En hotel del Valle.--De Guaduas a Villeta.--Ruda jornada.--La
mula.--El hotel de Villeta.--Hospitalidad cariñosa.--Parlamento con
un indio.--Consigo un caballo.--Chimbe.--La eterna ascensión.--Un
recuerdo de Schiller.--El frío avanza.--Despedida.--Un recuerdo al
que partió.--Agua Larga.--La calzada.--El "Alto del Roble".--La
sabana de Bogotá.--Manzanos.--Facatativá.--En Bogotá.
No fue poco trabajo por la mañana reunir todos los elementos de viaje,
desde las mulas a los indios portadores. Pero no nos dábamos prisa,
porque habíamos resuelto hacer ese día una jornada corta, para dar
descanso a las señoras y a los niños. No me olvidaré de una niñita de 7
años, de Panamá, que un caballero llevaba a Bogotá para entregarla a sus
padres. Silenciosa, sonriendo siempre, trepadita en una mula caprichosa,
hizo toda la marcha sin manifestar el menor cansancio. En la cabeza sólo
llevaba un sombrerito de paja, de alas estrechas. En los duros momentos
del mediodía, cuando el sol caía a plomo, abrasándome el cráneo
protegido por el _helmuth_, solía acercarme a ella. «¿Qué tal vamos,
amiguita?»--Muy bien, señor.--¿No está cansada, no quiere un
quitasol?--No, señor; gracias.--La mulita tiene buen paso.--¡Y yo veía a
la pobre criatura sacudirse sobre la silla a impulso del endemoniado
trote mular! Pueden las desventuras de la vida caer sobre esa niña, me
decía; encontrará con quien hablar.
Fue a la salida de Consuelo cuando nos dimos cuenta del sitio en que nos
encontrábamos y de su estupenda belleza. Nuestro albergue nocturno
estaba situado en la cúspide de la primer cadena montañosa que hay que
atravesar para llegar a Bogotá. A todos lados, valles profundos cuyo
fondo se entreveía a través de la bruma flotante que se columpiaba a
nuestros pies. A la espalda, la cinta ancha y brillante del Magdalena,
extendiéndose hasta donde la vista alcanzaba; al frente, una serie de
montañas imponentes y sombrías. ¡Cuántas veces, al traspasar esos cerros
monumentales y al aparecer a lo lejos otros más altos aún, miraba mi
mula, cuyas orejas batían monótonas y cadenciosas; preguntándome si esa
tortuga me llevaría a la región de las águilas!
La marcha era lenta, porque no podíamos desprender nuestras miradas de
la vegetación soberana que se levantaba, como una sinfonía poderosa, en
la falda de la montaña. ¿Qué árboles eran aquellos? ¿Qué nombres llevan
en la clasificación de Linneo esas infinitas fibrillas que entrelazan
sus troncos, defendiéndolos del sol y conservándoles una atmósfera de
eterna fescura? ¿Cómo nombrar esas mil flores, ostentando los colores
del iris, que se inclina sobre la senda estrecha y mecen sus racimos
sobre la frente del viajero? No lo sabía, no quería saberlo, no lo sabré
nunca. ¿Se necesita acaso conocer las leyes físicas que determinan la
tempestad para gozar de su aspecto soberbio? Aquello era una mezcla de
la violenta vegetación alpina y de la exuberante florescencia tropical.
Costeábamos la montaña por una estrecha senda practicada en su flanco. A
la izquierda, el abismo, adivinado por la razón, más que visto por los
ojos. Los árboles, que arraigaban sus troncos allá en el perdido fondo,
levantaban sus copas hasta nosotros, las confundían y formaban un amplio
toldo unido e impenetrable. De pronto, una cascada juguetona bajaba de
la montaña e iba a alimentar el hilo de agua imperceptible que serpeaba
en el valle. Esa sección del camino es tal vez la más cómoda; salvo unas
cuantas pendientes sumamente inclinadas y que fatigan en extremo por la
penosa posición que hay que conservar sobre la mula; la mayor parte de
la ruta está bien conservada. Desde las 11 de la mañana, el sol comenzó
a molestarnos vivamente; las bestias se hacen reacias, la vista se
fatiga con la lejana y constante reverberación y una sed implacable
empieza a devorarnos. Nos acercamos a una o dos chozas encontradas en el
tránsito; pero las buenas mujeres que las ocupaban, nos invitaron a
tomar el agua que pedíamos y que nos sería nociva. Fue entonces cuando
acudimos al guarapo, el jugo de la caña, ligeramente fermentado, que
constituye una bebida sana y fortificante.
A la una y media de la tarde estuvimos en la cumbre de una montaña que
trepábamos desde temprano y que nos parecía inacabable. Desde allí
dominamos el precioso valle de Guaduas (cañas), el más pintoresco de
los que he encontrado en mi camino y en cuyo centro brilla por su
blancura la aldea que lleva su nombre. Es esa una de las regiones más
privilegiadas de Colombia para el cultivo del café, cuyo grano rojo,
destacándose de entre el verde follaje de los extensos cafetales que nos
rodeaban, daba animación al paisaje. El café de Guaduas, como el de
otros puntos de Colombia igualmente reputados, es infinitamente superior
a las marcas mejor cotizadas en el comercio. Lo distingue, como al
Yungas, un sabor incomparable, aunque no tiene el perfume sin igual del
Moca. Creo que una mezcla de tres partes de Guaduas y una de Moca haría
una bebida capaz de estremecer al viejo Voltaire en su tumba.
Otra particularidad del valle son las cañas que le han dado el nombre.
Algunas alcanzan a muchos metros de altura, con un diámetro de 20 a 25
centímetros. Los indios las emplean, por su resistencia y poco peso,
para hacer las parihuelas en que transportan a hombros todo aquello que
no puede ser conducido por una mula, como pianos, espejos, maquinarias,
muebles, etc.
Vamos encontrando a cada paso caravanas de indios portadores,
conduciendo el eterno piano. Rara es la casa de Bogotá, que no lo tiene,
aun las más humildes. Las familias hacen sacrificios de todo género para
comprar el instrumento, que les cuesta tres veces más que en toda otra
parte del mundo. ¡Figuraos el recargo de flete que pesa sobre un piano;
transporte de la fábrica a Saint-Nazaire, de allí a Barranquilla, veinte
o treinta días, de allí a Honda, quince o veinte, si el Magdalena lo
permite; luego, ocho o diez hombres para llevarlo a hombros durante dos
o tres semanas! Encorvados, sudorosos, apoyándose en los grandes
bastones que les sirven para sostener el piano en sus momentos de
descanso, esos pobres indios trepan declives de una inclinación casi
imposible para la mula. En esos casos, el peso cae sobre los cuatro de
atrás, que es necesario relevar cada cinco minutos. A veces las fuerzas
se agotan, el piano se viene al suelo y queda en medio del camino. Así
hemos encontrado calderas para motores fijos, muebles pesados, etcétera.
Nadie los toca, y no hay ejemplo que se haya perdido uno solo de esos
depósitos entregados a la buena fe general.
Muchas veces oíamos el grito gutural de un conductor de cerdos que
empujaba su manada hacia adelante. Con todos trababa conversación; rasgo
curioso: van generalmente descalzos, pero llevan en la cintura, a guisa
de puñal, un par de alpargatas nuevecitas. Además, al flanco, la eterna
peinilla, el facón de nuestros gauchos, hoja larga, chata y filosa. El
aspecto de esos hombres, cubiertos de polvo y sudor, medio desnudos,
desgreñados, enronquecidos por la producción continua de un grito
gutural, áspero e intenso, es realmente salvaje. Son humildes y
pacientes.--Buen día, amigo.--Buenos días, su merced.--¿De qué parte
viene?--Del Tolima (o de Antioquía).--¿Cuántos días trae de
viaje?--Treinta (o cuarenta).--¿Por dónde pasó el Magdalena?--Frente a
Ambalema (o a a Nare), etc. Nunca deja de pedir el cuartillo, que, una
vez en su poder, se convierte inmediatamente en chicha o guarapo, sobre
todo en chicha (el azote de Colombia) en la próxima parada.
¡Se encuentra a centenares indias encorvadas bajo el peso y el volumen
de las ollas, cántaros, hornallas, etc., de barro cocido, que llevan a
la espalda; vienen solas, de más lejos aún que los porqueros, y después
de dos o tres meses de marcha, vuelven a su pueblo con un beneficio de
un par de pesos fuertes! Pueblo rudo, trabajador, paciente, con aquel
fatalismo indio, más intenso y callado que el árabe, será un elemento de
rápido progreso para Colombia el día que se implanten en su suelo las
industrias europeas. Pero ante todo, hay que desarraigar en los indios
el hábito de la chicha, funesta fermentación del maíz, cuyo uso
constante acaba por atrofiar el cerebro. En Bogotá he notado con asombro
la viveza chispeante de los cachifos de la calle (pilluelos), cuyas
respuestas en nada desmerecerían de la ocurrencia de un _gamin_ del
bulevar. Entretanto, los niños adultos tienen la fisonomía muerta y el
espíritu embotado. Los estragos de la chicha son terribles, sobre todo
en las mujeres, aglomeradas siempre en las puertas de los inmundos
almacenes donde se expende la bebida fatal. Abotagadas, sucias,
vacilantes en la marcha, hasta las más jóvenes presentan el aspecto de
una decrepitud prematura. El ajenjo, veneno lento, da por lo menos
cierta excitación artificial; la chicha enbrutece como el opio...
Henos por fin en el bonito Hotel del Valle, situado a la entrada del
pueblo de Guaduas y único albergue decente en todo el camino de Honda a
Bogotá. Hay, sin embargo, mucha gente y es necesario contentarse con
poco. Allí pasamos todo ese día, porque resueltamente había decidido no
separarme de mis compañeros de viaje. Ya somos buenos amigos con Mimí y
Dizzy, y Little Georgy empieza a tenderme los bracitos.
La tercera jornada que emprendemos como siempre, a las ocho de la
mañana, habiéndonos dado cita para las seis, será, también muy corta,
pues pensamos detenernos en Villeta, adonde llegaremos a las tres de la
tarde. Fue, sin embargo, sumamente dura, porque la temperatura, que en
Guaduas era deliciosa, se elevaba constantemente a medida que
descendíamos al fondo de embudo en que está situada Villeta. Ese
descenso interminable, por un camino que la calzada de piedra destruida
hace imposible, el sol, que caía a plomo, la mula, cansada, afirmando el
pie lentamente en las puntas de los guijarros sueltos, todo empezaba a
darnos fiebre. Además, veíamos a Villeta allí en el fondo, casi al
alcance de la mano, tal era el efecto de perspectiva, y marchábamos tras
la aldea que parecía alejarse a medida que avanzábamos.
Como la senda es estrecha, no hay ni aun el recurso de la conversación,
pues es necesario marchar uno a uno. Tan pronto atrás, tan pronto
adelante, en todas partes mal. En el momento en que escribo estas
líneas, aunque bien lejos de mi tierra, no veo ya mulas en el porvenir
de mi vida. Sólo el cielo sabe las peregrinaciones que aún me esperan,
pero no será jamás por un acto espontáneo de mi voluntad el volver a
treparme en una mula. Cada vez que en mis largos viajes de ferrocarril,
cuando después de veinte o treinta horas de inmovilidad, no se tiene ya
postura, entra en mi espíritu aquel mal humor que todos conocen, no
tengo más que acordarme de la mula... para sentirme fresco, alegre y
dispuesto. La que yo llevaba en ese momento era detestable, reacia,
lerda, con una cojera endemoniada. Además, con una costumbre de las más
amenas. Como la senda es estrecha, según he dicho, cada vez que viene en
dirección contraria una arria de mulas cargadas, hay que tomar
precauciones infinitas, a fin de no destrozarse las rodillas contra los
costales o no ir a dar al abismo. Pues mi mula tenía la manía de
acercarse, de estrecharse contra todos los congéneres que encontraba en
su paso. No le escaseaba reprimendas; pero la víctima era yo, que tenía
las piernas y los brazos dislocados. Las mulas de carga, rendidas por
una ascensión penosa, se echan al suelo inmediatamente que los arrieros,
que las guían a pie y a gritos, dan la voz de alto. Así, cuando mi amigo
el poeta chileno Soffia, que representa a su país en Colombia, llegó a
Honda, visto su volumen considerable y para mayor seguridad, se le dio
una robusta mula de carga, que, sin el menor discernimiento entre un
cajón de loza y un diplomático, se echaba al suelo en el acto que el
jinete la detenía, lo que no contribuía, para éste, a aumentar los
encantos del viaje.
Las autoridades locales de Villeta, con algunos amables vecinos que se
habían unido, salieron a recibirnos y a conducirnos al hotel. ¡Al hotel!
Un bogotano se pone pálido al oír mencionar el hotel de Villeta: ¡qué
haríamos nosotros cuando contemplamos la realidad! Felizmente para mí,
se me avisó que un amigo me había hecho preparar alojamiento en una casa
particular. Fui allí y recibí la más cariñosa acogida de parte de la
señora Mauri, que, junto con las aguas termales y un inmenso árbol de la
plaza, constituye lo único bueno que hay en Villeta, según aseguran las
malas lenguas de Bogotá. ¡Qué delicioso me pareció aquel cuartito,
limpio como un campo, sereno, silencioso! ¡Había una cama! ¡Una cama,
con almohada, sábanas y cobijas! Hacía un mes que no conocía ese lujo
asiático. La dulce anciana, cariñosa, rodeándome de todas las
imaginables atenciones, me traía a la memoria el hogar lejano y otra
cabeza blanqueda como la suya, haciendo el bien sobre la tierra.
Cuando a la mañana siguiente llegué al hotel, fresco, bañado, rozagante,
mi colega inglés me miró con unos ojos feroces. ¡Habían pasado una noche
infernal, compartiendo las camas (?) con una cantidad tal de bichos
desconocidos, que las dos o tres cajas de polvo insecticida que habían
esparcido por precaución, sólo habían servido para abrirles el apetito!
Partí adelante, sólo, para hacer preparar el almuerzo en Chimbe. A la
hora de camino, la mula se me cansó definitivamente; ni la espuela ni el
látigo eran suficientes. Me encontraba, en un terreno desconocido, al
pie de una cuesta de una inclinación absurda. ¿Qué hacer? Busqué la
sombra de un árbol, me tendí, encendí filosóficamente un cigarro y
esperé, mientras los grillos cantaban a mi alrededor y el sol se
levantaba ardiente como una ascua en un cielo de una pureza profunda. Un
cuarto de hora después, algunas piedras pequeñas que rodaban, me
indicaron que alguien bajaba la cuesta. No tardó en aparecer un indio
montado en un caballito alazán, flaco, pero de piernas delgadas y
nerviosas. Me paré en medio del camino y a veinte pasos mi hombre se
detuvo intrigado, sin duda por mi traje exótico en aquellos parajes.
Aún no llevaba el traje colombiano de viaje, que más tarde adopté por
comodidad. Un casco de los que los oficiales ingleses usan en la India,
un poncho largo de guanaco (el cariñoso compañero que me acompañó de
Mendoza a Chile y que hoy ha descendido a las humildes funciones de
_couvrepieds_ en los ferrocarriles), y unas botas granaderas constituían
mi toilette del momento. El indio abrió tamaños ojos cuando oyó salir
del fondo de aquella aparición una voz que hablaba español con claridad
bastante, para hacerle comprender que mi modesto deseo era cambiar mi
mula cansada por su caballo fresco. No sé si habría llegado hasta el
crimen, si aquel hombre se resiste; pero, por lo menos, estaba dispuesto
a todos los sacrificios. El indio meditó largamente, echó pie a tierra,
hizo un trueque de monturas y me encargó que entregase el caballo a
Fulano, en Agua Larga. Mi criado, que venía atrás, al pie de la mula que
llevaba a una de las niñitas, se encargaría de mi exhausta montura.
«Ahora, amigo, arreglemos el alquiler». Daba vueltas al sombrero de
paja, sacaba y volvía a meter en la cintura el inevitable par de
alpargatas nuevas, me hablaba largamente de las condiciones de su
alazán, que tenía galope, cosa rara en los caballos de montaña, etc. Por
fin reventó: ¡quería tres pesos fuertes! ¡Oh indio ingenuo, descendiente
del que daba al español un puñado de oro por una cuenta de vidrio! Fui
magnánimo y le di cinco, lo que me valió algunos consejos sobre la
manera de acelerar la marcha del alazán.
Por fin llegué a Chimbe, después de transponer montañas y montañas.
Cuando, vencida una cumbre, se me presentaba otra más elevada aún, solía
detenerme y preguntarme si no era juguete de alguna travesura colosal.
¿A dónde voy? ¿Cómo es posible que allá, tras esos cerros gigantes, en
esas cimas que se pierden en las nubes, habite un pueblo, exista una
ciudad, una sociedad civilizada? Sólo me rendía ante el piano eterno que
pasaba a mi lado sobre el hombro dolorido de diez indios jadeantes.
Arriba, pues. No sé si a alguno de los hijos de Buenos Aires, nacidos y
educados con el espectáculo de la pampa siempre abierta, le habrá
ocurrido en su primer viaje en países montañosos el mismo fenómeno que a
mí, esto es, serme necesario un esfuerzo para persuadirme de que en los
estrechos valles, en las cuestas inclinadas, vive un pueblo, de hábitos
sedentarios y con un organismo social análogo al nuestro. Recuerdo que
viajando en Suiza por primera vez (venía de las llanuras lombardas), me
preguntaba cómo los hombres podían apegarse a las rocas frías y
estériles, tan rebeldes a la labor humana, en vez de ir a sentar sus
reales en las tierras fecundas y generosas, donde la azada se pierde sin
esfuerzo. Esa misma noche, Schiller me contestaba en este diálogo
admirablemente entre Tell y su hijo:
_Walther_, mostrando el Bannberg.--Padre, ¿es cierto que sobre esa
montaña, los árboles sangran cuando se les hiere con el hacha?
_Tell_--¿Quién te ha dicho eso, niño?
_Walther_--El pastor cuenta que hay una magia en esos árboles, y que,
cuando un hombre los ha maltratado, su mano sale de la fosa después de
su muerte.
_Tell_--Hay una magia en esos árboles, es cierto. ¿Ves allá, a lo lejos,
esas altas montañas cuya punta blanca se levanta hasta el cielo?
_Walther_--Son los nevados que durante la noche resuenan como el trueno
y de donde caen las avalanchas.
_Tell_--Sí, hijo mío; hace mucho tiempo que las avalanchas habrían
enterrado la aldea de Altdorf, si la selva que está ahí, arriba de
nosotros, no le sirviera de baluarte.
_Walther_, después de un momento de reflexión:--Padre, ¿hay comarcas
donde no se ven montañas?
_Tell_--Cuando se desciende de nuestras montañas y se va siempre hacia
abajo siguiendo el curso del río, se llega a una vasta comarca abierta,
donde los torrentes no espuman, donde los ríos corren lentos y
tranquilos. Allí, de todos lados, el trigo crece libremente en bellas
llanuras y el país es como un jardín.
_Walther_--Y bien, padre mío, ¿por qué no descendemos a prisa hacia ese
bello país, en vez de vivir aquí en el tormento y en la ansiedad?
_Tell_--¡Ese país es bueno y bello como el cielo, pero los que lo
cultivan no gozan de la cosecha que han sembrado![11].
Y Tell explica a su hijo lo que es la libertad. No falta, por cierto, en
Colombia.
¡Cómo comprendo hoy el afecto tenaz y duro de los montañeses por su
patria! Hay allí, indudablemente, una comunidad más íntima y constante
entre el hombre y la naturaleza, que en nuestras pampas dilatadas,
solemnes y monótonas, llenas de vigor al alba, deslumbrantes al
mediodía, tristes al caer la tarde, jamás íntimas y comunicativas. La
montaña suele sonreír y consolar; la pampa llora con nosotros, pero
llora como por un dolor gigante y solemne, arriba de nuestras pequeñeces
humanas. ¡La montaña es forma, es color; da el placer de la pintura, de
la estatuaria o de la arquitectura, concreto siempre; la pampa empapa el
alma en la sensación vaga y profunda de la música, infinita, pero
informe!... También se ama la llanura, también en ella, oh, poeta, echa
su raíz vivaz y vigorosa el árbol de la libertad!...
Chimbe es un punto del camino donde se levantan dos o tres casas, en una
de las cuales hay algo a manera de hostería, en la que, después de un
largo parlamento con la dueña, se obtiene un almuerzo compuesto de un
caldo con papas, las papas duras y el caldo flaco, seguido por un trozo
de carne salada, el trozo chico y la carne paquidérmica. Es otra de las
regiones privilegiadas para el café. La temperatura, determinada no ya
por la latitud, sino por la elevación, empieza a variar; la
transpiración se detiene, ráfagas frescas comienzan a acariciar el
rostro, y la presión atmosférica, haciéndose más leve, dificulta un
tanto la respiración para el pulmón habituado al aire compacto de la
tierra caliente.
Allí me despedí de la familia de mi colega, el ministro inglés, que
pensaba pasar la noche algo más adelante, en Agua Larga, mientras yo,
gracias a mi alazán, tenía la esperanza de arribar a la sabana, avanzar
hasta Facatativá y tomar allí el carruaje, que, según mis cálculos, me
estaría esperando desde la víspera.
Nunca hubiera sospechado que aquel hombre robusto a quien estrechaba la
mano con cariño y que me contestaba lleno de gratitud, sucumbiría tres
meses después, casi en mis brazos, derribado por un soplo helado que fue
a paralizar la vida en sus pulmones. ¡No me olvidaré jamás la profunda y
callada desesperación de aquella mujer joven, bella y elegante, que se
había sacrificado buscando un avance en la carrera de su marido, sola,
rodeada de sus hijitos, en el punto más lejano casi del mundo,
emprendiendo la triste ruta del regreso, mientras el cuerpo del
compañero dormía el sueño de la muerte, allá en la remota altura!
Teníamos el alma sombría delante de aquel cadáver, pensando cada uno en
la patria, en el hogar tan lejos y en las vicisitudes de esta carrera
vagabunda... ¡Reposa el amigo en el seno de un pueblo hospitalario que
mezcló sus lágrimas a las de los suyos, y según la bella frase de
Soffia, el mismo cielo que habría cubierto sus restos en suelo inglés,
los cubre en tierra colombiana!
Emprendí la marcha, llevando conmigo un muchacho montado, pues en Chimbe
despedí al mozo de a pie, cuya utilidad durante el viaje había sido
bastante problemática. Los equipajes iban delante, y según mi cálculo,
debían ya encontrarse en Bogotá. Sólo llevaba una valija con mis papeles
y valores.
El camino ascendente hasta Agua Larga es encantador; mi alazán marchaba
noblemente, trepando con la seguridad de la mula, pero sin su andar
infernal. Serían las cuatro de la tarde cuando llegué a Agua Larga,
punto de donde parte una excelente calzada hasta la sabana, transitable
aún para carruajes. Como no encontrase allí ni noticias del mío, ordené
a mi infantil escudero siguiese adelante, para esperarme en Manzanos,
primer punto de la sabana, mientras yo conversaba un rato con algunos
distinguidos caballeros de la localidad que habían venido a saludarme.
Cuando seguí viaje, sentía un frío intenso. Agua Larga tiene reputación
de ser el sitio más glacial de la montaña. La altura contribuye mucho,
pero sobre todo, su exposición a los vientos que entran silbando por dos
o tres aberturas de los cerros circunvecinos. ¡Con qué placer lancé mi
caballo al galope por la extensa calzada! Es una fruición sin igual para
el que viene deshecho por el paso de la mula. Pero, una hora después, ni
sombra de mi muchacho, al que hacía mucho tiempo debía haber alcanzado.
¿Se lo había tragado la tierra? No me convenía, porque llevaba todo lo
que me interesaba. Desandé mi camino, pregunté en todas partes; nadie lo
había visto; realmente inquieto, me detuve a meditar sobre el partido
que debía tomar, cuando un indio que pasaba me sugirió la probabilidad
de que el cachifo hubiese tomado el camino de abajo, que acortaba mucho
la distancia. Tranquilo continué. Subía, subía constantemente, y de
nuevo me preguntaba cuándo concluiría aquella ascensión interminable
donde se encontraba la tierra prometida. La naturaleza había variado, y
ahora se extendían a mi vista extensos y frondosos bosques de variados
pinos. Al frente, altos picos inaccesibles. ¿Habría también que
transponerlos? De pronto, un grito de asombro se me escapó del pecho. Al
doblar un recodo, una anchura llana, plana, bañada por el sol, se dilató
ante mis ojos. Estaba en el Alto del Roble, la soberbia puerta que da
ingreso a la sabana de Bogotá. Miraba a mi espalda y veía escalonarse a
lo lejos la serie de montañas que había transpuesto para llegar a
aquella altura: ¡estaba a 2700 metros sobre el nivel del mar!
¿Qué capricho de la naturaleza tendió esa pampa en las cumbres? ¡Cómo ve
el ojo más ignorante que aquello debió ser en los tiempos primitivos el
lecho de un inmenso lago superior! La impresión es profunda por el
contraste; en vano viene el espíritu preparado, el hecho ultrapasa toda
expectativa.
La sabana presenta a la entrada el aspecto de una inmensa circunferencia
limitada por una cadena circular de cerros de poca elevación. Es una
planicie sin atractivos pintorescos, y al entrar en ella, es necesario
despedirse de las vistas encantadoras que he dejado atrás.
En Manzanos, al acercarme al hotel para averiguar algo de mi carruaje,
vi... ¡mis pobres equipajes, abandonados bajo un corredor! Me fueron
necesarios algo más que ruegos para determinar a los arrieros a
conducirlos hasta la próxima aldea de Facatativá, a la que llegué tarde
ya, encontrando en la puerta del hotel al secretario, que, a pesar de
sus dos días de avance, no había conseguido aún el carruaje para llegar
a Bogotá. Pasamos allí la noche en un detestable hotel, frío como una
tumba, y al día siguiente, después de cinco horas de marcha por la
sabana, entramos por fin en la capital de los Estados Unidos de
Colombia.
Era el 13 de enero de 1882, y hacía justo un mes que nos habíamos puesto
en viaje de Caracas.
¡De Viena a París se va en 28 horas! Verdad que, cuando yo tenía diez
años, empleaba con mi familia un día en hacer las dos leguas de pantanos
que separaban a Flores de Buenos Aires. También... empieza a hacer rato
que yo tenía diez años!