CANTO DECIMO-SEPTIMO.

_En este canto se trata de la muerte y justicia que hizo el Virrey

D. Francisco de Toledo, de D. Diego de Mendoza en Potosì, y del

gran Señor Topamaro en el Cuzco._

Aquel es de valor y grande estima

Que sabe con prudencia gobernarse:

Diremos con razon tener la prima

Aquel que vemos sabe resguardarse

Con gran maña en el arte de la esgrima,

Y à su tiempo procura señalarse:

Aquí apuntando el golpe por lindo arte,

Y al fin haciendo el lance en otra parte.

Aunque el Virrey la causa publicaba

De su salida ser el Chiriguana,

Y al principio de aquesto se trataba,

En Don Diego de dar tiene mas gana.

Y así al punto luego se tornaba,

Sabiendo Santa Cruz estaba llana;

Que no estando la causa sosegada

Allá fuera el Virrey de mano armada.

Bien claro se mostró, pues prevenia

Al Perú, y á las demas gobernaciones,

Que à priesa á todas partes escribia

De Don Diego las vanas pretensiones.

La nueva á Tucuman presto venia,

Que mas vuelan los tres que unos halcones:

Tambien allega al Rio de la Plata

Dó Juan Ortiz echaba la bravata.

Responde con soberbia al mensagero,

Mostrandole desnudo el viejo pecho,

Que diga à Don Francisco, que harnero

Lo tiene por servir al Rey, bien hecho:

Y que tiene de ser siempre el primero

Dó fuere menester ser de provecho:

Que estan muy enseñadas ya sus manos

A derramar la sangre de tiranos.

Mas no fueran bastantes, si bajàra

Don Diego, sus bravatas y sus fieros,

Que mucha gente moza le ayudàra,

Que al fin eran antiguos compañeros:

Y así la cosa acaso le obligára

A buscar su remedio, y agujeros

A donde se meter à priesa listo,

Que no estaba en la tierra muy bien quisto.

Mas no tuvo Don Diego tal designo,

Que puso en el Virrey toda esperanza,

Que habrà de perdonar su desatino,

Y así sale con esta confianza:

Y no ha bien concluido su camino,

Y à Diego Gomez vido que le alcanza;

Que preso le traìan, y á recado,

De que à Don Diego mucho le ha pesado.

D. Francisco saliendo de la guerra,

A Potosì se fué, que deseaba

Juntar los naturales de la tierra,

Porque esto al Gran Filipo le importaba:

De los valles los trajo, y de la sierra,

Y en breve mucho número ha juntado,

Y pòneles la tasa en los jornales

Del trabajo y labor de los metales.

Los indios son en grande muchedumbre,

Que nunca acabaremos describillos:

Difieren en los trajes y costumbre,

Y asì se diferencian sus aillos;

Subidos en los altos de la cumbre

Del cerro, acà parecen pajarillos:

Sacando allì el metal de sus mineros,

Acà al pueblo lo bajan en carneros.

Los ingénios los muelen muy aina,

Por muy graciosa traza y artificio;

Y hecho ya el metal cual pura harina,

Se hace con azogue el beneficio.

En breve sale piña y plata fina,

Y muchas veces hace bien su oficio

El azogue, quedando tan entero

Segun y como estaba de primero.

El grande laberinto, que de Creta

Es dicho, con razon puede llamarse

El cerro Potosí, à dó una veta

A muchos enriquece; y engañarse

A otro fuerza tanto, que te meta

En ella hasta vivo sepultarse;

Quedando sò la tierra sepultado

A vueltas de la plata que ha buscado.

Estando aquì el Virrey, D. Diego viene

Al asiento llamado de Tomina,

A dó un Corregidor, que el pueblo tiene,

Al punto que lo vè con èl camina,

Prendiendole, que quiere que se suene

Que èl mismo á le prender se determina:

A Potosì lo lleva diligente,

Y el pobre de D. Diego và doliente.

A las casas reales fuè llevado,

A dò està la Real Hacienda, y plata;

Allì lo tienen preso, y á recado,

En tanto que su causa se vé y trata.

No estuvo muchos dias, que acabado

En breve su negocio, no dilata

D. Francisco el castigo que queria

Hacer, segun entiende convenia.

La villa Potosí alborotada

Vereis andar la gente dolorosa;

Sabido la sentencia estaba dada,

Y que la ejecucion era forzosa,

Decian "¡Ha de ser ejecutada

La sentencia de muerte rigurosa!"

Algunos se metieron de por medio,

Mas nunca pudo darse algun remedio.

Al fin, pues, en la plaza fabricaron

Un famoso cadalso muy de presto,

Y al pobre de D. Diego le sacaron

Subido en una mula muy de presto.

Al tablado llegando, celebraron

Su muerte, con dolor y luto puesto;

Sintiendo pena de ello y gran mancilla

Los galanes y damas de la Villa.

Tambien á Diego Gomez, el que habia

Al triste caballero aconsejado,

Colgaron; y lo mismo aqueste dia

Al Avila hicieran, que sacado

Con estos tambien fuè, y ya queria

El verdugo colgarle: encaramado

Estuvo en los postreros escalones,

Y à grande priesa viene el de Quiñones.

A no llegar con priesa y diligencia

Perdiera sin falta Avila la vida;

Que el verdugo ejecuta la sentencia

Si no viene Quiñones de corrida.

Por señal el bordon de Su Excelencia

Traia, que es señal muy conocida;

Perdonan al que està medio difunto,

Y parece nacer en aquel punto.

En su túnica y soga muy revuelto,

Pensando ser vision y que soñaba,

A la cárcel ha sido luego vuelto

En tanto que su causa se trataba:

Al fin saliò de à poco libre y suelto,

Y de gozo y placer no se hallaba;

Que es burla muy pesada y que espanta

Verse un hombre la soga à la garganta.

Si solo imaginar un sentenciado

Que habia de morir al otro dia,

Le hizo que el cabello sea tornado

De negro, blanco, luego encanecìa:[76]

Quien se vido en la escala levantado,

Y al verdugo que echarle ya queria,

Diremos que ha probado el trago fuerte

De la descomunal y cruda muerte.

¡O muerte, cuan amarga es tu memoria!

Al hombre que en sus varios bienes fia,

De Reyes, y no Reyes has victoria.

De noche nos combates y de dia,

En esta vida triste transitoria,

Que al tiempo mas florido se desvia.

Habiamos de tenerte por espejo,

Por regla, por medida, y por consejo.

Aquel santo consejo celebrado,

Que dice, del morir nos acordemos

En todas nuestras obras bien notado,

Seguro que _in æternum_ no pequemos,

En nuestro cristianismo consagrado,

Creido, y aun sabido bien tenemos,

Que ataja la memoria del tormento

Y muerte, y gloria al malo pensamiento.

No finjo santidad ni hipocresía,

Que sè soy pecador desconocido:

Mas digo que en el tiempo que tenía

La muerte al ojo, siendo muy sabido,

Que de hambre morian cada dia,

En la parte que arriba he referido,

Tenia la conciencia tan medida,

Cual nunca jamas tuve yo en mi vida.

La muerte de si tiene dar tristeza,

Por no saber el hombre el paradero:

Que si deste se tiene la certeza

Alegre es aquel trance y placentero:

Dejar un mundo tal, y tal vileza

Habia de dar gozo muy entero,

Y en lugar de tristeza gran consuelo,

Pues vemos que salimos de este suelo.

Una generacion muestra contento

Al tiempo de la muerte, y hace fiesta,

En lugar del funesto sentimiento,

Que hace la española gente mesta.

Si se tuviese el buen conocimiento

De aquesta triste vida tan funesta,

Con la muerte contento se tenia

Tomándola por gozo y alegria.

Julio Solino cuenta una costumbre

De aquellos hiperbóreos tan nombrados;

Empero estos carecen de la lumbre

De Fé: aquestos, dice, que cansados

De vivir, y teniendo pesadumbre

De ver tardar la muerte, muy untados

Con cierta uncion, habiendo bien comido,

Pecando así, se dan fin dolorido.

En Tomahavi vide una estrañeza,

Que es digna de contarse de camino:

En un pantano grande de llaneza

De tierra, está temblando de contino,

A dò llegando perros, sin pereza

Bailando como recio torbellino,

Se arrojan en la fuente dó se cuecen,

Y vivos con su baile alli perecen.

Parece que el morir les dà contento,

Y asì muestran querer aquella muerte,

Y vemos frecuentarse aquel asiento

De perros, y morir de aquella suerte.

Yo vide aquesto propio que aquì cuento,

Que por juzgar el caso yo por fuerte,

A verlo fuí, y los perros que allá fueron

Bailando ví, en la fuente perecieron.

El cisne, blanco, bello, dicen; suele

Cantar cuando la muerte le es vecina,

Que dejar esta vida no le duele,

Teniéndola por triste y por maligna.

Razon es, pues, mas justa se consuele

El hombre racional, que à Dios se inclina,

A quien, si vive bien, tiene guardada

Allà en el cielo Dios mejor posada.[77]

Pues vemos que no es cierta y duradera

La ciudad que habitamos sin firmeza,

Busquemos la que es firme y verdadera,

Que dure para siempre en gran alteza.

La muerte viene á priesa muy ligera,

No es justo espante al bueno su fiereza.

Temerla es natural, mas sea de suerte

La vida, que no pese de la muerte.

Sabìa bien la vida que habia hecho

El vaso de eleccion, y deseoso

De ver á Jesu-Cristo satisfecho,

Que muriendo tenia gran reposo:

Pedia con instancia ser desecho,

Y disuelto del cuerpo trabajoso,

Creyendo gozaria en guadio eterno

A Cristo, sumo bien, con fin superno.

Pero, aquel que no sabe ni está cierto,

Mas antes con razon muy temeroso

Lo que ha de ser de si despues de muerto,

Con la vida se halla muy gozoso.

Así lo experimenta quien concierto

No tiene en su vivienda: el virtuoso

No huye de la muerte, cuando entiende

Que en ella hallarà lo que pretende.

Pregunten à los Màrtires gloriosos

De los falsos tiranos afligidos,

Si iban à la muerte muy gozosos

En verse por Jesus ser perseguidos.

No estaban de su prémio recelosos,

Mas con firme esperanza guarnecidos,

Creian les estaba aparejada

La corona de gloria consumada.

Esta hizo al pastor, aunque primero

Por divino secreto fué librado

De la càrcel, que esté como cordero

Humilde á aquel nerónico mandado:

La misma à su querido compañero

Le convida à que sea degollado;

Y como acá en su vida ellos se amaron

En la muerte tampoco se apartaron.

Esta à Bartolomè hizo que diese

Por su Señor la vida y el pellejo:

Esta al buen Andres hizo muriese

En una cruz, con ser ya cano y viejo:

Esta hizo à Santiago que volviese

Otra vez à Judea, donde aparejo

Hallò de conseguir la merecida

Corona que tenia prometida.

Aquesta à los Apòstoles gloriosos

Les hizo que sufriesen con contento

La muerte, y á los monges religiosos

Hacía se privasen del sustento.

¡Qué de santos estàn ahora gozosos

Que por esta sufrieron gran tormento!

Que dà muy gran esfuerzo à la buena alma

Tener allà en la gloria prémio y palma.

El indio Topamaro no sabia

Despues de muerto el fin de su jornada,

Y tanto de la muerte se temia,

Que diera al de Toledo sugetada

La vida á servidumbre, aunque tenia

En otro tiempo fuerza señalada.

Mas el proverbio, y vulgo dice y grita,

Que viva la gallina con pepita.

Aqueste en Vilcabamba residia

Con Incas, y valientes compañeros;

Y como por Señor èl se tenia,

Formaba allà sus leyes y sus fueros.

A cristianos jamas él ofendia,

Ni supe que hiciese desafueros:

En sus tierras se estaba retirado,

Y de los suyos era respetado.

Algunos de los cuales acudian

Al reino del Perú y sus poblados:

Con ellos muchos indios se metian

En Vilcabamba, siendo maltratados

De aquellos españoles que servian:

Que muchos suelen ser desatinados

De tal suerte en mandarles lo que quieren,

Que hacen que los indios desesperen.

D. Francisco, que siempre procuraba

En el real servicio señalarse:

Como supo que este indio se jactaba

De ser Señor, acuerda de tornarse

De Potosí, y al Cuzco se bajaba;

Y sabiendo podia confiarse

De Loyola, esta empresa le ha nombrado,

Y en breve mucha gente le ha entregado.

Martin Garcìa Loyola, caballero

Era del hábito de Calatraba,

Discreto, afable, sábio, compañero:

En cosas de justicia se mostraba

Con grande rectitud muy justiciero;

De remiso ninguno le notaba,

Porque, de mas de ser sabio y prudente,

Es vivo como azogue y diligente.

Saliendo á la conquista ha padecido

Grandìsimos trabajos y fatigas:

En gran tiempo no hubieron parecido

Los indios, aunque son mas que hormigas.

Loyola, porque vé el campo afligido,[78]

Siguiendo aquestas gentes enemigas,

Con solos dos soldados parte un dia,

Con un esfuerzo grande y osadia.

En luengo un grande rio caudaloso

Con sus dos compañeros fué bajando

Tres dias, y en un prado verde umbroso

Que el rio con sosiego va bañando,

Metido en una choza al valeroso

Topamaro le ha hallado reposando,

Sin gente, que no saben la venida

Del Capitan Loyola á su guarida.

Una cadena le echa á la garganta

De fino oro, muy rica y bien labrada:

El Inca luego al punto se levanta,

Sintiendo de esto pena muy sobrada.

Loyola con sus dos victoria canta,

Juzgando por dichosa tal entrada:

Rio arriba se vuelve placentero,

Triunfando del cautivo y prisionero.

Saliò de Vilcabamba victorioso,

Y en la ciudad del Cuzco entra triunfando

Del triste Topamaro doloroso,

Que su miseria viene lamentando.

Hallóse él de Toledo tan gozoso,

Y el caso de tal suerte exagerando,

Que al licenciado Polo, su teniente,

Le dice le deguelle prestamente.

El licenciado Polo le responde,

Que no quiere èl hacer esa torpeza:

Que no halla derecho, ni por donde

A aquel Inca cortarle la cabeza;

Y que si causa él tiene, y no la absconde,

Se la muestre, y harálo sin pereza:

Mas sin otro recado, que no quiere

Ponerse al riesgo y mal que le viniere.

El Virrey replicó, que lo hiciese

Como justicia suya, y su teniente:

El Polo se resume en que escribiese

De su mano el mandato, y que se asiente;

Que no quiere algun tiempo le pidiese

Del Inca aquella muerte algun pariente.

El Virrey ordenó luego un escrito

Del Inca publicando su delito.

Al punto que se supo de su muerte,

Que ejecutarse manda, se juntaron

En breve tanta gente de su suerte,

Que toda la ciudad alborotaron.

Y aunque fué rogado, estuvo fuerte

El Virrey, que con él no aprovecharon

Los frailes, y un Obispo que decia,

Que á España à Topamaro llevaria.

Al fin en una mula le sacaron,

Con un pregon su culpa publicando,

Que los indios por èl se levantaron,

Aquesto iba el verdugo pregonando.

Tantos indios en esto se juntaron,

El Cuzco de tal suerte alborotando,

Que necesario fuè que le rogasen

Al Inca que mandase que callasen.

Allà en el cadalso pues subido,

El Inca en alto levantó la mano,

Al punto el alboroto y el ruido

Cesó: porque veais si aquel pagano

De sus indios sería bien temido.

En esto determina ser cristiano:

Bautìzale un Obispo que está al lado,

Y al punto la cabeza le han cortado.

Fué tanto el alarido y vocería

Que los indios entonces levantaban,

Que el mundo parecía se hundìa

Y las cosas ya todas se acababan.

En tanto este negocio sucedía.

Los tristes zaratinos lo pasaban

Allá en nuestro Argentino de tal suerte,

Que el mal allí menor era la muerte.

De su hambre y desastres trataremos,

Siquiera porque alguno haga memoria

De piedad, y á Dios le rogaremos,

Que tenga à los finados en su gloria;

Y en esto de esta hambre hablaremos,

Como á quien cupo parte de la historia;

Que tal me vide à veces, que rabiaba

Por comer, mas comida no hallaba.

Y así probé manjares, y guisados

Jamas de hombres humanos conocidos.

Allì fueron los monos celebrados

Por cabritos, y mas enternecidos,

Tigres, osos, leones, desusados

Manjares, de la hambre convencidos.

Comiamos: empero tal me via,

Que con la hambre pura no dormía.

Viniendo de la iglesia una mañana,

Que habia sacrificio celebrado,

Una comadre mia, Mariana,

De su pequeña choza me ha llamado,

En una isla dò antes la tirana

Le habia à su marido sepultado,

Y oid lo que me dice muy gozosa,

Aunque del hecho suyo recelosa.

Un solo perro habia en el Armada

De gran precio y valor para su dueño,

Llamado entró ese dia en su posada,

Mas nunca mas salió de aquel empeño;

Porque ella le matò de una porrada,

Al tiempo del entrar, con un gran leño:

Mostràndolo me dice: "¿què haremos?"

Yo dije: "asad, Señora, y comeremos."

Comímonos el perro con secreto,

Aunque ella su negocio exageraba

Por malo: mas yo dije, que el precepto

De no hurtar, jamas se quebrantaba

En casos semejantes; que el concepto

Muy bien en la escritura se esplicaba;

Que entre los sabios es muy ordinario

Carecer de la ley lo necesario.

La Argentina, o La conquista del Rio de La Plata. Poema histórico · 第 39 / 77 题