I
Señora y criado.
Reinaba una calma dulce e inalterable en aquel lujoso y elegante
gabinete, de alfombras mullidas y paredes acolchadas de raso azul,
adornado con todos los objetos supérfluos y hermosos que produce la
moda.
Sillones de curvo perfil que parecían convidar al sueño, sillas doradas
con bordados asientos, taburetes de rameado terciopelo con rapacejos que
arrastraban por la alfombra, y almohadones de deslumbrantes colores,
estaban esparcidos con aparente y artístico desorden, por aquella
aristocrática habitación, cuyos ángulos estaban ocupados por vistosas
plantas artificiales en macetas gigantescas de chinesca porcelana, y
aparadores de ébano poblados de todo un mundo de "bibelots", estatuillas
de "biscuit" en las más graciosas posiciones y jarrones vetustos que
demostraban la superioridad de la antigua cerámica.
En un extremo, ocupando uno de los ángulos del gabinete, había un lecho
sencillo, que entre aquellos esplendores de un lujo soberbio parecía
simbolizar la imagen de la modestia.
Tan elegante estancia producía en los ojos como una embriaguez de
colores escalonados armoniosamente; pero existía algo en la atmósfera
que destruía inmediatamente el efecto del brillante golpe de vista.
Entre tanto esplendor, algo había que olía a enfermo.
No era olor puramente de medicinas lo que allí se notaba, sino ese
ambiente indefinible que parece existir doquiera se encuentra una
persona debilitada por esas enfermedades terribles que son lentas y
mortales.
La tenue claridad de la tarde se filtraba a través de las cortinas de
blonda que dejaban en parte al descubierto los abullonados cortinajes
de terciopelo, conservando la habitación en una agradable penumbra,
propia de una persona que, hallándose enferma, temía la caricia
demasiado fuerte del sol de la tarde.
Sentada en un gran sillón de forma antigua y elevado respaldo, estaba
junto a una de las semiveladas ventanas la dueña de aquel elegante
gabinete, la enferma que parecía empapar el ambiente de la habitación
con el hálito de su dolor.
Vuelta de espaldas a la puerta de entrada, el respaldo del alto sillón
sólo dejaba al descubierto el remate de una linda cofia de encajes que
se agitaba de vez en cuando movida por una tosecilla seca y
significativa que hubiera hecho fruncir el ceño al médico menos experto.
Era María, la condesa de Baselga, que pasaba casi todo el día sentada en
aquel sillón, dominada por una inercia que se iba apoderando rápidamente
de su organismo, y sin otra diversión que contemplar con ojos
distraídos, a través de los resquicios que dejaban las corridas
cortinas, los vistosos trenes de lujo y los grupos elegantes que pasaban
ante su hotel por el espacioso paseo de la Castellana.
Desde que murió su hijo, cinco meses antes, que la salud de la condesa
había empeorado visiblemente, tomando un carácter más alarmante aquella
tosecilla seca, cuyos progresos seguía con mirada atenta el padre Tomás.
El médico de la casa y la misma baronesa de Carrillo, manifestaban gran
confianza acerca de la suerte de la joven. Doña Fernanda se mostraba
optimista en extremo. Ya desaparecería aquel malestar que, en su
concepto, sólo era el resultado del disgusto terrible que había
producido en su sobrina la muerte del niño.
Ordóñez también se mostraba igualmente confiado, y mientras tanto la
enfermedad hacía rápidos progresos, y como si dentro del delicado cuerpo
de la condesa existiese una voraz hoguera que consumía sus músculos y
tejidos, iba demacrándose rápidamente todo su organismo, hasta el punto
de que su rostro, antes tan hermoso, presentase ahora el aspecto de un
cráneo pelado, cubierto por una piel terrosa que se pegaba a todas sus
sinuosidades; y de que por entre las mangas de su peinador de blonda,
asomasen unas manos enjutas y afiladas, que parecían un manojo de
látigos al extremo de un brazo blanco y descarnado como un hueso.
La pobre enferma vivía en el mayor abandono, pues su tía y su esposo,
amparándose siempre en la consabida frase de que aquello no era nada,
seguían entregados a sus gustos y aficiones, sin preocuparse de la
infeliz María ni atender a su curación. La baronesa seguía dedicada a
sus asuntos devotos, que ocupaban todo su tiempo, y en cuanto a Ordóñez,
éste continuaba su vida elegante, con el mismo abandono que si fuese un
soltero, y cuando le preguntaban en los salones por su esposa, entonces
se acordaba de que era casado, y solía responder con expresión
indolente:
--No es cosa grave lo que tiene María: la emoción que le ha producido a
la pobre la muerte de nuestro hijo. Así que olvide un poco el triste
suceso, de seguro que se pondra tan sana y robusta como antes.
Y así seguía viviendo la infeliz María, en medio del mayor abandono y
siempre con el pensamiento en su hijo.
La persona que más la visitaba era el padre Tomás, que intentaba
animarla con frases hechas sobre la bondad de Dios y la posibilidad de
que cuanto antes recobrase su salud, si es que el Altísimo así lo
disponía; pero a la enferma gustábanle poco estas visitas, pues con ese
instinto especial de las mujeres, adivinaba algo funesto y terrible en
aquel poderoso jesuíta que tanto había intervenido en su vida.
La fría mirada del padre Tomás tropezaba siempre, al entrar allí, con
los grandes ojos de María, que la enfermedad había hecho más vivos y
brillantes, y que mirándole fijamente parecían interrogarle, buscando
una coyuntura para penetrar en lo más hondo de aquel tétrico personaje,
cuyas intenciones eran un misterio.
De todas cuantas personas rodeaban a María, sólo una le inspiraba
simpatía y confianza, por el franco cariño y los cuidados que la
prodigaba, sin afectación ni deseo de hacerse agradable. Era el criado
Pedro, aquel doméstico callado, atento e inteligente, que parecía
adivinar sus deseos y que acudía inmediatamente a todos sus
llamamientos, sin demostrar la menor contrariedad ante los caprichos y
las nerviosidades propias de una enferma.
Desde que María quedó como abandonada en el fondo de su lujoso hotel,
sin recibir otras visitas que las del padre Tomás por la mañana y las de
Ordóñez y la baronesa antes de acostarse, el fiel criado se había
constituído en su perfecto auxilio, y cuando no estaba dentro de aquel
gabinete-dormitorio, rondaba por cerca de la puerta, para acudir al
primer llamamiento.
Parecía adivinar los menores deseos de su señora, y ésta muchas veces,
al volver rápidamente la cabeza, sorprendía en él una mirada de intensa
ternura.
Era que el antiguo asistente de Alvarez se reprochaba el haber creído un
monstruo de orgullo y altivez a aquella infeliz joven, víctima de oculta
fatalidad, que abandonada villanamente por los suyos, sabía sostener su
desgracia con tanta mansedumbre y dulzura.
Por las tardes nadie visitaba a María, pues ésta, reconociéndose sin
fuerzas para recibir a las numerosas personas de la alta sociedad, que
por pura cortesía y sin afecto alguno entraban en el hotel a preguntar
por su salud, había dado orden de que no estaba visible para nadie, y
las gentes aristocráticas, muy satisfechas de esta disposición, que las
libraba de ver a un enfermo, retirábanse después de dejar sus tarjetas
al conserje.
Las horas de la tarde eran, pues, las que pasaba María en la más
absoluta soledad y toda su ocupación consistía en contemplar un gran
retrato de su hijo muerto, que tenía en lugar preferente del gabinete, o
en besar, llorando, un medallón que contenía los cabellos de Paquito.
Estos desahogos de fúnebre cariño, que le costaban raudales de lágrimas,
agravaban terriblemente su enfermedad, y aun después de haberse
serenado, su tos era más seca y dolorosa, como si a cada uno de sus
accesos se desgarraran sus pulmones.
Algunas veces, cuando mirando el retrato de su hijo asaltábanle aquellos
pensamientos que la enloquecían, temía entregarse a su fúnebre dolor, y
entonces era cuando llamaba a su criado Pedro, haciéndole sentar en su
presencia y entablando conversación con él, pues parecía que la
presencia y las palabras de aquel hombre a quien la domesticidad no
había quitado cierta altivez franca y simpática, disipaban
momentáneamente su dolor y la hacían olvidar su triste situación.
Esto mismo ocurría en la tarde en que María, sentada cerca de una
ventana, miraba por entre las cortinas la gente que paseaba ante su
hotel.
La vista de algunos niños que sus madres, con expresión de gozo,
llevaban cogidos de la mano, evocó en la condesa el recuerdo de su hijo,
y tan triste se sintió, que hubo de acudir inmediatamente a su recurso
extremo, cual era buscar compañía que la distrajese.
Tocó un timbre que estaba en una mesilla inmediata, y aun sonaban en el
espacio las últimas vibraciones cuando se presentó en la puerta el
criado Pedro, vistiendo el uniforme flamante y de vivos colores que
Ordóñez había puesto a toda su servidumbre masculina.
--¿Manda algo la señora?--dijo el criado cuadrándose con su antiguo aire
de militar.
--Entre usted, Pedro. Me siento muy triste y le ruego que haga el favor
de acompañarme por algún rato. Me distrae mucho su conversación y le
pido por favor que me dispense las molestias que le causo.
Cada vez que la aristocrática señora le hablaba con tanta dulzura y
sencillez, el criado enrojecía de satisfacción y no sabía cómo contestar
a tanta amabilidad.
Avanzó tímidamente entre aquellos muebles esparcidos por el gabinete y,
al fin, se detuvo indeciso ante una silla, colocada a pocos pasos de la
condesa.
--Siéntese usted, Pedro--insistió María--. Deseche usted esa cortedad:
estoy tan sola y me manifiesta usted tanto cariño y respetuosa
solicitud, que no es posible que yo le trate como a un criado
cualquiera. Hablemos como amigos.
Pedro se sentó ruborizado por la satisfacción que le causaba el oír que
la condesa le llamaba amigo, y descansando en el borde de la silla en
actitud respetuosa y pronto a ponerse en pie a la menor orden, esperó
que hablase su señora.
--Vamos a ver, Pedro. Cuénteme usted algo que me distraiga; es una obra
de caridad entretener a los pobres enfermos, para que olviden sus
dolores. Usted debe saber cosas muy interesantes, porque ha corrido algo
el mundo y ha vivido mucho tiempo en Francia. Además, el otro día creo
que usted me dijo que había sido soldado. ¿No es eso?
--Sí, señora condesa--dijo el criado con cierta satisfacción--. He sido
soldado y me he batido en la campaña de Africa.
--¿Y qué motivo le llevó a usted a París, donde vivió tantos años?
Varias veces he pensado en esto, y como no puedo evitar el ser curiosa
con las personas que me interesan, tenía grandes deseos de
preguntárselo.
--Señora, he estado emigrado por cuestiones políticas.
--¡Ah!--exclamó María con extrañeza--. ¡Se ha mezclado usted en
política! ¿Es que era usted carlista?
--No, señora; estuve emigrado por republicano.
La condesa hizo un mohín de disgusto, por lo que el criado se apresuró a
añadir:
--Yo, señora, aunque odio la tiranía, realmente no me he metido por mi
voluntad en los asuntos políticos. Como hombre de pocos alcances, no
entiendo mucho de estas cosas; pero servía a un comandante del que había
sido asistente, y como éste era un temible revolucionario, le acompañé a
la emigración y a su lado estuve hasta que murió. Le quería como si
fuese mi padre, y no me remuerde la conciencia el haberle sido infiel en
ninguna ocasión.
--¿Y no ha servido usted a otras personas?
--No, señora condesa--dijo Pedro con intencionada expresión--. En toda
mi vida sólo he tenido un amo, y muerto él sólo podía servir a usted.
--¿A mí?--exclamó con extrañeza la condesa no comprendiendo aquellas
palabras--. ¿Y por qué no a otras personas?
--Es verdad, señora; no he sabido explicarme bien--contestó el criado
comprendiendo que había estado próximo a descubrirse y queriendo
enmendar su descuido--. Quería decir que después de estar acostumbrado a
un amo, a quien servía más por cariño que por obligación, sólo podía
prestar mis servicios a una persona tan digna de ser amada como la
señora condesa.
Por el pálido y enjuto rostro de aquella infeliz enferma vagó una triste
sonrisa al escuchar el alarde de cortesía del criado.
Durante algunos minutos el silencio fué absoluto, hasta que María,
deseosa de reanudar la conversación, preguntó:
--¿Y era buena persona ese comandante?
--Un ángel, señora condesa. Muchos hombres he tratado en esta vida y,
sin embargo, no he encontrado uno sólo que pudiera ser comparado con él.
Era muy bueno, noble y valiente, al mismo tiempo que sencillo y crédulo,
y por esto fué muy infeliz en esta vida y murió, sin duda, abrumado por
antiguos disgustos.
Calló Pedro y en su frente contraída adivinábase el esfuerzo mental que
estaba haciendo para encontrar palabras y comparaciones, que retratasen
fielmente lo que en la vida había sido su antiguo amo.
--¿La señora condesa ha leído "Los Tres Mosqueteros"?
Hay que advertir que la célebre novela de Dumas era para el antiguo
asistente la mejor de las obras conocidas, la producción maestra de la
inteligencia humana, pues experimentaba goces infinitos enterándose de
las intrigas y contando las estocadas y estupendas pendencias de que se
componía el libro.
Por esto, cuando la condesa contestó afirmativamente a su pregunta, se
apresuró a añadir con satisfacción:
--Pues bien, señora condesa; mi amo era una exacta copia de aquel
caballero Athos que aparece en dicho libro. Era valiente, noble y sabio
como él y quería a su asistente con delirio; pues yo, más que un criado
era un respetuoso amigo, un fiel acompañante en toda clase de aventuras.
Nos queríamos mucho, señora condesa; como tal vez nunca en la vida se
hayan querido dos hombres.
Detúvose Pedro, y después de lanzar una rápida mirada a su señora,
añadió bajando los ojos:
--Tengo la seguridad de que si la señora condesa hubiese llegado a
conocerlo también le hubiese concedido su amistad. ¡Qué hombre
aquél!--continuó el criado en un rapto de entusiasmo y animándose su voz
y sus gestos--. ¡Cómo exponía su vida para salvar a un amigo!... ¡Aún
recuerdo como si acabase de suceder, lo que nos ocurrió en Africa!
--¿Y qué fué ello?--preguntó María, que, ansiosa por distraerse, deseaba
que su criado le contase algo que despertara su curiosidad.
--No fué ningún asunto de verdadero interés que pueda entretener
agradablemente a la señora condesa. Nada..., un lance de los muchos que
tiene la guerra. ¿Se empeña la señora condesa en que lo cuente?... Pues
fué que yendo con mi amo, en la compañía de guías que se había formado
por orden del general Prim, una mañana marchamos a la descubierta,
delante de la vanguardia del ejército. Componíase la compañía de gente
muy distinguida: licenciados de presidio, aventureros de mala especie,
gente, en fin, de pelo en pecho, de cuyo mando se había encargado mi
amo, ganoso siempre de estar en el puesto de mayor peligro, donde se
conquistara la gloria a fuerza de balazos y cuchilladas. Como gente
valiente, y por tanto confiada, nos adelantamos demasiado a la
vanguardia, el ejército nos perdió de vista, y en esta disposición,
abandonados de todos, sin más auxilio que el de Dios, cincuenta hombres
que éramos, caímos en una emboscada, y de repente resonó una infernal
gritería y nos vimos rodeados por un centenar de moros harapientos, feos
como demonios. No había salvación para nosotros.
La pobre enferma atendía con una expresión propia del interés
poderosamente excitado, y al ver que el criado se detenía como para
coordinar mejor sus recuerdos, preguntó con impaciencia:
--¿Y qué ocurrió después?
--A la primera descarga que hicieron los moros yo caí al suelo. Una bala
perdida, después de chocar contra una piedra, vino a darme aquí, en la
sien, donde todavía tengo una cicatriz, y me derribó, aunque sin hacerme
perder el sentido. Al ver que tenía la cabeza manchada de sangre,
creyéronme muerto, además de que la situación no era la más propia para
atender a los que caían. La compañía, formando un apretado pelotón,
comenzó a retirarse, haciendo un fuego horroroso, que no lograba tener a
raya a aquel enjambre de moros. Yo, como ya he dicho, no había perdido
el conocimiento y me daba cuenta exacta de mi situación. Tendido en el
suelo, y con todo el aspecto de un muerto, pues aquella bala parecía
haberme anonadado con su golpe, vi cómo retrocedían mis compañeros, y al
mismo tiempo, cómo algunos moros al avanzar iban rematando con sus
gumías a los que habíamos caído. ¡Aún me horrorizo cuando recuerdo
aquello! Un negrote que parecía un gigante se acercó a mí con su yatagán
desenvainado, para cortarme a cabeza, como ya lo había hecho con otros,
pero en el mismo instante que su cuchilla brillaba sobre mis ojos, le vi
caer exhalando un rugido de muerte, e inmediatamente me sentí cogido por
los sobacos y levantado en alto. Era mi amo, que al verme próximo a
perecer, había abandonado el pelotón que mandaba, y despreciando las
balas y riñendo cuerpo a cuerpo con los más audaces enemigos, había
llegado donde yo estaba, matando al negrazo de un tiro de revolver.
Sosteniéndome con uno de sus hercúleos brazos, mientras con el otro se
defendía jugando magistralmente su sable, intentó llegar donde estaban
nuestros compañeros, cada vez más abrumados por la superioridad del
número; pero le fué imposible, pues un grupo de moros nos cerró el paso.
Mi amo apoyó sus espaldas en una roca, y esperó valientemente, con la
desesperación del que va a morir.
--¿Y cómo se salvaron los dos?--interrumpió la interesada condesa.
--Yo no sé cómo fué aquello; pero apenas mi amo, echando mano al
revolver, disparó contra los que nos cercaban sus dos últimos tiros y
cuando sus espingardas y sus yataganes se dirigían a nuestros pechos,
les vimos huir perseguidos por un tropel de jinetes que pasaron a galope
tendido, con las lanzas en ristre y gritando ¡viva España! Eran dos
escuadrones de lanceros que Prim había enviado para salvarnos.
--¡Ah!... ¡Por fin!--exclamó María con la expresión del que se libra de
un pensamiento angustioso.
--Sí, no salvamos en tan difícil situación; pero yo, antes de que
llegase nuestra Caballería a sacarnos de tan apurado trance, cuando la
muerte nos acechaba a pocos pasos, pronta a caer sobre nosotros,
experimenté la más grata satisfacción que he sentido en mi vida. Miraba
aquellas armas enemigas prontas a destrozarnos, y, sin embargo, me
sentía feliz.
--¿Cómo pudo ser eso?
--Cuando mi amo se consideró perdido, viendo el círculo de enemigos que
nos estrechaba, dispúsose a morir, pero antes..., ¡ah, señora condesa!,
¡todavía me conmuevo al recordar tal escena! El capitán me sostenía con
su brazo izquierdo, y antes de defenderse a sablazos de los ataques de
la morisma, me miró con unos ojos que aún parece estoy viendo; me
contemplaba como mi pobre padre, cuando yo era niño, y él, que era todo
un caballero, un grande hombre, un portento de valor y de sabiduría, me
dió un beso en la ensangrentada frente, diciéndome con un acento que me
llegó al alma: "¡Adiós, Perico! ¡Hermano mío! ¡Hasta que nos veamos en
la Eternidad!" Yo no contesté, pues el golpe de la bala me había privado
de mis facultades; pero aquella voz aún parece que la tengo en los
oídos.
El criado quedó silencioso y meditabundo un buen rato, abismado en sus
conmovedores recuerdos.
--Ya ve usted, señora condesa--continuó--que actos como los de mí pobre
amo no se olvidan con facilidad.
--Sí que era un hombre notable el señor a quien usted servía. ¿Y murió
en París?
--Sí, señora. Murió allí cansado de la vida, hastiado del mundo y
abrumado por los desengaños y pesadumbres que habían llovido sobre él
sin compasión alguna. Aquí en Madrid había desempeñado muy altos cargos
cuando mandaba la República: en el Ministerio de la Guerra fué el dueño
absoluto durante mucho tiempo, y, sin embargo, murió pobre: y él y yo,
señora condesa, no siento rubor al confesarlo, hemos sufrido mucha
hambre en París.
--¿No tenía familia ese señor?
--La tenía, pero nunca quiso ésta reconocerle. Yo fuí para él toda su
familia y quien se encargó de cerrarle los ojos, después de ser su fiel
compañero durante treinta años.
--¿Y cómo era que los suyos no le reconocían?
--¡Ah, señora condesa! Es una historia muy triste la de mi pobre amo:
una relación que parece propiamente una novela. Ante todo, mi amo,
siendo capitán, y poco después de llegar de Africa, cometió la tontería
de enamorarse locamente de una mujer perteneciente a una clase muy
superior a la suya.
--¿Era noble y rica?
--Era la hija de un conde millonario: una señorita muy hermosa que
parecía corresponder al amor de mi amo; pero que al fin se portó con él
con la mayor ingratitud.
--¿Le abandonó?
--Sí. Mi pobre amo, estando en la emigración por primera vez, triste y
en la miseria, supo que la mujer amada, aquella en la que él tenía una
absoluta confianza, había dado su mano a otro hombre que por sus
antecedentes y por su carácter era indigno de merecer tal honor.
--¿Y qué hizo entonces el amo de usted?
--Mi señor debía haber olvidado a la mujer ingrata; pero no lo hizo así,
porque la amaba mucho, y por algo dicen que el amor es ciego. Además
aquellos amores sostenidos en secreto habían dado su fruto, y mi señor
tenía una hija, una niña encantadora que constituyó en adelante su
eterno pensamiento, su constante ilusión.
--¿Y qué fué de esa hermosa condesa? ¿Vive todavía?
--No, señora. Murió hace ya muchos años.
--¿Y la hija?
--La hija vive y es una de las más elevadas damas de Madrid.
--¿Y conoció a su padre?--preguntó la condesa, que se iba interesando
rápidamente por aquella historia, en la que adivinaba algo muy
importante.
--Señora condesa--contestó Pedro, que temía decir demasiado pronto la
verdad--; mi amo no sólo fué desgraciado como amante, sino que como
padre sufrió las mayores amarguras. Fué una historia muy triste la de
sus relaciones con su hija, y francamente, como la señora condesa ha
sido tan buena madre, y aún está conmovida por el recuerdo de su hijo,
temo entristecerla con la relación de los sufrimientos de un padre
infeliz.
--No, Pedro; hable usted sin cuidado. Me interesa mucho esa historia.
--Pues bien, señora condesa; mi amo ha muerto antes de conseguir que su
hija le reconociera como a padre. Había nacido cuando su madre estaba
unida a otro hombre y ella creía y sigue aún creyendo de buena fe, que
éste último, de quien lleva el apellido, es su verdadero padre.
--¿Y no consiguió nunca ese pobre señor acercarse a su hija, revelándole
de viva voz el secreto de su nacimiento?
--Sí que lo intentó, pero sus gestiones resultaron siempre
infructuosas. Hay que advertir, señora condesa, que sobre la familia de
aquella otra condesa parecía pesar una terrible fatalidad. Un jesuíta
ambicioso dirigía los asuntos de la familia para llevar poco a poco a
todos sus individuos a la perdición, y éste fué el que hizo una cruda
guerra a mi amo, comprendiendo que podía estorbarle sus planes. Tenía
ciertas miras sobre la niña, una de las cuales era, sin duda, el
arrebatarle su colosal fortuna, y por esto le interesaba que la hija no
llegase nunca a conocer a su padre y que siguiese sola y abandonada,
sometida a las órdenes que él quisiera dar y a la vigilancia de
parientes fanáticos.
María se estremeció mirando fijamente el respetuoso rostro de su criado,
para ver si adivinaba en él alguna intención determinada al decir tales
palabras. Llamábale la atención el sorprendente parecido que comenzaba a
encontrar entre aquella historia y la suya propia.
--¿Y murió ese señor sin haber logrado que su hija le reconociera y sin
que en el último instante de su vida recibiera de ella una frase de
consuelo?
--Nada de esto. Mi infeliz amo murió en la más espantosa soledad, como
antes he dicho, y puedo añadir que la ingratitud, que el desvío de su
hija, fueron la principal causa de su muerte. Mi pobre viejo se
imaginaba que el silencio de su hija obedecía al orgullo y al desprecio,
y yo creo ahora que aquel silencio sólo era debido a que la hija
desconocía la existencia de su verdadero padre. El comandante tenía,
sobre todo, clavado en el alma un recuerdo cruel que acibaraba su
existencia. Esa gente diabólica que por su interés tenía moralmente
secuestrada a la pobre señorita, no se contentó con impedir que el padre
llegase a ser reconocido por su hija, sino que hizo crecer a ésta que
aquel hombre a quien debía la vida sin que ella lo supiera era un ser
horrible, una especie de bandido monstruoso, que por un odio tradicional
era el perseguidor de la familia, de generación en generación.
--¡Ah!--exclamó la condesa con asombro al encontrar una circunstancia
que aún hacía mayor la identidad entre aquella historia y la suya
propia.
--¿Y qué escena fué esa de que usted hablaba?--preguntó después la
condesa con ansiedad que era ya visible.
El criado calló, mostrando una expresión indecisa, como si no se
atreviera a decir a su señora las últimas palabras, que serían la
solución decisiva del misterio, la revelación de toda la verdad; pero,
al fin, se determinó a hablar con un violento esfuerzo de su voluntad.
--Señora, esa escena fué terrible, según la relataba mi pobre amo. Al
caer la República no quiso marchar a la emigración sin antes ver a su
hija, y se dirigió a Valencia para visitar a la niña, que estaba en un
colegio dirigido por monjas. Aquel hombre, tan dulce como enérgico,
después de algunos años de continua agitación, en que había expuesto
cien veces su vida y derrochado la fuerza de su inteligencia, quería,
antes de sumirse en la calma y la miseria de la emigración, dar un beso
a su hija, oír de sus labios una palabra cariñosa, y con esto se
conceptuaba ya con fuerzas suficientes para arrostrar todas las
contrariedades y las tristezas del proscripto.
--¿Y qué colegio era ese adonde se dirigió su antiguo amo? ¿Cuál era su
título?
--Creo que se llamaba de Nuestra Señora de la Saletta. El pobre
comandante fué allá; preguntó por su hija y no quisieron reconocerle, y
cuando, a fuerza de ruegos y amenazas, consiguió que se la mostraran,
entonces no sé cómo su corazón no se rompió en pedazos. La niña no sólo
no quiso reconocerle, sino que al oír su nombre se estremeció de horror,
pues como antes he dicho, los enemigos que querían monopolizar su suerte
le habían hecho creer que mi amo era un bandido, un perseguidor tenaz y
sanguinario que acosaba a su familia. Yo creo que desde aquel día mi
pobre señor adquirió la enfermedad que le llevó a la tumba.
La condesa, a pesar de que su rostro estaba siempre pálido por la
enfermedad, aún perdió algo de color al oír estas palabras, y se agitó
nerviosamente en su asiento. ¡Gran Dios! No cabía ya la duda: aquella
historia era la suya propia.
--Pero..., ¿qué nombre era el de ese señor?--preguntó con ansiedad--.
¿Cuál era su nombre?
--Se llamaba don Esteban Alvarez.
María, a pesar de sus años y de su posición, sentía aún tan latentes los
recuerdos de su niñez que no pudo menos de estremecerse de horror al oír
el nombre que tanto miedo le había causado cuando niña.
Pedro la contemplaba con mirada fija, y al ver en su señora tan marcada
expresión de terror, dijo con acento triste:
--Veo que aún duran en el ánimo de la señora condesa las huellas de las
infames calumnias con que la engañaron cuando era niña. La señora puede
odiar todo cuanto quiera el recuerdo de aquel pobre mártir, pero tenga
la seguridad de que no ha existido en el mundo mujer alguna a quien haya
amado su padre con más vehemente cariño.
La condesa estaba asombrada y aturdida ante el tono sincero con que el
criado decía sus palabras.
Reinó un largo silencio, durante el cual la señora y el criado parecían
reflexionar, y, por fin, Pedro continuó:
--¿Quiere la señora condesa que le diga cuáles fueron las últimas
palabras que me dirigió al morir ese monstruo terrible, ese perseguidor
horripilante? Pues bien, ese hombre, a pesar de la ingratitud y
olvidando antiguos pesares, sólo tuvo fuerzas para recomendarme y
hacerme jurar por mi honor que nunca abandonaría a su hija y que
buscaría el medio de vivir junto a ella, velando por su vida,
obedeciendo todos sus mandatos y haciendo por ella cuantos sacrificios
fuesen necesarios. La señora condesa--añadió el criado con
sencillez--puede decir si yo he cumplido mi juramento.
Por fin conocía María la verdadera causa del cariño que le demostraba su
criado y de aquellas miradas de paternal afecto que había sorprendido
muchas veces en sus ojos.
--¿De modo, que usted--preguntó María asombrada por tanta abnegación--ha
entrado aquí con el único objeto?...
--Señora--le interrumpió el criado con sencillez, no exenta de noble
altanería--. He servido durante treinta años a un hombre demasiado
grande para que yo pudiera conformarme ahora a recibir las órdenes de
ningún otro. Soy soldado y no criado, y si he llegado a vestir este
traje, ha sido por cumplir el sagrado juramento que le hice a un pobre
moribundo, a quien quería como a mi padre. Puede pensar la señora
condesa lo que aquel hombre la amaría, cuando en la hora de la muerte,
su último pensamiento era para ella, y me obligaba a dedicar toda la
existencia al cuidado de su hija. Señora, tal vez resulte insolente y
atrevido, pero en este momento, puesto ya a decirlo todo, creo que me
ahogaría si llegase a callar alguna verdad. Mucho ha querido la señora
condesa a su pobre hijo, pero su amor no puede ser comparado ni
remotamente con el que el pobre don Esteban le profesaba a su hija, a
pesar de que la creía ingrata y orgullosa.
La pobre enferma estaba aturdida y asombrada por aquella revelación que
la sorprendía casi a las puertas de la muerte y que tan radicalmente
venía a trastornar su pasado.
Parecíale extraña y novelesca la historia. Pero al mismo tiempo abonaba
su veracidad el aspecto sencillo y franco del criado y aquel cariño
inexplicable que le había demostrado en todas ocasiones.
Además, ¿qué interés podía tener aquel hombre en suponerla hija de un
pobre señor que ya había muerto?
Aparte de esto, ella recordaba la escena ocurrida en su niñez allá en
el colegio de Valencia y que siempre le había parecido muy extraña,
recordando todavía que don Esteban Alvarez la había llamado "¡hija mía"!
varias veces, con una expresión tan dulce y melancólica, que a ella le
había impresionado a pesar de que le decían que aquel hombre era un
monstruo.
Ahora comenzaba a comprender algo de aquella expresión misteriosa y
solapada, que había creído adivinar en el padre Tomás, cuyos actos le
inspiraban ya mucha desconfianza.
--¡Pero, Dios mío!--dijo al criado que la contemplaba atentamente para
apreciar el efecto que la habían producido sus revelaciones--. ¡Yo
pierdo la cabeza al pensar en estas cosas tan extrañas! ¿Qué misterios
son estos? ¿Cómo puede usted explicarme que ese señor me creyera su
hija, cuando mi padre fué don Joaquín Quirós, al que yo no conocí, pues
murió siendo yo muy niña, pero de quien hablaba muchas veces mi tía?
El criado vió llegado el instante de relatar toda la verdad para acabar
de conquistar la confianza de aquella mujer, y volviendo a sentarse
respetuosamente, comenzó la relación de la vida de Alvarez, de sus
amores con Enriqueta, de aquella fuga de la casa paterna que acabó en
noche de bodas, de la emigración forzosa que sobrevino inmediatamente, y
terminó haciendo una pintura exacta del carácter y la moral de Quirós.
El criado guardóse de decir quién era el que había disparado el tiro
desde la barricada de la plaza de Antón Martín, pero tan hábilmente supo
describir al hombre que en apariencia era el padre de María, que ésta se
lo imaginó inmediatamente como un sujeto igual a su marido, y sintió una
profunda compasión por su pobre madre, que había sido tan desgraciada
como ella con Ordóñez.
Pedro contó a la condesa cuanto sabía del que era su verdadero padre y
que tanto había sufrido por ella, y al hablar de su vida obscura y
penosa en París, deslizó hábilmente en la conversación el nombre del
doctor don Juan Zarzoso.
María se incorporó en su asiento con las mejillas coloreadas por un
fugaz rubor.
--¡Ah!--exclamó sorprendida--. ¿También ha conocido usted a ese señor?
--Vivía con nosotros en París, y el pobre don Esteban le amaba como un
hijo, al saber que era el hombre que poseía el cariño de su hija.
La condesa mostraba deseos de hacer nuevas preguntas sobre aquel
hombre, cuyo recuerdo compartía en su memoria en lugar preferente con el
del infeliz niño Paquito; pero el criado deseaba que toda la
conversación versara sobre su amo, y por esto se apresuró a añadir.
--Ya hablaremos después del señor Zarzoso y se convencerá la señora de
que no era tan malo como ella creía en cierta época. Pero ahora hablemos
de mi pobre amo; hablemos del padre de la señora condesa.
Y Pedro continuó la apasionada y conmovedora descripción de los
sufrimientos de aquel pobre padre, que sin más familia ni seres queridos
que su hija, veíase desconocido por ella.
--Aquel hombre fué muy desgraciado. La señora condesa, que hoy se halla
enferma y llora continuamente recordando a su hijo que murió, es un ser
feliz, comparada con aquel desgraciado que no tenía ni aun un retrato de
su hija para contemplarlo.
María hizo un movimiento de extrañeza y asombro al oír hablar de su
felicidad.
--Sí, señora condesa; me afirmo en lo que digo. Si la señora llora hoy
la muerte del señorito, al menos tuvo una época feliz en que se
estremecía de placer al sentir su cabecita apoyada en sus rodillas, y en
que gozaba una satisfacción sin límites convirtiéndose en su enfermera y
pasando las noches en vela a la cabecera de su cama. Podía besar a su
hijo, oír su encantador y balbuciente lenguaje, y esto es siempre una
felicidad, un recuerdo que llena el alma de dulce melancolía, aunque
después venga la muerte a amargar tanta dicha. ¿Pero y mi pobre amo? ¿Y
aquel desgraciado don Esteban, que por ser hombre tenía que avergonzarse
del llanto y muchas veces se tragaba las ardientes lágrimas que le
quemaban los ojos? El estaba convencido de que tenía una hija, y sin
embargo, murió abandonado de ella, soñando siempre en una felicidad que
nunca llegaba, y que para él consistía en que una voz pura y argentina,
que yo he oído mil veces, le llamase "¡padre mío"! Esa situación sí que
es horrible; es, como él decía, el suplicio de Tántalo; ¡tener casi a la
vista una hija querida, un ser que hasta en su rostro llevaba algo del
que le dió la vida, y sin embargo no poder acercarse a ella, no poder
abrazarla derramando sobre su frente lágrimas de dulce emoción!
La condesa se había cubierto el rostro con las manos y lloraba
silenciosamente, sin que Pedro pudiese asegurarse de si aquellas
lágrimas procedían del recuerdo de su hijo o de la emoción que le
causaban las penalidades de aquel pobre padre, al que reconocía por fin.
El criado quiso excitar más aún aquella emoción.
--Hay para espantarse al considerar la desgracia de aquel padre,
sostenida con heroico valor por espacio de más de veinte años. La señora
condesa, que es madre, podrá apreciar mejor que yo hasta dónde llegó el
infortunio del pobre don Esteban. ¿Qué hubiese hecho la señora, que
tanto amaba a su hijo, si éste no la hubiese querido nunca reconocer
como madre? ¡Cuán inmenso dolor hubiese experimentado, si cuando iba a
verle al colegio de Valencia, el señorito, en vez de recibirla con los
brazos abiertos, hubiese huído de su madre como si fuese un monstruo!
¿No es verdad que la señora hubiese muerto entonces de pena? ¿No se
hubiera roto su corazón en mil pedazos? Pues bien; el pobre don Esteban
sufrió todas esas pruebas terribles y sin embargo aun quedó en pie
durante muchos años para vivir agonizando. Juzgue la señora condesa si
la vida de su padre no fué un verdadero infierno.
María seguía llorando, pero sus suspiros eran ya cada vez más ruidosos,
y con acento entrecortado murmuraba cariñosas exclamaciones.
--¡Oh, padre! ¡Padre mío!
El criado, apenas le pareció oír estas palabras, dichas con voz casi
imperceptible, buscó apresuradamente algo en los bolsillos de su casaca.
Mientras tanto, María, convencida por sentimiento de que aquel Alvarez
que tanto la había horrorizado era su padre, y recordando algunas
palabras sin sentido que había sorprendido a su tía y al padre Tomás y
que ahora se explicaba perfectamente, lloraba conmovida por el recuerdo
de aquel pobre mártir que tanto la había adorado.
La voz de Pedro le hizo apartar las manos de los ojos y levantar su
cabeza.
--¡Aquí está! ¡Contemple la señora condesa!
Era que el criado le mostraba un sencillo marquito de latón, a través de
cuyo cristal se veía una fotografía iluminada, que representaba, de
medio cuerpo, a don Esteban Alvarez cuando todavía era capitán y acababa
de regresar de Africa.
El fiel asistente, como si aquel recuerdo de su amo fuese un poderoso
talismán, lo llevaba siempre consigo.
María contempló con fruición aquella cabeza vigorosa, de enérgica
hermosura, y en la que se veía retratada la fiera altivez y la mirada
pensadora de un hombre nacido para la guerra al mismo tiempo que para el
estudio. Sustituyendo el poncho del uniforme por una gola de hierro y un
coleto de ante, aquella cabeza podía confundirse con la de los ínclitos
soldados del siglo XVI, que sojuzgaban Flandes o conquistaban imperios
como Méjico o el Perú.
La condesa, con el escuálido rostro animado por el rubor de la emoción,
examinó atentamente aquel retrato, encontrando inmediatamente su
parecido con ella, en la época que aun era hermosa y la enfermedad no
había consumido su organismo.
Todavía en sus ojos quedaba algo de aquella mirada brillante y
avasalladora que en los momentos de indignación llegaba a imponer.
María no dudó más sobre la verdad de cuanto la había dicho su criado. No
raciocinó, pues en tales momentos de emoción, la razón se anula dejando
su puesto al sentimiento.
La condesa se dejó llevar de su instinto; de un impulso vehementísimo e
irresistible que la empujaba, y llevándose el retrato a sus labios, al
mismo tiempo que volvía a derramar lágrimas, murmuró con un acento que
equivalía a un reproche a sí misma por su indiferencia.
--¡Oh, padre! ¡Padre mío! Si me oyes perdóname.