X. LA EVOLUCIÓN SOCIAL Y LA LIBERTAD INDIVIDUAL.

Esta última observación sirve aquí para examinar también la segunda

contradicción que, se afirma, existe entre el socialismo y la teoría

de la evolución, diciendo y repitiendo en todos los tonos, que el

socialismo será una nueva forma de tiranía y que suprimirá todos

los beneficios de la libertad fatigosamente conquistada por nuestro

siglo a costa de tantos martirios y sacrificios.

He dicho ya, hablando de las desigualdades antropológicas, como,

por el contrario, el socialismo asegurará a todo hombre las

condiciones de existencia humana y la base más libre y completa

de su propia personalidad.

Aquí me basta recordar otra ley, establecida por la teoría

científica de la evolución para demostrar en general (porque

no es tarea de esta monografía entrar en pequeños detalles)

cómo esa pretendida supresión de la parte viva y fecunda de

la libertad personal y política, se toma sin razón como

consecuencia del advenimiento del socialismo.

La siguiente es una ley de la evolución natural ilustrada por

Ardigó mejor que por cualquier otro:

{103} Toda fase subsiguiente de la evolución natural y social

no destruye, no borra las manifestaciones vitales y fecundas de

las fases precedentes, sino que las continúa en lo que tienen

de vital mientras elimina, sin embargo, sus manifestaciones

aberrantes o patológicas.

En la evolución biológica, las manifestaciones de la vida vegetal

no borran los primeros albores de la vida que se encuentran en la

cristalización de los minerales, como las manifestaciones de la

vida animal no borran las de la vida mineral y vegetal; y la

forma humana de la vida no borra las formas y los eslabones

anteriores de la gran serie de los vivientes, sino que las formas

últimas viven, por el contrario, en cuanto son el resultado de

las formas primitivas, y coexisten con éstas.

Así sucede en la evolución social: y esta es, justamente, la

interpretación que el evolucionismo científico da a las Edades

Medias, que no borran las conquistas de las anteriores

civilizaciones, sino que por el contrario las conservan en su

parte vital, y las fecundan en un periodo de sosiego para el

renacimiento de nuevas civilizaciones.

Y esta ley que domina por entero el grandioso desarrollo de la

vida social, rige igualmente {104} el destino y la parábola de

cada institución social.

La sucesión de una a otra fase de evolución social elimina, es

cierto, las partes no vitales, los productos patológicos de las

instituciones anteriores; pero conserva, vigoriza y desarrolla

las partes sanas y fecundas, elevando cada vez más el nivel físico

y moral de la humanidad.

Así, por ese procedimiento natural, el gran río de la humanidad

salido de las selvas vírgenes de la vida salvaje, se ha extendido

majestuoso en los períodos de la barbarie y en la presente

civilización, que es, sin duda, superior por muchos conceptos,

a las fases precedentes de la vida social, pero que por otros

está emponzoñada con los productos virulentos de su propia

degeneración, como lo he recordado a propósito de la selección

social al revés.

Así, por ejemplo, es verdad que los trabajadores del período

actual de civilización burguesa, tienen, en resumen, una existencia

física y moral superior a la de los siglos pasados; pero, sin

embargo, es innegable que su condición económica de _asalariados

libres_, es peor bajo muchos aspectos, que la anterior condición

de _esclavos_ en la antigüedad, de _siervos_ en la Edad Media.

En efecto, el _esclavo_ antiguo era propiedad {105} absoluta

del patrono, del hombre _libre_, y estaba condenado a una vida

casi bestial; pero entretanto el patrono tenía interés, por lo

menos, de asegurarle el pan cuotidiano, puesto que el esclavo

formaba parte de su patrimonio, como los bueyes y los caballos.

Y el siervo de la gleba en la Edad Media, tenía en compensación

ciertos derechos de costumbre, que lo arraigaban a la tierra y

le aseguraban cuando menos --excepto en los casos de escasez--

el pan de cada día.

Por el contrario, el asalariado libre del mundo moderno, está

siempre condenado a un trabajo inhumano por su duración y

calidad (y al cual se debe justamente la parcial reivindicación

socialista de las _ocho horas_, que cuenta ya muchas victorias

y está destinada a un triunfo seguro); pero no teniendo ninguna

relación jurídica permanente ni con el propietario capitalista

ni con la tierra, carece de toda seguridad de tener el pan

cuotidiano, porque el propietario no tiene ya interés en alimentar

y sostener a los trabajadores de su fábrica o de su campo, puesto

que no sufre diminución alguna en su patrimonio, ni por su muerte

ni por sus enfermedades, gracias a la fuente inagotable de

proletarios que la falta de trabajo le ofrece en el mercado.

{106} Y he ahí cómo --no porque los propietarios de hoy sean

más perversos que los de la antigüedad, sino solamente porque

también los sentimientos morales son productos de la condición

económica-- si en el establo se enferma un buey, el propietario

o su administrador llama al veterinario inmediatamente, para

evitar la pérdida de un capital; mientras que si se enferma el

hijo del boyero no se da tanta prisa para llamar el médico.

Verdad es que puede existir, como excepción más o menos frecuente,

un propietario de buen corazón que desmienta esta regla, máxime

cuando vive en contacto cuotidiano con los trabajadores; como no

se niega que el espíritu de beneficencia tenga manifestaciones

frecuentes y más o menos ruidosas --aun fuera del _charity sport_--

por parte de las clases ricas que así también atenúan la voz

interna del desagrado moral que la invade, pero la regla inexorable

es ésta: en la forma de industrialismo moderno el trabajador ha

conquistado la libertad política de voto, de asociación, etc.

(de que se le deja gozar mientras no demuestre hacer uso de

ella para formar un partido de clase que se encamine al punto

substancial de la cuestión social), pero ha perdido la seguridad

del pan y del domicilio cuotidiano.

El socialismo quiere llegar a esa seguridad para {107} todos los

hombres --y demuestra su matemático positivismo con la sustitución

de la propiedad social a la propiedad individual de los medios de

producción-- pero no por esto el socialismo ha de suprimir todas

las conquistas útiles y realmente fecundas de la presente y de las

anteriores fases de civilización.

Véase un ejemplo característico: la invención de tantas máquinas

industriales y agrícolas, que es una aplicación genial de la ciencia

a la transformación de las fuerzas naturales, y que por lo tanto,

no debería ser sino fecunda en bienes --elevando el trabajo a

dignidad humana, desde la abyección y postración de trabajo bestial--

ha ocasionado y ocasiona, sin embargo, la miseria y la ruina de

millares de trabajadores que, por reducción de personal sustituido

por el trabajo de las máquinas, son inevitablemente condenados a las

torturas de la desocupación, o a la ley de hierro del salario mínimo,

que apenas basta para no morir de hambre aguda.

Y la primera e instintiva reacción de esos desventurados ha sido y

es, en muchos casos, destruir las máquinas, maldiciéndolas como

instrumento de perdición inmerecida y sangrienta.

Pero destruir las máquinas sería, realmente, un regreso puro y simple

a la barbarie, y el {108} socialismo no lo quiere, el socialismo que

representa una fase más elevada de la civilización humana.

Así es, entonces, que el socialismo es el único que da a la dolorosa

dificultad una solución que no puede darle el individualismo

económico, que continúa siempre aplicando nuevas máquinas, porque

tal es la tendencia irresistible del capitalista.

Y la solución es que las máquinas se constituyan en propiedad

colectiva o social. Entonces es evidente que su único efecto

será disminuir la suma total de trabajo y de esfuerzo muscular

para producir una suma dada de artículos, y por lo tanto se

disminuirá la parte diaria de trabajo de cada obrero, y su

existencia se elevará cada vez más a la dignidad de criatura humana.

Este efecto se produce ya parcialmente, por ejemplo, en aquellos

lugares donde diversos pequeños propietarios se unen en sociedad

para la adquisición, de una trilladora a vapor, por ejemplo y se

la prestan por turno. Si se unieran también a los pequeños

propietarios, en grande y fraternal cooperación, los obreros y

los labradores (y esto sucedería sólo cuando la tierra fuese de

propiedad social) y las máquinas fueran, por ejemplo, de propiedad

municipal, como lo son las {109} bombas de incendio y se cediesen

para el uso sucesivo de los trabajos campestres, es evidente que

esas máquinas no producirían ninguna repercusión dolorosa y de

miseria, sino que serían bendecidas por todos los hombres, por el

mero hecho de ser propiedad colectiva.

Como el socialismo representa una fase más elevada de la evolución

humana, no eliminaría, pues, de la fase presente, sino los productos

infecciosos del excesivo individualismo económico actual, que crea

por una parte los millonarios o los arrendatarios que se hacen

millonarios en pocos años robando los dineros públicos --en una

forma más o menos prevista por el Código Penal-- y por otra parte,

forma una acumulación gangrenosa de miserables criaturas en las

bohardillas infectas de las grandes ciudades, o en las cabañas

de paja y barro, que copian a las cabañas australianas en la

Basilicata, en el Agro Romano o en el valle del Po.

Ningún socialista consciente ha soñado jamás en negar los grandes

méritos de la burguesía para con la civilización humana, o de

deslucir las páginas de oro por ella escritas en la historia del

mundo civil con las epopeyas nacionales y las maravillosas

aplicaciones de la ciencia a la industria y a los comercios

ideales y mercantiles entre los pueblos.

{110} Esas son conquistas irrevocables del progreso humano, y

el socialismo no sueña renegar de ellas ni suprimirlas, y tributa

la justa admiración agradecida a los _pioneers_ generosos que las

han iniciado y realizado. Del mismo modo, por ejemplo, ni soñaría

en destruir o en negar su admiración a un cuadro de Rafael o a

una estatua de Miguel Ángel, sólo porque éstos transfiguraron y

eternizaron con el arte las leyendas religiosas.

Pero el socialismo ve en la presente civilización burguesa, llegada

a su pendiente final, los síntomas dolorosos de una disolución

irremediable, y afirma que es necesario librar al organismo social

del _virus_ infeccioso, no limitándose a la curación sintomática e

individualista de este o aquel quebrado, de este o aquel funcionario

corrompido, de este o aquel empresario ladrón . . . sino llegando a

la raíz del mal, a la fuente innegable de la infección virulenta.

Cambiando radicalmente de régimen --con la sustitución de la

propiedad social a la individual-- es necesario renovar las

fuerzas sanas y vitales de la sociedad humana para que pueda

elevarse a una fase más alta de civilización, en la que no podrán

unos pocos privilegiados vivir la vida del ocio, del lujo, de la

orgía en que hoy viven, y tendrán que someterse a una existencia

laboriosa y más modesta, pero {111} en que la inmensa mayoría de

los hombres elevará la suya propia, a dignidad serena, tranquila

seguridad, simpática y alegre fraternidad, en lugar de los dolores,

de las ansias, de los rencores presentes.

* * *

Así, opóngase la banal objeción de que el socialismo suprimirá

toda libertad, objeción demasiado repetida por aquellos que bajo

la capa del liberalismo político ocultan las tendencias más o menos

conscientes del conservatismo económico.

Esta repugnancia que sienten muchos en nombre de la libertad

--hasta de buena fe--, no es más que el efecto de otra ley de la

evolución humana, que Heriberto Spencer formulaba diciendo:

todo progreso realizado es un obstáculo a los progresos venideros.

Tendencia psicológica natural, que podría llamarse fetichista, es

la que se niega a considerar el ideal logrado y el realizado progreso

como un simple instrumento antes que como un ídolo y a tomarlos como

un punto de partida para otros ideales y para otros progresos antes

que detenerse en la adoración fetichista de un punto de arribo que

agote todo otro ideal, toda otra aspiración.

Así como el salvaje beneficiado por el árbol {112} frutal, adora al

árbol por él mismo, no por los frutos que puede darle aún, y lo

convierte en un fetiche, en un ídolo intangible, pero que por lo

mismo se esteriliza; como el avaro que en el mundo individualista

conoce el valor del dinero, concluye por adorar el dinero en sí y

por sí, como fetiche y como ídolo, y lo deja sepultado en el cofre,

esterilizándolo, en vez de usarlo como instrumento de nuevas

ganancias; así el liberal sincero, hijo de la Revolución Francesa,

se hace de la libertad un ídolo, término de ella misma, estéril

fetiche, en lugar de emplearla como instrumento de nuevas

conquistas, como medio de realización de nuevos ideales.

Se comprende que bajo la tiranía política el ideal primero, el

más urgente, el febril, fuese la conquista de la libertad y de

la soberanía política.

Y nosotros, los recién llegados, estamos por esta conquista

agradecidos a los mártires y a los héroes que la han querido al

precio de su sangre.

¡Pero la libertad no es y no puede ser el término de sí misma!

¿De qué sirve la libertad de reunión y de pensamiento si el

estómago no tiene el pan cuotidiano y millones do individuos

tienen paralizada toda fuerza moral por la anemia del cuerpo y

del cerebro?

{113} ¿De qué sirve al pueblo tener una parte platónica de la

soberanía política con el derecho de voto, si continúa bajo la

esclavitud material de la miseria, de la desocupación, del hambre

aguda o crónica?

La libertad por la libertad indica un progreso realizado que se

opone a los progresos venideros, y es una especie de onanismo

político, estéril por sí ante las nuevas necesidades de la vida.

El socialismo responde, por lo tanto, que así como la fase

subsiguiente no borra las conquistas de las fases precedentes

de la evolución social, así tampoco quiere suprimir la libertad

gloriosamente conquistada por el mundo burgués con su revolución

de 1789, sino que por el contrario quiere que, conquistando la

conciencia de los intereses y de las necesidades de su clase

frente a la clase de los capitalistas y propietarios, los

trabajadores se sirvan de ella para avanzar hacia una organización

social más equitativa y más humana.

Sin embargo, es innegable no sólo que, dada la propiedad individual

y por lo tanto el monopolio del poder económico, la libertad dejada

a quien no tiene ese monopolio, es un juguete impotente y platónico,

sino también que cuando {114} los trabajadores demuestran querer

valerse de esa libertad con conciencia clara de sus intereses de

clase, los detentadores del poder económico y por lo tanto político,

se apresuran a renegar de los grandes principios liberales «los

principios del 89» y suprimen toda libertad pública, ¡soñando detener

así la marcha fatal de la evolución humana!

Lo mismo puede decirse de una acusación semejante contra los

socialistas: que renegarían de la patria en nombre del

internacionalismo.

También esto es erróneo.

Las epopeyas nacionales con que la Italia o la Alemania

reconquistaron en nuestro siglo la unidad y la independencia,

fueron realmente un gran progreso, y estamos agradecidos, lo

repetimos, a quien nos ha dado una patria libre.

Pero la Patria no puede convertirse por eso en obstáculo de los

progresos venideros, que están indudablemente en la fraternidad

de todos los pueblos, sin los odios de nacionalidad, que, o son un

residuo de la barbarie, o son barnices que disimulan los intereses

del capitalismo que, por su cuenta, sin embargo, ha sabido ejecutar

el más estrecho internacionalismo universal.

Como haber dejado atrás la fase de las guerras comunales de Italia,

para sentirse hermanos en {115} una misma nación, ha sido un

verdadero progreso moral y social, así también lo será transponer

la fase de las rivalidades «patrióticas», para sentirse todos

hermanos de una misma humanidad.

Que sirva a las clases que están en el poder y que se hallan

vinculadas en estrecha liga internacional (el banquero de Londres,

con el telégrafo, domina el mercado de Pekín o de Nueva York)

tener dividida la gran familia de los trabajadores de todo el

mundo o también de la vieja Europa solamente --porque la división

de los trabajadores hace posible el poder de los capitalistas--

y que esa división se disimule y se mantenga viva, abusando del

fondo primitivo y salvaje de los odios contra «el extranjero»,

todo esto se comprende y se explica claramente con la clave

histórica de los intereses de clase.

Pero eso no quita que el socialismo intemacionalista constituya,

también bajo ese aspecto, un innegable progreso moral y una fase

inevitable de evolución humana.

* * *

Del mismo modo y por la misma ley sociológica no sería exacto

decir que el socialismo llegará a suprimir con la propiedad

colectiva toda o cualquiera propiedad individual.

{116} Estamos siempre en esto: una fase subsiguiente de evolución

no puede borrar todo lo realizado en las fases anteriores, sino que

suprime solamente aquellas manifestaciones que no son vitales porque

están en contradicción con las nuevas condiciones de existencia de

la nueva fase.

Sustituida la propiedad particular con la propiedad social de la

tierra y de los medios de producción, es evidente por ejemplo que

la propiedad de los alimentos necesarios para el individuo no podrá

ser suprimida, como tampoco la de las ropas y objetos de uso

personal, que se consumirán en bien exclusivo individual o familiar.

Esta forma de propiedad individual subsistirá siempre, pues, aun en

el régimen colectivista, porque es inevitable y perfectamente

compatible con la propiedad social de la tierra, de las minas, de

las fábricas, de las casas, de las máquinas, de los instrumentos

de trabajo, de los medios de transporte.

Como, por ejemplo, la propiedad colectiva de las bibliotecas

--que existe y funciona a nuestra vista-- no impide a los individuos

el uso personal de libros raros o costosos que de otro modo no

podrían tener, sino que acrecienta inmensamente su utilidad, en

comparación con el mismo libro encerrado y sepultado en la

biblioteca privada de {117} un bibliófilo estéril, así la propiedad

colectiva de la tierra y de los medios de producción, al acordar a

un individuo que deberá vivir trabajando el uso de una máquina, de

un utensilio, de un campo, no hará más que centuplicar su utilidad.

Y no se diga que cuando los hombres no tengan la _propiedad_

exclusiva, acumulable, y transmisible de la riqueza no estarán

inclinados a trabajar por la falta del resorte egoísta del interés

personal o familiar. Vemos, por ejemplo, también en el mundo

individualista presente, que los residuos de propiedad colectiva

de las tierras --que fueron tan estudiados desde que Laveleye

llamó tan brillantemente sobre ellos la atención de los sociólogos--

son cultivados y dan un rédito no inferior a los campos de propiedad

privada, aun cuando los comunistas de tales «participaciones» o

colectivistas agrarios, no tengan más que el derecho de uso y de

goce de los mismos.

Y si algunos de estos residuos de propiedad colectiva --menos

alejados del vórtice del individualismo mercantil-- van

desapareciendo y son mal administrados, el hecho no prueba nada

contra el socialismo, porque se comprende que, en el orden

económico actual, completamente orientado por el individualismo

absoluto, esos {118} organismos no encuentran en nuestro

ambiente las condiciones de una existencia posible.

Sería como pretender que un pez viva fuera del agua o un mamífero

en una atmósfera privada de oxígeno.

Y he ahí por qué, entre paréntesis, son sencillamente fantásticos

todos los famosos experimentos de colonias socialistas, comunistas

o anarquistas que algunos intentan implantar aquí o allí como

«experimento preventivo del socialismo», sin advertir que tales

experimentos tienen fatalmente que abortar desde que habrían de

desarrollarse rodeados de un ambiente económico y moral

individualista que no les puede consentir las condiciones de

desarrollo fisiológico que tendrán cuando toda la organización

social se haya orientado colectivamente, es decir, cuando toda

la sociedad esté _socializada_.

Entonces también las tendencias y las aptitudes psicológicas

individuales se adaptarán al ambiente y lo reflejarán; desde

que es natural que en un ambiente individualista, de libre

competencia, en que todo hombre ve en su hermano, si no un

adversario, cuando menos un competidor, el egoísmo antisocial

tiene que ser la tendencia que fatalmente se desarrolla más,

por necesidad del instinto de propia conservación, máxime {119}

en estas últimas fases de una civilización lanzada a todo vapor

en comparación con el individualismo pacífico y lento de los

siglos pasados.

Pero en un ambiente donde, por el contrario, y en cambio del

trabajo manual o intelectual dado a la sociedad, todo hombre

tenga asegurado el pan cuotidiano del cuerpo y de la mente, y

se vea substraído, por lo tanto, al ansia diaria de la propia

existencia, es evidente que el egoísmo tendrá un número infinitamente

menor de estímulos, de ocasiones y de manifestaciones, ante el

sentido de la solidaridad, de la simpatía, del altruismo, y ya no

será verdad la despiadada máxima _homo homini lupus_ que,

confesada o no, envenena tanto nuestra vida presente.

No pudiendo, sin embargo, detenerme más en estos detalles,

concluyo el examen de esta segunda pretendida oposición entre

la evolución y el socialismo, recordando que la ley sociológica

--por la que la fase subsiguiente no borra las manifestaciones

vitales y fecundas de las anteriores fases de evolución-- da

acerca de la organización social que ya está en vías de formación,

una idea más positiva de lo que piensan nuestros adversarios,

que creen siempre que están ante el socialismo romántico y

sentimental de la primera mitad de este siglo.

{120} Y he ahí por qué, en fin, no tiene consistencia alguna esta

objeción fundamental que recientemente oponía Tansú al socialismo,

en nombre de un eclecticismo sociológico, erudito pero inconcluyente,

a pesar del talento y los estudios de aquel eximio filósofo del

derecho:

«El socialismo contemporáneo no se identifica con el individualismo,

porque asienta como base de la organización social un principio que

no es de autonomía del individuo, sino por el contrario, su negación.

Si, no obstante, mantiene ideas individualistas que repugnan a ese

principio, eso no implica que mude de naturaleza o cese de ser

socialismo: _significa, solamente, que éste vive de contradicciones_.»

Ahora bien, no es que el socialismo, al admitir y hasta ampliar y

asegurar, con las condiciones de existencia diaria, el fortalecimiento

y el desarrollo de toda individualidad humana, caiga en una

contradicción de principio; es que, por el contrario, el socialismo,

fase ulterior de civilización humana, no puede suprimir ni borrar lo

vital, lo compatible con la nueva forma social que existe en las

formas anteriores.

Y, por lo tanto, así como el internacionalismo socialista no está

en contradicción con la existencia de la patria porque admite su

concepto {121} en lo que tiene de verdad, eliminándole, sin embargo,

la parte patológica del _chauvinismo_, así también el socialismo no

vive de contradicciones sino que sigue las leyes fundamentales de la

evolución natural cuando conserva y desarrolla la parte vital del

individualismo, suprimiendo, sin embargo, sus manifestaciones

patológicas por las cuales, como decía Rampolini, se tiene en el

mundo moderno un organismo social en que el noventa por ciento de

las células están condenadas a la anemia, sólo porque el diez por

ciento están enfermas de hiperemia y de consiguiente hipertrofia.

* * * * *

XI. EVOLUCIÓN, REVOLUCIÓN, REBELIÓN, VIOLENCIAS PERSONALES.

SOCIALISMO Y ANARQUÍA.

La última y más grave contradicción que muchos creen encontrar

entre el socialismo y la teoría científica de la evolución, está

en el _cómo_ podrá realizarse prácticamente el socialismo.

Por una parte algunos pretenden que el socialismo debe presentar

desde ahora, en todos y en sus más mínimos detalles, el cuadro

preciso y simétrico de su positiva organización social. «Dadme una

descripción práctica de la nueva {122} sociedad y entonces decidiré

si la he de preferir a la presente».

Por otra parte --y como consecuencia de este primer concepto

equivocado y artificialista-- se cree que el socialismo pretende

cambiar la faz del mundo de un día para otro, de tal manera, por

ejemplo, que esta noche nos retiremos todos a dormir bajo el

régimen burgués para despertarnos mañana en pleno mundo socialista.

Y entonces --se dice-- cómo no ver que todo esto choca

irremediablemente contra la ley de evolución, cuyas dos ideas

fundamentales --que caracterizan justamente la nueva evolución

del pensamiento positivo moderno, frente a la vieja metafísica--

son precisamente la _naturalidad_ y la _gradualidad_ de todos los

fenómenos en cualquier orden de vida universal, desde la astronomía

hasta la sociología.

Es innegable que estas dos objeciones tenían mucha razón de ser

contra aquello que Engels llamaba el «socialismo utópico», frente

al «socialismo científico».

Cuando el socialismo, antes de Carlos Marx, no era más que la

expresión sentimental de un humanitarismo tan generoso cuanto

careciente de los más elementales principios del positivismo {128}

científico, se comprende perfectamente que sus secuaces o defensores

cedieran fácilmente a los impulsos del corazón, ya sea en las

protestas ruidosas contra las iniquidades sociales evidentes, ya

sea en la contemplación sonámbula de un mundo mejor al que la

fantasía trataba de dar perfiles determinados, desde la _República_

de Platón hasta el _Looking backward_ (_En el año 2000_) de Bellamy.

Y se comprende también mejor que esas construcciones _a priori_

debían dar asidero a las críticas, en parte erradas, porque son

siempre dependientes de las costumbres mentales propias del ambiente

moderno, y se olvida que serán distintas en un ambiente diverso,

pero fundadas también en gran parte porque la complexidad enorme

de los fenómenos sociales hace imposible cualquiera profecia de

los detalles insignificantes de una vida social que será más

radicalmente diversa de la nuestra que lo que la vida présentelo

es de la Edad Media y de la antigüedad, por la razón de que el

mundo burgués que ha sucedido a los anteriores, ha dejado la

sociedad sobre los mismos puntos cardinales del individualismo;

mientras que el mundo socialista tendrá una polarización

fundamentalmente distinta.

{124} Esas construcciones anticipadas y proféticas de un nuevo

orden social son, por otra parte, el designio genuino de ese

artificialismo político y social, en que están embebidos hasta

los individualistas más ortodoxos y jacobinos, que creen siempre,

como observa el mismo Spencer, que la sociedad humana es una

pasta a la que el artículo _tot_ de una ley cualquiera puede

dar una forma más que otra, fuera de las cualidades, tendencias

y aptitudes orgánicas y psíquicas, étnicas e históricas de los

diversos pueblos . . .

El socialismo continental ha dado muchos ensayos de construcción

utópica; pero más ha dado y da el mundo político actual, con el

fárrago absurdo y caótico de sus leyes y de sus códigos que (¡á

propósito de la libertad! . . .) envuelven a todo hombre desde

su nacimiento hasta su muerte y aun antes de que nazca y después

de que muera, en una red inextricable de códigos, leyes, decretos,

reglamentos, etc., sofocándolo como al gusano de seda en su

capullo . . .

Y cada día la experiencia demuestra que nuestros legisladores,

embebidos en este artificialismo político y social, no hacen más que

copiarse recíprocamente las leyes de los pueblos más diversos según

la moda esté por París y por Berlín, y divierten con ellas a sus

países, en vez de {125} sacar de esos mismos paises los criterios

positivos para adaptarles las leyes, que por eso y como sucede

todos los días, siguen siendo letra muerta, puesto que la realidad

de las cosas no les permite profundizar sus raíces, y regular y

fecundar sus puntos vitales.

En cuanto a construcciones sociales artificiosas, los socialistas

podrán repetirá los individualistas:

--¡El que esté sin pecado, que tire la primera piedra!

Pero la respuesta verdadera, irrefutable, es que el socialismo

científico representa una fase mucho más avanzada de las ideas

socialistas, de acuerdo precisamente con la ciencia positiva

moderna, y ha abandonado por completo la fantástica idea de

profetizar hoy lo que será la sociedad humana en la nueva

organización colectivista.

Lo que el socialismo científico puede afirmar y afirma, con

seguridad matemática, es que la dirección, la trayectoria de

la evolución humana, marcha en el sentido general indicado y

previsto por el socialismo, es decir, en el sentido de una

continua y progresiva preponderancia de los intereses y las

utilidades de la especie, sobre los intereses y las utilidades

del individuo, y por {126} consiguiente en el sentido de la

continua _socialización_ de la vida económica y por ella de

la vida jurídica, moral y política que de ella dependen.

En cuanto a los detalles nimios del nuevo edificio social, no

podemos preverlos, justamente porque ese nuevo edificio social

será y es un producto _natural_ y _espontáneo_ de la evolución

humana, que está ya en vías de formación y cuyas líneas generales

se esbozan ya en embrión, pero no es la construcción inmediata y

artificial imaginada en el estudio de un utópico o de un metafísico.

Así sucede tanto en las ciencias sociales cuanto en las

ciencias naturales.

Si a un biólogo le dais a observar un embrión humano que tenga sólo

pocos días o pocas semanas de desarrollo, no sabrá deciros --por la

conocida ley haeckeliana de que el desarrollo de todo embrión

_individual_ reproduce en conjunto las diversas formas de desarrollo

de las _especies_ que le han precedido en la serie zoológica-- no

sabrá deciros, repito, si será macho o hembra, ni mucho menos podrá

prever si será un individuo robusto o débil, sanguíneo o nervioso,

inteligente o nó.

Sabrá sólo deciros las líneas generales de la {127} evolución futura

de ese individuo, dejando al tiempo la tarea de definir natural y

espontáneamente --según las condiciones orgánicas hereditarias y las

condiciones del ambiente en que vivirá-- los detalles variadísimos de

su personalidad.

Así puede y debe responder el socialista, justamente como lo hizo

Bebel en el Reichstag germánico, contestando con un elocuente

discurso a los que querían saber desde ahora, de los socialistas,

cómo será en sus detalles el Estado futuro, y que aprovechando

hábilmente la ingenuidad de los romanceros socialistas, critican

sus anticipadas fantasías artificiales, verdaderas en las líneas

generales, pero demasiado arbitrarias en sus detalles.

Lo mismo hubiera sucedido si antes de la Revolución Francesa --que

determinó el florecimiento del mundo burgués, preparado y madurado

en la evolución anterior-- las clases aristocrática y clerical,

en el poder entonces, hubiesen dicho a los representantes del tercer

estado --burgueses de nacimiento o aristócratas y sacerdotes que

abrazaban la causa de la burguesía contra los privilegios de su

casta, como el marqués de Mirabeau y el abate Sieyes-- hubiesen

dicho, repito: «Pero ¿cómo será vuestro mundo nuevo? {128} Dadnos

antes su plan preciso y luego decidiremos.»

El tercer estado, la burguesía, no hubiera sabido contestar

entonces, ni hubiera podido prever el aspecto de la sociedad humana

en el siglo XIX; y, sin embargo, eso no ha impedido que se realizara

la revolución burguesa, porque representaba la fase ulterior, natural

e inevitable de una evolución eterna, como ahora el socialismo se

halla frente a frente con el mundo burgués. Y si ese mundo burgués,

nacido hace poco más de un siglo, tiene un ciclo histórico mucho más

breve que el mundo feudal (aristocrático-clerical), será solamente

porque, habiendo los maravillosos progresos científicos del siglo

XIX centuplicado la velocidad de la vida en el tiempo y en el

espacio, hacen recorrer ahora a la humanidad civil en sólo diez

años, el mismo camino que antes recorría en un siglo o dos de la

Edad Media.

La velocidad continuamente acelerada de la evolución humana es

justamente otra de las leyes establecidas y confirmadas por la

ciencia social positiva.

Y de esas construcciones artificiales del socialismo sentimental

es que se ha derivado y se ha radicado la impresión --justa en lo

que a ellas {129} respecta-- de que _socialismo_ es sinónimo de

_tiranía_.

Es natural: si entendéis el nuevo orden social no como la forma

espontánea de la inmanente evolución humana, sino como la

construcción artificial que brota del cerebro de un arquitecto

social, es imposible que éste se sustraiga a la necesidad de

disciplinar el nuevo engranaje con una infinidad de reglamentos y

con el poder supremo de una mente directriz, individual o colectiva.

Y se comprende entonces cómo semejante organización socialista deja

en los adversarios --que sólo ven las ventajas de la libertad en el

mundo individualista y olvidan las plagas que lo gangrenan

libremente-- la impresión de un convento, de una regimentación o

cosa semejante.

Y otro producto artificial contemporáneo ha venido también a

confirmar esta impresión --_el socialismo de Estado_-- que es

fundamentalmente lo mismo que el socialismo sentimental o utópico,

y que sólo, como decía Liebknecht en el Congreso de Berlín de 1892

sería «un capitalismo de Estado que agregaría al usufructo económico

la esclavitud política». El llamado Socialismo de Estado puede dar

pruebas del poder irresistible de sugestión que tiene el socialismo

científico y democrático --como demuestran los famosos {130}

_rescriptos_ del emperador Guillermo, convocando a una conferencia

internacional-- de resolver (hasta con la idea infantil del Decreto)

los problemas del trabajo: o sino la famosa encíclica _De

conditione opificum_ del habilísimo papa León XIII, que da una

en el clavo y otra en la herradura. Pero Rescriptos imperiales

y Encíclicas papales --ya que las fases de la evolución ni se

suprimen ni se saltan--, no podían sino abortar en pleno mundo

burgués, individualista y _liberista_, al que no disgustaría

destrozar el demasiado vigoroso socialismo contemporáneo en el

amoroso abrazo del artificialismo oficial y del socialismo de

Estado, desde que se ha comprobado en. Alemania y en otras partes,

que no bastan contra aquél ni leyes ni represiones excepcionales.

Todo este arsenal de reglamentos y superintendencias no tiene

nada que hacer con el socialismo científico que prevé clarísimamente

que la dirección del nuevo orden social, necesaria para la

administración de la propiedad colectiva, no será en manera alguna

más complicada que la que ahora se necesita para la administración

del Estado, de las Provincias y de las Comunas, y que por el

contrario responderá mucho mejor a las utilidades sociales e

individuales como producto natural --y no parasitario-- del

nuevo {131} organismo social; así como el sistema nervioso de

un mamífero y aparato regulador de su organismo, es más complicado

que el organismo de un pez o de un molusco, pero sin ninguna

sofocación tiránica de la autonomía de los otros órganos y

aparatos, hasta las células, en su confederación viviente.

Queda, pues, entendido, que si se quiere refutar seriamente el

socialismo, no hay que repetir las acostumbradas objeciones que

se refieren al socialismo artificialista y sentimental, que no

niego que podrá continuar todavía en la masa nebulosa de las ideas

populares, pero que cada día va perdiendo más terreno entre los

partidarios conscientes --de origen popular, o burgués, o

aristocrático-- del socialismo científico que armado por el

impulso genial de Carlos Marx de todas las más positivas

inducciones de la ciencia moderna, se alza triunfante sobre

las añejas objeciones repetidas todavía por nuestros adversarios

sólo por costumbre mental, pero que han desaparecida ya de la

conciencia contemporánea, junto con el mismo socialismo utópico

que las había determinado.

* * *

La misma respuesta sirve para la segunda parte de la objeción

relativa a la manera como se realizará el advenimiento del socialismo.

{132} Es consecuencia inevitable y lógica del socialismo utópico y

artificialista, pensar que la construcción arquitectónica propuesta

por este o aquel reformador, deba o pueda aplicarse de un día para

otro por decreto de rey o de pueblo.

Y en este sentido la ilusión utópica del socialismo empírico se

halla en oposición con la ley positiva de la evolución y es, por

lo tanto, equivocada. Y justamente _como tal_, la combatí en mi

_Socialismo y criminalidad_, porque todavía entonces (1883) no

se habían divulgado en Italia las ideas del socialismo científico

o marxista.

Un partido político o una teoría científica, son también productos

naturales que deben pasar por las fases vitales de la infancia y

la juventud antes de llegar a su desarrollo completo. Era inevitable,

por lo tanto, que antes de ser científico y positivo, el socialismo

en Italia y en otros países pasara también por las fases infantiles

sea del exclusivismo corporativista (de los trabajadores _manuales_

únicamente) sea del romanticismo nebuloso que, dando a la palabra

_revolución_ un significado restringido e incompleto, se ha mantenido

siempre en la ilusión de que un organismo social puede cambiarse

radicalmente de un día para otro, con cuatro descargas de {133}

fusilería, así como un régimen monárquico puede cambiarse en

régimen republicano.

Pero cambiar la cáscara política de un orden social es inmensamente

más fácil --porque es menos concluyente y menos influyente en el

fondo económico de la vida social-- que la diferente orientación

de esta vida social en su constitución económica.

Los procesos de transformación social son, como por otra parte

lo son con otros nombres, los de toda transformación de los seres

vivientes: la evolución, la revolución, la rebelión, la violencia

personal.

Una especie mineral, vegetal, o animal, puede pasar en el ciclo de

su existencia por estos mismos procesos de transformación.

Desde que el primer núcleo de cristalización, o el germen, o el

embrión aumenta gradualmente en estructura y en volumen, tenemos

un proceso gradual y continuo de _evolución_ al que, de un modo ú

otro debe suceder un proceso de _revolución_ más o menos prolongado,

representado por ejemplo por el destacamiento completo del cristal

de la masa mineral circundante, o por ciertas fases revolucionarias

de la vida vegetal o animal, como por ejemplo el momento de la

reproducción sexual, etc.; y así puede {134} presentarse cualquier

momento de _rebelión_, es decir de violencia individual asociada,

como sucede tan frecuentemente entre las especies animales que viven

en sociedad; y puede suceder también la _violencia personal_ aislada

como en las luchas por la conquista del alimento o de la hembra,

entre animales de la misma especie, etc.

En el mundo humano se repiten los mismos procesos, entendiéndose

por _evolución_ la transformación diaria casi desapercibida pero

continua e inevitable; por _revolución_ el período crítico y

resolutivo, más o menos prolongado, de una evolución arribada

a su extremo; por _rebelión_ la violencia parcialmente colectiva,

que estalla por la provocación de esta o de aquella circunstancia

particular en un punto y en un momento dado, y por _violencia

personal_, la tentativa de un individuo contra uno o varios

individuos y que puede ser: o el efecto de un arrebato de pasión

fanática, o la explosión de instintos criminales, o la manifestación

de desequilibrio mental --con vinculaciones a las ideas más en boga

en un momento dado, político o religioso--.

Ahora, la primera observación que hay que hacer es ésta: que

mientras la evolución y la revolución pertenecen a la fisiología

social, la rebelión y la violencia personal son, por el contrario,

síntomas de patología social.

{135} Verdad es que todos son procesos naturales y espontáneos

desde que, según el concepto de Virchow, renovador en gran parte

de la biología moderna, la patología no es más que la continuación

de la fisiología, y hasta los síntomas patológicos tienen o

deberían tener gran valor diagnóstico para las clases que están

en el poder, que en toda época histórica, así en los momentos de

crisis política como en los de crisis social, no saben idear otro

remedio que la represión personal, guillotinando o encarcelando,

y figurándose haber curado con eso la enfermedad constitucional

y orgánica que trabaja al cuerpo social.

Pero es de todos modos irrefutable que los procesos normales

--y por eso más fecundos y más seguros aun cuando en apariencia

sean más lentos y menos eficaces--, de transformación social,

son la evolución y la revolución, entendida esta última en el

sentido exacto y positivo de fase última de una evolución anterior,

y no convirtiéndola en sinónimo de una rebelión tumultuosa y

violenta como por lo común se piensa equivocadamente.

En efecto, es evidentente que al finalizar el siglo XIX, Europa y

América se encuentran ya en un período de revolución preparada por

la {136} anterior evolución fecundada por la misma organización

burguesa, y continuada por el socialismo primero utópico y después

científico, por la cual no sólo estamos ahora en ese período crítico

de vida social que Bagehot llamaba «la edad de la discusión» sino

que se advierte ya aquello que Zola, en su maravilloso _Germinal_,

llamó el estallido del armazón político-social, por todos los

síntomas que casi con la mismas palabras describe Taine en su

_Ancien Régime_, narrando los veinte años anteriores a 1789.

Síntomas por los cuales --produciéndose aquí y allí por las

grietas del terreno social, fugas parciales de vapores y gases

volcánicos-- se tiene indicio de que toda la corteza terrestre

se rinde a la presión de una revolución interna, contra la cual

de nada valdrán las medidas represivas sobre esta o aquella grieta,

mientras que podrían ser eficasísimas y fecundas en bienes todas

las sabias leyes de reforma y previsión que, aun cooperando al

presente, hicieran menos doloroso «el parto de la nueva sociedad»,

como decía Marx.

Y he aquí por qué, entendidas en este sentido positivo, la

evolución y la revolución se presentan como los procesos más

fecundos y más seguros de metamorfosis social.

Justamente porque la sociedad humana es un {137} organismo natural

y viviente, como cualquier otro no puede sufrir transformaciones

inmediatas y de improviso, como lo imaginan aquellos que sostienen

que se debe recurrir solamente, o en precedencia a la rebelión o

a la violencia personal para la realización de un nuevo orden

social. Sería como pretender que un niño o un joven pudieran llenar

en un día una evolución biológica dada --aunque sea en el período

revolucionario de la pubertad-- para convertirse inmediatamente

en adulto.

Se comprende, sin embargo, que el desocupado, bajo los espasmos

del hambre o en el agotamiento cerebral por la falta de alimentación,

o en los ensueños de la ignorancia, pueda imaginarse que dando

un puñetazo a un guardia de seguridad, o arrojando una bomba, o

haciendo una barricada o un motín, se acercará a la realización

de un ideal de menor iniquidad social.

Y aun fuera de este caso, se comprende que la fuerza impulsiva del

sentimiento, al prevalecer en ciertos hombres, pueda empujarlos por

generosa impaciencia a cualquier tentativa, aunque sea real y no

imaginaria como las que han presentado siempre las policías de todos

los tiempos y de todos los lugares, a la represión de los tribunales

--para secundar la manía o el terror {138} pánico de los que sienten

escapárseles de las manos el poder político o económico--.

Pero la táctica del socialismo científico, especialmente en Alemania

por la influencia más directa del marxismo, ha abandonado por

completo estos viejos métodos del romanticismo revolucionario, que

repetidos tantas veces han abortado siempre y son por eso, en

sustancia, menos temidos por las clases dominantes porque son

leves sacudimientos localizados contra una fortaleza que tiene

todavía consistencia más que suficiente para quedar victoriosa

de ellos, y asegurarse con la victoria del momento el retardo de

la evolución, mediante la selección eliminadora de los adversarios

más audaces y más fuertes.

El socialismo marxista es revolucionario en el sentido científico de

la palabra, y se desenvuelve ahora en plena revolución social,

porque nadie negará que el final del siglo XIX señala la fase

crítica de la evolución burguesa lanzada a todo vapor, más en

otras partes que en Italia, por el camino del capitalismo

individualista.

Y el socialismo marxista tiene la franqueza de decir, por boca de

sus representantes más cultos, a la gran falange dolorosa del

proletariado moderno, que no tiene la varita mágica para {139}

cambiar el mando de un día para otro cómo se cambian las decoraciones

de teatro al levantar el telón; pero dice también, con el fatídico

grito de reunión que Marx lanzaba al mundo de los trabajadores:

_¡Uníos, proletarios del mundo entero!_, dice que la revolución

social no puede llegar a su término si antes no se ha madurado en

la conciencia de los trabajadores mismos, con la visión clara de

sus intereses de clase y de su fuerza inmanente cuando están unidos,

y no con la creencia de poder despertar un día en pleno régimen

socialista, sólo porque permaneciendo inertes y divididos 364 días

del año se les pusiera en la cabeza el 365º, entregarse a cualquier

rebelión o a cualquier violencia personal.

Esta es la psicología que yo llamo «terno a la lotería», por la

que justamente, los trabajadores y todos los heridos por la miseria,

sueñan --sin hacer nada por constituirse en partido consciente de

clase--, en poder un bello día ganar el terno a la lotería de la

revolución social, así como se dice, les cayó el maná del cielo

a los judíos.

El socialismo científico demuestra, pues, cómo la potencia

transformadora va menguando de uno a otro proceso: a medida que

de la evolución se pasa a la revolución, de ésta a la rebelión y

de ésta a la violencia personal. {140} Justamente porque se trata

de una transformación de la sociedad entera en su base económica

y por lo tanto en sus organizaciones jurídicas, políticas y

morales, por eso también el proceso de transformación es más eficaz

y adaptado cuanto más _social_ y menos _individual_ es.

Los partidos individualistas son también personalistas en la lucha

diaria, el socialismo, por el contrario, es colectivista en esta

misma, porque sabe que el orden actual no depende de éste o de

aquel individuo, sinó de la sociedad entera. Y he ahí por qué,

en el hecho opuesto, la _beneficencia_, siendo, aunque generosa,

necesariamente personal o parcial, no puede ser un remedio a la

cuestión social y por lo tanto colectiva, de la distribución de

la riqueza.

En la cuestión política que deja intacta la base económico-social,

se comprende cómo el destierro de Napoleón III o de D. Pedro II

puede instaurar una república. Pero esa transformación superficial

no tocará al fondo de la vida social y el Imperio Alemán o la

monarquía italiana son socialmente burgueses como la República

Francesa o los Estados Unidos; porque a pesar de las diferencias

de barniz _político_ pertenecen a la misma fase _económico-social_.

Por eso es que los procesos: evolución y {141} revolución, los

únicos completamente sociales o colectivos, son los más eficaces,

mientras que la rebelión parcial y mucho más la violencia personal

no tienen en sí más que una alejadísima energía de transformación

social, y por el contrario encierra tanta parte anti-social y

anti-humana, despertando los instintos primitivos de la sangre y

del fratricidio, y junto a la _persona_ del herido ofenden al mismo

principio en que se creen inspirados: el principio del respeto a

la vida humana y de la solidaridad.

Poco importa hipnotizarse con las frases de la «propaganda de hecho»

o de la «acción inmediata».

Como se sabe, los anarquistas que son individualistas o «amorfistas»,

admiten como medio de transformación social la _violencia personal_,

que va del homicidio al hurto hasta entre compañeros, y que no es,

entonces, evidentemente, más que un barniz político dado a instintos

criminales que no es posible confundir con el fanatismo político que

es un fenómeno muy diverso y común a los partidos extremos y

románticos de todas las épocas. Y sólo el examen positivo de cada

caso particular puede, con ayuda de la antropología y de la

psicología, decidir si el autor de esta o aquella violencia

personal es un {142} delincuente nato, un delincuente loco o un

delincuente por pasión y fanatismo político.

En efecto, he sostenido siempre y sostengo hoy, que el «delincuente

político» de quien algunos querrían hacer una categoría especial,

no constituye una variedad antropológica, sino que puede pertenecer

a cualquiera de las categorías antropológicas de delincuentes

comunes y especialmente a una de estas tres: o delincuente _nato_

por tendencia congénita, o delincuente _loco_, o delincuente por

impulso de _pasión_ fanática.

La historia del pasado y la de esta misma época nos ofrece

ejemplos evidentes.

Así como en la Edad Media las creencias religiosas preocupaban la

conciencia universal y daban color a los excesos criminales o

dementes de muchos desequilibrados, o también determinaban realmente

casos de «santidad» más o menos histérica, así al finalizar

nuestro siglo, las cuestiones político-sociales que preocupan con

mayor violencia la conciencia universal --que se exalta también

con el mayor contagio universal producido por el periodismo con

su gran _réclame_-- son las que dan color a los excesos criminales

o dementes de muchos desequilibrados, o determinan también casos

de fanatismo en hombres verdaderamente honestos pero hiperestésicos.

{143} Y las cuestiones político-sociales en su forma extrema

asumida en cada momento histórico, son naturalmente las que

tienen con mayor intensidad esa energía sugestiva. Sesenta años

ha, en Italia, era el _mazzinianismo_ o el _carbonarismo_; hace

veinte años el _socialismo_; ahora el _anarquismo_ . . .

Y así se comprende cómo se han cometido violencias personales

en todo tiempo y según el color del tiempo . . . Orsini, por

ejemplo, figura entre los mártires de la revolución italiana.

Ahora, aparte de los juicios inevitablemente erróneos dictados

por la emoción del momento, la decisión sobre cada caso de

_violencia personal_, no debe ser sino el fruto de un examen

fisio-psíquico sobre su autor, como para cualquier otro delito.

Orsini fue un delincuente político por impulso de pasión. Entre

los anarquistas bombardeadores o apuñaleadores de nuestros días,

puede encontrarse tanto el delincuente nato --que disfraza sin

embargo su congénita carencia de sentido moral o social con el

barniz político-- cuanto el delincuente loco o matoide, que

refiere su desequilibrio mental a las ideas políticas del momento,

así como puede encontrarse también el delincuente por _pasión_

política, verdaderamente {144} convencido y bastante normal,

en quien se determina el acto violento sólo por el falso concepto

(qué el socialismo combate) de una posible transformación _social_

mediante la violencia _personal_.

Sea como sea, trátese de delincuente nato o loco, o también de

delincuente político por impulso pasional, no deja de ser verdad

que la _violencia personal_, adoptada por los anarquistas

individualistas, al mismo tiempo que es el producto lógico del

individualismo llegado a los extremos y lo es por lo tanto de la

actual organización económica llegada a sus extremos --con el

relativo «delirio del hambre» aguda o crónica-- es el medio menos

eficaz y más antihumano de transformación social.

Pero, además de los anarquistas individualistas, o amorfistas,

o autonomistas, hay también los anarquistas comunistas.

Estos repudian la _violencia personal_ como medio ordinario de

transformación social (y hace poco lo declaraba, entre otros,

Merlino en su opúsculo _Necesidad y base de un acuerdo_); sin

embargo estos anarquistas comunistas disienten del socialismo

marxista, no sólo en el _ideal_ último, sino también y sobre

todo en el _método_ de transformación social, que combatiendo a los

socialistas marxistas como «legalitarios» y {145} «parlamentaristas»,

sostienen que el medio más eficaz y seguro de transformación social

es la _rebelión_.

Con estas afirmaciones que responden demasiado bien a la

nebulosidad de los sentimientos e ideas de una crecidísima

parte de los trabajadores y a la impaciencia de su situación

miserable, podrán tener un inconsciente influjo momentáneo;

pero su acción tiene que ser transitoria como espuma en el

agua, así como el estallido de una bomba puede producir cierta

momentánea emoción, pero no hace avanzar un paso la evolución

de las conciencias hacia el socialismo, mientras que por el

contrario determina una reacción del sentimiento, en gran parte

sincera, pero también hábilmente fomentada y usada como pretexto

de represión.

Decir a los trabajadores que deben rebelarse contra las clases

que tienen el poder, sin preparación no sólo de medios materiales

sino también de solidaridad y de conciencia moral, es más bien

servir los intereses de esas clases dominantes, porque tienen

la seguridad de la victoria material, puesto que la evolución

no está madura y la revolución no está pronta.

Por eso, a pesar de todas las mentiras interesadas, se ha visto

en los recientes movimientos {146} de Sicilia, que allí dónde el

socialismo estaba más avanzado no han ocurrido ni violencias

personales ni rebeliones, como entre los labriegos de Piana dei

Greci, educados en el socialismo consciente por Nicolás Barbato;

mientras que esos movimientos convulsivos se han presentado o

fuera de la propaganda socialista como rebelión contra las

vejaciones y las _comunas_ municipales, o allí donde la propaganda

socialista menos consciente fue ultrapasada por los impulsos del

hambre y de la miseria.

La historia enseña que los países donde las rebeliones han sido

más frecuentes, son aquellos cuyo progreso social está menos

avanzado; justamente porque las energías populares se agitan y

se despedazan en esos excesos febriles y convulsivos, y alternándose

con períodos de enervación y de desconfianza --a que responde

la teoría budista de la _abstención del voto_, tan cómoda para

los partidos conservadores-- no representan ninguna continuidad

de esa acción consciente, en apariencia más lenta y menos eficaz,

pero en realidad la única que sepa realizar esos que parecen los

milagros de la historia.

Y por eso el socialismo marxista de todos los países ha proclamado

que el medio principal de transformación social debe ser _la

conquista de los_ {147} _poderes públicos_ (en las administraciones

locales y en los parlamentos), como uno de los efectos de la

organización consciente de los trabajadores en un solo partido

de clase; mientras que a medida que se haga más intensa y extensa

esa organización, otros serán sus efectos, verdaderamente

revolucionarios en el sentido positivo ya explicado. Cuánto más

progrese en los países civilizados la organización política de

los trabajadores, tanto más verán realizarse, por evolución fatal,

la organización socialista de la sociedad, primero con las

concesiones parciales pero cada vez más amplias de la clase

capitalista a la clase trabajadora (ejemplo elocuente: la ley de

las _8 horas_) y después la transformación completa de la

propiedad individual en propiedad social.

Que esta transformación integral que, preparándose por evolución

gradual, se acerca al momento crítico y resolutivo de la revolución

social, pueda después realizarse con o sin el concurso de los demás

medios de transformación --rebelión y violencia personal-- es lo

que nadie puede profetizar.

Nuestra sincera aspiración es que la revolución social se realice

cuando esté madura la evolución, pacíficamente, como tantas otras

{148} revoluciones que se han hecho en paz, sin derramar una gota

de sangre: ejemplo: la Revolución inglesa que precedió un siglo

con el _Bill of Rights_ a la Revolución francesa; como la Revolución

italiana hecha en Toscana en 1859; como se hizo la Revolución

brasileña, con el destierro del emperador D. Pedro en 1892.

Y es evidente que la más difundida cultura del pueblo y su

organización consciente en partido de clase bajo la bandera

del socialismo, no hacen sino aumentar las probabilidades de

esa aspiración nuestra, y desvanecer también las añejas

previsiones de un período de _reacción_ después del advenimiento

del socialismo, que sólo tendrían razón de ser si el socialismo

fuese todavía utópico en sus medios de acción, en lugar de ser,

como es, la fase natural y espontánea y por lo tanto inevitable

e irrevocable, de la evolución humana.

¿Y dónde comenzará esta revolución social?

Estoy firmemente convencido que mientras los pueblos latinos,

como meridionales, tienen mayor facilidad para las rebeliones

sobresaltadas y pueden lograr transformaciones puramente _políticas_,

los pueblos septentrionales, alemanes o anglo-sajones, están más

dispuestos a la disciplina tranquila pero inexorable de la verdadera

{149} revolución, como fase crítica de anterior evolución orgánica y

gradual, único proceso eficaz de una transformación verdaderamente

_social_.

Y es en Alemania o en Inglaterra donde el mayor desarrollo del

individualismo burgués acelera fatalmente sus inconvenientes y por

lo tanto la necesidad del socialismo, es allí donde probablemente

se realizará la gran metamorfosis social, iniciada ya también en

todas partes, y de allí se propagará por la vieja Europa, como al

fin del siglo pasado partió de Francia la señal de la revolución

política y burguesa.

* * *

Queda, pues, una vez más demostrada la profunda diferencia que

existe entre socialismo y anarquismo --que a nuestros adversarios

y a la prensa servil agrada presentar confundidos a los ojos

velados por la emoción o por la ignorancia-- y queda de todos

modos demostrado que el socialismo marxista representa una armonía

vital y una continuación fecunda de la ciencia positiva, justamente

porque ha hecho de la teoría de la evolución la savia y la sangre

de sus propias inducciones y señala por lo tanto la fase

verdaderamente vivaz y definitiva --y en consecuencia la única que

desde ahora sobrevivirá en {150} la conciencia de la democracia

colectivista-- de ese socialismo que hasta hace poco había

permanecido fluctuando en las nebulosidades del sentimentalismo,

sin la brújula infalible del pensamiento científico renovado por

las obras de Darwin y de Spencer.

{151}

Socialismo y ciencia positiva (Darwin-Spencer-Marx) · 第 15 / 20 题