiraban, aun más elocuentemente los lamentaba, antes de su rebelión
el propio Tupac-Amarú en un pasquín que apareció en la ciudad del
Cuzco, pocos días antes del levantamiento nacional. Decía así:
«Oh, Rey D. Carlos III por la gracia de Dios, en qué riesgo se halla
tu reino del Perú, á causa de las tiranías de tantos empleados,
visitadores, corregidores y demás inventores de la tiranía. ¡Desenvaina
tu espada contra quienes son causa de esta perdición, mayormente
sabiendo que el más distinguido plebeyo de tus criollos no estaba
contento por haber querido estancar la sal y que se llenasen de pechos
ó derechos estos leales vasallos!; y aunque muera Tupac-Amarú, no
faltará otro que defienda estas inventadas tiranías con la muerte del
cruel visitador y de sus aliados como perseguidores del Reino».
Comprenderéis por esto, cuánto dejaba que desear á aquellos habitantes
la tristísima condición de la administración bajo cuyo imperio se veían
forzados á vivir. A pesar de ello, yo creo, que con las modificaciones
introducidas para sanear esta mala administración desde el advenimiento
de la Casa de Borbón y singularmente desde Carlos III, tales como la
reducción de las atribuciones de las Audiencias, la supresión de los
Corregidores, la creación de los Intendentes y el nuevo espíritu, que
á los actos de aquellos funcionarios no pudieron menos de llevar las
Cortes de Cádiz con sus decretos, se hubiera podido ir conteniendo la
emancipación de las colonias de América, y al finalizar el siglo XIX,
España no habría aún perdido por completo su dominio colonial.
* * *
Pero el efecto de estas mejoras fué neutralizado por la infausta
política internacional, que al buen Rey Carlos III le inspiraron de
consuno, sus sentimientos patrióticos, empapados en los agravios que el
pueblo español sentía desde el Tratado de Utrech, al ver en poder de
los ingleses el Peñón de Gibraltar y su excesivo amor á los intereses
de la rama primogénita de su familia. Aquel monarca, siguiendo el
consejo de sus ministros más ilustres, como lo fueron el Conde de
Floridablanca, y el mismo Conde de Aranda no reparó en acceder á los
deseos del Jefe de su Casa, el monarca de la vecina Francia, prestando
su apoyo á las colonias inglesas, en la guerra que habían emprendido
para emanciparse de su Metrópoli.
En 1779 celebró Carlos III un tratado de alianza con el monarca
francés, en el que se obligaba á ayudar á las colonias inglesas con
todos los medios que tuviera á su alcance, hasta que lográran su
emancipación y soberanía. Se comprende que el monarca francés prestára
su concurso á las colonias inglesas. Para Francia, que poseía pequeños
territorios, y de escaso valor todos ellos en América, era de poca
importancia el riesgo que, con tan imprudente conducta podía correr.
Pero España, cuyo inmenso poderío estaba allí, ¿cómo no vieron los
Ministros de Carlos III que el incendio de las colonias inglesas podía
propagarse por todo el continente americano?
Tan notorio era el peligro, que el propio Conde de Aranda, que había
animado á su Rey á seguir política que tales peligros envolvía, cuando
regresó de París en 1783, después de haber firmado el tratado de
paz con Inglaterra y de haber quedado proclamada la independencia y
soberanía de las colonias inglesas, dirigió una Memoria á Carlos III,
en la que le decía lo que vais á oir:
«La independencia de las colonias inglesas queda reconocida, y este
es para mí un motivo de dolor. Francia tiene pocas posesiones en
América, pero ha debido considerar que España, su última aliada,
tiene muchas, y que desde hoy se halla expuesta á las más terribles
conmociones...» Y más adelante: «Jamás han podido conservarse por mucho
tiempo posesiones tan vastas colocadas á tan gran distancia de la
Metrópoli. A esta causa, general á todas las colonias, hay que agregar
otras especiales á las españolas; á saber: la dificultad de enviar
los socorros necesarios, las vejaciones de algunos gobernadores para
con sus desgraciados habitantes, la distancia que los separa de la
autoridad suprema, lo cual es causa de que, á veces, trascurren años
sin que se atiendan sus reclamaciones... Los medios que los virreyes
y gobernadores, como españoles, no pueden dejar de tener para obtener
manifestaciones favorables á España; circunstancias que, reunidas
todas, no pueden menos de descontentar á los habitantes de América,
moviéndolos á hacer esfuerzos á fin de conseguir la independencia tan
luego como la ocasión les sea propicia...» Y hablando de la nueva
nación: «Esta república federal nació pigmea, por decirlo así, y ha
necesitado del apoyo y fuerza de dos Estados tan poderosos como España
y Francia, para conseguir su independencia. Llegará un día en que
crezca y se torne gigante y aun coloso terrible en aquellas regiones.
Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias,
y sólo pensará en su engrandecimiento... El primer paso de esta
potencia será apoderarse de las Floridas, á fin de dominar el golfo de
México. Después de molestarnos así, y nuestras relaciones con la Nueva
España, aspirará á la conquista de este vasto imperio, que no podremos
defender contra una potencia formidable, establecida en el mismo
continente, y vecina suya».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Fué profeta el Conde de Aranda. Desgraciadamente no fué tomada en
cuenta su profecía. La Gran Bretaña tuvo que devolvernos en 1783 la
Florida Oriental; Carlos IV pocos años después, ó sea en 1795, cedió
á la República francesa la Luisiana, para que el primer Cónsul se la
regalase en 1800 á los Estados Unidos, á fin de que, estos pudiesen
cerrar el círculo de hierro con que había de quedar ceñida nuestra
Gran Antilla y pudieran estar á ella más próximos para sus empresas
ulteriores; Fernando VII, en 1819, les cedió generosamente las dos
Floridas, unidas bajo la soberanía española, según queda dicho, desde
los tiempos de Carlos III.
Tended la vista por la carta geográfica y desde luego comprenderéis la
verdadera insensatez del Gobierno español, poniendo de su parte todo
lo posible para que la codicia anglo-americana pudiera más fácilmente
fijarse en aquello que lógicamente había de ser el objeto de sus
constantes afanes. Desde la Florida no tenía más que atravesar el
estrecho que lleva este nombre, para que las armas americanas llegasen
á tierra cubana. Y para que á esta funesta política, nada faltara, los
ilustres legisladores de Cádiz, que tantos títulos de gratitud ostentan
ante la España moderna, bajo la presión de los patrióticos sentimientos
que les dominaban, al conceder á Reynol Kesner el territorio de
Tejas, que también vierte sus aguas sobre el Golfo de México, para su
repoblación, si bien le exigieron que las dos terceras partes de ésta
hubieran de ser españoles, le dejaron en libertad de elegir la tercera
parte restante, con la sola excepción de los franceses, contra cuyo
Emperador entonces brotaba como del suelo y se mascaba en la atmósfera
española la irritación y el odio más profundos. Por esa parte pudieron
entrar los anglo-americanos para establecerse definitivamente en aquel
Estado, cuya situación geográfica, era, como la de la Florida, un
grandísimo peligro para nuestra causa en Cuba.
* * *
Cuando Fernando VII quiso en 1823 solicitar de las potencias europeas
su concurso para dominar el movimiento de emancipación de América,
ya la invasión anglo-americana, que había borrado de su memoria todo
recuerdo de la benevolencia de Carlos III, y en su nombre el Presidente
Monroe proclamó ante el mundo la doctrina tan conocida, sintetizada en
la frase «América para los americanos,» y cuyo verdadero sentido es más
bien «América para los Estados Unidos.»
Desde entonces la acción del gobierno americano y sus aspiraciones á
Cuba fueron más manifiestas y llegaron á traducirse en proposiciones de
carácter oficial.
En 1848 llegaron á insinuar á España la idea de la compra de la isla de
Cuba, insinuación que fué rechazada con dignidad por nuestro Gobierno.
En 1854, en la conferencia de Ostende, volvió el representante del
gobierno de Washington á hacer análogas proposiciones, aunque con el
mismo éxito que la anterior. Desde entonces no cesaron de trabajar en
el seno del pueblo americano para alimentar la insurrección cubana,
trabajos que pronto empezaron á traducirse en gravísimos actos de
hostilidad.
Como ya os he indicado, de un puerto de la Florida salió en 1848 el
General Narciso López, para invadir la isla de Cuba, al frente de
varios insurrectos, parte de ellos anglo-americanos, y en los Estados
Unidos fué donde halló refugio para emprender otra expedición en 1850
con el filibustero Agüero. En 1854 un General de la Unión, Kuiman,
con el cubano Pintó, invadieron nuevamente la isla para encender en
ella el fuego insurreccional. Entonces fué cuando surgió el conflicto
del _Black-Warrior_, en el que nuestro país, á pesar de tratarse de
un buque que estaba sometido por el Derecho internacional á todos los
rigores de las leyes españolas, tuvo que aceptar, como transacción, que
el asunto se sometiera á un Tribunal arbitral. En 1868, es ya un hecho
comprobado por la Historia, que fué en los Estados Unidos donde se
fraguó la invasión que produjo la primera guerra, que duró hasta la paz
del Zanjón.
Todos recordaréis las grandes dificultades que desde 1870 surgieron
á cada paso con el gobierno de Washington, con motivo de las
reclamaciones de indemnización que contra el nuestro hacían los
insurrectos cubanos, cubriéndose con la capa de la ciudadanía
americana. No habréis olvidado tampoco que las repetidas contestaciones
del gobierno de Washington, á las reclamaciones del español por las
expediciones que salían de los puertos de la Unión, señaladamente de
Tampa y Cayo-Hueso, consistían en la expresión de su impotencia ante la
soberanía de los Estados federados.
En 1875 el gobierno de la Unión exploró la opinión de las grandes
potencias de Europa, con el fin de intervenir en la guerra civil que
devastaba los campos de Cuba, y solamente desistió de sus propósitos,
ante la oposición que aquéllas manifestaron al pensamiento.
Y no puede, ciertamente, causar sorpresa la política del gobierno
americano, á quien con serenidad de espíritu la estudie. Pueblo joven,
lleno de energías, devorado por la fiebre de la expansión, como
desahogo necesario para la exuberancia de su vida, el pueblo americano,
que sentía lastimado su orgullo ante la dominación en América de
una potencia europea, si no supo contenerse ante la independencia de
su vecina la República mejicana, su política le llevó á no respetar
tampoco el último girón que quedaba en América á aquella nación que
la había descubierto, para llevar á ella todos los beneficios de la
civilización cristiana y moderna.
Y á todo esto, el vicio del sistema continuaba en pie. Las Cortes
de Cádiz, llenas de patriotismo, quisieron atraerse el amor de los
españoles de América. En 1810 declararon la igualdad de sus derechos
con los ciudadanos de la Península. En 1813 dispusieron que las
Cortes se formasen con un número igual de ciudadanos españoles y
americanos, y suprimieron algunos de los impuestos que más agobiaban á
aquellos habitantes. El propio Fernando VII, en los años 1825 y 1826,
cuando perseguía cruelmente á los liberales que habían defendido su
trono contra el gran conquistador del siglo, ofrecía á las Colonias
americanas el régimen constitucional, como nuevo vínculo con el que
pretendía obtener su pacificación.
Nada de esto fué bastante; el vicio del sistema era el obstáculo
insuperable á esta nueva fase de la soberanía española en América. A
lo que las Colonias aspiraban, lo que estaban resueltas á conseguir,
era regirse y gobernarse á sí mismas, era el régimen autonómico, para
ellas de mucho más valor que todas las ventajas, todos los beneficios
y todos los progresos de que pudiera colmarles la Metrópoli. Esto
mismo ya lo había presentido el Conde de Aranda, cuando en la Memoria
que según hace poco os he dicho dirigió al rey Carlos III, después de
la paz con Inglaterra, le había propuesto, como el medio de conservar
la dominación española en América, la creación de tres Reinos: el de
Méjico, el de Perú y el de Costa Firme, que serían como feudatarios
de la Corona de Castilla, y para formar de esta manera con España un
grande Imperio, contra el cual serían impotentes los demás Estados de
Europa.
El error del ilustre Conde de Aranda al concebir tal pensamiento,
consistió en no tener presente, que la tierra americana no podía menos
de ser refractaria á la institución monárquica. América había nacido á
la vida moderna, bajo el imperio de Monarquías lejanas, de las cuales
no podía conservar grato recuerdo, por la administración y gobierno de
sus representantes. Por otra parte, la nueva República de los Estados
Unidos tampoco hubiera aceptado el establecimiento de los Reinos que el
Conde de Aranda proponía.
* * *
Más previsor, con un criterio más levantado y más propio de un hombre
de Estado, aconsejó después, por mucho que os sorprenda lo que vais á
oir, el Príncipe de la Paz á Carlos IV, la organización autonómica de
la América española, como lo había hecho el Conde de Aranda, pero no
bajo la forma monárquica que aquél proponía.
Para el Príncipe de la Paz debía constituírse en aquellos territorios
un Gobierno Supremo, allí debían resolverse sin ulterior recurso los
asuntos, salvo el caso en que los intereses comunes de españoles y
americanos aconsejasen reservarlos á la superior resolución de la
Metrópoli. Los Jefes Supremos de aquellos territorios, por más de que
fueran Príncipes de la sangre, habían de gobernarlos con un Ministerio
responsable y con un Consejo á manera de Cuerpo legislativo, que había
de formarse de por mitad por españoles y americanos, y no á título de
reino, sino de provincias ó virreinatos independientes de la Metrópoli.
En el pensamiento del Príncipe de la Paz aparecen ya los caracteres
fundamentales de la autonomía de la Australia y del Canadá. Así lo
dejó consignado en sus Memorias publicadas en 1839, en las que dice:
«Mi pensamiento fué que en lugar de Virreyes fuesen nuestros Infantes
á la América, que tomasen el título de Príncipes regentes, que se
hiciesen amar allí, que llenasen con su presencia la ambición y el
orgullo de aquellos naturales, que les acompañase un buen consejo con
Ministros responsables, que gobernase allí con ellos un senado, mitad
de americanos y mitad de españoles, que se mejorasen y acomodaran á
los tiempos las leyes de las Indias, y que los negocios del país se
terminasen y fuesen fenecidos en tribunales propios de cada cual de
estas regencias, salvo sólo aquellos casos en que, el interés común de
la Metrópoli y de los pueblos de la América, requiriesen terminarlos en
España».
Desgraciadamente, ni el Conde de Aranda, ni el Príncipe de la Paz
fueron oídos y persistió el sistema de considerar como provincias de
España aquellos lejanos territorios, por más que el régimen de las
provincias de la Metrópoli fuese de aplicación imposible más allá del
Atlántico, agregándose á ello que tal sistema continuó encerrándose
hasta el último momento en la inconsecuencia del régimen arancelario
excepcional, en cuya virtud, las Antillas españolas, habían de recibir
como de cabotaje las mercancías españolas, entre tanto que en la
Península, no habían de gozar de los mismos beneficios los productos
antillanos.
España comenzó al fin, á reconocer la independencia y soberanía de sus
antiguas colonias en el continente, comenzando este reconocimiento en
1836 y siguiendo hasta 1870, en que celebró el último tratado.
Después de todo cuanto acabo de indicaros, puedo volver á preguntar:
¿Creéis que cabe considerar aisladamente la insurrección de la isla
de Cuba y que ésta no fué si no la última escena del sangriento drama
que se desarrolló durante más de un siglo? ¿Creéis que las faltas de
los gobiernos que acaban de fenecer pueden explicar por sí solas la
última catástrofe? ¿No comprendéis que aun cuando estas faltas hayan
contribuído á ella, no por eso habría dejado de realizarse aquélla, si
tales faltas no se hubieran cometido?
Por esto os decía, que el germen del mal arrancaba desde los primeros
tiempos de la dominación española, porque estaba en el sistema mismo.
Con serenidad de espíritu hay que estudiarlo, y ya que no lleguemos á
aquella serenidad de que dieron muestras los ingleses cuando perdieron
sus colonias de Norte América, por lo menos no nos dejemos arrebatar
por la pasión; estudiemos en la Historia y á la luz de la crítica estos
fenómenos y aprendamos en lo pasado lo que necesitamos para mejorar
nuestra situación en lo porvenir.
Por hoy, he abusado demasiado de vuestro tiempo. En otra conferencia
pienso ya, ocuparme del término de nuestra soberanía colonial en
América, ó sea de las conferencias y del Tratado de París celebrado en
el año 1898. (_Grandes aplausos._)