Nunca imaginara el poeta que aquel descanso apacible en el valle natal
hubiera de ser tan breve. Mientras luchó en la corte, en lucha mezquina
y triste, sostúvole la esperanza de dar reposo á su cuerpo y á su
espíritu con la vida sedante de la montaña. Mas, apenas llegado al
campesino hogar, vió deshecha la última ilusión, que ni aun entonces le
consintió sosiego su mala fortuna.
Sucedió hallándose una tarde en el jardín las familias vecinas gozando
la dulzura del ambiente.
--Yo no conozco el parque--dijo Eva.
Y Gracián, muy atento, la invitó á recorrerle.
--Quédate tú conmigo--rogó á Diego, María.
Él, un poco turbado y muy alegre, sentóse al lado suyo mientras la otra
pareja se alejaba.
Absortos en la plácida quietud del paisaje parecían estar los dos
amigos; pero no, que miraban fijamente, obstinados sin duda en una
idea, el camino que seguían Eva y Gracián.
Ya tocaron los paseantes el lindero del bosque; se internaron en él...
se borraron en la sombra.
--¡Qué silencio!--suspiró María.
--Sí; ¡qué paz y qué belleza la del valle!
--El valle tuyo y mío... ¿No te acuerdas cuando éramos aquí los dos
felices?
Ni ella puso en duda que Diego fuése ahora desgraciado, ni él trató
de negar que María fuera infeliz. La miró á los ojos mucho, mucho,
como aquella sola vez que en largo tiempo se acercó á mirarla, y dijo
únicamente:
--Siempre me acuerdo.
Sosteniendo la mirada del poeta se le llenaron á María los ojos de
lágrimas.
--¿Sufres mucho? ¿es de veras?--interrogó él, con anhelo piadoso.
--No cabe en las palabras lo que sufro...
--¿Por qué no me lo cuentas y te alivias?... Como hermanos hemos vivido
aquí; ten confianza en mi amistad; ya sabes cuánto te quiero.
--Tú también sufres...
--Pero soy hombre, y puedo con mi pena y la tuya.
--¿Y te vas á marchar lejos y solo, cargado con dos penas?... ¡Pobre
Diego!...
--Si tú me compadeces ya no seré tan pobre... ¿Tienes lástima para mí?
--¿Lástima sólo?... Y cariño también; y admiración; llorando he
aprendido á quererte... Ahora sé todo lo que vales...
--¡Qué alegría, que alegría tan loca!--exclamó Diego á solas con su
alma.
--Ya no me compadezcas--dijo en seguida con expresión radiante--, soy
dichoso.
Incrédula, María, replicóle:
--¿Dichoso?... No lo creo... Es que lo sueñas...
--¡Sueño divino del amor de un ángel!
--¿Amor?... ¿Amor?... ¡Ay, Diego, me da espanto esa palabra
hermosa!... Yo te quiero como una hermana tuya; como tu compañera de
infortunio...--Y en voz muy leve,--pero no con amor... de ese que
dices--añadió suspirando.
--Pues yo--dijo el poeta, con un ímpetu entre plácido y fiero--yo
te adoro desde que eras chiquita como Lali; creció mi amor contigo,
y tus desdenes dormido le dejaron en mi pecho durante algunos años;
ya despertó, María; está despierto, lozano como nunca, brota flores,
lágrimas y cantares... Perdona si soy poco valiente y te lo digo en
la primera hora bendita en que tus ojos me miran con piedad y con
ternura... Perdona y no rechaces mi confesión...
--Tal vez te engañas, Diego--murmuró ella temblando.
--He querido engañarme suponiendo que esto que yo sentía eran sólo
fuegos fatuos de la imaginación; el recuerdo personificado del valle
montañés; algo de romanticismo nebuloso, de espuma sentimental; pero
he sentido en el alma el estremecimiento de unas hondas raíces, la
voz íntima y fuerte del verdadero amor, ese sublime arrebato de los
sentimientos, ese alimento sobrehumano ansioso de la eternidad...
--Me das miedo; no hables así... Acaso yo misma provoqué tu
confidencia... He sido una imprudente.
--No; mi secreto ha volado á buscarte no sé cómo, no te debe inquietar;
él te revela que por encima de todo dolor y de todo obstáculo hay quien
sigue con amor y respeto las huellas de tu vida, que hay un hombre en
el mundo á quien le duele en el alma la injusta suerte de una mujer tan
noble y tan hermosa...
Trastornada, con las manos cruzadas sobre el pecho, ella exclamó:
--¡Dios mío!...
--Díme que no te ofendo con amarte de esta manera delicada y pura.
--¿Ofenderme?... Si me obligas á una gratitud inmensa, á una devoción
constante... Pero temo que ofendamos á Dios.
--No temas nada. Este es un cariño amasado con todo lo más exquisito y
noble que puede haber en el fondo de mi naturaleza, y que tiene, para
mayor santidad, la levadura del dolor; es un desinteresado cariño que
nada quiere para sí, que sólo pide un poco de clemencia á cambio del
consuelo que te ofrece.
--Mis desgracias te atraen...
--Y tus virtudes; la hermosura admirable de tu alma; la gallardía con
que llevas la cruz que te atormenta...
--Es mi deber...
--Pero un deber en forma de suplicio; un deber que te oprime y
te maltrata... Tú me has dado un ejemplo de fortaleza y de valor,
tan grande, que me has cambiado en otro hombre útil y valeroso. La
desesperación que me consumía es arrogancia ahora; ya me siento capaz
de acometer las empresas más altas, de luchar y vencer en nobles lides.
--Calla, calla; parece que deliras...
--Mi elocuencia te parece un delirio. A mí también me asombra esta
divina fiebre de inspiración que late en mis palabras. Todo el tumulto
de mis sentimientos se me agolpa en el corazón, encendido en la eterna
llama del amor, y me siento feliz y poderoso.
--Estás alucinado, estás enfermo... Me vas á contagiar con tu
locura--balbució María, presa de ansiedad y emoción.
--Estoy redimido por ti; el aliento ideal de tu espíritu ha penetrado
en el mío, y esta comunión de nuestras almas me ha dado la fuerza.
Has despertado el profundo sentimiento religioso que en mí dormía,
el anhelo del sacrificio... Me has revelado mi propio corazón,
alumbrándole con la luz de la verdad.
--Y en tanto el mío, va quedando en tinieblas...
--¿En tinieblas el tuyo?... No, María, nunca la sombra te podrá
oscurecer.
--Pues tus palabras caen sobre mi vida como una niebla que me envuelve
toda.
--Puede ser una niebla que te oculte los abrojos fatales del sendero.
--O el abismo que me acecha traidor...
--¿Desconfías de mí?
--De esa pasión que cuentas desconfío... ¡y también de la mía!--clamó
ella con la voz amargada y sollozante.
Entonces Diego, con exaltado acento de ternura, exclamó:
--¡Tu pasión!... ¡Bendito sea este divino hallazgo de dos almas! No me
sorprende, yo le presentía; he venido á este valle tuyo y mío con la
ilusión celestial de quien acude á una cita de amor siempre esperada.
Alzóse María de su asiento, demudada y tremulante.
--Yo no te he dado cita... ¿Cuándo?... ¡nunca!... De veras que estás
loco...
--No me la dió tu boca, ni tu mano, ni tus ojos siquiera. Me la dió
tu alma, no lo niegues; la mía te buscaba por voluntad de Dios, por
impulso irresistible y santo; y la tuya, piadosa y obediente al supremo
designio, me citó en este huerto memorable á la luz de la luna... ¿No
te acuerdas?
Como evocado por el devoto acento del artista, un haz de luna espació
en el paisaje su reflejo, heraldo de la noche.
Tendióse en las montañas la tristeza infinita del atardecer cántabro,
esa lenta y profunda declinación del día, que produce en las almas
sentimentales un sacudimiento de lágrimas y oraciones.
Señalándole á María el astro que bajaba por el cielo, Diego murmuró:
--Ya acude como testigo.
Y ella, seducida por la aparición encantandora, vacilante, repuso:
--Me haces perder el juicio. Eso que dices, ¿ha sucedido acaso, ó es un
romance de los que tú inventas?
--Es un trozo de poesía palpitante que arranco de nuestra existencia,
y te le ofrezco... Un romance parece por lo hermoso, y tú y yo le
vivimos.
Sacudió la señora su cabeza rubia como para librarse de aquella
fascinación, y afirmó luego:
--No se vive en romance; estamos hablando muchos desatinos... La vida
es un tormento que hay que resistir con firmeza.
--¿Y si Dios nos envía el inefable consuelo del amor?
--Amor culpable Dios no le bendice.
--Yo no te ofrezco un amor condicional y transitorio, fiado á la hora
presente, un amor de ocasión y de venganza que Dios no puede consentir;
te estoy hablando de nuestra boda espiritual, del santo desposorio de
nuestros corazones. El sufrimiento une las almas con lazos mucho más
firmes que los de la dicha... ¡Deja que nos enlacen nuestras penas!
Sentada otra vez en el banco junto á Diego, con una voz adelgazada y
lenta, María murmuró:
--¡Es imposible!
Y él, henchido de gozo al verla conmovida y vibrante.
--No tiembles--le decía--, no te asustes de mí; yo soy tu amigo y tu
hermano, además de adorarte con toda mi alma de hombre y de poeta,
con todo cuanto hay en ella de eterno y de divino... Estábamos
predestinados el uno para el otro, y hemos peregrinado entre dolores
para amarnos mejor y ser más buenos... Ya el destino se cumple y aquí
estamos en la cita de amor, cita de boda...
María, con los ojos errantes en el cielo, abismada en deliquio
sentimental, confirmó:
--Sí, se cumple el destino...
Ebrio de felicidad quiso el poeta besar las lindas manos de la dama,
pero ella, volviendo de su éxtasis, le dijo con entereza y con dulzura:
--Ni siquiera la punta de los dedos.
Él entonces, humilde y reverente, se arrodilló á besarle el borde del
vestido.
Hacia el lado del bosque se oyó rumor de risas y palabras, y María
inquietóse murmurando:
--¡Ya vuelven!...
--¡Así nunca volvieran!--profirió Diego, y se levantó con el semblante
húmedo, de lágrimas quizá, ó del rocío de algunas florecillas que al
inclinarse acarició en la hierba.
Un suspiro de la noche se deslizó sobre los campos y aromó la vida.
En el celaje sereno se extendieron las estrellas con mansedumbre de
bendición sacerdotal.