Era la hora del crepúsculo, tan suave y melancólica en el campo. Las

montañas que cerraban el valle perdían su relieve, ofreciéndose a la

vista como informes y monstruosos bultos. El pedazo de cielo que dejaban

ver reflejaba débilmente la luz moribunda del sol, puesto ya hacía

bastante tiempo, y rompiendo a duras penas esta cárdena luz, comenzaban

a brillar algunos tímidos luceros. Extinguíanse los rumores que las

faenas agrícolas despiertan en semejante hora. Ya no chillaban los

carros de regreso de las tierras: ya no se oían los gritos de los

paisanos azuzando al ganado al meterlo en el establo: ya no sonaban las

esquilas de las vacas, ni mugían alegremente los becerros al sentir

cerca a sus madres. Sólo las notas prolongadas, tristes, del canto de un

aldeano se dejaban oír suavemente, apagadas por la distancia. El rumor

creciente, avasallador, de los insectos se había apoderado de la

atmósfera enardecida. El grito suave, límpido, aflautado, del sapo

rompía una que otra vez la monotonía de este rumor confuso y mareante.

Andrés caminaba hacia la rectoral, lentamente, con el sombrero en la

mano para mejor refrescarse, gozando una vez más la poesía encerrada en

aquel estrecho valle, el amable sosiego que reinaba en la campiña, la

exquisita dulzura de aquella hora plácida y serena. Al principio, cuando

tornaba de la casa de Rosa, sentía algún miedo y caminaba con más

presteza; mas ahora con la salud le había entrado también confianza en

sí mismo; creíase bastante fuerte para tumbar a cualquiera de un

garrotazo, y de vez en cuando, para cerciorarse de ello, hacía furiosos

molinetes con su bastón de acebo. En los intermedios marchaba

tranquilamente, dejando vagar su mirada por los contornos indecisos de

los montes y los árboles, y el pensamiento correr libremente por los

recuerdos placenteros del día o de otros anteriores. No pocas veces le

tiene arrancado a este dulcísimo embeleso el repique lento, argentino,

melancólico, de las campanas de la iglesia, doblando a la oración. Sus

ecos vibrantes y armoniosos despertaban un instante la campiña dormida y

se perdían después como blando suspiro en los senos oscuros de los

castañares y en las quebraduras de las rocas.

Iba, pues, el joven cortesano emboscado en sus meditaciones, cuando

delante de él, de uno de los lados del camino, se alzó una sombra que al

instante tomó la forma humana. Y de esta forma salió poco después una

voz que dijo prosaicamente:

--Buenas noches.

El joven había echado un paso atrás y apretado con fuerza su bastón. Al

escuchar el saludo se tranquilizó de un modo y se inmutó de otro; porque

al momento logró reconocer el que tan inopinadamente le cortaba el

paso; el cual no era otro que el americano D. Jaime, a quien había

saludado no muchos minutos antes cerca de la casa de Rosa.

D. Jaime se apresuró a explicar el encuentro.

--Me había sentado un momentico a descansar... La tarde está tan grata

que no apetece meterse en casa, ¿verdad, señor?

Andrés, que había vuelto en sí perfectamente, puso en duda esta

explicación en el fuero interno; pero se limitó a contestar:

--Sí que está muy hermosa... la noche, no la tarde. Pero a mí me espera

mi tío para cenar, y no puedo disfrutar de ella... Conque hasta la

vista, don Jaime.

--Aguárdese un instante, señor, que caminaremos juntos... Yo también me

voy hacia la posada, porque al fin la cena es lo primero, ¿verdad?

Andrés contestó no muy satisfecho:

--¡Claro!

Y se emparejaron, marchando por el sombrío y desigual camino de la

cañada en dirección al pueblo.

--Usted, señor, estará encantado de este país, ¿verdad?

--Mucho.

--¡Tan pintoresco, tan verde, tan frondoso!... Y luego con estos aires

tan saludables que aquí se respiran... Usted se ha puesto muy bueno,

señor... parece otro.

--He mejorado bastante; es cierto.

--No hay como la buena vida y no acordarse de los negocios... Los

trabajos de cabeza concluyen con la persona... A mí me han hecho mucho

daño también.

«¿Qué trabajos de cabeza habrá tenido este mercachifle estólido?» dijo

Andrés para sí, y en voz alta:

--Tiene usted razón, los trabajos intelectuales debilitan: en cambio el

ejercicio corporal y la vida del campo obran milagros.

--Así es, señor, así es. Pero a los jóvenes les cuesta trabajo llevar

esta vida sencilla. A mí, que ya soy viejo, no me importa... Pero usted

no sé cómo puede vivir sin sus teatros y sus cafés y sus círculos de

personas instruidas con quien poder hablar de ciencias... y saber lo que

pasa en la política.

--¡Oh, perfectamente! Crea usted que lo paso a maravilla.

--Eso consiste en que sabe buscarse distracciones agradables, aunque sea

entre estas breñas...

Andrés se puso en guardia observando el tonillo zalamero de estas

palabras y la risita falsa que las acompañó.

--Nada de eso. Mis distracciones son idénticas a las de usted y a las de

todo el mundo.

--Vamos, señor, no diga eso por Dios. Ya sabemos que trae a todas las

chicas del lugar revueltas con sus palabritas de miel. En particular mi

sobrinita Rosa no puede ocultar que está chaladita la pobre.

«Este tío me quiere tirar de la lengua; ya comprendo por qué me

esperaba,» pensó Andrés.

--¡Bah! el bromear y reírse con las chicas, lo hago yo y lo hace usted y

lo hacen todos. Es una distracción que en ninguna parte deja de haber.

--Mucho que sí, señor, mucho que sí; pero las bromitas de un joven tan

bien parecido, tan elegante y chistoso como usted suelen traer otro

resultado que las nuestras.

--Mil gracias, D. Jaime, es favor. Yo pienso que cuando las bromas son

inocentes, ni las de unos ni las de otros producen resultado alguno.

--Eso lo dice, pero no lo piensa. Ningún mozo del pueblo ni de los

contornos ha conseguido amansar a mi sobrinita Rosa más que usted... Era

una cabra montés, y usted la ha puesto blanda y amorosa como una

gatita...

--¡Qué tontería! Ni yo hablo con Rosa de otro modo que con las demás

jóvenes del pueblo, ni ella se habrá fijado en mí más que en cualquier

otro hombre.

--La verdad es que ha tenido muy buen gusto, señor... Rosa es un

pimpollito muy fresco y muy apetitoso--dijo don Jaime, como si no

hubiese oído las palabras de Andrés.

--En efecto, es una muchacha muy linda y graciosa... pero yo nunca la he

hablado más que como un buen amigo... lo mismo que a su hermana

Ángela...

--¡Qué raticos tan agradables habrá pasado cerca de ella después que la

ha puesto mansita!

--¿Pero no le digo a usted, hombre de Dios, que no tengo con Rosa más

relaciones que las de pura amistad?--dijo Andrés bastante picado.

--No se incomode, señor, no se incomode... Ustedes los jóvenes de la

corte son aficionados a divertirse cuando se les presenta ocasión. Nada

tiene de particular que juegue y se divierta un poquito con Rosita...

--Yo no me divierto ni juego con Rosa: la trato como a una niña muy

decente, hija de una familia a quien estimo... Para jugar y divertirme

en el sentido que usted parece indicar, busco otra clase de mujeres.

--¡Vamos, señor--replicó el indiano con acento insinuante y meloso,--que

ya se le escapará de vez en cuando un abracico... y algo más!

--Señor D. Jaime, me está usted ofendiendo. Repito a usted que no se me

ha pasado por la imaginación nada semejante a eso... Y me sorprende que

usted haga a su sobrina también la ofensa de creer que pueda

sufrirlo...

--Es una broma, señor, no se ofenda... Como no teníamos de qué platicar,

se me ocurrieron estas niñerías por pasar el rato. Ya sé yo que usted es

incapaz... y que Rosita, aunque un poco viva de genio, está bien educada

por su padre...

--Me alegro de que usted no piense tales disparates... y si los piensa,

peor para usted que se equivoca.

El indiano pidió perdón de nuevo. Andrés disertó otro poco contra la

chismografía del pueblo; y en estos dimes y diretes dieron sobre él, con

lo cual nuestro joven cortó repentinamente y muy a su placer la

conversación.

--Vaya, D. Jaime, yo sigo a la rectoral; hasta la vista.

--Vaya con Dios, señor; páselo bien.

Subió el joven madrileño malhumorado y cabizbajo el repechito que le

quedaba hasta la casa de su tío, y mientras se iba acercando lentamente

a ella, no dejaba de preguntarse con alguna inquietud: «--¿Por qué habrá

querido sonsacarme ese bergante?»

XI

La idea que Andrés había formado, por rumores y conjeturas más que por

experiencia, del meloso D. Jaime, era la adecuada. El entendimiento

escaso, la conciencia turbia, los apetitos despiertos, la condición

mansa y peligrosa como la del agua detenida. Su padre le había embarcado

a los catorce años entre otros cuantos millares de ovejas humanas que la

metrópoli enviaba anualmente a las colonias ultramarinas. A los

cincuenta había vuelto, sin instrucción, sin creencias religiosas y sin

salud, pero con treinta o cuarenta mil duros, ganados en el fondo de

una bodega vendiendo arroz y tasajo para los negros. La vida de bestia

enjaulada que observó por espacio de treinta y seis años no era a

propósito para desenvolver los gérmenes de inteligencia y bondad que la

providencia de Dios no niega a ninguna criatura humana. Sus

pensamientos, sus sentimientos y los actos todos de su voluntad eran

vulgares y sórdidos. En cambio, el encierro enardeció y sobresaltó su

temperamento y lo inclinó a los goces sensuales, buscando en ellos la

compensación de los que la libertad, la instrucción y el trato social

ofrecen. Bien se declaraban las torpes aficiones en el mirar opaco de

sus ojos, hundidos y extraviados, y en la palidez cadavérica de las

mejillas, a la cual también contribuía la dolencia crónica que le

aquejaba hacía algunos años.

Al llegar en el verano anterior a su pueblo natal habíase alojado en

casa de su hermano Tomás, quien pensó que se le entraba con él la

fortuna por la puerta. Pronto vino en cuenta de su error. El indiano,

aunque tuviese dinero, ni lo mostraba. Largos seis meses lo tuvo de

huésped en casa, haciendo por obsequiarle no pocos sacrificios, sin

obtener más recompensa que algunos livianos regalos a las chicas y a

Rafael. Cuando le pidió dinero para comprar más ganado y pagar algunos

picos que debía, D. Jaime puso muy mala cara, pero se lo otorgó en

préstamo al diez por ciento: le hacía gracia especial, porque la mayor

parte lo tenía colocado al doce. Desde entonces, el indiano estuvo en

casa de su hermano como en ascuas: temía a cada instante nuevas demandas

y temía además que le faltase el rédito de lo que le había prestado. Si

no fuese porque las gracias de Rosa obraban ya sobre su ser vivo y

ardoroso influjo, se hubiera ido inmediatamente. Este influjo, de índole

grosera, fue el que le retuvo y fue también el que le obligó más tarde a

separarse. Veamos cómo.

No el carácter alegre y desenvuelto de su sobrina, ni la gracia singular

que imprimía a sus palabras y actitudes, ni la rara altivez que

custodiaba su inocencia, fueron las que cautivaron a D. Jaime. De esta

suerte, su pasión, aunque senil, hallaría disculpa. Lo único que vio y

apreció en Rosa fue la forma, o por aproximarnos más a la verdad, la

carne. No era apto para sentir ni aun comprender otras pasiones más

subidas. Pareciole, así que la vio, un bocado apetitoso. Al cabo de

algunos días de vivir cerca y contemplarla largamente en todas las

posturas, concibió por ella una torpe y desenfrenada afición. Guardose

de mostrarla, porque detrás de sus vicios, y aun sobreponiéndose a

ellos, estaba el hombre práctico, el aldeano egoísta y receloso. Temía

que, conocida su flaqueza, la familia se aprovechase para saquearle.

Además, no quería verse comprometido. A imitación de otros muchos

paisanos que habían llegado con dinero de Cuba antes que él, aspiraba a

ennoblecer su sangre y adquirir mayor prestigio uniéndose a alguna

señorita pobre de la villa, abandonada por esto y por vieja de los

jóvenes. Pero aunque no la mostrase, la procuraba alguna salida. En su

calidad de tío carnal, estaba autorizado para usar con la muchacha

ciertas familiaridades que no les serían permitidas a otros hombres D.

Jaime usaba y abusaba. Como vivía bajo el mismo techo y estaba en

continuo contacto con ella para todos los menesteres de la vida, se

aprovechaba lindamente de sus facultades muy más de lo que haría otro

tío menos sucio. «Rosita, tráeme esto.--Rosita, ve por lo otro.--Rosita,

sube sobre este banco y alcánzame aquellos zapatos.--Rosita, átame esta

cinta.--Rosita, pégame el botón de la camisa.» Y cuando iba y cuando

venía y cuando subía y cuando bajaba, las manos amarillentas y velludas

de D. Jaime la pellizcaban, la sobaban, la mimaban y la estrujaban.

Rosa, aunque avergonzada algunas veces, cuando las caricias subían de

punto, y mostrando también cierta vaga inquietud que ella misma no se

explicaba, las acogía con agradecimiento, creyéndose simplemente la

preferida de su tío, o la que más había simpatizado con él. No observaba

la infeliz que no se las prodigaba tan frecuentes y vivas a la vista de

los demás como al hallarse solos. Y a medida que el tiempo se deslizaba,

el requemado indiano se iba derritiendo más y más en halagos,

entreteniendo su vergonzosa sensualidad.

Pero llegó un instante en que la hoguera creció de tal modo que fue

preciso alimentarla arrojándola combustible o apagarla de pronto, so

pena de abrasarse vivo en ella. Y optó por lo primero. No había que

pensar en matrimonio: esto lo juzgaba solemne dislate, no solamente por

las ventajas que otra unión podía reportarle, sino porque se echaba para

siempre sobre los hombros la carga de toda la familia. Y sin considerar

que era la hija de su hermano, una pobre niña ignorante que le respetaba

en calidad de tío y de caballero, pensó en otra cosa. Y no sólo pensó,

sino que puso en vías de obra su pensamiento. Comenzó por preparar el

terreno. Al efecto fue desnaturalizando poco a poco la índole de sus

caricias paternales; mas la joven, advertida por la voz salvadora del

pudor, sin pensar nada malo de su tío, las evitó instintivamente, no

acercándose a él cuando podía pasar sin hacerlo y escapándosele de las

manos cuando era forzoso colocarse a su alcance. D. Jaime entonces

varió de táctica: ya que no podía seducirla con los halagos, intentó

corromperla con las palabras. Principió con los cuentos verdes, que Rosa

escuchaba sin comprender la mayor parte de las veces, bien que él

entonces cuidaba de explicárselos. Siguió más tarde con los dichos

groseros y de doble sentido, y concluyó por las frases obscenas vertidas

en todos los instantes del día en los oídos de la niña. Tampoco logró el

resultado propuesto. Rosa, al oír aquel cúmulo de asquerosidades, pensó

que su tío se había vuelto loco o que tenía algún diablo metido en el

cuerpo, como había oído muchas veces referir en los ejemplos de las

novenas, y huía de él cuidadosamente, y andaba por la casa sobresaltada,

inquieta, aterrada, aunque sin atreverse a contar lo que sucedía a su

padre ni a Ángela. El americano, desesperado, y desesperando de

conseguir nada por estos medios, se arrojó entonces a una intentona

criminal.

Largo tiempo anduvo acechando el momento oportuno y buscando ocasión de

encontrarse a solas con Rosa y en circunstancias en que pudiera llevar a

cabo su propósito con alguna esperanza de buen éxito. Al fin creyó

hallarla. La hora mejor era la de misa, los domingos, cuando a la chica

le tocase quedar guardando la casa, porque la aldea entonces estaba

solitaria y la mayor parte de las casas cerradas. En la de Tomás, por

hallarse un poco apartada, siempre quedaba alguno teniendo cuidado de

ella, un domingo uno y otro domingo otro. D. Jaime esperó el turno de

Rosa con impaciencia y disimulando sus intenciones. Cuando las campanas

tocaron a misa se fue a la iglesia con la demás familia. Aquel día, en

vez de subir hasta la sacristía, como siempre, se quedó a la puerta, y

al poco rato de ponerse el cura en el altar, se alejó sin ruido de la

iglesia y tomó precipitadamente el camino del Molino.

Cuando llegó, Rosa estaba al lado del fuego arreglando la comida. Al ver

a su tío delante, le dio un vuelco el corazón, se puso pálida, como a la

vista de un grave peligro. Mediaron pocas palabras. Don Jaime se quejó

de un fuerte dolor de estómago y Rosa se dispuso a hacerle una taza de

té. Pero antes de que hubiese terminado, el americano la abrazó de

improviso. Ella, que presentía este ataque repentino, no dio un grito ni

pronunció siquiera una palabra; pero lo rechazó con fuerza y decisión.

Hubo una lucha sorda y rabiosa que duró bastante. La chica se defendía

gallardamente y consiguió por tres o cuatro veces zafarse de las manos

del viejo; pero éste la perseguía por los rincones de la cocina y volvía

a sujetarla. Al principio, ella le guardaba aún cierto respeto y

procuraba desasirse sin hacerle daño. Poco a poco, vista la tenacidad

brutal de su tío, se fue encolerizando, subiósele la sangre toda a la

cara, y al verse nuevamente a punto de ser cogida, alzó la mano, y con

ella cerrada le dio en plena faz un tremendo golpe, que le hizo caer

hacia atrás, sangrando por la nariz. Al caer se lastimó también en la

cabeza con uno de los cortes del escaño. Rosa abrió azorada la puerta y

salió corriendo, sin saber adónde.

Cuando volvió, al cabo de una hora de vagar por los caminos, halló a la

familia ocupada en prodigar cuidados al descalabrado indiano: Tomás

aplicándole paños de vino y romero; Ángela haciendo tila para quitarle

el susto. Contra lo que esperaba, nadie se dio por enterado de lo

acaecido, ni le dijeron una palabra sospechosa. D. Jaime había arreglado

ya el asunto, contando que se había caído por alcanzar un jarro de leche

de lo alto de la alacena, mientras Rosa se había ido a ver una vecina.

Al cabo de algunos días, y después de curarse la herida de la cabeza,

determinó dejar la casa de su hermano y trasladarse al pueblo, donde el

tabernero se acomodó a mantenerle, lo mismo que a su otro huésped, el

excusador de la parroquia, por un módico estipendio. Varias razones

tenía para cambiar de domicilio. La primera y más importante era el

temor de que Rosa descubriese su atentado, pues desde aquel día ni le

dirigió la palabra ni siquiera le miraba, lo cual podía llamar la

atención de su padre, y por ahí venir en conocimiento de lo sucedido.

Otro temor era, como ya hemos dicho, el de perder el dinero prestado o

el de verse obligado a abrir la bolsa de nuevo.

Tomás lo sintió mucho, pues comprendió al fin que poco o nada podía

esperar ya de su hermano. En cambio Rosa tuvo una verdadera alegría. El

indiano continuó visitándolos de vez en cuando, siempre para llorar

alguna pérdida o quiebra de su caudal, con el objeto de que no se les

pasase por la imaginación demandarle auxilios pecuniarios. La pasión

hacia Rosa, aunque mezclada ahora de rencor, no mermaba; antes parecía

crecer con el alejamiento y el recuerdo del vigoroso mojicón recibido.

Particularmente, cuando Andrés llegó en el mes de Abril a Riofrío y

comenzó a requebrar a su sobrina, se encendió de modo notable con el

combustible de los celos. No se le ocultaba al mísero que Rosa le

despreciaba más a medida que iba gustando el trato del jovencito

madrileño. Con esto la figura de la chica fue creciendo en su

recalentado cerebro, y la que antes le parecía una caprichosa rapazuela

buena tan sólo para un fugaz devaneo, al verla ahora festejada y

perseguida por un joven distinguido de la corte, adquirió grandes

proporciones a sus ojos y la juzgó ¡oh poder de la vanidad! digna de

ser amada _por lo fino_. En esta disposición de ánimo, fácil será

comprender cuánto le atormentaría el buen éxito que, al decir de la

gente y a lo que él observaba, obtenía Andrés en sus amores. Aparentando

absoluta indiferencia, no dejaba de espiar sus progresos, inquiriendo

aquí y allá cuando la propia observación no bastaba. Ni perdía uno solo

de los pormenores que denotaban la aparición del amor en el pecho de la

doncella, padeciendo en cada uno de ellos mil torturas y desviviéndose,

no obstante, por averiguarlos.

Al cabo empezó a rondarle un pensamiento que podía concluir de una vez

con sus penas, sacarle triunfante y llevarle de pronto a la dicha: el de

casarse con Rosa. Era muy duro, sin embargo, renunciar a sus ambiciones

señoriales y quedar ligado para siempre a una zafia aldeana y a una

familia que había de pesar eternamente sobre sus espaldas. Así que, tan

pronto como le acudió a la mente, se apresuró a rechazarlo. Pero la

endiablada idea volvió de nuevo a presentársele con más alegres colores.

Tornó a rechazarla por medio de un sin número de juiciosas reflexiones.

A los pocos días volvió a colársele en el magín más risueña y

deslumbradora que antes. Trabose entonces una verdadera batalla en el

ánimo de nuestro indiano, de cuyas resultas andaba inquieto, silencioso

y desvelado, sin ganas de comer, vagando por los caminos hasta bien

entrada la noche. No se cansaba de pesar los inconvenientes de la unión

con su sobrina, que no eran pocos ni leves. Pero como al mismo tiempo la

pasión le espoleaba y los celos tanto le roían, a veces aquéllos le

parecían nada, y decidía en un punto su matrimonio. En una misma hora se

casaba y se descasaba varias veces.

En tan congojoso estado de indecisión se hallaba el americano cuando

sucedió lo que hemos visto en el capítulo anterior: el encuentro con los

amartelados jóvenes y la conversación con Andrés, a quien quiso

sonsacar. Aquella noche le picaron los celos crudelísimamente y el

demonio de la voluptuosidad le presentó a su sobrina más hermosa y

apetecible que nunca. Tanto que, dando al traste con todas sus

ambiciones y temores, se resolvió a salir de aquel miserable estado

haciéndola suya. Tomada esta resolución, descansó como si le quitasen un

gran peso de encima, y logró dormir tranquilamente.

Al otro día, aunque no era domingo, se afeitó como si lo fuese, se puso

otro pantalón, metió en los dedos todas sus sortijas, y después de tomar

el chocolate en compañía del excusador y de ofrecerle un cigarro puro,

generosidad que sorprendió mucho al clérigo, fue a su cuarto a arreglar

un poco el cabello, y al instante salió de casa y tomó el camino del

Molino con los ojuelos chispeando, seco el gaznate y los labios

trémulos. Nunca salvó la distancia que mediaba entre el pueblo y la casa

de su hermano tan rápidamente. Cuando llegó, Tomás estaba partiendo leña

delante de la puerta.

--¿De dónde diablos vienes tan temprano?--le preguntó levantando la

cabeza con sorpresa.

--Oye, Tomás, necesito hablar contigo de un asunto importante... Vámonos

arriba.

El molinero se inmutó visiblemente al escuchar estas palabras. Pensó que

su hermano le iba a reclamar de golpe el préstamo.

--Vamos--contestó en voz baja, dejando caer el hacha de las manos.

Y ambos entraron en la casa y subieron, uno en pos de otro, la escalera

ahumada que conducía a la sala. D. Jaime se sentó: Tomás quedó en pie.

--Pues, Tomás--comenzó aquél echándose hacia atrás en la silla y jugando

con la cadena del reloj, gorda como una maroma,--voy a decirte una cosa

con toda reserva... Siempre he tenido confianza en ti, y ya sabes que te

he dado bastantes pruebas de aprecio... Las circunstancias hacen que

uno... vamos... uno no haga las cosas cuando quiere hacerlas, sino

cuando puede... ya lo sabes... Sabes también que te aprecio, ¿no es

verdad?

Tomás, con la faz despavorida y los ojos en el suelo, hizo señal de

afirmación.

--Ya sabes que te he dado bastantes pruebas de apreciarte, y de apreciar

a tu familia... Creo que tú me aprecias lo mismo que yo a ti, y la

familia lo mismo... Pues, Tomás, tengo que decirte una cosa... A mí me

parece que no estoy bien solo... Un hombre no está bien solo, ¿no te

parece?

Señal afirmativa de Tomás, que empezaba a dudar y confundirse.

--Yo soy, como tú sabes, muy cariñoso... No lo puedo remediar... Cuando

aprecio a una persona, soy capaz de darle la sangre del brazo,

¿estamos?... Pues con la familia siempre he sido muy franco..., ya lo

sabes... Lo que yo tuve, siempre ha sido tuyo... Te he tratado siempre

como lo que eres... porque a mí nunca me ha dolido gastar uno, dos o

tres, estando la familia por medio... Pues, Tomás, yo me voy haciendo ya

viejo... Tengo dos años más que tú... ¿No te parece que debo casarme?

Tomás estaba ya menos asustado, pero al oír estas palabras recibió un

fuerte desengaño: siempre había pensado heredar a su hermano. Procuró,

sin embargo, no dejarlo traslucir, y contestó vagamente, siempre con la

vista fija en el suelo:

--Sí... sí... si te parece...

El idilio de un enfermo · 第 7 / 12 段