Tan alta la vi volar,
un águila palomera,
luego la vide bajar
más humilde que la sierra...
En la maravilla y calma de la noche una voz, recia y varonil, lanzó
este cantar derecho á una ventana encendida, que se abría, cual ojo
investigador, en la oscura fachada del palacio.
Era la ventana de Rosita y estaba en el segundo piso, vigilando la
carretera con mucha curiosidad.
Debajo de aquel cuadro de luz, parpadeante como una estrella, se
rebullía un grupo de hombres del campo.
Hasta siete serían, y hablaban quedamente entre gorjas y risas,
escogiendo en su aldeano repertorio de coplas algunas intencionadas,
como la del _águila palomera_.
Arriba, en la habitación luminosa, Rosita sentada en el borde de su
lecho intacto, desvelada y anhelante, escuchaba la cantaleta de los
mozos; y al sonreir después de cada cantar, hubiérase dicho que tenía
los ojos llenos de lágrimas; tanto lucían en su cara morena, húmedos y
tristes.
De pronto el cuchicheo de abajo tomó proporciones de discusión; se
oyeron algunas frases crudas y un juramento rotundo que calmó todas las
voces.
Rosita apagó su vela de un soplo, y se acercó á escuchar, orilla de la
ventana.
Un acento que le era conocido, el mismo que había lanzado el juramento,
profirió con entereza:
--Cantares que «la piquen», sí; pero no que la dañen; ya os he dicho
que la tengo ley...
Un murmullo de avenencia se inició en torno á una copla de despedida,
y, poco después, la ronda de mozos se alejó lentamente, por la cinta
blanca de un camino, que se retorcía entre praderas y bosques, en la
angostura del valle, buscando salida por la hoz profunda, á la par del
río.
Acodóse Rosita en su ventana, y, mirando cómo desaparecía el grupo
rondador, exclamó callandito, con amargura honda:
--Todavía me quiere Manuel...
Después sus ojos, nublados de tristeza, se pusieron á rezar en el altar
solemne de los cielos.
Bajo el rezo sin voz de su mirada, el corazón sincero de la moza se
confesó con Dios, lanzando con valentía un gran secreto al espacio
infinito.
Ella creyó que al rodar en la noche aquel secreto iba á quedar
envuelto en una nube ó preso en una estrella, ó perdido, tal vez, en un
repliegue del firmamento azul.
Pero fué el caso que la contrita confesión de Rosa se extendió por el
cielo con una claridad nueva y extraña que no era de los astros, y que
pudiera ser únicamente luz milagrosa y pura de una conciencia honrada.
Vió entonces, la infeliz, cómo en la luna y en un lucero claro y
rutilante, que ella llamaba suyo desde niña, y en las estrellas todas,
por el terso cristal inmaculado, resbalaba la imagen de su culpa; una
culpa moral, involuntaria, pero negra y odiosa como la ingratitud.
Tremante y angustiada se llevó las dos manos á los ojos cargados de
rocío, del rocío del alma que es el llanto; y después de enjugarlos
con presteza, tornó á mirar ansiosa hacia la altura, creyendo hallarla
limpia de su revelación.
Pero, más claros los cielos de su cara, mejor vieron cómo todo el dosel
peregrino de la noche estaba empañado del terrible secreto de su vida...
Cayó Rosa de hinojos en la media penumbra de su cuarto, y en el
acusador espejo del celaje vió pasar, luminosa y desnuda, toda la
historia de su traición.
Era cierto que, olvidando gratitud y lealtad, como una loca, amaba
tiempo hacía al señorito Gracián, al esposo de la mujer tan santa como
bella que había sido su ángel protector años enteros.
Aquella pasión desordenada, nació de sus aficiones á seres y cosas
brillantes. De amar lo portentoso y deslumbrador, llegó á enamorarse
del hombre más galán de cuantos conocía, de aquel afortunado y apuesto,
osado y triunfante como ninguno de los que la moza viera.
Cuando quiso pensar la sin ventura que aquel caballero podía ser para
ella, perdición solamente, causa cierta de ingratitud y deshonor, ya
era tarde, ya la pasión fatal se había ganado corazón y sentidos, y un
incendio de amor le consumía con llama inextinguible.
Pero esta cuita, tan dolorosa y grave, no era un pecado para el ánima
en pena de la moza.
Fué lo tremendo en el percance aquel, que anduvo ella propicia y
diligente para hacerse notar del señorito; el cual, muy atareado en
diversos problemas de su vida, apenas se había detenido á confirmar que
la doncella era guapa, según él, á la vez que _Nenúfar_, lo había dicho
allá abajo en la playa, siendo Rosa una niña.
Sin duda el mismo Lucifer le inspiró á la muchacha perversos planes,
que sin meditación ni consciencia fueron puestos en práctica audazmente.
Ella, que sólo de cuidar á Lali tenía obligación, mostrábase solícita
para entrar en el cuarto de Gracián con hábiles pretextos, y servirle
con una asiduidad tan extremosa como llena de pérfidas coqueterías.
Y el ángel que guardaba á Rosita fué, de seguro, quien preocupó á
Gracián con tan arduos asuntos económicos, ó tan altas conquistas
amorosas, que sus muchos cuidados le pusieron una venda en los ojos.