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I
LLEGÓ á Pasajes Miguel, un viernes por la tarde. Al
apearse del tren halló el esquife de Úrsula amarrado á la orilla.
--Felices tardes, D. Miguel--le dijo la batelera, expresando en su
rostro, cada vez más encendido por el alcohol, una alegría sincera.--Ya
me pensaba que no le vería más...
--¿Pues?
--¡Qué sé yo!... eso de casarse lo entienden tan mal los hombres... Pues
mire usted, señorito, aquí en el pueblo todos se han alegrado mucho al
saber la noticia... Sólo algunas envidiosas no querían creerlo...
¡Jesucristo lo que voy á hacerlas rabiar esta noche! Voy á recorrer el
pueblo diciendo que yo misma le he llevado á casa de D. Valentín.
--Déjate de hacer rabiar á nadie--repuso el joven riendo--y aprieta un
poco más á los remos.
--¿Tiene gana de ver á Maximina?
--¡Vaya!
Era la hora del oscurecer. Las sombras amontonadas en el fondo de la
bahía subían ya á lo alto de las montañas. En los pocos buques anclados
la tripulación se ocupaba en la carga y descarga, y sus gritos y el
chirrido de las maquinillas era lo único que turbaba la paz de aquel
recinto. Allá enfrente comenzaban á verse algunas luces dentro de las
casas. Miguel no apartaba los ojos de una que fulguraba débilmente en la
morada del ex capitán del _Rápido_. Sentía un anhelo grato y deleitable
que estremecía de vez en cuando sus labios y hacía perder el compás á su
corazón. Pero en el balcón de madera, donde tantas veces se había
reclinado para contemplar la salida y entrada de los buques, nadie
parecía ahora. Su rostro contraído denunciaba el afán que le embargaba.
Úrsula sonreía mirándole fijamente sin que él lo advirtiese.
Saltó en tierra, despidióse de aquella, subió la desigual escalera de
piedra y se internó por la única y tortuosa calle del pueblo. Al llegar
á la plazoleta de marras percibió en el balcón de la casa de su novia
una figura que desapareció rápidamente. El joven sonrió de placer y á
paso rápido se introdujo en el portal. Sin mirar siquiera al
estanquillo, llamó á la puerta con los nudillos.
--¿Quién?--dijo de adentro en seguida una voz dulce y pastosa que sonó
en su corazón como música celeste.
--Servidor.
Tiraron del cordel, empujó la puerta y vió en el primer descanso de la
escalera á la misma Maximina con una bujía en la mano. Vestía un traje
de cuadros blancos y negros y llevaba el peinado en trenza como siempre.
Estaba un poco más pálida, y como testimonio de sus recientes
inquietudes dibujábanse en torno de sus ojos garzos dos círculos
levemente azulados. Presentóse sonriente y ruborizada á la vista de
Miguel, quien de dos brincos salvó la distancia que le separaba de ella,
y cogiéndole la cara le aplicó una razonable cantidad de besos, no sin
que la niña protestase haciendo esfuerzos por separarse.
--¡Eso lo veo yo!--dijo una voz desde arriba. Era la de D.ª Rosalía.
Á pesar del tono jocoso que había usado, Maximina se asustó tanto que
dejó caer la bujía y quedaron enteramente á oscuras. D.ª Rosalía,
sofocada de risa, vino con una lámpara; pero ya su sobrina había
desaparecido.
--¿Ha visto usted qué criatura?... Se va á casar mañana, y se espanta lo
mismo que si le conociese de ayer... De seguro que ya está cerrada en su
cuarto... Le va á costar á usted trabajo hacerla salir.
Miguel subió en efecto á la habitación de su novia y llamó á la puerta
suavemente. No contestaron.
--Maximina--dijo conteniendo á duras penas la risa.
--¡No quiero! ¡no quiero!--respondió la niña con cierta precipitación
cómica.
--Pero ¿qué es lo que no quieres?
--No quiero salir.
--¡Ah! no quieres salir... Pues mira, el cura no va á casarnos con tanta
madera por el medio...
Hubo unos momentos de silencio. El hijo del brigadier arrimó la boca á
la cerradura y dijo suavizando la voz:
--¿Por qué no quieres abrir, tonta?... ¿Te da vergüenza?
--Sí--articuló desde dentro la niña.
--No tengas cuidado; tu tía no está aquí.
Al cabo de un rato y después de bastantes ruegos, se decidió á abrir.
Aún estaba ruborizada hasta las orejas. Miguel se apoderó de sus manos,
y le dijo reprendiéndola con mimo:
--Anda, pícara, que no me has esperado al balcón... Yo, mira que te mira
hasta sacarme los ojos; pero de Maximina ¡ni rastro!
La chica bajó los ojos diciendo:
--Sí, sí.
--¿Qué quiere decir sí, sí? ¿Me has esperado?
--Desde que comimos no me he separado del balcón. Le he visto entrar en
el bote; le he visto hablar con Úrsula y reirse, después saltar en
tierra, y por fin le vi desde el otro balcón llegar á la plazuela...
--Eso último ya lo sé... Pero vamos á ver, ¿cuándo piensas apearme el
tratamiento? ¿Vas á tratarme de usted después de casados?
--¡Oh, no!
Bajaron á la sala. Estaban en ella D. Valentín, Adolfo y las niñas, que
saludaron al viajero con efusión. La efusión del ex capitán era, por
supuesto, la que correspondía á un cetáceo no muy comunicativo; pero se
traslucía bien que estaba satisfecho. Al instante llegó D.ª Rosalía,
quien al ver á Maximina no pudo reprimir la risa, con lo cual, tanto se
corrió la niña, que salió como un huracán por la puerta y subió á
brincos otra vez la escalera. Miguel logró alcanzarla antes de llegar á
su cuarto. Mientras procuraba hacerle volver á la sala por medio de
súplicas, D.ª Rosalía, irritada por aquella huída, gritaba desde abajo:
--Déjela usted, D. Miguel; deje usted á esa tontuela mimosa... ¡No sé
cómo hay quien la quiera! ¡Uf, qué mentecata!
Es inútil decir que con estos insultos Maximina se echó á llorar; pero
estaba allí Miguel para consolarla, y nadie en el mundo lo podría hacer
con tan buen éxito. Al poco rato bajaron los prometidos y se formó en la
sala una tertulia con los vecinos que fueron llegando á felicitarles.
D.ª Rosalía no pareció en mucho rato desabrida sin duda con su sobrina
por el grave delito de tener pudor.
Lo que formaba el núcleo de la tertulia era una docena de jóvenes
anhelantes por ver los regalos del novio; el cual, sin fijarse en este
deseo que apenas comprendía, las hizo pasar una hora lo menos de
tortura; hasta que la misma D.ª Rosalía le llamó aparte y le expresó la
conveniencia de exhibirlos. Hízolo así nuestro joven arrastrando el baúl
y una maletita de mano, donde traía algunas joyas, hasta el medio de la
sala. Sacó los dos únicos vestidos que traía para su novia; uno, el que
debía vestir en el acto de la ceremonia nupcial; otro, el que debía
llevar en el viaje. Ambos fueron muy celebrados por lindos y elegantes.
Lo mismo el rico aderezo de brillantes y perlas. No se hartaban las
lugareñas de manosear aquellos objetos y loarlos, mostrando con sus
hiperbólicas exclamaciones que estimaban como suprema felicidad en este
mundo el poseer cosas parecidas. Maximina, detrás de todos, miraba con
más estupor que curiosidad, abriendo mucho los ojos. Sus amigas le
dirigían de vez en cuando miradas tan vivas como equívocas, á las cuales
contestaba con una leve y forzada sonrisa, sin perder la expresión de
susto que se pintaba en su rostro. Creció este susto cuando vió sacar
del baúl el traje de boda, que era blanco y de seda y adornado con
azahar. Se puso fuertemente colorada, y desde entonces no le abandonó el
rubor y la inquietud en toda la noche.
Pasáronla alegremente cantando y bailando al son de la guitarra. D.
Valentín ¡oh caso portentoso! bailó con una buena moza que, á fuerza de
instancias, le llegó á calentar los cascos; mas hubo de retirarse al
instante desesperado porque un vivo dolor reumático le paralizó la
pierna derecha. Su dulce esposa le consoló diciendo:
--¡Bien empleado te está!... ¡Por fachenda!
Miguel también bailó, eligiendo con mucha frecuencia á Maximina por
pareja. En los momentos de descanso se sentaban juntos allá por algún
rincón de la sala y cambiaban pocas palabras, pero infinitas miradas. El
hijo del brigadier, viendo sofocada á su novia, tomó un abanico y se
puso á darla aire. Maximina, observando que los miraban y alguien
sonreía, le detuvo suavemente diciendo:
--No necesito aire, muchas gracias. Usted está más acalorado que yo...
--¿Cómo _usted_? ¿Estamos en esas?
--Bien, pues... estás más acalorado que yo... Abanícate.
Á las diez se retiraron todos, despidiéndose de los novios con
sonrisillas más ó menos maliciosas.
--Hasta mañana, Maximina... Que duermas bien.
--La última noche de soltera, querida. Hazte cargo bien de ello, ¡la
última noche!--dijo una anciana matrona que había tenido once hijos y
seis malos partos.
Maximina sonrió, acortada.
--Adiós, adiós... ¡Qué pena nos va á dar cuando te marches!
Y algunas jóvenes la besaron repetidas veces con grandes extremos de
cariño.
--Niña, no olvides que es la última noche de soltera. Piénsalo bien, que
el asunto es grave--dijo otra vez la matrona.
Maximina volvió á sonreir.
Entonces la vieja frunció la frente y dijo por lo bajo á la que estaba á
su lado:
--¡Esta chica se figura que va á una romería! ¡Ay, Dios! Se necesita no
tener pizca de sentido. El matrimonio es cosa muy seria... muy seria.
Y acerca de la seriedad de este vínculo fué disertando larga y
eruditamente hasta su casa.
Nuestros novios se quedaron con D.ª Rosalía y don Valentín. Los niños ya
se habían ido á acostar; el último, Adolfo, á quien su madre había
tenido que llevar medio á rastras á la cama y con promesa de despertarle
al día siguiente para asistir á la ceremonia. D. Valentín también les
dió las buenas noches en seguida. Miguel y Maximina se sentaron en dos
sillas bajas y se pusieron á cuchichear, mientras D.ª Rosalía,
malhumorada aún, se decidió á coger la calceta reservándose el derecho
de levantar la sesión antes de pocos minutos.
Miguel observó que su novia estaba distraída y algo inquieta.
--¿Qué tienes?... Te encuentro un nosequé en el semblante... ¿No estás
contenta de ser mi mujer?
--¡Oh, sí! No tengo nada.
--Entonces, ¿por qué esa distracción?
Bajó la cabeza sin contestar. Miguel insistió.
--Vamos, díme, ¿qué te pasa?
--Tengo que pedirle un favor...--apuntó tímidamente.
--¿Nada más que uno? Quisiera que me pidieras cincuenta y que yo pudiese
concedértelos.
--Este sí puede... Que me deje casarme con un vestido mío...
El joven quedó un instante suspenso. Después preguntó con tristeza:
--¿No quieres casarte con el que yo te he traído?
--¡Me da mucha vergüenza!
--Pues es costumbre casarse con traje blanco; sobre todo, las niñas como
tú.
--Aquí no es costumbre... Me moriría de vergüenza.
Miguel trató suavemente de persuadirla, pero en vano. Agotadas sus
razones, que no eran muchas, no tuvo inconveniente en transigir. Mas D.ª
Rosalía había percibido algo y, levantando la cabeza, preguntó:
--¿Qué es eso? ¿Disputaban ustedes?
--Nada, D.ª Rosalía. Maximina no quiere casarse con el vestido blanco,
porque le da vergüenza.
Oir esto y ponerse furiosa la estanquera, fué todo uno.
--¿Y usted hace caso de esa bobalicona? ¿Qué sabe ella lo que quiere y
lo que no quiere?... ¡Se habrá visto!... ¡Un traje tan rico como usted
ha traído, que habrá costado un dineral!... ¡Pues estamos frescos!... ¿Y
qué quiere que se haga con ese vestido?...
El hijo del brigadier, comprendiendo lo que pasaría por el interior de
su amada, le tomó disimuladamente la mano y se la apretó fuertemente.
Maximina, que estaba confusa y angustiada, cobró valor.
--No hay por qué alterarse, D.ª Rosalía, pues la cosa no lo merece. Si
Maximina no quiere casarse de blanco, es porque aquí no hay costumbre.
La culpa ha sido mía por haberle traído el vestido sin consultarla. En
cuanto á lo que se ha de hacer con él, ya Maximina me lo ha dicho:
quiere que se regale á la Inmaculada de la iglesia de San Pedro.
La chica, que no había dicho nada, le oprimió la mano dándole las
gracias. D.ª Rosalía aspiraba á dar golpe en el pueblo con el traje de
su sobrina. Así que aún insistió con vehemencia por que no se la hiciese
caso; pero Miguel se mantuvo firme dando la razón á su novia y
defendiendo su derecho. Al fin D.ª Rosalía, sin poder disimular su
despecho, se salió de la habitación dejándolos solos.
Miguel se encogió de hombros, y dijo á la niña, que estaba muy alterada:
--No te apures, querida. Tú puedes considerarte mi esposa, y á nadie
tienes obligación de obedecer más que á mí.
Maximina le dirigió una tierna mirada de agradecimiento. Y comprendiendo
que no estaban bien sin compañía, se levantó manifestando deseos de ir á
acostarse. Era preciso despertarse muy temprano. La ceremonia estaba
señalada para las cinco y media de la mañana. Miguel se levantó también,
aunque de mala gana, y su novia fué á buscarle una bujía á la cocina. Al
tiempo de entregársela, le dijo aquél en son de broma:
--¿Estás bien segura de que nos casamos mañana?
Maximina le miró con los ojos muy abiertos.
--Pues cuidado, porque aún tengo tiempo á arrepentirme. ¡Quién sabe si
me escaparé esta noche, y mañana faltará para la boda la mitad de la
gente!
Maximina sonrió forzadamente. Miguel, que adivinó su inquietud, le tomó
la barba con los dedos, exclamando:
--¿Cómo eres tan inocente, criatura? ¿Sería posible que yo tirase mi
felicidad por la ventana? Cuando por casualidad se encuentra en el
mundo, es menester agarrarse bien á ella. Dentro de algunas horas no
podrá separarnos nadie. Adiós... _esposa mía_.
El joven recalcó estas palabras alejándose. Desde lo alto de la escalera
envió una sonrisa á la niña, que se había quedado inmóvil á la puerta de
la sala, mostrando señales de hallarse todavía un poco turbada por la
broma.
--Hasta mañana, ¿eh?
Maximina hizo un signo afirmativo con la cabeza.
No fué aquella noche de insomnio para Miguel, como dicen que acontece en
vísperas de boda. Ni un solo presentimiento triste cruzó por su mente;
ningún temor, ningún anhelo fogoso. Su determinación era tan firme y
razonable, el entendimiento y el corazón le apoyaban tan vivamente, que
no daba lugar á esa agitación malsana, á ese recelo que nos embarga en
el momento de adoptar cualquier grave resolución. Por lo que se refería
á Maximina, estaba seguro de ser feliz. Por lo que á él tocaba, cuidaría
de serlo. Una vez despojado del deseo vanidoso de «hacer una boda
brillante», estaba convencido de que ninguna mujer le convenía como
aquélla. Ni siquiera la fiebre de una pasión ardorosa y violenta le
causaba desasosiego. Sentía un amor intenso, pero tranquilo; ni
espiritual ni sensual, sino tocado de ambas cosas á la vez. Se metió en
la cama, estuvo algunos minutos pensando en su novia, y advirtiendo que
el sueño venía á recogerle, apagó la luz y se durmió profundamente.
Antes de las cinco le despertó la voz de la criada. Era noche cerrada, y
para serlo un rato todavía. Encendió de nuevo la bujía y se vistió y
aderezó en algunos minutos con mano un poco trémula. Al acercarse el
momento solemne, no pudo negar su naturaleza nerviosa é impresionable.
Cuando bajó á la sala, se encontró ya en ella bastante gente; la misma
que había estado por la noche y alguna más; todos vestidos con los
trapos más lucidos. D.ª Rosalía, que iba á ser la madrina, vestía un
traje de merino negro y ostentaba algunas joyas de escaso valor. D.
Valentín (el padrino) había sacado del fondo del baúl el frac con que se
había retratado al hacerse piloto. Era un frac largo de talle, ancho de
cuello y estrechísimo de manga. El ex capitán del _Rápido_ lo llevaba
con la misma gracia y soltura que una camisa de fuerza. En la planchada
y rizada camisola brillaban dos gordas amatistas que le habían regalado
el año cuarenta y dos en Manila. Por encima del chaleco, dando vuelta al
cuello, pendía la cadena del reloj, que era de oro y con pasador
guarnecido de ópalos. Pero donde D. Valentín había puesto los cinco
sentidos era en los pies. Siempre había presumido su mujer (porque él
era incapaz de presumir de nada) de que no hubiese otros en el pueblo
tan breves y bien formados. Por lo cual el marino, en esta ocasión
solemne, se creyó en el caso de dar lustre á las botas hasta dejarlas
como lunas de Venecia; mas sólo con el fin de proporcionar á la
compañera de su vida una nueva y pura satisfacción.
Faltaban entre los circunstantes algunas jóvenes, que, según le dijeron,
estaban ayudando á vestir á la novia. No tardó ésta en aparecer con un
modesto pero elegante vestido de lana, color azul oscuro, adornado con
terciopelo negro. Traía puesto el rico aderezo del novio y en el pecho
un ramito de azahar. Al entrar en la sala, todas las mujeres la besaron,
exceptuando su tía, quien á la vista de aquel traje sintió abrirse la
terrible herida de la noche anterior. Maximina la miró dos ó tres veces
tímidamente y fué ella misma á besarla. Á quien no miró poco ni mucho
fué á Miguel, que la devoraba en cambio con los ojos, comprendiendo
perfectamente, á pesar de su fingida serenidad, el rubor de que estaba
poseída. Las jóvenes artistas, que la habían aderezado, no acababan de
estar satisfechas de su obra. Sentíanse al parecer atormentadas por esos
vivos cuanto sutiles escrúpulos que al poeta ó pintor acometen siempre
en los últimos momentos de la creación. Después de sentados todos, tan
pronto se levantaba una y venía presurosa á prenderle el alfiler de
brillantes más arriba, como llegaba otra y le daba un si no es más
inclinación al ramo de azahar. Ésta le aliñaba el cabello con las manos,
aquélla le desarrugaba el vestido, la otra le estiraba la gola. En fin,
era un ir y venir incesante. Maximina les dejaba hacer, agradeciendo con
una sonrisa estos cuidados.
--Oiga usted, D. Miguel--dijo D.ª Rosalía.--¿Usted no se ha confesado
todavía?
--Pues es verdad, que no me acordaba--respondió aquél levantándose con
prisa.--¿Y Maximina?
--Ya lo ha hecho.
--Pues hasta luego, señores.
Y al salir volvió á clavar en Maximina una intensa mirada, que la niña
fingió no advertir.
Aún no se vislumbraban los primeros resplandores del día: verdad que la
noche había sido tenebrosa y en toda ella no había cesado de llover. Con
el paraguas abierto y rebujados en los abrigos atravesaron Miguel y D.
Valentín la calle desierta. Ninguna noche estrellada y diáfana del mes
de Agosto le pareció jamás tan bella á nuestro joven. Aquella madrugada
fría, húmeda y triste quedó grabada en su corazón como la más risueña de
su vida. La iglesia ofrecía un aspecto más tenebroso y más triste aún.
Pasaron recado al cura, y no tardó en llegar. Era un señor anciano, que
en gracia á la importancia de la boda, se había resignado á levantarse á
tal inusitada hora. Llevóle suavemente de la mano á un rincón oscuro del
templo y allí le confesó. Aún estaba arrodillado ante el confesor,
cuando percibió el rumor de la comitiva nupcial que entraba en la
iglesia con no poco estrépito; y su corazón se estremeció, no de dolor
de haber ofendido á Dios, digámoslo en su mengua, sino con anhelo dulce
y placentero. Fuése el párroco, después de darle la absolución, á
revestirse á la sacristía, y él se unió á la gente sin lograr echar la
vista encima á su novia. Sólo cuando el sacristán les vino á decir que
podían acercarse al altar mayor fué cuando la vió acompañada de su tía.
Los amigos les fueron empujando hacia adelante y se encontraron, sin
saber cómo, uno al lado del otro, cerca del altar y delante del cura.
Contra lo que se esperaba, Maximina mostróse bastante serena durante la
ceremonia y respondió á las demandas del sacerdote con voz clara, lo
cual hubo de complacer tanto al buen señor, que exclamó:
--¡Eso es! Así se contesta... no como esas melindrosas que están
rabiando por casarse y luego no hay quien les saque las palabras del
cuerpo.
La salida era tosca; pero los feligreses de San Pedro estaban
acostumbrados á otras tales, y sonrieron con regocijo. El buen párroco
les bendijo extendiendo sobre ellos las manos grave y majestuosamente,
imitando en lo posible á Moisés al separar las aguas del mar Rojo.
Después comenzó la misa. Hincáronse de rodillas los novios y los
padrinos. Al llegar cierto momento, que D.ª Rosalía presumía muy bien de
conocer, se levantó y prendió una cadena á la cabeza de Maximina,
invitando á su marido á que hiciese lo mismo con el extremo opuesto en
el hombro de Miguel. Cuando quedaron de este modo uncidos, el hijo del
brigadier comenzó á moverse dando leves tirones á la cadena. Maximina no
le había dirigido siquiera una mirada. Aguantó el primer tirón
juzgándolo casual; mas al segundo, sin levantar la vista, aunque
sonriendo, le dijo en voz baja:
--Estése quieto.
Miguel tiró más fuerte.
--¡Por Dios, que se va á desprender!
Cuando hubo terminado el oficio, los que asistían á él, que ya formaban
una muchedumbre, los rodearon para darles en voz de falsete la
enhorabuena. Apretones de manos furtivos, empujones discretos, risas
disimuladas. Todo el mundo temía descomponerse en el templo. Al salir
rayaba el alba. Algunos curiosos madrugadores se asomaban á las ventanas
para ver pasar la comitiva. Miguel se había quedado rezagado entre un
grupo de hombres, y perdió de vista nuevamente á Maximina, que había
marchado delante con sus amigas. En la sala de la casa de D. Valentín
les aguardaba una mesa más abundantemente provista de confites y licores
que artísticamente aderezada. Miguel tomó chocolate con los testigos. La
novia había ido á cambiar de traje, según le dijeron. Al poco rato fué
él á hacer lo mismo. En un descanso de la escalera encontró á su mujer,
á quien la criada estaba abrochando los botones de las botas. Ambos
quedaron confusos. Maximina siguió con la vista fija en las manos de la
doméstica. Miguel se detuvo un momento vacilante, y exclamó, por decir
algo:
--¡Ah! ¿ya estás vestida?... Voy á hacer lo mismo.
Y como si algún enemigo le persiguiese de cerca, subió á brincos la
escalera.
Tornaron á reunirse poco después en la sala. Maximina estaba muy bien
con su vestido gris de viaje y un sombrerito de última moda. Como se
acercarse ya la hora de la partida, comenzaron las despedidas, y con
ellas el torrente de las lágrimas, que en esta ocasión fué caudaloso
como pocas veces. En el sexo femenino hubo un verdadero desbordamiento:
hasta una joven quiso desmayarse. Tan sólo la novia aparecía serena y
sonriente, lo cual indignó á D.ª Rosalía de un modo indecible, y le
obligó á formar idea muy pobre de su sobrina, según confesaba después á
sus comadres.
--¡Qué falta de sentido! Siquiera por el buen parecer...
Una amiguita se acercó á ella hecha un mar de lágrimas y la abrazó.
--¿No lloras, Maximina?
--No puedo--contestó la niña.
Sin embargo, cuando sus primas, las niñas de doña Rosalía, se abrazaron
á sus rodillas, gritando:--¡No queremos que marches, Maximina!--se puso
fuertemente encarnada, y la sonrisa particular que contrajo sus labios
indicaba, á quien la conociese, que no estaba lejos de soltar la llave.
Hasta embarcar en el bote los acompañaron todos ó casi todos; pero á la
estación sólo fueron D. Valentín y otros dos amigos, que eran los que
cabían en el esquife. Hay que advertir que con los novios iba á Madrid
en calidad de doncella una chica del pueblo. Se llamaba Juana, y era una
muchachona fresca, robusta y no enteramente desgraciada de rostro.
Miguel, conociendo el carácter de Maximina, no había querido que su
servidumbre fuese toda madrileña.
Una vez en la estación y llamados al tren los viajeros por la voz
estridente del mozo, D. Valentín se autorizó el lujo desusado de
conmoverse. Abrazó á su sobrina estrechamente y la besó con efusión en
los cabellos. Maximina también se mostró más agitada que hasta entonces
lo había estado, aunque hacía esfuerzos por sonreir. Silbó la máquina.
Partió el tren. Dentro del coche no había más viajeros que ellos. Los
novios se colocaron uno frente á otro á un lado. Juana, por respeto, fué
á sentarse en el extremo opuesto.
Los ojos de los esposos se encontraron, y Miguel sintió un suave
estremecimiento de gozo, algo inefable y celestial que hizo palpitar
fuertemente su corazón. Y después de cerciorarse de que Juana estaba
distraída mirando por la ventanilla, se apoderó de una mano de su mujer
y la dió un beso furtivo, inclinando para ello todo el cuerpo. Pero la
mano ¡qué fastidio! estaba enguantada. Al cabo de un instante la hizo
seña de que se quitase el guante. Maximina, después de hacerse rogar por
medio de muecas expresivas, se decidió, riendo, á despojarse de él; y el
joven dió porción de callados besos sobre la mano desnuda, observando
con el rabillo del ojo á la doncella.
La conversación se hizo general entre los tres. Juana, que no había
pasado nunca de San Sebastián, se maravillaba de cuanto veía, y muy
particularmente de los carneros. Las gallinas también le daban pie para
muchas y graves reflexiones. Miguel se deshacía en atenciones con su
mujer.
--Maximina, si te incomoda el sombrero, quítatelo... Trae, lo pondremos
aquí... así, para que no se caiga.--Mira, quítate también las botas.
Aquí te traigo las zapatillas en el bolsillo... se las he pedido á tu
tía... ¿No quieres? Pues haces mal: vas á tener frío en los pies...
Aguarda un poco; entonces voy á liártelos con mi manta...
Y poniéndose de rodillas, le envolvió en efecto los pies con el mayor
esmero. La alegría les hizo tan comunicativos, que al poco tiempo los
señores y la criada charlaban y reían como buenos compañeros. Sin
embargo, Maximina daba largos rodeos para no dirigir la palabra
directamente á su marido, pues no quería llamarle de usted, y al propio
tiempo le causaba vergüenza el tutearlo. Miguel comprendía los esfuerzos
que estaba haciendo, pero no iba en su auxilio. Por fin, después de
algún tiempo y de mucho vacilar, cuando aquél le preguntó:
--¿Deseas que almorcemos?
--Como tú quieras--se resolvió á contestar tímidamente.
Miguel levantó la cabeza vivamente, haciéndose el sorprendido.
--¡Hola, señorita! ¿Qué confianza es ésa? ¿Ya me tuteas?
Maximina se puso colorada y, tapándose el rostro con las manos, exclamó:
--¡Oh, por Dios, no me hable así, porque no vuelvo á hacerlo más!
--¡Qué tonta!--dijo el joven separándole las manos
cariñosamente.--¡Estaría gracioso eso!
Juana reía á carcajadas.
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