Donde pasan y mueren cuatro Pontífices, mientras el vice-Papa se
mantiene treinta y cuatro años esperando su hora.
Tendido en el gran diván de su estudio, seguía recordando Claudio la
vida del cardenal Rodrigo de Borja, tan interesante para él como su
pontificado.
Duraba treinta y cuatro años, entre la muerte de su tío Calixto III y su
propia ascensión á la Santa Sede con el nombre de Alejandro VI.
En dicho período servía á cuatro Papas, Pío II, Paulo II, Sixto IV é
Inocencio VIII, conservándolo todos ellos en su alto cargo de
vicecanciller de la Iglesia y añadiendo cada uno nuevas prebendas y
lucrativos obispados, que convertían al llamado cardenal de Valencia en
uno de los más ricos príncipes eclesiásticos.
De actividad infatigable, múltiple y contradictorio en sus acciones,
como la mayor parte de los personajes del Renacimiento, dedicaba una
mitad de su existencia á los placeres y otra á los negocios de Estado y
á la devoción, pues los excesos del libertinaje iban unidos en él á la
fe de un sincero creyente.
Esta complejidad no representaba un caso único. Muchos de los hombres de
su época fueron iguales. Lorenzo de Médicis peroraba en la Academia
Platónica de Florencia sobre la virtud y la moralidad, sosteniendo al
mismo tiempo relaciones ilícitas con doncellas y casadas. Escribía
poemas en honor de la Virgen y canciones licenciosas de Carnaval para
ser entonadas en las orgías.
Si cuatro Papas conservaban á Rodrigo de Borja en su alto cargo de
vicecanciller, era porque le creían insustituíble. El llevaba adelante
los negocios más difíciles de la Iglesia y bajo su dirección se iba
ensanchando el poder político de la Santa Sede.
La muerte de su tío no disminuía su influencia en el Vaticano. Mientras
el populacho de Roma se ocupaba en saquear lo que había quedado oculto
bajo las ruinas de su palacio ó corría las calles gritando: «¡Mueran los
catalanes!», él creaba un nuevo Papa, amigo suyo.
El sienés Piccolomini, bautizado Eneas Silvio, conforme á la moda
impuesta por los humanistas, había sido siempre un escritor, fuera cual
fuera el alto cargo que desempeñase. Su carácter ligero, agradable,
dulce é inconstante parecía un reflejo de su estilo literario.
Había fluctuado durante su juventud del cisma á la legalidad pontifical,
sirviendo á unos y á otros en los conflictos del Concilio de Basilea
entre el Papa y el anti-Papa. Su juventud era libertina, como la de
todos los letrados de su época, teniendo dos hijos de una inglesa que
vivió con él y suponiéndole sus enemigos una segunda prole más oculta y
numerosa.
Escribía novelas, poemas y libros científicos, con arreglo al gusto
contemporáneo. Su compendio de geografía, que dejó sin terminar,
describiendo el mundo conocido hasta entonces, especialmente el Asia,
sirvió treinta años después á un visionario llamado Cristóbal Colón,
figurando entre su reducido caudal de libros junto con otra enciclopedia
cosmográfica escrita en el siglo anterior por el cardenal Pedro de
Ailly.
Eneas Silvio amaba la Naturaleza, como Petrarca. El mismo se dió el
título de «amigo de los bosques», y en su época papal huía, siempre que
le era posible, de los palacios pontificios, para instalarse en alguna
arboleda de la Umbría, abundosa en encinas seculares. Calixto III,
preocupado en hacer la guerra á los turcos, no tuvo tiempo para proteger
las artes y las letras; pero fijó sus ojos en este escritor, abriéndole
la puerta más grande de la Iglesia, y veinte meses antes de su muerte lo
hizo cardenal.
Al reunirse el cónclave, Piccolomini era el más moderno de sus
individuos, pero tenía en su favor la popularidad literaria. El hábil
Rodrigo de Borja, que sólo contaba en aquel entonces veintiséis años de
edad, se propuso, con una audacia propia de su juventud ardiente, hacer
Papa á Eneas Silvio, que era como de su familia, pues siempre se mostró
agradecido á Calixto, su protector. No dejó que los cardenales se
dividieran, sosteniendo cada uno á su candidato particular, y apenas
reunido el cónclave, se adelantó á todas las opiniones proponiendo que
Piccolomini fuese nombrado Papa por aclamación. Su elocuencia de
meridional y la sorpresa causada por su iniciativa obtuvieron un triunfo
instantáneo, y el nuevo Papa tomó el nombre de Pío II. Continuó siendo
Borgia bajo su pontificado una especie de ministro universal de la
Iglesia, pues á esto equivalía su cargo de vicecanciller.
Pío II, á los cincuenta y tres años, se mostraba de gran virtud por
estar quebrantado su cuerpo, sufriendo especialmente el mal de gota á
consecuencia de haber ido descalzo, por caminos helados, á una iglesia
de la Virgen, en Escocia, para cumplir cierto voto hecho durante una
tempestad en el mar. Sus dolencias le inmovilizaban en el lecho largo
tiempo, y sólo en días de calma podía atender á los negocios del Papado
ó á continuar la redacción de su libro _Cosas memorables_, en el que iba
transcribiendo historias oídas y todo lo digno de mención visto en sus
viajes.
Pequeño de estatura, algo rechoncho, con la cabeza blanca, sus gestos
eran una mezcla de severidad y mansedumbre. Vestía modestamente, y su
mesa resultaba frugal, contrastando dicha parquedad con el lujo que
desplegaban los más de los cardenales.
Eneas Silvio hacía frecuentes viajes, sin miedo á sus molestias. El
«amigo de los bosques» se mostraba cada vez más sensible á las plácidas
impresiones de la Naturaleza, é ir en busca de ellas era el único placer
que podía gozar. Viviendo en las arboledas de la Umbría, daba audiencia
ó firmaba sus documentos bajo el ramaje de una encina de varios siglos.
Este Papa, que no amaba la guerra, tuvo que hacerla arriesgadamente al
más terrible capitán de entonces, el famoso Segismundo Malatesta, feroz
como un oso en sus momentos de cólera, y á otras horas artista de gustos
refinados. Dicho monstruo servía á los Papas ó se burlaba de ellos,
según convenía á sus intereses de soberano de Rímini.
Adivinando la debilidad de este Pontífice imbele, quiso despojarlo de
una parte de las tierras de la Iglesia, mas el antiguo escritor acabó
por aceptar la lucha, venciéndolo para siempre.
La impiedad de Malatesta dió á esta guerra el carácter de una pequeña
cruzada. El señor de Rímini había matado á muchos clérigos y frailes.
Además, colocaba dioses paganos en los templos, y una noche de orgía
había ordenado que echasen tinta en todas las pilas de agua bendita de
las iglesias de su capital, para que al día siguiente los devotos se
viesen, durante la misa, con las caras tiznadas.
Reproducíase bajo el pontificado de Pío II el nepotismo de Calixto III y
la invasión de sus conterráneos. Miles de habitantes de Siena corrían á
Roma para obtener empleos de su compatriota, á semejanza de los
«catalanes» durante el reinado del primer Borgia. Todos los que se
llamaban Piccolomini exigían ricas prebendas sin alegar otro mérito que
su apellido. Varios sobrinos del Papa ocupaban los primeros cargos
laicos de la Iglesia. Repetíase una vez más lo ocurrido bajo los
pontificados anteriores, y que lo mismo volvería á suceder en los
siguientes.
Protestaba ahora el pueblo de Roma contra los sieneses, herederos de su
antiguo odio contra los «catalanes». Mientras tanto, Pío II saboreaba la
vanidad de haber vencido á Malatesta, terror de príncipes y Papas,
instalándose, siempre que le era posible, en los montes Albanos, entre
ruinas de la antigüedad, frente á los lagos Albani y Nemi, cuyas orillas
estaban cubiertas entonces de frondosos bosques. El antiguo humanista
esperaba encontrar en dichas espesuras «dioses» ó «ninfas», y toda gruta
lacustre le parecía el refugio de Diana.
Seis años duró su pontificado, resultando un fracaso la cruzada
organizada por él contra los turcos, á imitación de la del primer
Borgia. El viejo y entusiasta español Juan de Carvajal, el de la
«batalla de los tres Juanes», dirigía esta nueva cruzada, cuyo punto de
reunión fué Ancona.
Casi todos los cruzados, españoles y franceses, mientras llegaban las
naves que debían llevarlos á Oriente, se mataban entre ellos en
continuas pendencias. No encontrando el Pontífice buques ni dinero,
moría en Ancona, viendo con tristeza, desde una ventana de su
dormitorio, las pocas naves que había conseguido reunir y la muchedumbre
sin orden y sin armas, que nunca llegaría á formar un verdadero
ejército.
Al recibirse en Roma la noticia de su muerte, se reprodujeron los mismos
desórdenes que al desaparecer su antecesor. El populacho dió el grito
de: «¡Mueran los sieneses!», matando á cuantos encontraba en las calles.
Antonio Piccolomini, duque de Amalfi, sobrino favorito de Pío II, poseía
el castillo de Sant Angelo, como Pedro Luis de Borja en el pontificado
de Calixto III.
Cuando se reunió el cónclave, unos hablaron de hacer Papa al infatigable
y virtuoso Carvajal, otros defendieron al anciano Torquemada, también
español, de costumbres austeras, tenido por el primer teólogo de su
tiempo. Pero los dos candidatos, á causa de su nacionalidad, se veían
desechados. Además, Rodrigo de Borja, agitador incansable y teniendo á
su disposición un grupo adicto de electores, procuraba nombrar Papa á un
amigo suyo.
El cardenal Pedro Barbo, rico y noble veneciano, muy afecto á los
Borgia, había arrostrado las iras de los enemigos de dicha familia
cuando facilitó en compañía de Rodrigo la fuga del hermano de éste. Tal
interés tenía el cardenal Borja en el triunfo de su compañero Barbo, que
se hizo llevar al Vaticano, gravemente enfermo de fiebre, con la cabeza
cubierta de trapos y vendas. Otros cardenales se quedaron en cama á
causa de la peste reinante, evitándose con ello las privaciones y el
encierro del cónclave, y Rodrigo de Borja se aprovechó de tales
ausencias para hacer triunfar la candidatura de su amigo.
Barbo, que era de hermoso aspecto, quiso tomar como Pontífice el nombre
de Formoso; pero los cardenales opusieron objeciones, por miedo á los
comentarios del pueblo. Tampoco permitieron que se llamase Marcos, por
ser San Marcos el grito de guerra de sus compatriotas los venecianos, y
resolvió finalmente tomar el nombre de Paulo II.
La elección fué acompañada de los desórdenes y saqueos que eran cortejo
inevitable de todo cónclave. Barbo y el belicoso cardenal Scarampo,
antiguo almirante de Calixto III, ante la posibilidad de ser electos,
habían guarnecido sus palacios con soldados y cañones.
Primeramente corrió la voz de que Scarampo era el elegido, y el
populacho se dirigió contra su palacio, viéndose rechazado. Luego, al
saber que era Barbo el triunfador, intentó asaltar su lujosa vivienda,
llena de riquezas y tesoros de arte, siendo igualmente recibido á tiros
de bombarda y espingardazos. Al fin, como todos deseaban robar algo,
corrieron al monasterio de Santa María la Nuova, por imaginarse que se
guardaban allí las riquezas del Papa electo, pero lo encontraron
previsoramente guarnecido de tropas. Cuando, engrosadas las turbas, se
empeñaron por segunda vez en tomar el palacio Barbo, hizo un convenio el
nuevo Papa con los jefes del motín, dándoles 1.300 ducados de oro á
cambio de que respetasen su vivienda. Esto no impidió que, al mismo
tiempo, los servidores del Vaticano saqueasen la habitación ocupada por
el cardenal Barbo durante el cónclave.
Así vivían los Pontífices en Roma. Paulo II tuvo que dar además 30.000
ducados á Piccolomini, duque de Amalfi, para que abandonase el castillo
de Sant Angelo y los de Tívoli, Spoleto y Ostia, que le había confiado
su tío, el Papa anterior. Queriendo evitar que en lo futuro se
repitiesen tales abusos, puso el mencionado castillo, llave de Roma,
bajo el gobierno de un hombre seguro. Y por consejo de su amigo Borgia,
entregó dicha fortaleza al erudito español Rodrigo Sánchez de Arévalo,
que unía poco después una mitra á su cargo de gobernador militar.
Activo y enérgico Barbo como cardenal, le hizo el Papado flojo de
carácter, y sobre todo, perezoso y algo misántropo. Empezó á vivir al
revés de los demás, haciendo de la noche día, dando audiencia á las dos
ó las tres de la madrugada y obligando á esperar varias semanas á sus
amigos más íntimos, deseosos de hablarle.
La suciedad de Roma y las charcas de su campiña prolongaban la peste
hasta en los meses más fríos del invierno. La mortandad alcanzaba cifras
aterradoras. Esto no impedía que el pueblo de Roma se preocupase del
Carnaval como de la fiesta más importante del año, y Paulo II dispuso
que sus procesiones de máscaras y sus carreras saliesen de la estrechez
de la plaza del Capitolio, desarrollándose desde entonces en la calle
más larga de la ciudad, la llamada vía Flaminia, que á consecuencia de
tales desfiles tomó su moderno nombre de Corso. Una de las innovaciones
del Carnaval fué establecer carreras de asnos, carreras de muchachos y
carreras de judíos, siendo estas últimas las que divertían más á la
grosera muchedumbre.
Tal fomento de las fiestas carnavalescas fué para Paulo II un medio de
alejar al pueblo de los manejos revolucionarios. Durante su reinado se
descubrió una conspiración que tenía por finalidad asesinar al
Pontífice, proclamando la República romana. La dirigían los humanistas,
uno de ellos el célebre erudito Platina; pero el más temible por su
actividad y su audacia fué el poeta Calímaco.
Su propósito era introducir secretamente en Roma á todos los proscritos,
ocultándolos en las ruinas de las casas derribadas para engrandecer el
Vaticano. Luego fingirían una riña delante del palacio con los criados
de los cardenales que esperaban á sus señores, llamando de este modo la
atención de la reducida guardia del Pontífice, y mientras tanto,
conspiradores ocultos penetrarían en el Vaticano, asesinando al Papa y á
cuantos le rodeaban.
Dicho plan, semejante al de Porcaro años antes, acabó por ser
descubierto, fulminando Paulo II terribles anatemas contra la llamada
Academia de Roma, donde se reunían los adeptos del humanismo, todos
ellos «materialistas y paganos».
Negaban á Dios, según el Papa, afirmando que no hay otro mundo fuera de
este visible; que el alma muere con el cuerpo y el hombre puede
entregarse á todos los deleites, sin miedo á los mandamientos divinos,
cuidándose sólo de no ponerse en conflicto con la justicia criminal del
Estado. Eran epicúreos, según las doctrinas de Lorenzo Valla, expuestas
en su libro _Sobre el placer_. Comían carne en días de vigilia é
insultaban á los sacerdotes por ser inventores de los ayunos y haber
prohibido que se tomase más de una compañera. Reproducían las doctrinas
del misterioso libro _Los tres impostores_, del que tanto se había
hablado en la Edad Media, afirmando que Moisés engañó á los hombres con
sus leyes, Cristo fué un adormecedor de pueblos, y Mahoma hombre de gran
espíritu, pero asimismo engañador. «Se avergüenzan de sus nombres
cristianos--continuaba el Papa--, prefiriendo otros gentílicos, y se
permiten también los más escandalosos vicios de la antigüedad».
Calímaco y otros dos humanistas comprometidos conseguían huir de Roma.
El célebre Platina sufrió larga prisión en el castillo de Sant Angelo, y
como el gobernador de éste, Rodrigo Sánchez de Arévalo, obispo de
Calahorra, era también muy versado en letras clásicas, cruzábanse
numerosas epístolas en latín entre el guardián y el prisionero, dando
por resultado tal correspondencia una creciente dulzura en las
condiciones de su cautividad.
El único príncipe de la Iglesia respetado de todos era el anciano
Carvajal. Vivía en una casa modestísima, repartiendo su dinero entre los
pobres de Roma, avejentado y enfermo prematuramente por los seis años
pasados en Hungría oponiéndose al avance de los turcos. Los demás
cardenales eran grandes señores, procedentes de familias ilustres ó
parientes de Papas, que habían obtenido los más ricos obispados de la
cristiandad, derrochando alegremente sus rentas enormes.
Rodrigo de Borja, uno de los más jóvenes, tenía delante á otros
príncipes eclesiásticos de mayor edad, que le superaban en opulencia. El
más famoso, Scarampo, almirante pontificio, era apodado «el cardenal
Lúculo» por los derroches de su mesa. Al mismo tiempo que mantenía
numerosos palacios y costosas amantes, daba protección al célebre pintor
Mantegna. Otro cardenal, el francés Guillermo de Estouteville, poseedor
de incalculables rentas, vivía igualmente como un príncipe seglar, con
numerosos hijos, sin miedo á los escándalos que provocaba su vida
licenciosa y pensionando también á pintores y escultores.
Al fallecer estos dos magnates eclesiásticos, Rodrigo de Borja quedó á
la cabeza de los cardenales que la gente llamaba «aseglarados», á causa
de sus costumbres.
Paulo II moría casi repentinamente en 1471 á consecuencia de un hartazgo
de melones, después de cenar al aire libre en los jardines del Vaticano,
á la hora en que la atmósfera parecía más envenenada por las
pestilencias palúdicas.
Como los venecianos habían sido los más influyentes durante el
pontificado de su compatriota, el pueblo de Roma los aborrecía, lo mismo
que años antes á los sieneses y á los españoles. Otra vez Rodrigo de
Borja, que figuraba al frente del importante grupo de cardenales
aseglarados, ricos, audaces é inquietos, influyó en la elección
pontifical, ayudado por sus compañeros Gonzaga y Orsini, que tampoco
eran de mejores costumbres. Fué el elegido un genovés, antiguo fraile,
el cardenal Francisco de la Rovere, que tomó el nombre de Sixto IV.
La primera preocupación del nuevo Pontífice y del Sacro Colegio fué
buscar los tesoros reunidos por Paulo II durante su pontificado. Poco
antes de su fallecimiento había hecho saber al consistorio que guardaba
medio millón de ducados para hacer la guerra á los turcos si los
príncipes de la cristiandad se decidían á ayudarle. Lentamente fueron
descubriendo estas riquezas que el Papa noctámbulo había ocultado en
distintos lugares: cincuenta y cuatro copas de plata llenas de perlas,
enorme cantidad de oro sin labrar, numerosas piedras preciosas y cuatro
depósitos de moneda acuñada, que sumaban más de cuatrocientos mil
ducados. Todos estos tesoros se confiaban á la custodia del obispo de
Calahorra, alcaide del castillo de Sant Angelo.
Era el cardenal Borja quien ceñía la tiara al nuevo Pontífice, viendo
asegurada por tercera vez su autoridad en el manejo de los negocios de
la Santa Sede. Pero aunque Sixto IV le apreciaba en mucho y lo favorecía
con valiosos donativos, se fué entregando á la influencia de sus
nepotes, que formaban dos grupos igualmente rapaces, los Rovere y los
Riario, hijos estos últimos de una de sus hermanas.
A la cabeza de los Rovere estaba Juliano, cardenal de carácter ardoroso
y enérgico, semejante en costumbres y ambiciones á Rodrigo de Borja,
sobrino de Papa como éste, licencioso en su vida, lo mismo que el
cardenal de Valencia, amigos ambos unas veces por la comunidad de
gustos, y tenaces adversarios en otras ocasiones, hasta los mayores
extremos de enemistad. Juliano de la Rovere había de ser el eterno
conspirador contra Alejandro VI, ciñéndose la tiara, después de la
muerte de éste, con el nombre de Julio II.
En realidad, Sixto IV mostraba mayor afecto por otro sobrino suyo, Pedro
Riario, al cual hizo cardenal teniendo veinticinco años. Juliano no
pasaba de los veintiocho cuando recibió la púrpura al mismo tiempo que
su primo. Muchos contemporáneos tenían la certeza de que el cardenal
Riario era hijo, y no sobrino, de Sixto IV, explicándose así que el
Pontífice lo prefiriese á Juliano de la Rovere, de más talento y
carácter.
Jamás llegaron los Borgia á las fastuosidades de este cardenal Riario,
presunto hijo del Papa, el cual pasó repentinamente de ser un pobre
frailecito á malgastar las riquezas de la Santa Sede. Le dió su padre
tantos obispados, abadías y otros cargos fructuosos, que sus rentas
anuales ascendieron á tres millones de francos oro, y aun con esto no
tenía bastante para su desatinada prodigalidad.
Sólo comía en vajilla de oro; montaba los más valiosos corceles; su
servidumbre vestía de seda y púrpura; iba á todas partes llevando un
cortejo de poetas y pintores; daba la importancia de negocios de Estado
á la organización en sus palacios y jardines de funciones teatrales y
representaciones bélicas. «Quiso competir--dijo Platina, el humanista
protegido por él y nombrado por Sixto IV bibliotecario del Vaticano--con
todos los personajes antiguos en grandiosidad y magnificencia... lo
mismo en las cosas buenas que en los vicios.»
Este joven, que era fraile franciscano meses antes, andaba por sus
palacios con vestiduras de oro y «cubría á sus amigas de perlas finas
desde la cabeza á los pies». Los personajes que pasaban por Roma, reyes
cristianos de Oriente empujados por el avance de los turcos, ó soberanos
occidentales, no podían disimular su asombro ante las fiestas con que
les obsequiaba el cardenal Riario.
Hacía construir palacios de madera para banquetes de gala que sólo
duraban unas horas, deshaciéndolos á continuación. Cada servicio lo
anunciaba su senescal entrando á caballo en el comedor, con traje
distinto y seguido de músicos que escoltaban los platos.
A una princesa de la dinastía Aragón de Nápoles la obsequiaba con un
banquete que duró seis horas, sirviéndose en su transcurso cuarenta y
cuatro platos, ciervos enteros asados con su piel, cabras, liebres,
terneros, grullas, pavos y faisanes conservando su plumaje. El plato más
enorme, llevado en hombros por una docena de servidores vestidos de
seda, tenía la apariencia de un oso de tamaño natural, con un palo en la
boca. El pan había sido dorado, y los peces, así como otros manjares,
llegaban á la mesa cubiertos de plata. En las obras de confitería
intervenían los mejores escultores de Roma. Los doce trabajos de
Hércules, todos ellos con personajes de dimensiones ordinarias, estaban
esculpidos en materias azucaradas. Otro plato era una montaña con una
sierpe gigantesca que se movía lo mismo que un reptil viviente.
También desfilaban ante las mesas castillos embanderados, todos de
confitería, y estas obras eran arrojadas á continuación por los balcones
del comedor sobre el populacho, que coreaba desde fuera con sus gritos
las músicas del banquete. Igualmente estaban hechos de turrón y otras
materias semejantes diez navíos que se presentaban cargados de
peladillas en forma de bellotas, por figurar la bellota en el escudo de
los Rovere. Como final, aparecía Venus en su carro de nácar tirado por
cisnes; una montaña que se partía, saliendo de ella un poeta para
expresar en forma rimada su admiración ante tal banquete; y tropas
coreográficas de mujeres, bailando danzas antiguas, pretexto, según el
gusto de entonces, para excitar la concupiscencia.
En los tres años que duró su cardenalato, gastó Pedro Riario 300.000
ducados de oro (varios millones de la moneda actual), dejando aún
deudas por valor de 60.000. Sixto IV le lloraba con un dolor de padre,
olvidando sus despilfarros y la enfermedad crapulosa que ocasionó su
muerte en pocos días, viendo solamente lo que este joven, digno de su
época, había hecho en favor de las artes, protegiendo á pintores,
escultores y arquitectos. Todos los poetas de Roma le lloraron en sus
versos como un nuevo Mecenas.
La desaparición de Pedro Riario dejó campo libre á las ambiciones de su
primo Juliano de la Rovere. Además, éste pudo robustecer su influencia
entre los cardenales aseglarados, sin obstáculo alguno, por hallarse
Rodrigo de Borja fuera de Roma.
Pretendió Sixto IV organizar de nuevo la cruzada contra los turcos,
enviando legados á las principales potencias cristianas para que le
ayudasen en dicha empresa. A Borja le encargó que fuese á España,
emprendiendo éste el viaje en Mayo de 1472.
Era la primera vez que regresaba á su patria, de la que había salido
siendo adolescente, y luego de dicha visita nunca volvió á ella. Según
era costumbre, todos los cardenales residentes en Roma escoltaron á su
compañero hasta la puerta de San Pablo, dándole el beso de despedida. En
el puerto de Ostia tuvo que aguardar á que pasase un furioso temporal, y
emprendió su navegación días después en dos naves del rey Ferrante de
Nápoles, haciendo escala en Córcega y llegando el 17 de Junio á la playa
de Valencia.
Llevaba con él varios obispos italianos, abades, jurisconsultos, poetas,
que le servían de secretarios, y dos pintores napolitanos que acabaron
quedándose en España.
Valencia era entonces la ciudad más rica del Mediterráneo español y la
de costumbres más alegres y libres. Juan II, padre de Fernando el
Católico, vivía en incesante lucha con los catalanes, negándose
Barcelona á reconocer su autoridad, y todo el movimiento marítimo había
pasado á Valencia. Su puerto era desde el reinado de Alfonso V un centro
receptor y distribuidor del comercio con Italia.
Recordaba Claudio Borja lo que había leído en las Memorias de un tal
Münzer, viajero alemán que visitaba dicha ciudad en el último tercio del
siglo XV, admirando sus campos de limoneros, naranjos y palmeras, y aún
más la elegancia de sus mujeres.
«Las valencianas--decía el alemán--visten con singular pero excesiva
bizarría, pues van descotadas de tal modo, que se les pueden ver los
pezones, y además, todas se pintan la cara y usan afeites y perfumes,
cosa en verdad censurable. Los habitantes de Valencia acostumbran á
pasear de noche por las calles, en las que hay tal gentío que se diría
estar en una feria, pero con mucho orden, porque nadie se mete con el
prójimo. Las tiendas de comestibles no se cierran hasta medianoche. No
hubiera creído que existiera tal espectáculo á no haberlo visto.»
Esta ciudad rica y jocunda, que parecía reflejar las costumbres de la
Italia del Renacimiento, situada enfrente, en la otra ribera del
Mediterráneo occidental, recibió al embajador del Papa con el mismo
aparato que si fuese un rey. Tuvo que pasar Rodrigo de Borja dos días en
un monasterio inmediato, mientras preparaban su recibimiento. El cortejo
ocupó una extensión de dos kilómetros. El cardenal de Valencia entró á
caballo, bajo un palio que sostenían los personajes más importantes de
la ciudad, entre timbales y trompetas, por calles cubiertas de ricos
tapices, precediéndole todas las parroquias con cruz alzada y numerosas
hermandades. En días sucesivos empezaron los banquetes dados por Borja
en su palacio episcopal.
Este vicecanciller de la Santa Sede poseía, además de las ricas mitras
de Valencia, Cartagena y Oporto, numerosas abadías, y la fortuna
heredada de su hermano Pedro Luis. Todas sus rentas las gastaba
espléndidamente.
Viviendo en Roma, había vencido en 1461 á los cardenales más opulentos
cuando se estableció una pugna entre ellos por quién arreglaría mejor la
fachada de su palacio en la fiesta del Corpus. El pueblo romano lo
apreciaba como el más generoso y munificente de los príncipes de la
Iglesia. También había sobrepasado á sus compañeros del Sacro Colegio al
disponer Pío II grandes fiestas para recibir en Roma la cabeza del
apóstol San Andrés, y al intentar dicho Pontífice la organización de
una escuadra contra los turcos. En esta ocasión era el único que le
obedecía, regalando un buque completamente armado.
La gula resultaba, según sus enemigos, el solo vicio ignorado por él. Le
gustaba comer un plato único, pero abundante, y cuando fué Papa los
cardenales temían como una desgracia que los invitase á su mesa. Tampoco
mostraba afición al vino, condición de muchos hombres del Mediterráneo,
enérgicos y ardorosos, y cuando lo bebía era mezclado con agua.
Todo esto no fué obstáculo para que el fastuoso cardenal--obispo de
Valencia--diese grandes banquetes en su palacio. La ciudad había
adornado sus calles en relación con la especialidad de los comerciantes
ó menestrales establecidos en ellas. En la Tapinería, donde trabajaban
los fabricantes de _tapines_ ó chapines, calzado alto, inventado por los
moros, que aumentaba la estatura de las mujeres y cuya moda se extendía
hasta Venecia, las casas se mostraban cubiertas de chapines de los más
caros, que tenían las suelas con adornos de oro, plata y diamantes. En
la calle de las Platerías los orfebres ostentaban sobre tapices de
brocado sus obras más suntuosas, y en la Puerta Nueva, cerca del sitio
donde se iba á construir poco después la famosa Lonja, aparecían
revestidos los edificios, del tejado al suelo, con piezas de ricas
telas. Los señores circulaban entre la muchedumbre montados en mulas y
llevando á la grupa su dama.
El sobrino de Calixto III era saludado por el pueblo como una gloria
nacional. Todos presentían que iba á ser Papa como su antecesor. Tuvo
que abandonar la ciudad para ir en busca del rey de Aragón y su hijo, el
futuro don Fernando el Católico, que estaban sitiando á Barcelona. Este
último se había casado con la princesa Isabel, hermana del rey de
Castilla, y necesitaba que le ayudase el cardenal para la legitimación
de dicho matrimonio.
Como los que se llamaron después Reyes Católicos eran parientes en
tercer grado de consanguinidad, habían visto negada por el papa Paulo II
la dispensa necesaria para su casamiento. El Pontífice obedecía á las
sugestiones de los reyes de Castilla y de Portugal, opuestos á la
mencionada unión. Pero el entonces arzobispo de Toledo, don Alfonso
Carrillo de Acuña, hombre enérgico, de pocos escrúpulos en las cosas
eclesiásticas por considerarlas como propias, falsificó una dispensa del
Papa, y el matrimonio pudo realizarse fingiendo los Reyes Católicos no
estar enterados de dicha irregularidad.
Después, cuando Isabel la Católica mostró remordimientos, viéndose en
estado de concubinaje según las leyes de la Iglesia, el cardenal Rodrigo
de Borja, que se había interesado por los dos, como español, obtuvo una
bula de Sixto IV, en la cual recriminaba el Pontífice á los contrayentes
por haberse ido á vivir juntos sabiendo que su casamiento era nulo; pero
de todos modos comisionaba al actual arzobispo de Toledo para que lo
revalidase.
Esta dispensa, en realidad, no era gratuita. Sixto IV esperaba que á
cambio de ella don Fernando, rey de Sicilia y heredero de la corona de
Aragón, diese barcos y hombres para la cruzada contra los turcos.
Luego de pasar varios meses en Cataluña volvió á Valencia el legado para
avistarse con don Pedro de Mendoza. Este era entonces obispo de Sigüenza
nada más, y Borja le traía el capelo cardenalicio. En adelante fué el
famoso cardenal Mendoza, que llegó á ministro universal, llamándole
muchos por su influencia «el tercer rey de España».
Viajaba don Pedro de Mendoza con más aparato que los monarcas, siendo su
lujo tan grande como el de los más fastuosos cardenales. Entró en
Valencia precedido de una música de negros á caballo, entre muchos
señores castellanos que llevaban sobre sus pechos pesadas cadenas de
oro, y seguido de una escolta de doscientos jinetes y una tropa no menor
de halconeros y monteros. Como Borja conocía la esplendidez del prelado
de Castilla, lo obsequió con un banquete que hizo recordar á los
cronistas de Valencia el lujo de Alfonso el Magnánimo.
Entre ricas tapicerías estaba servida la mesa, con letras góticas sobre
el mantel hechas de flores, que repetían la leyenda del escudo episcopal
de Borja: _Ave Maria gratia plena_. Ocho obispos pertenecientes á ambas
comitivas sentábanse al banquete, con los dos poderosos magnates
eclesiásticos y numerosos invitados seglares.
El lavatorio de las manos lo hacían en «grandes bacines de plata dorada
con el fondo de esmalte», poniéndose inmediatamente sobre la mesa varias
copas llenas de jengibre verde, planta aromática que se mezclaba
entonces en todas las salsas. Luego aparecían siete grandes platos con
dos pavos cada uno rodeados de numerosas perdices, siendo doradas las
cabezas de aquellos animales y pendiendo de sus cuellos cartelitos con
el escudo de los Borja. Desfilaban á continuación cuatro fuentes de
plata, enormes como rodelas, llevadas cada una por cuatro hombres, en
las que había altísimos pastelones rellenos de ocas, ánades, fúlicas,
palomos, gallinas, terneras, cabritos y otras viandas. Todos estos
manjares eran acogidos con músicas de los ministriles, que ocupaban un
tablado, y llevaban su escolta correspondiente de salsas.
A continuación eran presentados dos soberbios platos, teniendo ambos el
aspecto de una montaña cubierta de verdura, sobre cuya cúspide se erguía
un pavo con todo su plumaje y la cabeza intacta, lanzando por su pico un
chorro de agua perfumada. Y mientras los trinchantes cortaban la carne
por debajo de las alas, los dos pavos seguían derramando sus fuentes de
perfume. Luego venía la «comida blanca», llamada así por ser de leche,
huevos y gran abundancia de azúcar, terminándose el banquete con
numerosas variedades de confites y conservas dulces.
Duraban muchos días los festejos y mascaradas, y una vez más el cardenal
Borja abandonaba Valencia para irse á Castilla, siendo recibido en
Madrid con gran pompa y bajo palio, al lado del rey don Enrique,
apellidado «el Impotente», que iba á su izquierda. Se esforzaba el
cardenal por inclinar al monarca á favor de la sucesión de su hermana
doña Isabel, contra las pretensiones de los partidarios de su hija
única, apodada «la Beltraneja», por creerla adulterina, ocasionándole
todo esto grandes enemistades. Al fin, conseguía que don Enrique hiciera
las paces con su hermana y su cuñado Fernando, y en Julio de 1463 volvía
de nuevo á Valencia, preparando su regreso á Roma.
Esto fué en el mes de Septiembre. Muchos valencianos de familia noble y
otros dedicados á las Letras se dispusieron á seguir al cardenal.
Tenían gran fe en su porvenir, repitiendo la tradicional marcha á Roma
de los españoles en tiempos de Calixto III.
Varios centenares de caballeros y estudiantes componían ahora el cortejo
del legado. Todos se dirigieron al puerto tan alegres «que parecía iban
á bodas», según expresión de un cronista contemporáneo. Los del nuevo
cortejo y los del antiguo, llegado con el cardenal, se embarcaron en dos
navíos venecianos, cuyos capitanes hacían pagar de un modo abusivo el
precio del pasaje.
Apenas salidos al mar, se desencadenó una de las horribles tempestades
que agitan el Mediterráneo al iniciarse el otoño, acompañándoles dicha
tormenta en toda su travesía, que duró más de un mes, por haber tenido
que refugiarse en varios puertos.
El 10 de Octubre, hallándose frente á Liorna, se recrudeció la
tempestad, y asaltando las olas de través á una de las galeras la
echaron á pique, desapareciendo instantáneamente. La otra nave, rota la
quilla y descuadernada, pudo aproximarse á tierra, salvándose el
cardenal Borja con algunos señores de su séquito.
Al día siguiente aparecían en la playa más de doscientos cadáveres,
entre ellos los de tres obispos italianos y otros personajes que habían
seguido al legado en su viaje á España. Setenta y cinco familiares de la
servidumbre del cardenal se ahogaron igualmente, y con ellos doce
jurisconsultos, seis caballeros y gran número de jóvenes valencianos que
iban á Roma por el gusto de vivir en ella ó para estudiar en la
Universidad de Bolonia.
Todas las ropas y alhajas del fastuoso cardenal se perdieron, así como
gran cantidad de valiosos regalos que le habían hecho en España reyes y
próceres, y numerosas cajas de vajilla de Manises.
Rodrigo de Borja no llevaba mas que la camisa puesta cuando los
tripulantes de la encallada nave lo sacaron en hombros. Su valor
sonriente había infundido admiración á los más duros marineros.
Según costumbre de la época, los habitantes de la costa, que
consideraban todo naufragio un presente de Dios, se arrojaron sobre el
buque, robando lo que no se había llevado el mar y apoderándose
igualmente de las ropas de los cadáveres.
Volvió el cardenal de Valencia de su legación en España con las manos
vacías, pero Sixto IV le hizo un recibimiento como si hubiese obtenido
éxitos enormes á favor de la Santa Sede. En realidad, traía grandes
promesas de los reyes españoles para ayuda de la cruzada, pero ninguna
de ellas llegó á cumplirse.
A partir de este viaje, empezó Rodrigo de Borja á tropezar con la
influencia cada vez más grande del cardenal Juliano de la Rovere. Los
dos eran igualmente hábiles, de carácter enérgico y pocos escrúpulos,
con arreglo á la política de entonces; pero Borja llevaba la ventaja de
su serenidad majestuosa, su valor tranquilo, su cautela, que le hacía
contenerse á tiempo y no decir palabras irreparables. Juliano era más
impetuoso, y parecía repulsivo á muchos por sus cóleras sombrías y sus
venganzas. Adivinando Borja que Rovere preparaba su candidatura para el
Papado, empezó también á pensar en su propia persona como aspirante á la
tiara.
Celebró el pueblo romano, en 1481, con fiestas é iluminaciones la muerte
de Mohamed, el terrible sultán conquistador de Constantinopla. Sixto IV
había conseguido reunir una flota de treinta y cuatro barcos, mandada
por un cardenal. Esta escuadra pontificia, con otros buques del rey de
Nápoles, reconquistó á Otranto, puerto tomado por los turcos; pero
después de tal victoria tuvo que volverse, por la flojedad de su
almirante y la insubordinación de la marinería, asustada de la gran
mortandad que empezaba á causar en ella la peste. Una vez más fracasaba
el Papado en su guerra contra los turcos.
Continuó Sixto IV hasta su muerte sustituyendo los cardenales que
fallecían con otros, en su mayor parte de vida mundana y pocos años.
Mientras tanto, sus numerosos sobrinos, todos príncipes de la Iglesia,
eclesiásticos ó laicos, se dedicaban á deplorables operaciones,
concediendo por dinero las cosas más santas. Hasta el mismo Papa era
acusado, sin prueba alguna, de dedicarse al acaparamiento de cereales
para venderlos más caros al pueblo.
Al morir Sixto IV, en Agosto de 1484, el vecindario romano se entregaba
á mayores excesos que al finalizar los Papados anteriores. Odiaba ahora
á los genoveses, escandalosamente protegidos por el Papa difunto. La
muchedumbre asaltó el palacio de su sobrino Jerónimo Riario, saqueándolo
de tal modo que sólo quedaron las paredes. Hasta los árboles de su
jardín desaparecieron. Todo lo que en Roma pertenecía á genoveses fué
robado ó destruído: numerosos almacenes de cereales, dos barcos cargados
que estaban en el Tíber, muchas tiendas de comestibles.
Este trastorno general iba á provocar una vez más la guerra civil entre
Colonnas y Orsinis. Los vecinos se ocultaban en sus casas. Los palacios
de los cardenales aparecían transformados en fortalezas. Especialmente
Juliano de la Rovere y Rodrigo de Borja habían guarnecido sus elegantes
viviendas con tropas de mercenarios á sueldo, levantando además
bastiones de tierra ante las puertas, con abundante artillería. Toda la
gente belicosa de la ciudad estaba en armas, dispuesta á la batalla.
Finalmente las gestiones de los cardenales más viejos lograban
establecer cierta calma, y se reunía el cónclave para elegir el nuevo
Pontífice.
Borja y Rovere iban á luchar frente á frente en esta elección; pero como
ambos eran astutos y veían sin engaños la realidad, se dieron cuenta de
que aún no había llegado su hora.
El número de cardenales aseglarados había sido aumentado por Sixto IV y
ya no era Borja su único capitán. Rovere, sobrino de Papa lo mismo que
él, rico, fastuoso, mujeriego y además muy jugador, dirigía igualmente á
estos príncipes de la Iglesia semejantes en pasiones y vicios á los
magnates laicos.
Algunos cardenales de sanas costumbres pensaron en elegir á su compañero
Juan Moles, que era español y se había mantenido ajeno á las contiendas
de Roma, viviendo con el decoro de un anciano virtuoso; pero su
nacionalidad resultaba un obstáculo, y los italianos desistieron de su
candidatura. Todos los embajadores residentes en Roma creían en la
elección de Rodrigo de Borja, y él había fortificado su palacio para
que no lo saqueasen, considerando seguro, durante algunos días, su
próximo triunfo.
Rovere, su adversario, convencido de su propio fracaso, trabajó por
crear un Pontífice que se lo debiera todo á él y siguiese su dirección,
fijándose en Juan Bautista Civo, cardenal de origen genovés, como su tío
Sixto IV. Apeló Juliano á todos los medios para hacerlo triunfar,
valiéndose hasta del soborno, y finalmente ganó la votación el cardenal
Civo, tomando el nombre de Inocencio VIII.
Era un hombre grande, fuerte, carilleno, extraordinariamente blanco y de
ojos muy débiles. Su familia genovesa, aunque pobre, estaba emparentada
con la riquísima de los Doria. Tenía dos hijos ilegítimos: Teodorina y
Franceschetto. Sus enemigos afirmaban que estos hijos eran únicamente
sus predilectos y que había dado la vida á muchos más, haciéndolos
ascender algunos comentaristas á siete, y otros á diez y seis.
Sixto IV lo había protegido por su carácter blando y tolerante, que le
permitía ser benigno con todos. Juliano esperaba obtener cerca de él una
influencia mayor que durante el pontificado de su tío. Todos los
embajadores escribían á sus potencias que el cardenal de San Pedro, ó
sea Juliano de la Rovere, iba á resultar el verdadero Papa.
Pronto se dió cuenta de que no era tan absoluto su poder como se lo
había imaginado en el momento de la elección. El Pontífice tenía un hijo
cerca de él, Franceschetto Civo, deseoso de aprovechar la buena fortuna
paternal para reunir dinero y entregarse á toda clase de desenfrenos.
Como era extremadamente jugador y poco favorecido por la suerte,
intervenía en toda clase de negocios á cambio de valiosas comisiones.
Mientras tanto, Inocencio VIII parecía preocuparse de la organización de
una cruzada, lo mismo que sus antecesores, pero sin éxito alguno. Su
única victoria fué traer á Roma al príncipe turco Djem ó Hixem, como
decían los españoles.
A la muerte del gran Mohamed, dos de sus hijos se habían disputado la
corona imperial. Era Bayaceto quien sucedía al victorioso padre, y su
hermano menor, Djem, que contaba con muchos partidarios, tenía que huir
de Constantinopla en 1482 para que aquél no lo suprimiese, buscando
refugio entre los caballeros de San Juan que ocupaban la isla de Rodas.
El Gran Maestre de dicha orden veía en Djem un poderoso medio para tener
en jaque á Bayaceto, y ajustaba, finalmente, con éste un tratado, en
virtud del cual los llamados caballeros de Rodas guardarían en custodia
al pretendiente Djem, á condición de que el emperador turco no atacase
su isla, pagando, además, con pretexto de la manutención de su hermano,
un tributo anual de 45.000 ducados.
Djem era enviado á unas tierras que los sanjuanistas poseían en
Auvernia, y desde entonces los reyes de Francia, de Nápoles y de
Hungría, la república de Venecia y el Papa--todos los que deseaban ser
temidos de Bayaceto para que les dejase en paz--pretendieron tener bajo
su custodia al «Gran Turco», pues así llamaban al príncipe Djem.
Inocencio VIII pudo más que sus contendientes, dando el capelo
cardenalicio al Gran Maestre de Rodas, así como muchos privilegios y
libertades á la mencionada orden, y el príncipe turco pasó á vivir en
Roma con una guardia, para su propia seguridad, de caballeros
sanjuanistas. Además, como Djem iba á ser huésped del Papa, éste
cobraría en adelante los 45.000 ducados anuales que entregaba el sultán.
Roma entera se puso en movimiento para recibirlo. Tal era el pavor
infundido por Mohamed después de la toma de Constantinopla, que había
circulado la predicción de que el soberano de los turcos iría un día á
apoderarse de la Ciudad Eterna, estableciendo su alojamiento en el
Vaticano. Y todos creyeron ver un acto de la voluntad divina al
cumplirse tal vaticinio, pero de diferente modo, llegando el «Gran
Turco» como cautivo y no como vencedor.
Se aposentó Djem en el Vaticano, y allí vivió tranquilamente varios
años, sin dejar de inspirar inquietudes á su hermano Bayaceto, pues una
parte del pueblo turco, así como los genízaros, parecían dispuestos á
sublevarse á favor suyo si se presentaba en el país.
Otro suceso más importante hizo olvidar la llegada de Djem. En la noche
del 31 de Enero de 1492, recibió el Papa la noticia de haberse rendido
Granada á los Reyes Católicos el 2 de dicho mes, colocándose en las
torres de la Alhambra las banderas cristianas y un gran crucifijo de
plata regalado por Sixto IV para que precediese á las tropas en esta
última guerra contra los infieles.
La rendición de Granada la consideraron en Roma como una especie de
compensación por la pérdida de Constantinopla. Los futuros Reyes
Católicos enviaron al Papa cien prisioneros moros, en agradecimiento á
los auxilios que les había prestado durante su campaña.
A pesar de hallarse muy enfermo, fué Inocencio VIII en procesión desde
el Vaticano á la iglesia de Santiago, en la plaza Navona, que era
propiedad de los españoles, celebrando allí una gran fiesta. Los
regocijos públicos resultaron numerosos. El embajador español pagó una
representación pública de la conquista de Granada, el cardenal Rafael
Riario organizó un cortejo reproduciendo la entrada triunfal de los
soberanos españoles en dicha ciudad, y Rodrigo de Borja dió en la plaza
Navona la primera corrida de toros, á estilo de España, que presenciaron
los romanos.
El sultán turco, en relaciones continuas con el Papa desde que éste
guardaba á su hermano Djem, le envió como regalo una preciosa reliquia:
la lanza con que Longinos había abierto el pecho de Cristo clavado en la
cruz. El musulmán Bayaceto garantizaba la autenticidad de dicha
reliquia.
Los cardenales más afectos al Papa, presididos por Juliano de la Rovere,
salieron lejos de Roma para recibir á los mensajeros turcos,
incautándose de la Santa Lanza. Inocencio VIII, próximo ya á la muerte,
abandonó el lecho para presidir dicha solemnidad. El arma bendita fué
llevada en procesión á través de Roma, hasta las habitaciones
particulares del Pontífice.
Al verse Rodrigo de Borja suplantado por Rovere, que ocupaba en la
ceremonia el sitio más honorífico después del Papa, quiso abrumar á
dicho rival con su riqueza y su gallardía, y asistió al recibimiento de
la Santa Lanza vestido lujosamente á la española, montando un brioso
corcel, que manejaba con su habilidad de consumado jinete, la espada al
costado y en la cabeza una gorra con adornos de perlas, rematada por
airoso penacho.
Dicha procesión fué el último acto público de Inocencio VIII. De Junio á
Julio estuvo entre la vida y la muerte, y la certeza de su próximo fin
agravó la falta de seguridad en Roma.
No pasaba un solo día sin asesinatos. Las turbas vivían olvidadas de
todas las imposiciones del orden. El médico del Papa, que era judío,
hizo degollar tres niños de diez años--según contaban las crónicas de
entonces--, llevando al enfermo la sangre de ellos para que la bebiese,
único medicamento capaz de reanimar su vigor. Este remedio monstruoso no
era raro en la medicina de aquella época, siempre predispuesta á emplear
la sangre humana para fines terapéuticos.
Se negó Inocencio á admitir el terrible brebaje, y en sus últimos días
aún tuvo fuerzas para llamar á los cardenales en torno á su lecho,
exhortándolos á la concordia, pidiendo que eligiesen un Pontífice mejor
que él.
El 25 de Julio de 1492, en las primeras horas de la noche, moría
Inocencio VIII. Sus actos más notables habían sido dar ayuda á los Reyes
Católicos en la expulsión de los judíos de España y publicar una bula
contra las brujas y hechiceros existentes en Alemania, documento que
sirvió de base á ulteriores persecuciones de la Inquisición.
También en su tiempo se falsificaron muchas bulas pontificias por
empleados de la Santa Sede, ganosos de adquirir dinero fuese como fuese,
á imitación de Franceschetto Civo, el hijo del Pontífice. Este, cuando
no andaba á altas horas de la noche por las calles de Roma con un grupo
de libertinos, intentando penetrar á viva fuerza en las casas donde
vivían mujeres bonitas y recibiendo las más de las veces palizas de
padres y esposos, se dedicaba al juego en casa del cardenal Riario, que
era un incansable tahúr. Una noche perdió Franceschetto 14.000 ducados,
y fué á quejarse á su padre de que el cardenal jugaba con cartas
marcadas. Así debía ser, pues todos los que jugaban con Riario, aunque
fuesen compañeros suyos de consistorio, salían perdiendo.
Claudio Borja recordaba la tumba de Inocencio VIII. Como era un
monumento de bronce con hermosas esculturas del arte cuatrocentista, la
habían conservado, pasando de la antigua iglesia de San Pedro á la
actual basílica. Gracias al valor artístico de dicha sepultura, la
memoria de Inocencio VIII se perpetuaba más que la de otros Pontífices
superiores á él, caídos en olvido.
Lo designaba la inscripción sepulcral como el Papa bajo cuyo reinado
había sido descubierto el Nuevo Mundo.
«Una falsedad escandalosa--pensó Claudio--. El Papa murió el 25 de Julio
de 1492, ó sea cuando Colón vivía aún en Palos, sin saber cómo iniciar
su viaje por falta de marineros, y Martín Alonso Pinzón lo salvaba
reclutando las tripulaciones.»
Esta inscripción de la tumba de Inocencio VIII había sido redactada
muchos años después de la muerte de dicho Papa. Los enemigos y
calumniadores del español Alejandro VI hasta pretendían robarle la
gloria del gran acontecimiento geográfico ocurrido bajo su pontificado.