Al mirar distraídamente la fecha de los periódicos recién llegados de
París, sintió por primera vez Claudio Borja la existencia del tiempo.
Hasta entonces había llevado una vida irreal, libre de la esclavitud de
las horas y las imposiciones del espacio. Todos los días eran iguales
para él. No vivía, se deslizaba con suavidad por un declive dulce, sin
altibajos ni sacudidas. El día presente era tan bello como el anterior,
y sin duda resultaría igual el próximo mañana. Sólo al recordarle la
fecha de los diarios otra fecha idéntica guardada en su memoria, hizo un
cálculo del tiempo transcurrido durante esta dulce inercia, únicamente
comparable á la de los seres que en los cuentos árabes quedan inmóviles,
dentro de ciudades encantadas, paralizados por un conjuro mágico.
¡Un año!... Iba ya transcurrido un año desde aquel suceso que dividía
su existencia, como los hechos trascendentales parten la Historia,
sirviendo de cabecera á una nueva época. Recordaba su sorpresa en el
ruinoso castillo papal de Peñíscola, próximo al Mediterráneo, ante la
aparición inesperada de Rosaura Salcedo. La hermosa viuda venía á
buscarle sin saber por qué, creyendo obrar así por aburrimiento, y
moviéndose en realidad á impulsos de un amoroso instinto, aún no
definido, que pugnaba por adquirir forma. Luego veía la tempestad,
llamada por él «providencial», el refugio de los dos en un huerto de
naranjos próximo á Castellón, la noche pasada en la vivienda de una
campesina, que los tomaba por esposos.
Nunca volvería á ver esta pobre casa, y sin embargo, se alzaba en su
recuerdo más grande y majestuosa que todos los edificios históricos
admirados en sus viajes. Tenía olvidado el nombre de aquella humilde
mujer que facilitó, sin saberlo, la aproximación de ellos dos; pero su
imagen persistía en su memoria, con el resplandor dulce y atractivo que
envuelve á los grandes favorecedores de nuestro pasado.
A partir de aquella noche, el mundo cambiaba para Borja. Tal vez seres y
cosas continuaban lo mismo; pero él era otro, viendo transformadas las
condiciones de su vida, encontrando un nuevo encanto á lo que antes
consideraba monótono y ordinario.
Había descubierto, como todos los enamorados satisfechos de su
felicidad, que nuestra existencia tiene más poesía que nos imaginamos en
días de pesimismo. Vuelto de espaldas al resto del mundo, no encontraba
otra vida digna de interés que la de aquella mujer. Juntos harían su
camino en todo lo que les quedase por existir, y eso que ambos, siendo
jóvenes, veían su futuro como un horizonte sin límites.
Viajaron los primeros meses, yendo adonde van las gentes de la sociedad
en que había vivido hasta entonces Rosaura, y procurando al mismo tiempo
aislarse de ellas. Aprovecharon el ferrocarril para huir de aquel huerto
que tanto recordaban después. Querían un escenario menos rústico para su
amor. Esperaron en Barcelona á que el chófer hubiese recompuesto el
automóvil en un taller de Castellón. Luego volvieron á Francia, como si,
pasada aquella tempestad en el campo de naranjos, no pudieran ya pensar
mas que en ellos dos. La viuda argentina mostrábase de repente sin
interés alguno por las bellezas de la costa española y la historia
novelesca del papa Luna.
Volvieron á verse en Marsella, pero ahora sin las dudas y los
apartamientos inesperados de semanas antes. Finalmente paseó Claudio por
el jardín en declive que ponía en comunicación la elegante casa de
Rosaura, en la Costa Azul, con los peñascos blancos de áspero mármol,
taladrados incesantemente por las aguas marítimas.
La soledad, grata en los primeros días, empezó á pesarle de pronto á
Rosaura. Ella, tan deseosa de guardar su reputación y su rango social,
se mostró la más osada, como si le placiese exhibir ante sus amigas
íntimas este enamorado, más joven que Urdaneta.
--Con discreción todo puede hacerse en nuestro mundo--dijo para
convencer á Borja, tímido y prudente.
Viajando juntos y fingiendo vivir separados dentro de un mismo hotel,
pasaron los meses de verano en Biarritz; luego en Venecia y en las
admirables estaciones alpinas del Tirol. No podía recordar Claudio con
exactitud dónde había estado y lo que llevaba visto. Fuese adonde fuese,
mar ó montaña, ciudad ó paisaje, todo creía verlo reflejado en las
pupilas de Rosaura, apreciando los diversos lugares según los
comentarios de ella y la placidez ó excitación de sus nervios.
Le parecía en ciertos momentos que la atmósfera cantaba alrededor de su
persona. Sus pies sentían la impresión de un suelo elástico. Tenía la
certeza de poder saltar y mantenerse en el aire, contra todas las leyes
físicas, cual si estuviese en otro planeta. Vivía dentro de un perpetuo
ensueño, y algunas mañanas, al despertar en un cuarto de hotel, lejos
del que ocupaba ella, para mantener unas conveniencias que las más de
las veces resultaban inútiles, se preguntaba con inquietud: «¿Realmente
soy el amante de Rosaura? ¿No lo habré soñado en el curso de la noche y
voy á convencerme ahora de que todo es mentira?»
Al repeler á continuación las últimas incertidumbres y anemias del
sueño, el orgullo de su triunfo se transformaba en modestia, por una
misteriosa operación psíquica, reconociéndose indigno de tanta
felicidad. ¡Verse amado por aquella mujer que había considerado al
principio como perteneciente á una especie superior, sin esperanza de
que volviese los ojos hacia él!...
El antiguo mote de «caballero Tannhäuser» empleado algunas veces por
Rosaura parecía aumentar su vanidad de amante. Ella era Venus, y él
vivía á sus pies saciado de amor, como el réprobo poeta. Aquel jardín de
la Costa Azul propiedad de la argentina era comparable á la Venusberg,
la legendaria Montaña de Venus, mágico lugar de voluptuosidades, de
poesía carnal, que hacía estremecer de espanto á los ascetas cristianos.
Parecía Rosaura satisfecha del resultado de una aventura emprendida
ligeramente, sin propósito determinado, con un aceleramiento algo loco.
Halagaba su vanidad femenina la supeditación amorosa de Claudio. Este la
había hecho desde el principio el homenaje de su voluntad. En los
primeros meses nunca surgían entre ellos las disputas y celos que habían
amargado sus relaciones con Urdaneta, el famoso general-doctor. Borja
mostraba cierto misticismo en su adoración. La veía como una diosa, y á
las divinidades se las obedece, sin discutir con ellas.
En los momentos de agradecimiento amoroso, cuando se siente la necesidad
de retribuir la dicha recibida con tiernas palabras, ella decía siempre
lo mismo:
--¡Qué bueno eres!... Por eso te quiero como no he querido á nadie.
Después de las semanas otoñales pasadas en París, el invierno los había
empujado á la Costa Azul.
Se instaló la señora de Pineda en su lujosa «villa» entre Niza y
Monte-Carlo, pero ahora con todas las comodidades de una larga
permanencia, rodeada de numerosa servidumbre, haciendo saber á sus
amigas su firme voluntad de no irse hasta la llegada del verano.
Su pasión la hacía olvidar una vez más aquella maternidad sólo
renaciente en días de pesimismo amoroso. Se había preocupado en París de
la educación de sus dos hijos, afirmando que era un sacrificio tener
que separarse de ellos; pero su porvenir lo exigía así. Al lado de su
madre no adquirirían nunca una verdadera instrucción. El niño había sido
enviado á Inglaterra, para que hiciesen de él un cumplido _gentleman_
desde su infancia; la niña entraba en un colegio aristocrático de París,
dirigido por monjas. Y creyendo haber cumplido por el momento todos sus
deberes maternales, pudo dedicarse en absoluto, libre de testigos
molestos, á la vida común con el que llamaba «su poeta».
Claudio estaba instalado aparentemente en un hotel próximo á la
propiedad de la señora de Pineda. Casi todo el día y una gran parte de
la noche los pasaba el joven en el jardín de Rosaura ó en su casa; pero
de todos modos, su «domicilio oficial» en el hotel, como decía Borja,
era una discreta concesión á los respetos sociales. Las gentes amigas de
ella cerraban los ojos, admitiendo con aparente buena fe que el español
no era mas que un visitante de la rica viuda, existiendo entre ambos la
simpatía originada por la comunidad de idioma y de origen étnico.
Así se fué prolongando algunos meses más la vida irreal de Claudio. No
existían en este jardín de la Costa Azul los mágicos rincones de la
Venusberg, con lechos de corales y guirnaldas de floraciones
fantásticas, semejantes á las de los campos submarinos. Mas sus
bosquecillos de rosales en los que abundaban tanto las flores como las
hojas, sus plazoletas con fuentes de cantarino gotear, sus enramadas
susurrantes bajo las cuales se arrullaban palomas, y su playa de
guijarros azules entre peñascos que parecían bloques de mármol en espera
de un cincel, fueron testigos muchas veces de las lentas conversaciones
de los dos enamorados y sus silencios de pasión interrumpidos por el
chasquido de los besos.
Poco antes que Borja se diese cuenta de que ya llevaba un año junto á
Rosaura, esta existencia común empezó á sufrir variaciones. Ella le dijo
un día con cierta gravedad, como si presintiese un peligro:
--Debemos pensar menos en nosotros, volver á nuestra vida de antes, sin
que por eso dejemos de querernos mucho. Las cosas extremadas acaban por
resultar violentas y duran poco.
Empezó á mostrarse la hermosa _Madame_ Pineda en los salones de juego de
Monte-Carlo, en las comidas de gala de los hoteles, en los _dancings_
más elegantes á la hora del té, seguida de «su español», que era
aceptado por todos como un acompañante legal, sin que ninguno se tomase
el trabajo de definir el carácter de dicha familiaridad.
Borja la creyó más segura para él viéndola seguir sus costumbres de
antes. Así evitaban el aburrimiento de una larga intimidad siempre á
solas. Al poco tiempo este conformismo del joven empezó á resquebrajarse
con los pequeños accidentes diarios de una vida agitada.
La argentina había recobrado su gusto por el baile, y él no era un
verdadero danzarín. Confesó Rosaura, con sonrisa algo nerviosa, la
imposibilidad de bailar bien con él.
--Sabes de muchas cosas, y por eso te admiro... pero de bailar... ¡nada!
Como en realidad no gustaba de la danza, empezó Claudio á mostrar una
resignación de marido cortés, manteniéndose en su asiento mientras ella
bailaba con otros hombres. Luego, al volver Rosaura á su lado, sonreía
con forzada mansedumbre. Nada podía decirle á una mujer que se
apresuraba á halagarlo con palabras amorosas, como si le pidiese perdón.
En verdad, Borja no tenía motivos de queja. Ella seguía amándolo lo
mismo que antes, como aman las beldades que ya están en los últimos
linderos de la juventud á un hombre menor en años.
--El baile--decía--es para mí una gimnasia social, un deporte de moda.
Parecía olvidarse de Claudio en los _dancings_ de los hoteles y en las
mesas de juego de Monte-Carlo; mas una vez satisfechas sus dos pasiones,
volvía á buscarle con el mismo amor de antes, sin que él pudiese
sorprender disminución alguna.
Esta confianza en la fidelidad de Rosaura acabó por hacerle sobrellevar
sin celos la presencia de un hombre cuyo apellido había perturbado
algunas veces la serenidad de sus amores en los primeros meses de vida
común.
Estando en París conocía á Urdaneta, el general-doctor, en una fiesta
americana á la que asistió acompañando á la señora de Pineda.
Indudablemente el caudillo deseaba su amistad, y lo buscó, haciéndose
presentar por un amigo de ambos.
¡Cosa inexplicable para Borja!... Había pensado siempre con odio en este
hombre, y al verlo de cerca tuvo que confesar que no le era antipático.
Sólo odiaba al general-doctor cuando estaba lejos. Luego, en su
presencia, le parecía absurdo que el apellido de este hombre pudiese
agitar sus nervios.
Urdaneta había venido á vivir en Cannes unas semanas, y los dos
enamorados lo encontraron repetidas veces en los hoteles de Niza ó en el
Casino de Monte-Carlo.
Rosaura, más tenaz en sus desvíos, lo trataba fríamente, esforzándose
por hacer ver á todos que este hombre sólo era ya para ella uno de
tantos visitantes. El pasado estaba muerto y bien muerto. Borja, en
cambio, sentíase atraído por el irresistible agradador. Si su nombre le
infundía celos, su presencia real no despertaba en su ánimo ninguna
desconfianza, y hasta le inspiraba cierta conmiseración simpática.
En algunas ocasiones, al escuchar que Rosaura hablaba de él con
menosprecio, intentó defenderle. «¡Pobre general Urdaneta!...» Su época
gloriosa iba á terminar.
Era ya el hombre seductor que declina y se sobrevive. Aún conseguía
atraer el interés de algunas mujeres con su gran barba rizada, su
aspecto de hermosa bestia de combate, sus pasadas aventuras y su
petulancia varonil; pero no sabía ocultar un desaliento creciente.
Sufría continuas escaseces de dinero. Esto no resultaba extraordinario
en su historia de incansable derrochador. Lo terrible era que se iba
cerrando la explotación de su propio país, siempre considerado por él
como una mina segura al otro lado del Océano.
Ya no podía embarcarse para hacer una revolución más en su patria,
acopiar dinero y volverse á París. La pequeña república había seguido la
evolución de los países vecinos, abominando repentinamente de Urdaneta.
Ahora gobernaban la nación hombres jóvenes que habían estudiado en los
Estados Unidos ó en Europa, y establecían empresas industriales,
necesitadas de paz.
«No venga, general-doctor--le escribían sus íntimos--. Esto ha cambiado
mucho. La gente ya no aclama su nombre; y si viene, tal vez lo
perjudiquen.»
Y Urdaneta, que desde París husmeaba los vientos de su patria lo mismo
que sus corresponsales, se abstenía de embarcarse para hacer una
intervención armada, sabiendo que en el lenguaje de su tierra
«perjudicar» equivalía poco más ó menos á fusilamiento.
Agobiado por deudas crecientes y en la obligación de hacer economías--lo
que era para él signo de indiscutible decadencia--, manteníase indeciso,
no sabiendo qué nuevo rumbo seguir. Hombre experto en amores, no intentó
recobrar á la millonaria argentina. ¡Historia terminada!... No iba á
retroceder Rosaura hacia él teniendo á este joven supeditado
completamente á su voluntad, dulce en palabras y actos. Además, conocía
el valor de la juventud para las mujeres procedentes de América, mundo
en extremo joven, que siente aún fervores de tribu primitiva ante las
existencias primaverales.
El también se consideraba con cierta inferioridad en presencia de Borja.
¡Ay, la juventud!...
Veía en este español un heredero digno de respeto, se interesaba por su
suerte involuntariamente, delatando dicho afecto en sus ojos y su
sonrisa benévola. Quizá la simpatía obscura que impulsaba á Borja hacia
él era un reflejo de sus propios sentimientos.
Algunas veces creyó leer Claudio en sus amistosas miradas y en la
expresión bondadosa de su boca. Tal vez lo creía un compañero futuro de
infortunio. Con mujeres como Rosaura, enamoradas de la vida y poseedoras
de un alma pagana, ¿quién puede estar verdaderamente tranquilo?...
«Teme, compañero, á la juventud--parecía decirle Urdaneta--. Algún día
vendrá otro con menos años, que te sucederá: como tú á mí.»
Cuando Borja creía adivinar esto en la expresión afectuosa y triste del
héroe caído, se tranquilizaba á sí mismo con una petulancia de
enamorado feliz... Él era él: un hombre muy superior por su inteligencia
y sus gustos á este guerrero selvático que al otro lado del Océano había
matado centenares de hombres y aquí empezaba á parecer un personaje algo
grotesco, lejos de su ambiente favorable, imposibilitado de continuar su
antigua historia.
Las mayores contrariedades sufridas por Borja en su vida actual
procedían de aquel mundo algo híbrido, pero siempre elegante, que se
reunía durante el invierno en la Costa Azul. Se había agregado á él
contra su voluntad, arrastrado por las costumbres y aficiones de
Rosaura, dejándose presentar á personas que no le interesaban, pero con
las cuales debía mantener conversación en los «tés danzantes», en los
salones del Sporting Club de Monte-Carlo, en las fiestas de caridad, en
los conciertos clásicos.
Era un amontonamiento internacional, en el que figuraban desocupados de
todos los países; gentes de historia novelesca las más de las veces, sin
ninguna instrucción sólida, hablando numerosos idiomas y habiendo
viajado mucho, para ver superficialmente las naciones é interesarse sólo
por sus grandes hoteles y sus altas clases sociales.
Se encontraban en este mundo personajes de importancia auténtica:
hombres políticos venidos á menos, con la nostalgia de la autoridad
perdida; individuos de familias destronadas; magnates del dinero que
descansaban unos meses á orillas del Mediterráneo. Y en torno á este
grupo selecto, una inquieta marea de duquesas y marquesas de diversos
reinos, sobre cuyo pasado se contaban picantes historias; princesas
rusas que se mantenían vendiendo sus últimas alhajas y abrigos de
armiño; aventureras que se hacían tolerar por una amabilidad reptilesca;
antiguas cocotas que habían afirmado su posición casándose con algún
millonario viejo poco antes de morir éste.
Todos llevaban una existencia atareada, corriendo en automóvil los
sesenta kilómetros de carretera entre Cannes y Mentón, para asistir á
fiestas en las diversas ciudades ó arriesgar su dinero sobre las mesas
verdes de los casinos situados á lo largo de la cornisa de la Costa
Azul.
Los temas de conversación eran siempre los mismos: la riqueza y el amor.
Algunas veces los olvidaban para hablar de títulos nobiliarios ó
antiguos cargos políticos, apreciándolos según las simpatías que les
inspiraban sus poseedores.
--¿Por qué vivo entre una gente tan insubstancial?--se preguntaba
Claudio Borja.
En realidad, era su obligación de seguir á Rosaura lo que le condenaba
para siempre á figurar en dicho mundo, frívolo, murmurador, y al mismo
tiempo exageradamente tolerante hasta el amoralismo.
Sufría viéndose ignorado por esta gente bien educada y amable. Todos le
acogían con sonrisas y apretones de manos, desconociendo su verdadera
personalidad. Era para ellos «el amigo de _Madame_ Pineda, joven
español, simpático, distinguido...» y nada más.
Algunas damas viejas empezaban á llamarle «marqués», sin que pudiera
saber quién había iniciado tal invención. Les parecía sin duda imposible
que siendo de España no fuese marqués de Borja. En esta sociedad
brillante, mezclada y sospechosa, casi todos llevaban un título, y
únicamente á los millonarios de los Estados Unidos les toleraban que
ostentasen su nombre á secas.
El «amigo» de _Madame_ Pineda se daba cuenta del concepto que tenían de
él muchos hombres y mujeres con los que hablaba en comidas y bailes.
Sólo decían que era «simpático y distinguido», pero Claudio leía algo
más en el silencio continuador de tales palabras. Como la viuda
argentina era rica, tal vez le creían protegido por sus amorosas
larguezas. Esto no era pecado ni defecto entre las gentes de dicho
mundo. Casi aumentaba á los ojos de las señoras el valor de un hombre,
dándole el atractivo de una alhaja cara, de todo objeto de lujo que
cuesta mucho dinero.
Así se explicaba Borja las ojeadas invitadoras, las frases de doble
sentido de algunas amigas íntimas de Rosaura al hablar á solas con él.
Le tenían sin duda por el _gigolo_ de la viuda de Pineda. Tal vez
presentían en su persona una misteriosa y tentadora potencialidad de
amor, ya que una dama tan elegante y buscada le permanecía fiel, después
de un año de relaciones... Y esta sospecha, que dejaban adivinar los
menos prudentes, le indignó al principio, acabando por hacerle sonreir
con amarga conformidad.
Desde los primeros días de vida amorosa, se había resistido á aceptar
las consecuencias del gran desnivel existente entre las fortunas de los
dos.
--Yo soy el hombre--protestaba con orgullo cuando viajando juntos
pretendía Rosaura pagar los gastos de él.
Por una fatalidad comparable á la de ciertas leyes físicas, la enorme
fortuna de la argentina pesaba sobre la asociación de los dos, y aunque
era Rosaura la que costeaba la mayor parte de su vida siempre fastuosa,
el goce de algunos de estos despilfarros alcanzaba al hombre que iba con
ella. De todos modos Borja atendía á su propio mantenimiento, y sin que
su amante se diese cuenta, era origen para él de muchos gastos
extraordinarios.
«Las mujeres ricas--se decía el joven algunas veces--cuestan más dinero
que las pobres, sin que ellas lleguen á enterarse.»
Este año de vida común con una millonaria empezaba á quebrantar su
fortuna. Había gastado más del doble de sus rentas, pidiendo frecuentes
adelantos al administrador que tenía en Madrid. No amaba el juego, y se
veía obligado á jugar en Monte-Carlo, en Niza ó en Cannes, perdiendo
siempre. Además, al lado de esta mujer que hablaba á todas horas de
vestidos y recibía semanalmente nuevos trajes, le era preciso ocuparse
de su indumento con una minuciosidad femenil, yendo en busca del sastre
cada vez que ella fijaba su atención en el porte y las novedades de
algún _gentleman_ recién llegado de Londres.
Tenía la certeza de que á la larga le sería imposible resistir
económicamente esta vida con una mujer poseedora de millones... ¡Y las
gentes le creían su _gigolo_!
Dejaba para más adelante el pensar en esta desigualdad de fortunas.
Aguardaba algo inesperado que surgiría en el porvenir: un nivelamiento
salvador, sin detenerse á reflexionar cómo podría ser esto, contento de
su dicha presente.
Lo único que le producía verdaderas molestias en su actual situación era
verse incomprendido por las personas que rodeaban á Rosaura. ¡No haber
continuado sus primeros meses de aislamiento y amor en el jardín
rumoroso, oliendo á mimosas, á claveles y á sal marítima, que ellos
llamaban su Venusberg!
Estos amigos hablaban muchos idiomas, menos el de Borja. La lengua
francesa los unía en el trato diario, y sólo excepcionalmente lograba
encontrar alguno que balbucease palabras españolas, aprendidas en viajes
por la América del Sur.
En vano Rosaura, con el deseo de elevarlo ante los ojos de estas grandes
frívolas, anunciaba que Borja era escritor, ¡un gran escritor! Algunas
damas inglesas, cuyo romanticismo iba unido á la nostalgia de su perdida
juventud, se interesaban repentinamente por él, pidiéndole sus novelas.
Debían estar traducidas al francés ó al inglés. Claudio se excusaba,
confuso. El no había hecho novelas, único género literario que resiste
la prueba de ser traducido. Sólo escribía versos, y en español,
forzosamente prisioneros de su forma primitiva. Traducir versos es
romper un vaso de perfumes para que se pierda en el aire su esencia.
También se veía en esto incomprendido y menospreciado. Era simplemente
un bailarín torpe, un oyente silencioso de charlas mundanas, muy por
debajo de ciertos jóvenes frívolos que provocaban palabras de elogio en
los _dancings_ por su habilidad en mover los pies, viéndose llamados á
los corros de señoras para divertirlas con sus murmuraciones casi
femeninas.
«Soy feliz--se decía muchas veces Claudio--, ¡y cómo me aburro apenas
ella se aleja!... Me doy asco á mí mismo.»
De pronto sentía un deseo cruel de atormentar con sus quejas á la mujer
adorada. Era una obra subconsciente, una mala pasión que parecía venir
de otro hombre. En tales momentos el amor estaba compuesto para él de
agresividad y odio afectuoso.
--Tú debes haber tenido muchos amantes--decía en las horas de mayor
confianza--. Cuéntame; nada me importa.
Inútilmente protestaba Rosaura... El incrédulo Borja seguía
preguntando... ¿Cómo una mujer hermosa que tanto interesaba á los
hombres podía haber llegado hasta él sin historias amorosas?...
A Urdaneta no lo nombraba. Prescindía de este antecesor como si lo
ignorase, por lo mismo que era la única realidad. Quería conocer á «los
otros», cuyo número agrandaba ó achicaba, al capricho de sus celos.
Estos «otros» eran el misterio con su cruel atracción, el pasado de
Rosaura, vacío y obscuro, que necesitaba poblar de espectros para su
propio sufrimiento y el de su amante.
Como este martirio de las preguntas era siempre de noche y en el lecho,
ella no podía escapar á tal obsesión, y procuraba hacer frente
valiéndose de femeninas habilidades.
Le contaba inverosímiles historias de amores con hombres de diversos
países á los que había conocido en sus viajes, y al notar el
enfurruñamiento silencioso de Claudio rompía á reir.
--¿Pero no ves, grandísimo «zonzo», que me estoy burlando de ti?... Todo
cuentos disparatados, ya que eso te gusta.
De poco le valía tal estratagema, pues el celoso tornaba á acosarla con
sus preguntas. Detrás de dichos embustes debían ocultarse, según él,
terribles verdades. Hasta parecía menospreciarla, considerando rebajados
sus méritos por no haber tenido muchos amantes.
Al fin Rosaura apelaba al llanto, diciendo con amargura:
--Nunca vives contento de lo que tienes. Te conozco. Necesitas sufrir,
complicar tu vida y la del que esté cerca de ti. Eres de los que aman...
con enemistad.
Dudaba creyendo expresarse mal, por no haber encontrado palabras más
exactas, y segura al mismo tiempo de estar formulando grandes verdades.
Luego se reconciliaban, y ella, vibrante aún por las caricias recientes,
decía con agradecimiento:
--¡Qué suerte habernos encontrado!... ¡Bendita la hora que se me ocurrió
ir á Madrid! ¡Y pensar que podríamos haber vivido cada uno por su
lado... sin conocernos!
Todo esto no impedía que una semana después tuviese que llorar en la
intimidad, protestando de los celos de él, siempre con las mismas
palabras:
--Lo que tú tienes, Claudio, es que te aburres.
Y en tal situación, cuando el tedio de esta existencia demasiado
tranquila y feliz iba agriando el carácter de Borja, una noticia le
reanimó con el incentivo de la novedad.
Su tío el canónigo de Valencia, don Baltasar Figueras, iba camino de
Italia--según le anunciaba en una carta--para completar algunos de
aquellos estudios históricos que le habían hecho célebre en España entre
dos docenas de eruditos semejantes á él.
Necesitaba visitar por tercera vez á Roma, para ver en las llamadas
«Estancias de los Borgia», dentro del Vaticano, algunos fragmentos que
aún existían de su primitiva pavimentación, hecha con azulejos de
Valencia. Quería calcarlos para completar cierto libro sobre la antigua
azulejería hispano-morisca fabricada en el pueblo de Manises.
Este viaje le placía más que los otros dos que llevaba hechos á la
ciudad de los Papas, agregado á populosas peregrinaciones. Ahora iba
solo y contando con un «apoyo oficial». Su ilustre amigo don Arístides
Bustamante, al que había sido presentado en otros tiempos por el padre
de Claudio, vivía en Roma como embajador de España cerca del Papa. Esto
iba á proporcionarle grandes facilidades para sus rebuscas y estudios.
Verse admitido en la Biblioteca Vaticana con una investidura casi
oficial le parecía el triunfo supremo de su carrera de historiador.
La carta del canónigo puso de pie en la memoria de Claudio tres figuras
sólo entrevistas durante los últimos meses como fugaces é indecisos
fantasmas: el embajador Bustamante, su cuñada doña Nati y la dulce
Estela. Esta última, sin embargo, persistía en su recuerdo, según
propias palabras, «como un perfume lejano de violeta adormecida entre
hojas».
Rosaura se acordó igualmente de los olvidados Bustamante. Don Arístides
y su familia habían pasado por la Costa Azul cuando ella viajaba lejos
con Claudio. El embajador la había enviado al principio desde Roma
varias cartas, describiendo en estilo pomposo las fiestas dadas en su
palacio, las invitaciones y honores de que era objeto, apremiándola para
que le hiciese una visita y participase de tanto esplendor. Luego, tenaz
silencio.
--Deben saberlo todo... ¿Qué me importa?
Y como su egoísmo amoroso la daba un valor á toda prueba, no se acordó
más del personaje y su familia.
El canónigo iba á detenerse en Niza sólo por ver á su sobrino. El año
anterior, después de anunciarle éste una visita desde Peñíscola, había
desistido de ir á Valencia, volviéndose á Francia.
Deseaba pasar con él varios días, viendo al mismo tiempo la famosa Costa
Azul, que siempre había contemplado desde el ferrocarril como una visión
cinematográfica. Revelaba en su carta un entusiasmo de adolescente al
ocuparse de este lugar famoso. Iba á conocerlo al lado de su sobrino,
«gran mundano» que le hacía recordar los héroes de ciertas novelas
leídas en sus tiempos de seminarista.
«Mis estudios me esperan en Roma. Ya sabes que mi vida entera la he
dedicado á la noble empresa de defender y justificar á los mayores
calumniados de la Historia. El trabajo es tan enorme, que tal vez llegue
para mí la muerte antes de que lo termine. Tú, á causa de tu apellido,
deberías sentir tanto interés como yo por dicho trabajo... A pesar de
todo, perderé unos días al lado tuyo. Quiero conocer algo del mundo en
que vives, simpático é inconsciente pecador.»