El entierro de Alvarez.
Estaba Zarzoso leyendo la sección de noticias de un periódico de la
noche y se disponía ya a acostarse, en vista de que los relojes de la
plaza del Pantheón acababan de dar la una de la madrugada.
Las caídas cortinas del lecho ocultaban a Judith, que roncaba con
bastante estrépito, y la luz del quinqué crepitaba de un modo alarmante,
dando a entender que estaba próxima a apagarse por falta de petróleo que
alimentase su llama.
Sonaron atropellados pasos en el pasadizo que conducía a la habitación,
y Zarzoso, sin poder explicarse el motivo, sintió cierto sobresalto,
pues sus nervios se hallaban muy excitados a causa de una reyerta que
había tenido con la hermosa rubia, antes de acostarse ésta.
Llamaron a la puerta con dos suaves golpes, y el joven se apresuró a
abrir, presintiendo que algo grave ocurría. En la penumbra del pasillo
percibió a Agramunt, que parecía haberse vestido apresuradamente
momentos antes, pues todavía se estaba abrochando el chaleco, y llevaba
la corbata sin anudar. Tras él aparecía un viejo, de aspecto ordinario,
que mostraba ser por su aire un portero de casa pobre.
Agramunt hablaba con voz queda y acento misterioso.
--¿Estás solo, Juanito?--preguntó--. ¿Duerme Judith?
Zarzoso contestó con un gesto afirmativo, y entonces su amigo se
apresuró a decir:
--Toma el sombrero y vámonos inmediatamente. Ocurre una cosa grave, una
desgracia.
--¿Qué es?--se apresuró a preguntar Zarzoso.
--Vámonos en seguida, ya te lo contaré por el camino.
Y mientras que Zarzoso, de puntillas, para no despertar a su querida,
buscaba el sombrero y el gabán, Agramunt le decía en voz baja:
--Acaba de venir a buscarme este buen hombre, el portero de la calle del
Sena. Don Esteban está gravísimo; una dolencia mortal. Creo que ya debe
haber expirado hace rato.
Y el joven escritor decía esto convencido de que su viejo amigo hacía ya
mucho tiempo que había muerto, pues conocía el carácter de Perico, su
antiguo criado, y comprendía que muy terrible debía ser el suceso para
que se decidiera a avisar a los amigos.
Zarzoso acabó de arreglarse y, de puntillas, salió de la habitación, sin
que se apercibiera de su marcha Judith, que seguía roncando.
Los tres hombres, al estar en la calle, apresuraron la marcha, como si
alguien les persiguiera, y jadeantes y sudorosos llegaron a la casa de
la calle del Sena, en la que reinaba gran agitación.
En la escalera tropezaron con el comisario de Policía del distrito y sus
empleados, a los que había ido a llamar la mujer del conserje, en vista
de lo repentino de aquel fallecimiento.
Perico estaba desolado, y con ese gesto de estupidez que proporciona una
desgracia tan abrumadora como inesperada, iba de un lado para otro, con
la inconsciencia del loco, por todas las habitaciones de la casa, dando
de vez en cuando lastimeros mugidos para desahogar su pecho de hércules,
agitado por torrentes de llanto que pugnaban por salir y no podían.
Casi en el centro del salón, frente a la chimenea donde humeaban algunos
tizones, y de aquel retrato de la mujer adorada, yacía el cadáver de
Alvarez, como enorme masa que sólo alumbraba, en parte, la luz del
quinqué puesto sobre la mesa de trabajo.
Estaba tendido de espaldas, con los brazos casi en cruz, y en su rostro,
qué rápidamente iba adquiriendo un tono violáceo, brillaban sus ojos,
desmesuradamente abiertos, como si aún persistiera en el cadáver la
sorpresa que le causó sentir una muerte que llegaba rápida e
instantáneamente, como el rayo.
Perico, que se había colocado junto a los dos amigos, hablaba
lentamente, cortando sus palabras con suspiros penosos, y rehuía la
vista del cuerpo de su señor, como si temiera caer en un nuevo acceso de
desesperación a la vista de aquel cadáver que en vida fué lo que él más
quiso.
¿Quién iba a esperar aquello? El señor, antes de comer, había ido al
café de Cluny a pasar un rato, y volvió cerca de las ocho, cuando él ya
estaba arreglando la mesa.
Parecía más decaído y triste que de costumbre; comió silenciosamente,
dando de vez en cuando suspiros que alarmaban a Perico, y después de
levantado el mantel, comenzó a hablar del pasado a su sirviente y de la
posibilidad de que él muriera en plazo breve y cuando menos lo esperase.
Recordó con dolorosa amargura a la hija que tenía en Madrid; habló de su
ingratitud, a pesar de lo cual la amaba cada vez más, y, como
consecuencia de todo lo que habló, le dijo así a su antiguo asistente:
--Mira, muchacho: mi hija me odia; buena prueba de ello es que ha roto
sus relaciones con ese buen chico de Zarzoso sólo por saber que era
amigo mío; pero, al fin y el cabo, es mi hija y no puedo dejarla
desamparada, pues sé que, a pesar de que tiene familia, se halla rodeada
de enemigos que conspiran contra ella. Si yo pudiera volver a España,
velaría por mi María, aunque ella me pagase con la más repugnante
ingratitud; pero si yo muero y tú quedas libre para volver a la patria,
has de jurarme que vivirás cerca de ella, que velarás por su
tranquilidad y que la defenderás en cuantos peligros pueda correr. ¿Lo
juras así?
Perico prometió todo cuanto su amo quiso exigirle. El estaba dispuesto a
obedecer a don Esteban más allá aún de la tumba, y muerto su señor
quedaba libre y podía abandonar París para cumplir esta última voluntad;
pero lo que él no sospechaba es que el fin de la existencia de su amo
estuviera tan próximo como éste lo presentía.
Don Esteban tuvo frío y se sentó junto a la chimenea, permaneciendo allí
hasta cerca de media noche.
Su criado, que estaba en el comedor, le oyó varias veces suspirar,
murmurando palabras que él no comprendía.
--"¡Yo soy el responsable de ese rompimiento!", decía con acento
quejumbroso. "¡Yo soy el autor de la degradación de ese joven!"
Era ya cerca de media noche, cuando sonó en el salón un suspiro sordo,
pero tan angustioso, que a Perico, según su propia expresión, le puso
los cabellos de punta.
Entró apresuradamente en la gran sala y aún pudo ver a su señor que
acababa de levantarse del sillón y que, tambaleándose, con las manos
puestas en el pecho, como si pretendiera abrírselo en un fiero arranque
de angustia, anduvo dos o tres pasos para caer después desplomado.
Cuando Perico, a pesar de su dolorosa sorpresa, se convenció de que su
señor había muerto, pidió socorro a los porteros; y mientras el marido
iba en busca de los dos amigos del difunto que vivían más próximos, la
mujer se dirigió a la Comisaría del barrio para que se instruyeran las
diligencias propias del caso. El médico oficial, que debía de volver al
día siguiente a practicar la autopsia, manifestó que don Esteban había
muerto a consecuencia de la ruptura de un aneurisma que se le había
formado hacía ya mucho tiempo.
Los dos amigos, en vista del aturdimiento de Perico, se encargaron de
todas las gestiones que era necesario hacer en tales circunstancias.
Agramunt redactó unas cuantas líneas para los periódicos de la mañana,
anunciando la muerte de aquel emigrado que había perecido en la
obscuridad a pesar de haber desempeñado altos cargos; y mientras el
portero iba a llevarlas a las Redacciones, él, impulsado por su
actividad de buen muchacho servicial, salió para ir a una Agencia de
pompas fúnebres, a arreglar lo concerniente al entierro, que se había de
verificar al día siguiente, a las tres de la tarde.
Zarzoso se quedó solo en el salón, frente al abandonado cadáver de
Alvarez, mientras Perico, fuera, en el comedor, disputaba con la vieja
portera, que, en vista de su angustia, quería hacerle tragar algunas
tisanas para calmarle.
El médico miraba con terror el cadáver de su viejo amigo.
Aquellas frases incoherentes que Alvarez había pronunciado antes de
morir, y que resultaban ininteligibles para su criado, las comprendía él
fácilmente, y sentía por ello intenso remordimiento.
Aquel hombre desgraciado había fallecido víctima de la preocupación
dolorosa que en él produjo la creencia de que, involuntariamente, había
sido la causa del rompimiento de relaciones entre Zarzoso y María.
Lo que más entristecía al joven y le avergonzaba era la injusta opinión
de virtud en que le tenía Alvarez; y al mismo tiempo le aterraba la
sospecha de que éste, antes de morir, podía haberse convencido,
casualmente, de la degradación en que estaba el mismo a quien él creía
un joven de buenas costumbres.
Cuando volvió Agramunt, después de cumplidas sus comisiones, los dos
jóvenes, ayudados por Perico, levantaron de la alfombra el cadáver de
don Esteban, y a fuerza de puños lo llevaron hasta la cama, donde cayó
sordamente, con el peso abrumador de la muerte, y haciendo rechinar los
hierros del lecho.
La mañana siguiente la pasó Agramunt corriendo París, para avisar a
todos los compañeros de emigración y a cuantos españoles conocía y
ultimar los preparativos del entierro, que había de ser lo que la gente
llama bastante correcto, pues el editor para el que trabajaban los
emigrados se había brindado a pagar todos los gastos.
Zarzoso tuvo que sostener una ruda pelea con Judith, que por uno de los
caprichos de su extraño carácter se empeñaba en ir a ver al muerto,
proposición absurda para el joven, que pensaba que aquello equivaldría a
un insulto póstumo.
Zarzoso y Agramunt juntaron sus ahorros para comprar una corona, y el
primero, vestido correctamente de luto, llegaba a la calle del Sena poco
antes de las tres.
Un coche fúnebre, de buen aspecto, estaba parado junto a la casa
mortuoria, y su presencia había hecho salir a las puertas, impulsados
por la curiosidad, a todos los industriales, porteros y comadres de las
casas inmediatas.
En el portal estaban agrupados unos cuantos españoles, demostrando con
sus diversos trajes y sus gestos más o menos tranquilos, las veleidades
de la fortuna, que mientras acaricia a unos trata a otros a bofetadas.
Llegaban de los extremos de París los náufragos de las borrascas
revolucionarias que la persecución había barrido más allá de los
Pirineos, todos con el gesto avinagrado, la mirada altiva, el traje
raído, y un mundo de absurdas esperanzas en la imaginación.
Aquel suceso servía para agrupar a la desbandada colonia de emigrados,
que, esparcidos por los cuatro extremos de París y entregados a diversas
ocupaciones, pasaban meses enteros sin verse, y aprovechaban la ocasión
para estrecharse la mano y hablarse amigablemente como compañeros de
desgracia; esto, sin perjuicio de separarse de allí a dos horas para no
volverse a encontrar hasta de allí a medio año.
Parecían muy impresionados por la muerte de Alvarez; sentían una
espontánea emoción; poro, a pesar de esto, reunidos en grupos en aquel
portal, departían sobre su tema favorito, y fundándose en el triste fin
del difunto, que había muerto pobre, abandonado y lejos de la patria,
cosa que les podía ocurrir muy bien a ellos, hablaban egoístamente de la
necesidad de hacer la revolución cuanto antes, para que terminase su
violenta situación de emigrados.
Bajaron el cadáver encerrado en un sencillo y elegante féretro, sobre el
cual se amontonaban más de una docena de coronas, dos o tres de
artísticas flores, y las demás de perlas de vidrio, formando
inscripciones de pacotilla, de esas que tienen preparadas en todos los
almacenes de París.
El cortejo se puso en marcha, y el cielo, que estaba todo el día
encapotado y amenazante, comenzó a despedir entonces una lluvia sutil y
fría.
Iba delante el coche fúnebre, con su féretro y sus coronas, llevando al
lado al triste Perico, que marchaba encorvado como un viejo, con los
ojos enrojecidos, recibiendo las salpicaduras de barro de las ruedas y
atento, con estúpida fijeza, a que no cayera ninguno de aquellos adornos
del ataúd. Detrás marchaba el cortejo fúnebre: los dos amigos, sombrero
en mano, presidían el duelo, llevando en medio al editor, un viejo de
cabeza cuadrada y mirada sórdida, que había llegado a París en zuecos,
vendiendo coplas, y que ahora tenía más de cincuenta millones; y seguían
todos los invitados, aquel rebaño de la emigración, siempre guiado por
el resplandor de las ilusiones, que marchaba en grupos, dividido por el
recelo y la envidia, y resguardándose de la lluvia con paraguas abierto,
aquel que lo tenía. Cerraban la marcha el coche del editor y dos ómnibus
del servicio fúnebre.
Aquel entierro produjo bastante impresión en la calle del Sena.
Alvarez era muy apreciado por los vecinos, aunque no tuviera con ellos
trato alguno, y además, su entierro puramente civil causaba bastante
impresión en las porteras, gente beata, abonada a diario a los sermones
en San Sulpicio o a las fiestas con orquesta en San Germán de los
Prados.
Cuando el entierro salió de la calle del Sena, ya no recibió más
homenaje que esa compasión oficial de la educación francesa, que
consiste en quitarse el sombrero ante el primer muerto que pasa.
La lluvia arreciaba, el coche fúnebre iba acelerando su marcha, y el
cortejo caminaba con paso apresurado, a pesar de lo cual eran muchos los
que se rezagaban y no pocos los que escurrían el bulto, huyendo
disimuladamente por la primera callejuela que encontraban.
Tardó cerca de media hora en salir el cortejo del recinto de París, y al
llegar a las barreras, cuando la lluvia arreciaba más, se detuvo, para
continuar el viaje con más comodidad hasta el cementerio de Bagnieres.
El editor, hablando de sus numerosas ocupaciones, se despidió, cediendo
su carruaje a los dos jóvenes, y en cuanto a los invitados, quedaban tan
pocos, que cupieron desahogadamente en los dos ómnibus.
El cortejo emprendió la marcha por un camino, que la lluvia convertía en
barrizal, casi intransitable, y el coche fúnebre, dando tumbos a cada
bache, caminaba rozando las tapias de ambos lados, que cercaban grandes
solares.
Perico no quiso acceder a los ruegos de los dos jóvenes, y como si
tuviera por una infidelidad abandonar el cadáver un solo instante,
marchaba agarrado al carro fúnebre, exponiéndose muchas veces a ser
aplastado por las ruedas.
Zarzoso y Agramunt iban en la berlina del editor, tristes y silenciosos,
y como sumidos en tétricos pensamientos.
La pobreza de aquel entierro, la falta de verdaderos afectos que en él
se notaba y el desorden y la deserción que la lluvia había producido en
él, les impresionaba de un modo desconsolador; y al mismo tiempo aquel
cielo plomizo, sucio y diluviador influía en ellos dando un carácter
tétrico a sus ideas.
Zarzoso, mirando la caja que contenía el cadáver de aquel amigo que
tanto le amaba y que iba saltando violentamente dentro del carruaje cada
vez que éste se inclinaba en un bache, sentíase atenazado por un vivo
dolor, y los remordimientos de la noche antes volvían a asaltarle.
En cuanto a Agramunt, evitaba el fijarse en aquel féretro, como si
quisiera rehuir las tétricas ideas que le inspiraba, y dejando vagar sus
ojos por aquella campiña triste y desolada, en la que sólo se veían
yermos solares, negruzcos hornos de cal y alguno que otro hotel cerrado
y de aspecto fúnebre, preguntábase si valía la pena de ser patriota,
revolucionario, mártir de una idea, de aspirar a la gloria y al aplauso
popular, de sacrificarse por las libertades de los demás, para venir al
fin de la jornada a morir desconocido y casi solo en una ciudad
indiferente, y ser conducido a la tumba seguido de dos docenas de
amigos, de los cuales apenas si más de tres lloraban verdaderamente su
muerte.
El joven revolucionario sentíase dominado por un cruel escepticismo. La
realidad había venido a rasgar la venda de sus ilusiones, e inexorable,
con sonrisa cruel, le mostraba el porvenir.
A la media hora de marcha comenzaron a surgir casas de aspecto mísero a
ambos lados del camino. Eran tabernas y almacenes de objetos fúnebres,
industrias nacidas en torno del cementerio, como los hongos en el tronco
del árbol viejo y carcomido, y que vivían del dolor más o menos fingido
de los numerosos cortejos que diariamente pasaban por allí.
Entraron en el cementerio casi al mismo tiempo que por distinto camino
llegaba otro convoy fúnebre con gran aparato de coches enlutados, en el
primero de los cuales iba un cura con sus monaguillos para rezar las
últimas preces.
Echaron pie a tierra los invitados de ambos cortejos, y aquella gente
desconocida, enguantada, correcta y elegante, lanzó miradas de desprecio
al raído grupo de emigrados, demostrando que las preocupaciones sociales
llegan hasta la tumba.
El cura y sus acólitos miraron con hostilidad aquel entierro puramente
civil, que, además, tenía la agravante de ser pobre.
El editor había comprado para el cadáver de don Esteban una sepultura en
el suelo por cinco años, y el féretro, en hombros de los sepultureros,
comenzó a avanzar por las espaciosas y frías avenidas hacia el extremo
donde descansaban los cadáveres ambiguos de los que, por su posición
social, si tenían dinero para librarse de ir a la fosa común, no poseían
el suficiente para dormir eternamente en las sepulturas a perpetuidad,
reservadas a la gente rica.
El cementerio de Bagnieres es un cementerio moderno, democrático, con
las avenidas tiradas a cordel, una vegetación raquítica y enana, y todo
el aspecto de un horrible tablero de ajedrez. No hay panteones, mármoles
artísticos ni umbrías solitarias y románticas como las de las tumbas
descritas en las novelas. Es un cementerio moderno de la gran ciudad, e
imita por completo las costumbres de ese gran París, cuyos hijos se
traga.
En él se duerme el sueño de la muerte tan aprisa como se vive en la
metrópoli: las tumbas, en su mayoría, sólo son compradas por cierto
número de años no muy grande; el tiempo necesario para que la carne se
disuelva, los huesos queden pelados y blancos, y la tierra se beba los
jugos de la vida; e inmediatamente las tumbas son removidas, los
despojos van a un rincón, el terreno es alisado y arreglado y... ¡venga
más gente!
El féretro de Alvarez tenía que atravesar todo el cementerio, y mientras
el pequeño cortejo seguía por aquellas avenidas de acacias raquíticas y
enfermizos rosales, que apenas levantaban un palmo del suelo, Agramunt
iba fijándose en los campos plantados de cruces y cubiertos de coronas
que en su mayoría eran de perlas de vidrio, género de pacotilla, que por
su baratura es de moda en París para los desahogos fúnebres de dolor más
o menos auténtico.
Por todas partes se veían coronas, y a la luz gris e indecisa de aquel
crepúsculo lluvioso, parecía el fúnebre campo cubierto por cristalizado
rocío.
Detúvose el cortejo ante una gran fosa abierta en un espacio libre de
cruces y de coronas.
Aquellas dos docenas de hombres se detuvieron y agruparon en torno del
féretro que estaba ya en tierra, mirándose con cierta complacencia y
como satisfechos de que la ceremonia fuera a terminar.
Les resultaba ya pesado aquel entierro, que duraba más de una hora, y
les obligaba a ir pisando barro, recibiendo en sus espaldas una lluvia
sutil y traidora que les empapaba las ropas.
Agramunt, al borde de la abierta fosa, experimentaba una tristeza
inmensa.
¿Iba a salir del mundo de los vivos tan fría e indiferentemente aquel
amigo a quien consideraba como un héroe?
El joven sintió en su interior aquella emoción nerviosa que le hacía
perorar en los _meetings_ de España y ser aplaudido; experimentó la
necesidad de hablar, de decir algo, sin fijarse en lo reducido del
auditorio, pues a estar solo lo mismo hubiese hablado dirigiéndose a los
árboles, a las cruces y a los sepultureros.
Ya que en la muerte de aquel héroe desgraciado, de aquel caído campeón
de una causa que era la del porvenir, no había descargas de honor, ni
músicas, ni cantos, al menos que sobre su féretro sonasen algunas
palabras españolas pronunciadas por una voz amiga y que hiciesen
justicia al mérito del difunto, despidiéndole al borde de la tumba, con
la seguridad de que el porvenir le haría justicia y de que sus esfuerzos
no serían infructuosos, a pesar de que ahora parecían caídos en el
vacío.
El joven, ensimismado, dominado por los pensamientos que fluían a su
cerebro, con la impasibilidad de un sonámbulo, subió sobre un montón de
tierra, en la que asomaban algunos huesos su blanca desnudez, y con la
cabeza descubierta, sin fijarse en la lluvia que le empapaba, pronunció
un corto discurso, con una elocuencia espontánea y conmovedora que salía
del alma. Al principio le oyeron con extrañeza aquellos hombres que se
agrupaban en torno del féretro; pero, poco a poco, les impresionó la
temblorosa voz del joven, y a los ojos de algunos hasta asomaron las
lágrimas.
Agramunt hablaba a un público que era el único que podía realmente
comprenderle; cada una de sus palabras causaba hondo eco en aquellos
corazones, y al describir la ingratitud de la patria, la cruel
indiferencia del pueblo español, que dejaba morir en oscura y mísera
emigración a los que habían expuesto su vida y sacrificado su reposo por
defender la dignidad nacional, la libertad y la moralidad política,
todos ellos se agitaron con nervioso movimiento, y con sus gestos
parecían decir:
--Es verdad; moriremos aquí porque el pueblo es un ingrato y olvida a
los que le han defendido.
Y después, cuando Agramunt trazó con arrebatadora palabra el cuadro del
porvenir, cuando habló de la revolución que se acercaba _a pasos de
gigante_, del próximo triunfo y del esplendor de la futura República,
todos los rostros se animaron; las ilusiones, aquellas malditas
ilusiones que los habían arrastrado a la desgracia y la miseria en el
extranjero suelo, volvieron a renacer más fuertes y vigorosas que nunca,
y todos miraban ya el triunfo como un suceso del día siguiente, como
cosa segura, que forzosamente había de ocurrir en plazo breve, aunque
los hombres no quisieran y por una ley fatal de la Historia.
Aquel grupo de infortunados llenos de fe y de esperanza, estaban
entusiasmados al pronunciar Agramunt las últimas palabras, y cuando éste
terminó despidiéndose del campeón caído que estaba en el féretro, con un
¡viva la República!, todos contestaron al unísono, con voz que era grave
y sombría, en atención al lugar donde se hallaban.
El ataúd fué descendido a la fosa y uno tras otro fueron todos los
acompañantes arrojando sobre él una paletada de tierra y estrechando la
mano de Perico, que lloraba al despedirse definitivamente de su amo, y
que estaba conmovido por el discurso de Agramunt.
El regreso a París fué más triste aún que la marcha al cementerio.
Los individuos del cortejo, una vez desvanecida la impresión que les
había causado el discurso, entablaron en el interior de los dos ómnibus
violentas discusiones sobre el porvenir o se enzarzaron en la
apreciación de hechos pasados, hasta el punto de levantar la voz, no
importándoles dejar al descubierto sus malas pasiones, y mostrando sus
envidias o sus rencores, sin acordarse de que habían ido a enterrar a un
amigo y que demostraban haberlo ya olvidado. En cuanto entraron en la
gran ciudad, se separaron casi sin saludarse y cada uno se fué por su
lado, para no verse más hasta que la muerte de cualquiera de ellos
volviera a reunirlos.
Zarzoso y Agramunt hicieron subir en su berlina al desconsolado Perico,
y fueron todo el camino sin despegar los labios.
Una vez enterrado el pobre don Esteban, cuya muerte había aproximado a
los dos huéspedes del hotel de la plaza del Pantheón, la antigua
frialdad había vuelto a separarlos. Existía entre los dos el vicioso
cuerpo de Judith, que impedía el renacimiento de aquella franca amistad
que tan felices les había hecho.
Al llegar el carruaje al bulevard Saint-Germain era ya de noche.
Agramunt iba a la calle del Sena con Perico, para hablar los dos solos
sobre el porvenir de éste y hacer un inventario de lo que dejaba don
Esteban.
Zarzoso, comprendiendo que estorbaba con su presencia a aquellos dos
hombres, y ofendido por la frialdad que le mostraba Agramunt, se
apresuró a echar pie a tierra, y abriendo su paraguas, pues la lluvia
arreciaba conforme iba avanzando la noche, se metió por la calle de la
Escuela de Medicina con dirección a su hotel, donde ya Judith le estaba
aguardando impaciente.
X
Se aclara el misterio.
Al entrar Zarzoso en su hotel y pasar frente a la portería, lanzó una
mirada distraída al casillero donde se depositaba la correspondencia
para los huéspedes, e inmediatamente experimentó una ruda impresión de
sorpresa.
En la casilla marcada con el número de su cuarto, sobre la obscura
madera destacábase el blanco sobre de una carta que inmediatamente hirió
los ojos del joven médico.
El portero, que lo había visto a través de los cristales, salió
apresuradamente y entregó la carta a Zarzoso, que permanecía sorprendido
al pie de la escalera.
--Carta de España--dijo sonriendo intencionadamente el conserje, pues
sabía la gran impaciencia que por más de dos meses había devorado al
joven esperando una carta que nunca llegaba.
El asombro de Zarzoso fué en aumento cuando al mirar el sobre reconoció
la letra fina y elegante de María.
Aquella carta, por tanto tiempo esperada y que llegaba cuando menos
podía aguardarla el joven causábale cierto terror, y por esto la
revolvía entre sus manos sin atreverse a abrirla.
¿Por qué había callado María mientras él fué un amante consecuente y
puro? ¿Por qué le escribía ahora que se hallaba sumido en la mayor de
las degradaciones?
Zarzoso no sabía contestar a ninguna de las preguntas que mentalmente se
hacía, pero continuaba impresionado por aquella carta que no se atrevía
a abrir, presintiendo tal vez que en su interior se encerrara algo que
forzosamente había de serle fatal.
En aquella situación degradante a que le había arrastrado un amor
impuro, la carta de María equivalía a un remordimiento que surgía ante
su vista.
Subió la escalera lentamente mirando con fijeza estúpida la cerrada
carta que tenía en sus manos, y al llegar al rellano del piso en que
vivía y detenerse bajo un mechero de gas, no pudo contener un instintivo
impulso y rasgó el sobre para enterarse inmediatamente del contenido.
A pocos pasos de allí, en su cuarto, le aguardaba Judith, la mujer
aborrecida, a la que, sin embargo, estaba encadenado por la pasión
carnal, y hubiese resultado un sacrilegio el ir a abrir la carta en
presencia de aquel ser impúdico que aprovechaba todas las ocasiones para
fisgarse de las mujeres honradas.
Sacó del abierto sobre un pliego de papel de cartas, dentro del cual se
notaba la presencia de otro papel.
Zarzoso leyó apresuradamente las pocas líneas que contenía, y tuvo que
volver a releerlas varias veces para darse cuenta exacta de su
contenido, pues la sorpresa parecía haberle arrojado en un estado de
imbecilidad.
La carta decía así:
"Le devuelvo este recuerdo de un amor que ha muerto, segura de que
si usted conserva su antigua dignidad, la vista de ese papel le
producirá eterno remordimiento. No me creía merecedora de que usted
olvidase sus antiguos juramentos uniéndose a esa mujer perdida con
quien vive.
"En el primer momento me hizo mucho daño el saber su degradación;
pero hoy, afortunadamente, estoy ya curada de tales impresiones.
Todo ha concluído entre nosotros. Cuando usted lea esta carta, tal
vez seré ya la esposa de otro."
Aquí terminaba lo escrito en el pliego. No había firma al pie ni signo
de clase alguna; pero Zarzoso no dudaba, pues conocía bien aquella letra
fina, y que en algunas palabras aparecía temblorosa y exageradamente
rasgueada, como obra de una mano agitada por la indignación o por el
dolor.
Zarzoso, temblando y como asustado al ver que su situación era conocida
por María, y que todo el edificio de su antigua dicha caía
estrepitosamente al suelo, se apresuró a sacar del interior del pliego
aquel papel oculto que sentía al tacto y que era una finísima hoja
arrugada y amarillenta, en la que también había algo escrito.
Zarzoso, conmovido, con la vista turbia por la emoción, fué leyendo con
lentitud:
"_A mi Juan: En prueba del eterno amor que..._"
El joven no quiso leer más. Con terror reconoció que aquel papel era el
mismo que le había dado María, envolviendo un bucle de su cabellera, y
cuya desaparición había notado dos semanas antes al examinar la cajita
que guardaba sus recuerdos de amor.
Por si podía ocurrirle aún alguna duda, encontró todavía pegados al
papel, dos o tres cabellos sutiles como la seda, que habían quedado allí
adheridos al retirar los restantes.
Aquella sorpresa dejó absorto y como aplastado al joven médico.
Unicamente tenía presencia de ánimo para hacerse mentalmente una
pregunta: ¡Gran Dios! ¿Cómo podía haber llegado aquel objeto a manos de
María? ¿Quién se había encargado de robarle tal recuerdo de amor?
No había acabado de leer aquella inscripción trazada por la mano de
María, pues sabía de memoria su contenido; pero le llamó la atención
algunas palabras que vió de repente, escritas más abajo con una letra
irregular, caprichosa y de contorno dentellado, que también le era
conocida.
Aquellas pocas palabras eran un alarde de cínico impudor, un comentario
sucio y canallesco sobre la procedencia de los cabellos que envolvía el
papel, y más abajo, con un descoco repugnante, figuraba la firma de
Judith suscribiendo tan villano insulto.
Zarzoso miró aquello fijamente, como si no se atreviera a dar crédito a
una revelación tan repentina que ponía en claro la misteriosa
desaparición de su recuerdo de amor; pero, de repente, como si
despertara de un sueño, exhaló un sordo rugido, y ciego e impetuoso como
una bomba, se arrojó en el pasadizo, abriendo con una furiosa patada la
entornada puerta de su cuarto.
Judith, que estaba leyendo a la luz del quinqué el último número del
_Diario Alegre_, levantó sorprendida la cabeza ante aquella entrada
tempestuosa de su amante, el cual, poniéndole el papel delator ante los
ojos, rugió, mezclando en su furia palabras españolas con las francesas:
--¡Ah, grandísima zorra!, ¡miserable ladrona! ¿Conoces esto?--y le metía
el papel por los ojos, mientras levantaba la diestra amenazante.
Judith estaba asustada ante la cólera de aquel a quien ella tenía por un
tímido gozquecillo; pero en un arranque de su fiero carácter, intentó la
resistencia, y saltando de su silla, agarró el látigo de cuero que
estaba sobre la repisa de la chimenea y púsose bravamente a la
defensiva, insultando con su insolente mirada al indignado joven. Esta
actitud de Judith acabó de exaltar al enfurecido Zarzoso. Así la quería
ver para desahogar su rabia. Era villano pegar a una mujer débil e
indefensa; pero con un marimacho así, que tenía músculos de acero y que
se había mezclado en todas las peleas estudiantiles, bien podía medirse
un hombre como con uno de su sexo.
Al avanzar sobre ella, recibió un latigazo en el cuello que acabó de
cegarle, y, embistiendo a la amazona, le arrancó la fusta de la mano, la
tiró a un rincón y de la primera bofetada la hizo caer de rodillas.
Fué aquella una escena violenta, repugnante y breve. Nadie oía el ruido
de aquella lucha, pues como era la hora de comer, los cuartos inmediatos
estaban vacíos.
Zarzoso pegaba sin consideración a aquella mujer que tenía bajo sus
rodillas, y sus puños, ciegos e inflexibles, martilleaban el hermoso
rostro y las blancas desnudeces que habían quedado al descubierto,
amoratándolas a cada golpe. En su furor acompañaba los puñetazos con
injurias e insultos, y su boca parecía la abierta y negra garganta de un
retrete rebosando la inmundicia del lenguaje.
Judith, que había recibido los primeros golpes con protestas y
chillidos, callaba ahora y ofrecía con tranquila pasividad su bello
cuerpo a los furores de aquel energúmeno, y, mirando amorosamente a
Zarzoso, agitábase con voluptuosidad a cada uno de sus golpes.
Aquella loca, en su depravación, gustaba de que sus amantes la
vapuleasen, y ésta era la causa principal de que estuviera tan enamorada
del modelo italiano a quien obedecía.
Cansóse antes Zarzoso de pegar que ella de recibir los golpes, y cuando
el joven se incorporó sudoroso y jadeante, ella, sin levantarse del
suelo, sonriendo insolentemente como de costumbre, y echándose atrás su
cabellera de leona, exclamó:
--Y bien: ¿ya estás satisfecho? Podías pegarme un rato más. A mí me ha
gustado siempre que los hombres me zurrasen, pues esto es una prueba de
amor. Antes no te quería; te miraba como un ser insignificante y
ridículo; pero ahora empiezo a tenerte cariño en vista de que son
fuertes tus puños.
Zarzoso pareció no oír estas cínicas declaraciones, y señalando el
delator papel que estaba sobre la mesa, le dijo con entonación de juez
que interroga:
--¿Por qué has hecho eso? ¡Habla pronto o te mato!
Judith contestó con una alegre carcajada.
--Mira, voy a serte franca, ya que ha llegado la hora de decírtelo todo.
Yo soy una buena muchacha, tengo un gran corazón, y me gusta hacer
favores cuando se trata del reposo y de la felicidad de las familias.
Zarzoso creyó que Judith se burlaba otra vez de él y estuvo a punto de
emprenderla a golpes, pero ella explicó sus palabras haciendo una
revelación importantísima.
Antes de que conociera a Zarzoso, cuando ella acababa de llegar a París,
reciente su rompimiento con aquel dibujante que la llevó hasta Londres,
la rogaron que prestase el gran favor de enamorar a Zarzoso diciéndola
que éste estaba encaprichado con una chiquilla de Madrid, una
cualquiera, sin fortuna y sin nombre, que no convenía a la familia del
joven, por lo que era preciso impedir su casamiento haciéndole contraer
una nueva pasión.
Judith intentó resistirse, encontrando que el papel que iba a desempeñar
no era muy agradable; pero la persona que la encomendaba el servicio
tenía gran poder sobre ella, disponía de muy contundentes medios para
convencerla, y al fin aceptó, marchando la noche siguiente al encuentro
de Zarzoso para hacerse su querida, empleando todos los medios de
seducción.
--Lo que pasó después--añadió Judith--lo sabes tú perfectamente.
--¿Pero quién fué el hombre que te indujo a tomar parte en tan
repugnante intriga?
La joven intentó resistirse a contestar; pero cuando Zarzoso nombró al
modelo italiano, ella, turbada por las amenazas de muerte, contestó con
un signo afirmativo.
--Ya le ajustaré yo las cuentas a ese bandido napolitano. Pero ¿qué
interés puede tener ese hombre, que no me conoce, en labrar mi
perdición?
--Eso es lo que yo me he preguntado muchas veces, sin poder darme una
contestación definitiva. El no te conoce, es verdad, y por esto mismo no
he podido nunca comprender por qué trabajaba contra tí.
La modelo quedó silenciosa por algunos instantes, y después añadió con
tono sentencioso:
--Mira, querido; tú por algún oculto motivo debes serles odioso a los
curas de tu país.
--¿Por qué dices eso?
--Porque Luigi es protegido desde la niñez por los padres jesuítas, a
quienes servía ya cuando estaba en Nápoles. Ellos fueron los que le
salvaron cuando le iban buscando por dos o tres puñaladas que dió allá,
y los que le trajeron a París poniéndole en camino para que fuese un
buen modelo. Es el perro de los jesuítas; hace cuanto le dicen, y si le
mandan morder, muerde. En este asunto deben tener mucha participación
los protectores de Luigi: esto es lo que yo he creído siempre.
Zarzoso hizo un gesto que indicaba su inmensa sorpresa y quedó
pensativo, mientras que Judith seguía hablando, deseosa de sincerarse
ante aquel muchacho, al que había cobrado cariño desde que apreció la
fuerza de sus puños.
Al faltar Zarzoso a la primera cita que le dió Judith recomendáronla a
ésta que fuese a encontrarle, y cuando hacía ya con él vida marital, le
ordenaron que buscara, entre los efectos de su nuevo amante, una cajita
en que guardaba todos los recuerdos de su antiguo amor. Judith debía de
robar uno de éstos, que, según le decía Luigi, era para enviarlo a
Madrid con el propósito de que la novia de Zarzoso se convenciera de que
éste ya no la amaba y romper de este modo completamente unas relaciones
que estorbaban a la familia.
La rubia, al revolver aquella caja de recuerdos, escogió el papel con el
rizo que contenía, y por indicación del mismo modelo italiano, puso allí
la primera grosería que se le ocurrió para desesperar a la desconocida
muchacha de Madrid.
--Ahí tienes cuanto ha ocurrido, vida mía--decía la rubia fijando una
mirada amorosa en el indignado Zarzoso--. He sido ligera, lo sé; he
obrado como siempre, con aturdimiento; pero al fin y al cabo lo hacía
por tu bien, creyendo librarte de un matrimonio que no te convenía, y
espero que me perdonarás. Además, te quiero mucho, te amo desde que me
he convencido de que eres todo un hombre.
Y ya levantada del suelo, avanzaba con los brazos abiertos hacia Zarzoso
para darle un estrecho abrazo.
El joven la rechazó con un violento empujón que la hizo chocar las
espaldas contra la pared, y señalando la puerta, dijo con acento
imperioso:
--¡Márchate en seguida, perra inmunda! Me has hecho mucho daño, y si no
te vas pronto, tal vez me acometa el furor y sea capaz de convertirme en
asesino.
Y diciendo esto, contemplaba con torva mirada un cajón de su mesa de
escribir, en el que tenía una gran navaja jerezana, comprada en París,
más por españolismo que porque necesitase de ella.
Aquella mirada dejó fría a Judith y le produjo mayor terror que los
golpes de antes. Como la mayoría de las mujeres de su clase, tenía un
miedo casi supersticioso a las armas blancas y siempre lanzaba
exclamaciones de terror cuando a Zarzoso, al revolver sus papeles, se le
ocurría abrir la navaja.
La posibilidad de que el joven sacase del cajón la terrible arma la
impresionó de tal modo, que, pálida, silenciosa y con actitud sumisa
púsose su sombrero y su abrigo, y llamó a _Nemo_, perro discreto y bien
educado que había presenciado filosóficamente desde un rincón la
anterior paliza, como acostumbrado a que a su ama le hiciesen tal clase
de caricias.
Cuando Judith, siempre bajo la amenazante minada de Zarzoso, hubo
acabado de arreglarse y salió del cuarto, se detuvo en el pasillo,
pensando que una mujer como ella no podía retirarse así, sumisa y
atemorizada como una cualquiera. Llamó en su auxilio a su bravía
altivez, hizo asomar a sus labios la sonrisa cínica que la caracterizaba
y con voz irónica, que parecía el silbido de una víbora, dijo,
inclinando el cuerpo como dispuesta a huir:
--Mira, niño; si no me despacharas yo te hubiera dado pelo igual al que
tenías de esa muchacha. ¡Pobre chica, ir a darse un tijeretazo tan lejos
de la cabeza! Lo que yo he escrito en ese papel, es la pura verdad.
Aun quiso Judith desahogar su despecho con mayores indecencias, pero el
latigazo que aquella perdida descargaba sobre la honra de María
enfureció nuevamente a Zarzoso, el cual se abalanzó al pasillo con
propósito de estrangular a la infame; pero cuando llegó allí, ya la
rubia, seguida de su perro, bajaba apresuradamente la escalera del
hotel.
En el portal tropezó violentamente con un hombre que entraba
sacudiéndose la lluvia.
Era Agramunt, que acababa de dejar en la calle del Sena al desconsolado
criado de don Esteban y que volvía al hotel a despojarse de su traje
negro de ceremonia antes de ir al restaurante.
Fijóse en Judith, que pasó lanzándole iracundas miradas. En su rostro
desordenado y marcado por las huellas de los golpes, adivinó que había
pasado algo grave entre los dos amantes, y vió cómo la rubia, andando
con paso inseguro y sin hacer caso de la lluvia, se hundía en la húmeda
oscuridad de la plaza, cuyos reverberos alumbraban inciertamente a causa
de las ráfagas del huracán.
Agramunt, alarmado por aquel encuentro, subió rápidamente al segundo
piso.
Al entrar en el cuarto de Zarzoso, vió algunas sillas volcadas, una
cortina rota y una porción de desperfectos que indicaban una reciente
lucha. Zarzoso estaba doblado al borde de la cama con la cabeza entre
las manos.
--¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí?--gritó asustado el buen muchacho.
Zarzoso levantó su cabeza, en la que se retrataba el más terrible
asombro, y se abalanzó a su amigo, exclamando con voz conmovida, por
penoso estertor:
--¡Ay, Pepe! ¡Pepe mío! Soy muy desgraciado.
Y como el niño enfermo que cree huir del dolor arrojándose en brazos de
su madre, Juanito Zarzoso dejó caer su cabeza sobre el hombro de
Agramunt, y después de agitarse su pecho con un supremo estertor, rompió
a llorar copiosamente.