II

Nunca imaginara el poeta que aquel descanso apacible en el valle natal

hubiera de ser tan breve. Mientras luchó en la corte, en lucha mezquina

y triste, sostúvole la esperanza de dar reposo á su cuerpo y á su

espíritu con la vida sedante de la montaña. Mas, apenas llegado al

campesino hogar, vió deshecha la última ilusión, que ni aun entonces le

consintió sosiego su mala fortuna.

Sucedió hallándose una tarde en el jardín las familias vecinas gozando

la dulzura del ambiente.

--Yo no conozco el parque--dijo Eva.

Y Gracián, muy atento, la invitó á recorrerle.

--Quédate tú conmigo--rogó á Diego, María.

Él, un poco turbado y muy alegre, sentóse al lado suyo mientras la otra

pareja se alejaba.

Absortos en la plácida quietud del paisaje parecían estar los dos

amigos; pero no, que miraban fijamente, obstinados sin duda en una

idea, el camino que seguían Eva y Gracián.

Ya tocaron los paseantes el lindero del bosque; se internaron en él...

se borraron en la sombra.

--¡Qué silencio!--suspiró María.

--Sí; ¡qué paz y qué belleza la del valle!

--El valle tuyo y mío... ¿No te acuerdas cuando éramos aquí los dos

felices?

Ni ella puso en duda que Diego fuése ahora desgraciado, ni él trató

de negar que María fuera infeliz. La miró á los ojos mucho, mucho,

como aquella sola vez que en largo tiempo se acercó á mirarla, y dijo

únicamente:

--Siempre me acuerdo.

Sosteniendo la mirada del poeta se le llenaron á María los ojos de

lágrimas.

--¿Sufres mucho? ¿es de veras?--interrogó él, con anhelo piadoso.

--No cabe en las palabras lo que sufro...

--¿Por qué no me lo cuentas y te alivias?... Como hermanos hemos vivido

aquí; ten confianza en mi amistad; ya sabes cuánto te quiero.

--Tú también sufres...

--Pero soy hombre, y puedo con mi pena y la tuya.

--¿Y te vas á marchar lejos y solo, cargado con dos penas?... ¡Pobre

Diego!...

--Si tú me compadeces ya no seré tan pobre... ¿Tienes lástima para mí?

--¿Lástima sólo?... Y cariño también; y admiración; llorando he

aprendido á quererte... Ahora sé todo lo que vales...

--¡Qué alegría, que alegría tan loca!--exclamó Diego á solas con su

alma.

--Ya no me compadezcas--dijo en seguida con expresión radiante--, soy

dichoso.

Incrédula, María, replicóle:

--¿Dichoso?... No lo creo... Es que lo sueñas...

--¡Sueño divino del amor de un ángel!

--¿Amor?... ¿Amor?... ¡Ay, Diego, me da espanto esa palabra

hermosa!... Yo te quiero como una hermana tuya; como tu compañera de

infortunio...--Y en voz muy leve,--pero no con amor... de ese que

dices--añadió suspirando.

--Pues yo--dijo el poeta, con un ímpetu entre plácido y fiero--yo

te adoro desde que eras chiquita como Lali; creció mi amor contigo,

y tus desdenes dormido le dejaron en mi pecho durante algunos años;

ya despertó, María; está despierto, lozano como nunca, brota flores,

lágrimas y cantares... Perdona si soy poco valiente y te lo digo en

la primera hora bendita en que tus ojos me miran con piedad y con

ternura... Perdona y no rechaces mi confesión...

--Tal vez te engañas, Diego--murmuró ella temblando.

--He querido engañarme suponiendo que esto que yo sentía eran sólo

fuegos fatuos de la imaginación; el recuerdo personificado del valle

montañés; algo de romanticismo nebuloso, de espuma sentimental; pero

he sentido en el alma el estremecimiento de unas hondas raíces, la

voz íntima y fuerte del verdadero amor, ese sublime arrebato de los

sentimientos, ese alimento sobrehumano ansioso de la eternidad...

--Me das miedo; no hables así... Acaso yo misma provoqué tu

confidencia... He sido una imprudente.

--No; mi secreto ha volado á buscarte no sé cómo, no te debe inquietar;

él te revela que por encima de todo dolor y de todo obstáculo hay quien

sigue con amor y respeto las huellas de tu vida, que hay un hombre en

el mundo á quien le duele en el alma la injusta suerte de una mujer tan

noble y tan hermosa...

Trastornada, con las manos cruzadas sobre el pecho, ella exclamó:

--¡Dios mío!...

--Díme que no te ofendo con amarte de esta manera delicada y pura.

--¿Ofenderme?... Si me obligas á una gratitud inmensa, á una devoción

constante... Pero temo que ofendamos á Dios.

--No temas nada. Este es un cariño amasado con todo lo más exquisito y

noble que puede haber en el fondo de mi naturaleza, y que tiene, para

mayor santidad, la levadura del dolor; es un desinteresado cariño que

nada quiere para sí, que sólo pide un poco de clemencia á cambio del

consuelo que te ofrece.

--Mis desgracias te atraen...

--Y tus virtudes; la hermosura admirable de tu alma; la gallardía con

que llevas la cruz que te atormenta...

--Es mi deber...

--Pero un deber en forma de suplicio; un deber que te oprime y

te maltrata... Tú me has dado un ejemplo de fortaleza y de valor,

tan grande, que me has cambiado en otro hombre útil y valeroso. La

desesperación que me consumía es arrogancia ahora; ya me siento capaz

de acometer las empresas más altas, de luchar y vencer en nobles lides.

--Calla, calla; parece que deliras...

--Mi elocuencia te parece un delirio. A mí también me asombra esta

divina fiebre de inspiración que late en mis palabras. Todo el tumulto

de mis sentimientos se me agolpa en el corazón, encendido en la eterna

llama del amor, y me siento feliz y poderoso.

--Estás alucinado, estás enfermo... Me vas á contagiar con tu

locura--balbució María, presa de ansiedad y emoción.

--Estoy redimido por ti; el aliento ideal de tu espíritu ha penetrado

en el mío, y esta comunión de nuestras almas me ha dado la fuerza.

Has despertado el profundo sentimiento religioso que en mí dormía,

el anhelo del sacrificio... Me has revelado mi propio corazón,

alumbrándole con la luz de la verdad.

--Y en tanto el mío, va quedando en tinieblas...

--¿En tinieblas el tuyo?... No, María, nunca la sombra te podrá

oscurecer.

--Pues tus palabras caen sobre mi vida como una niebla que me envuelve

toda.

--Puede ser una niebla que te oculte los abrojos fatales del sendero.

--O el abismo que me acecha traidor...

--¿Desconfías de mí?

--De esa pasión que cuentas desconfío... ¡y también de la mía!--clamó

ella con la voz amargada y sollozante.

Entonces Diego, con exaltado acento de ternura, exclamó:

--¡Tu pasión!... ¡Bendito sea este divino hallazgo de dos almas! No me

sorprende, yo le presentía; he venido á este valle tuyo y mío con la

ilusión celestial de quien acude á una cita de amor siempre esperada.

Alzóse María de su asiento, demudada y tremulante.

--Yo no te he dado cita... ¿Cuándo?... ¡nunca!... De veras que estás

loco...

--No me la dió tu boca, ni tu mano, ni tus ojos siquiera. Me la dió

tu alma, no lo niegues; la mía te buscaba por voluntad de Dios, por

impulso irresistible y santo; y la tuya, piadosa y obediente al supremo

designio, me citó en este huerto memorable á la luz de la luna... ¿No

te acuerdas?

Como evocado por el devoto acento del artista, un haz de luna espació

en el paisaje su reflejo, heraldo de la noche.

Tendióse en las montañas la tristeza infinita del atardecer cántabro,

esa lenta y profunda declinación del día, que produce en las almas

sentimentales un sacudimiento de lágrimas y oraciones.

Señalándole á María el astro que bajaba por el cielo, Diego murmuró:

--Ya acude como testigo.

Y ella, seducida por la aparición encantandora, vacilante, repuso:

--Me haces perder el juicio. Eso que dices, ¿ha sucedido acaso, ó es un

romance de los que tú inventas?

--Es un trozo de poesía palpitante que arranco de nuestra existencia,

y te le ofrezco... Un romance parece por lo hermoso, y tú y yo le

vivimos.

Sacudió la señora su cabeza rubia como para librarse de aquella

fascinación, y afirmó luego:

--No se vive en romance; estamos hablando muchos desatinos... La vida

es un tormento que hay que resistir con firmeza.

--¿Y si Dios nos envía el inefable consuelo del amor?

--Amor culpable Dios no le bendice.

--Yo no te ofrezco un amor condicional y transitorio, fiado á la hora

presente, un amor de ocasión y de venganza que Dios no puede consentir;

te estoy hablando de nuestra boda espiritual, del santo desposorio de

nuestros corazones. El sufrimiento une las almas con lazos mucho más

firmes que los de la dicha... ¡Deja que nos enlacen nuestras penas!

Sentada otra vez en el banco junto á Diego, con una voz adelgazada y

lenta, María murmuró:

--¡Es imposible!

Y él, henchido de gozo al verla conmovida y vibrante.

--No tiembles--le decía--, no te asustes de mí; yo soy tu amigo y tu

hermano, además de adorarte con toda mi alma de hombre y de poeta,

con todo cuanto hay en ella de eterno y de divino... Estábamos

predestinados el uno para el otro, y hemos peregrinado entre dolores

para amarnos mejor y ser más buenos... Ya el destino se cumple y aquí

estamos en la cita de amor, cita de boda...

María, con los ojos errantes en el cielo, abismada en deliquio

sentimental, confirmó:

--Sí, se cumple el destino...

Ebrio de felicidad quiso el poeta besar las lindas manos de la dama,

pero ella, volviendo de su éxtasis, le dijo con entereza y con dulzura:

--Ni siquiera la punta de los dedos.

Él entonces, humilde y reverente, se arrodilló á besarle el borde del

vestido.

Hacia el lado del bosque se oyó rumor de risas y palabras, y María

inquietóse murmurando:

--¡Ya vuelven!...

--¡Así nunca volvieran!--profirió Diego, y se levantó con el semblante

húmedo, de lágrimas quizá, ó del rocío de algunas florecillas que al

inclinarse acarició en la hierba.

Un suspiro de la noche se deslizó sobre los campos y aromó la vida.

En el celaje sereno se extendieron las estrellas con mansedumbre de

bendición sacerdotal.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 46 / 69 题