La inteligencia

Desarrollo intelectual.--La tierra de la poesía.--Gregorio

Gutiérrez González.--La facilidad.--Improvisaciones.--Rafael

Pombo.--Edda la bogotana.--Impromptus.--El tresillo.--Un trance

amargo.--El volumen.--Diego Fallon.--Su charla.--El verso

fácil.--Clair de lune.--El canto "a la luna".--D. José M.

Marroquín.--Carrasquilla.--José M. Samper.--Los mosaicos.--Miguel

A. Caro.--Su traducción de Virgilio.--El pasado.--Rufino

Cuervo.--Su diccionario.--Resumen.

He dicho ya que el desenvolvimiento intelectual de la sociedad bogotana

es de una superioridad incontestable. No es por cierto mi intención

trazar aquí un bosquejo histórico de la literatura colombiana, bien

conocida en América y apreciada en alto grado por los críticos más

ilustrados de la madre patria. Colombia ha producido, desde los primeros

días de su vida independiente hasta hoy, poetas galanos, prosistas

pensadores y hombres de ciencia, de los que con justo título está

orgullosa. Hay allí un gran respeto por la altura intelectual; la

primera queja que formula un colombiano, aun en el día, contra las

crueldades de la España y los horrores de la lucha de la independencia,

¿creéis que se refiere a la secular dominación colonial? No; es la

muerte de Caldas, lo que no se perdona, del sabio Caldas, de ese

Humboldt americano que, sin elementos, sin recursos, sin guía ni modelo,

había emprendido la obra inmensa de clasificar la flora y la fauna

infinita de su patria y explorar su cielo cubierto de astros

innumerables...

Es la tierra de la poesía; desde el hombre de mundo, el político, el

militar, hasta el humilde campesino, todos tienen un verso en los

labios, todos saben de memoria las composiciones poéticas de los poetas

populares. Entre ellos, el dulce «cisne antioquino» Gutiérrez González,

se lleva la palma. Es en sus versos donde la criatura que entreabre su

alma a las primeras emociones de la vida, encuentra la fórmula que

expresa la vaguedad de sus aspiraciones. En ellos vibra la nota

melancólica y profunda de esas dulces noches de la tierra caliente que

exaltan la imaginación, turban el alma y adormecen los dolores humanos.

A Gutiérrez González no se discute, y es una grave impresión de respeto

por ese hombre la que siente el extranjero al contemplar la adoración

serena de un pueblo por el intérprete armónico de sus cosas más

íntimas... Así recitaba la Francia las primeras meditaciones de

Lamartine; así suena aún en los hogares de Escocia el eco tierno de

Burns... Nacido en tierra americana, respirando la atmósfera de nuestra

época, enfermo de las mismas nostalgias mortales que sombrean el

espíritu de casi todos nuestros poetas, cantando en nuestra lengua...

¿en qué puede fundarse un colombiano para sotenernos que, sólo para

ellos, Gutiérrez González es un gran poeta? ¿En qué se fundaba la

generación anterior a la nuestra para encontrar las imprecaciones de

Mármol contra Rosas, dignas de Juvenal o de Hugo, o para extasiarse ante

las laboriosas estrofas de Indarte? Cuando hoy leemos esos versos, la

monotonía del ritmo, la violencia de las imágenes, la exaltación

continua y cierta ingenuidad chocante con nuestro intelecto refinado,

nos hacen admirar el entusiasmo de nuestros padres y atribuírlo

simplemente a las circunstancias. Algo así sucede con Gutiérrez

González, aunque sus versos se leen hoy y se leerán siempre con placer.

Es sensible y real; ve las bellezas de la naturaleza con una claridad

incomparable y las refleja en estrofas felices, fáciles y armoniosas.

¡Fáciles!... He ahí el rasgo característico intelectual de los

colombianos. No es posible imaginarse una espontaneidad semejante.

Aturden, confunden. En una mesa, cuando, a los postres, el vino aviva la

inteligencia y la alegría común hace chispear el cerebro, ¡qué irrupción

aquella de cuartetas, décimas, quintillas! Se dan pies forzados,

eligiendo voces extrañas, que envuelven siempre antítesis

inconciliables. El tiempo material de llenar los renglones, y he ahí una

composición completa, llena de chispa, sabrosa de oportunidad. Uno la

recita, y al concluir, ya se ha puesto otro de pie y comienza la suya

tomando las rimas forzadas en el orden contrario. En los primeros días,

acudí a mi secretario, Martín García Mérou, el más distinguido de los

poetas argentinos de su edad y cuya fácil espontaneidad es bien conocida

entre nosotros, pidiéndole que supliera mi inhabilidad absoluta en la

métrica, haciendo frente a aquella avalancha. Lo intentó; tomó sus rimas

obligadas, e inclinó la frente sobre el dorso del _menú_. No había aún

concluido el primer verso, cuando cinco o seis levantaban en alto la

décima completa. «Es imposible, son unos ¡bárbaros!»... decía Martín.

Bien pronto dejan a un lado el lápiz y empieza la improvisación oral,

vertiginosa, inacabable. Al fin todos hablan en verso, y es tal su

facilidad de ritmo y consonante, que he oído a Carlos Sáenz hacer versos

durante un cuarto de hora, sin detenerse un instante. Disparates sin

sentido, con frecuencia, pero jamás un verso cojo ni una rima pobre. En

general, el espíritu corre a raudales; una palabra, una frase, dan el

pie a una improvisación admirable...

Si eso es la generalidad, es fácil concebir la altura de los grandes

poetas colombianos. No quiero hablar del pasado; pero no puedo resistir

al deseo de recordar aquí dos hombres cuya mano he estrechado con

respeto y cariño: Rafael Pombo y Diego Fallon.

Un día, en un salón de Nueva York, una dama argentina, que tiene un

sitio elevado y merecido en la jerarquía intelectual de nuestro país,

recibía una numerosa sociedad sudamericana. Rafael Pombo estaba allí.

¿Qué hacía en los Estados Unidos? Había ido como cónsul, creo; un cambio

de política lo dejó sin el empleo, que era su único recurso, y como no

quería volver a Colombia, donde imperaban ideas diametralmente opuestas

a las suyas, tuvo que ingeniarse para encontrar medios de vivir. ¡Vivir,

un poeta, en Nueva York! ¡Me figuro a Carlos Guido en Manchester! Pombo,

como Guido, nunca ha tenido la noción del negocio, y tengo para mí, que

allá en el fondo de su espíritu, ha de haber una sólida admiración por

esos personajes opacos que logran, tras un mostrador, labrarse, con la

fortuna, la deseada independencia de la vida. ¿Qué hacer? Hombre de

pluma, vivió de la pluma. No creáis que como periodista o corresponsal.

Con más suerte que Pérez Bonalde, el admirable poeta venezolano, el

único que ha vertido a Heine dignamente al español y que hoy redacta con

toda tranquilidad en Nueva York los avisos de la casa Lamman y Kemp en

siete idiomas, Pombo se puso al habla con los editores Appleton & Co.,

que entonces publicaban esos cuadernos ilustrados, con cuentos morales,

que todos hemos visto en manos de los niños de la América entera. Antes

de ir a Bogotá, no sabía yo por cierto que aquel gracioso e ingenuo

cuentecito:

Érase una viejecita

Sin nadita que comer.

que mi hijita de cuatro años me recitaba, era nada menos que del

inmortal autor del canto al «¡Niágara!». Más de una vez, al pasar, había

admirado la maravillosa facilidad de esas composiciones puras y cándidas

como los espíritus angelicales que debían entretener; más de una vez

pensé vagamente en el caudal de ternura que debía existir en el alma de

ese dulce y familiar poeta anónimo, iluminando, desde la sombra,

millares de rostros infantiles, era Pombo, era uno de los más grandes

poetas que hayan escrito en español...

Pombo, pues, como la mejor parte de los sudamericanos residentes en

Nueva York, iba con frecuencia a gozar de la charla elegante y erudita

de nuestra compatriota, que sostenía con éxito las más difíciles

cuestiones literarias. Una noche se encaró con Pombo y le preguntó quién

era esa poetisa desconocida, esa famosa Edda la Bogotana, cuyos versos,

impregnados de una pasión profunda y absorbente, le recordaban los

inimitables acentos de Saffo, llamando con el ímpetu del alma y el

estremecimiento de la carne al hombre de sus sueños y de sus deseos.

Era mi vida el lóbrego vacío,

Era mi corazón la estéril nada...

Pero me viste tú, dulce bien mío

Y creome un universo tu mirada...

--¿Encuentra usted esos versos dignos de atención, señora?--dijo Pombo.

--¿Esos versos, en que vibra un alma apasionada, esos versos tan de

mujer, envueltos en la adoración, en el misticismo misterioso de Santa

Teresa?... ¡He ahí los hombres! ¿Cuál de ustedes sería capaz de

escribirlos?...

--Pues Edda está actualmente en Nueva York, y si usted quiere

conocerla...

--¿Que si quiero conocerla?--dijo nuestra compatriota con su ímpetu

característico.--Ahora mismo me dice usted dónde vive, cómo se llama, y

mañana sin falta la visito. ¡Me la voy a comer a besos!

--Pues empiece usted, señora... Edda... ¡soy yo!

Si Byron cruzara hoy las calles con el traje estrecho de brin, polainas

y anteojos verdes, con que nos lo pinta Lady Blessingthon, que lo vio en

Venecia, no sería mayor nuestro desencanto que el de nuestra

compatriota, que no tuvo más recurso que dar un adiós a Edda,

desvanecida... en la forma de una palmada en la mejilla de Pombo...

Pombo es feo, atrozmente feo. Una cabecita pequeña, boca gruesa, bigote

y perilla rubios, ojos saltones y miopes, tras unas enormes gafas...

Feo, muy feo. El lo sabe y le importa un pito. Brilla en su cerebro la

eterna, la incomparable belleza intelectual, y podría contestar como

Ricardo Gutiérrez, un día, en Italia, a un amigo que le criticaba su

indiferencia por el corte de una levita... «Yo soy paquete por dentro».

Pombo es bello por dentro, por la elevación suprema de su espíritu y la

dulzura de su carácter...

He ahí la inspirada bogotana cuyos versos sabe la América entera de

memoria... ¡Un capricho hizo a Pombo tomar el nombre de Edda, y Edda es

hoy inmortal!... «Muchas veces, me decía sonriendo, he tenido la idea de

reunir en un volumen (que no sería pequeño) todos los cantos de amor,

los ecos de simpatía, los gritos apasionados de confraternidad en el

dolor, que han sido dedicados a Edda desde la Argentina a Méjico, y

publicarlo... ¡con mi retrato al frente!»

Una tarde encuentro a Pombo en la calle Florián y entre la charla, le

digo que padezco de insomnio, que no sé si el aire de la altura me quita

el sueño, etc.--«Yo he tenido un amigo, el señor Guerra, que sufría

también de eso; pero se curó... ¿con qué? No me acuerdo. Mañana lo sabré

y se lo diré; mire que me ha prometido ir a ver mis cuadros, no lo

olvide».--Al día siguiente, al entrar en casa, supe que Pombo acababa de

salir; sobre el escritorio encontré una hoja de papel suelta, un viejo

borrador mío, con este verso:

Cumplo, amigo, mi palabra;

Cúmplala usted como yo.

Ramón Guerra se curó

Tomando leche de cabra.

Eso es bogotano puro. La facilidad, la precisión, la soltura del

verso... Por ejemplo, los que sepan jugar al tresillo, el rey de los

juegos y el juego de los reyes, apreciarán la extraordinaria exactitud

de los siguientes, tomados de una composición de Gutiérrez González, la

_Visita_:

Yo perdí este solo de oros

El más grande que se ve:

Seis de cuatro matadores

Rey de copas, cuatro y tres;

Por consiguiente, dos fallos...

--¡Pero hombre, no puede ser!

¿Lo perdiste?...--Lo perdí.

--¿Por mal jugado?--¡Tal vez!

Me recomieron los triunfos

Que en los dos fallos jugué,

Me asentaron los chiquitos

Y me fallaron el rey.

¿Y esta discusión gráfica, después de que el enterrador se la lleva?:

.........Si yo he podido

Agachármele a su tres!

--¡No, señor, con un triunfito

De los míos que tenga usted!

--¡O que usted vuelva sus bastos!

--¡O que no vuelva a oros él!...

--¡Es puesta!--Le doy codillo!...

--¡Si era más grande!--Da Andrés.

Un paréntesis, ya que de tresillo he hablado. Es el juego favorito de

Bogotá; pero, a diferencia del Perú, sólo lo juegan los hombres. Sabido

es que en Lima, todas las noches hay, en una o en otra casa, la clásica

partida de Rocambole (tresillo), en que toman parte las señoras. En los

tiempos de opulencia, durante la estación de baños en Chorrillos, se ha

llegado a jugar hasta... a chino la ficha. El contrato de un chino, por

tres o cuatro años, importaba 300 ó 400 pesos fuertes. El que perdía,

generalmente hacendado, pasaba al día siguiente a la hacienda de su

ganador, el número de fichas-chinois que había perdido la víspera... En

Bogotá no se hila tan grueso... y en el Perú pasaron también esos

tiempos. Pero los bogotanos son famosos por su habilidad en el tresillo.

Martín, Holguín, De Francisco... no tienen rivales. Carlos Holguín,

durante su permanencia en España, donde no son mancos, ha asombrado a

los más fuertes espadas del Veloz... No he podido menos de sonreír al

encontrar, en el admirable estudio del señor Camacho Roldán, uno de los

hombres más sabios y distinguidos de Colombia, sobre el poeta Gutiérrez

González, este característico comentario a los versos sobre el tresillo

que he transcrito en primer término:

«La exposición de la partida es tan clara y la explicación de los azares

que determinaron la pérdida de ella tan completa, que cualquier

aficionado, sin ser un Miguel Ángel en ese arte divino, puede comprender

en el acto que se perdió de puesta en la que el pie, que indudablemente

tenía caballo y siete de copas, hizo las cuatro bazas, y el mano el

fallo del rey, habiendo sido atravesado el hombre»[23].

¿No es un maestro el que habla?...

Esa facilidad de Gutiérrez González no se desmentía un solo momento. Un

día, su amigo Vicente X., lo encuentra a media noche, inclinado sobre el

caño, expiando duramente las numerosas libaciones de una comida de donde

salía. El que ha pasado por ese trance, sabe que no es el más a

propósito para entregarse a la improvisación poética... Sin darse cuenta

de lo que Gutiérrez González hacía, pero reconociéndolo, el amigo se le

acerca y le pregunta naturalmente:

--¿Qué estás haciendo, Gregorio?

--Déjame, por Dios, Vicente,

¡Que estoy pasando actualmente

Las penas del Purgatorio!

--contesta en el acto el incorregible poeta.

Rafael Pombo, a pesar de las reiteradas instancias de sus amigos y de

ventajosas propuestas de editores, nunca ha querido publicar sus versos

coleccionados. Tiene horror por la masa, y cree que pocos son los poetas

que resisten a un análisis del conjunto de sus obras.

En cambio, Diego Fallon, acaba de publicar sus poesías en un volumen

(Bogotá, 1882). ¿Sabéis cuántas son? ¡Dos! Un canto a «Las ruinas de

Suesca» y otro «A la luna». He ahí todo su _bilan_ como composiciones de

aliento.

Figuraos una cabeza correcta, con dos grandes ojos negros, «deux trous

qui lui vont jusqu'à l'âme», pelo negro, largo, echado hacia atrás,

nariz y labios finos, un rostro de aquellos tantas veces reproducidos

por el pincel de Van Dyck. Un cuerpo delgado, siempre en movimiento,

saltando sobre la silla en sus rápidos momentos de descanso. Oídlo,

porque es difícil hablar con él, y bien tonto es el que lo pretende,

cuando tiene la incomparable suerte de ver desenvolverse en la charla

del poeta el más maravilloso kaleidoscopio que los ojos de la

inteligencia puedan contemplar. ¿De qué habla? De todo lo que hay en la

tierra y en los cielos, de todas esas cosas más de que Hamlet habla a

Horacio y que sólo los poetas ven. ¡Qué lujo, qué prodigalidad! Yo no sé

con qué ojos ese diablo de hombre mira los aspectos de la vida, pero el

hecho es que jamás uno ha observado el lado curioso, la faz bella o

grotesca que él señala. Aquello es una orgía intelectual, un torrente,

una avalancha... hasta que el reloj da una hora y el visionario, el

poeta, el inimitable colorista, baja de un salto de la nube dorada donde

estaba a punto de creerse rey, y toma lastimosamente su Ollendorff para

ir a dar su clase de inglés, en la Universidad, en tres o cuatro

colegios y qué se yo donde más. ¡Fallon es hijo de inglés y lo educaron

en Inglaterra para ingeniero!

Ese calavera, ese despilfarrador de su savia latina, ha escrito en su

vida, lo repito, dos composiciones. ¿Impotencia? Hablaría en verso un

día entero. ¿Desidia? Necesita más actividad moral para una charla de

una hora que para un poema. No; una concepción altísima y respetuosa del

arte, la idea de que el poeta debe cuidar su obra hasta llevarla al

grado de perfección que es dado alcanzar al hombre. Fallon confiesa que

hay cuarteta que le ha costado meses; quería encerrar en cuatro versos

una idea, y, o el ritmo la desfiguraba o el verso reventaba. Así, ¡qué

júbilos íntimos, qué francas y abiertas alegrías, cuando, al fin, al

último golpe de cincel, la estatua aparecía pura, tal como la soñó el

maestro!

Si hay un arte en el que la espontaneidad, la facilidad de la forma

importa un gravo peligro, es la poesía. Hay oídos musicales de

nacimiento, como hay retinas que ven más hondo que el ojo humano común.

Estos privilegiados son portentos hasta los quince años, vulgaridades

hasta los veinticinco, cero después. La labor fácil les ha hecho perder

el sentimiento de lo bello, de lo concluido, de lo verdadero y

expresivo. ¡Cuántas noches ha costado a Byron cierta estrofa que hoy

vemos desenvolverse con una soltura y elegancia tal, que parece haber

nacido de una pieza, como la Minerva griega! ¡Un manuscrito de Goethe o

Schiller impone un grave respeto: ¡qué esfuerzo, qué tenacidad en la

lucha contra la forma rebelde que no expresa, que no quiere expresar el

pensamiento! ¡Quién creería que el maestro típico de la espontaneidad,

el cantor de Vauclusa, el divino Petrarca, que ha escrito más sonetos

que estrellas tiene el cielo, labrase el verso como Gioberti el

bronce![24]. ¿Y Musset y Hugo mismo? Y Manzoni y Leopardi... ¿y todo lo

que vale y todo lo que queda?... Hacía quince días que Béranger estaba

preso, cuando un amigo que lo visitaba le preguntó cuántas canciones

había hecho en ese tiempo: «Aun no he concluido la primera; ¿creéis que

una canción se hace como un poema épico?»

La prosa vulgar se traga como el pan común; pero una «crème fouettée»,

insípida... no. Detesto el mal verso, y me es una fatiga enorme la

lectura de esos volúmenes rimados que no dejan preocupación ni

agitación; prefiero las dos composiciones de Fallon a la mayor parte de

los gruesos tomos de versos que han hecho gemir las prensas de la

América Española y de la España misma...

¿Quién de entre nosotros no tiene perdida en la memoria la sensación

deliciosa de una noche de luna, cuando, con el espíritu tranquilo, bajo

la plácida influencia de esas horas silenciosas, se sigue el rayo de luz

entre los árboles, en los campos y en los cerros, poblándolo, como el

haz luminoso sobre la cuna de Betlhem bajo el místico pincel de Dürer,

de visiones tenues y flotantes, de sueños y recuerdos?... ¿Cuál es aquel

que, impotente para crear, no ha pedido al arte un reflejo, en el verso

o en el color, encontrándolo a veces en la música, de esos diálogos

íntimos entre el alma y las escenas de la noche, bajo la blanca luz de

la luna? He ahí el motivo de mi predilección por la dulce poesía de

Fallon; nadie como él, hasta ahora, me ha hecho leer con mayor claridad

dentro de mí mismo, dando forma y vida a las ideas y sensaciones

confusas que en otro tiempo, en los días de entusiasmo, la luna serena

hacía brotar en mi alma... Oíd, quiero citar algunas estrofas. Reclinad

la cabeza sobre el cómodo respaldo del sillón, allí, bajo el corredor,

frente a los árboles que una brisa imperceptible mueve apenas, a favor

de ese silencio profundo e íntimo de las noches en el campo, dejad

venir los recuerdos, cantar las esperanzas... Pero, con los ojos

entreabiertos bajo el párpado que la quietud adormece, mirad el

cuadro...

Ya del Oriente en el confín profundo

La luna aparta el nebuloso velo

Y leve sienta, en el dormido mundo,

Su casto pie con virginal recelo....

Absorta allí la inmensidad saluda,

Su faz humilde al cielo levantada

Y el hondo azul con elocuencia muda

Orbes sin fin ofrece a su mirada.

Un lucero, no más, lleva por guía;

Por himno funeral silencio santo;

Por sólo rumbo la región vacía

Y la insondable soledad por manto.

* * * * *

De allí desciende tu callada lumbre

Y en argentinas gasas se despliega

De la nevada sierra por la cumbre

Y por los senos de la umbrosa vega.

Con sesgo rayo por la falda oscura

A largos trechos el follaje tocas,

Y tu albo resplandor sobre la altura

En mármol torna las desnudas rocas.

* * * * *

Y yo en tu lumbre difundido ¡oh luna!

Vuelvo al través de solitarias breñas

A los lejanos valles, de en su cuna

De umbrosos bosques y encumbradas peñas

El lago del desierto reverbera,

Adormecido, nítido, sereno,

Sus montañas pintando la ribera

Y el lujo de los cielos en su seno.

¡Oh! y éstas son tus mágicas regiones

Donde la humana voz jamás se escucha,

Laberintos de selvas y peñones

En que tu rayo con las sombras lucha.

Porque las sombras odian tu mirada;

Hijas del Caos, por el mundo errantes,

Náufragos restos de la antigüa Nada,

Que en el mar de la luz vagan flotantes.

* * * * *

A tu mirada suspendido el viento,

¡Ni árbol ni flor el desierto agita;

No hay en los seres voz ni movimiento;...

El corazón del mundo no palpita...

Se acerca el centinela de la muerte!

¡He aquí el silencio! Sólo en su presencia

Su propia desnudez el alma advierte,

Su propia voz escucha la conciencia.

Y pienso aún y con pavor medito

Que del Silencio la insondable calma

De los sepulcros es tremendo grito

Que no oye el cuerpo y estremece el alma!

* * * * *

El que vistió de nieve la alta sierra,

De oscuridad las selvas seculares,

De hielo el polo, de verdor la tierra,

Y de fondo azul los cielos y los mares,

Echó también sobre tu faz un velo,

Templando tu fulgor para que el hombre

Pueda los orbes numerar del cielo

Tiemble ante Dios y su poder le asombre.

Cruzo perdido el vasto firmamento,

A sumergirme torno entre mí mismo

Y se pierde otra vez mi pensamiento

De mi propia existencia en el abismo...

Delirios siento que mi mente aterran:

Los Andes, a lo lejos, enlutados,

Pienso que son las tumbas do se encierran

Las cenizas de mundos ya juzgados...

* * * * *

El último lucero en el Levante

Asoma y triste tu partida llora:

Cayó de tu diadema ese diamante

Y adornará la frente de la Aurora.

¡Oh, luna adiós! Quisiera en mi despecho,

El vil lenguaje maldecir del hombre.

Que tantas emociones en su pecho

Deja que broten y les niega un nombre

Se agita mi alma, desesperada y gime,

Sintiéndose en la carne prisionera;

Recuerda al verte su misión sublime

Y el frágil polvo sacudir quisiera.

Mas si del polvo libre se lanzara,

Esta que siento, imagen de Dios mismo,

Para tender su vuelo no bastara

Del firmamento el infinito abismo!

Porque esos astros, cuya luz desmaya,

Ante el brillo del alma, hija del cielo

No son siquiera arenas de la playa,

Del mar que se abre a su futuro vuelo!...

No he podido rendir un homenaje más digno a las letras de Colombia, que

la transcripción de esos versos de Diego Fallon.

Vencer las mayores dificultades del verso, sea en la forma, en la

transposición o en la rima, derramar la gracia, el chiste, la fina

ironía en sus composiciones, es un juego para D. José M. Marroquín. Ha

hecho una glosa rimada de los primeros libros de Tito Livio, que no

vacilo en considerar como uno de los trabajos más perfectos que en ese

género se hayan escrito en nuestro idioma. Castizo, correcto, parece que

buscara los trances más difíciles de la sintaxis, como para probar que

los tesoros del español son inagotables. ¡Qué galana facilidad y qué

facilidad de pincel! Sus versos quedan en la memoria, y siempre su

recuerdo trae una sonrisa. Quién que haya leído _El Cazador y la

Perrilla_, no verá siempre aquella perra enteca, flaca, que

Era, otrosí, derrengada,

La derribaba un resuello...

Puede decirse que aquello

No era perra ni era nada.

D. Ricardo Cascarilla tiene también composiciones felicísimas de ese

género; sobre todo, a mi juicio, un curiosísimo diálogo con el Salto de

Tequendama, a quien presenta un literato español, de paso por Colombia.

Siento no poder transcribirlo aquí; pero, si fuera a reproducir todo lo

bueno que ha producido la literatura colombiana contemporánea, no me

bastaría por cierto un volumen.

José María Samper ha escrito seis u ocho tomos de historia, tres o

cuatro de versos, diez o doce de novelas, otros tantos de viajes, de

discursos, estudios políticos, memorias, polémicas... ¡qué sé yo! Es una

de esas facilidades que asombran por su incansable actividad. Jamás un

instante de reposo para el espíritu; cuando la pluma no está en

movimiento, lo está la lengua. Sale del Congreso, donde ha hablado tres

horas, continúa la perorata en el Altozano hasta que cae la noche, y

luego a casa, a escribir hasta el alba. Y eso todos los días, desde hace

largos años. Ha sido periodista en el Perú, ha viajado por toda la

Europa, ha producido más que un centenar de hombres... y aún es joven y

lo alienta un vigor más intenso que nunca. Naturalmente, en esa mole de

libros sería inútil buscar el pulimento del artista, la corrección de

líneas y de tomos. Es un río americano que corre tumultuoso, arrastrando

troncos, detritus, arenas y peñascos, pero también partículas de oro,

como dice Marius Topin refiriéndose al viejo Dumas.

En Bogotá hay mucha afición por las veladas literarias, que allí llaman

Mosaicos, tal vez por la variedad de temas que se tratan. Los jóvenes

bogotanos comparan un mosaico a un concierto clásico a puerta cerrada...

y son capaces de montar a caballo y largarse a la hacienda al menor

anuncio de un festival semejante. Pero ya he dicho que los jóvenes allí

son unos escépticos empedernidos, que no creen en nada, ni aun en las

dulzuras de la rima con te. Por mi parte, no tuve el placer de asistir a

ninguna de esas reuniones; pero poco antes de mi llegada, el señor

Soffia, ministro de Chile, que es un poeta distinguidísimo, había

invitado a un mosaico, en un soneto esdrújulo de una dificultad de

factura agobiadora. Al día siguiente, tenía cuarenta sonetos, con las

mismas rimas, aceptando la invitación. La lectura debía constituir el

mosaico. ¡Samper mandó cuatro, disminuyendo una sílaba en cada uno!...

Puede Colombia a justo título estar orgullosa de dos hombres, jóvenes

aún, pero cuya reputación de sabios y profundos literatos ha salvado los

mares y extendídose en la península española. El primero es don Miguel

Antonio Caro, hijo del inspirado poeta don José E. Caro, cuyas nobles

estrofas _En boca del último Inca_ son conocidas por todos los

americanos.

M. A. Caro es el autor de la soberbia traducción de Virgilio, en verso

español, de una fidelidad aterradora; se siente frío al pensar en la

labor perseverante que ha sido necesaria para encerrar cada verso

latino, de la rica lengua virgiliana, en el correspondiente español.

Así, los que leen la traducción de Caro, encuentran en ella el mismo

sabor delicioso que se desprende de la lira del cisne de Mantua, la

misma fuerza y aquella suavidad exquisita e insuperable que ha hecho de

Virgilio el príncipe de los poetas latinos. Ese trabajo ha sido ya

juzgado por la crítica eminente de España, y el nombre de su autor se

pronuncia hoy en la Academia Real con el mismo respeto que el de los más

grandes peninsulares...[25].

Las introducciones de Caro a la _Historia General_... de Piedrahita, a

las _Poesías_ de Bello, etc., son simplemente obras maestras, en las que

se encuentra, a la par de una riqueza y galanura de lenguaje a que

estamos poco habituados en nuestra América, la vasta y sólida erudición

de un filólogo que no ignora uno sólo de los progresos de esa ciencia

nueva en el mundo moderno.

Los trabajos del señor Caro imponen respeto, y es precisamente en nombre

de ese sentimiento, porque, después del elogio sincero y altísimo,

quiero consignar la impresión ingrata que me han dejado algunas de sus

páginas.

El señor Caro es en política, en religión y en literatura, el tipo más

acabado del conservador, dando a esa palabra toda la extensión de que es

susceptible. Nada tengo que ver con sus ideas sobre la marcha de las

cosas en Colombia, ni con las respetabilísimas inspiraciones de su

conciencia; pero cae bajo el dominio de la crítica su apasionamiento

ilimitado por las cosas que fueron la glorificación constante del

pasado, del pasado español, contra todas las aspiraciones del presente,

aun del presente español. Si la casualidad ha hecho que el cuerpo del

señor Caro ha venido a aumentar la falange humana en suelo colombiano,

su espíritu ha nacido, se ha formado y vive en pleno Madrid del siglo

XVI. Allí respira, allí se reconoce entre los suyos, allí se apasiona y

discute. Hay hombres que se detienen en un momento de la historia y por

nada pasan el límite marcado por su predilección, casi diría por su

monomanía. No leen ya, releen, como decía Royer Collard. En ellos es

disculpable esa obstinación apasionada; no conocen sino ese mundo, y por

tanto, no pueden compararlo al presente. Pero el señor Caro ha leído

cuanto es posible leer en treinta años de vida intelectual; su alta

inteligencia ha entrado a fondo en la literatura moderna y pocos como él

podrían hablar con tal autoridad de lo que en materia de ciencias y

letras se ha hecho en el mundo en los últimos cien años. Esa riña

inconciliable con el presente, es, pues, un fenómeno curioso en un

espíritu de esa altura, y nos sería lícito esperar que la influencia de

tales ideas se limitase al respeto de la forma y no alcanzase a obrar

sobre la percepción de las cosas. ¡Qué acentos de indignación encuentra

Caro para increpar a Quintana su grito generoso, humano, cuando,

reconociendo las crueldades de la conquista, quiere alejar de su patria

la maldición de un mundo y echar la responsabilidad sobre la época! Un

monje fanático, apoderado de Valverde en la Corte de España, no habría

hablado con mayor vehemencia y encono... Comprendo, y soy el primero en

seguir al señor Caro en ese camino, que es tiempo de poner término a la

estéril declamación contra la conquista, que ha dado alimento sin vigor

a la literatura americana durante veinticinco años. Pero eso de llegar a

la santificación del pasado, comprendiendo la Inquisición y el régimen

colonial, paréceme que es un prurito retrospectivo inconciliable con la

luz natural de esa alta inteligencia...

Rufino Cuervo es el autor de ese libro tan popular hoy: _Apuntaciones

críticas sobre el lenguaje bogotano_. Es otro sacerdote del pasado,

aunque menos inflexible que el señor Caro, por el que profesa, con

razón, una admiración sin límites. La ciencia, los largos años de

estudio que ese volumen de Cuervo revela, prueban que, también en

América, tenemos nuestros benedictinos infatigables. Todas las

locuciones vulgares, todas las alteraciones que el pueblo americano,

bajo la influencia de las cosas y de su propia estructura intelectual,

ha introducido en el español, son allí prolijamente estudiadas,

corregidas y... limpiadas. (¡Limpia y fija!) Actualmente, Cuervo se

encuentra en París, metido en su nicho de cartujo, levantando, piedra a

piedra, el monumento más vasto que en todos los tiempos se haya

emprendido para honor de la lengua de Castilla. Es un _Diccionario de

regímenes, filológico, etimológico_... ¡Qué sé yo! Aquello asusta;

cuando Cuervo me mostraba, en Bogotá, las enormes pilas de paquetes,

cada uno conteniendo centenares de hojas sueltas, cada una con la

historia, la filiación y el rastro de una palabra en los autores

antiguos y modernos... sentía un vivo deseo de bendecir a la naturaleza

por no haberme inculcado en el alma, al nacer, tendencias filológicas.

«Ya están reunidos casi todos los ejemplos, me decía Cuervo; ahora falta

lo menos, la redacción». Redactar cuatro, o diez, o sabe Dios cuántos

volúmenes de diccionarios... ¡lo menos! ¡Y cómo redacta Cuervo, con una

sobriedad, una precisión y elegancia que obligan a cincelar la frase! Si

uno de nosotros, después de tres horas de redacción suelta, incorrecta,

_à la diable_, tira la pluma con disgusto, ¿qué sería, si se levantara

ante nuestros ojos, como en una pesadilla, la columna de papel blanco

que hay que llenar para concluir el Diccionario de Cuervo?... ¿Y sabéis

dónde han sido concebidas, meditadas y escritas esas obras? En una

cervecería. Rufino y Ángel Cuervo son hijos de un distinguido hombre de

Estado, que fue presidente de Colombia. Quedaron sin fortuna. ¿Qué

harían? ¿Politiquear, chicanear en el foro, morirse de hambre declamando

en el jurado?... _Pouah_! Fundaron una cervecería en Bogotá, sin

recursos, sin elementos, y lo peor, sin probabilidades de éxito, porque

había que luchar con la chicha, predilecta del indio. «Yo mismo he

embotellado y tapado», me decía Rufino. «En seis años, no he tenido un

día de reposo, ni aun los domingos», me decía Ángel. En diez años,

lograron la fortuna y la independencia... ¿Para qué? ¿Para gozar, para

vivir en París, en el bulevar, perdiendo la vida, la savia intelectual

en el café y en el _boudoir_? No; ¡simplemente para trabajar con

tranquilidad, sin interrumpirse sino para despachar un cajón de cerveza,

para adquirir el derecho de perder el pelo y la vista sobre viejos

infolios cuyo aspecto da frío!...

Pero la obra de Rufino Cuervo será un timbre de honor para su patria y

para nuestra raza.

Repito que no es mi propósito (ni sería éste el sitio adecuado) para

hacer un resumen de la historia literaria de Colombia. Si he consignado

algunos nombres, si me he detenido en algunas de las personalidades más

notables en la actualidad, es porque, habiendo tenido la suerte de

tratarlas, entran en mi cuadro de recuerdos. De todas maneras basta con

lo que he dicho para hacer comprender la altura intelectual en que se

encuentra Colombia y justificar la reputación que tiene en la América

entera. País de libertad, país de tolerancia, país ilustrado, tiene

felizmente la iniciativa y la fuerza perseverante necesaria para vencer

las dificultades de su topografía y corregir las direcciones viciosas

que su historia le ha impuesto.

En viaje (1881-1882) · 第 57 / 65 题