Anunciaron detrás de la _portière_:
--Las señoras de Guerrero... D. Luis Galán...
Entró primero doña Manuela, encendida y jadeante, repartiendo besos
chillones y expresivos saludos, pugnando por conservar, en medio del
cansancio que sentía, la compostura y afectación de su persona.
--Vengo rendida--suspiraba condoliéndose--, estos chicos se empeñaron
en venir á pie desde la playa... ¡qué sofocación!... Claro, ¡como ellos
vienen tan entretenidos!... Y esta mañana de compras... ¡no me he
sentado más que para comer!
Mirándose con gozo de burlas se estaban solazando las muchachas. La
niña rubia del vestido blanco había dejado su contemplación para
saludar á la señora de Guerrero, y al acercarse á ella plegó con una
sonrisa leve la dulce boca pensativa.
Detrás de doña Manuela apareció Eva, su hija, hermosa y arrogante
mujer, y en último término Luis Galán, un buen mozo, insustancial y
presumido.
Ya había penetrado Eva en el salón y aun sostenía con Galán un
juego gracioso de mimosas palabritas, frases sin terminar, acentos
insinuantes... todo un _flirteo_ á la alta escuela. Siguiendo á la
hermosa, Galán sonreía, luciendo su magnífica dentadura.
Después de los saludos convencionales volvieron las muchachas á
su predilecto rincón, llevándose á la señorita de Guerrero, cuyo
acompañante las envolvía en una sonrisa toda blanca por el marfil de
los dientes preciosos.
Eva, irguiendo su lozano busto en medio de las vulgares niñas de la
casa, adueñábase del salón, atrayendo todas las admiraciones. Por
encima de plantas y muebles elegantes Pizarro y López entornaban los
ojos para mejor acercarse la deliciosa imagen de aquella mujer.
También la marquesa miraba á hurtadillas, mientras hablaba con doña
Manuela, y las muchachas deletreaban la hermosura de Eva con oculto
despecho, á excepción de la niña rubia y silenciosa, que había puesto
sobre ella, tranquilamente, la ingenua admiración de sus ojos azules.
Había en el semblante de Eva Guerrero un encanto sombrío y
avasallador, trágico en ocasiones. En la palidez morena de su rostro
ovalado, la boca sensual se abría como un clavel sangriento y
tembloroso, y los soberanos ojos negros radiaban en las mejillas con un
fulgor metálico y ardiente que fascinaba. Sobre aquellos tiranos ojos
se arqueaban las cejas con valentía de ojiva gótica, y la orla rizosa
de los párpados caía con majestad de crepúsculo en el intenso livor de
las ojeras; la nerviosa elegancia del cuello y de las manos; el seno
redondo y robusto; la riqueza del cabello, negro como la endrina; la
esbeltez del talle; la plenitud y proporción de las formas; la gracia
y desenfado de las actitudes; todo respiraba en aquella mujer fuerza y
hermosura, vehemencia física y firmeza de la voluntad.
Su voz, un poco dura, que al hablar á los hombres se tornaba flexible
y melosa, alzábase fácilmente en frívolas charlas, con menos ingenio
que ligereza. Y en el abismo profundo de sus ojos, dulces para engañar,
algunas veces se encendían relámpagos extraños, centelleos de un brío
salvaje. Solía vestir con lujo exagerado, mostrando el alma primitiva
en la riqueza de las telas y en la abundancia de las joyas, sin esa
elegante sencillez de los espíritus finos é inteligentes.
En el salón de _Las Palmeras_, frente á la necia sonrisa de Galán,
malgastaba la hermosa sus coqueterías y monadas, fuegos artificiales de
un corazón ardiente y codicioso, inclinado á todos los vanos placeres
del mundo. Belleza sin dote, cazadora esforzada de marido, contemplaba
con angustia el declinar de su juventud; las luces del ocaso que
encendían su rostro le quemaban el alma; sentía una secreta envidia
de las mujeres ricas y más jóvenes, aun cuando fuesen menos hermosas.
Apartando su mirada, un instante, del insípido buen mozo, buscaba
con rencor aquellos ojos azules y serenos de la muchacha del vestido
blanco, cuya dulce belleza le irritaba.
Pero la niña rubia, esquiva y silenciosa, se había sentado otra vez á
la vera de la ventana, y los celestes ojos miraban siempre obstinados
al jardín.