Tarde parece para hablar del libro del Sr. Miguel Cané, resultado de su
excursión a Colombia y Venezuela en el carácter de Ministro Residente de
la República Argentina. Hoy el autor se encuentra en Viena, de Enviado
Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de nuestro país cerca del
gobierno austro-húngaro. Habrá quizás extrañado que la _Nueva Revista de
Buenos Aires_ haya guardado silencio sobre su último libro, tanto más
cuanto que--¡rara casualidad!--a pesar de ser el señor Cané conocidísimo
entre nosotros, jamás lo ha sido, puede decirse, sino de vista por el
que esto escribe. Y eso que siempre ha tenido los mayores deseos de
tratarle personalmente, por las simpatías ardientes que su carácter, sus
prendas y--sobre todo--sus escritos me merecían. De ahí, pues, que
estuviera obligado a hablar de este libro. Digo esto para demostrar que
la demora en hacerlo ha sido del todo ajena a mis deseos. El señor Cané,
periodista de raza, sabe, por experiencia, cuán absorbente es el
periodismo, máxime cuando es preciso hacerlo todo personalmente, como
sucede en empresas, del género de la _Nueva Revista_.
Había leído el espiritual artículo que sobre este mismo libro publicó en
_El Diario_, tiempo ha, M. Groussac--otro escritor a quien todavía no me
ha sido dado tratar. El sabor francés disfrazado de chispa castellana,
me encantó en ese artículo, en el cual se decían al señor Cané verdades
de a puño, terminando a la postre con un merecido elogio.
Posteriormente, y en el mismo diario, publicose una carta del criticado
autor, en la que se defendía con gracia infinita, y con finísimo
desparpajo reproducía el bíblico precepto del «ojo por ojo, diente por
diente».
Oída la acusación y la defensa, puede, pues, abrirse juicio sobre el
valor del libro. Crítico y criticado parecen estar de acuerdo acerca de
algunos defectillos, disienten en otros, y parecen no haber querido
recordar el verso clásico:
_Ni cet excés d'honneur, ni cette indignité_
Cané es un estilista consumado. Dice en su carta que don Pedro Goyena se
intrigaba buscando su filiación literaria, y M. Groussac formalmente
declara haberla encontrado en Taine. Error completo en mi concepto. Si
de alguien parece derivar directamente Cané, es de Merimée, y el autor
de _Colomba_ comparte su influencia en esto con lo que ha dado en
llamarse el _beylismo_. No diré que tuviera la altiva escrupulosidad de
Merimée en limar hasta diez y siete veces un mismo trabajo, para no
chocar con su concepto artístico, sin importársele mucho de la
popularidad; pero sí que está impregnado de la desdeñosa filosofía del
autor del _Rouge et Noir_. Pero el autor de los _Ensayos_, como de _En
Viaje_, es más bien de la raza de Th. Gautier, de P. de Saint-Victor,
y--¿por qué no decirlo?--del escritor italiano a quien tanto festéjase
ahora en Buenos Aires: De Amicis. Es ante todo y sobre todo, estilista.
No diré que para él la naturaleza, las cosas y los acontecimientos son
simplemente temas para desplegar una difícil _virtuosité_ (para echar
mano del idioma que tanto prefiere el autor de _En Viaje_). ¡No!, se ha
dicho de De Amicis que es el ingenio más equilibrado de la moderna
literatura italiana: su pensamiento es variado y de un colorido potente;
pero atraído por su índole generosa y cortés, prefiere las descripciones
que se amoldan mayormente con su carácter: se conmueve y admira. Creo
que hay mucho de eso en Cané, pero por cierto no es el sentimentalismo
lo que campea en su libro, sino que hay mucha--¿demasiada?--grima en
juzgar lo que ve y hasta lo que hace. Cané lo confiesa en su carta.
Pero, en cambio, ¡qué facilidad!, ¡cómo brotan de su pluma las
descripciones brillantes, los cuadros elegantes! El lector nota que se
encuentra en presencia de un artista del estilo, y arrullado por el
encanto que le produce la magia de la frase, se deja llevar por donde
quiere el autor, y prefiere ver por sus ojos y oír por sus oídos.
He oído decir que el carácter del señor Cané es tan jovial como
bondadoso y franco: en su libro ha querido, sin duda, hacer gala de
escepticismo, y deja entrever con mucha--¿demasiada?--frecuencia, la
nota siempre igual del eterno fastidio. Y, sin embargo, ¡qué amargo
contrasentido encierra ese original deseo de aparecer fastidiado!
Fastidiado el señor Cané, cuando, en la flor de la edad ha recorrido las
más altas posiciones de su país, no encontrando por doquier sino
sonrisas, no pisando sino sobre flores, ¡niño mimado de la diosa
Fortuna! ¿No será quizá ese aparente fastidio un verdadero lujo de
felicidad?...
* * * * *
Estamos en presencia de un libro de viajes escrito por una persona que,
a pesar de haber viajado mucho, no es verdaderamente un viajero. El
autor no siente la pasión de los viajes: soporta a su pesar las
incomodidades materiales, se traslada de un punto a otro, pero maldice
los fastidios del viaje de mar, el cambio de trenes, los pésimos
hoteles, etc., etc. Habla de sus viajes con una frialdad que hiela:
adopta cierto estilo semiescéptico, semiburlón, para reírse de los que
pretenden tener esa pasión tan horripilante.
«¡Cuántas veces--dice--en un salón, brillante de luz, o en una mesa
elegante y delicada, he oído decir a un hombre, culto, fino, bien
puesto: tengo pasión por los viajes, y tomar su rostro la expresión vaga
de un espíritu que flota en la perspectiva de horizontes lejanos; me ha
venido a la memoria el camarote, el compañero, el órdago, la pipa, las
miserias todas de la vida de mar, y he deseado ver al poético viajero
entregado a los encantos que sueña!».
¡Ah!, el placer de los viajes por los mismos, sin preocupación alguna,
buscando contentar la curiosidad intelectual siempre aguzada, jamás
satisfecha No hay nada en el mundo que pueda compararse a la
satisfacción de la necesidad de ver y conocer: la impresión es de una
nitidez, de una sinceridad, de una fuerza tal, que la descripción que la
encarna involuntariamente transmite al lector aquella sensación, y al
leer esas páginas parece verdaderamente que se recorren las comarcas en
ellas descriptas.
Esa vivacidad de la emoción, ese placer extraordinario que se
experimenta, lo comprende sólo el viajero verdadero, el que siente
nostalgia de los viajes cuando se encuentra en su rincón, el que vive
con la vida retrospectiva e intensa de los años en que recorriera el
mundo. Y para un espíritu culto, para una inteligencia despierta y con
una curiosidad inquieta, ¡qué maldición es ese don de la pasión de los
viajes! El horizonte le parece estrecho cuando tiene que renunciar a
satisfacer aquella amiga tiránica; la atmósfera de la existencia
rutinaria, tranquila, de esos mil encantos de la vida burguesa, lo
sofoca: sueña despierto con países exóticos, con líneas, con colores
locales, con costumbres que desaparecen, con ciudades que se
transforman, ¡con el placer de recorrer el mundo observando, analizando
y comparando! Y el maldito cosmopolitismo contemporáneo, con su furia
igualadora, por doquier invade con su sempiterno _cant_, su horrible
vestimenta, la superficialidad de costumbres incoloras--haciendo
desaparecer, merced al adelanto de las vías de comunicación, el encanto
de lo natural, de lo local, el hombre con su historia y sus costumbres,
según la latitud en que se encuentra.
El placer de los viajes es un don divino: requiere en sus adeptos un
conjunto de condiciones que no se encuentran en cada boca-calle, y de
ahí que el criterio común o la platitud burguesa no alcanzan a
comprender que pueda haber en los viajes y en las emigraciones goce
alguno; sólo ven en la traslación de un punto a otro la interrupción de
la vida diaria y rutinera, las incomodidades materiales; tienen que
encontrarse con cosas desconocidas y eso los irrita, los incomoda,
porque tienen el intelecto perezoso y acostumbrado ya a su trabajo
mecánico y conocido.
Pero los pocos que saben apreciar y comprender lo que significan los
viajes, viven de una doble vida, pues les basta cerrar un instante los
ojos, evocar un paisaje contemplado, y éste revive con una intensidad de
vida, con un vigor de colorido, con una precisión de los detalles que
parece transportarnos al momento mismo en que lo contemplamos por vez
primera y borrar así la noción del tiempo transcurrido desde entonces.
La vida es tan fugaz, que no es posible repetir las impresiones; más
bien dicho, que no conviene repetirlas. En la existencia del viajero, el
recuerdo de una localidad determinada, reviste el colorido que le
trasmite la edad y el criterio del observador: si, con el correr del
tiempo, regresa y quiere hacer revivir _in natura_ la impresión de
antaño, sólo cosechará desilusiones, porque pasan los años, se modifica
el criterio y las cosas cambian. Mejor es no volver a ver: conservar la
ilusión del recuerdo, que fue una realidad. Así se vive doblemente.
El señor Cané parece tener pocas simpatías por esa vida, quizá porque la
encuentra contemplativa, y considera que restringe la acción y la lucha.
¡Error! ¡El viajero, cuyo temperamento lo lleve a la lucha, se servirá
de sus viajes para combatir en su puesto, y lo hará quizá con mejor
criterio, con armas de mejor precisión que el que jamás abandonó su
tertulia sempiterna!
Es lástima que el autor de _En Viaje_ no tenga el «fuego sagrado» del
viajero, porque habría podido llegar al máximum de intensidad en la
observación y en la descripción de sus viajes.
No puedo resistir al placer de transcribir algunos párrafos, verdadera
excepción en el tono general del libro, y en los que describe a
_Fort-de-France_, en la Martinica:
«Las fantasías más atrevidas de Goya, las audacias coloristas de Fortuny
o de Díaz, no podrían dar idea de aquel curiosísimo cuadro. El joven
pintor venezolano que iba conmigo, se cubría con frecuencia los ojos y
me sostenía que no podría recuperar por mucho tiempo la percepción _dei
rapporti_, esto es, de las medias tintas y las gradaciones insensibles
de la luz, por el deslumbramiento de aquella brutal crudeza. Había en la
plaza unas 500 negras, casi todas jóvenes, vestidas con trajes de percal
de los colores más chillones, rojos, rosados, blancos. Todas escotadas y
con los robustos brazos al aire; los talles fijados debajo del áxila y
oprimiendo el saliente pecho, recordaban el aspecto de las
_merveilleuses_ del Directorio. La cabeza cubierta con un pañuelo de
seda, cuyas dos puntas, traídas sobre la frente, formaban como dos
pequeños cuernos. Esos pañuelos eran precisamente los que herían los
ojos; todos eran de diversos colores, pero predominando siempre aquel
rojo lacre, ardiente, más intenso aún que ese llamado en Europa _lava
del Vesubio_; luego, un amarillo rugiente, un violeta tornasolado, ¡qué
se yo! En las orejas, unas gruesas arracadas de oro, en forma de tubos
de órgano, que caen hasta la mitad de la mejilla. Los vestidos de larga
cola y cortos por delante, dejando ver los pies... siempre desnudos.
Puedo asegurar que, a pesar de la distancia que separa ese tipo de
nuestro ideal estético, no podía menos de detenerme por momentos a
contemplar la elegancia nativa, el andar gracioso y salvaje de las
negras martiniqueñas.
»Pero cuando esas condiciones sobresalen realmente, es cuando se las ve,
despojadas de sus lujos y cubiertas con el corto y sucio traje del
trabajo, balancearse sobre la tabla que une al buque con la tierra, bajo
el peso de la enorme canasta de carbón que traen en la cabeza... Al pie
del buque y sobre la ribera, hormigueaba una muchedumbre confusa y
negra, iluminada por las ondas del fanal eléctrico. Eran mujeres que
traían carbón a bordo, trepando sobre una plancha inclinada las que
venían cargadas, mientras las que habían depositado su carga descendían
por otra tabla contigua, haciendo el efecto de esas interminables filas
de hormigas que se cruzan en silencio. Pero aquí todas cantaban el mismo
canto plañidero, áspero, de melodía entrecortada. En tierra, sentado
sobre un trozo de carbón, un negro viejo, sobre cuyo rostro en éxtasis
caía un rayo de luz, movía la cabeza con un deleite indecible, mientras
batía con ambas manos, y de una manera vertiginosa, el parche de un
tambor que oprimía entre las piernas, colocadas horizontalmente. Era un
redoble permanente, monótono, idéntico, a cuyo compás se trabajaba.
Aquel hombre, retorciéndose de placer, insensible al cansancio, me
pareció loco»...
Y termina el señor Cané su descripción de _Fort-de-France_ con estas
líneas en que trasmite la impresión que le causó un _bamboula_:
«...Me será difícil olvidar el cuadro característico de aquel montón
informe de negros cubiertos de carbón, harapientos, sudorosos, bailando
con un entusiasmo febril bajo los rayos de la luz eléctrica. El tambor
ha cambiado ligeramente el ritmo, y bajo él, los presentes que no bailan
entonan una melopea lasciva. Las mujeres se colocan frente a los hombres
y cada pareja empieza a hacer contorsiones lúbricas, movimientos
ondeantes, en los que la cabeza queda inmóvil, mientras las caderas,
casi dislocadas, culebrean sin cesar. La música y la propia imaginación
las embriaga; el negro del tambor se agita como bajo un paroxismo más
intenso aún, y las mujeres, enloquecidas, pierden todo pudor. Cada
oscilación es una invitación a la sensualidad, que aparece allí bajo la
forma más brutal que he visto en mi vida; se acercan al compañero, se
estrechan, se refriegan contra él, y el negro, como los animales
enardecidos, levanta la cabeza al aire y echándola en la espalda,
muestra su doble fila de dientes blancos y agudos. No hay cansancio;
parece increíble que esas mujeres lleven diez horas de un rudo trabajo.
La _bamboula_ las ha transfigurado. Gritan, gruñen, se estremecen, y por
momentos se cree que esas fieras van a tomarse a mordiscos. Es la
bacanal más bestial que es posible idear, porque falta aquel elemento
que purificaba hasta las más inmundas orgías de las fiestas griegas: la
belleza...
* * * * *
El libro del señor Cané, es, en apariencia, una sencilla relación de
viaje. Dedica sucesivamente seis capítulos a la travesía de Buenos Aires
a Burdeos, a su estadía en París y en Londres, y a la navegación desde
Saint-Nazaire a La Guayra. Entonces, en un capítulo--cuya demasiada
brevedad se deplora--habla de Venezuela, pero más de su pasado que de su
presente.
En seguida, en seis nutridos y chispeantes capítulos, describe su
pintoresco viaje de Caracas a Bogotá; su paso por el mar Caribe; el
viaje en el río Magdalena, y las últimas jornadas hasta llegar a la
capital de Colombia. A esta simpática república presta preferentísima
atención el autor: no sólo se ocupa de su historia, describe a su
capital, sino que pinta a la sociedad bogotana, sin olvidar--como lo ha
dicho M. Groussac--el obligado párrafo sobre el Tequendama. Detiénese el
autor en estudiar la vida intelectual colombiana en el capítulo, en mi
concepto, más interesante de su libro, y sobre el cual volveré más
adelante. El regreso le da tema para varios capítulos en que se ocupa de
Colón, el canal de Panamá, y sobre todo de Nueva York. Y aquí vuelve de
nuevo la clásica descripción del Niágara.
Tal es en esqueleto el libro de Cané. Prescindo de los primeros
capítulos, a pesar de que insistiré sobre el de París, porque si bien su
lectura es fácil, las aventuras a bordo del _Ville de Brest_ no ofrecen
extraordinario interés. Poco tema da el autor sobre Venezuela: más bien
dicho, deja al lector con su curiosidad integra, sobreexcitada, pero no
satisfecha. Sus pinceladas son vagas; parece como si quisiera concluir
pronto, como si tuviera entre manos brasas ardientes. ¿Por qué?
En cambio, sus pinturas de Bogotá, de la sociedad y de los literatos
colombianos, es realmente seductora: nos hace penetrar en un recinto
hasta ahora casi desconocido por la generalidad, especie de _gyneceo_
original causado por el relativo aislamiento de la vida de Colombia. No
me cansaré de ponderar esta parte del libro de Cané. Pocas lecturas más
fructíferas, pocas más agradables; ejerce sobre el lector algo como una
fascinación. Hay ahí una mezcla sapientísima del _utile cum dulci_.
Por lo demás, el libro entero está salpicado de juicios atrevidos, de
observaciones profundas. La superficialidad aparente es rebuscada: el
autor, sin quererlo, se olvida con frecuencia de que se ha prometido
ser tan sólo un jovial a la vez que quejumbroso compañero de viaje. Al
correr de la pluma, ha emitido juicios de una precisión y exactitud
admirables. Otras veces ha lanzado ideas que van contra la corriente
general. El lector no se detiene mucho en los capítulos sobre París y
Londres, cuando en la rápida lectura encuentra tal o cual opinión sobre
Francia o Inglaterra. Pero poco a poco comprende que hay allí intención
preconcebida, y cuando llega a los capítulos sobre Colombia, se
encuentra insensiblemente engolfado en un análisis sutil de aquella
constitución, que, según el dicho de Castelar, «ha realizado todos los
milagros del individualismo moderno». Entonces se refriega los ojos,
vuelve a leer, y con asombro halla que el autor critica--y critica con
fuerza--el régimen federal de gobierno. Y no es la única página en que
el libro ejerce una influencia sugestiva, forzando a meditar. Hay
párrafos, al tratar del canal de Panamá y de los Estados Unidos, que
hacen abrir tamaños ojos de asombro.
Pero sobre algunas cuestiones tuvo ya el autor un cambio de cartas con
el señor Pedro S. Lamas, como puede verse en la _Revue Sud-Americaine_.
No volveré, pues, sobre ello, siquiera por el vulgarísimo precepto de
_non bis in ídem_.
Imposible me sería analizar con detención todas y cada una de las partes
de este libro. Y ya que he dicho con franqueza cuál es la opinión que
sobre él he formado, séame permitido ocuparme de algunos de los
variadísimos tópicos que han merecido la atención del autor.
* * * * *
Corto es el capítulo que dedica a su estadía en París el señor Cané. Y
es lástima. En esas breves páginas, hay dos o tres cuadros
verdaderamente de mano maestra. Pero el autor ha sido demasiado parco:
su pluma apenas se detiene: la Cámara, el Senado, la Academia: he ahí lo
único que ha merecido su particular atención.
Los párrafos dedicados a las Cámaras son bellísimos: los retratos de
Gambetta, de Julio Simon y de Pelletán, perfectamente hechos.
Es, en efecto, en sumo grado interesante, asistir a los debates de las
Cámaras francesas. Cuando aún estudiaba el que esto escribe en París
(1879-1880), acostumbraba asistir con la regularidad que le era
posible, a las discusiones parlamentarias.
Entonces era necesario ir expresamente por ferrocarril hasta Versailles,
donde aún funcionaba el Poder Legislativo.
Gracias a la nunca desmentida amabilidad del señor Balcarce, nuestro
digno Ministro en París, conseguía con frecuencia entradas para la
tribuna diplomática, donde, entonces como hoy, era necesario--son
palabras del doctor Cané--«llegar temprano para obtener un buen sitio».
La sala de sesiones de la Cámara de Diputados era realmente espléndida.
Hace parte del gran palacio de Luis XIV y es cuadrilonga. El presidente
estaba enfrente de la tribuna diplomática, en un pupitre elevado,
teniendo a la misma altura, pero a su espalda, de un lado a varios
escribientes, de otro a varios ordenanzas. Una escalera conducía a su
asiento. Más abajo, la celebrada tribuna parlamentaria, a la que se sube
por dos escaleras laterales. Detrás de ésta, y a ambos lados, una serie
de secretarios escribiendo o consultando libros o papeles, sea para
recordar al presidente qué es lo que se hizo en tal circunstancia, o los
antecedentes del asunto, o cualquier dato necesario.
Al pie de la tribuna parlamentaria estaba el cuerpo de taquígrafos.
Entre ellos y el resto de la sala existía un espacio por donde circulaba
un mundo de diputados, ujieres, ordenanzas, etcétera.
En seguida, formando un anfiteatro en semicírculo, están los asientos de
los diputados, con pequeñas calles de trecho en trecho. Cada diputado
tiene un sillón rojo y en el respaldo del sillón que se encuentra
adelante hay una mesita saliente para colocar la carpeta en la que lleva
sus papeles, apuntes, etcétera.
La derecha, entonces, como hoy, era minoría; el centro y la izquierda,
la gran mayoría.
Frente al cuerpo de taquígrafos encontrábanse los asientos ministeriales
y para los subsecretarios de Estado.
Las fracciones parlamentarias, perfectamente organizadas, tienen sus
espadas como sus soldados en lugares adecuados, los unos más cerca, los
otros más alejados del medio. El primero con quien tropezaba al entrar
por la puerta de la derecha era... M. Paul de Cassagnac. El primero con
quien se encontraba uno al entrar por la puerta de la izquierda era el
gran orador M. Clemenceau. El duelista de la derecha: M. de Cassagnac;
el de la izquierda: M. Perrin.
La tribuna de la prensa estaba debajo de la del cuerpo diplomático. En
la misma fila están las destinadas a la presidencia de la República, a
los presidentes de la Cámara y Senado, a los miembros del Parlamento,
etc: todos los dignatarios tienen su tribuna especial. Más arriba
estaban las llamadas galerías, donde es admitido el público, siempre que
presente sus tarjetas especiales.
Las sesiones son tumultuosísimas. Se camina, se habla, se grita, se
gesticula, se ríe, se golpea, se vocifera, mientras habla el orador, al
unísono. En presencia de semejante mar desencadenado, se comprende que
el orador no sólo debe tener talento sino sangre fría, golpe de vista y
audacia a toda prueba. La mímica le es indispensable, y la voz tiene que
ser tonante y poderosa para dominar aquella vociferación infernal. Tiene
que apostrofar con viveza, que conmover, que hacerse escuchar.
He asistido a sesiones agitadísimas, a la del incidente
Cassagnac-Goblet, a la de la interpelación Brame, y a la de la
interpelación Lockroy, que tanto conmovió a París en mayo del 79. Tiempo
hace de esto, pero mis recuerdos son tan frescos que podrían describir
aquellos debates como si recién los presenciara.
He oído, o más bien dicho: visto, oradores que no pudieron hacerse
escuchar y que bajaron de la tribuna entre los silbidos de los
contrarios y las protestas de los amigos; otros, como el bonapartista
Brame, en su fogosa interpelación contra el Ministro del Interior, M.
Lepère, dominaban el tumulto; M. Lepère en la tribuna, estuvo un cuarto
de hora sin poder imponer silencio, en medio de una desordenada
vociferación de la derecha, y de los aplausos y aprobación de la
izquierda, hasta que, haciendo un esfuerzo poderoso, gritando como un
energúmeno, acalló momentáneamente el tumulto, para apostrofar a la
derecha, diciendo: «vociferad, gritad, puesto que las interpelaciones no
son para vosotros sino pretexto de ruidos y exclamaciones. No bajaré de
la tribuna hasta la que os calléis!...»
¡Qué tumulto espantoso! Presidía M. Senard, el viejo atleta del foro y
del parlamento francés, pero tan viejo ya que su voz débil y sus
movimientos penosos eran impotentes: agitaba continuamente una enorme
campana (pues no es aquello una campanilla) de plata con una mano, y con
la otra golpeaba la mesa con una regla. Los ujieres, con gritos
estentóreos de «un poco de silencio, señores--_s'il vous plait, du
silence_», no lograban tampoco dominar la agitación. La derecha
vociferaba y hacía un ruido ensordecedor con los pies; la izquierda
pedía a gritos: «la censura, la censura». Fue preciso amonestar
seriamente a un imperialista, el barón Dufour, para que se restableciese
el silencio...
Concluye el ministro su discurso, y salta (materialmente: salta) sobre
la tribuna el interpelante; vuelve a contestar el ministro, y torna de
nuevo el interpelante... ¡qué vida la de un ministro con semejantes
parlamentos! El día entero lo pasa en esas batallas parlamentarias...
supongo que el verdadero ministro es el subsecretario.
Gambetta, el tan llorado y popular tribuno, presidía cuando M. de
Cassagnac desafió en plena Cámara a M. Goblet, subsecretario de Estado.
Estaba yo presente ese día. ¡Qué escándalo mayúsculo! Pero Gambetta
dominó el tumulto, hizo bajar de la tribuna a Cassagnac, lo censuró, y
calmó la agitación.
He oído varias veces a M. Clemenceau, el gran orador radical. Le oí
defendiendo a Blanqui, el condenado comunista, que había sido electo
diputado por Burdeos. Es uno de los oradores que mejor habla y que posee
dotes más notables. Como uno de los contrarios (hay que advertir que la
izquierda estaba en ese caso en contra de la extrema izquierda) le
gritara: «¡Basta!», él contestó sin inmutarse: «Mi querido colega,
cuando vos nos fastidiáis, os oímos con paciencia. Nadie es juez en
saber si he concluido, salvo yo mismo», y después de este apóstrofe
tranquilo, continuó su discurso...! Esa interpelación dio origen a una
respuesta sumamente enérgica por parte de M. Le Royer, entonces Ministro
de Justicia.
La organización administrativa es además admirable. Las Cámaras se
reúnen diariamente de 2 a 6-1/2, y el cuerpo de taquígrafos da los
originales de la traducción estenográfica a las 8 p. m. A las 12 p. m.
se reparten las pruebas de la impresión y a las 6 de la mañana siguiente
«todo París» puede leer _íntegra_ la sesión de la tarde anterior en el
_Journal Officiel_. Y todo esto sin contratos especiales, sin que cueste
un solo céntimo más, sin que las Cámaras voten remuneraciones especiales
al cuerpo de taquígrafos y sin ninguna de esas demostraciones ridículas
para aquellos que están habituados a la vida europea. Recuérdese lo que
pasó en 1877 entre nosotros, cuando se debatió la «cuestión Corrientes»:
_La Tribuna_ publicó las sesiones al día siguiente, y todos creyeron que
era un... milagro.
Con el régimen parlamentario francés, la tarea es pesadísima para los
diputados (no tanto para los senadores), pero insostenible para los
oradores. Y los ministros, que tienen que despachar los asuntos de
ministerios centralizados, que atender a lo que pasa en la Francia
entera, que proyectar reformas, que estudiar leyes, que contestar
interpelaciones, que preparar y corregir discursos: ¿cómo pueden hacer
todo esto? A un hombre sólo le es materialmente imposible, y añádase a
eso que tiene la obligación de dar reuniones periódicas, bailes
oficiales, etc. ¡Qué vida! Se comprende que sería ella imposible sin una
numerosa legión de consejeros de Estado, de subsecretarios, de
secretarios, de directores, etc., que no cambian con los ministros, sino
que están adscriptos a los ministerios. ¡Qué diferencia con nuestro modo
de ser! Entre nosotros, por regla general, los ministros están solos,
pues los empleados, en vez de ser cooperadores de confianza, son meros
escribientes, salvo, bien entendido, honrosas excepciones. Cuando se
reflexiona sobre la existencia que lleva un ministro en países de
aquella vida parlamentaria, parece difícil explicarse cómo pueden
atender, despachar, contestar todo; y al mismo tiempo pensar y realizar
grandes cosas.
* * * * *
En el libro que motiva estas páginas, el autor, según lo declara, ha
procurado contar, y contar ligeramente, «sin bagajes pesados». Este
propósito, probablemente, ha hecho que no profundice nada de lo que
observa, sino que se contente con rozar la superficie.
Uno de los rasgos más característicos de Colombia, es su poderosa
literatura. La raza colombiana es raza de literatos, de sabios, de
profundos conocedores del idioma: allí la literatura es un culto
verdadero, y no se sacrifican en su altar sino producciones castizas,
pulidas, perfectas casi. El señor Cané, a pesar de su malhadado
propósito de «marchar con paso igual y suelto», y de su afectado desdén
por los estudios serios y concienzudos, llegando hasta decir: «Que nada,
resiste en el día a la perseverante consulta de las enciclopedias», no
ha podido resistir, sin embargo, al deseo o a la necesidad de ocuparse
de la faz literaria de Colombia. Condensa en 24 páginas un capítulo que
modestamente Titula: «La Inteligencia», y en el cual, protestando que no
es tal su intención, el autor trata de perfilar a los primeros
literatos colombianos contemporáneos, en párrafos de redacción suelta,
_a la diable_, para usar su propia expresión.
Habla de la facilidad peligrosa del numen poético en los colombianos; se
ocupa de don Diego Pombo, de Gutiérrez, González, de Diego Fallon, de
José M. Marroquín, de Ricardo Carrasquilla, de José M. Samper, de Miguel
A. Caro, y por último, de Rufino Cuervo. Tal es el contenido de ese
capítulo, interesantísimo, sin duda, pero incompleto y demasiado a
_vuelo de pájaro_. Leí con avidez esa parte del libro: creí encontrar
mucho nuevo: los recuerdos de un hombre que ha estado en contacto con la
flor y nata de los literatos de aquella nación privilegiada; las
picantes observaciones que presagiaba el sostenido prurito de
escepticismo y cierta sal andaluza que campea con galana finura en
muchos pasajes de este libro.
Mi curiosidad, sin embargo, no fue del todo satisfecha. La _Nueva
Revista_ había publicado ya (1881) un interesante artículo de D. José
Caicedo Rojas, sobre la _poesía épica americana_ y sobre todo
colombiana[1]; un importante y cruditísimo (1882) estudio de D. Salvador
Camacho Roldán, sobre la _poesía colombiana_, a propósito de Gregorio
Gutiérrez González[2]; y finalmente (1883) un notable juicio de D.
Adriano Páez, sobre José David Guarin[3]. En esos artículos se entrevé
la riquísima y fecunda vida intelectual de aquel pueblo; pasan ante los
ojos atónitos del lector centenares de poetas, literatos, historiadores,
críticos, etc.; se descubre una producción asombrosa, una plétora
verdadera de diarios, periódicos, folletos y libros.
Y el que está algo al cabo de las letras en Colombia, aunque resida en
Buenos Aires, conoce su numerosísima prensa, sus periódicos, sus
revistas, sus escuelas literarias; la lucha entre conservadores y
liberales, entre los grupos respectivamente encabezados por el
_Repertorio Colombiano_ y _La Patria_. Y por poco numerosas que sean las
relaciones que se cultiven con gente bogotana, a poco el bufete se llena
con _El Pasatiempo_, _El Papel Periódico Ilustrado_, etc.
Nada de eso se encuentra en el libro de Cané. Él, periodista, ha
olvidado a la prensa. Y eso que la prensa de Colombia es especial,
distinta bajo todos conceptos de la nuestra.
Pero se busca en vano el rastro de Julio Arboleda, de José E. Caro, de
Madiedo, de Lázaro María Pérez, de... en una palabra, de todos los que
sobreviven de la exuberante generación de 1844 y 1846: Restrepo, y
tantos otros. Y si esa época parece ya muy echada en olvido, queda la de
1855 a 1858, en que tanto florecieron las letras colombianas: de esa
época datan José Joaquín Ortiz, Camacho Roldán, Ancizar, Ricardo Silva,
Salgar, Vergara y tantos otros...! Verdad es que el señor Cané declara
que «no es su propósito hacer un resumen de la historia literaria de
Colombia». Bien está; pero cuando se dedica un capítulo a la
_inteligencia_ de un país, preciso es presentarla bajo todas sus faces,
mostrar su filiación, recordar sus más ilustres representantes...
El autor de _En viaje_ añade, sin embargo, a renglón seguido: «si he
consignado algunos nombres, si me he detenido en el de algunas de las
personalidades más notables en la actualidad, es porque, habiendo tenido
la suerte de tratarlas, entran en mi cuadro de recuerdos». Valga como
excusa, pero es lástima, y grande, que no se haya decidido a examinar
con mayor detención tema tan rico como interesante.
En ese capítulo falta, pues, una exposición metódica, no digo de la
historia literaria de Colombia, sino del estado actual de la literatura
en aquel país; ni se mencionan nombres como los de Borda, Arrieta,
Isaacs, Obeso y tantos otros descollantes; nada sobre la Academia, sus
trabajos, y, sobre todo, ese inexplicable silencio acerca del periodismo
bogotano!
Quizá haya tenido el Sr. Cané alguna razón para incurrir en esas
omisiones: sea, pero confieso que no alcanzo cuál puede ser. Lo deploro
tanto más cuanto que por las páginas escritas, se deduce con qué
_humour_--para emplear esa intraducible locución--se habría ocupado de
toda aquella literatura. Hay, pues, que contentarse con los rápidos
bocetos que nos traza.
Pero el Sr. Cané, con esa redacción _a la diable_--como él mismo la
califica--se deja arrastrar de su predilección: acaba de decirnos que
sólo se ocupa de las personalidades «que ha tenido la suerte de tratar»,
y sin embargo, su entusiasmo lo lleva a dedicar gran parte del capítulo
a Gutiérrez González, poeta notabilísimo, es cierto, pero que murió en
Medellín, el 6 de julio de 1872...
Se ocupa largamente de Rafael Pombo, el famoso autor del canto de
_Edda_, que dio la vuelta a América, y que mereció entre la avalancha de
contestaciones, una hermosísima de Carlos Guido y Spano, «Pombo--según
el Sr. Cané--es feo, atrozmente feo. Una cabecita pequeña, boca gruesa,
bigote y perilla rubia, ojos saltones y miopes, tras unas enormes
gafas... Feo, muy feo. Él lo sabe y le importa un pito». Refiere el
autor una aventura de la Sra. Eduarda Mansilla de García con Pombo, y a
fe que lo hace con chiste y oportunidad.
Dice el Sr. Cané que Rafael Pombo, a pesar de las reiteradas instancias
de sus amigos y de ventajosas propuestas de editores, nunca ha querido
publicar sus versos coleccionados. Y hace con este motivo una
observación que, por cierto, ha de causar alguna extrañeza entre
nosotros, porque la costumbre que se observa es diametralmente opuesta.
He aquí esa curiosa observación: «Cuántas reputaciones poéticas ha
muerto la manía del volumen, y cuántos arrepentimientos para el porvenir
se crean los jóvenes que, cediendo a una vanidad pueril, se apresuran a
coleccionar prematuramente las primeras e insípidas florecencias del
espíritu, _ensayos_ en prosa o verso...»
Pero el Sr. Cané es, a la verdad, un espíritu observador. Véase si no el
siguiente chispeante retrato de Diego Fallon, cuyos cantos _A las ruinas
de Suesca y A la luna_ son de tan extraordinario mérito. «Figuraos una
cabeza correcta, con dos grandes ojos negros, _deux trous qui lui vont
jusqû'à l'âme_, pelo negro, largo, echado hacia atrás; nariz y labios
finos; un rostro de aquellos tantas veces reproducidos por el pincel de
Van Dyck; un cuerpo delgado, siempre en movimiento, saltando sobre la
silla en sus rápidos momentos de descanso. Oídlo, porque es difícil
hablar con él, y bien tonto es el que lo pretende, cuando tiene la
incomparable suerte de ver desenvolverse en la charla del poeta el más
maravilloso kaleidoscopio que los ojos de la inteligencia puedan
contemplar... hasta que el reloj da la hora y el visionario, el poeta,
el inimitable colorista, baja de un salto de la nube dorada donde estaba
a punto de creerse rey, y toma lastimosamente su Ollendorff para ir a
dar su clase de inglés, en la Universidad, en tres o cuatro colegios y
qué se yo dónde más...»
El que eso ha escrito no es sólo un estilista, un Vanderbilt del idioma,
es más aún; es un _humorista_, legítimo discípulo de Sterne, lector
asiduo quizá del _Tristam Shandy_. Esa fácil ironía, ese buen humor
inagotable, esa fuerza superior de sarcasmo, por momentos alegre,
sonriente, burlón, en una palabra «esa rapidez de impresiones y esos
contrastes siempre nuevos, son el secreto del _humorista_».
Y cuando pinta a Rufino Cuervo, el sapientísimo autor de las
_Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano_, «trabajando con
tranquilidad, sin interrumpirse sino para despachar un cajón de
cerveza...»,--porque Cuervo no es ni más ni menos que cervecero. «Yo
mismo he embotellado y tapado, me decía Rufino» agrega el señor Cané...
Hablando de Carlos Holguín, dice que «...y esto sea dicho aquí entre
nosotros, Holguín fue uno de los _cachacos_ más queridos de Bogotá, que
le ha conservado siempre el viejo cariño». Ahora bien, ¿quiere saberse
lo que es un _cachaco_? El autor se encarga de explicarlo, y lo hace con
exquisita claridad. «El _cachaco_ es el calavera de buen tono, decidor,
con entusiasmo comunicativo, capaz de hacer bailar a diez esfinges
egipcias, organizador de cuadrillas de a caballo en la plaza, el día
nacional, dispuesto a hacer trepar su caballo a un balcón para alcanzar
una sonrisa; jugador de altura, dejando hasta el último peso en una mesa
de juego, a propósito de una rifa; pronto a tomarse a tiros con el que
le busque, bravo hasta la temeridad...» Y aplíquese esa retrato al
respetable señor Holguín!
De don José María Samper, trae un rápido boceto: «ha escrito, dice, 6 u
8 tomos de historia, 3 o 4 de versos, 10 o 12 de novelas, otros tantos
de viajes, de discursos, estudios políticos, memorias, polémicas... qué
sé yo!... Naturalmente en esa mole de libros sería inútil buscar el
pulimento del artista, la corrección de líneas y de tonos. Es un río
americano que corre tumultuoso, arrastrando troncos, detritus, arenas y
peñascos...».
En fin, largo sería seguir al autor en estos retratos, género literario
en que evidentemente descuella. Me he detenido en este punto, porque
parece que ahí se revela una nueva faz del talento del señor Cané. Tiene
el don de daguerreotipar a una personalidad en pocas líneas, presenta la
luz, la sombra, el claro oscuro que iluminan el retrato, poniendo de
relieve su lado serio y su lado cómico. Busca siempre el efecto del
contraste. Y esto es lo que me mueve a decir que tiene tendencias a ser
un verdadero _humorista_.
¿Qué es efectivamente el _humour_? Un crítico célebre lo ha definido
magistralmente. Es, dice, el ímpetu de un espíritu dotado de la aptitud
más exquisita para sentir, comprender y explicar todo; es el movimiento
libre, irregular y audaz de un pensamiento siempre dispuesto, que ama
esas trampas tan temidas de los retóricos; las digresiones, y que se
abandona con gracia a ellas cuando por casualidad encuentra un misterio
del corazón para aclararlo, una contradicción de nuestra naturaleza para
estudiarla, una verdad despreciada para enaltecerla: un pensamiento al
cual atrae lo desconocido por un secreto magnetismo, y que, bajo
apariencias ligeras, penetra en las más oscuras sinuosidades del mundo
moral, da a todo lo que inventa, a todo lo que reproduce, el colorido
del capricho, y crea por el poder de la fantasía, una imagen móvil de la
realidad, más móvil aún.
Ahora bien; léase con atención el último libro del señor Cané y se
encontrará confirmada la exactitud de esa pintura en muchos y repetidos
pasajes. Y casi me atrevería a asegurar que es justamente en los pasajes
en que el autor se ha abandonado con más naturalidad a esa tendencia,
que el lector con más justicia se complace.
Edmundo De Amicis, en algunos de sus libros afortunados, ha hablado de
la página magistral, la página clásica, la página estupenda que todo
escritor debe tener conciencia de haber escrito o poder escribir, para
poder así llegar a la posteridad. Una de esas páginas, por ejemplo, es
la que se refiere a la «riña de gallos» en el libro sobre _España_. En
aquellas 5 o 6 páginas, dice un crítico, se hallan reunidas, amalgamadas
hasta la cuarta potencia, todas las cualidades de De Amicis: la sutileza
del observador, el vigor del colorido, la elegancia del estilista, y,
junto con todo esto, aquella variedad, abundancia y riqueza
archimillonaria del idioma, por lo cual es verdaderamente descollante.
¿Pueden aplicarse estas palabras de Barrili al señor Cané? ¿El autor de
_En viaje_ ha condensado ya todas sus cualidades, ha dado su nota más
alta? En cada libro que escribe el señor Cané, se revela una faz
distinta de su espíritu: esto hace difícil en extremo la tarea del
crítico severo, fácil a lo sumo la del benévolo, pues en justicia hay
tanto que alabar!
Por eso, una crítica justa--a pesar de que el señor Cané ha dicho que
es la «que más difícilmente se perdona, como los palos que más se
sienten son los que caen donde duele»--en este caso, puede con leal
imparcialidad tributar cumplido elogio al escritor que se ha revelado
_humorista_ de buena ley, confirmando su vieja reputación de estilista
brillante.
* * * * *
Y es lástima grande que con tan brillantes cualidades, no sea el señor
Cané más que un _dilettante_ en las letras. Se nota que aquel autor no
siente en sí la vocación del escritor; escribe como un _pis aller_.
Dotado como pocos para ello, jamás ha considerado a las letras sino como
un accesorio, y en el fondo se me ocurre que es el hombre más
desprovisto de vanidad literaria. Las letras son para él queridas
pasajeras, que se toman y se dejan rehuyendo compromisos, y a las que no
se pide sino el placer del momento, sin la preocupación del mañana. Su
temperamento, sus más vehementes inclinaciones, lo llevan a la vida
política, a la acción; es hombre de parlamento, orador nato, a quien el
ejercicio del poder, sea en ministerios o a la cabeza de cualquier
administración, parece producir una satisfacción que degenera en dulce
embriaguez. Es un literato que desdeña las letras, y a quien la
política, como Minotauro implacable, ha devorado sin remedio. Escribirá
aún de vez en cuando, quizá, pero lo hará con la sonrisa de escepticismo
en los labios, y como calaverada de gran señor.
La política es la gran culpable en la vida americana: fascina a los
talentos jóvenes, los seduce y los esteriliza para la producción
intelectual serena y elevada; los embriaga con la acción efímera, los
gasta y los deja desencantados, imposibilitándolos para volver al culto
de las letras, y esclavizados por la fascinación de la vida pública.
Sacrifican así, esos espíritus escogidos, una gloria seria y permanente,
por una gloria inconsistente y del momento.
Cané principió por dejarse seducir por el diarismo político y derrochó
un espléndido talento en escribir artículos de combate que,
deslumbradores fuegos de artificio, vivieron lo que viven las rosas, el
espacio de unas horas. ¿Quién se acuerda hoy de ellos? Su propio autor
los ha olvidado quizá, y con razón, porque son producciones condenadas
de antemano a muerte prematura.
Pero, si bien se explica que un hombre de ese temple sacrifique las
letras por la política, no se comprende cómo sacrifica la vida pública
activa por la tranquilidad del ocio diplomático. Puede que el
temperamento un tanto epicúreo del autor de _En Viaje_ algo haya
influido en este súbito cambio de frente; pero renunciar a la vida
parlamentaria, a la prensa política, al gobierno activo, para refugiarse
en un retiro diplomático, cuando se encontraba en plena juventud, sin
haber llegado siquiera a la mitad de la vida, lleno de vigor, de
aspiraciones, de sangre bullidora...! Misterio! La vida diplomática
tiene, es cierto, nobilísima esfera de acción, pero para un hombre de
esas condiciones se asemeja a un suicidio moral. Porque si las funciones
diplomáticas permiten disponer de ocios, es preciso llenarlos, y si no
se les llena con la labor literaria, un temperamento demasiado activo
corre peligro de emplearlos en apurar hasta las heces el cáliz de
Capua,--y ese cáliz es fatal.
Me hace acordar el señor Cané a la figura tan simpática y tan análoga de
aquel brillantísimo espíritu francés que se llamó Prevost-Paradol;
también fue un escritor que pudo haber fácilmente traspuesto las más
altas cumbres: dotes, preparación, ambición, todo poseía. El éxito le
sonrió siempre... Pero abandonó las letras por la política, y cambió la
lucha activa por el reposo diplomático. Aquel bello talento se
esterilizó por completo.
Se me viene a la memoria un incidente verdaderamente gráfico en la vida
de Prevost-Paradol. Un día, un amigo le decía: «¿Por qué no escribe
usted la historia de las ideas parlamentarias? Hay ahí un libro
interesante y digno de tentar su talento. Y él respondió: Qué feliz es
usted de creer todavía en los libros, en las frases, y de encariñarse
con todos esos juguetes inútiles que sirven de pasatiempo a los
desocupados!... Y añadió: Sólo el poder es verdadero. Conducir a los
hombres, dirigir sus destinos, llevarlos a la grandeza por caminos que
no se les indica, preparar los acontecimientos, dominar a los hechos,
forzar a la fortuna a obedecer, he ahí el objetivo que es preciso tener
y que sólo alcanzan las voluntades fuertes y las inteligencias
elevadas!»
Se me figura que el diplomático Cané más de una vez pensará con
melancolía en esas palabras. Si es cierto que el epicureísmo le ha
hecho desertar de la lucha ardiente, se ha vengado de tal cobardía moral
ahogándolo en ese fastidio que eternamente pone de manifiesto el autor
de _En viaje._ Aún es tiempo, sin embargo, de que reaccione; y si la voz
aislada de un extraño pudiera servir de suficiente profecía, que no la
considere como viniendo de una Casandra de aldea, sino que trate de no
justificar aquel verso famoso:
_L'armure qu'il portait n'allait pas a sa taille._
_Elle était bonne au plus pour un jour de bataille_
_Et ce jour-là fut court comme une nuit d'été._