El regreso

Simpatía de Colombia por la Argentina.--Sus causas.--Rivalidades de

argentinos y colombianos en el Perú.--Carácter de los oficiales de

la Independencia.--La conferencia de Guayaquil.--Bolívar y San

Martín.--Una hipótesis.--El recuerdo recíproco.--Analogías entre

colombianos y argentinos.--Caracteres y tipos.--La partida.--En

Manzanos.--Las mulas de Piquillo.--El almuerzo.--El tuerto

sabanero.--Una gran lluvia en los trópicos.--En

Guaduas.--Encuentros.--En busca de mi tuerto.--Un

entierro.--Recuerdo de los Andes.--Viajando en la montaña.--El

viajero de la armadura de oro.--D. Salvador.--Su historia.--Su

famosa aventura.--¡Pobre D. Juan!--Una costumbre quichua.

Mi permanencia en Colombia había concluido, debiendo pasar, por

disposición de mi gobierno, a ocupar una de las legaciones argentinas en

Europa. Fue entonces, en medio de la agitación que siempre producen las

nuevas perspectivas, los cambios radicales en el curso de la vida,

cuando me di cuenta de mi cariño por el pueblo que tan abierta y

generosa hospitalidad me había dado. Y no era por cierto el sentimiento

exclusivo de mi gratitud personal: era algo más alto, era el afecto

profundo por aquella sociedad que hablaba de mi patria con una

predilección marcada sobre todas las naciones del continente y que había

querido honrar en mí al representante de la tierra argentina.

Es la primera vez que hago una referencia a mi posición oficial en

Colombia; pero quiero que, si algún argentino lee este libro, sepa que

en Bogotá, desde los altos poderes públicos, hasta el pueblo mismo en

sus ingenuas manifestaciones, no han cesado un momento de demostrarme su

viva simpatía por nuestra patria, el contento generoso por sus progresos

y el deseo de estrechar con ella relaciones íntimas y cordiales, en

beneficio del progreso y de la paz americanos.

Esa simpatía responde a varias causas. En primer lugar, los recuerdos de

la lucha de la Independencia. Todos conocernos aquella rivalidad

caballerosa, que tenía por teatro la vieja Lima, entre los oficiales

colombianos y los argentinos, entre los vencedores de Boyacá y los

vencedores de Chacabuco. Antagonismo de héroes, combates de cortesía,

como habría dicho un heraldo de armas del siglo XV. Los colombianos

tenían por jefe a Bolívar, los argentinos a San Martín, y todos

comprendían que esas dos glorias no cabían en el continente. Los

colombianos traían marcadas en las heridas de la carne, y muchos en las

del corazón, las huellas del largo batallar en las llanuras de Venezuela

y en los Cerros granadinos, contra la fuerza, la arrogancia y el valor

españoles. Los argentinos recordaban la incomparable hazaña del paso de

los Andes, cuando en las alturas donde mora el cóndor habían librado

combates inmortales. Unos y otros miraban al Perú como tierra

conquistada, propia; unos y otros hacían resonar sus espuelas en el

pavimento de la ciudad de los reyes con la altivez de triunfadores, y

tal vez con la conciencia de la superioridad sobre los que acababan de

libertar. ¡Y qué hombres! Sucre, Córdoba... de un lado; Lavalle,

Necochea... del otro. ¡Nubes en presencia, cargadas de electricidad! No

estalló el rayo, pero el relámpago iluminó más de una vez los varoniles

rostros.

Tanto los oficiales de Bolívar como los de San Martín, pertenecían a la

clase más elevada de las sociedades de Colombia y del Río de la Plata.

La altivez nativa se unía a la jactancia castellana del valor.

Habituados a jugar la vida a cada instante, a los triunfos fáciles en

amor, al amparo de su maravilloso prestigio en América, el antagonismo

no se concretaba a la reputación militar, sino que revestía sus formas

más irritantes en el estrado donde la limeña hacía brillar sus ojos tras

el abanico de encaje. Allí, la voz de bronce de la disciplina tuvo que

sonar más de una vez para impedir que el rápido cruzar de palabras

irónicas en el salón se convirtiese, en la calle, en el centellear de

las espadas.

Antagonismo de cabezas ligeras y corazones calientes, como fueron todos

esos oficiales de la guerra de la Independencia, aristocráticos hasta la

médula, desprendidos, generosos, con el sentimiento más que con la razón

de la causa por que jugaban la vida, enardecidos por la lucha y

siguiendo la bandera de su jefe con la ciega obstinación de un oficial

de Wallenstein en la guerra de treinta años. El largo alejamiento de la

patria, la tenaz persistencia de la lucha, la efímera ocupación del

suelo que reducía con frecuencia esa misma patria a los límites del

campamento y en los días de batalla a la tierra del combate, la

influencia, por fin, de la vida militar prolongada, habían hecho de los

oficiales argentinos y colombianos el prototipo de los hombres ligeros

en el pensamiento y en la acción, brillantes en la despreocupación del

porvenir, viviendo _au jour le jour_, sabiendo que con valor pagaban, y

seguros de que el caudal no concluiría.

Al fin, uno cedió. ¿El más patriota, el más razonable? ¡Cuánto se ha

dicho sobre esa entrevista de Guayaquil, que algunos historiadores, para

quienes las cosas de la independencia están siempre al diapasón de la

tragedia, han querido cubrir con un velo misterioso y levantar al nivel

de los grandes problemas históricos! Al norte del Ecuador, el acto de

San Martín no fue sino el acatamiento respetuoso del genio y del derecho

de su rival; al sur, la abnegación suprema de un gran corazón, la

inspiración del patriotismo, en generoso sacrificio de sí mismo en

obsequio de la causa americana. A mis ojos (y bien osado me encuentro

para hablar de estas cosas, después de voces tan altas y autorizadas);

no hubo sacrificio personal en el retiro del general San Martín. Todo es

cuestión de organización moral; Bolívar, retirándose a la vida privada,

o San Martín, manteniendo a sangre y fuego su primacía en el Perú,

habrían sido hechos tan fuera de la lógica, tan contrarios a su carácter

como naturales fueron los papeles diversos que les tocaron en el drama.

Bolívar...--se me ocurre suponer a Bolívar nacido en suelo argentino,

miembro de la logia Lautaro (allí Alvear habría encontrado su

maestro)--vencedor en San Lorenzo, general transitorio del ejército del

Norte, organizador, en fin, del ejército de los Andes. ¿Cuál habría sido

su actitud ante la situación interna del país bajo el directorio de

Rondeau? ¿Habría, como San Martín, desobedecido, cruzado la montaña, y

dando la espalda a la anarquía, más aún, a la agonía de la patria nueva,

ido a libertar al Perú? ¿ Habría, una vez vencedor en el Perú, cedido el

puesto a San Martín viniendo del norte, embarcádose, y llegado frente a

las playas de su tierra, negádose a pisarlas, porque la guerra civil la

asolaba, para ir a terminar en la vida de un _bourgeois_ meditabundo, su

carrera de acción y de luz? Y allí, en la casita de los arrabales de

Bruselas, Bolívar, en 1830, cuando un pueblo golpeaba a su puerta,

pidiéndole que se pusiera al frente de la insurrección contra un opresor

tan odiado como el español... ¿habría contestado a los belgas con la

seca lógica de San Martín? A mi juicio, los rumbos de la historia

americana habrían cambiado profundamente; el espíritu se pierde en la

conjetura, pero el estudio de los caracteres de esos dos hombres permite

asegurar que su acción, en medios idénticos, habría sido diversa.

Bolívar ansiaba algo más que la gloria militar, que lo era todo para San

Martín (me refiero a las ambiciones y no a los sentimientos patrióticos

de los dos libertadores). Bolívar veía más alto y más lejos, pero San

Martín veía más recto. El uno había nacido para dominar, el otro para

vencer. Bolívar tenía la tela de aquellos generales romanos que se

hacían proclamar emperadores por las legiones que marchaban en el fondo

de la Germania o en las montañas de _Hispania_. San Martín era un

general del tiempo de la república; habría cavado gustoso la tierra...

pero después de vencer. Para Bolívar la tarea empezaba después de la

batalla; para San Martín concluía. En 1826 Bolívar pedía aún una

coalición americana contra el Brasil, más aún, la ofrecía... con tal que

se le diera el mando supremo. San Martín quedaba silencioso en Boulogne.

Insaciable el uno, por temperamento, por vibración intelectual, por el

correr violento de la sangre; frío, sereno, reposado el otro, por la

glacial y predominante fuerza de la razón. Caudillo, tribuno, ora

cacique de barrio, ora diplomático de alto vuelo el primero; el segundo,

soldado. ¿Soldado, con la religión del deber; el primero, bajo la

disciplina, soldado, según la idea moderna y exacta? No lo sé; pero, sí,

soldado en su corte moral, en sus propósitos, en sus ambiciones, en el

ideal de su vida, trazada de antemano como la trayectoria de una bala de

cañón. ¿Qué tenía que hacer semejante hombre en el Perú, después de la

victoria? La independencia era un hecho ya y su consagración definitiva,

Junín, Ayacucho, cuestión de días más. ¿Y luego? ¿Ser dictador del Perú,

crear, por un movimiento de orgullo, ese absurdo de Bolivia, rotulándolo

con su nombre, volver a Buenos Aires, hacerse dictador en el hecho,

saltar una tarde por la ventana ante la conspiración que avanza, salvado

por su querida, para ir a pasar la noche bajo el arco de un puente

miserable y salir al alba con el rostro lívido y el traje maculado?...

No, San Martín no era el hombre de ese corte. Había concluido su misión.

¿Lo invadió, además, el desencanto profundo de los que llegan a la meta,

y allí, fría el alma, repiten el triste gemido del salmista? Tal vez...

Pero el hecho es que era un hombre concluido. ¿Volver a su patria,

hundirse en la estéril abnegación de Belgrano, deshojar uno a uno sus

laureles, luchando, como el vencedor de Tucumán, contra oscuros gauchos

que lo vencían... o verse, en un consejo militar, burlado por un Moldes

o un Dorrego, petulantes, irritables y escépticos, bolívares pequeños,

turbulentos e implacables por trepar al poder? No era ese su corte, lo

repito, y eso, felizmente para su gloria.

Tengo, pues, para mí, que San Martín, al embarcarse en el Callao para

Guayaquil, y al sentarse en aquel sofá al lado de Bolívar, dominándolo

con su alta talla, tenía ya resuelto en el fondo de su espíritu todo el

problema. No hubo misterio, no hubo la abnegación desgarradora que se

dice; hablaron un cuarto de hora sobre el tema, una hora sobre sí

mismos... y todo quedó arreglado. Un fisiólogo hubiera previsto el

retiro de San Martín, como un astrónomo el regreso de tal o cual cometa,

siguiendo ambos las leyes de la naturaleza, inmutables en los cielos

como en el microcosmos humano...

Después de la partida de San Martín, el antagonismo entre colombianos y

argentinos se acentuó más aún; la arrogancia recíproca dio origen a la

triste página de Arequito, lo que no impidió más tarde las heroicidades

de los granadinos y de los hijos del Plata en los campos de Junín y

Ayacucho. Pero, cuando sonó la hora del regreso, para volver a la

patria, a morir, casi todos ellos, en las oscuras guerras civiles, salvo

los elegidos que hallaron tumba gloriosa en Ituzaingó... ¡cómo se

tendieron y estrecharon esas manos varoniles encallecidas por la espada

y cómo se humedecieron esos ojos iluminados siempre en la batalla!

Trepando en la áspera senda de la gloria, llegaron simultáneamente a la

cumbre, y allí, con la cara torva, se miraron como debieron hacerlo

Jiménez de Quezada y Belalcázar, al encontrarse frente a frente en la

sabana de Bogotá, partidos, el uno del norte y el otro del sur, después

de largos meses de martirio... Más tarde, los colombianos contaban a sus

hijos el duro batallar de la Independencia, la figura de Necochea, del

Murat argentino, abriéndose camino, con su sable entre el muro

español... y a su vez, los argentinos, los pocos que vegetaban aún en

las largas y tristes veladas de la tiranía, narraban en voz baja las

hazañas pasadas, cuando Córdoba avanzaba como un héroe legendario, a la

voz de «¡Paso de vencedores!» Y los dos pueblos que habían dado libertad

a la América y confundido su sangre en la batalla, dejaban a la

generación que los seguía, ese legado de cariño, de simpática respeto

que hoy muestra Colombia para la Argentina y la Argentina para Colombia.

No nos volvimos a encontrar en las rutas de la historia. Harto que hacer

teníamos con nosotros mismos, ocupados en sangrarnos hasta la

extenuación, como si hubiéramos querido fecundar la tierra patria con el

jugo de nuestras venas. Pasaron los años, y un día, día feliz para mí,

me toca en suerte ir a decir a Colombia que el pueblo argentino no se

había olvidado del pasado y que le tendía su mano, no ya para batallar,

sino para avanzar unidos en la paz y en el progreso. Cómo fue recibida

esa palabra, no lo olvidaré nunca, como tampoco la sensación inefable,

grave y profunda, que se siente cuando el destino nos llama, en uno de

esos momentos, a representar a la patria en el extranjero.

¿En el extranjero?... Debía tener nuestro idioma otra palabra para

designar los pueblos idénticos a nosotros. No puedo habituarme a

designar con la misma voz a un uruguayo o a un colombiano, que a un

alemán o a un ruso. En el corte moral somos iguales, como en el tipo

físico, en las maneras, en el calor de los cariños, en la rapidez del

entusiasmo, y ¿lo diré?, en la ligereza con que nos formamos opinión

sobre las cosas y sobre los hombres. Concebimos bajo las mismas leyes

intelectuales, como aspiramos a la fortuna con idéntico propósito, así

como, con igual desenfado, la echamos por la ventana, una vez

conseguida. Un bogotano, un cachaco exquisito, pobre como Adán, había

tenido la suerte de ser designado por el gobierno para conducir a Quito

no sé qué piedra conmemorativa de la independencia. Como es natural,

recibió de antemano su viático, suma bastante redonda. Cuando llegué,

era tal su cariño por la República Argentina y tal su deseo de

manifestármelo, ¡que supe estaba resuelto en emplear todo su viático en

darme un baile! Me costó un triunfo disuadirlo por medio de un amigo. Es

el mismo cachaco que decía, no sé en qué ocasión solemne en que había de

celebrar algo grande: «¡Vamos a calaverear la república!»... ¿No os

parece oír hablar a un compatriota?

Luego, la sociabilidad, las mujeres... ¡Idénticas, mis amigos!

Caprichosas, dominantes, ocupando en la sociedad aquel puesto de la

Argentina que asombraba al escritor brasileño Quintino Bocayuva y le

hacía atribuir, en gran parte, nuestro desenvolvimiento. ¿Y la historia?

Una noche, el doctor Núñez, a quien había pedido me explicase la

filiación de algunas aberraciones en la organización política de

Colombia, lo hacía de tal manera, que me obligó a preguntarle: ¿Pero

dónde ha aprendido usted tan a fondo la historia argentina? Las mismas

luchas entre las ideas y las cosas, entre las teorías y los hechos

fatales, nacidos del estado social; las mismas aspiraciones vagas del

núcleo inteligente, estrellándose contra la atonía de la masa, como

entre nosotros, contra el empuje semibárbaro del caudillaje. Agregad la

identidad de origen, la petulancia andaluza, que no perdió nada al pasar

el mar, unida al vago fatalismo árabe que empuja al abandono, recordad

que jamás argentinos y colombianos discutieron un palmo de tierra ni

cambiaron una nota agria por las mil fútiles causas que la diplomacia

desocupada inventa, y comprenderéis porqué vive vigorosa y creciente esa

simpatía entre los dos pueblos, que nada puede cambiar y que llevaba a

la acción será un día la garantía más firme, la única, de la anhelada

paz del continente sudamericano.

Hay que partir; el carruaje espera a la puerta, y los buenos amigos que

van a acompañarme hasta el confín de la sabana, están listos. Rueda el

coche por las angostas calles, pasamos la plaza de San Victorino, y en

las últimas casas de la ciudad me vuelvo para darle la mirada de adiós.

Siempre he dejado un sitio con la seguridad de volver... ¡pero Bogotá!

Las cinco horas que empleamos hasta llegar a Manzanos fueron para mí

tristes, a posar de la charla animada y espiritual de Roberto Suárez,

Carlos Sáenz y Julio Mallarino, que me acompañaban. Una vez en la posada

donde debíamos pasar la noche, nos preocupamos de la forzosa

restauración de _dessous le nez_, como dice Rabelais. Mallarino había

sostenido que en Manzanos había vino, lo que hacía inútil el trabajo de

llevarlo desde Bogotá. Una vez en la mesa, supimos que no había más que

cerveza de Cuervo (a quien respeto como filólogo, como sabio, como todo,

menos como cervecero) y.... ¡Champaña! Pero, ¡qué Champaña, mis amigos!

Suárez sostenía que era de la casa de Mallarino, y éste lo amenazaba con

un juicio por difamación, olvidando que en Colombia no los hay. Al fin,

nos tendimos en unas camas flacas como las vacas de Faraón, pobladas de

magros insectos que bien pronto entraron en campaña. No pude dormir; al

alba me levanté, hice ensillar tranquilamente mi mula; mi compañero de

viaje, un simpático y respetable caballero establecido en Honda, hizo

otro tanto y antes de partir, entré en el cuarto de mis amigos para

darles el abrazo del estribo. Dormían y respeté su sueño. Al bajar,

encontré a Sáenz, con quien me indemnicé. Me arregló mis zamarros y unas

espuelas oregonas de media vara que me había regalado él mismo, me

envuelvo bien en mi ruana, y apretando por última vez la mano a aquel

amigo, que sabe el cielo si lo volveré a encontrar en los azares de la

vida, nos pusimos en marcha. Eran las seis y media de la mañana.

Con decir que las bestias que llevábamos eran de Piquillo, he dicho su

calidad superior. Del mismo modo que M. André, en la _Tour du Monde_,

como creo que ya he contado, entregó a la execración universal al que le

alquiló mulas en Honda, a mi vez, impulsado por un sentimiento

humanitario y cumpliendo un acto de justicia, recomiendo a todo el que

hacia aquellos mundos se lance, emplear las mulas de Piquillo. Mulitas

valerosas, trepando la cuesta empinada con su pasito menudo pero

incansable, nos hicieron el viaje delicioso. Marchar por la montaña en

las primeras horas de la mañana, sanos de cuerpo y espíritu, bien

montados y en medio de los cuadros de una naturaleza que va cambiando

lentamente sus perspectivas, es una sensación de las más gratas que

conozco.

Al llegar al Alto de Robles, nos detuvimos un instante y miré largo e

intenso la tendida sabana rodeada de montes; y allá en el tendido fondo,

entre las nubes de la mañana, el Monserrat, a cuyo pie duerme Bogotá...

Y en marcha.

Descendíamos de la sabana hacia la tierra caliente; he ahí Agua Larga.

Una mirada al pasar, y adelante. A ambos lados del camino, entre la

espesa vegetación que cubre la falda de la montaña, y allá en el fondo

del profundo valle hacia el que bajamos en cigzac, empieza a oírse esa

sinfonía peculiar de la región tórrida, a la que nuestros oídos se

habían deshabituado en la altura. Eran los grillos, las chicharras, ¡qué

sé yo de los nombres que llevan las estridentes tribus que cantan al sol

entre el tupido follaje de la tierra cálida! Los abrigos se hacían

pesados, y--¡fenómeno curioso del que se me había advertido!--los oídos

comenzaban a zumbarme ligeramente. Parece que es efecto del rápido

cambio de temperatura, pero pasa pronto.

A poco se nos agregó un hermano del poeta Pombo, librero de Bogotá,

_amateur_ botánico, que saludaba por su nombre, como antiguos conocidos,

a los yuyos del camino. Iba a Chimbe, no sé a qué. Costábale trabajo

seguirnos, porque nuestras mulitas devoraban la ruta. Con su paso igual

y parejo, bajaban, subían, avanzando siempre con una rapidez que me

asombraba. No las economizábamos, porque, más previsor que a la venida,

había hecho preparar, como el compañero, bestias de repuesto en Villeta.

La sola idea de pasar ligero por aquel horno me alegraba el alma.

¡Hola!, he ahí a Chimbe, donde nos calafatearon el almuerzo famoso de la

venida; ahí está el árbol a cuyo pie, tendido, con la rienda de mi mula

cansada en la mano, se me apareció la Providencia bajo la forma de un

indio montado en un alazán, y allá en el fondo de su eterno embudo,

Villeta, la dulce al dejarla. Hace rato que nos ha dejado Pombo; miramos

el reloj. Son apenas las 11; hemos marchado más rápidamente que el

correo. Nos detenemos un instante en un caserío, donde mi compañero

tiene relación, y parlamentamos hasta conseguir un almuerzo que nos

evita detenernos en Villeta. ¡Qué apetito aquél! La buena sopa de papas

y el duro trozo de carne salada desaparecieron en el acto. ¡Quién nos

hubiera dado, más tarde, esa _fourchette_ en Nueva York o en París, para

hacer honor a Delmónico o Bignon, o a los renombrados _chefs_ de Mde.

B... o de Mde. S...! Y de nuevo en camino. Poco antes de llegar a

Villeta, nos detenemos en algo que debía ser casa de Piquillo, porque

allí cambiamos de bestias... Me he olvidado de dos personajes

importantes que nos seguían o pretendían seguirnos en nuestra marcha

vertiginosa; nuestros sirvientes, montados como tales. El mío, un rubio,

tuerto, sabanero, como lo indicaba su tipo, especie de letrero para la

gente del camino, de la que me informaba más tarde sobre su destino,

pues acabó por perdérseme; mi sirviente, repito, montaba una mulita

baja, escueta, regañona, canalla, ¡y el sabanero no llevaba espuelas! El

espectáculo de aquel taloneo angustioso e incesante me hacía mal, porque

me recordaba las peripecias de la venida, y me veía, no bajo un prisma

halagador, muy de _helmuth_ y de poncho de guanaco, blasfemando contra

mi bestia rehacia.

Resolvimos dejarlos atrás y seguimos la marcha, cruzando Villeta como

una tromba. Me habían dado un excelente caballo, habituado a la montaña,

y el compañero montaba una mula escogida. Cada vez que divisábamos un

camino medianamente plano, galopábamos hasta que la subida sofocaba a la

bestia o el descenso nos advertía que no estaba lejano el momento de

rompernos la nuca.

¡Qué cuesta aquélla para salir del valle profundo de Villeta y

transponer la montaña que lo rodea! Parece imposible conseguirlo sin

alas; el camino es malísimo, poco más o menos como el nuestro de Mendoza

a Uspallata, en los Andes argentinos; pero, en cambio, el lujo salvaje

de la vegetación reposa la vista, y los hilos de agua que descienden

entre flores y follaje, alegran el paisaje. El diferente andar de los

animales nos había hecho separar unos cincuenta metros del compañero,

cuando éste me alcanzó rápidamente y dándome la voz de alarma, me mostró

un denso nubarrón que avanzaba cubriendo el cielo, pocos momentos antes

sereno y deslumbrador como una placa reflectora. No tuvimos tiempo más

que para desprender la inmensa capa de cautchut que arrollada llevábamos

a la grupa y envolvernos en ella, levantando el capuchón. La lluvia se

descolgó, una de esas lluvias torrenciales de los trópicos que dan una

idea de lo que debió ser el formidable cataclismo que inundó el mundo

primitivo. Avanzábamos siempre, las bestias con la cabeza entre las

piernas, y nosotros, silenciosos, inclinados sobre la cruz, enceguecidos

por el agua que nos batía el rostro como por bandas, y mecidos, más que

aturdidos, por el chocar de la lluvia contra los árboles. No eran gotas,

era un caudal seguido y espeso; las piedras del camino, lavadas y

pulidas, se hacían resbalosas y las bestias marchaban con una prudencia

infinita. El diluvio duró un cuarto de hora; de pronto, el sol brilló de

nuevo, los árboles sacudieron las últimas perlas suspendidas en su

cabellera, el azul del cielo apareció más intonso, y el coro de los

insectos entonó _da capo_ su eterna sinfonía....

Eran las tres y cuarto de la tarde cuando llegamos a la plaza de

Guaduas, que aún aguarda la estatua de la Pola[26], la más noble entre

las hijas del valle. En media jornada habíamos hecho el camino en que yo

empleara dos a la venida; verdad que habíamos andado como «chasques» y

que la gente a quien comunicábamos la hora de nuestra salida de

Manzanos, no podía creernos. Mi compañero me propuso llevar a cabo la

hazaña de ponernos en un día desde la sabana en Honda, lo que haría

nuestro viaje legendario. Acepté por pura botaratería, porque no sólo me

era igual sino preferible, llegar al Magdalena un día después, para

tomar inmediatamente el vapor, evitándome así una noche en Bodegas de

Bogotá, noche que se me presentaba bajo un aspecto poco risueño.

Pero en el momento de resolverlo, alcanzamos una numerosa caravana que,

en orden de uno por fila, caminaba lenta y pausadamente bajo aquel sol

de fuego que impulsaba a acelerar la marcha. Eran los señores Cuervo, de

uno de los que he hablado ya, que iban a tomar el vapor, acompañados de

varios amigos. Pensaban pasar la noche en Guadua. Además, al llegar al

bonito Hotel del Valle, del único que tenía buenos recuerdos de todos

los de la ruta, vi en la puerta a las señoritas Tanco que también iban a

Europa. Ante la perspectiva de una buena noche en agradable compañía,

renuncié a mi inútil y quijotesco propósito de llegar a Honda en el

mismo día. Mi compañero, que iba a reunirse con su familia, insistió y

siguió viaje. Después supe que había tenido que hacer noche en una choza

próxima al Magdalena, pues la oscuridad lo había obligado a detenerse.

Entretanto, pasó el día, llegó la tarde y mi rubio tuerto, mi sabanero,

portador de mi maleta más importante, no aparecía. Cuando a la mañana

siguiente, todo el mundo en pie, después de una noche de reposo, se

preparaba para montar a caballo, comprobé con una cólera indecible que

mi tuerto maldecido brillaba aún por su ausencia. Resolví continuar el

viaje, porque retroceder era inútil, y además de indagar en el camino si

me había precedido, hacer jugar el telégrafo, una vez llegado a Honda.

Mientras marchábamos por los duros despeñaderos, no podía menos de

admirar la resolución y la voluntad de aquellas tres criaturas

delicadas, habituadas a todas las comodidades de la vida, que iban a mi

lado sonrientes y conversadoras, bajo un sol de fuego, al insoportable

movimiento de la mula. El señor Tanco sonreía y me recordaba que en su

juventud salir a la costa era una cuestión mucho más grave que hoy. En

vez del vapor que íbamos a encontrar en Honda, había que meterse bajo el

toldo de paja de un champan, toldo de media vara de alto, que sólo

permitía la posición horizontal. Los negros bogas corrían sobre él,

medio desnudos, soeces, salvajes en sus costumbres... ¡y esa vida, sobre

todo cuando se trataba de subir el río, duraba, meses enteros!

Cada cuarto de hora me detenía en la puerta de ranchos extendidos sobre

el camino y comenzaba mi eterna cantilena: «¿Ha visto pasar un mozo

rubio sobre una mula baya?» En una de esas tentativas, una buena mujer

me contestó que en la tarde del día anterior había pasado un sabanero,

tuerto, con la mula cansada. No cabía duda, era el mío. Pero, para mayor

tranquilidad (tenía todo mi dinero y papeles en la maleta que llevaba mi

sirviente, lo que creo explicará mi inquietud), resolví adelantarme solo

y piqué mi caballo. El sol caía a plomo, y próximos ya al valle del

Magdalena, el calor se hacía insoportable. A pesar de sus excelentes

condiciones, mi caballo empezaba a fatigarse y me detuve un cuarto de

hora bajo un árbol. Allí vi pasar un entierro de las campiñas

colombianas, cuyo recuerdo aún me hace mal. El muerto, descubierto, con

la cara al sol, era llevado sobre una tabla, a hombros de cuatro indios.

En Bogotá había visto ya entierros de niños en iguales condiciones,

cuadro que deja una impresión negra y persistente... Pero ya que estoy

descansando bajo este árbol de grata sombra, voy a contar a ustedes uno

de los recuerdos de los Andes argentinos, que cierta correlación de

ideas me trae a la memoria. Es la historia famosa de don Salvador, el

correo. Si es algo larga, cúlpese a la marcha lenta en la montaña que da

tiempo para narrar.

Viajaba en la Cordillera; hacía tres días que estaba separado de los

últimos vestigios de la civilización, y, montado en mi mula, de paso

igual y firme, atenta al peligro, ajena a la fatiga, avanzaba entre las

gargantas de los Andes argentinos, ya trepando un cerro en cuya cumbre

rugían los vientos de los páramos, ya siguiendo lentamente el cauce seco

de un río que esperaba el deshielo para convertirse en torrente. La

senda era única e inerrable; la brújula, consultada con frecuencia por

mera curiosidad, me hacía ver las caprichosas direcciones del camino.

Tan pronto la bestia marchaba al norte tan pronto al sur, y casi nunca

al oeste que era el objetivo. Avanzábamos derivando. Como, al levantar

el campamento antes de llegar el alba, mi mula era la primera que estaba

lista, tomaba siempre la delantera, mientras el guía y el mozo de mano

arreglaban los cargueros. Así marchaba hasta la mitad del día, solo,

perdido en mis pensamientos y dejando a veces escapar exclamaciones de

sorpresa ante un cuadro cuya salvaje grandeza me hacía detener a mi

pesar. Era un cerro desnudo y esbelto, brillando al sol como una placa

de metal bruñido; una garganta, estrecha y sombría como una profunda

herida de estileto en el corazón de la montaña; una cascada cayendo de

golpe de una altura enorme, sin gracia y sin majestad, con una

brutalidad feroz; un río corriendo silencioso y libre a cien metros bajo

mis pies, en el seno de un cauce inmenso, de orillas torturadas por el

torrente pasado, o por fin, un valle muerto y helado, sin una planta,

sin un arbusto, sin un eco. Cuando el calor se hacía insoportable, me

detenía a la sombra de un peñasco saliente que nos abrigaba amenazando,

y esperaba allí a los peones. Una hora después sentía a lo lejos el

rumor del cencerro de las bestias de carga, que no tardaban en aparecer

en la cumbre vecina que yo mismo venía de cruzar, detenía allí un

momento su paso cansado, levantaban la cabeza al viento y volvían a

emprender la marcha resignadas. En un instante el almuerzo estaba

pronto; salían a luz el charqui y los fiambres, el buen vino de Mendoza,

el mate hacía los honores de postres, y luego de pasadas las fuertes

horas de sol, emprendíamos nuevamente la marcha de la tarde. Los guías

hablaban poco; de tiempo en tiempo una observación sobre tal mula que se

iba haciendo vieja, o una consulta para arreglar los sobornos de un

carguero. A veces un canto plañidero y monótono, una triste vidalita,

pero en general, un silencio completo.

Una tarde, el sol acababa de desaparecer detrás de una cumbre, y a pesar

de que la noche estaba lejos, las sombras caían rápidamente sobre el

valle profundo en que marchaba. No había hasta entonces encontrado un

solo viajero viniendo de Chile, y, como estaba completamente separado de

la vida activa de los hombres, deseaba saber las cosas que habían

ocurrido en el mundo durante mi secuestro voluntario. Así, con viva

satisfacción vi aparecer en la cumbre de un cerro un tanto alejado del

punto en que me encontraba, un hombre que me pareció cubierto de una

armadura de oro y jinete en un caballo resplandeciente. Yo lo miraba

desde la oscuridad, que a cada instante se hacía más densa, y él

recibía, en ese momento de reposo en la altura, los rayos vivos del sol

que lo iluminaban, dándole la apariencia que producía esa viva ilusión a

mis ojos. Aceleré cuanto pude el paso de mi cabalgadura, asombrado de

aquella transgresión de nuestro contrato, en la esperanza de unirme

cuanto antes al viajero que debía darme las noticias tan deseadas. Pero

el cerro estaba lejos y él lo descendía lentamente al paso mesurado de

la mula prudente que afianzaba su pie con firmeza para reconocer la

solidez de la senda. Los que viajan en las montañas tienen siempre un

sentimiento de gratitud a la mula, cuyo esfuerzo y vigilancia

contribuyen, en su vanidad, al respeto y cariño por la vida del hombre

que conducen. No podría la mula contestarles, como el marinero de

Shakespeare: _None than I love more than myself?_[27].

Había llegado al término de mi jornada de aquel día y al punto que mi

guía había designado para pasar la noche, pues de común acuerdo habíamos

resuelto evitar las detestables casuchas llenas de insectos que a largas

distancias figuran como posadas en la Cordillera. De todas maneras, como

el camino era único, mi hombre de Chile tenía forzosamente que pasar por

él. Primero llegaron mis guías, descargaron las bestias, las aseguraron

bien y con las tablas de un cajón de comestibles, al que diéramos fin

esa tarde, hicieron un buen fuego. Nos preparábamos a cenar, yo un tanto

retirado de los peones, que nunca pudieron vencer su humildad y cenar

junto conmigo, a pesar de mi invitación, cuando desembocó por un recodo

mi caballero de la ardiente armadura. Los arrieros se levantaron

inmediatamente y saludando al recién venido por el nombre de don

Salvador, salieron a su encuentro. Nada de transportes; se dieron

sencillamente la mano, a la manera gaucha, casi sin oprimirla,

contentándose con un contacto fugitivo. Por las miradas de don Salvador,

comprendí que el guía hacía mi presentación y narraba las circunstancias

por las cuales había sido él mi acompañante principal. A mi vez, yo

estudiaba un poco al don Salvador que acababa de echar pie a tierra,

aunque conversando aún en la mano las riendas de su mula, pequeña,

fuerte, de un color casi negro y vuelta ya a la vulgaridad de su

especie, después de los pasajeros resplandores de la cumbre. Era don

Salvador un hombre alto, delgado, con toda la barba canosa y

representando unos cincuenta años, lo que servía de base para calcularle

diez o quince más. Tenía los ojos grandes y claros; su traje era el que

usa generalmente el arriero de los Andes, un fuerte poncho, botas, un

pañuelo al cuello y otro cubriendo la cabeza y parte del rostro, y sobre

él un sombrero de paja.

Se acercó a mí, me saludó descubriéndose, me dio todas las noticias que

conocía, y me dijo que era correo entre Mendoza y Santa Rosa de los

Andes. Siempre me han inspirado una simpatía profunda esos hombres

valerosos cuyas filas clarea cada rudo invierno de la Cordillera. Sus

sueldos son mezquinos, y hasta ahora han sido acusados de una sola

infidelidad, llevando generalmente serios valores en sus valijas.

Durante los largos meses que la Cordillera está cerrada por las nieves,

emprenden su viaje a pie; algunos, después de quince días de luchas

tenaces, llegan a su destino, extenuados, sin voz, hechos pedazos y

desnudos. Se han abierto camino a fuerza de perseverancia, desplegando

ese valor solitario contra los elementos, que es el timbre más alto del

hombre, evitando los ventisqueros, guareciéndose tras una roca contra la

avalancha que cae rugiendo, pasando a veces la noche bajo una mortaja de

nieve. Otros quedan sepultados en las cumbres lívidas y al primer

deshielo, sus compañeros entierran piadosamente los restos de aquel que

les muestra cómo acaba la triste ruta de la vida.

Don Salvador era uno de esos hombres; su voz, ligeramente ronca,

revelaba que había pasado más de una noche terrible entre los hielos. Lo

invité a cenar y a pasar la noche con nosotros, puesto que su jornada

había concluido también. Al alba nos separaríamos y yo le daría cartas

para mi tierra. Aceptó gustoso, desensilló su mula, que unió a las

nuestras, puso las valijas en un punto seguro, junto al cual tendió su

cama, y en seguida se acercó al fogón y sentado en una piedra empezó a

charlar, siguiendo atentamente los progresos del fuego.

Entretanto, mi lecho de campaña había sido también preparado; después de

cenar me tendí en el vestido, como tenía por costumbre, y encendiendo un

buen cigarro, placer inefable en la Cordillera como en todos los sitios

salvajes donde las delicadezas de la civilización adquieren un mérito

extraordinario, dejé vagar la mirada por los cielos y el alma por el

inmenso mundo moral, más grande aún que esa bóveda que me cubría. Pocas

noches de mi vida recuerdo más serenas y más bellas. Era un portento de

calma; no corría el menor viento y el silencio solemne sólo se

interrumpía a momentos por uno de esos ruidos misteriosos y lejanos de

la montaña, que el eco suave reviste del acento de una queja apagada. A

pocos metros corría con imperceptible rumor un hilo de agua. Las

estrellas tenían una claridad inmensa, y el ojo se detenía extasiado

ante su rápido y fugitivo fulgor. Los recuerdos venían y el sueño se

alejaba...

El guía se me acercó y me dijo: ¿No puede dormir, señor?--No, pero no lo

siento. La noche está muy linda.--¿Por qué no toma un mate y hace hablar

a don Salvador? Es un viejo que conoce medio mundo y sabe más que

Licurgo. Ha andado por Chile, Bolivia y el Perú, y conoce palmo a palmo

el terreno donde a estas horas han de estar peleando los ejércitos.

Me picó la curiosidad; me incorporé en la cama y dije en voz alta:--«Don

Salvador, si no tiene mucho sueño, ¿quiere acercarse un poco? Tomaremos

un mate y charlaremos».--Don Salvador se levantó inmediatamente, hizo

rodar la piedra en que se sentaba hasta cerca de mí, y sonriendo se

sentó nuevamente.

--¡Figúrese, Don Salvador, que hace tres días largos que ando entre los

cerros, solo y sin desplegar los labios, porque los otros se quedan

siempre atrás.

--Nosotros estamos acostumbrados, señor. Pero una vez, hace ya muchos

años, yo también, en un viaje largo, me fastidié de andar solo, encontré

un compañero (¡que más valiera no lo hubiese encontrado!), y me puso en

un caso del que no me he de olvidar nunca.

--¿Era un bandido?

--No, señor; pero, si tiene paciencia, le contaré cómo fue aquello, para

que después usted lo cuente, aunque no se lo crean. Pero le juro que es

cierto, y si no, pregúntelo en el Perú, adonde dicen los amigos que

usted va.

Fue entonces cuando don Salvador me narró la curiosa aventura, que a mi

vez puse por escrito apenas me fue posible, en mi estilo llano y simple,

no atreviéndome a imitar el lenguaje especial y pintoresco con que el

narrador lo adornó.

Don Salvador era de San Juan; en su juventud, como peón, había recorrido

casi todo el territorio de la República conduciendo mulas de un punto a

otro, a las órdenes de un capataz. Fue así como se encontró en Salta,

donde entró a servir a un arriero viejo y conocido. Allí se quedó

algunos años, y luego, siempre en su oficio, pasó al Perú, se hizo un

pequeño capital que bien pronto el juego disipó; obligado a volver al

trabajo, tomó la profesión de _chasqui_ o propio, para la que lo hacía

idóneo su fuerza infatigable para andar a caballo, o más propiamente, en

mula. Pero ese oficio, en una tierra donde el indio marcha más

rápidamente que la bestia y puede pasar por sitios donde aquélla no se

arriesga, no era por cierto muy lucrativo. No es mi objeto narrar las

peripecias de la vida de don Salvador, cómo del interior del Perú pasó a

la costa, como se hizo más tarde minero en Copiapó, pasando luego de

nuevo a la República Argentina y ocupando por fin el honroso puesto de

correo que desempeñaba hacía diez años.

Fue en uno de esos viajes como chasqui cuando le ocurrió el caso a que

él se refería. Estaba en la provincia de Cuzco y volvía de un pequeño

lugar, al norte, cerca de la raya de Junín, que se llama Inchacate. El

camino es generalmente desigual hasta llegar a la vieja capital de los

Incas, pero no ofrece dificultades de ningún género. Es una senda

seguida y angosta, que trepa los cerros, se hunde en los valles y costea

los montes altos. Hay pocos ríos y torrentes que atravesar. El clima es

dulce y la naturaleza pródiga en esas regiones predilectas de la vieja

raza.

Una mañana, al romper el día, D. Salvador, que había hecho noche entre

Santa Ana y Chinche, después de haber dejado a su izquierda una pequeña

población llamada Buenos Aires, cerca de Chancamayo, la que, según me

decía, le había hecho acordarse de los porteños; una mañana, pues, se

puso nuevamente en camino, con el espíritu alegre, la mula descansada y

caliente el estómago con un trago de aguardiente. D. Salvador silbaba,

cantaba vidalitas, pero se aburría, porque D. Salvador era hombre social

y le gustaba en extremo echar su párrafo. A eso de las 8 de la mañana,

le pareció distinguir bastante lejos, como a una legua larga, a un

viajero que, montado como él en una mula, trepaba una cuesta. Aunque el

desconocido marchaba a paso vivo y le llevaba bastante delantera, D.

Salvador no desesperó de alcanzarlo, y con tal objeto, empezó a apurar

su mulita. De tiempo en tiempo el viajero desaparecía a sus ojos, para

reaparecer más tarde, según lo desigual del camino, sin que D. Salvador

ganase sensiblemente terreno.

Así marchó hasta la parada del mediodía, que no dudaba haría también su

hombre, pues sólo un loco podía seguir viaje bajo aquel sol abrasador. A

eso de las tres se puso de nuevo en camino, y fuese que el desconocido

hubiese prolongado más su regreso o que su mula empezase a fatigarse, el

hecho fue que, poco después de las cinco, al caer a un valle, vio al

viajero como a unas dos cuadras delante de él. D. Salvador ahuecó la

voz, hizo bocina con sus manos y empezó a gritar lo más fuerte que pudo:

«¡Párese, amigo!». El amigo seguía impertérrito su marcha, pero la

distancia que los separaba disminuía rápidamente. D. Salvador gritaba,

silbaba, producía todos los ruidos imaginables sin éxito ninguno. Era

imposible que aquel hombre, por más sordo que fuese, no hubiera oído el

tumulto que se hacía a su espalda. D. Salvador comenzó a enojarse, y

dejando de gritar, consideró al altivo viajero con atención.

Montaba una mulita baya, pobremente ensillada, a lo que podía ver, y que

marchaba con su paso monótono, llevando la cabeza casi entre las

piernas. El jinete, que D. Salvador sólo distinguía de espaldas, era un

hombre sumamente alto y erguido; llevaba un pesado poncho azul oscuro

que le cubría todo el cuerpo y que descendía hasta más abajo de las

rodillas. La cabeza, además de un sombrero de fieltro y de anchas alas

caídas, estaba cubierta por un pañuelo colorado. Unas grandes botas

completaban el traje.

D. Salvador consiguió alcanzarlo, porque la mulita baya había aflojado

considerablemente el paso. Cuando estuvo cerca de él, vio que traía la

cara casi completamente cubierta con el pañuelo, como quien busca

ocultarse. Aunque a D. Salvador le pareció que el que así viajaba no

debía andar en cosas buenas, como estaba caliente por su ronquera

adquirida inútilmente, al pasar a su lado, le dijo: «Buenas tardes le dé

Dios. ¿Sabe que había sido sordo?». El viajero no contestó una palabra.

«Cuando un cristiano habla, se le contesta», añadió don Salvador, sin

obtener respuesta alguna. Un momento titubeó entre armarla, como él

decía, o seguir tranquilamente su viaje. Su buen sentido triunfó, y

lanzando, de paso, al viajero su flecha en un sarcasmo, picó su mula y

siguió adelante. Al caer la noche llegó a Huiro, un pueblito miserable,

y se detuvo en una posada muy pobre que había a la entrada, tenida por

un lindo indio viejo.

Después que desensilló la mula, se sentó en la puerta con el indio y se

pusieron a charlar, cuando apareció, como a una cuadra, el viajero

silencioso.

--Ahí viene D. Juan en la baya--dijo el indio viejo.

--¿Y quién es ese D. Juan?--preguntó D. Salvador con una curiosidad

mezclada de ironía.

--D. Juan Amachi, mi compadre, un indio viejo de Paucartambo. Allí tiene

su familia y siempre que va al norte, pasa la noche en casa.

--¿Y qué tal hombre es?

--Excelente y servicial con todo el mundo.

D. Salvador se mascó el bigote y puso una cara altanera, porque D. Juan

llegaba en ese momento. Su mula, fatigada, se detuvo a la puerta, y el

indio posadero salió a recibirlo.

Llegado junto al viajero, le habló, lo tocó y dándose vuelta, dijo

sencillamente a D. Salvador:

--¡Pobre D. Juan, viene difunto!

Más tarde, en el Perú, pude verificar la exactitud de la narración de D.

Salvador. Hasta no ha mucho, se encontraban en los caminos del interior

algunas mulas llevando la fúnebre carga. La huella es única, la mula

marcha a su voluntad, no había otro medio de transporte, y el indio, que

durante la monarquía incásica vivía y moría en el mismo pedazo de suelo,

como el siervo feudal, encargaba siempre, por la tradición, de su raza,

que en caso de muerte, lo confiasen a su mula fiel, que lo llevaría a

reposar entre los suyos.

D. Salvador ensilló de nuevo su mula y se puso en marcha sin demora.

Desde entonces, jamás hace esfuerzos por alcanzar a los viajeros que le

preceden en las rutas de la tierra.

En viaje (1881-1882) · 第 59 / 65 题