LA HORDA

I

A las tres de la madrugada comenzaron a llegar los primeros carros de la

sierra al fielato de los Cuatro Caminos.

Habían salido a las nueve de Colmenar, con cargamento de cántaros de

leche, rodando toda la noche bajo una lluvia glacial que parecía el

último adiós del invierno. Los carreteros deseaban llegar a Madrid antes

que rompiese el día, para ser los primeros en el aforo. Alineábanse los

vehículos, y las bestias recibían inmóviles la lluvia, que goteaba por

sus orejas, su cola y los extremos de los arneses. Los conductores

refugiábanse en una tabernilla cercana, la única puerta abierta en todo

el barrio de los Cuatro Caminos, y aspiraban en su enrarecido ambiente

las respiraciones de los parroquianos de la noche anterior. Se quitaban

la boina para sacudirla el agua, dejaban en el suelo el barro de sus

zapatones claveteados, y sorbiéndose una taza de café con toques de

aguardiente, discutían con la tabernera la comida que había de

prepararles para las once, cuando emprendiesen el regreso al pueblo.

En el abrevadero cercano al fielato, varias carretas cargadas de

troncos aguardaban la llegada del día para entrar en la población. Los

boyeros, envueltos en sus mantas, dormían bajo aquéllas, y los bueyes,

desuncidos, con el vientre en el suelo y las patas encogidas, rumiaban

ante los serones de pasto seco.

Comenzó a despertar la vida en los Cuatro Caminos. Chirriaron varias

puertas, marcando al abrirse grandes cuadros de luz rojiza en el barro

de la carretera. Una churrería exhaló el punzante hedor del aceite

frito. En las tabernas, los mozos, soñolientos, alineaban en una mesa,

junto a la entrada, la batería del envenenamiento matinal: frascos

cuadrados de aguardiente con hierbas y cachos de limón.

Presentábanse los primeros madrugadores temblando de frío, y luego de

apurar la copa de alcohol o el café de «a perra chica», continuaban su

marcha hacia Madrid a la luz macilenta de los reverberos de gas. Acababa

de abrirse el fielato y los carreteros se agolpaban en torno de la

báscula. Los cántaros de estaño brillaban en largas filas bajo el

sombraje de la entrada. Discutían a gritos por el turno.

--¿Quién da la vez?--preguntaba al presentarse un nuevo carretero.

Y al responderle el que había llegado momentos antes, colocaba sus

cántaros junto a los de éste, con el propósito de repeler a trallazos

cualquiera intrusión en el turno.

Todos mostraban gran prisa por que les diesen entrada, azorando con sus

peticiones al de la báscula y a los otros empleados, que, envueltos en

sus capas, escribían a la luz de un quinqué. Los cántaros sólo contenían

leche en una mitad de su cabida. Mientras unos carreteros aguardaban en

el fielato, otros avanzaban hacia Madrid, con cántaros vacíos, en busca

de la fuente más cercana. Allí, dentro del radio, sin temor al

impuesto, se verificaba el bautizo, la multiplicación de la mercancía.

Los carros de la sierra, grandes, de pesado rodaje y toldo negro,

comenzaban a desfilar hacia la población, cabeceando como sombríos

barcos de la noche. Otros más pequeños deslizábanse entre ellos, pasando

ante el fielato sin detenerse. Eran los vehículos de los traperos, unas

cajas descubiertas de las que tiraban pequeños borricos. Los dueños iban

tendidos en el fondo, continuando su sueño, con la tranquilidad que les

daba el estar a aquellas horas la calle de Bravo Murillo libre de

tranvías. Algunas veces, la bestia, imitando al amo, detenía el paso y

quedaba inmóvil, con las orejas desmayadas, como si dormitase, hasta que

la despertaban un tirón de riendas y un juramento.

La lluvia cesó al amanecer. Una luz violácea se filtró por entre las

nubes, que pasaban bajas como si fuesen a rozar los tejados. De la bruma

matinal surgieron lentamente los edificios, humedecidos y relucientes

por el lavado de la lluvia; el suelo fangoso con grandes charcos; los

desmontes de tierra amarilla con manchas de vegetación en las

hondonadas.

El cementerio de San Martín mostró sobre una altura su romántica

aglomeración de rectos cipreses. La escuela protestante asomaba sobre

las míseras casuchas su mole de ladrillo rojo. Marcábase en la ancha

calle de Bravo Murillo la interminable hilera de postes eléctricos: una

fila de cruces blancas flanqueadas de arbolillos, y en el fondo, sumido

en una hondonada, Madrid envuelto en la bruma del despertar, con los

tejados a ras del suelo y sobre ellos la roja torre de Santa Cruz con su

blanca corona.

Así como avanzaba el día, era más grande la afluencia de carros y

cabalgaduras en la glorieta de los Cuatro Caminos. Llegaban de

Fuencarral, de Alcobendas o de Colmenar, con víveres frescos para los

mercados de la villa. Junto con los cántaros de la leche descargábanse

en el fielato cestones de huevos cubiertos de paja, piezas de requesón,

racimos de pollos y conejos caseros. Sobre la platina de la báscula

sucedíanse las especies alimenticias en sucia promiscuidad. Caían en

ella corderillos degollados, con las lanas manchadas de sangre seca, y

momentos después apilábanse en el mismo sitio los quesos y los cestos de

verduras. Las paletas, envueltas en un mantón, con el pañuelo

fuertemente anudado a las sienes, volvían a cargar sus mercancías en los

serones, y apoyando el barroso zapato en la báscula, saltaban ágiles

sobre su asno, azuzándolo al trote hacia Madrid, para vender sus huevos

y verduras en las calles inmediatas a los mercados.

La invasión de los traperos hacíase más densa al avanzar el día. Sus

ligeros carros en forma de cajón eran de un azul rabioso, con un óvalo

encarnado en el que se consignaba el nombre del dueño. Venían de

Bellasvistas y de Tetuán, de los barrios llamados de la Almenara, de

Frajana y las Carolinas. Los más pobres no tenían carro, y marchaban a

lomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los serones

destinados a la basura. Las matronas de «la busca» pasaban erguidas

sobre sus rucios, arreándolos con la vara, ondeando detrás de su espalda

las puntas del rojo pañuelo, con la cara tiznada de churretes, los ojos

pitañosos por el alcohol, y en las negras manos una doble fila de

sortijas falsas y relucientes, como adornos africanos.

El asno, fiel compañero del trapero, desfilaba en todas sus míseras

variedades, tirando de los cajones, trotando bajo los varazos de las

amazonas. Eran animales pequeños y sucios, de una malicia casi humana.

Rara vez buscaban su comida en el campo; se alimentaban con los

garbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid; rumiaban en sus pesebres

lo que el día anterior había pasado por las cocinas de la población, y

este alimento de animal civilizado parecía avivar su inteligencia. Jamás

habían sentido el fresco contacto de la tijera ni el benéfico roce de la

almohaza. Su piel era una costra, sus lomos no tenían vestigios de pelo,

sus patas delanteras estaban cubiertas de luengas lanas, que les daban

el mismo aspecto que si llevasen pantalones.

Pasaban y pasaban jinetes y carros, como una horda prehistórica que

huyese llevando a la espalda el hambre, y delante, como guía, el anhelo

de vivir. Trotaban las bestias, pugnando por adelantarse unas a otras,

como si husmeasen bajo la masa de tejados que cerraba el horizonte los

residuos de todo un día de existencia civilizada, el sobrante de la gran

ciudad que había de mantener a los miserables acampados en torno de

ella.

Una turba de peatones invadió el camino. Eran los vecinos de la

barriada, obreros que marchaban hacia Madrid. Salían de las calles

inmediatas al Estrecho y a Punta Brava, de todos los lados de los Cuatro

Caminos, de las casuchas de vecindad con sus corredores lóbregos y sus

puertas numeradas, míseros avisperos de la pobreza.

Ya no llegaban más carros del campo con su tosca solidez semejante a la

de la vida robusta y sana. La calle ocupábanla ahora los vehículos de la

busca, sórdidos, sucios, negros algunos de ellos como ataúdes, con

toldos fabricados de viejos manteles de hule. Por las aceras pasaban y

pasaban los grupos de trabajadores, con blusas blancas y el saquillo del

almuerzo pendiente de un botón, o con chaquetones pardos y la boina

calada hasta los ojos. Desde el fielato se les veía alejarse, las manos

en los bolsillos y la espalda encorvada, con ademán humilde, resignados

a sufrir el resto de una vida sin esperanza y sin sorpresa, conociendo

de antemano la fatiga monótona y gris que se extendería hasta el momento

de su muerte.

Otros, vestidos de lienzo azul, con gorras negras y reloj, se agrupaban

frente a la estación de los tranvías, esperando los primeros coches.

Eran maquinistas de fábrica, capataces, encargados de talleres, la

aristocracia del trabajo manual, que se aislaba de los demás en su

relativo bienestar.

El jefe del fielato, que, libre ya de las ocupaciones matinales, seguía

desde la puerta el paso de los trabajadores, llamó a un joven que venía

de Madrid y le invitó a fumar un cigarro. Tiempo le quedaba de

descansar: tenía el día entero para dormir. Y mientras le ofrecía

lumbre, le preguntó guiñando un ojo:

--¿Qué hay de política, amigo Maltrana? ¿Cuándo viene «la nuestra»? ¿Es

verdad que el gobierno está al caer?...

El llamado Maltrana hizo un gesto de indiferencia al mismo tiempo que

encendía su cigarro. Era un joven de escasa estatura, pobremente

vestido. Su sombrero de cinta mugrienta, echado atrás, dejaba al

descubierto una frente abombada y enorme, que parecía abrumar con su

peso la parte baja del rostro, de un moreno verdoso. Los ojos de corte

oblicuo y el bigote ralo, de desmayados pelos, daban a su cara una

expresión asiática; pero el brillo de las pupilas, revelador de una

inteligencia despierta, dulcificaba el inquietante exotismo de su

figura.

Toda su persona denunciaba la miseria de una juventud que lucha

desorientada, sin encontrar el camino. Sus botas mostraban los tacones

rotos y el cuero resquebrajado bajo los roídos bordes del pantalón. Un

macferlán de un negro rojizo servíale de abrigo, y por entre las solapas

mostraba con cierto orgullo su único lujo, el lujo de la juventud

mísera, una gran corbata de colores chillones, que ocultaba la camisa, y

un cuello postizo, alto, de rígida dureza, pero cuyo brillo había

tomado, con el uso, una blancura amarillenta de mármol viejo.

--¿Qué hay de política?--dijo otra vez el empleado.

Y Maltrana terminó su gesto de indiferencia. Los cambios de ministerio y

lo que se decía en el Congreso le inspiraba escaso interés. Allá en la

redacción, donde pasaba la noche, hablaban horas enteras de tales cosas,

sin que él se esforzase por retener en su memoria una sola palabra,

abstraído en la lectura de periódicos y revistas. ¿Cómo podían interesar

a nadie tales futilidades?... Pero con el deseo de agradar a aquel buen

amigo que le trataba con cierto respeto por escribir en los papeles

públicos, hizo un esfuerzo y contestó, sin saber ciertamente lo que

decía:

--Sí, creo que el gobierno va a caer. Algo he oído de eso en la

redacción.

--¿Y los «hombres»? ¿Qué dicen los «hombres» de estas cosas?

Isidro Maltrana sabía que los tales «hombres» eran los redactores del

periódico en que él trabajaba, los que tejían el artículo de fondo y la

información política, los «pájaros gordos», como los designaba por

antonomasia el empleado, viendo en ellos a los depositarios del secreto

nacional, a los únicos profetas del porvenir.

--Pues los «hombres»--contestó el joven con cierta timidez, como si le

repugnase mentir--creen que esto marcha bien y que muy pronto vendrá «la

nuestra».

--Lo mismo digo yo.

Y tras esta afirmación enérgica, que rebosaba fe, el empleado miró con

cierta envidia a aquel joven de mísera facha, que podía tratarse de

igual a igual con los «hombres».

Todas las mañanas veía a Maltrana, al volver éste de la redacción. El

pobre joven, para dormir, tenía que esperar a que su padrastro y su

hermano menor abandonasen un mísero cuartucho de la calle de los

Artistas, y una vez en él, se tendía sobre el camastro único, todavía

caliente, con la huella de los cuerpos del viejo albañil y su aprendiz.

Dormía hasta bien entrada la tarde, y casi a la hora en que regresaba a

los Cuatro Caminos el rebaño de trabajadores, volvía él a Madrid a

emprender su vida dura de pájaro indefenso, falto de pico y de garras,

que revolotea en un bosque de hojas impresas, sin más alimento que las

escasas migajas olvidadas por otros.

Aprovechaba la luz de la redacción, el papel y la tinta, en las horas en

que el local estaba desierto, para traducir libros cuyo destino

desconocía. Proporcionábanle este trabajo ciertos amigos que, a su vez,

habían recibido el encargo de los traductores que firmaban la obra. La

retribución llegaba a él con tal merma, después de pasar por las manos

de los intermediarios, que el pobre Maltrana, tras ocho horas de

fatigoso plumear, pensaba con envidia en los siete reales que su hermano

Pepín, más conocido por el _Barrabás_, ganaba como aprendiz de albañil.

Y muchas gracias cuando no le faltaban las traducciones. Este trabajo

era su único medio de existencia fijo y ordenado. El dinero de una

traducción representaba la comida, al anochecer, en una taberna

frecuentada por las gentes del «oficio», periodistas de escaso sueldo,

jóvenes de abundosas melenas y suelta corbata, que hablaban mal de

todos, entreteniendo así la espera impaciente de una hora de celebridad.

No eran gran cosa estos banquetes; pero ¡cómo pensaba en ellos los días

en que le faltaban el trabajo y la esperanza de nuevas traducciones!

Transcurrían para él, en la redacción, las horas de la noche en continua

lectura, sintiendo al mismo tiempo en el estómago los retortijones del

hambre. Algunas veces, al ver que las letras danzaban ante sus ojos y su

cabeza parecía rodar, como si repeliese toda idea, sentía deseos de

lucha, feroces anhelos de herir a alguien. Entonces iniciaba discusiones

filosóficas, acabando por burlarse de los ideales políticos del

periódico, únicamente por el placer de aplastar con sus paradojas y con

su cultura esgrimida cual una maza a todos aquellos ignorantes ¡ay! que

habían cenado.

Maltrana, en estas noches de silenciosa y reconcentrada hambre, veía

entrar, como mensajeros de alegría, a ciertos correligionarios de fuera

de Madrid, ganosos de dejar buen recuerdo en la redacción.

--¡A ver! Que traigan café para los chicos... y todo lo que quieran.

Y los «chicos» devoraban la tostada bien cargadita de manteca, apuraban

hasta la última gota del líquido negro y de la leche contenida en las

cafeteras, y prendían fuego al cigarro de medio real, último y

definitivo rasgo de generosidad. Maltrana, ebrio de café y de manteca,

lo veía todo más hermoso, con repentina iluminación, al través de la

nube azul del tabaco, y rompía a hablar de filosofía y literatura con

juvenil vehemencia, asombrando a aquellos señores forasteros, que

presentían en él a un futuro grande hombre, y ¡quién sabe si a un

gobernante de cuando llegase «la nuestra»!...

Las noches que faltaba este socorro extraordinario, Maltrana, con la

cabeza entre las manos, fingiendo leer una revista extranjera, seguía

con mirada ansiosa las idas y venidas de don Cristóbal, el propietario

del periódico, un buen señor francote y paternal, sin otras

preocupaciones que su diario, la revolución que no llegaba nunca y el

deseo de que reconociesen todos sus sacrificios por «la idea».

--_Homero_... ¿un cigarrito?...

_Homero_ era Maltrana. Cada mes le colgaban un nuevo apodo los muchachos

de la redacción, abominando de su cultura, que «les cargaba», y

afirmando que, con toda su sabiduría, era incapaz de escribir la crónica

de un suceso o pergeñar un crimen interesante. Primero le habían apodado

_Schopenhauer_, por la frecuencia con que citaba a su filósofo favorito;

después _Nietzsche_; pero estos nombres eran de difícil pronunciación, y

una noche que Maltrana, aislado de la realidad, osó recitar en griego

algunas docenas de versos de la _Ilíada_, acordaron todos llamarle

_Homero_ para siempre.

El buen _Homero_ aceptaba agradecido los cigarrillos de don Cristóbal,

el cual le admiraba como sabio, aunque reconociendo que no servía ni

para ordenanza de la redacción. Fumando entretenía la espera angustiosa

de las primeras horas de la madrugada, el momento de las larguezas del

propietario. El buen señor, al sentir ciertos desfallecimientos del

estómago, incluía generosamente en su necesidad a todos los muchachos.

Unas veces era carnero con judías, guisado en la taberna cercana; otras,

una cazuela enorme de bacalao con patatas, que a Maltrana le parecía

esplendorosa como un astro entre las nubes de periódicos que llenaban la

mesa y bajo la fría luz de las bombillas eléctricas.

--A ver, señores, ¿quién me hace oreja?--decía don Cristóbal con gestos

de padre--. Que traigan pan y vino para todos... _Homerito_, acércate y

mete la uña. A tu edad siempre hay apetito, y tú debes andar algo

atrasado.

_Homerito_ metía la uña, al principio con timidez; pero los primeros

bocados despertaban la bestia rampante adormecida en su estómago, y para

amansarla la echaba alimento a toda prisa, temiendo ser devorado por

ella si retrasaba el envío. Al bondadoso protector le hacía gracia el

hambre voraz de aquel muchacho feo. ¡Ah, la juventud! ¡Envidiable

estómago! Viéndole, sentía nuevas ganas: _Homero_ era su aperitivo.

Y Maltrana, una vez limpia la cazuela y devoradas las últimas migas,

bebíase dos vasos de vino, ascendiendo de golpe a la alegría digestiva

de las últimas horas de redacción, las mejores de la noche.

Sólo entonces hablaba _Homero_ de política, compartiendo las ilusiones y

esperanzas de los demás. Vendría la deseada... «la nuestra»; y entonces,

o no había justicia ni vergüenza, o don Cristóbal sería ministro del

primer gobierno que se formase. Pero el aludido rechazaba este honor con

sonriente modestia. Maltrana, para animarle, se incluía en el triunfo.

El también sería algo, ¡qué demonio!... Se contentaba con una dictadura

sobre la instrucción pública, para desasnar el país a palos. Cada uno a

sus aficiones.

Y el buen _Homero_ describía, entre las risas de los compañeros, su

entrada en la Biblioteca Nacional al día siguiente de la revolución,

seguido de un piquete de ciudadanos. ¡A formar todo el personal! Los

bibliotecarios, que le conocían por haber sostenido con él más de un

altercado, esperaban su sentencia trémulos de miedo. Ahora pagarían sus

embustes siempre que se les pedía un libro moderno: el negar su

existencia o el afirmar que lo tenía otro lector entre manos; aquel

deseo de que no se leyesen mas que obras rancias, de inútil erudición,

mamotretos enojosos que repelían a la gente, quitándola los deseos de

instruirse. A culatazos bajaba la escalinata el rosario de prisioneros,

y el dictador los colgaba sin piedad de los árboles de Recoletos, con un

cartelón en el pecho: «Por traidores a la cultura y fomentadores de la

barbarie pública...» Sin salir del edificio, se daba una vueltecita por

los salones del Arte Moderno y entraba a saco en este hospital de

monstruos, horrendo almacén de fealdades y ñoñerías históricas. Salvo

raras excepciones, todos los cuadros eran arrojados por las ventanas,

formándose con ellos una gran hoguera. Los alumnos de Bellas Artes, por

orden del dictador, habían de saltarla en señal de alegría por la

desaparición de tanto mamarracho.

Después, con su escolta de implacables ejecutores, se llegaba al Museo

del Prado. Llamada y tropa al personal y discurso que ponía los pelos de

punta. Había llegado el momento de dar fin a la eterna zarabanda, a la

interminable clasificación, a los nuevos arreglos que tenían en perpetuo

movimiento las obras artísticas, desorientando al público y haciéndole

vagar de uno a otro salón como en un dédalo. Al primero que moviese de

su sitio un cuadro o una estatua, un tiro en la cabeza: he dicho. Y

_Homero_ terminaba su excursión revolucionaria cerrando para siempre el

Teatro Real. ¡Viva la música! ¡Abajo la ópera! Los aristócratas que

conversasen libremente en sus salones, sin el runrún enojoso de la

orquesta; que lucieran sus joyas sin tomar el arte como alcahuete del

lujo. Los antiguos mozos de cordel que ganan millones por tener en la

laringe la enfermedad del tenorismo, las señoritas de bata blanca y

cabellera suelta que se hacen las locas entre fermatas y gorgoritos, a

su antiguo oficio o a coser a máquina. De volver a titularse artistas,

sufrirían la pena que marca el Código por falsedad de estado civil. Los

músicos faltos de sueldo y los cantantes modestos y fervorosos serían

mantenidos por el Estado, dando cada noche un concierto gratuito, de

asistencia obligatoria, en los diez distritos de la capital, por

riguroso turno.

Y tras estas reformas insignificantes, _Homero_ tomaba asiento en su

sillón de dictador, acometiendo la gran reforma: el examen general de

todos los maestros de escuela; la revisión de la mentalidad de todos los

catedráticos, pero de un modo implacable, sin entrañas, como pudiera

juzgar un inquisidor. Profesores de Universidad descendían a ser

maestros de aldea; la gran mayoría de los preceptores rústicos recibían

la cesantía y un pedazo de tierra inculta para que la arasen, dando así

natural expansión a sus verdaderas facultades. Muchos desgraciados con

talento, que titubeaban en las avenidas de la vida, no sabiendo qué

camino tomar, entraban en el magisterio, dignificado y elevado a primera

función nacional. El más humilde maestro de España tendría mayor sueldo

que un canónigo...

Así hablaba _Homero_, entre las risas de sus camaradas, dejando

modestamente a los grandes hombres de «la idea» que arreglasen otros

problemas: el del estómago y el de la conciencia. El a lo suyo, a pulir

la inteligencia nacional; y una vez bien montada la máquina del

desasnamiento, todo aquel que llegase a los veinte años sin haberse

aprovechado de estas facilidades para la cultura, sería expulsado del

territorio hispano, para que poblara el África.

El terrible dictador, al salir a la calle poco antes de amanecer, caía

de golpe en la realidad. El frío, colándose bajo el sutil macferlán,

hacía temblar al fusilador de bibliotecarios e implacable destructor de

museos. El tirano sentía aguzarse de nuevo su apetito con el fresco del

alba, y aceptaba del director o de cualquier compañero en fondos una

taza de soconusco con media docena de «bolas». Iban a la chocolatería de

la calle de Jacometrezo, sentándose junto a las paredes de azulejos

fríos, ante unas vidrieras abiertas de intento para que reventasen de

pulmonía todos los golfos que esperaban la mañana en torno de las

primeras mesas.

Allí, mojando buñuelos en el fangoso líquido de la taza, sentía renacer

otra vez sus esperanzas, aunque menos intensas que en el ambiente cálido

de la redacción. El sería algo; él subiría alto. Siempre que llenaba el

estómago, sentíase animado por una fe ciega en su destino. Y con tales

esperanzas, emprendía la caminata hacia los Cuatro Caminos, para reposar

en el camastro todavía caliente.

Mientras llegaba el momento de la ascensión, su vida no podía ser más

triste. En vez de ingeniarse, como le aconsejaba su padrastro, para

conquistar el pan, leía y leía por el gusto de saber, como un gran señor

que tuviera asegurada la existencia y todos sus caprichos. Cercenaba su

alimento para poder pagar con retraso las cuotas del Ateneo. La vida sin

lectura de revistas, sin conocer lo que se pensaba en Europa, le parecía

intolerable.

Perdía las noches enteras en la redacción, y rara vez cogía una pluma.

Al principio, le habían encargado que redactase sucesos, que inflase

telegramas. El director se interesaba por él: deseaba incluirle en la

plantilla de la casa y que gozase de un sueldo igual al de un guardia de

Consumos. Pero pasó una noche rompiendo cuartillas y dando paseos

nerviosos para relatar un incendio, y al fin hubo de transmitir el

encargo a un golfillo de la casa que no sabía escribir un renglón con su

ortografía. Le dieron telegramas para que los ampliase, y los redactó

con menos palabras que el original. Era un espíritu superior, incapaz de

tan bajas funciones. Un día en que, por ausencia del director, le

encargaron el artículo de fondo, llenó tres columnas de prosa razonadora

y fría, resultando de ella, después de examinar y pesar todo lo

existente, tan malo y defectuoso el ideal defendido por el periódico

como el régimen de los gobernantes actuales.

El tal _Homero_, según decía el propietario, era un manzanillo del

saber. Mataba todo lo que cubría con su sombra. Le dieron libertad para

que escribiera a su capricho, y publicó tres artículos sobre Ruskin y la

belleza artística, sobre Nietzsche y el imperialismo, y acerca de las

armonías y desarmonías entre el socialismo y las doctrinas de Darwin y

Hæckel. Meses después aún reían en la redacción de aquellas columnas de

prosa espesa y mate que nadie había leído hasta el fin. Don Cristóbal

afirmaba con grave sorna que el diario había estado próximo a perecer, y

que los lectores amenazaban con una huelga si se publicaba otro artículo

de _Homero_. ¡Ir con tales galimatías al respetable público, que lo que

desea es que llamen morral al presidente del Consejo de ministros o que

los diputados les mienten la madre a los señores del banco azul!...

Maltrana, declarado inservible, sin esperanzas ya de conquistar los

quince duros mensuales que le habían hecho entrever antes de su fracaso,

seguía asistiendo puntualmente a la redacción. ¿Adónde ir?... Allí

encontraba quien le escuchase, aunque con gestos irónicos; algunas veces

hasta alababan su cultura, llegando a confesar que tenía cierto talento,

pero que estaba chiflado. Además, él reconocía su gran defecto, el mal

de su generación, en la que un estudio desordenado y un exceso de

razonamiento había roto el principal resorte de la vida: la falta de

voluntad. Era impotente para la acción. Estudiaba ávidamente y no sabía

sacar consecuencia alguna de sus estudios. Pasaba las noches hablando;

las paradojas surcaban su charla como cohetes de brillantes colores;

pero sentíase incapaz de fijar con la pluma ni una pequeña parte de las

ideas que se le escapaban en el chorro de la conversación.

Y permanecía inmóvil, atascado en su camino, sabiendo que perdía el

tiempo, que equivocaba el curso de su vida, sin ánimo para intentar un

esfuerzo, confiando en un extraño fatalismo que había de sacarle del mal

paso, seguro de la llegada de un acontecimiento extraordinario que le

arrancaría de los relejes en que estaba hundido, sin que tuviera que

poner nada de su parte.

Aquella mañana era de las más alegres para el joven. Tenía dinero; la

noche anterior había cobrado trece duros de una traducción, sintiendo

con cierto deleite el peso del puñado de plata junto a su estómago, que

aún conservaba el calor y el bienestar del buen trato reciente. Había

cenado en la taberna, asilo de los días felices, los platos más

suculentos, dándose, además, el gusto de pagar el matinal chocolate a

los compañeros de redacción, asombrados de tanta riqueza.

El buen amigo del fielato, que todas las madrugadas le ofrecía un

cigarro y una parte de su café, atrajo igualmente su generosidad. Quería

obsequiarle, hacerle partícipe de su opulencia, y casi a la fuerza le

llevó al ventorrillo, detrás del fielato. Tomaría una taza de té, una

copa, lo que fuese de su gusto: hora era que admitiese algo de él.

Los dos quedaron junto a la puerta de la tabernilla, esperando que les

sirviesen, sin querer penetrar en su ambiente pesado y nauseabundo.

A espaldas del fielato, en el abrevadero, una banda de palomas

picoteaba la tierra. Eran de la inmediata calle de los Artistas; volaban

hasta allí para buscar en el suelo los residuos del pasto de los bueyes.

Junto al ventorro alzábanse las tapias blancas del Sanatorio de Perros,

el asilo de los canes de los ricos, cuidados en sus enfermedades por un

veterinario.

Maltrana vio a un hombre salir de la carretera con dirección al

ventorro.

--Es _Coleta_--dijo el jefe del fielato--. Domingo, el famoso trapero de

las Carolinas.

Llevaba a la espalda un saco vacío, pero él caminaba encorvado ya, como

si presintiese su peso. Los zapatos, más largos que los pies, doblaban

sus puntas hacia arriba; el pantalón de pana ceñíalo a la cintura con

una cuerda de esparto; la camisa abierta dejaba al aire una maraña de

pelos blancos y la piel apergaminada del cuello con sus tirantes

ligamentos. Esta vestimenta sucia y mísera completábala con un chaqué de

largos faldones y un sombrero abollado, deforme, rematado en punta como

guerrero casco.

Era viejo, con cierta malicia sacerdotal en el rostro afeitado y los

ojillos verdosos cobijados bajo unas cejas grises y abultadas. La parte

de sus mejillas acariciada por la rasura era lo único limpio de la cara.

El resto estaba ennegrecido por la suciedad. Cada arruga era un surco

fangoso; el cuero cabelludo mostraba las púas blancas del rapado por

entre las escamas de la caspa endurecida.

_Coleta_ saludó al del fielato y fijó después sus ojos en Maltrana.

--¿No eres tú Isidro, el nieto de la _Mariposa_... uno que es señor en

Madriz y escribe en los papeles?...

Sí; él era, y se alegraba de que _Coleta_ le reconociese. ¿Qué deseaba

tomar?

Pero antes de que el trapero contestase, Maltrana y su amigo se fijaron

en una gran escoriación que enrojecía todo un lado de su cara. La sangre

seca manchaba los bordes del desgarrón.

_Coleta_ levantó los hombros con indiferencia. Aquello no era nada: un

tropiezo al salir de la taberna del _Cubanito_, la noche anterior.

--Hemos estao de groma hasta la una de la mañana yo y los muchachos del

barrio. ¡La gran tajá!

Antes de pedir algo a la tabernera, que reía sólo con verle, quiso

conocer lo que Maltrana había bebido, e hizo un gesto de repugnancia al

oír que era una copa de aguardiente de limón.

--¡Aguardiente!... Eso pa los borrachos. Vino: morapio del puro, que

alarga la vida; y cuanti más, mejor.

Había que ver el gesto indignado con que hablaba de los borrachos de

alcohol, alabando de paso las virtudes del líquido rojo. Allí le tenían

a él con sus sesenta y ocho bien cumplidos. Todas las mañanas iba a

Madrid a la busca; al volver a su chamizo de las Carolinas, se pasaba

las horas escogiendo su carga y la de la vecina, y después armaba fiesta

en la taberna hasta la madrugada, y cuando estaba en su punto se ponía

en cueros, sin miedo al frío, para que chillasen escandalizadas las

mozas del barrio y rieran los camaradas. Nunca había estado enfermo.

--Yo no duermo. Comer... ¡menos que un pájaro! Me mantengo con un cacho

de pan así, y ustedes perdonen el modo de señalar. Es malo comer: el pan

quita sitio a la bebida. Además, da mareos y hace que a uno se le

revuelvan las tripas, y arroje y repuzne a los demás por su cogorza

indecente... A mí me mantiene el vino... ¡Viva el negro!... ¡y el blanco

también! Esta es la mejor de las boticas.

Y se bebió de un golpe la copa que le ofrecía la tabernera. Desde el

camino, un grupo de chicuelos que venía siguiéndole mirábalo a

distancia, lanzándole insultos.

--¡_Coleta_!... ¡Tío del gabán! ¡Borracho!

El trapero acogía estos gritos tranquilamente, como un héroe satisfecho

de su éxito popular. ¡Mientras gritasen!... Algo peor ocurría cuando los

gritos eran acompañados de pedradas y había él de abandonar su saco para

perseguir a los agresores.

--Id a tocarle el... moño a vuestras madres.

Y tras este prudente consejo, que hizo arreciar a la golfería en sus

denuestos, _Coleta_ saboreó otra copa, alabando la buena suerte que le

hacía tropezar tan de mañana con amigos rumbosos.

El era el más pobre de todos los traperos: ni carro, ni burro, ni casa.

Se lo había bebido todo. Su mujer estaba en el cementerio; y al hablar

de ella humedecíanse sus ojos, por el recuerdo, sin duda, de las palizas

que la había dado. Ahora tenía con él a la _Borracha_, la trapera más

sucia y mal trabajadora que existía desde Bellasvistas a Fuencarral. Un

dragón con faldas, señores; él no se avergonzaba de confesar su

cobardía. Si la daba una torta, ella le devolvía tres; y era inútil que

al regresar de la busca se comprase en las tiendas del Estrecho una

buena vara de fresno o cortase un palo espinoso en cualquier vallado:

equivalía a proporcionar armas al enemigo, pues la _Borracha_ acababa

por cogérselo, arreándole con él para que saliese de la taberna.

Todo envidia, pura rabia porque él encontraba amigos que le convidasen,

y ella, gustándole mucho el vino, tenía que contentarse, cuando más, con

las «cortinas», o sea con lo que queda en el fondo de las copas.

Vivían en una especie de gallinero al extremo de un corral ocupado por

montones de basura. Ayudaban a la dueña de la casa en la rebusca del

género, y además el carro de ésta le traía el saco al regresar de

Madrid. El tenía buenos parroquianos. Desde su juventud explotaba una de

las mejores calles, toda ella de señorío que comía bien. Con las sobras

podía engordar como un fraile, si le gustase comer. Los hijos de su

primer matrimonio vivían en Madrid, trabajando unas veces en el

adoquinado y rabiando otras de hambre. Apenas si los veía.

--La familia... con tomate, señores míos. Tanto tienes, tanto vales;

cada uno a lo suyo. Los chicos, cuando me ven, me hablan de que les

traspase la parroquia. El ama de mi casa también quiere lo mismo...

¡Magras! El negocio, siempre a mi nombre. Soy un vivo y he visto mucho.

El negocio, mío, mientras viva yo: Domingo Rivero, alias _Coleta_, para

servir a ustedes.

Y al hablar así, miraba con orgullo el saco que llevaba al hombro, el

negocio envidiado, que pensaba defender hasta su muerte, como si este

trozo de arpillera hubiera de servirle de mortaja.

Después rompió en elogios a la tabernera y su vino. ¡Olé las señoras de

mérito! La copa era allí menos barata que en el barrio de los traperos,

pero mucho mejor. Al ir a Madrid y al volver, no podía sustraerse a la

tentación de abandonar el camino para contemplar los ojos de la dueña,

su aire de señorío y los parroquianos de la casa, todos unos

caballeros... Y con estas alabanzas aún conquistó una tercera copa.

Maltrana y su amigo, temiendo que el trapero renunciase a la ida a

Madrid si le convidaban otra vez, volvieron al fielato. _Coleta_ les

siguió, afirmando que no tenía prisa. Sus parroquianos se levantaban

tarde.

En las aceras de Punta Brava se habían establecido ya los puestos del

mercadillo de los Cuatro Caminos. Los cortantes colgaban de unas vigas

negras los cuartos de res desollada. Un perfume agrio de escabeche y

verduras mustias impregnaba el ambiente. El grupo de chiquillos que

acosaba al trapero se dispersó al verle bien acompañado, ocultándose

tras los primeros tranvías.

De pronto, la mañana gris se iluminó con resplandores de oro. Rasgáronse

los vapores blanquecinos; se abrió en el celaje un agujero de profundo

azul, por el que pasó sus rayos el sol oculto. La tierra pareció sonreír

bajo su húmeda máscara. Los charcos de lluvia brillaron con temblones

reflejos, como si se poblasen de peces de fuego; los caseríos rojos y

blancos surgieron como vigorosas pinceladas en los cerros de verde

obscuro que limitaban el horizonte. La torre de Santa Cruz parecía una

llama recta sobre los tejados de Madrid. La banda de palomas levantó el

vuelo en espiral, con alegre rumor de plumas y arrullos.

Dos jóvenes pasaron junto al fielato cogidas del brazo, con el embozo

del mantón ante la boca. Tenían la belleza de la obrera, la frescura de

esa breve juventud de las hembras de trabajo, que triunfa sólo

momentáneamente de la anemia hereditaria, de las privaciones que

dificultan el desarrollo.

Maltrana fijó sus ojos en la más pequeña, una morena de rostro pálido y

grandes ojos de un negro intenso, casi azulado, igual al de sus

cabellos. El busto endeble erguíase con una arrogancia natural dentro

del mantón; sus pobres faldas de verano se movían con cierto ritmo

majestuoso, sin tocar el barro, en torno de los pies pequeños,

cuidadosamente calzados, que revelaban ser la parte más atendida de su

persona.

--¡Viva lo bueno!--gritó el borracho poniéndose en jarras--. ¡Ahí va la

gloria del barrio!...

Y para expresar su entusiasmo con más viveza, arrojó el grotesco

sombrero en un charco, salpicando a todos de barro.

El empleado del fielato saludó a las jóvenes con un tono de zumba

paternal:

--Que seáis buenas... Cuidadito con perderse...

Las dos pasaron adelante sonriendo, sin contestar a los saludos mas que

con movimientos de cabeza. La pequeña habló al alejarse.

--Adiós, Isidro--dijo con voz grave, al mismo tiempo que se enrojecían

sus mejillas.

--Adiós, Feliciana--contestó el joven.

Y la siguió con los ojos, admirando su marcha rítmica y graciosa sobre

el barro, su cuerpo gentil y esbelto, que iba empequeñeciéndose con la

distancia.

El sol se ocultó de pronto; volvieron a cerrarse las nubes; ya no

brillaron los charcos. Se extendió de nuevo sobre la tierra un velo

gris, y la espiral de palomas cesó de aletear, desplomándose de golpe en

el fango.

El jefe del fielato habló de las dos muchachas. Las veía pasar todas las

mañanas a la misma hora; trabajaban en una fábrica de gorras de la calle

de Bravo Murillo. Feliciana era la hija única del _Mosco_, el famoso

cazador de Tetuán, y su compañera una muchacha de Bellasvistas, a la que

aquélla recogía todas las mañanas para ir juntas al trabajo.

El nombre del _Mosco_ hizo prorrumpir al trapero en exclamaciones de

admiración. Aquel era un hombre. Quitaba el sueño a toda la gente del

Real Patrimonio. _Coleta_ lo sabía de buena tinta: el administrador de

El Pardo se desesperaba por no haber podido atrapar al _Mosco_, y los

guardas, apenas cerraba la noche, preguntábanse por qué lado del inmenso

bosque trabajaría aquel bandido.

Los gazapos reales dormíanse en sus madrigueras, resignados de antemano

a que les despertase la sangrienta dentellada del hurón; los corzos, al

beber en los arroyos a la luz de las estrellas, se mugían a la oreja:

«Mucho ojo, hermanos; el _Mosco_ debe de andar cerca...» Un perro suyo,

apodado _Puesto en ama_, había sido tan famoso por lo temible, que, al

matarlo los guardas en un encuentro, lo llevaron en triunfo a la

administración de El Pardo, y allí le guardaban empajado y con ojos de

vidrio, como una curiosidad del real sitio.

_Coleta_ había conocido a este animal. Cazaba los gamos a la carrera en

medio de la noche; no había venado que le resistiese. Una vez hizo ganar

a su amo cerca de tres mil reales. Ahora, el _Mosco_ tenía otro perro,

el segundo _Puesto en ama_, una verdadera alhaja, pero de menos mérito

que el otro, y con él continuaba sus expediciones de «dañador», sus

audacias de furtivo, saliendo de ellas en algunas ocasiones chorreando

sangre, pero abriéndose paso siempre por entre los disparos de los

guardas y los galopes de los vigilantes montados. ¡El plomo que aquel

hombre llevaba en el cuerpo!...

_Coleta_, agotados los elogios al intrépido cazador, cuyas hazañas

conocían mejor que él los que le escuchaban, iba ya a emprender el

camino hacia Madrid, cuando su instinto de parásito le hizo fijarse en

un carro descubierto que avanzaba con lento balanceo sobre los relejes

de la carretera. La mula, alta y forzuda, con grandes desolladuras por

la falta de limpieza, llevaba el cabezón adornado con cintajos

multicolores encontrados en la basura. Parecía una bestia de tribu

marchando adornada a una fiesta salvaje.

--Esa me llevará--dijo _Coleta_--. ¡Eh, tío Polo... señor Polo, pare

usted! Aquí hay amigos.

De la parte trasera del carro surgió, como un monigote del fondo de una

caja, una cabeza de viejo, con el cuello del chaquetón rozando las

orejas y un gorro de pelo encasquetado hasta los hombros. Era una cara

mofletuda y roja, con una vaguedad en los ojos rayana en la estupidez.

Se detuvo el carro, y poco a poco fue saliendo de la parte delantera

otro viejo, incorporándose trabajosamente con las riendas en la mano.

Parecía el Padre Eterno. Sus barbas amplias de plata se extendían sobre

el pecho y formaban una aureola de blancos vellones en torno de sus

mejillas sonrosadas. El labio superior, cuidadosamente afeitado, era lo

más limpio de su rostro. Los ojillos verdosos y profundos estaban

rodeados de arrugas, que parecían rayas de carbón por la suciedad de sus

surcos. El traje era tan bizarro como su ancianidad. Cubríase con una

especie de casulla de pieles de conejo, sujeta a la cintura por una

cuerda. Su pantalón estaba resguardado en los muslos por zajones

cortados de una alfombra vieja y adornados con cintajos iguales a los de

la mula. Una boina verdosa, con rastros de telarañas, cubría su cabeza

sonrosada y blanca. El adorno de su persona revelaba suciedad salvaje y

simpleza infantil. Las manos eran negras, con escamas en el dorso; las

mejillas y los labios, acariciados por la navaja, mostraban una frescura

de niño.

--¿Qué se les ofrece a ustedes?--dijo con atiplada vocecilla y

entonación cortés--. ¿En qué puedo servirles, señores?...

Sus ojos se fijaron en _Coleta_, e hizo un mohín de desprecio.

--¡Ah! ¿Eres tú, borrachín?...

Después saludó con la cabeza al jefe del fielato, pues era respetuoso

con toda autoridad que pudiera molestarle; y al fijar los ojos en

Maltrana, lanzó una exclamación de alegría.

--¿Pero eres tú, Isidro?--preguntó con su voz infantil--. ¡Pues pocas

ganas que tenía de verte!... La abuela no piensa en otra cosa; siempre

me hace el mismo encargo: «Si ves al chico, dile que venga. Casi no le

he visto desde que nos casamos.»

--Sí, yo soy, amigo _Zaratustra_. ¿Cómo le va a la abuela contigo? ¿Aún

estáis en la luna de miel?

El viejo hizo un gesto de protesta, sin dejar de sonreír.

--De una vez para siempre, dame un nombre y no me lo cambies a tu

capricho. Unas veces me llamas Krüger, y no me ofende que me compares

con ese buen señor que se peleó con los ingleses... ¡Mala gente! El otro

día encontré en la basura una caja de cerillas con su retrato, y,

efectivamente, algo nos parecemos... Otras veces, soy _Trapatustra_ o...

_Zorra no sé qué_: otro personaje al que también me parezco, según tú

dices... Sí; ya sé quién era: me contaste un día su historia. Un sabio

que no tenía un perro chico, como yo; que estaba en el secreto de todo y

se reía de todo... lo mismo que yo; que vivía en alto, como yo vivo,

viendo a mis pies todo Madrid. El tenía al lado un aguilucho al decir

sus cosas, y yo, a falta del pajarraco, tengo cinco perros que entienden

más que muchas personas, y me rodean y me escuchan cuando digo las

mías... Porque tú, Isidrillo, aunque parezca que te pitorreas de mi

persona, bien reconoces que tengo algo de sabio.

--¿Quién puede dudarlo?--exclamó Maltrana con tono zumbón--. Por algo te

llamo _Zaratustra_. Tú eres el solitario de Bellasvistas, el gran

filósofo de los Cuatro Caminos, el sabio de la busca, el más profundo de

los traperos que entran en Madrid.

--Noventa y cuatro años, señor--continuó _Zaratustra_, dirigiéndose al

jefe del fielato--. El cuerpo sano, el estómago de buitre; sólo tengo

flojas las piernas, que me obligan a permanecer quieto en el carro,

mientras éste, que es mi ayudante--y señalaba al bobo de la gorra de

pelo--, entra en las casas. Soy el más antiguo del gremio. Sólo quedan

algunos de mi época allá en el Rastro, que se han establecido, han hecho

fortuna y tienen casa abierta en las _Américas_. Más de cincuenta años

de servicios; y en todo este tiempo, ni un día he dejado de bajar a

Madrid... Yo he visto mucho; he visto al señor de Bravo Murillo traer

las aguas a Madrid y saltar el Lozoya por primera vez en la antigua taza

de la Puerta del Sol; he visto cómo la villa ha ido poco a poco

ensanchándose y dándonos con el pie a los pobres para que nos fuéramos

más lejos. Este fielato lo he visto en lo que es hoy glorieta de Bilbao.

Donde yo tuve mi primera barraca hay ahora un gran café. Todo eran

desmontes, cuevas para gente mala; a Dios le quitaban la capa así que

cerraba la noche; y ahora anda uno por allí, y todo son calles y más

calles, y luz eléctrica, y adoquines, y asfaltos, donde estos ojos

pecadores vieron correr conejos... Los antiguos cementerios han quedado

dentro; los pobres que vivimos cerca de ellos vamos en retirada, y

acabaremos por acampar más allá de Fuencarral. Dicen que esto es el

Progreso, y yo respeto mucho al tal señor. Muy bien por el Progreso...

pero que sea igual para todos. Porque yo, señor mío, veo que de los

pobres sólo se acuerda para echarnos lejos, como si apestásemos. El

hambre y la miseria no progresan ni se cambian por algo mejor. La ciudad

es otra, los de arriba gastan más majencia, pero los medianos y los de

abajo están lo mismo. Igual hambre hay ahora que en mis buenos tiempos.

--¡Bien, _Zaratustra_, muy bien!--dijo Maltrana, aprovechando una pausa

del viejo.

--Yo, señor--continuó el viejo, dirigiéndose al del fielato--, lo que

más siento es que no veré en qué acaba todo esto. Lo del Progreso ha

nacido en mis tiempos. Cuando yo era muchacho, las aguas iban por otro

lado. Yo, de mozo, fui carlista; soy manchego y anduve con _Palillos_:

pura ignorancia. Pero repito que vi nacer la criatura, y tendría gusto

en enterarme por mis ojos de hasta dónde alcanza, pues por ahora no es

gran cosa lo que lleva hecho en favor del mediano... ¡Pero soy tan

viejo!... ¿Ve usted a _Coleta_, ese borrachín que nos oye? Parece de más

años que yo, y le he visto nacer... Noventa y cuatro años, señor, y

tengo cuerda para ciento y pico. Lo sé muy cierto: yo entiendo de estas

cosas.

Maltrana y su amigo acogían con movimientos afirmativos las palabras del

anciano. Su verbosidad, una vez suelta, no podía detenerse; hablaba con

incoherencia infantil.

--Hoy voy tarde a la busca, pero no importa. Mi parroquia es segura y

buena: cafés de la Puerta del Sol, comercios antiguos de la calle del

Carmen. Hay casa que la tengo cuarenta años; a los dueños de ahora los

he conocido niños, y cuando lloraban les hacían miedo amenazándoles con

el tío Polo, que se los llevaría en el carro. Entonces tenía más humor y

mejores trajes. A mí siempre me ha gustado vestir bien. ¿Ven ustedes

esta prenda de pieles, que ni el rey la lleva? Pues la he hecho yo; y yo

también otra que guardo en casa para los días de fiesta, con cintajos de

colores y espejuelos que quitan la vista: un uniforme de magnate de las

grandes Indias, según dice Isidrillo. En otros tiempos solía vestirme de

peregrino para ir a la busca, pero los chicos me seguían como unos bobos

y los guindillas me amenazaban con llevarme a la prevención. ¿Por qué,

señores míos?... Lo que yo les decía: ¿Qué somos todos en este mundo,

mas que peregrinos que vamos pidiendo a los demás y caminando hasta

llegar al final de nuestra vida? Peregrino es el rey, que pide a los de

abajo los millones que necesita para vivir en grande; peregrinos los

ricos, que viven de lo que les sacan a los pobres; peregrinos nosotros,

los medianos... y no digo los de abajo, porque es feo. No hay criatura

de Dios que esté abajo. De abajo sólo son los animales. Nosotros somos

los medianos.

Y hablaba mirando a lo lejos, con cierta vaguedad conocida de Maltrana

como precursora de un chaparrón de divagaciones.

--¡_Zaratustra_, que te remontas!--exclamó el joven--. No nos aplastes

con tus incoherencias filosóficas.

--Bueno estoy para remontarme. No he podido dormir en toda la noche...

Estas malditas piernas; el reúma, que se me agarra a ellas como un perro

rabioso. ¡Qué tiempo! Y lo peor es que durará toda esta luna. Ya sabes,

Isidrillo, que yo entiendo de tales cosas. Nada de librotes, ni

compases, ni mapas, como los sabios. He pasado mi vida en el campo,

viendo el cielo de noche y de día. Para mí no tiene secretos. Créame

usted, señor--añadió dirigiéndose al del fielato--; el sol es el cuerpo

noble, y de él viene todo lo bueno. Pero antes de que llegue hasta

nosotros pasa por cuatro cuerpos: el azul, el rojo, el amarillo y el

verde. Por eso vemos el arco iris. Según el color que predomina, así es

el tiempo. Además, están los ocho vientos; pero éstos sólo los entiende

el que los maneja, que es Dios. ¿No es esto cierto y clarísimo? Pues los

señores sabios no quieren oírme. He ido muchas veces al Observatorio a

dar buenos consejos, y no me dejan pasar de la puerta, diciendo que ya

tienen quien recoja la basura. Así anda todo en este país. No se ocupa

nadie de las cosas del cielo, y en el cielo está el pan. Sin lluvia no

hay agricultura, y la agricultura es la más noble profesión del país.

Hay que protegerla; hay que ayudar al mediano; que gaste el de arriba,

ya que tiene, pero que no sea todo para él...

Maltrana interrumpió al viejo. Era capaz de permanecer allí toda la

mañana si seguían escuchándolo. Le esperarían sus parroquianos; su

ayudante, el _Bobo_, lanzábale miradas de impaciencia; el pobre _Coleta_

aguardaba a que le dejase subir en el carro para ir a Madrid.

--Sube, vida perdurable--dijo Polo con vocecilla misericordiosa.

El borracho se encaramó en el vehículo, arrastrando su saco vacío, y

_Zaratustra_ tiró de las riendas, haciendo salir a la mula oblicuamente

para ganar el centro del camino.

--Adiós--dijo el trapero--. No olvides, Isidrillo, que la abuela te

espera. Ve por allá; le darás una alegría a la pobre... Y usted, señor,

acuérdese de lo que le dice un viejo que sabe algo. Hay que ayudar al

mediano. El mediano es el que da el pan.

Hablaba con la cabeza vuelta hacia el fielato, tirando de las riendas a

la mula, sin ver adónde marchaba ésta. El carro chocó con un tranvía que

acababa de detenerse en la glorieta de los Cuatro Caminos. La punta de

una de sus barras hizo saltar del vagón varias costras de barniz y una

ligera astilla.

Los empleados prorrumpieron en imprecaciones y echaron pie a tierra,

insultando a _Zaratustra_.

Corrió la gente, aproximáronse los del fielato, y se formó un gran

círculo de curiosos en torno del carro y de los que agitaban sus brazos

increpando al trapero.

--No hay que enfadarse, caballeros--dijo el viejo con vocecilla

triste--. Ya sé lo que es esto: tómenme ustedes el nombre.

Uno de ellos escribió las señas del tío Polo, sin dejar de amenazarle

por su torpeza, augurando que iba a costarle cara la fiesta. Rara era la

semana que no tenía algún encuentro con los tranvías. A su edad debía

quedarse en casa, sin meterse a guiar bestias.

Partió el vagón, alejáronse los curiosos, y _Zaratustra_ arreó de nuevo

a la mula, mientras el _Bobo_ y el borracho callaban, anonadados por el

accidente.

--Tú, Isidrillo--dijo al joven--, ya que escribes en los papeles y

conoces personajes, veas si puedes arreglarme esto.

Pero el viejo, antes de que Maltrana le contestase, sonrió tristemente y

siguió diciendo con expresión de desaliento:

--No te canses: es inútil. Adiós, señores. A Madrid, mula... Pagaré como

siempre. ¿Quién se mete con esos señores que son los amos? Paga tu

crimen, ya que por ir a ganar el pan estropeas un poco de pintura. Ellos

tienen millones, y pueden reventar con sus coches a un pobre diablo

todas las semanas; pueden cubrir la puerta del Sol con una parrilla de

alambres del demonio, que el día que se caiga matará a medio Madrid...

Es el planeta de las criaturas. El lobo se come al cordero, el milano a

la paloma, el pez gordo al pequeño, y hay que dar gracias al rico

porque, pudiendo tragarse al mediano, le deja vivir para que pene.

Así hablaba _Zaratustra_.

La horda · 第 6 / 16 题