El darwinismo ha demostrado que todo el mecanismo de la evolución
animal, consiste en la lucha por la vida entre individuo e individuo
de una misma especie, por una parte, y entre especie y especie en el
mundo entero de los vivientes por otra.
Así, todo el mecanismo de la evolución social fue reducido por el
socialismo marxista a la ley de la _lucha de clase_, concentrando
en ella no sólo {65} la atención como secreto motor y única
explicación positiva de la historia humana, sino también el ideal y
la rígida norma disciplinaria del socialismo político, substrayéndolo
así a todas las incertidumbres elásticas, vaporosas e inconcluyentes
del socialismo sentimental.
La historia de la vida animal no ha encontrado su explicación
positiva sino en la gran ley darwiniana de la _lucha por la vida_
--por la que solamente se pueden determinar las causas naturales del
nacimiento, el desarrollo y la extinción de las especies vegetales y
animales, desde las épocas paleontológicas hasta hoy--. Así, la
historia de la vida humana no ha encontrado su explicación sino en la
gran ley marxista de la _lucha de clase_, para la que los anales de
la humanidad primitiva, bárbara y civilizada, dejan de ser un
caprichoso y superficial kaleidoscopio de episodios individuales,
para convertirse en un drama determinado, grandioso y fatal
--consciente o inconscientemente, tanto en los detalles nimios cuanto
en las catástrofes gigantescas-- por el motor fatal de las
_condiciones económicas_ que son la base física y por consiguiente
imprescindible de la vida y de la _lucha de clase_ por la conquista
y conservación de la fuerza económica de que, necesariamente,
dependen {66} todas las demás (la fuerza político-jurídico-social).
De este grandioso concepto, que constituye la gloria imperecedera de
Carlos Marx --y le señalan en la sociología el puesto que Darwin
tiene en la biología y Spencer en la filosofía natural-- tendré
ocasión de hablar más adelante, al delinear las relaciones que
existen entre la sociología y el socialismo.
Por ahora me basta con señalar otra concordancia entre darwinismo y
socialismo, consistente en que mientras la expresión _lucha de clase_
puede causar una primera impresión de antipatía (que hasta yo
confieso haber tenido cuando no había comprendido aún el espíritu
científico de las teorías marxistas) encierra, entretanto, en su
verdadero significado, la ley primera de la historia humana, y puede
por consiguiente ser, ella sola la norma segura para el advenimiento
de la nueva fase de evolución humana que el socialismo prevé y
apresura.
Lucha de clase quiere decir que la sociedad humana, como cualquiera
otro organismo viviente, no es un todo homogéneo, la suma indistinta
de un número más o menos grande de individuos, sino por el contrario
un organismo viviente, resultante de la agregación de partes {67}
diversas y cada vez más diversas, cuanto más alto es el grado de la
evolución social.
Así como un protozoo está casi solamente compuesto de gelatina
albuminosa, mientras un mamífero está formado por tejidos
diversísimos entre sí; así una tribu acéfala de los salvajes más
primitivos está solamente compuesta de pocas familias que viven
más bien en agregación de pura vecindad material, mientras que
una sociedad privilegiada del mundo histórico o contemporáneo se
compone de clases diversas entre sí, sea por la constitución
fisio-psíquica de los mismos componentes, sea por lo complejo de
las costumbres y de las tendencias de su existencia personal,
familiar y social.
Estas clases diversas pueden ser rígidamente catalogadas como en
la antigua India desde el _bramino_ al _sudra_, y también en la
Europa de la Edad Media, desde el emperador o el pontífice al
feudatario, al vasallo, al artesano; de tal modo que no sea admitido
entre una y otra clase el cambio de los individuos que por sólo el
azar del nacimiento le pertenecen; o que pueden perder la etiqueta
legal, como sucede en Europa y América después de la Revolución
Francesa, y admitir por lo tanto, como rara excepción, el cambio y
el pase de los individuos de una a otra --como las {68} moléculas
químicas en los fenómenos de exósmosis y de endósmosis, o según la
expresión de Dumont, por un fenómeno de «capilaridad social»--. Pero
siempre, de todos modos, esas varias clases existen como realidad
innegable y rebelde a toda nivelación de superficie jurídica, por
cuanto persiste la razón fundamental de su variedad.
Carlos Marx es quien, más lúcidamente que cualquier otro, ha
indicado, comprobado y confirmado esta razón en el crisol de la
observación sociológica, por la diversidad de las condiciones
económicas.
Variarán los nombres, las apariencias, los fenómenos de repercusión
en cada fase de evolución social, pero siempre el fondo trágico de
la vida humana estará en el contraste que existe entre quien tiene
el monopolio de los medios de producción --y son los menos-- y quien,
por el contrario, está desposeído de ellos --y son los más--.
_Guerreros y pastores_, en la sociedad primitiva, apenas realizada la
apropiación, primero familiar y luego individual, de la tierra bajo
el colectivismo inicial; _patricios y plebeyos_; _feudales y
vasallos_; _nobles y pecheros_; _burgueses y proletarios_ . . . todas
estas son indicaciones diversas de un hecho idéntico: el monopolio
de la riqueza de un lado, el trabajo productor del otro.
{69} Ahora bien, la gran importancia de la ley marxista --lucha de
clase-- consiste precisamente en indicar con evidente precisión _en
qué_ está verdaderamente el punto vital de la cuestión social, y
_por qué método_ se puede arribar a resolverla.
Mientras la base económica de la vida política, jurídica y moral no
se asentó con evidencia positiva, las aspiraciones de los más hacia
un mejoramiento social vagaron inciertas entre la reclamación y la
conquista parcial de algún instrumento _accesorio_, como libertad
de culto, sufragio político, instrucción pública, etc., etc. Y no
se niega que tales conquistas hayan sido de grande utilidad.
Pero el _sancta sanctorum_ permanecía impenetrable siempre a los
ojos de la multitud, y el poder económico, al persistir como el
privilegio de los menos, hacía que cualquier conquista o concesión
quedara edificada en el aire, sin raíces, arrancada del cimiento
sólido y fecundo, único que puede dar vida y fuerza perennes.
Ahora que el socialismo --aun antes que Marx, pero no con tanta
precisión científica-- ha señalado en la apropiación individual,
en la propiedad privada, de la tierra y de los medios de producción,
el punto vital de la cuestión: ahora el {70} problema está planteado,
preciso, claro, inexorable en la conciencia de la humanidad
contemporánea.
* * *
¿Cuál es el método de abolir este monopolio del poder económico y
su consiguiente serie de dolores, de males, de odios y de iniquidad?
Aquí está el método de la _lucha de clase_ que partiendo del dato
positivo de que toda clase tiende a conservar y acrecentar las
ventajas y privilegios conquistados, enseña a la clase privada del
poder económico, que para llegar a obtenerlo, la lucha (y de las
modalidades de esta lucha nos ocuparemos en seguida) debe ser de
clase a clase, no de persona a persona.
Odiar, ultrajar, suprimir a este o aquel individuo que pertenece a
la clase dominante, no hace adelantar un segundo la solución del
problema, y antes bien la retarda por la reacción del sentimiento
común contra la violencia personal, desde que ofende el principio
de _respeto a la persona humana_ que el socialismo proclama bien
alto para todos y contra todos. Y no coopera a la solución del
problema, porque la anormal condición presente (que se ha hecho
más aguda), miseria de muchos y satisfacción de pocos, no es efecto
de la mala voluntad de este o aquel individuo.
{71} Hasta por ese lado, en efecto, el socialismo está en pleno y
completo acuerdo con la ciencia positiva que niega el libre albedrío
en el hombre y estudia la actividad humana, individual y colectiva,
como el efecto necesariamente determinado por las condiciones de
raza y de ambiente.
El delito, el suicidio, la locura, la miseria, no son el fruto
del libre albedrío, de la culpa individual, como predica el
espiritualismo metafísico; ni es fruto del libre albedrío ni
culpa individual del capitalista, si el obrero está mal
retribuido, sin trabajo, en la miseria.
Todo fenómeno social es la resultante necesaria de las condiciones
históricas y del ambiente; y en el mundo moderno, la facilidad y
la frecuencia de las relaciones por todas partes de la tierra, ha
hecho más estrecha la dependencia de cada hecho --económico,
político, jurídico, moral, artístico o científico-- de las
condiciones más lejanas y más indirectas de la vida universal.
Dada la organización actual de la propiedad privada, sin limitación
de herencia familiar y de acumulación personal; dada la continua y
cada vez más completa aplicación de los descubrimientos científicos
al trabajo humano de transformación de la materia; dado el telégrafo
y el vapor; dado el torrente cada vez más {72} desbordante de las
migraciones humanas, es inevitable que la existencia de una familia
de labradores, de operarios, o de pequeños comerciantes, etc., ligada
a los hilos invisibles pero inexorables de la vida del mundo, por
los que la cosecha del algodón, del café o del trigo en los países
más lejanos, repercute por todas partes del mundo civil, así como
el aumento o la diminución de las manchas solares es un coeficiente
de las periódicas crisis agrícolas, e influye directamente sobre el
destino de millones de hombres.
En este grandioso concepto científico de la «unidad de las fuerzas
físicas», según la expresión del padre Secchi, o de la solidaridad
universal ¿cómo puede admitirse aún el concepto mezquino e infantil
del libre albedrío y del individuo como causa de los fenómenos
humanos?
Si un socialista tuviese la idea --aun con miras de beneficencia--
de fundar un taller industrial para dar trabajo a los desocupados,
y produjese un artículo abandonado por la moda o por la necesidad
del consumo general, se vería evidentemente obligado a quebrar, a
pesar de sus intenciones filantrópicas, por el decreto mudo pero
inevitable de las leyes económicas.
O si un socialista quisiese dar a los obreros de su establecimiento
un salario doble o triple {73} que el corriente, tendría sin duda
alguna la misma suerte, por la misma inexorable aplicación de las
leyes económicas, porque tendría que vender sus mercaderías con
pérdida, o que guardarlas en sus almacenes, sin venderlas mientras
su precio --en igualdad de clase-- fuese superior al del mercado.
Se vería reducido a la quiebra, y el mundo no le daría otro
consuelo que llamarlo _un buen hombre_, palabra que en la
actual fase de «moralidad mercantil» tiene doble sentido.
Aparte, pues, de las relaciones personales más o menos cordiales
entre capitalista y obrero, su respectiva condición económica
está fatalmente determinada por la ley del _supertrabajo_ con
la que Marx explica irrefutablemente cómo el capitalista puede
acumular riquezas sin trabajar, sólo porque el obrero produce
en cada jornada de trabajo un equivalente de riqueza superior
al salario recibido, demasía de producto que naturalmente va a
beneficio gratuito del capitalista, aun cuando se le quisiese
deducir el salario de un trabajo suyo intelectual de dirección
técnica y administrativa.
La tierra abandonada al sol y a la lluvia, no produce por sí sola
ni trigo ni vino. Los minerales no salen por sí solos de las
entrañas de la tierra.
{74} La producción de la riqueza no se efectúa sino por una
transformación de la materia trabajada por la labor humana. Y sólo
porque el campesino cultiva la tierra, el minero extrae los
minerales, el obrero mueve las máquinas, el químico hace
experimentos en su gabinete, el ingeniero inventa etc., etc.,
es que el propietario o el capitalista, sin haber hecho nada
para heredar su patrimonio, y sin fatiga alguna si permanece
_ausente_ de su propiedad, puede tener cada año asegurado un
producto que otros producen para él a cambio de pan escaso y
miserable vivienda, envenenados las más de las veces por los
miasmas de los arrozales o de los pantanos, por el gas de las
minas o de los talleres, sin lograr nunca una existencia digna
de criaturas humanas.
Y hasta en el régimen de la perfecta medianería --que se muestra
como una fórmula de socialismo práctico-- queda siempre que
preguntar por qué milagro el propietario, que no trabaja, ve llegar
a su casa el trigo, el aceite y el vino en cantidad suficiente para
vivir con comodidad, mientras que el medianero da cada día su
trabajo para arrancar a la Madre Tierra el alimento para sí y
para los otros.
Lo que hay de menos doloroso en la {75} medianería es la seguridad
tranquila de llegar a fin de año sin los espasmos de la desocupación
a que están condenados los trabajadores adventicios de la campaña y
de la ciudad. Pero, en substancia, el problema queda sin alteración
y siempre hay uno que vive bien sin trabajar, porque diez viven mal,
trabajando.
Tal es el engranaje de la propiedad privada y tales sus
efectos, fuera y contra la misma voluntad de los individuos.
Así, resulta vana y estéril toda tentativa contra este o aquel
individuo: lo que hay que cambiar es la orientación de la sociedad,
lo que hay que abolir es la propiedad individual, no con la
_repartición_, como vulgarmente se dice, y que sería forma más
aguda y más mezquina de propiedad privada, mientras que un año
después, persistiendo esa orientación individualista, se volvería
al _statu quo_, sólo en beneficio de los más pillos y de los
menos escrupulosos.
Pero la abolición de la propiedad privada o individual,
sustituyéndola la propiedad colectiva y social de la tierra y
de los medios de producción; sustitución que, por otra parte,
mientras no puede hacerse por decreto, de hoy a mañana, como
algunos nos acusan de querer, se va realizando de día en día,
de hora en hora en forma directa y en forma indirecta.
{76} En forma directa: porque la civilización señala una
continua sustitución de propiedades y funciones sociales, a
las que antes eran propiedades y funciones individuales. Los
caminos, los correos, los ferrocarriles, los museos, la
iluminación urbana, la instrucción, etc., etc., que hasta
hace pocas decenas de años eran propiedades o funciones
privadas, se han hecho propiedades o funciones sociales; y
sería absurdo pensar que este procedimiento directo de
socialización deba detenerse justamente ahora, en vez de
acelerarse progresivamente, como se va acelerando todo en
la vida moderna.
En forma indirecta: como último efecto del individualismo económico
que tomó el nombre de _burgués_, de los bravos lugareños que en la
Edad Media vivían en los burgos sometidos al castillo feudal y a la
iglesia parroquial --símbolos de la clase entonces dominante-- y que
preparados por un trabajo fecundo y consciente y por las condiciones
históricas que cambiaron la orientación económica del mundo (como el
descubrimiento de América) hicieron su revolución al final del siglo
XVIII, conquistando con ella el poder, y escribiendo páginas de oro
en la historia del mundo civil con las epopeyas nacionales y con los
milagros de la ciencia aplicada a la industria . . . {77} pero que
describen ahora la parábola descendente y presentan síntomas
evidentes de una disolución sin la cual, por otra parte, no sería
posible la inauguración de una nueva fase social.
El individualismo económico, llevado a sus últimas consecuencias,
determina necesariamente la centralización progresiva de la propiedad
en un número cada vez más restringido de personas. El «millonario»
es palabra nueva, propia del siglo XIX, y expresa en proporciones
más evidentes este fenómeno que George reducía a la ley histórica
del individualismo económico, por la cual los ricos se hacen cada
vez más ricos, y los pobres más pobres.
Ahora, es evidente que cuanto más restringido es el número de los
detentadores de la tierra y de los medios de producción, tanto más
fácil se hace su sustitución --con o sin indemnización personal--
por parte de un solo propietario que es la sociedad y que no puede
ser más que ella.
La tierra es la base física del organismo social. Es, por lo tanto,
absurdo que pertenezca a pocos individuos y no a toda la colectividad
social, como sería absurdo que perteneciese al monopolio de pocos
propietarios, el aire que respiramos.
Y esta es la intención suprema del socialismo.
{78} Pero, es evidente que no se puede llegar a eso, tomando como
punto de mira a este o aquel propietario, a este o aquel capitalista.
Ese es también un medio individualista de lucha, que está destinado
a permanecer estéril o que por lo menos exige un desparramo inmenso
de fuerzas para obtener escasos resultados parciales y provisionales.
Por eso es que cuando veo a los hombres políticos afanarse con
protestas diarias o anecdóticas, en una lucha personalista --a la
que, por otra parte, las asambleas y el público se acostumbran y
amoldan por su misma monótona continuidad--, me parece ver a un
higienista extravagante que quisiera hacer habitable un pantano,
matando a tiros y uno por uno los mosquitos, en vez de proponerse
como método y objetivo, el completo saneamiento de toda la zona
miasmática . . .
¡Nada, pues, de luchas o violencias personales! Lucha de clase, en
el sentido de dar a la inmensa clase de los trabajadores de cualquier
arte o profesión, la conciencia de estas verdades fundamentales y por
lo tanto de sus propios intereses de clase, contrapuestos a los
intereses de la clase que retiene el poder económico, para llegar
con la organización consciente a la conquista {79} de ese poder
económico, por medio de los demás poderes públicos que la
civilización actual ha asegurado a los pueblos libres.
Aunque pueda preverse que la clase dominante de todos los países,
antes de ceder restringirá las libertades públicas que para ella
eran inocuas cuando las usaban los trabajadores no constituidos en
partido de clase, sino distraídos o hipnotizados en seguimiento de
otros partidos políticos, tan radicales en las cuestiones accesorias
cuanto profundamente conservadores en la cuestión fundamental de la
organización económica y de la propiedad.
Lucha de clase, pues. Lucha de clase a clase.
Y lucha, se comprende, con los métodos de que hablaré en seguida,
al ocuparme de los cuatro modos de transformación social: evolución,
revolución, rebelión, violencia personal.
Pero, entretanto, lucha de clase en el sentido darwiniano,
repitiéndose en la historia humana el drama grandioso de la
lucha por la vida entre especie y especie, sin relajarse en el
pugilato salvaje e insignificante de individuo a individuo.
* * *
Detengámonos en este punto, aunque el mismo argumento de las
relaciones entre darwinismo y {80} socialismo podría ir más
lejos, siempre en el sentido de eliminar toda pretendida
contradicción entre una y otra corriente del pensamiento
científico moderno, y de confirmar, por el contrario, el más
íntimo, natural e indisoluble acuerdo.
Por eso, la aguda previsión de Virchow responde exactamente al
paralelo histórico de Juan Jacoby.
«En el mismo año en que apareció el libro de Darwin (1859), de una
dirección enteramente distinta hacia el mismo objetivo, dábase
empuje a un importantísimo desarrollo de la ciencia social, por
medio de un trabajo que permaneció mucho tiempo desconocido,
trabajo que tiene por título _Crítica de la economía política_,
por Carlos Marx, y que fue precursor de la obra _El capital_.
»Lo que el libro de Darwin sobre el _Origen de las especies_ es
para el génesis y la evolución de la naturaleza inconsciente
llegando hasta el hombre, lo es la obra de Marx para el génesis
y la evolución de la comunidad de los individuos humanos, de las
naciones y de las formas sociales de la humanidad».
Y he ahí por qué la Alemania contemporánea, que ha sido el campo
más fecundo para el desarrollo de las teorías darwinianas, lo es
también {81} para la propaganda consciente, disciplinada,
inconmovible, de las ideas socialistas.
Y he ahí por qué, justamente, en Berlín, en las vidrieras de
las librerías de propaganda socialista, las obras de Carlos
Darwin tienen su puesto de honor junto a las de Carlos Marx.
{83}