IX

Era indudable que Gracián se aburría, una estancia en el campo de cerca

de un mes, era mucho poema geórgico para aquel gran artista multiforme,

aun contando con el aliciente de perseguir un par de conquistas

amorosas. Por logradas las tenía el famoso cortejante, y con cinismo y

jactancia clasificábalas en su imaginación de este modo: «Eva, que se

hará desear para hacerse valer... equivale á decir que me costará un

pico... Rosa, que espera mis órdenes rendida á discreción... «de balde

y con gracia»... Total, dos empeños de poca monta, sin dificultades ni

riesgos... Dos mujeres conseguidas sin más que extender la mano, como

quien dice...»

Y al hacerse estas cuentas galanas, la triunfante sonrisa de Gracián

se convertía en un bostezo prolongado y fastidioso. Trataba de

ocultarse á sí mismo, que si algún lazo le detenía en el valle con

deseo creciente y mortificador, era su propia mujer, la abandonada y

ofendida esposa que ahora le parecía más bella y codiciable que nunca.

La encontraba diferente á cada momento, y siempre encantadora como

jamás se le había parecido. Algunas veces era María la niña novia de

cándidos ojos y actitudes infantiles, pero más altiva, más arrogante

y desdeñosa que cuando Gracián la enamoró en _Las Palmeras_, en

facilísima escaramuza de pretendiente; en otras ocasiones adquiría una

expresión ideal de Dolorosa, y con las azules pupilas rasas de llanto,

las menos de azucena entrelazadas y el nimbo dorado de los cabellos,

rutilante á modo de corona, le parecía á Gracián haberla visto cubierta

de luctuosa túnica, con un puñal clavado en el corazón, conducida en

andas por las calles en un cortejo de lágrimas y oraciones. Y aquel

incrédulo, que no tenía firme en su alma ni una sola idea religiosa,

contemplaba con extraño respeto, como una cosa nueva y fascinante, el

santo dolor de la mujer que él llevó al altar, con engaño y perjurio,

para marcarla con el hierro de la esclavitud, en martirio irremediable.

Pero, de pronto, aquella pura frente contraída, aquel mirar nublado,

aquella boca crispada, se aplacían en súbita transformación, y todo el

semblante bellísimo tornábase dulcedumbre y alegría, como cuando en la

mar arbolada y tormentosa salta una mano de viento bonancible.

Quedábanse entonces los ojos de María suspensos de alguna divina

aparición, y en los labios le temblaba una sonrisa, colmada de

promesas, que á Gracián le hacía estremecer. Estos cambios bruscos

y peregrinos dábanle al esposo mucho cuidado, y le causaban un

desasosiego que iba convirtiéndose en amorosa tentación. Tan menguadas

consideraciones había guardado él á su esposa y en tan ruin estima la

tuvo siempre, que la indiferencia ó la culpa le impidieron protestar de

la tácita separación que entre ambos inició María, y que se consumaba

en discreto disimulo, con todo el aparato de una avenencia cordial.

Y en aquella rara situación, Gracián el victorioso, el siempre feliz

enamorado, sentía una singular inquietud al acercarse á su mujer con

leves insinuaciones de íntima plática.

Sabía ella detenerle de tal modo en aquel camino, inútil hacía tiempo

entre los dos, que sin hablarle, con una mirada, con un gesto, le hacía

retroceder intimidado. Sin querer confesarle la derrota, calmaba el

_super-hombre_ su vanidad inmensa suponiendo que María, en silencioso

culto, le adoraba, y que los insistentes y rendidos galanteos que él

prodigaba á Eva, la tenían enojada y celosa.

Varias veces, dentro de su propia casa, soportó María enredos amorosos

de Gracián y ofensas imperdonables; pero él se esforzaba en pensar que

entonces no se había fijado como ahora en el efecto que el impudor de

sus hazañas producía en aquella mujer paciente y noble. Quiso creer que

la casualidad, y no una afición que despertaba, le ponía al descubierto

aquella supuesta condición celosa de María, y ahogando con soberbia

terrible su malestar interior, acariciaba con protectores ojos á la

esposa, murmurando compasivo: ¡pobrecilla!...

Para distraerse de aquella sorda irritación que le sublevaba,

esforzábase en cortejar á Eva sin recato ninguno, improvisando cacerías

y paseos á los más pintorescos lugares de la comarca; y aunque siempre

invitaba á su mujer á que tomara parte en aquellas excursiones, ella

se disculpaba de asistir, invariablemente, con pretextos tan fútiles

y poco justificados, que Eva, molestada por aquella displicencia

mortificante, aceptaba los proyectos de Gracián con espíritu de

venganza hacia María, y lanzábase en imprudentes holgorios con su

galanteador, escandalizando aquella vecindad tranquila y timorata.

Se quedaba María muy á gusto en la dulce soledad de su jardín ó de sus

habitaciones, libre para saborear la felicidad dolorosa de su alma, y

mientras tanto los dos excursionistas disimulaban difícilmente su mutuo

aburrimiento.

Eva sentía ya un verdadero asombro ante el silencio obstinado de su

marido, y Gracián perdía terreno en el ánimo de la hermosa, á medida

que la preocupaba aquella terca actitud del ausente y la dolía como una

humillación injusta la indiferencia de aquel á quien para siempre creyó

su esclavo.

Por su parte Gracián se fatigaba en las alternativas de resistencia

y alientos á que Eva le tenía sometido, y suponiéndolas ajustadas á

planes de astucia femenil, sentíase impaciente y disgustado.

Así pasaban los días tejiendo paradojas alrededor de nuestros

personajes. Rosa, en acecho de los pasos del señorito, desfallecía en

atroces luchas de insensata pasión. Su pobre corazoncito, macerado por

la pena, se rasgaba en cauces de remordimientos cuando los ojos de la

moza contemplaban á la señorita María, tan abandonada y tan bella, con

el semblante divinizado por una apacible luz que á veces parecía de

resignación y á veces de felicidad...

X

Una de aquellas mañanas agostizas, cálidas y radiantes, tempranito

llamaron á la puerta del gabinete donde Eva dormía con Tristán. Acababa

de vestirse la señora, cuando una voz infantil preguntó--¿se puede?...

Y sin esperar contestación, la cabecita rizosa de Lali asomóse en la

estancia.

--Ven, ven--gritó con afán Tristanito--¿me traes flores?

--Sólo traigo un clavel--dijo la niña, alzándole, rojo y húmedo, en su

mano diminuta. Acercóse á la cama donde el niño se había sentado, muy

contento, y añadió con delicioso aire maternal:

--He venido muy deprisa; luego te cogeré más flores, monín; ahora están

llenas de rocío...

--¡Mucho has madrugado!--la dijo Eva amablemente.

Muy pizpireta, saltó la niña:

--Porque hoy hemos madrugado todos en casa; á mi papá se le ha

ocurrido marcharse ahora á _Las Palmeras_ en el tren correo, y como

pasa á las ocho, desde el amanecer están en danza las maletas y los

armarios... yo no sé las cosas que ha revuelto... ¡y eso que va por dos

días!...

Eva se quedó estupefacta, y con un vago terror, murmuró entre dientes:

--¡Otra huída!...

Igual idea tuvo Tristán, que recordó con misterio asustadizo:

--También mi papá se fué de repente una mañana, con su maleta... ¿A

dónde irán tan deprisa todos los papás?

Lali se echó á reir.

--¡Qué tonto eres!--dijo sentenciosa--Van deprisa porque el tren no

espera. Mamá me ha contado que tu papá ha ido á Madrid á escribir

versos y libros que valen mucho dinero, y después te va á comprar

muchas cosas... muchísimas... Mi padre ha ido á _Las Palmeras_...

¿sabes dónde es?... Pues allá abajo, en una playa... ¿sabes lo que

es playa?... La arena donde llegan las olas... El mar es como un río

grande, grande... como un cielo todo de agua... ¡Da algo de miedo!...

Pues allí tienen mis tíos una quinta, y en el periódico que escriben en

aquel pueblo «leímos» anoche que había llegado á visitarlos una señora

muy guapa de Madrid, que se llama condesa de Manrique... Y mi papá ha

ido á verla.

Centellearon los africanos ojos de la dama, y Tristán levantó hacia

ellos los suyos encendidos de ansiedades, para interrogar:

--¿Cómo dices que los versos son una tontería y que papá no sabe ganar

dinero?... ¿No oyes que me va á comprar muchas cosas?...

No. Eva oía solamente aquellas palabras del parlamento de Lali, «una

señora muy guapa, condesa de Manrique». Recordaba la breve escena

enigmática entre Gracián y su mujer el día que en Madrid se despidió

de ellos... Hablaron de Casilda Manrique con singular entonación.

Seguramente era una mujer de quien María estaba celosa; una rival «de

cuidado» también para las ilusiones de Eva...

Se puso á vestir al niño maquinalmente; luego le mandó con Lali al

jardín para que allí le sirvieran el desayuno, y nerviosa, agitada,

comenzó á peinarse delante del espejo.

En su endrina cabellera se asomaban con timidez las primeras canas,

tan pocas y con tal precaución, que sólo ella las había advertido;

aquella mañana le parecieron á Eva muchas más que otras veces; iba

entreabriendo la madeja sedosa, y con mueca iracunda, al descubrirlas,

renegando de la edad y de la suerte, golpeaba el suelo con el tacón

agudo de su bota. Aquel día todo le salió á disgusto; el peinado,

dificultoso y lento como nunca, se malogró en ondulaciones que á

su parecer «no la sentaban». Halló su rostro descolorido y vulgar,

señalado con las huellas del tiempo; sus modestos vestidos de

diario, le parecían túnicas indecorosas; sus zapatos, inservibles;

su habitación, miserable... Se creyó abandonada y vendida, víctima

de estupendas traiciones y de infames atropellos... Como una furia

se debatió en su cuarto contra imaginaria tormenta de infortunios,

y, al medio día, salió de su encerrona con la repentina esperanza de

que, torpe la sirviente, no le hubiera transmitido algún recadito

galante de Gracián. Pero se frustró su presentimiento. Ni una palabra

de cortés despedida tuvo para ella su ferviente adorador del día

antes... Aun pretendió disculparle, imaginando que volvería pronto y

no habría querido comprometerla con cartas ni avisos. Pero el nombre

sonoro de la condesa de Manrique cayó sobre la débil disculpa como un

sarcasmo cruel. Pasó toda la tarde en desesperada actitud, y, ya al

anochecer, incapaz de resistir sola aquella silente meditación del

crepúsculo, fuése de visita á la casona de Ensalmo. En la solana halló

á María jugando con Lali y con Tristán como una nena; estaba hermosa

y sonriente, con un aire juvenil, encantador. La figura amenazante de

Eva avanzó sobre el grupo alegre como una sombra trágica, y su voz,

impregnada de reproches ocultos, fué apagando las risas en silencio

fatal.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 52 / 69 题